Orión
Capítulo IV
Durante dos días sufrí una especie de conmoción a causa de los incidentes sufridos, esforzándome por reprimir mis sentimientos hasta tal punto que no sentía nada. Me vi sometido a interrogatorios policiales, tuve que superar las pruebas del detector de mentiras, exámenes médicos y análisis psiquiátricos, y actué como un robot, respondiendo a preguntas y estímulos sin ninguna muestra aparente de emoción.
Ignoro por qué razón no mencioné a nadie la existencia de aquel siniestro personaje que había causado la muerte de Aretha. Él la había asesinado controlando de algún modo las ratas que le seccionaron la yugular, utilizándolas como si se tratase de un arma mortífera. Pero no le mencioné en absoluto: me limité a declarar a la policía y a los médicos que había seguido a Aretha desde el hospital y que la encontré entre las vías del metro cuando la atacaban las ratas, pero que llegué demasiado tarde para salvarla. Por lo menos esta última declaración era cierta.
Desde algún lugar profundamente soterrado en mi conciencia comprendía que no debía mencionar a aquel ser siniestro y malvado. Muy en el fondo, donde aún se acumulaban incandescentes los rescoldos de mi furia, sabía que si mencionaba su existencia aumentarían mis problemas con la policía y los psiquiatras y creí preferible seguir su rastro y ser yo quien le encontrase: me proponía darle su merecido con mis propias manos.
De modo que oculté los hechos. Los policías que me interrogaron no eran unos necios: sabían perfectamente que una mujer no deambula por los túneles de los metros arriesgándose a ser atacada por las ratas, seguida por alguien que hasta el día anterior era un desconocido, cuando ambos han sido víctimas de un atentado terrorista.
Manifestaron claramente su incredulidad y sus deseos de someterme al detector de mentiras. Accedí a ello y respondí a sus preguntas con absoluta frialdad, como si me estuvieran preguntando la hora o el color del cielo. Como era de esperar, el detector les informó de cuanto yo deseaba que supieran: no me costó ningún esfuerzo controlar mis pulsaciones ni mi sudoración.
Después de pasarme la noche en Bellevue sometido a observación psiquiátrica, la policía me puso en libertad a regañadientes. Regresé a mi apartamento y telefoneé a mi patrón informándole de que al día siguiente acudiría a trabajar a la hora de costumbre. Pareció sorprendido y me preguntó cómo me sentía tras las dos pruebas a que me había enfrentado aquella semana.
—Estoy perfectamente —repuse.
Era cierto. Estaba físicamente ileso y controlaba estrictamente mis sentimientos, quizá demasiado.
—¿Seguro que no desea tomarse un descanso el resto de la semana? —me preguntó el jefe, cuyo aspecto, generalmente hosco, aparecía dulcificado en la pequeña pantalla telefónica.
—No, me siento perfectamente. Mañana por la mañana nos veremos. Confío que mi ausencia no haya dificultado en exceso la buena marcha de la oficina.
El hombre intentó aligerar la situación.
—¡Oh, podemos arreglamos sin usted… por poco tiempo! Nos sentiremos muy satisfechos de tenerle entre nosotros.
—Gracias.
En el instante en que colgué el receptor, mis pensamientos se alejaron de la oficina y se centraron en el problema de encontrar al asesino de Aretha, el hombre cetrino. Y también al hombre rubio. Ambos formaban parte de… ¿qué? Según había insinuado la muchacha, de mi propia vida.
Intenté recordar cómo se habían comportado en el restaurante. Estaba seguro de que no habían cruzado una sola palabra. Pensándolo bien, ni siquiera se habían mirado. Más aún, la única vez que cruzaron sus miradas no brillaba en ellas la amistad. Durante la brevísima fracción de un segundo sus ojos habían expresado un vínculo nacido del odio más profundo.
Era indudable que se conocían y que se odiaban. Comprendí que si lograba dar con uno de ellos, el otro no se encontraría lejos.
¿Cómo averiguar el paradero de dos individuos en una ciudad que contaba con siete millones y medio de habitantes? ¿Y si mis conclusiones fueran erróneas? Acaso estuviera loco y había provocado yo mismo la muerte de Aretha como habían insinuado los policías en sus prolongados interrogatorios. ¿Por qué no lograba recordar nada más allá de hacía tres años? ¿Era víctima de la amnesia, un paranoico, un loco que elaboraba mentalmente fantasías criminales? Tal vez hubiera inventado yo mismo a los dos hombres, creando imaginarias criaturas de luz y oscuridad en los torturados surcos de mi propio cerebro.
