Orión

Ben Bova · Capítulo 43 de 52

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Orión

Capítulo XXXIX

Adena impartió órdenes rápida y eficazmente. Kedar y los restantes heridos permanecerían en la cueva; los demás nos pusimos en marcha persiguiendo al enemigo sin detenemos a descansar. Ingerimos cápsulas nutritivas sin interrumpir nuestro penoso avance por la nieve que nos cubría hasta las rodillas, siguiendo las huellas que habían dejado los brutos bajo el cielo azul de la mañana. El aire era fresco, pero tranquilo, tan fresco y delicioso como el vino.

—Somos ocho contra ocho —comenté marchando junto a Adena—. Ormuzd dispone las cosas limpiamente.

Me miró y en sus ojos grises se reflejó el brillo del sol de la mañana contra la pura y blanca nieve.

—No deberías creer que Ormuzd hace todo esto por divertirse, Orión — dijo—. Nos estamos enfrentando al sino del universo, a la conservación del continuo.

—Pero perseguir a un puñado de gente…

—A los secuaces de Ahrimán —me corrigió—, nuestros enemigos.

—Cuyas armas más poderosas consisten en una especie de varilla electrostática, mientras que nosotros disponemos de rayos láser que pueden fulminarlos a mil metros de distancia.

—¿Crees que sería más justo que luchásemos con ellos cuerpo a cuerpo? —propuso con ironía—. Las baterías que calientan nuestros trajes y activan nuestras armas pronto se agotarán. Las principales reservas de energía de la cueva ya lo están. Dentro de poco tendremos que enfrentamos en lucha directa. ¿Te sentirás satisfecho entonces?

Me vi obligado a reconocer que no era así.

—Debemos exterminarlos —prosiguió con profunda gravedad—. Tenemos que acabar con todos ellos, incluido Ahrimán: en especial él, ¿comprendes?

Asentí de mala gana.

—Comprendo que Ormuzd lo desee así —repuse—. Y comprendo que Ahrimán desee exterminamos, pero me disgusta esta situación.

Ella me dirigió una mirada extraña, casi compasiva.

—Orión… no se nos pide que disfrutemos cumpliendo con nuestra misión. Nos limitamos a hacer lo que debemos. ¡No tenemos otra elección!

Me disponía a responderle, pero lo pensé mejor y me contuve.

Seguimos adelante, entre la profunda nieve, siguiendo las huellas que había dejado el grupo enemigo. El sol brillaba radiante, mas despedía escaso calor entre un cielo sin nubes, de perfecto azul. Adena encabezaba nuestra pequeña columna; yo marchaba a su lado. Las huellas se dirigían hacia el sur por una monótona extensión de deslumbrante blancura. Al cabo de largas horas de marcha en que nos limitamos a adelantar un pie y luego el otro y observar cómo se condensaba nuestro aliento en pequeñas nubes de vapor, distinguí en el horizonte un bosque de enormes pinos cuyo intenso verdor contrastaba de modo sorprendentemente acogedor en aquel albo universo.

Las huellas de los brutos conducían directamente hacia aquel punto: Se me ocurrió que podían estar esperándonos entre la espesura.

—Es un lugar magnífico para tender una emboscada —comenté con Adena.

Estuvo de acuerdo conmigo.

—Pero, como has dicho antes, tenemos armas que superan en mucho a las suyas. Si fueran tan necios que decidieran atacamos, favorecerían nuestros planes.

—Lanzarán más animales contra nosotros. En ese bosque deben de vivir lobos y otros predadores.

—¿Qué propones que hagamos? —dijo Adena.

—Rodear el bosque. Si están ahí aguardándonos, podemos obligarles a salir al campo.

—Y si no lo están, perderemos medio día de marcha o quizá más.

—¿Qué importa eso?

—No debemos permitir que escapen.

—Si nos introducimos directamente en el bosque caeremos en una emboscada y probablemente moriremos.

—Eso no importa.

