Orión

Ben Bova · Capítulo 34 de 52

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Orión

Capítulo XXXI

Permanecí tendido durante largas horas sobre las rocas cubiertas de polvo, incapaz de moverme y tratando de recuperar las fuerzas; entretanto, el nivel del agua siguió creciendo ininterrumpidamente, salpicando y borboteando mientras se llenaba la cisterna subterránea.

En breve comenzó a lamerme los pies mientras que yo seguía tendido sobre el húmedo suelo.

Hice un esfuerzo para levantarme e intenté escalar la empinada pared hacia la abertura por donde llegaba la luz del sol. El muro era arenoso y las piedras se desprendían, lo que dificultaba mi escalada. A cada paso que daba me encontraba en peligro de deslizarme de nuevo hacia abajo, pero seguía esforzándome por remontar la pendiente hasta que, finalmente, logré abrirme paso a través de la estrecha fisura de la roca y salir a la luz del día.

Me volví y comprobé que el río subterráneo estaba llenando aquella cueva. Cuando llegase al techo, el agua rebosaría, desbordándose a través de la roca que la retenía, manando a borbotones hacia el valle, con la fuerza de una gigantesca marea que barrería todo cuanto encontrara a su paso.

Descendí tambaleándome por la escarpada ladera, con las piernas débiles y entumecidas. En las postrimerías de aquel atardecer hermoso y apacible, ante mi confusa visión, el valle se extendía a mis pies: tenía que reunirme cuanto antes con Ava y Dal y prevenir a lodos del inminente peligro que corrían.

Llegué a los campos donde crecían los cereales tambaleándome a causa del agotamiento. Allí se encontraba concentrada la gente segando los altos y espigados tallos con sus cuchillos de sílex. Me acerqué a ellos.

—¡Mirad! —gritó un hombre—. ¡Es Orión!

—¡Ha regresado de entre los muertos!

Abandonaron su trabajo y se reunieron en torno a mí, a respetuosa distancia.

Alcé las manos en ademán de salutación, pero me venció el cansancio y, sin poder articular palabra, caí desvanecido.

Cuando abrí los ojos, descubrí que Ava me observaba con expresión preocupada en su bello rostro.

—Estás vivo —dijo gravemente.

—Sí —gruñí—. Pero muerto de hambre.

Mire en tomo y descubrí que estaba en mi cabaña, tendido en el montón de paja que utilizaba como jergón. En la puerta se apretujaba un grupo de miembros del clan esforzándose por verme.

En el centro de la estancia se acumulaban toda clase de alimentos; supuse que eran obsequio de aquella gente.

Ava se apartó un instante de mi lado y en aquel momento entró en la cabaña una mujer que traía una calabaza de caldo hirviendo. Tomé un trago que me quemó la lengua, pero al engullirlo me pareció sabroso y tonificante.

—¿Dónde está Dal? —pregunté con la mayor naturalidad—. Hemos de hacer salir de aquí a la gente.

—Primero come —me ordenó suavemente—. Recupera tus fuerzas.

Acerqué la calabaza a mis labios y bebí todo el caldo. Ella intentó hacerme tender de nuevo, pero la rechacé amablemente.

—Tengo que ver a Dal.

—¿Estuviste en la tierra de los muertos? —preguntó la mujer que me había servido el caldo.

Moví negativamente la cabeza, pero no perdió su expresión atemorizada.

—¿Cómo es aquello? ¿Viste a mi hijo? Se llama Mikka y tenía cuatro veranos cuando murió de fiebres.

Ava la hizo salir y después volvió a mi lado.

—Estuviste en la tierra de los muertos, ¿verdad? —preguntó suavemente.

Pese a las protestas que pudiera formular, comprendí que todos los que se agolpaban ante mi puerta lo creerían así. También Ava lo creía, siguiendo una interpretación lógica de los hechos: si los muertos se entierran en el suelo y yo había salido de la tierra, procedía de la tierra de los muertos.

—¿Dónde está Dal? —susurré en tono apremiante—. Debo hablar con él cuanto antes. Tenemos que salir de este valle rápidamente.

—¿Marchamos? ¿Por qué?

—Va a producirse una inundación; si permanecemos aquí, moriremos todos ahogados. Busca a Dal y hazle venir ahora mismo.

Ordenó que fuesen en su busca y volvió a mi lado.

—Dal resultó herido en la lucha que sostuvimos hace tres noches —me dijo.

—¿Es algo grave?

—Recibió un lanzazo en la pierna, por encima de la rodilla.

Supuse que se trataría de una infección.

—No es nada grave, pero le he aconsejado que descanse en su jergón y le he cubierto la herida con hojas y cataplasmas.