Sólo existía una respuesta a todas aquellas preguntas. Me pasé toda la noche en vela tratando de descubrir esa simple respuesta. Lo cierto era que nunca había sido muy dormilón: solía bastarme con una o dos horas de sueño. Con frecuencia pasaba varias noches seguidas echando sólo breves cabezadas. Mis compañeros de trabajo solían quejarse bromeando de la cantidad de trabajo que me llevaba a casa, aunque en ocasiones las bromas tomaban un cariz sarcástico.
Al día siguiente, una vez hube saludado a los empleados y eludido sus preguntas y miradas de sorpresa, me encerré en mi despacho y telefoneé inmediatamente al médico de la empresa. Cuando apareció su rostro en la pequeña pantalla, me pareció ligeramente alarmado.
—¿Se trata de los problemas que ha tenido durante estos días con la policía? —me preguntó.
—Sí —repuse—. Me siento algo agitado por todo ello.
Lo cual era absolutamente cierto.
El hombre me examinó atentamente a través de sus gafas.
—¿Agitado? ¿Agitado usted? ¿El imperturbable O’Ryan?
No respondí.
—Hum. Bien, supongo que recibir una granada de mano en la sopa agitaría a cualquiera. Y, por añadidura, ver morir de aquel modo a la joven debió de ser algo espantoso.
Seguí guardando silencio y manteniendo una actitud inexpresiva. El médico aguardó unos segundos a que yo dijese algo, pero cuando comprendió que no iba a añadir palabra murmuró algo entre dientes y se volvió ligeramente para consultar sus archivos.
Seguidamente me facilitó el nombre de un psiquiatra. Le telefoneé tratando de concertar una cita para aquella misma tarde. El hombre intentó aplazarla, pero mencioné el nombre de la empresa y de nuestro médico y alegué que sólo le entretendría unos momentos para un breve cambio de impresiones.
La consulta fue muy rápida. Cuando le hablé de mi falta de memoria me remitió rápidamente a otro psiquiatra, un especialista en tales problemas.
Pasé varias semanas yendo de un psiquiatra a otro hasta que finalmente encontré el que necesitaba. Fue el único que accedió a verme en seguida, sin vacilaciones, el mismo día que le telefoneé, como si hubiera estado esperando mi llamada. Su teléfono no disponía de pantalla, pero no me fue necesaria: sabía cuál sería su aspecto.
—Tengo muchos compromisos contraídos —dijo con su magnífica voz de tenor—, pero si puede pasar por mi consultorio esta noche sobre las nueve, podré atenderle.
—Muchas gracias, doctor —repuse—. Hasta entonces.
Cuando llegué, el piso estaba totalmente vacío. Abrí la puerta que daba acceso a la antesala y no encontré a nadie. En el exterior estaba oscuro y allí no había ningún tipo de iluminación: todo eran sombras y tinieblas, tan sólo llegaba el resplandor de las luces de la calle. El mobiliario era anticuado y la pared estaba llena de estanterías repletas de libros. No se veían enfermeras ni recepcionistas: no había nadie.
Un pequeño distribuidor conducía a una hilera de despachos, al final del cual se distinguía un débil resplandor luminoso procedente de una puerta semientornada. Me aproximé a ella y la abrí.
—¿Está usted aquí, doctor? —pregunté sin atribuirle el nombre que aparecía en la puerta y que me constaba que no era el suyo.
—¡Adelante, O’Ryan! —exclamó con su espléndida voz de tenor—. Pase, por favor.
Me encontraba ante el hombre rubio del restaurante. El despacho era de dimensiones reducidas y su decoración excesiva. Constaba de dos divanes, un imponente escritorio, gruesos cortinajes y mullidas alfombras. El hombre estaba sentado al otro lado de la mesa y me sonreía lleno de expectación. La única iluminación de la estancia consistía en una pequeña lámpara de pie situada en un rincón, pero el hombre irradiaba un áureo resplandor.
Vestía una sencilla camisa con el cuello desabrochado y no llevaba chaqueta. Era hermoso, tenía anchas espaldas y parecía capaz de enfrentarse a cualquier cosa. Sus manos, cruzadas sobre la mesa, en lugar de proyectar sombras difundían cierta claridad.
—Siéntese, O Ryan, por favor —dijo tranquilamente.
Advertí que estaba temblando. Hice un esfuerzo para dominar mis reflejos y ocupé el sillón de piel que estaba frente a su asiento.
