Orión

Ben Bova · Capítulo 44 de 52

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Orión

Capítulo XL

Durante dos días seguimos las huellas de Ahrimán en dirección sur, hasta que otra tormenta oscureció los cielos y arrojó sobre nosotros nieve sólida impulsada por un viento furioso.

Con la mayor rapidez posible conduje al pequeño grupo hasta el relativo refugio del bosque de pinos. Las baterías de nuestros trajes estaban agotando su energía una tras otra y sólo nos quedaba un puñado de cápsulas nutritivas: si permanecíamos sometidos a la terrible tempestad, pereceríamos de hambre y de frío.

Les enseñé a hacer un refugio colgadizo con las ramas de los pinos y a encender fuego. Utilizamos las últimas reservas de energía de nuestras pistolas para podar las ramas de los árboles a fin de construir el refugio y encender el fuego del campamento. Cuando se agotó la última batería, nuestra pequeña tropa se vio repentinamente sumergida en la Edad de Piedra. Ninguna pieza del equipo que llevábamos seguía funcionando y teníamos que arreglamos con los recursos que podíamos conseguir del propio suelo.

La tormenta se alejó tras sometemos a tres jornadas rigurosas de hambre. Emprendimos el regreso a la cueva donde habíamos dejado a Kedar y a los restantes heridos. Adena me puso al frente de la expedición y me vi obligado a recordar las experiencias vívidas con el clan de Dal en cuanto a fabricar lanzas primitivas y encontrar caza menor entre la nieve. Aunque cuando llegamos a la cueva nos habíamos convertido en un harapiento, hambriento y sufrido grupo de soldados, no perecimos por causa del hambre.

Durante los días siguientes estuvimos ocupados en todo momento. Les enseñé a vivir en aquel páramo, a encender fuego frotando dos piedras, a cazar las liebres y ardillas que vivían escondidas en los campos cubiertos de nieve, a despellejarlas y a guisarlas en el fuego…

De noche, cuando todos dormían, me quedaba vigilando, a solas con mis pensamientos.

El horror de las batallas y sus consecuencias se estaban olvidando y comenzaba a experimentar lo que había captado mi subconsciente, pero que aún no había penetrado en mi yo interior. Veía la sonrisa bondadosa de Lissa manejando su mortífera carga de explosivos y expresándose con tanta inocencia como un chiquillo cuando aludía a ellas y a sus consecuencias; veía la regocijada expresión de su rostro, y sus ojos y su boca muy abiertos lanzando gritos triunfales cuando se precipitaba sobre el enemigo armada con aquellas eficaces granadas.

Contemplaba las estrellas que brillaban intensamente en el cielo aquellas noches de una época glacial y comprendía que a Ormuzd en ningún momento le había preocupado que aquellos soldados sobrevivieran. Habían sido creados para derrotar y aniquilar a los secuaces de Ahrimán y una vez completada su tarea estaban destinados a la autodestrucción, a perecer en aquella fría oscuridad. Una vez cumplido su deber, su valor quedaba reducido a cero.

—Ormuzd —murmuré dirigiéndome a las mudas e inmutables estrellas—, dondequiera que estés, quienquiera que seas, te prometo que encontraré a Ahrimán y, si me es posible, le mataré. Pero, a cambio de ello, conduciré a estas gentes a un lugar en el que no existan los hielos, donde puedan llevar una existencia propia de seres humanos. Y eso me propongo realizarlo en primer lugar, antes de emprender la búsqueda de Ahrimán.

—¿Estás negociando con tu creador?

Me volví y descubrí a Adena, que me observaba sonriente.

—No puedo permitir que esa gente muera —dije—. ¿Y tú?

—Si no queda otro remedio… —respondió.

—Existe una solución. Podemos conducirlos hacia el sur, a un lugar más habitable. Yo les enseñaré a sobrevivir.

Adena intensificó su sonrisa.

—Ya les has enseñado muchas cosas. Sus hijos crearán leyendas sobre ti, Orión. También tú te convertirás en un dios. ¿Es eso lo que quieres?

—Te quiero a ti —repuse—, en una tierra y en un lugar donde podamos vivir juntos y en paz.

—¿Por cuánto tiempo?

—Toda una vida —respondí.

—¿Y luego?

Me encogí de hombros. Adena no bromeaba conmigo. Su sonrisa no era alegre.