Me levanté y fui hacia la puerta. A mi paso la gente desaparecía presa de pánico. Yo había estado en la tierra de los muertos y había regresado de ella. Me miraban atemorizados y llenos de curiosidad, deseosos de saber qué había más allá de la muerte. Me abrí paso entre ellos sonriéndoles y me encaminé a la cabaña de Dal reflexionando que aquella primitiva superstición era más real de lo que ellos suponían y que verdaderamente había estado en más de una ocasión en el país de los muertos.

Con la postrera luz del atardecer advertí que el río que atravesaba el valle era ya más caudaloso, que discurría con mayor velocidad y ruido y que había invertido su curso. En aquellos momentos fluía desde la base de las rocas hasta la cascada del extremo opuesto, donde ambos caudales se unían para formar una especie de lago cada vez mayor y más agitado.

Desde la distancia percibí un sordo estruendo y sentí estremecerse el suelo bajo mis pies. Los miembros del clan miraron hacia la humeante cresta del Ararat.

—¡Orión avanza y la montaña le habla! —oí que decía una mujer.

Los demás murmuraron frases de asentimiento.

No intenté convencerlos de lo contrario. Por el momento el temor que sentían hacia mí me sería muy útil pues debía impartirles órdenes que tendrían que obedecer sin vacilar.

Entré en la cabaña de Dal seguido a pocos pasos de A va. Dos adolescentes le ayudaban a levantarse. Su pierna no parecía hinchada bajo las hojas con que ella había cubierto la herida. A pesar de todo quizá sobreviviera.

Les ordené que lo sentaran y le dejaron recostado en su jergón. Entre las tenebrosas sombras de la cabaña me dirigió una penetrante mirada.

—Te creímos muerto —me dijo—, pero no encontramos tu cuerpo.

—Sigo con vida —respondí—, aunque moriremos todos si no salimos de aquí ahora mismo.

Dal frunció el entrecejo como si hubiera recibido un mazazo.

—¿Qué dices? ¿Salir de aquí? ¡Pero yo había creído…!

—Va a producirse una inundación —le anuncié—, pronto, muy pronto, quizá dentro de breves horas. Este valle quedará anegado y todo cuanto haya en él.

—Pero el río nunca…

—Dal —repliqué—. ¿Te he mentido alguna vez? Habrá una inundación y si nos quedamos moriremos todos. Debemos irnos ahora mismo.

Fijó su mirada en mí.

—No hay tiempo que perder —insistí—. Debemos comunicarlo a toda la gente y marchamos rápidamente.

—¿Por los peldaños de la cascada? —preguntó A va.

Comprendí que aquello sería imposible. El primer avance de la marea ya había formado un charco cada vez más profundo en la base de la cascada. No podríamos salir del valle por el camino que habíamos tomado a la llegada.

—No —repuse—. Tendremos que escalar la pendiente lateral.

Dal pareció sorprendido.

—No se puede subir por esas rocas.

—Yo os demostraré cómo hacerlo —respondí.

—Pero es imposible. Somos seres humanos, no podemos volar.

—Podremos escalarlas —intervino Ava con firmeza—. Orión y yo subimos por esa ladera en una ocasión, hace más de un mes.

Dal la miró fijamente disponiéndose a protestar, pero desistió. Pensé que eran más novedades de las que podía asimilar, mas vi cómo observaba su pierna rígida e inutilizada por la herida que había sufrido y comprendí que le preocupaba su propia supervivencia.

El suelo se agitó con el estrépito de un trueno que no procedía de las alturas. Hacia el norte, el cielo relampagueó y se tomó rojizo; llegaron a mis oídos las exclamaciones de temor de la gente que estaba fuera de la cabaña. El volcán se caldeaba disponiéndose a entrar en erupción: Ahrimán distendía sus músculos.

—¡No hay tiempo que perder! —exclamé—. ¡Debemos irnos cuanto antes!

Dal hizo una señal de asentimiento.

—Encárgate de ello, Ava. Tú dirigirás el clan. Convoca a los ancianos y les anunciaré que estarás al frente de todo hasta que puedan escoger otro jefe.

—¡Tú vendrás con nosotros! —protestó ella.

Dal señaló su pierna herida.

—Es imposible. Ni siquiera podía subir por esas rocas cuando tenía sanas ambas piernas.

Me sentía muy tentado a asentir. Bastante difícil sería conseguir poner a salvo a más de cien personas, mujeres y niños, ninguno de los cuales había escalado jamás una montaña. Llevar con nosotros a un hombre con una pierna herida obstaculizaría nuestra marcha hasta el punto de que las aguas de la marea podrían alcanzamos sin damos tiempo a ponernos a salvo. Y si Dal se quedaba allí, cuando hubieran pasado los efectos de la inundación Ava me pertenecería.

