Orión
Capítulo XXXV
Adena y Kedar me dejaron pronto en libertad. No podían esperar gran cosa de un hombre que había enloquecido a causa de la lucha, o que fingía estar loco para evitarla, y concentraron su atención en la defensa de su refugio contra el ataque que sabían iba a producirse en cuanto cesase la tormenta.
Me aproximé a la boca de la cueva sintiéndome seguido por las miradas de los demás. Afuera seguía silbando con furia el viento, crudo y frío. Me estremecí y retrocedí junto al agradable calor de los radiadores.
Rena volvió a hacerse cargo de mí y me condujo a un reducido círculo de personas que calentaban alimentos empaquetados en algo semejante a un homo microondas portátil. Comimos entre un torvo silencio. Uno tras otro los soldados se levantaron y se dirigieron a las ridículas hamacas flotantes donde comprobaron sombríamente sus armas.
La única persona que demostraba cierta alegría en aquel escuadrón era un jovenzuelo que se me dio a conocer como Marek, especialista en comunicaciones, y que me mostró las consolas y pantallas portátiles en las que trabajaba.
—Esos brutos están interfiriéndose de algún modo en nuestras transmisiones —dijo con afirmación, igual que si estuviera describiendo el funcionamiento de su equipo—. Ignoro cómo lo hacen, pero se salen perfectamente con la suya.
—¿Los brutos? —pregunté.
—El enemigo, esos tipos de piel gris y ojos rojizos —respondió.
Adoptó una postura encorvada, inclinando el cuello y levantando los hombros y seguidamente anduvo unos pasos arrastrando los pies y contrayendo la expresión todo lo posible. Pese a tratarse de un joven esbelto, resultaba una imitación bastante buena de aquel a quien yo conocía como Ahrimán.
—Sea como sea —prosiguió Marek recuperando su anterior compostura —, interceptan nuestras llamadas al exterior, de manera que nos es imposible informar a los mandos de las naves en órbita acerca de dónde estamos ni de cuáles son nuestros propósitos.
—¿Entonces nos encontramos aislados? —pregunté.
Sacudió nuevamente la cabeza, al parecer tan poco preocupado como si sólo tuviera que enfrentarse a una molesta avería en el equipo.
—Por otra parte, recibimos la mayoría de mensajes que nos transmiten — prosiguió—. Las órdenes de Allá Arriba… —apuntó con un dedo hacia el techo de la cueva—… nos llegan perfectamente, como también los mapas meteorológicos y los gráficos multiespectro del scanner, que nos informan acerca del lugar donde los brutos concentran sus fuerzas.
Señaló una pantalla de vídeo y pulsó algunas teclas. La pantalla se iluminó mostrando un impresionante círculo de nubes, una gigantesca tormenta ciclónica detectada por las cámaras de un satélite en órbita.
—Nosotros nos encontramos en el lugar en que se halla el cursor —me informó Marek señalando un punto verde que destellaba en el ángulo inferior de la pantalla.
Abrí los ojos, sorprendido. Las nubes de tormenta cubrían más de la mitad de la imagen, pero en la zona donde se distinguía el suelo descubrí un contorno que me resultaba sugestivamente familiar: una península alargada se proyectaba en un gran mar. Su silueta me recordaba a Italia, salvo que estaba sutilmente modificada y los «dedos» de lo que semejaba la bota italiana estaban claramente conectados a lo que algún día sería la isla de Sicilia. Por encima de aquella forma reconocible aparecía una inmensa y blanca extensión. Los glaciares cubrían la mayor parte de Europa: nos encontrábamos realmente en un período glacial.
Marek me dio un codazo.
—¿Has visto bastante? ¿Estás preparado para recibir malas noticias?
Asentí.
Volvió a pulsar el teclado y las nubes de tormenta desaparecieron de la pantalla y apareció en su lugar el suelo, o más bien los campos de hielo que lo cubrían. La perspectiva pareció remontarse más cerca de la superficie hasta que pude discernir algunos picos grises de granito que sobresalían entre la nieve.
—Ésa es nuestra cueva —dijo señalando de nuevo el destellante cursor—. Y aquí… —pulsó una sola tecla— están los brutos.
Una multitud de puntos rojos se destacaba contra la blancura del hielo y la nieve. Parecían por lo menos mil y estaban dispuestos en desigual semicírculo frente a nuestro reducto.
De modo que estábamos separados del resto de las fuerzas aguardando a que el enemigo, los brutos que nos superaban extraordinariamente en número, se dispusieran a atacarnos.
Aunque los soldados que me rodeaban parecían jóvenes, eran veteranos de muchas batallas y no perdían el tiempo preocupándose inútilmente. Comieron, revisaron sus armas y poco después se tendieron en sus frágiles hamacas y se dispusieron a dormir.
—También tú deberías dormir ahora que puedes permitírtelo —me aconsejó Marek con tanta despreocupación como si no hubiera nada por lo que inquietarse en el mundo—. La tormenta aún se prolongará durante otras seis horas y los brutos no nos atacarán hasta que eso suceda.
—¿Estás seguro?
Su sonrisa apenas se enturbió.