—Orión —dijo—, cuando se puede vivir más allá de la muerte, se debe aspirar a algo más que a una simple existencia.

—Pero yo no superaré mi próxima muerte —repuse—. Ormuzd no me permitirá resucitar una vez haya matado a Ahrimán.

Fijó en los míos sus grises ojos y me atrajo hacia sí.

—Amor mío, ¿crees que yo querría enfrentarme a la eternidad sin ti?

—¿Qué te propones entonces?

—Procurar que renazcas de nuevo.

—¿Y si Ormuzd me lo impide?

—Entonces compartiré tu vida y moriré contigo cuando llegue el final, alegremente.

—No puedo pedirte que renuncies…

Ella me puso un dedo en los labios y cortó mis palabras.

—No me lo has pedido, no necesitas pedírmelo. He sido yo quien ha tomado tal decisión.

La estreché entre mis brazos y la besé como si nunca más pudiera volver a tocarla, como si aquella noche fuese la última del mundo, como si las estrellas tuvieran que apagarse para siempre.

—Y, ahora, condúcelos, Orión, amor mío —susurró—. Llévalos a una tierra donde puedan vivir en paz.

A la mañana siguiente iniciamos nuestra larga marcha hacia el sur. Entorpecidos por los heridos, entre los que se contaba Kedar, nos veíamos obligados a avanzar lentamente por las nevadas y resplandecientes llanuras. No fuimos atacados por ningún animal: aunque Ahrimán estuviese cerca de nosotros, no hizo sentir su presencia en ningún momento.

Nos convertimos en una banda de cazadores primitivos. Perseguíamos a los animales para obtener piel y alimentos. Poco a poco fuimos desechando nuestro inútil equipo, sustituyendo las pistolas de rayos láser por lanzas de madera y nuestras sofisticadas armaduras por pieles de zorro, de liebre y de cabras montesas.

Emigrábamos hacia el sur, alejándonos de la nieve y el hielo. Al cabo de una semana nos encontramos con un ancho río que seguía rumoreante nuestra misma dirección. Sus aguas, alimentadas por los glaciares, estaban tan frías como la parte oculta de la luna. Seguimos su curso por un paisaje accidentado y poblado de árboles. La nieve era cada vez más tenue en el suelo, el sol más intenso y el aire más cálido.

Una de nuestras compañeras que estaba herida, falleció, y la enterramos en las orillas de aquel río sin nombre. Kedar, por su parte, se recuperó y, pese a su cojera, pudimos avanzar más de prisa.

Por fin entramos en una zona montañosa de colinas suavemente onduladas y cubiertas de hierba en las que abundaba la caza. Los árboles mecían sus ramas repletas de hojas a impulsos de una cálida brisa. Enormes y pesados animales bramaban al distinguirnos en el sinuoso horizonte. A juzgar por sus trompas y su gran tamaño supuse que se trataría de mamuts.

No tenía ninguna idea de dónde nos encontrábamos, pero descubrimos una cueva grande y seca y nos apropiamos de ella. Por entonces, diez de nosotros éramos ya muy expertos en el arte de sobrevivir. Los hombres salíamos a capturar piezas para nuestro sustento y las mujeres recogían brotes y bayas de las plantas que crecían profusamente en nuestro entorno.

—Podríamos quedarnos aquí algún tiempo —propuse mientras encendía fuego—. Éste sería un lugar muy adecuado para instalamos.

Adena se sentó a mi lado y contempló las chisporroteantes llamaradas. El sol se ponía en el horizonte y resultaba agradable acercarse al cálido fuego.

—Ahora ya puedes reanudar la búsqueda de Ahrimán —dijo sin apartar su mirada de las llamas.

Asentí en silencio.

—¿Crees que estará lejos de aquí? —preguntó.

—No, estoy seguro de que se encuentra cerca de nosotros. Aún sigue decidido a exterminarnos: no ha desistido de su empeño.

—¿Cuándo te marcharás?

Observé con ojos entornados el sol poniente. En el cielo se habían formado densas nubes que convertían la puesta de sol en un resplandor rojo, dorado y violeta.

—A menos que estalle una tormenta, me iré mañana —repuse.

Adena sonrió y reclinó su cabeza contra mi hombro.

—Rezaré para que llueva —dijo.