Fijé mi mirada en la suya. Sin duda estaba asustado. Me creía y sabía que si se quedaba allí estaría condenado a una muerte segura. Se disponía a sacrificar su existencia por salvar a su clan. Valor, obstinación o únicamente clara estupidez, fuese lo que fuese lo que le impulsaba, no podía abandonarle a su suerte.

De modo que me incliné y le ayudé a ponerse en pie. Me puse junto a su pierna herida y le así firmemente por la cintura.

—¡Pásame los brazos por los hombros —le ordené— y apóyate en mí!

—¡No podrás…!

—¡No discutas conmigo! —repliqué—. ¡No perdamos más tiempo!

Cuando salíamos de la cabaña con pasos vacilantes, Ava me sonrió agradecida.

Dal comenzó a impartir órdenes a la gente. Fueron enviados algunos jóvenes a toda prisa para avisar a los restantes clanes, fas mujeres recogieron todos los víveres que pudieron de sus cabañas, los hombres reunieron sus útiles y sus armas.

—¡El grano! —exclamó Ava—. ¿Qué será del grano?

—Será arrastrado por la marea —dije.

—¡No! —respondió. Y echó a correr hacia el campo haciendo señas a dos muchachas para que la acompañasen.

El monte rugió de nuevo haciendo temblar la tierra. El cono del volcán despedía vapor ardiente y comprendí que en breve empeoraría la situación. El discreto arroyo que serpenteaba por el lugar rugía impetuoso rebosando por las orillas, adentrándose por los campos de grano, borboteando a lo largo del valle y yendo a parar al lago que se formaba en la base de la cascada. La propia cascada era más potente y caía con más fuerza vertiéndose en un torrente cada vez más intenso por las terrazas de piedra y en el ancho lago, del que se levantaba una nube de niebla en la que se reflejaban los oblicuos rayos del sol poniente en un arco iris de diabólica hermosura.

—¡Por aquí! —grité mientras la gente comenzaba a congregarse en torno a Dal y a mí. Estaban asustados, confusos, y dirigían miradas aterradas al turbulento río y al volcán, aún más amenazador.

—¡Haced lo que dice Orión! —exclamó Dal—. ¡Sólo él puede salvaros! ¡No irritéis a los espíritus de los muertos dejando de obedecerle!

Aquello los tranquilizó un tanto y se dispusieron a seguir mis consignas, a dejarse llevar donde fuese, puesto que yo parecía saber lo que hacía. Así logré impedir que una multitud asustada se dejase llevar por el pánico y se abocara a su autodestrucción.

Nos dirigimos hacia las rocas, alejándonos de la creciente marea. Yo cargaba con Dal, arrastrándole, mientras que él avanzaba cojeando, valiéndose de su pierna sana. De vez en cuando me volvía y veía a la multitud que se había congregado en nuestro seguimiento, pero no podía distinguir entre ellos el rostro de Ava.

Por fin llegamos al pie de los peñascos. Ayudé a Dal a sentarse. Escogí a dos muchachos ágiles y robustos, nos aseguramos unos a otros con cuerdas hechas de fibras vegetales y abrí la marcha escalando la pared rocosa. Los chicos eran tan jóvenes que, a diferencia de los adultos, nada les parecía imposible y me siguieron sin apenas dar un paso en falso.

Llegamos a la cumbre cuando el sol poniente aún se encontraba sobre el horizonte. Contemplando el panorama que se extendía a mis pies, comprobé que la mayor parte del valle estaba ya en sombras y que el río se extendía a modo de crecientes dedos en todas direcciones, inundando rápidamente los campos de cereales y avanzando hacia las cabañas donde habíamos estado instalados. La cascada del extremo opuesto del valle había desaparecido entre la niebla y, pese a la distancia, se percibía claramente su atronador rugido.

Aseguramos rápidamente las cuerdas a los árboles y las lanzamos a los que esperaban abajo. Ordené a los jóvenes que se quedaran arriba y descendí rápidamente para ayudara los demás.

Dal observaba admirado cómo escalaba su gente la escarpada pendiente rocosa sujetándose a las cuerdas.

—¿Has visto a Ava? —le pregunté.

—No.

—¡Estamos aquí! —exclamó ella.

Levanté la mirada y vi que se acercaba seguida de las dos muchachas, llevando en sus espaldas grandes sacos de cuero y sonriendo cansadamente.

—Hemos recogido todo el grano cortado que hemos podido —anunció satisfecha—, todas las semillas que nos dijiste y raíces y bayas, cuanto hemos podido encontrar. Nos las llevaremos y plantaremos las simientes la próxima primavera.

