Orión
Capítulo XXXVI
Me quedé inmóvil fijando la mirada en sus ojos grises y descubriendo en ellos arremolinado en constante giro todo un continuo de estrellas, galaxias, átomos y quarks rodando en el ciclo infinito de la creación y el cambio. No comprendía, no lograba entender lo que Adena me estaba diciendo, pero creía todas sus palabras.
Me había enamorado de una diosa, un ser que algún día sería adorado por los hombres, que a su vez habían sido creados por los dioses. El ciclo de la creación, la rueda de la vida, el continuo del universo…
El mismo continuo que Ahrimán trataba de destruir.
El aura plateada que nos rodeaba desapareció y una ráfaga de helado viento me hizo estremecer. Percibí nuevamente el ulular del viento y luego las apagadas voces de los soldados que estaban en la cueva. Kedar asió por fin el instrumento que trataba de alcanzar: volvíamos a encontramos en el espacio-tiempo presente.
—El viento ha cambiado de dirección —observó Adena—. La tormenta concluirá dentro de unas horas y entonces nos atacarán.
En aquel preciso instante centré mi atención en ella.
—¿Podremos ofrecerles resistencia?
—Sólo mientras dispongamos de energía. Una vez se nos agoten las baterías… —Sus palabras quedaron flotando en el aire.
—Pero habrá otras unidades en la zona, ¿no es así? Podremos conseguir ayuda, ¿verdad?
Adena vaciló un instante.
—Esta es la batalla definitiva, Orión. Los brutos que se están reuniendo ahí afuera son los últimos que quedan.
—¿Y nosotros? ¿Quieres decir que también somos los únicos supervivientes de la especie humana?
—Somos los únicos seres humanos con vida —respondió.
—¿Y esos mandos que están en órbita en las naves?
Adena me respondió con una breve señal negativa.
—No hay más naves ni hay otros soldados. Lo cierto es que las transmisiones que Marek está recibiendo proceden de Ormuzd. No quiere que nos enteremos, pero la verdad es que estamos totalmente solos: no recibiremos ninguna ayuda.
—No lo comprendo.
Volvió a sonreír amargamente.
—No se trata de que lo comprendas, Orión. Ya te he dicho mucho más de lo que Ormuzd desea que sepas.
Se apartó de mi lado: había dejado de ser una diosa y se convertía de nuevo en el jefe de un destacamento de soldados perdidos, atrapados y en peligro. Me quedé en la entrada de la cueva exponiéndome al helado viento, casi agradeciendo aquella fría sensación. Mis pensamientos eran confusos. No llegaba a ninguna conclusión, pero afuera, entre el temporal decreciente, sabía que nos aguardaba el último enemigo. Nuestro reducido grupo de hombres y mujeres decidiría el sino del continuo. En breve comenzaría la batalla y aquel que resultase victorioso heredaría el mundo, el universo, toda la eternidad.
—¡Orión!
Me volví y vi que Rena se dirigía a mí con expresión inquieta en su menudo rostro.
—Adena dice que debemos vestir las armaduras y comprobar las armas — me dijo con forzada sonrisa.
Hice una señal de asentimiento y la seguí a la zona donde flotaban las hamacas en desigual hilera. Nuestros compañeros estaban poniéndose sus trajes blindados. Localicé el mío y seguí el ejemplo de Rena: me enfundé en primer lugar la parte que cubría el cuerpo, seguí luego con las piernas, las botas, los brazos, los guantes milagrosamente tenues y, por fin, el cinturón que contenía el equipo. Sopesé el casco: tenía incorporado un comunicador de doble sentido y un visor deslizante que cubría por completo el rostro. El visor era totalmente transparente por dentro, pero opaco por el exterior. Una vez que todos se cubrieron con él no pude distinguir sus rostros, únicamente eran identificables por las insignias que engalanaban sus hombros y por los nombres que aparecían inscritos en sus pechos.
Tras haber comprobado mi traje, Rena me llevó junto a las baterías que Kedar cuidaba amorosamente y cargamos de energía nuestras armaduras. Seguidamente nos reunimos con los demás, que habían formado una hilera para proveerse de armas.
Adena observaba a Ogún, el fornido armero del escuadrón, que sonreía torvamente al tender a cada soldado sendas armas: una especie de fusil de cañón largo y una pistola que se conectaba con la reserva de batería del traje.