—¿Tiene usted problemas con su memoria?
—Sabe muy bien cuál es mi problema —repuse—. No perdamos tiempo.
Arqueó una ceja e intensificó su sonrisa.
—Éste no es su despacho, todo esto nada tiene que ver con usted. De modo que, puesto que conoce mi nombre y el suyo no es el que aparece en la placa de la puerta, ¿querrá decirme quién es usted y quién soy yo?
—Eres muy práctico, te has adaptado excelentemente a esta cultura — repuso recostándose en la silla giratoria—. Puedes llamarme Ormuzd. Comprenderás que, en realidad, los nombres no significan gran cosa, pero puedes llamarme de ese modo.
—Ormuzd.
—Sí. Y ahora voy a explicarte algo acerca de tu nombre. Lo pronuncias indebidamente. En realidad te llamas Orión… como la constelación estelar. Orión.
—El Cazador.
—¡Exactamente! Veo que has comprendido. Orión, el Cazador. Tal es tu nombre y tu misión.
—Explíqueme algo más.
—No es necesario —replicó—. Ahora ya sabes cuanto debes saber. La información está almacenada en tu memoria, pero la mayor parte ha quedado bloqueada en tu subconsciente.
—¿Y ello a qué se debe?
Su rostro se ensombreció.
—Son muchas cosas que no puedo explicarte todavía. Has sido enviado en una misión persecutoria que consiste en encontrar a Ahrimán, el Oscuro.
—¿El hombre que estaba en el restaurante con usted?
—Exactamente: Ahrimán.
—Ahrimán. —Así pues, aquél era su nombre—. Él fue quien mató a Aretha.
—Sí, lo sé.
—¿Quién era ella?
Ormuzd se encogió levemente de hombros.
—Un mensajero, carece de importancia para…
—¡Para mí era muy importante!
Me observó con una nueva expresión en sus pálidos ojos dorados. Parecía casi sorprendido.
—Sólo la viste un momento en el restaurante…
—Y aquella tarde en el hospital. —Y añadí—: Y al día siguiente… —me interrumpí—, al día siguiente la vi morir. Él la mató.
—Otra razón adicional para que busques al Oscuro —dijo Ormuzd—. Tu misión consiste en encontrarle y destruirle.
—¿Por qué? ¿Quién me envió aquí? ¿Desde dónde?
Se irguió en su asiento y reapareció en sus labios la sonrisa autosuficiente.
—¿Por qué? Para salvar a la raza humana de la destrucción. ¿Quién te envió aquí? Fui yo. ¿Desde dónde? Desde unos cincuenta mil años en el futuro de este tiempo actual.
Debía mostrarme sorprendido, impresionado o, por lo menos, escéptico. Pero en lugar de ello me sentía aliviado. Era como si lo hubiera sabido en todo momento y que, al oír la verdad de sus labios, mis temores se hubieran disipado.
—Cincuenta mil años en el futuro —me oí murmurar.
Ormuzd asintió solemne.
—Ésa es tu época. Te he devuelto a este tiempo que se considera el siglo veinte.
—Para salvar a la raza humana de su destrucción.
—Eso es. Y eso lo conseguirás encontrando a Ahrimán, el Oscuro.
—¿Y una vez le haya encontrado?
Por vez primera pareció sorprendido.
—Como es lógico, debes darle muerte.
Le miré con fijeza, sin decir palabra.
—¿No crees cuanto te digo?
Me hubiera gustado poderle confesar sinceramente que no le creía, pero en lugar de ello respondí:
—Le creo, pero no le comprendo. ¿Por qué no logro recordar nada de todo esto? ¿Por qué…?
—Acaso se trate de un shock temporal —me interrumpió—. O quizá Ahrimán ya ha atacado tu mente y ha bloqueado alguna de tus capacidades.
—¿Alguna? —pregunté.
—¿Conoces todas las capacidades mentales que posees? ¿El entrenamiento con que te hemos dotado? ¿Tu capacidad de utilizar independientemente cada hemisferio cerebral?
—¿Cómo?
—¿Eres diestro o zurdo?
Me había cogido desprevenido.
—Soy… ambidextro —reconocí.
—Puedes escribir con ambas manos y tocar una guitarra de igual modo, ¿verdad?
Asentí.
—Tienes la habilidad de utilizar independientemente tus dos hemisferios cerebrales —prosiguió—. Puedes hacer funcionar un ordenador y pintar un paisaje al mismo tiempo usando la mano derecha y la izquierda indistintamente.
