Orión
Capítulo XXVI
A la mañana siguiente reanudamos nuestra marcha hacia el norte agobiados por la pesada carga de nuestras provisiones. Viajábamos acompañados por una nube de moscas y el olor de la carne que comenzaba a corromperse a causa del calor me hacía sentirme enfermo, pero a nadie más parecía importarle: todos se mostraban satisfechos con sus cargas.
Ava avanzaba al frente de nuestra pequeña columna, junto a Dal, que no daba muestras de estar enterado de lo que había sucedido entre Ava y yo la noche anterior.
Tampoco ella parecía recordarlo. Aquella mañana, cuando desperté, ella ya había regresado a su lecho habitual, según supuse junto a Dal. En cuanto a su comportamiento hacia mí tampoco había cambiado, por lo que comencé a pensar que lo que sucedía bajo los efectos de las desatadas pasiones que desencadenaba el ritual sangriento del clan era una especie de acontecimiento privilegiado que no debía ser juzgado bajo las mismas reglas que regían los hechos de la vida cotidiana ni ser recordado o lamentado a la luz del nuevo día.
Después de dos jornadas salimos del sombrío bosque e iniciamos el ascenso de una vasta meseta iluminada por el sol, donde crecía la hierba verde y fragante salpicada de flores. Cereales silvestres brotaban por doquier y las hileras formadas por los árboles señalaban el lugar donde discurrían los arroyos. A medida que avanzábamos, todos parecían más alegres y satisfechos. Conocían perfectamente el terreno que pisaban y hacían observaciones sobre cada saliente rocoso, los meandros del río y las plantas y cereales que encontrábamos a nuestro paso.
Un caluroso atardecer Ava se quedó atrás para marchar a mi lado. Yo había decidido mantenerme en el extremo de la procesión por una razón desconocida, pues tenía la extraña sensación de que éramos seguidos u observados por alguien; no obstante, aunque me volvía repetidamente para inspeccionar el camino y no distinguía nada ni a nadie hasta donde alcanzaba la vista, no me abandonaba aquel extraño presentimiento.
—Pronto llegaremos a nuestro valle —me dijo Ava sonriente.
—¿Nuestro valle? —pregunté.
Ella asintió, al parecer tan ilusionada como un viajero que por fin regresase al hogar.
—Es un lugar magnífico al que acudirán otros clanes para instalarse. Abunda el agua, los cereales y la caza y todos nos sentimos felices allí.
Cuando llegamos por fin a nuestro destino, casi una semana después, comprobé que ciertamente se trataba de un lugar paradisíaco.
Aquella tarde nos instalamos en la orilla de un arroyo que se deslizaba sinuoso atravesando el valle en suave declive. El arroyo discurría por una sucesión de terrazas a modo de peldaños de piedra hasta el fondo, lo cruzaba en toda su extensión y desaparecía entre las rocas en el otro extremo. Observé que aquellas rocas constituían realmente la base de la enorme montaña de doble pico que humeaba silencioso desde la cumbre, donde aún brillaba la nieve bajo el sol de fines de primavera.
Se comprendía fácilmente que aquella gente se sintiera tan satisfecha de encontrarse allí: el valle era verde y soleado, y a juzgar por su sección transversal en forma de u, podía deducirse que había sido excavado por un glaciar procedente sin duda de la abrupta montaña y que con el tiempo se habría fundido, por lo que constituía un entorno muy acogedor que ofrecía una perfecta defensa contra los invasores. El único acceso probable consistía en las terrazas pétreas por las que discurría la cascada, el punto por donde nosotros habíamos llegado. El sendero era resbaladizo, pero su descenso no presentaba excesivas dificultades. En los restantes extremos del lugar, las paredes eran bastante escarpadas alcanzando alturas de varias decenas de metros.
Aquel año nuestro clan fue el primero en llegar. La gente de Dal bajó corriendo por las mojadas terrazas, riendo felices hasta el fondo del valle. Antes de concluir la jornada habían talado algunos árboles y cazado varias piezas, y al caer la noche ya habían levantado algunas chozas de paredes de adobe, cuyos techos cubrieron con pieles y ramas de árboles. Las chozas estaban profundamente hundidas bajo tierra, pero a aquellos seres primitivos les parecían palacios.
Aquella noche nos entristeció un lamentable suceso: el joven que había resultado herido durante la caza cayó en coma, presa de intensa fiebre. Yo había creído en un principio que aquel rasguño sanaría pronto, pero, pese a los ungüentos y cataplasmas a base de hojas que le aplicó Ava, se había infectado y cuando llegamos a nuestro destino el pobre muchacho apenas podía caminar y tenía la pierna hinchada e inflamada. Aquella noche estuvo delirando a consecuencia de la intensa fiebre; por último, se tranquilizó y quedó inmóvil. Su madre pasó toda la noche a su lado. Al amanecer, sus exclamaciones y gemidos nos hicieron comprender que el muchacho había muerto.
