Orión

Ben Bova · Capítulo 16 de 52

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Orión

Capítulo XIV

El mandarín aguardaba pacientemente en la puerta. Los dos guardianes mongoles estaban sentados en el suelo a pocos metros de nosotros engullendo ávidamente sus bols de sopa; se habían despojado de las lanzas, los arcos y las espadas, que tenían a escasa distancia.

—Desde luego —dije al mandarín—. Pasa, por favor.

Tenía la peculiaridad de andar tan suavemente como si estuviese montado sobre un carrito con ruedas que se deslizase por el umbral, invisible bajo la túnica talar que vestía. Le presenté a Agía, que le saludó con una profunda reverencia y se retiró después discretamente a atizar el fuego del hogar.

Ye Liu Chutsai me pareció el hombre más viejo que había visto entre los mongoles. Su escasa barba y su bigote eran completamente blancos, así como la larga trenza que le caía sobre la espalda. El anciano se detuvo en medio de la reducida estancia, con las manos hundidas dentro de sus amplias mangas.

Le señalé la única silla de que disponíamos, un pesado e incómodo artefacto de madera.

—Siéntate, señor, por favor.

El hombre ocupó aquel asiento. Agía sacó dos cojines del dormitorio y se los ofreció, pero él los rechazó con un leve movimiento de cabeza y una breve sonrisa. Agía y yo nos sentamos sobre ellos, a los pies del anciano.

—Debería comenzar por explicarte quién soy —dijo tan suavemente que tuve que esforzarme por distinguir el sonido de su voz sobre el crepitar del fuego cuyo calor me confortaba la espalda.

—Se dice que eres la mano derecha del Gran Kan —dijo Agía.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza en señal de reconocimiento.

—He servido a los mongoles desde los tiempos en que el primer Gran Kan era conocido como Timujín, su auténtico nombre. Yo era muy joven cuando ellos atravesaron la Gran Muralla y asolaron Yanking, mi ciudad natal. Los mongoles me sometieron a esclavitud porque era un escriba y sabía leer y escribir. Aunque los guerreros no concedían importancia a tales facultades, Timujín sí supo apreciarlas.

—¿Fue el que más tarde se llamaría Gengis Kan? —pregunté.

—Sí, pero guárdate de pronunciar esos nombres ante los mongoles. Cuando te refieras a él debes llamarle Gran Kan. Él fue el padre de Ogotai, el actual Gran Kan, y quien dirigió la conquista de China, de la Alta Asia y de las huestes del islam: es el hombre más importante que ha habido en el mundo.

No estaba en condiciones de contradecirle. El anciano mandarín no parecía persona acostumbrada a prodigar elogios falsos o innecesarios: estaba convencido de lo que decía y, a juzgar por mis conocimientos, sin duda estaba en lo cierto.

—En la actualidad, el imperio se extiende desde el mar de China a Persia. Hulagu se dispone a conquistar Bagdad; Subotai ya se ha puesto en marcha contra los rusos y los polacos. En Yanking, Kubilai sueña con someter a los japoneses en sus islas…

—Debería desistir de ello —dije recordando que la flota de Kubilai fue destruida por una tempestad providencial que los japoneses denominaron kamikaze.

Ye Liu Chutsai me dirigió una penetrante mirada.

—¿Por qué dices eso? —inquirió—. ¿Por qué profetizas?

Agía me observó con aire admonitorio: aquella gente desconfiaba de los profetas.

—No hago profecías —repuse con la mayor despreocupación posible—. Se trata simplemente de un comentario. Después de todo, los mongoles son guerreros que luchan a caballo, no marinos: el mar no es su elemento.

El mandarín estudió mi rostro largo rato y finalmente respondió:

—Los mongoles son los guerreros más valerosos del mundo. Ciertamente no son marinos, pero tampoco administradores, escribas ni artesanos, tareas en las que emplean a los cautivos. Entre los chinos encontrarán expertos marinos.

Me incliné ante su superior sabiduría.

—El imperio debe seguir extendiéndose —prosiguió—. Ése fue el auténtico acierto del primer Gran Kan. Él comprendió claramente que estas tribus bárbaras debían seguir avanzando en busca de enemigos que vencer para no perder su hegemonía. Esos guerreros de caballería son muy valientes: viven para la guerra. Si no encontraran enemigos más allá de sus fronteras, reanudarían sus antiguas costumbres y volverían a luchar entre sí: así era como vivían antes de que Timujín unificase las tribus guerreras del Gobi creando el ejército más poderoso que ha existido.

—Y ésa es la razón por la que el imperio sigue extendiéndose — corroboré.

—Debe extenderse o se derrumbará: aún no existe término medio.

—Y mientras el imperio se extiende los mongoles asesinan a centenares de miles de seres indefensos e incendian y arrasan ciudades.

Hizo un gesto de asentimiento.