Cuando llegué junto a él, frunció el entrecejo y se volvió hacia Adena.
—Dale una pistola —le ordenó—. Estará conmigo atendiendo el cañón.
La pistola era igual que la que llevaba encima cuando me encontré solo entre la tormenta. La sostuve en mi enguantada mano.
—Está provista de batería —dijo Rena— pero, según las normas, debes conectarla en tu traje, así se prolongan su alcance y su duración.
Hice una señal de asentimiento. Tenía un extraño aspecto con su armadura y su casco: parecía una niña jugando a soldados. No obstante, según podía deducirse por las graves expresiones de cuantos me rodeaban, aquello no era ningún juego.
Era un escuadrón experimentado. Cuando estuvieron armados, fueron hacia la boca de la cueva y tomaron posiciones de modo que pudieran cubrirse unos a otros al tiempo que vigilaban la suave pendiente nevada que conducía a nuestro refugio.
Permanecí indeciso en el centro de la cueva observando a los soldados sin saber qué hacer. Rena me dirigió una breve sonrisa y corrió hacia un enorme cajón metálico localizado a un lado de la cueva. Pulsó algunos botones y el cajón se levantó varias pulgadas del suelo. La seguí como un obediente perro faldero mientras ella se reunía con los demás, en la entrada.
—¿Puedes ayudarme? —preguntó Ogún.
Su voz, al igual que su aspecto, eran hoscos. Le seguí hasta el fondo, a lo más recóndito de la cueva.
—Rena es biomilitar —me aclaró sin que yo le preguntase nada—. Con su equipo comprueba los virus y microbios que nos arrojan esos brutos. Perdimos muchos elementos hasta que nos dimos cuenta de lo que podían conseguir con esos diminutos asesinos. Es un veneno instantáneo que paraliza, desgarra los intestinos, ciega y asfixia… Han cometido auténticas barbaridades.
—¿Es de acción instantánea? —pregunté.
—Actúa en un abrir y cerrar de ojos —dijo mientras nos agachábamos para pasar por un pasillo de escasa altura practicado en la roca—. Por esa razón debes mantener el visor cerrado y respirar únicamente el aire que circula por el interior del traje hasta que Rena nos dé la señal de que no existe peligro, ¿comprendido?
—Sí, señor.
Su rostro se contrajo en algo parecido a una sonrisa. Pese a su hosca mirada y su constante malhumor, Ogún se preocupaba por los que le rodeaban.
—Bien —resopló—. Aquí está. Coloquémoslo en posición.
Se trataba de una mole de grandes proporciones compuesta de tubos y espirales que me recordaba vagamente un cañón. Ogún activó su elevador gravítico y aquel artefacto se levantó del suelo. Lo empujamos por el oscuro pasillo hasta la parte delantera de la cueva, entre las reiteradas advertencias de Ogún para que cuidase de no golpearlo contra el muro de piedra.
—¿Estás seguro de que esta cueva sólo tiene una entrada? —le pregunté mientras guiaba la pesada arma hacia la entrada.
Ogún asintió.
—Hemos pasado seis días escondidos aquí. Adena nos hizo explorar el interior palmo a palmo. Todos esos pasillos no tienen salida, excepto la que va a parar a las aguas. ¡Maldita sea, estuve a punto de caer por ella! Es muy profunda. No podrá acercarse nadie por esa dirección.
Estaba excesivamente seguro de sí mismo. Pero yo dudaba recordando la habilidad que poseía Ahrimán de alterar el espacio-tiempo y su afición a la oscuridad y las profundidades.
—Tal vez sería conveniente instalar aquí un sensor, por si acaso —le dije —. Probablemente tienes razón pero, si encontrasen un modo de atacamos desde ahí abajo, sería mejor que nos enterásemos a tiempo, ¿no crees?
Habíamos empujado el cañón hasta la alineación de verdes baterías eléctricas. Ogún sonrió y se irguió sonriente mientras Kedar cogía los pesados cables del arma y los conectaba en dos de los cilindros verdes.
—Soy armero, no el jefe. No tengo por qué tomar iniciativas. Sólo me cuido de las armas y cumplo órdenes. —Extendió los robustos brazos hacia el techo—. Además, si descubren algún sistema para atacamos por ahí, estaremos fritos por muchos avisos que recibamos.
Kedar le dirigió una inquisitiva mirada.