Le enterramos aquella misma tarde. Ava dirigió el ritual que consistía en depositar en su tumba todos los objetos que el muchacho había atesorado en sus catorce años de vida: algunos instrumentos de piedra, un puñado de guijarros lisos y las pieles con que se cubría en invierno, que aún seguía vistiendo. Todos los miembros del clan dejaron caer una flor en la tumba ante la silenciosa expectación de su madre.
En su curtido rostro ya no aparecía ninguna lágrima: había agotado su llanto. Según me dijo Ava después, el padre del niño había muerto hacía dos años y a la mujer, que se llamaba Mara, no le quedaban más hijos con vida, era demasiado vieja para poder encontrar otro marido y probablemente no sobreviviría el próximo invierno.
Me pregunté cómo se desembarazarían de ella, pero no me atreví a interrogar a Ava.
A la mañana siguiente estuve paseando a lo largo del valle, siguiendo el curso del río que lo atravesaba. Observé que la tierra debía haber sido ladeada por un terremoto porque el río discurría en una dirección que me pareció opuesta: desde el extremo por donde habíamos entrado caía ruidosamente por las terrazas de piedra y corría hacia la base de la montaña de doble pico. Yo había creído que el agua procedía de la cumbre nevada, en sentido contrario.
Cuando regresaba lentamente en dirección al grupo de cabañas construidas por los miembros del clan, descubrí a Ava entre los matorrales, junto a la base del muro terriblemente escarpado del valle.
Me desvié de mi sendero para ir a su encuentro. Estaba recogiendo hierbas y raíces, que utilizaba para preparar sus medicinas. Por poca utilidad que hubiesen tenido para el hijo de Mara, las curas de Ava eran todo cuanto disponían aquellas gentes para hacer frente a sus enfermedades y heridas.
—¡Hola! —la saludé.
Ella levantó la mirada de las hojas que estaba examinando.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Me abrí paso entre la maleza que crecía hasta mis rodillas y repuse:
—Nada malo, paseaba junto al río y te he visto.
Ava me sonreía más desconcertada que alegre. Al parecer aquella gente no solía ir a dar un paseo por placer ni se detenía a charlar con un amigo.
—Veo que recoges hierbas para tus medicinas —le dije.
—Sí —repuso dejando de sonreír—, aunque no fueron capaces de sanar al hijo de Mara. Los demonios que tenía en su interior eran demasiado fuertes para mí. Debo encontrar remedios más potentes.
Me constaba que veinte mil años después los científicos seguirían obsesionados por la misma idea.
—Hiciste todo cuanto pudiste —dije suavemente.
Ella me miró acusadora.
—Tú no le ayudaste de ningún modo.
—¿Yo?
—Sí, eres un hombre dotado de grandes poderes, Orión, ¿por qué no interviniste en su ayuda?
La observé sorprendido.
—¿Yo…? Mis poderes se centran en la caza, no en la medicina.
La profunda mirada de sus ojos grises pareció penetrar en mi alma.
—Posees grandes conocimientos, sabes cosas que todos ignoramos. Yo creía que poseías facultades curativas.
—No es así —repuse torpemente tratando de disculparme—. Lo siento, pero no tengo tales conocimientos.
Ava apartó un mechón de cabellos cobrizos de su rostro, al parecer no muy convencida.
—Ya te lo he dicho —insistí—. Sólo soy un hombre.
Ava movió negativamente la cabeza.
—No lo creo. Eres distinto a todos los hombres que he conocido.
—¿En qué me diferencio? —repuse extendiendo los brazos, como si quisiera demostrarle que estaba constituido como los demás.
—No se trata de tu cuerpo —dijo ella—. He probado tu cuerpo, he tomado tu semen. Eres fuerte, pero no te diferencias de Dal ni de otros hombres.
Sentí que se me helaba la sangre en las venas. De modo que nuestra noche de amor no había sido fruto de su pasión salvaje, sino de un experimento fríamente calculado. Me reí interiormente de mí mismo: ella simplemente había querido comprobar de qué estaba hecho.
—La diferencia está en tu espíritu, en tu alma —prosiguió Ava—. Posees muchos más conocimientos que nosotros.
—Cierto que sé algunas cosas —dije tratando de ignorar aquel sentimiento autoconmiserativo—, pero ignoro muchas más.
—¡Instrúyeme! —exclamó bruscamente—. ¡Enséñame cuanto sabes!
Aquello me cogió desprevenido. De pronto se mostraba ávida, ansiosa de conocimientos.
—¡Son tantas las cosas que debo aprender! ¡Tanto lo que ignoro! ¡Enséñame! ¡Comparte tus experiencias conmigo! —rogó.
—Puedo explicarte algunas cosas —repuse—, pero la mayoría de ellas carecerían de sentido para ti, serían inútiles para vosotros.
—Pero ¿me enseñarás?
—Si lo deseas…
—¡Sí! —repuso llena de excitación.
—¿Por qué quieres aprender? —pregunté.
Ella me miró fijamente, en silencio.
—¿Por qué? ¡Para saber, para comprender…! ¡Eso es lo importante! Cuanto más sepa, más podré ayudar al clan. Si mis conocimientos en el arte de curar hubieran sido superiores hubiera podido salvar al hijo de Mara.
