Orión

Ben Bova · Capítulo 8 de 52

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Orión

Capítulo VII

Permanecí varios minutos sentado en el sofá, inmóvil, físicamente postrado por la impresión y sumido en un profundo caos mental.

«Vosotros eliminasteis a mi raza… Tu pueblo mató al mío… Y me propongo vengarlos destruyendo a los tuyos y también a tus amos».

Aquello no podía ser cierto. ¿Qué habría querido decir al explicarme que ambos nos movíamos en distintas direcciones en el tiempo y que nos habíamos conocido con anterioridad? ¿A quién se referiría cuando hablaba de «mis amos»? ¿Aludiría a Ormuzd? Pero había dicho «amos», en plural. ¿Acaso Ormuzd era el representante de una especie diferente, de una raza distinta procedente de otro mundo, que controlaba a la humanidad? Tal vez, al igual que Ahrimán, fuese el sobreviviente de unos seres distintos contra los que combatimos los humanos hacía mucho tiempo.

¿En cuántas ocasiones nos habríamos encontrado anteriormente? Según Ahrimán, aquel instante del tiempo en que debía efectuarse la primera prueba del reactor de fusión señalaba un nexo importante para la humanidad. Si era un éxito, utilizaríamos la energía de fusión para llegar a las estrellas; si fracasábamos, en una generación nos habríamos exterminado. En el transcurso del tiempo debían haber existido otros nexos, muchos más.

En algún punto, con mucha anterioridad a aquellos eones, se había librado una lucha, una guerra en la que se enfrentó la especie humana y el género al que pertenecía Ahrimán. ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Cómo podíamos habernos enfrentado en el pasado a los invasores de otro mundo, hacía miles de años?

Todos estos pensamientos bullían en mi mente hasta que por fin las sensaciones corporales se impusieron en mi conciencia.

—Hace mucho calor —exclamé.

Volví a concentrarme en el presente, en aquella pequeña celda. El aire era cálido y seco. Me escocía la garganta. Hacía tanto calor que estaba sudando.

Me levanté y toqué la pared más próxima: estaba demasiado caliente para resistir su contacto, y aunque me había dado la impresión de que estaba revestida de paneles de madera, comprobé que parecía de piedra. Todo cuanto me rodeaba era ilusorio.

«Un paso pequeño si se comprende realmente de qué modo está construido el universo».

No entendía nada ni recordaba cosa alguna. No lograba apartar de mi mente que Ahrimán había regresado a la superficie terrestre y que se encontraba en Ann Arbor esforzándose por convertir el RTC en una gigantesca bomba de litio que desencadenaría la extinción de la humanidad. Y yo estaba atrapado a cincuenta kilómetros bajo tierra, a punto de asarme como un cordero destinado al sacrificio, ensartado en un asador.

«Te separa un solo paso de la casa de Ann Arbor», había dicho Ahrimán. ¿Me habría mentido? ¿Se trataría de una broma? ¿Se habría ensañado conmigo con aquella burla sangrienta?

—El paso de un hombre —murmuré.

Traté de recordar cómo está construido el universo. Reflexioné que se compone de átomos y éstos, a su vez, de partículas aún menores, diminutos fragmentos de helada energía que pueden derretirse, fluir y precipitarse…

Aquella habitación había sido creada desviando las energías de los átomos de la corteza terrestre, energías que en aquellos momentos estaban recuperando su forma natural… La habitación se convertía lentamente en roca caliente y viscosa. Podía sentir cómo se condensaba el aire, recalentándose y espesándose por segundos. Comprendí que quedaría incrustado en la roca, a cincuenta kilómetros de profundidad, a una temperatura en que los materiales estarían casi derretidos.

Sin embargo, me encontraba a sólo un paso de mi salvación. ¿Me habría mentido Ahrimán? No, no lo creía. Él había atravesado sin dificultades el muro de aquella habitación: debía haber regresado al sótano de la casa de Ann Arbor. Y si él lo había conseguido, también lo lograría yo. Pero ¿cómo?

Repentinamente descubrí que ya lo había hecho, que ya había descendido del sótano a aquella mazmorra subterránea. ¿Qué me impedía regresar a mi punto de partida?

Traté de conseguirlo, pero sólo logré golpearme contra la dura roca. Sería necesario algo más que realizar aquel simple intento.

Seguí reflexionando. Si había viajado realmente cincuenta kilómetros atravesando la sólida roca de un solo paso, ello significaba que existía una relación entre la casa y la cámara donde me encontraba. No sólo habían sido desviados los átomos de la corteza terrestre para crear aquella celda, sino que también había intervenido la geometría espacial para salvar los cincuenta kilómetros de distancia.