—¡Y tú contribuyes a ello! ¿Por qué? Eres un hombre civilizado. ¿Por qué ayudas a aquellos que invadieron tu país?

Ye Liu Chutsai cerró un instante los ojos y su viejo y arrugado rostro se convirtió en una máscara al vacilante resplandor del fuego. Cuando volvió a abrirlos dijo:

—Sólo existe una auténtica civilización en el mundo, la civilización de la tierra que vosotros llamáis Catay o China. Yo soy hijo de China y sirvo al Gran Kan mongol para que nuestra civilización pueda extenderse por todos los confines del mundo.

Me sentí confundido.

—Pero los mongoles conquistaron Catay. El Kan Kubilai reina ahora en Yanking.

El viejo sonrió.

—Sí. Y Kubilai, que nació en una yurla de fieltro en las praderas próximas a aquel mismo lugar, es ya más chino que mongol. Viste túnicas de seda, pinta hermosos paisajes y se mueve entre las intrigas cortesanas con tanta sutileza como el nieto de un mandarín.

El significado de sus palabras era evidente para mí. Eché atrás la cabeza y proferí un prolongado suspiro.

—Los mongoles son los guerreros, pero los chinos serán los auténticos conquistadores.

—Exactamente —repuso Ye Liu Chutsai—. Los mongoles son el brazo armado del imperio, mas en la civilización de los chinos radica su inteligencia.

En aquel momento intervino Agía.

—Es decir, os estáis sirviendo de los mongoles, ¿no es eso?

—¡Oh, no! ¡Por mis sagrados antepasados! ¡En absoluto! —Parecía profundamente contrariado ante semejante sugerencia—. Todos estamos al servicio del Gran Kan Ogotai. Yo soy su esclavo… voluntariamente.

—Pero sólo porque el Gran Kan está preparando el terreno para establecer un imperio chino que domine el mundo —insistió Agía.

Ye Liu Chutsai volvió a guardar silencio y yo comprendí que estaba ordenando sus pensamientos para poder exponerlos con la mayor claridad posible.

—Timujín —dijo suavemente, como si temiera que alguien pudiese oírle pronunciar aquel nombre tan reverenciado— tuvo la genial idea de conquistar países con el fin de evitar que las tribus del Gobi se exterminasen entre sí. Fue una magnífica idea, pero exige que los mongoles extiendan constantemente su imperio.

—Sí, ya nos lo has explicado —repuso Agía.

—Sin embargo, ¿de qué servirían tantos sufrimientos y derramamientos de sangre? —preguntó el mandarín—. ¿Qué otra finalidad tienen sino la de evitar que esos guerreros nómadas rebanen el pescuezo de sus hermanos?

Agía y yo no supimos qué responderle.

—Por otra parte —prosiguió—, contamos con la civilización china, la civilización más grande del mundo. No obstante, los chinos no somos belicosos y, por lo tanto, no tenemos medios de difundir los frutos de nuestra cultura a otros países.

—Los mongoles invaden Catay —resumí—, mas, a la larga, son conquistados por la civilización china.

—Costará una o dos generaciones —convino—. Acaso más.

—Así pues, tu tarea consiste en fomentar el desarrollo del imperio mongol para que no se derrumbe durante el tiempo necesario para lograr que se convierta en un imperio chino dirigido por mandarines civilizados que controlarán todo el mundo.

El anciano asintió.

—Un solo imperio unificado que gobierne todo el mundo, de uno a otro confín. ¿Imagináis lo que eso significaría? El final de la guerra y de los derramamientos de sangre. Un mundo de paz gobernado por la ley en lugar de la espada: tal es el objetivo al que he dedicado toda mi vida.

Un imperio chino conquistado por los guerreros mongoles y gobernado por mandarines vestidos con túnicas de seda. Ye Liu Chutsai intuía la civilización más grande de la historia creando un mundo de paz; yo imaginaba una sofocante autocracia que acabaría con la libertad individual.

—Te hago partícipe de mi visión —dijo el mandarín— porque quiero que comprendas el problema que me has planteado.

—¿Problema? —pregunté.

—Ogotai, a diferencia de su padre, es excesivamente bondadoso para ser un buen gobernante. Se conforma con las riquezas que posee en la actualidad y no comprende la necesidad de seguir impulsando la lucha.

—Pero has dicho…

—Afortunadamente —prosiguió interrumpiéndome con su delgada mano de largas uñas— la dinámica del imperio aún es poderosa. Hulagu, Subotai, Kubilai y los restantes orkhones y príncipes que se extienden por la periferia del país siguen avanzando. Ogotai permanece aquí, en Karakorum, conformándose con que los demás sigan luchando mientras él disfruta de los bienes de sus conquistas. Ésta no es una situación conveniente.

—Pero ¿qué tiene que ver eso con nosotros? —preguntó Agía.