—¿Cuánto tiempo llevas luchando contra ellos? ¿Has visto que atacaran alguna vez durante un temporal como éste?
Me encogí de hombros.
—Además, tenemos controlada toda esta zona con scanners. Seremos inmediatamente advertidos en cuanto se dispongan a hacer cualquier movimiento.
No obstante, advertí que él seguía junto a su equipo, jugueteando con él, comprobándolo, buscando el modo de superar las interferencias para poder avisar de nuestro paradero y circunstancias a los mandos que estaban en órbita.
Observé que Adena se encontraba sola en la entrada de la cueva, vestida ya con su armadura y cubiertos con el casco sus hermosos cabellos negros. La mayoría de los soldados estaban dormidos o simulaban estarlo. En la cueva reinaba el silencio y sólo se oía el zumbido del equipo eléctrico y el gemido cada vez más amenazador del viento procedente del exterior.
Kedar estaba agachado junto a un juego de chatos y gruesos cilindros de color verde. Por los misteriosos rasgos dibujados en ellos comprendí que se trataba de las cargas de batería que facilitaban la energía necesaria para el funcionamiento del equipo del escuadrón. Al ver que me acercaba lentamente a Adena, me dirigió una recelosa mirada, pero no dijo nada y permaneció en su sitio comprobando las baterías.
—Será mejor que descanses —me aconsejó Adena antes de que yo pudiera decir palabra.
—No necesito dormir mucho —repuse—. Y me encuentro perfectamente.
—Lo peor es esperar —dijo escudriñando entre la nieve arrastrada por el viento—. Si dispusiera de mayores efectivos saldría y les atacaría ahora mismo, los sorprendería mientras se están preparando.
—¿No me recuerdas? —le pregunté.
Se volvió hacia mí con expresión preocupada.
—¿Acaso nos hemos visto antes?
—Muchas veces.
—No —repuso moviendo negativamente la cabeza—. Si hubiera sido así, lo recordaría. Y, sin embargo…
—Y sin embargo te resulto familiar.
—Sí —reconoció.
—Piensa —insistí sintiendo arder en mí una gran ansiedad—. Nos hemos visto antes. Hace mucho tiempo… en el futuro.
—¿En el futuro?
—En una tribu cazadora primitiva, en la primavera que seguirá a esta época invernal. En la capital de un imperio bárbaro, miles de años después. En una metrópoli gigante siglos más tarde…
Parecía sorprendida, preocupada.
—Estás loco —susurró—. Habrás perdido el juicio por el agotamiento de la batalla o por la impresión sufrida al verte expuesto a la tormenta.
—¡Recuérdalo! —insistí—. Cierra los ojos y verás lo que aparece en tu mente cuando piensas en mí.
Me dirigió una extraña mirada, en parte incrédula y desconfiada. Pero cerró lentamente los ojos y yo me concentré hasta el último átomo de mi voluntad.
—¿Qué ves? —le pregunté.
Tardó largo rato en responderme.
—Una cascada —dijo por fin.
—¿Qué más?
—Nada… árboles, algunas personas y… extraños animales cuadrúpedos… Yo voy cabalgando en uno de ellos y… ¡también tú! ¡Tú cabalgas a mi lado!
—¡Sigue!
—Veo a uno de los brutos: ¡es enorme! Estamos en una cueva… No, es una especie de túnel… —balbució y abrió desorbitadamente los ojos.
—Has visto las ratas —comprendí.
Adena se llevó las temblorosas manos al cuello.
—¡Es horrible! ¡Esos bichos…!
—En aquella era morimos los dos —le dije—. Tú y yo tenemos muchas vidas.
—¿Quién eres?
—Soy Orión, el Cazador. Busco a Ahrimán el Oscuro, aquel que dirigió las ratas contra ti. He sido enviado a todas esas diferentes épocas para encontrarle y darle muerte.
—¿Enviado? ¿Por quién?
—Por Ormuzd —respondí.
Cerró los ojos un instante y el aire que nos rodeaba pareció desprender un frío resplandor plateado. La cueva y la tormenta del exterior se ensombrecieron y casi desaparecieron. Observé a Kedar de reojo, paralizado en el tiempo, con la mano extendida e inmóvil como una estatua. Adena volvió a abrir los ojos y se reflejó en ellos todo el conocimiento del continuo.
—Orión —dijo—, gracias. El velo ha desaparecido: ahora puedo comprenderlo todo claramente. Recuerdo… aún recuerdo más cosas que tú.
Estábamos solos en una esfera de energía más allá del tiempo normal, solos los dos en un espacio que ella había creado. El corazón me latía apresurado en el pecho.
—Adena, hace un momento te mentí…
Ella sonrió burlona.
—¿Me has mentido? ¿A mí?
—Quizá no haya sido una mentira, mas no te he dicho toda la verdad. Te he dicho que he sido enviado para perseguir a Ahrimán.
—Eso es cierto, me consta.
—¡Pero no es toda la verdad! Lo cierto es que aunque Ormuzd me ha enviado para matar al Oscuro, la verdadera razón de que yo esté aquí, la razón que me impulsa, es encontrarte. Te he buscado a lo largo de cientos de miles de años y cada vez que te encuentro él te separa de mí.