Le respondí con una amplia sonrisa. Observé el amenazador volcán y pensé que Ahrimán había perdido la partida. La idea de la agricultura había encontrado terreno fértil y estaba arraigando entre aquella gente, y las leyendas que se transmitirían de generación en generación durante cientos de siglos antes de que se inventara la escritura alterarían la historia del monte Ararat: en lugar de Noé sería una mujer quien salvaría las semillas del grano y los frutos que alimentarían a la especie humana, y no los animales quienes escaparían de la inundación por sus propios medios. La mitología solía basarse en un núcleo básico, pero las tribus dominadas por el hombre distorsionarían la historia.

Mientras se prolongaba la luz crepuscular, los miembros del clan se esforzaron como nunca lo habían hecho. El estrépito que producía el volcán era cada vez más amenazador y comenzaba a proyectarse por su cono un negro humo en el que destellaban rojas llamaradas. El cielo se oscureció y los relámpagos surcaron las tinieblas atemorizando aún más a la gente, que subía a pares, en grupos o a gatas, y que avanzaban poco a poco, tanteando, valiéndose de las cuerdas que habíamos instalado en toda la pendiente, en tanto que nosotros les ayudábamos desde arriba para que alcanzaran aquella zona en la que se encontrarían a salvo. Los más robustos, las muchachas y los jóvenes, ayudaban a los mayores y menos ágiles. Los niños iban a hombros de los adultos y yo subía y bajaba repetidas veces auxiliando a cuantos podía.

Dal estaba sentado sobre una piedra, al pie de las rocas, organizando los turnos de ascenso, tranquilizando los temores generales y esforzándose por evitar que cundiera el pánico.

El monte se enfurecía por momentos y su rojo y sordo resplandor nos iluminaba en aquellas horas del anochecer. Su cráter despedía piedras grandes como casas y por la boca del cono vertía ardientes lenguas de lava. El suelo temblaba con el estrépito de la montaña, pero todavía no se había producido un auténtico terremoto.

Cuando las aguas se extendieron por el valle, más de la mitad de los expedicionarios había llegado a lo alto de las rocas. El muro rocoso donde el río había estado vertiéndose estalló en una gigantesca tempestad de agua y vapor, desprendiendo vertiginosamente grandes peñascos hacia el valle. La cisterna donde yo me había encontrado aquel mismo día, no sólo había alcanzado su límite de capacidad, sino que el calor de las fuerzas tectónicas que Ahrimán había desatado la habían convertido en una descomunal tetera. El agua alcanzó finalmente su punto de ebullición y el vapor que se había ido acumulando hizo estallar la ladera de la montaña como un kilotón de explosivos.

Un blanco muro de agua se desbordó rugiendo por el valle como si se hubieran soltado de repente todos los demonios del infierno. El vapor subía silbando hacia el oscuro cielo y una lluvia caliente comenzó a caer sobre nosotros.

En aquellos momentos yo me encontraba a medio camino de descenso dispuesto a poner a salvo a otro par de personas y, pese a la oscuridad, pude apreciarlo claramente. Los que se hallaban al pie de los peñascos se quedaron petrificados por el terror viendo avanzar hacia ellos la ola devastadora.

—¡Corred! ¡Rápido! —grité dando un salto y dejándome caer con un impacto que mitigué rodando por el suelo.

Hombres y mujeres se precipitaron desesperadamente hacia las rocas tratando de escalar como fuese la escarpada pendiente para salvar sus vidas; otros, impulsivamente, descendieron un trecho arriesgándose en ayuda de sus parientes y amigos.

Dal se puso en pie y se apoyó pesadamente en una lanza observando cómo avanzaba hacia nosotros la desbordante ola cálida y espumeante, que amenazaba con devorar cuanto encontrara a su paso.

El volcán estaba ya en plena erupción y el suelo se conmocionaba con fuerza derribando y magullando a los que se asían a las cuerdas para poder alcanzar la cima. Gritos de agonía y terror traspasaban la oscuridad sobre el estrépito producido por las aguas y el volcán.

Auxilié a cuantos pude recogiendo a aquellos que habían caído, ayudándoles a ponerse en pie y empujándoles hacia arriba, auxiliado por algunos jóvenes que habían bajado en ayuda de sus compañeros.

Entonces observé que Dal estaba pendiente de cuanto ocurría a su alrededor con una expresión reconcentrada que reflejaba su entereza. No parecía asustado ni gritaba pidiendo ayuda: apoyado en su nudosa lanza mantenía rígida la pierna herida vigilando cómo los suyos escalaban las rocas huyendo del desastre que los perseguía mientras las enfurecidas y cálidas aguas de la marea rugían y tronaban cada vez más próximas.