—Quizá a ti no le importe —dije—. Y tampoco a mí. Pero ¿qué pensarán ellos? —repuse señalando con una inclinación de cabeza a los restantes soldados—. Acaso no tengan ocasión de vivir otras vidas como tú o como yo: para ellos la muerte es algo real y permanente.

Pareció preocupada.

—Lo había olvidado.

—Si tenemos que aniquilar hasta el último enemigo, tratemos por lo menos de salvar las vidas de los nuestros.

—Tú no lo comprendes, Orión.

—No me importa —dije en voz baja, pero con la mayor intensidad posible —. Habéis sacado a esos hombres y mujeres de su propio tiempo, alejándolos de sus hogares y familias y proyectándolos en esta era distante, entre el frío y el hielo, para cumplir las órdenes de Ormuzd…

—Para hacer lo que debe hacerse —insistió ella—, para salvar a la humanidad de su posible extinción.

—Sea cual fuere la razón, merecen tener la oportunidad de salir con vida; no deben ser desechados como un puñado de peones.

—¡Pero si son eso exactamente! —repuso Adena—. ¿No comprendes? ¡Son peones! ¡Han sido creados para ser peones!

—Son seres humanos, con su propia vida, que es preciosa para ellos, y con parientes, amigos…

—No, Orión, estás equivocado. No lo comprendes.

El rostro de Adena reflejaba tristeza. Sus ojos buscaban los míos.

—¿De qué se trata entonces? ¡Explícamelo!

Seguimos avanzando largo rato en silencio por la nieve acercándonos cada vez más al sombrío y amenazador bosque.

—Tengo miedo —dijo por fin—. Temo que si te digo la verdad, me odies.

—¿Odiarte? —me sorprendí—. ¿Gimo podría odiarte? He superado tres veces la muerte por encontrarte, por estar contigo.

Ella bajó los ojos.

—Orión, todos somos piezas de un juego, todos desempeñamos los papeles que nos han sido asignados.

—Y el jugador es Ormuzd, ¿verdad? —dije.

—No es tan sencillo como crees. Ormuzd interpreta una función como lo hacemos tú y yo… —Vaciló un instante y luego añadió casi en un susurro—: O como esos peones que nos acompañan.

—¡Tú no eres un peón! —protesté.

—Ni tú tampoco —repuso ella con una sonrisa triste y resignada—. Tú eres como un caballero; yo quizá sea un alfil.

—O una reina.

—No soy tan poderosa.

—Eres mi reina —insistí. Y seguidamente razoné—: Y Ormuzd es el rey. Si él muere…

—Todos moriremos para siempre y el juego habrá concluido.

—¿De modo que se trata de eso?

—Sí.

—¿Y esos hombres y mujeres que nos acompañan?

—Como te he dicho, son peones. Han sido creados para desempeñar esa función y nada más.

Parecía sentirse abatida, desdichada.

—Has hablado de ser arrancado del propio tiempo, de verse separado de amigos y parientes. Ellos no tienen parientes ni amigos y no conocen ningún otro tiempo excepto éste. Han sido creados por Ormuzd precisamente para llevar a cabo el exterminio de la gente de Ahrimán, para ello y nada más.

Me pareció como si lo hubiera sabido en todo momento. Aquella confesión no me sorprendió. En lugar de ello sentí un terrible vacío interior, un vacío tan intenso como el infierno más profundo.

Miré hacia atrás por encima del hombro a aquellos que marchaban entre el frío atardecer de una época glacial sin una queja, siguiendo las órdenes de Adena, aproximándose cada vez más a la muerte, la propia o la del enemigo, sin que pareciera preocuparles.

Lissa me sonrió. Llevaba en la espalda un pesado saco de granadas y otros ingenios explosivos. Recordé su alegría e impaciencia poco antes de que se iniciara la batalla en la cueva, el delirio asesino experimentado por el clan de Dal la noche en que fueron atacados, la inflexible eficacia de los mongoles cuando aniquilaban a los ejércitos de Bela, el húngaro, incluso la fácil violencia de la multitud de manifestantes que había encontrado frente al laboratorio de fusión de Michigan…

—Sí —dijo Adena como si pudiera leer mis pensamientos—. Han sido programados para desarrollar violencia.