—Propone que pongamos un sensor abajo, junto al pozo, para que sirva de aviso por si acaso —le explicó Ogún. El especialista en energía se volvió a mí y por un instante creí estar viendo a Dal desprovisto de su roja barba.
—Consultaré a Adena al respecto —dijo—. Tal vez sea razonable.
—¡Razonable! —murmuró Ogún entre dientes.
Entre los tres empujamos el cañón hasta la boca de la cueva. Los restantes soldados habían despejado una zona para instalarlo y estaban levantando una especie de muro protector ante el arma a base de rocas sueltas. Les ayudé mientras que Ogún y Kedar seguían comprobando el equipo.
Me dediqué a transportar piedras en unión de Marek, formando un equipo efectivo, aunque me parecía que la mayor parte del trabajo recaía sobre mí. Marek me sonreía mientras realizábamos aquella fatigosa tarea. Hizo un gesto con la cabeza señalando a Ogún y Kedar.
—Ya se sabe —comentó en un susurro—. Son oficiales.
Estuve a punto de echarme a reír. Siempre pasaba igual en todos los ejércitos y organizaciones: unos trabajaban con los músculos y otros con el cerebro.
Y siempre había alguien dirigiendo a los demás: en nuestro caso se trataba de Adena.
—Está cesando el viento —nos dijo.
Estaba fuera, a pocos metros de nosotros, frente a la boca de la cueva. Vestía su uniforme completo y se cubría con el casco, pero llevaba el visor levantado, dejando su rostro al descubierto.
Miré hacia el cielo y comprobé que había dejado de nevar. En el lugar donde ella se encontraba la nieve llegaba hasta las rodillas, pero más lejos, fuera del abrigo de nuestro refugio, había alcanzado gran altura. Grises nubes se deslizaban rápidamente por el cielo, como si huyeran a toda prisa de la carnicería que iba a producirse.
—Pronto aparecerá el sol —dijo Adena con cierta alegría—. Lucharemos bajo un cielo azul.
Los soldados se removieron inquietos e hicieron tintinear sus armas. Pensé que se trataba de un acto puramente instintivo, fruto de un arduo entrenamiento.
Ogún me dio unas breves instrucciones sobre el manejo del pesado cañón. Era un arma que funcionaba a base de energía, con un tipo especial de láser de extrema potencia. Comparándolo con los lásers de los laboratorios de fusión que yo había conocido en el siglo XX, aquéllos eran simples juguetes.
Mientras nos agazapábamos tras el enorme aparato, me pregunté cómo podían haberse trasladado aquellas gentes y sus avanzadas máquinas a aquel período glacial. Me constaba que tanto Ormuzd como Ahrimán manipulaban a placer el espacio y el tiempo, pero por vez primera desde que había llegado a aquel lugar desconcertante me sorprendía que pudieran existir seres humanos en aquella época que debía corresponder al Pleistoceno —cientos de miles de años antes de que se construyesen las pirámides en Egipto— y que contasen con una tecnología tan sofisticada. En siglos posteriores no aparecían datos arqueológicos de aquel tiempo.
Y ¿quiénes serían nuestros enemigos? ¿Quiénes eran aquellas criaturas contra las que combatíamos? ¿Aquellos a los que calificaban de brutos, los secuaces de Ahrimán? ¿De dónde procedían? ¿Por qué se encontraban en el planeta Tierra?
Adena me había dicho que yo aún desconocía muchas cosas. Y también me había sugerido que una vez todo me fuese revelado no me sentiría en absoluto satisfecho.
¿Acaso aquel pequeño grupo de seres humanos formaba parte de un ejército enviado retrospectivamente por Ormuzd al período glacial desde alguna era distante del futuro? ¿Nos habría enviado allí para expulsar a los brutos, a aquellos invasores que trataban de destruir a la raza humana? Pero Marek había aludido a unas naves situadas en órbita. ¿Por qué se encontraban los jefes de semejantes ejércitos en naves que viajaban alrededor de la Tierra? ¿Por qué no estaban en ciudades o en sus puestos de mando en sus respectivos países?
Me acudió un pensamiento horrible. ¿Y si fueran ellos los invasores? ¿Y si los brutos, los seguidores de Ahrimán, estuviesen defendiendo su país?
Tuve que reprimir un grito ante el dolor que me causaba semejante idea. Pero la serena voz de Adena disipó mis pensamientos.
—¡Preparad las armas! ¡El enemigo se acerca!