Entonces fui yo quien guardó silencio. Bajo su sucia piel y sus toscas vestiduras, Ava era tan humana y tan inquisitiva como Marie Curie. Aún más: intuía que la sabiduría era la clave del poder, que comprendiendo el mundo que la rodeaba sabría cómo manejarlo para alcanzar sus propios fines.
Pero ella interpretó equivocadamente mi silencio.
—A cambio de tus enseñanzas no puedo darte nada —repuso vacilante.
¡De modo que no se le había ocurrido la idea de intercambiar el sexo por el poder! Me sentí tentado de sonreír al comprender que aún no se había inventado la profesión más antigua del mundo.
—Tú también sabes cosas que yo ignoro —repuse—. Intercambiaremos conocimientos. ¿Te parece razonable?
—¡Sí! —repuso exultando entusiasmo.
—De acuerdo —dije—. Para comenzar, dime los nombres de esas flores y sus propiedades curativas.
Pasamos la tarde paseando entre los matorrales, cambiando informaciones. Le expliqué que había unas sustancias llamadas metales con las que podían fabricarse mejores instrumentos que con las piedras y el pedernal que utilizaban; ella me dio a conocer las aplicaciones terapéuticas de las flores silvestres. Paulatinamente encaucé la conversación hacia el tema de los restantes clanes que acudían al valle y mostré interés por las tribus enemigas.
—¿Todos tienen igual color de cabellos que vosotros? —pregunté.
—No, todos no. Algunos son morenos como tú.
—¿Y cuál es el color de su piel? ¿Igual que la vuestra?
Ella asintió.
—El sol del verano la oscurece más, pero en invierno se vuelve a aclarar.
—¿Has visto alguna vez a un hombre cuya piel es del color que tienen las cenizas cuando el fuego se apaga? ¿Un hombre casi tan alto como yo, pero mucho más corpulento, de brazos enormemente fuertes y cuyos ojos parecen despedir fuego?
—No —dijo asustada—, y confío no verlo jamás.
—¿Has oído hablar alguna vez de un hombre como ése? —insistí—. En ocasiones se hace llamar Ahrimán, otras veces el Oscuro.
Parecía claramente asustada ante semejante idea.
—Se diría que es un demonio.
—Es un hombre, un ser perverso.
Me miró con renovadas sospechas.
—¿Dices que es un hombre? ¡También tú pretendes ser un hombre!
Decidí desistir de aquel tema y ella tampoco insistió. En lugar de ello seguimos hablando del valle y de lo que disfrutaban pasando allí los veranos. Mencioné casualmente que, si se preparaban de modo conveniente para el invierno, podrían permanecer allí todo el año. Tras despertar su curiosidad comencé a explicarle cómo podrían fabricar prendas adecuadas para resistir el frío con lana y pieles curtidas.
Ella ya tenía alguna idea al respecto.
—Pero ¿qué íbamos a comer en la época de las nieves? —se interesó^. Los animales se desplazan a lugares más cálidos y nosotros les seguimos.
—En lugar de matarlos —le expliqué—, podríais atrapar algunos y mantenerlos en zonas cercadas. Entonces criarían para vosotros y os servirían de alimento todo el año sin que os movierais de este lugar.
Ava se echó a reír: le parecía una idea disparatada.
—¿Y de qué se alimentarían los animales durante el invierno, cuando no crece la hierba ni el grano?
—Segadlos cuando están crecidos y almacenadlos en cabañas para la época invernal.
Ava interrumpió su risa, pero no aceptó la idea: era demasiado original y fantástica para ser digerida de una sola vez. Aunque aceptó la posibilidad de pensar en ella y aquello me pareció muy importante.
Habíamos avanzado hacia las rocas que formaban la base del volcán de doble pico y decidí que había llegado el momento de formular una pregunta.
—¿Tiene algún nombre esa montaña?
—Sí —respondió Ava levantando su mirada hacia el cielo para distinguir sus escabrosos picos cubiertos de nieve.
—¿Es demasiado sagrado para poder pronunciarlo?
Se volvió a mirarme con expresión de respeto por haber asimilado el concepto de santidad.
—Cuando el espíritu de la montaña humeante se enoja, puede hacer temblar la tierra. Los ancianos dicen que hace muchos, muchísimos años, incluso antes de que ellos nacieran, la montaña arrojó fuego sobre la gente que vivía en este valle y los arrojó de aquí.
—Pero regresaron.
—No lo hicieron hasta que hubieron transcurrido muchos años. Temían a la montaña y transmitieron ese temor a sus hijos y a los hijos de sus hijos.
Contemplé los picos cubiertos de nieve. Desde que vi el volcán, por vez primera no arrojaba humo.
—Ahora parece estar descansando.
Ava sonrió.
—Sí, a veces descansa, pero cuando su espíritu se irrita, puede vomitar fuego.
—¿Se enojaría el espíritu de la montaña si me dijeras su nombre? — pregunté.
Frunció el entrecejo.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Soy curioso, como tú —repuse sonriendo—, y busco respuesta a mis preguntas.
Ella lo comprendía, conocía el ansia de aprender, de saber. Adelantó un paso hacia mí y me susurró:
—El nombre de la montaña es Ararat.