Aquello me parecía ridículo.
—Podría exhibirme en un circo como si fuera un fenómeno, ¿no es eso?
Volvió a sonreír.
—Es algo más que eso, Orión, mucho más.
—Y en cuanto a ese tal Ahrimán —pregunté—, ¿qué peligro representa para la especie humana?
—Es la personificación de la maldad —respondió Ormuzd con un brillo tan intenso en sus dorados ojos que no me cupo la menor duda de su sinceridad—. Si se lo permitimos, destruirá a la humanidad, eliminará eternamente todo rastro de su existencia de la faz de la Tierra.
Por extraño que parezca, todo aquello me parecía perfectamente aceptable. Era como si se estuvieran reavivando los recuerdos de mi infancia. En mi mente se despertaban los ecos distantes de historias casi olvidadas. Pero aquellas historias eran reales, no como las leyendas que los mayores transmiten a sus hijos.
—Si realmente he llegado aquí desde cincuenta mil años en el futuro — dije lentamente mientras concretaba mis pensamientos en palabras—, eso significa que la especie humana sigue existiendo en aquel tiempo. Lo que, por consiguiente, significa que no fue destruida en este siglo veinte.
Ormuzd suspiró malhumorado.
—Ése es un pensamiento lineal.
—¿Qué significa eso?
El hombre se inclinó hacia adelante y extendió sus doradas manos sobre la mesa.
—Tú salvaste a la especie humana —me explicó pacientemente—. Eso ya sucedió en esta línea de espacio-tiempo. Cincuenta mil años más tarde la humanidad te ha erigido un monumento en la vieja Roma, no lejos de la cúpula que cubre el antiguo Vaticano.
En esta ocasión fui yo quien sonrió.
—Entonces, si ya he salvado a la humanidad…
—Aun así debes interpretar tu papel —repuso—. Todavía tienes que encontrar a Ahrimán y enfrentarte a él.
—¿Y si me niego?
—No puedes hacerlo —repuso bruscamente.
—¿Cómo lo sabes?
La luz que irradiaba pareció vibrar como si reflejase su ira.
—Como ya te he dicho, esto ya ha sucedido… en esta línea de tiempo. Encontraste a Ahrimán y salvaste a la especie humana. Lo único que tienes que hacer ahora es desempeñar el papel que, según la historia, interpretaste.
—Pero ¿y si me niego?
—¡Eso es inconcebible!
—¿Qué sucederá si me niego? —insistí.
Ormuzd destelló como un billón de luciérnagas observándome con terrible expresión.
—Si no interpretas el papel que te ha sido asignado, si no te enfrentas a Ahrimán, la propia estructura del espacio-tiempo será destruida. El planeta Tierra se desintegrará, todo este universo desaparecerá como si nunca hubiese existido.
Su argumentación me pareció muy convincente.
—¿Y si coopero? —pregunté.
—Encontrarás a Ahrimán, evitarás que los seres humanos sean destruidos, preservarás el continuo del espacio-tiempo y se mantendrá la marcha del universo.
—Así pues, ¿mataré a Ahrimán?
Vaciló largo rato y, por fin, respondió lentamente:
—No, no puedes matarle. Le detendrás, evitarás que logre su objetivo, pero será él quien acabe contigo.
Debía haberlo comprendido cuando me habló del monumento que me habían erigido. Yo tenía que ser un héroe muerto: los hechos ya habían sucedido de tal modo.
De pronto no pude seguir resistiendo todo aquello. Me levanté bruscamente de la silla y me lancé sobre la ancha mesa tratando de asirle por el brazo, pero mi mano atravesó completamente la radiante imagen de Ormuzd.
—¡Insensato! —exclamó bruscamente desapareciendo en el aire.
Me quedé solo en el consultorio del psiquiatra. Con anterioridad había presenciado proyecciones holográficas, pero ninguna de ellas me había parecido tan consistente y real. Me sentía abrumado por la enorme carga que Ormuzd me había impuesto. Me dejé caer en el sillón de piel, totalmente a solas, con la certeza de que de mí dependía el sino de toda la humanidad y que el único ser humano a quien realmente deseaba salvar estaba muerto. Me negaba a aceptar tal evidencia. Mi pensamiento rechazaba aquella idea.
En lugar de ello busqué afanosamente por el consultorio el equipo holográfico que aquel embaucador había utilizado para proyectar su imagen. Seguí buscando hasta el amanecer, pero no logré encontrar ningún aparato de láser ni electrovisual.