—En esta ocasión no será así, Orión —dijo Adena.
—Te amo, Adena… Aretha… cualquiera que sea tu nombre.
Ella se echó a reír, con contenida alegría.
—Por ahora bastará con Adena. Pero tú siempre eres Orión, siempre constante.
Me encogí de hombros y respondí:
—Soy lo que soy, no puedo ser otra cosa.
—Y yo te amo, amo lo que eres y quien eres —respondió—. Y te amaré eternamente.
Sentí deseos de echar a correr entre la furiosa tormenta, de ponerme a gritar al viento pregonando mi triunfo a Ormuzd dondequiera que estuviera y quienquiera que fuese, y de decirle que, pese a todos sus poderes, había encontrado a mi amada y que ella también me correspondía. Anhelé estrecharla entre mis brazos y sentir el contacto de su cálido cuerpo.
Pero en lugar de ello permanecí ante ella casi paralizado por la felicidad. Ni siquiera me atreví a cogerle la mano: me bastaba con sumergirme en la dicha de haberla encontrado.
—Orión —dijo en voz baja y tono apremiante—, son muchas las cosas que aún ignoras: todavía se te ocultan gran parte de los hechos. Ese a quien llamas Ormuzd tiene sus razones para obrar como lo ha hecho contigo…
—Y contigo —repuse.
Me sonrió brevemente.
—Yo insistí en venir aquí. Accedí a adoptar una forma humana aceptando sus condiciones y soy absolutamente responsable de cuanto me ha sucedido.
—¿Y en cuanto a Ahrimán?
El rostro de Adena se ensombreció.
—Orión, amor mío, no te hará feliz conocer toda la verdad. Acaso Ormuzd obre acertadamente tratando de ocultártela.
—Deseo conocerla —insistí—. Quiero saber quién soy realmente y por qué he sido destinado para realizar estas cosas.
Ella asintió.
—Sí, comprendo lo que sientes, pero no esperes saberlo todo de una vez.
—Comienza iniciándome con algo —le rogué.
Adena señaló hacia el exterior.
—Muy bien, comenzaremos aquí y ahora. Esta escuadra de tropas forma parte de un ejército de exterminio. Nuestra misión consiste en aniquilar a los brutos y en liberar de ellos a este planeta.
—¿Y una vez lo hayamos conseguido?
—Cada cosa a su tiempo, amor mío. Antes de que ocurra todo lo demás, antes de que tú y yo podamos encontramos al pie del monte Ararat, amamos en Karakorum o reunirnos en Nueva York, debemos aniquilar a los brutos.
Aspiré profundamente.
—¿Se encuentra Ahrimán entre ellos?
—Sí, naturalmente. Forma parte de sus tropas, es uno de sus más poderosos dirigentes. Y en estos momentos sabe perfectamente que si logra impedimos llevar a cabo la misión que Ormuzd nos ha impuesto, podrá obtener la victoria definitiva.
Me quedé desconcertado.
—¿Quieres decir que si no logramos exterminarlos seremos aniquilados nosotros, los seres humanos?
—Si no conseguimos acabar con esos brutos —repuso ella—, la raza humana a la que tú perteneces se extinguirá para siempre.
—Y entonces se alterará el continuo y el espacio-tiempo se desmoronará.
—Así lo cree Ormuzd —repuso Adena—. Existen ciertos indicios de que pueda ser cierto.
—¿Algunos indicios? —exclamé—. ¿Estamos inmersos en una guerra de exterminio basándonos en simples indicios? —pregunté enojado.
Me respondió con una sonrisa.
—Orión, ya te he dicho que son muchas las cosas que aún ignoras. Disculpa las palabras que he utilizado. No te pediría que librases esta batalla si no fuese necesario.
Mi ira se desvaneció, pero mi confusión persistía.
—¿Quién eres tú? —le pregunté impulsivamente—. ¿Quiénes sois Ormuzd y tú?
Ella me silenció poniéndome un dedo en los labios.
—Soy tan humana y mortal como tú, Orión. No siempre ha sido así, pero he escogido este estado. Puedo sentir dolor y perecer.
—Pero luego volverás a vivir —dije.
—Como tú.
—¿Les ocurre así a todos los demás?
—No, ellos no están en esta situación —repuso—. Todos los seres humanos tienen la posibilidad de sobrevivir a la muerte, mas pocos se dan cuenta de ello y son contados los que realmente logran alcanzar tal objetivo.
—Tú sí puedes conseguirlo, ¿verdad?
—Sí, desde luego; pero tú, no. Si no fuese por la intervención de Ormuzd, tendrías una única existencia, morirías como los demás de tu especie.
—¿Mi especie? ¡Entonces tú no perteneces a mi especie! Dices que decidiste ser humana, eso significa que eres algo… distinto.
Adena me respondió con una triste sonrisa en la que se acumulaba el conocimiento de múltiples eones.
—Soy lo que vosotros algún día consideraréis una diosa, Orión, y me construiréis templos. Pero deseo ser humana. Quiero estar contigo… si Ormuzd me lo permite.