—¿Entonces son máquinas? ¿Robots?

Movió la cabeza en gesto ambiguo.

—Son de carne y hueso como tú —repuso—, pero han sido creados por Ormuzd y programados para esta tarea específica.

—Al igual que yo —reconocí.

—Ahora ya sabes la verdad —susurró con una triste expresión en sus grises ojos.

—Ormuzd me ha creado para que acabe con Ahrimán y por ninguna otra razón.

—Sí.

—Ése es el motivo por el que no puedo recordar mi pasado más allá del siglo XX: no lo tengo, soy un monigote de cuyos hilos tira Ormuzd.

Sentía crecer un vacío en mí, capaz de hundir el universo: yo era una máquina, todos éramos máquinas formadas de moléculas orgánicas y ADN, de huesos y nervios, pero máquinas programadas para cumplir los designios de Ormuzd. Muñecos, marionetas, asesinos remotamente controlados.

—Orión…

La voz de Adena llegó vagamente a mis oídos, obligándome a retomar a aquel instante del tiempo, a aquel lugar en el vasto tablero de ajedrez controlado por Ormuzd.

—Orión —dijo de nuevo—. Fuiste creado para servir a Ormuzd, pero has superado los propósitos que provocaron tu origen.

—¿Es así realmente? —Mi voz sonaba profundamente cansada y derrotada, incluso para mis propios oídos—. Entonces ¿por qué estoy aquí, si no para retorcerme siempre que Ormuzd tire de mis hilos?

El hermoso rostro de Adena se distendió en una sonrisa.

—¿Y me lo preguntas? Creí que estabas aquí porque querías encontrarme. Así me lo has dicho.

—Te burlas de mí.

—En absoluto —repuso adoptando nuevamente una grave expresión—. Es cierto que fuiste creado para un fin exclusivo, pero desde el primer momento actuaste por propia iniciativa. Eres un ser humano, Orión, tan humano como Sócrates, Einstein o el kan Ogotai.

—¿Cómo es posible eso?

—Lo eres —insistió—. ¿Cómo podría yo amarte si no lo fueras?

La miré durante largo rato sin interrumpir nuestra marcha por la nieve hacia el siniestro bosque. Las inmensas coníferas se levantaban ante nosotros como las almenas de una fortaleza.

—¿Dices que me amas? —repetí.

—Lo suficiente para convertirme en un ser humano —repuso Adena—. Lo suficiente para compartir tu vida, tu destino, tu muerte.

—Y yo te amo, te he amado durante cien mil años, en la muerte y en la resurrección.

Ella asintió feliz y de pronto sus ojos se humedecieron.

—Mas tendremos que enfrentamos de nuevo a la muerte, ¿verdad?

—Sí, pero lo haremos juntos.

—¿Y los demás?

Ella volvió a mostrar una sombría expresión.

—Son simples peones, Orión, no tienen pasado. Sólo saben que deben luchar.

—Incluso los peones tienen derecho a sobrevivir —dije.

—Nuestra misión consiste en exterminar a Ahrimán y a los suyos. No tenemos otro objetivo, no hay otro camino. Si fallamos en ello, moriremos para siempre, Orión. Caeremos en el olvido.

Aunque sabía que decía la verdad, no podía aceptarla.

Adena se detuvo bruscamente y me cogió por los hombros. Los demás se mantuvieron a respetuosa distancia.

—Orión, si me amas, debes estar dispuesto a sacrificar a esos peones — susurró con dureza.