—Ogotai es supersticioso —prosiguió Ye Liu Chutsai—, y sus adivinos le han advertido recientemente que desconfíe de un extranjero que procede de occidente porque intentará asesinarle.

—Yo también tengo un aviso para él —repuse con firmeza.

—Tú procedes de occidente —repuso Ye Liu Chutsai—, y también el que se hace llamar Ahrimán.

—¡Ahrimán está aquí! —exclamé.

—¿Le conoces?

—Sí, precisamente quiero prevenir a Ogotai contra él.

El mandarín sonrió distraídamente.

—Ahrimán ya se te ha anticipado y le ha puesto en guardia contra el hombre de rostro pálido y enorme vigor de allende el mar occidental.

Seguí sentado en el cojín preguntándome adónde conduciría todo aquello: era mi palabra contra la de Ahrimán. ¿Cómo podría convencer…?

—Hay algo más —añadió Ye Liu Chutsai—, algo que agudiza el problema.

—¿Qué es?

—Ha surgido una amenaza contra el imperio.

—Una amenaza —repetí.

—¿Qué puede representar una amenaza para un imperio que ha conquistado medio mundo? —preguntó Agía.

—Hace un rato pronunciaste la palabra «asesino» cuando hablaste con tus guardianes.

—Sí, después de que aquellos dos hombres trataron de matarme.

—«Asesino» es una palabra nueva para nosotros. Procede de Persia, donde ha surgido una secta, acaso religiosa, aunque todavía lo ignoro. Es un culto criminal cuyos miembros reciben este nombre. Me han dicho que la palabra procede de la denominación que los persas dan a una droga que utilizan esos hombres: el hachís.

—No comprendo qué tiene eso que ver conmigo —repuse.

—El hombre que dirige ese culto criminal es más listo que mil diablos. Recluta a los jóvenes y les promete el paraíso si obedecen sus órdenes. Les da hachís, y sin duda también otras drogas, para mostrarles una visión del edén al que accederán cuando perezcan sus cuerpos mortales. No es de extrañar que esos jóvenes estén dispuestos a dar sus vidas por cumplir la voluntad de su amo.

—Conozco esas drogas —dijo Agía—. Son tan poderosas que un hombre haría todo lo que fuese por poseerlas.

Ye Liu Chutsai inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

—Ordenan a los adictos que den muerte a un hombre y, éstos, aunque sepan que después también morirán, obedecen satisfechos creyendo que despertarán en un eterno paraíso.

Me abstuve de hacer ningún comentario aunque sabía que lo que parece la muerte no es el fin de la existencia.

—Miles de comerciantes y nobles, incluso imanes y príncipes, han sido asesinados en Persia… La secta simplemente tiene que advertir a un hombre de que se ha decretado su fin: es tan grande el terror que experimenta, que está dispuesto a pagar cualquier precio para aplacar a los asesinos. Así se enriquece la secta y se hace poderosa.

—En Persia —dije. La tierra de Ahrimán y Ormuzd y de su antiguo profeta Zoroastro.

—Actualmente esta práctica se ha extendido más allá de Persia — prosiguió—. Todo el islam está paralizado por el terror y temo que los asesinos hayan llegado aquí, a Karakorum, y se propongan dar muerte al Gran Kan.

—Ahrimán es persa —dije.

—Así lo reconoce, pero dice que también tú procedes de allí, cosa que niegas.

—Hoy los asesinos han estado a punto de matarme.

El mandarín se encogió ligeramente de hombros.

—Eso podía haber sido una añagaza para desconcertarnos. Pese a las ropas que vestían tus dos atacantes, no eran mongoles. Acaso fuesen persas y tú les mataste para alejar de ti toda sospecha.

—Pero no lo hice: fueron ellos quienes trataron de acabar conmigo.

El amagado rostro del mandarín mostró una expresión verdaderamente preocupada.

—Quiero creerte, Orión, pero no me gustaría comportarme ingenuamente. Estoy convencido de que Ahrimán o tú pertenecéis a esa secta, quizá incluso uno de vosotros sea su auténtico dirigente, el hombre conocido como «el Viejo de la Montaña».

—¿Cómo podría convencerte…?

Ye Liu Chutsai movió la cabeza dubitativamente.

—Ante una alternativa como ésta, los mongoles actuarían con una sencillez sorprendente: os ejecutarían a ambos, a ti y a Ahrimán, y posiblemente también a ti, mi querida señora, y habrían acabado con el problema. Yo, con mi mentalidad civilizada, me propongo dilucidar cuál de vosotros es el asesino y quién el inocente.

—Entonces no tengo nada que temer —dije deseando realmente que así fuese.

—Por mi parte aún no —repuso el mandarín. Y, tras un instante de vacilación, añadió—: Pero Ogotai no es un hombre paciente. Puede recurrir a la solución mongol y liberarse del problema de una vez para siempre.