Contemplé sus grises ojos durante un momento que me pareció una eternidad. Después, haciendo un esfuerzo, desvié la mirada hacia el bosque sombrío y amenazador que nos aguardaba a lo lejos y seguidamente observé a los hombres y mujeres que nos seguían. Estaban descansando, sin desprenderse de sus armas, aguardando órdenes.

—No quiero que mueran —dijo Adena en voz baja, casi suplicante—. Acaso no sea necesaria su muerte, pero si nos demoramos, Ahrimán y los suyos huirán.

—Si nos introducimos entre los árboles caeremos en una emboscada.

—Eso no significa que todos vayamos a morir. Nuestras armas son muy superiores a las suyas.

—Mientras duren.

—Tenemos que estar dispuestos a sacrificarnos —insistió Adena—. Arriesgas tu propia vida y la mía. ¿Por qué estableces diferencias con las de ellos?

—Porque ellos no comprenden lo que se halla en juego.

Adena se apartó de mi lado y contempló el sol poniente. Los árboles proyectaban largas sombras hacia nosotros, como dedos que buscaran nuestras gargantas.

—¡Comprobad vuestras armas! —ordenó al grupo de soldados—. Vamos a entrar en el bosque. Es posible que los brutos nos hayan tendido una emboscada. Estad sobre aviso.

Obedecieron y se dedicaron a verificar sus armas y sus cargas de energía. Al cabo de unos momentos emprendíamos todos la marcha sin protestas ni vacilaciones, incluso parecían contentos de tener que enfrentarse al enemigo.

No podía hacer nada. Me repetía a mí mismo que debía limitarme a seguir adelante, en busca de Ahrimán, pero en lo más profundo de mi mente una voz me decía que había otras cosas en el mundo más importantes que la persecución y la muerte.

Adena tenía razón: no debía establecer diferencias. Todos participábamos en aquel juego cósmico en el que cada uno tenía un papel que interpretar. Me quedé a su lado empuñando la pistola, escudriñando las oscuras sombras que se formaban entre los árboles a medida que nuestro reducido grupo de guerreros penetraba en el bosque.

Los pájaros iban y venían trinando entre los árboles, pequeños animales peludos se escabullían al vemos y se ocultaban entre las ramas más altas, como si comprendieran el peligro que nos acechaba. La luz del sol se filtraba débilmente por las hojas. Cuanto más nos internábamos en el bosque, más se intensificaban el frío y el silencio.

Entre la densa espesura apenas aparecía rastro de la nieve que tan abundantemente había caído, pero aún podían distinguirse las huellas que los brutos habían dejado, con tanta claridad como si las hubieran dispuesto deliberadamente para que los siguiéramos.

Una ardilla, la mayor y más roja que había visto en mi vida, nos chilló enojada al ver que nos acercábamos al árbol ante el que se encontraba y escaló apresuradamente el inmenso tronco. Cuando comprendió que no regresaríamos, subió a lo alto del árbol resguardándose en la guarida que tenía entre las hojas.

Mientras observaba los movimientos del roedor, distinguí una forma indefinida que también se movía en lo alto y que por sus dimensiones recordaba una figura humana. Toqué disimuladamente a Adena.

—Están arriba, en los árboles —le susurré.

Sin darle tiempo de levantar la mirada, cayó sobre nosotros una manada de pumas de afilados y amenazadores colmillos. Adena ni siquiera pudo articular una orden, pero los soldados se dispusieron automáticamente en círculo y dispararon contra las bestias cuando saltaban por los aires. Uno de aquellos felinos aterrizó gruñendo y revolviéndose en el centro de nuestro círculo. Le volé la tapa de los sesos de un disparo.

—¡Cuidado con los lobos! —gritó un soldado.

Éstos se deslizaron entre los árboles y se abalanzaron contra nosotros con un brillo siniestro en los ojos. Los abatimos a decenas con nuestros fusiles. Mientras nos enfrentábamos a las enfurecidas y rabiosas bestias sedientas de sangre escudriñé entre los árboles. Los felinos de dientes afilados yacían muertos en el interior del círculo que habíamos formado y los lobos rodeaban nuestro reducido perímetro defensivo, pero yo buscaba a Ahrimán y a su gente. Sabía que se encontraban en las copas de los árboles, esperando el momento en que nuestras armas agotaran su energía. Cuatro de nuestros soldados habían desechado ya sus fusiles y utilizaban las pistolas alimentadas con las baterías que llevaban incorporadas en sus trajes.

—¡Dame algunas granadas! —ordené a Lissa.

También ella escudriñaba entre la espesura tratando de encontrar más enemigos. En aquel momento los lobos seguían acechando en las profundas sombras disponiéndose a emprender otro ataque. Se distinguía perfectamente el brillo de sus ojos en la oscuridad.

—¿De qué clase las quieres? —repuso con el entusiasmo que le era habitual—. ¿Rompedoras, perforantes o de gases tóxicos?

—Rompedoras —dije.

Me envió cuatro rodando al tiempo que me transmitía instrucciones para programar el plazo de funcionamiento.

Cogí una de ellas, la preparé para que estallara a los cinco segundos, retrocedí unos pasos y la arrojé entre las ramas de los árboles que tenía enfrente.

La explosión fue más reducida de lo que yo había esperado y provocó una lluvia de nieve y ramas desgarradas sobre nosotros. Adena me dirigió una penetrante mirada.

—¿Qué te propones? —me preguntó.

Hice un ademán para silenciarla. Gritos de dolor se propagaron por los árboles, pero no habían sido proferidos por animales.

—¡Están arriba! —exclamó Adena.

Me disponía a lanzar otra granada, cuando los brutos emprendieron el auténtico ataque balanceándose en largas cuerdas desde las ramas entre las que se ocultaban y atacándonos con sus lanzas de cristal.

Disparamos sobre ellos, pero sus resplandecientes armaduras vidriadas rechazaban nuestros rayos láser. Observé de reojo que los dos soldados que aún empuñaban fusiles habían sido los primeros en ser derribados por nuestros enemigos. Seguí disparando contra ellos, pero los rayos resultaban ineficaces porque no podían penetrar en sus armaduras.

En contrapartida, sus lanzas electrostáticas eran mortalmente efectivas. Los soldados armados con los fusiles fueron cayendo entre una lluvia de chispas azules y los brutos arremetieron contra nosotros.

Lissa se abalanzó contra cuatro enemigos con sendas granadas en las manos. Las simultáneas explosiones los dispersaron y nos derribaron a todos por el suelo. Me incorporé aturdido y, una vez de rodillas, arrojé mi inútil pistola a la cara del bruto más próximo y le golpeé las piernas, lo que le hizo perder el equilibrio. Seguidamente le arrebaté la lanza y se la clavé en el cuello, en un punto que no quedaba protegido por su armadura de cristal. El bruto chilló espantosamente y quedó fulminado por la descarga eléctrica.

Adena, rodilla en tierra, disparaba fríamente a la cabeza de uno de nuestros enemigos mientras que otros dos se abalanzaban contra ella. Se volvió ligeramente y disparó contra uno de ellos, que se protegió el rostro con el antebrazo para interceptar el proyectil. En aquel momento se le descargó la pistola.

Me lancé sobre los dos brutos proyectándolos lejos de su alcance. Ambos vinieron hacia mí gruñendo y enarbolando sus lanzas. Rechacé el golpe que me dirigía el más próximo y hundí el extremo de la lanza en la cabeza del otro. Alguien disparó mortalmente contra el primero mientras yo lograba acabar con el otro con la sacudida eléctrica de la lanza.

La batalla concluyó repentinamente. Cuatro de nuestros soldados y siete brutos yacían muertos a nuestros pies.

—Ha escapado uno —dijo Adena.

—Debe de ser Ahrimán —respondí.

—Tenemos que encontrarle. No podemos permitir que huya.

—Iré en su busca —me ofrecí.

—No —repuso Adena—. Iremos todos.