Me senté de nuevo en el sofá, absorto en mis pensamientos. En algunas revistas científicas había leído artículos que trataban sobre desviaciones espaciales, especulaciones acerca de que, algún día, las naves espaciales podrían volar a miles de años luz casi instantáneamente. Los astrofísicos habían descubierto «agujeros negros» en el espacio interestelar que desviaban el espacio-tiempo con sus colosales campos de gravitación. Todo era una cuestión geométrica, seguir una fórmula, como tomar una hoja de papel y doblarla dándole la forma de un pájaro o una flor.

¡Y yo había sido testigo de aquel proceso! ¡Lo había seguido cuando me trasladé a aquella cámara! Pero todo se había sucedido tan de prisa que no lograba reconstruirlo detalladamente.

¿O acaso sí podía?

Recordé el sistema de compensación de datos de los satélites que se hallan en órbita: pasan días y días acumulando información en cintas magnéticas que luego transmiten en pocos segundos a una estación receptora terrestre. Los datos condensados son interpretados entonces a velocidad mucho más lenta por los técnicos y la valiosa información fruto de tanto tiempo permanece intacta y legible.

¿Me sería posible reducir la marcha de mi memoria hasta el punto en que pudiera recordar microsegundo a microsegundo qué me había sucedido durante el breve paso que me condujo desde la casa de Ann Arbor a aquel sepulcro subterráneo? Me recosté en el sofá y cerré los ojos. Cada vez resultaba más difícil respirar, pero traté de ignorar el ardor que sentía en el pecho y me concentré en mis recuerdos.

Un paso de cincuenta kilómetros con el que había atravesado la dura roca. Me representé mentalmente en el sótano del cual había partido. Me había agachado para pasar por debajo de una tubería de la estufa y había quedado sumergido en la oscuridad…

Y había sentido frío. En el primer momento experimenté una intensa sensación de frío, como si hubiera atravesado una cortina de aire licuado. Un frío criogénico tan intenso que los átomos estaban congelados, casi inmóviles, aproximadamente a una temperatura de cero absoluto.

En aquellos escasos microsegundos de irresistible frío había advertido que la estructura cristalina de los átomos que me rodeaban había sido congelada realmente, inmovilizada casi por completo. Me había encontrado totalmente rodeado por átomos que brillaban sordamente, como puntas de alfiler, como joyas antes luminosas que aparecían apagadas y deslucidas porque habían sido desprovistas de casi toda su energía. La retícula cristalina de los átomos había formado un sendero, un túnel bastante amplio para permitir el tránsito de mi cuerpo en un solo paso que había cubierto cincuenta kilómetros de profundidad.

Abrí los ojos. La reducida estancia estaba casi encendida, el propio aire parecía arder. Contuve el aliento preguntándome cuánto tiempo podría resistir con el oxígeno que almacenaba en las células y la sangre de mi cuerpo.

Comprendí cómo había llegado hasta allí: por medio de una retícula cristalina de energía que conectaba aquella cripta con la casa de Ann Arbor, un túnel que comunicaba un lugar con otro, utilizando las energías extraídas de los átomos para crear una trayectoria segura y casi instantánea entre ambos puntos. Pero el túnel se estaba disolviendo al mismo tiempo que aquella habitación. Las energías de los átomos torturados estaban recuperando su normalidad. En breves segundos se habrían convertido nuevamente en sólida roca.

¿Cómo encontrar la abertura de aquel túnel? Me concentré de nuevo, pero no conseguí representarme ninguna idea. Estaba sudando, tanto por el intenso calor como por el esfuerzo que realizaba tratando de comprender. Sin embargo, mis intentos resultaban infructuosos; mi cerebro no lograba entenderlo.

Mi cerebro no lograba… ¡Había actuado equivocadamente! Descubrí que hasta entonces tan sólo había utilizado la mitad de mi cerebro para hacer frente al problema. Recordé que Ormuzd me había dicho que podía utilizar voluntariamente ambos hemisferios cerebrales de modo simultáneo, algo que no estaba al alcance de las personas normales. Había estado empleando tan sólo un hemisferio para visualizar la pauta geométrica de la desviación de energía que conectaba aquella cámara subterránea con la superficie, pero aquella mitad de mi cerebro sólo podía percibir geométricamente las relaciones que comprendían espacio y forma.

Con un esfuerzo de voluntad obligué a considerar el problema a mi otro hemisferio cerebral. Casi me pareció oír mis propias carcajadas cuando la porción hasta entonces inactiva de mi mente expresó algo parecido a que ya había llegado el momento.

Y así era en efecto. La solución al problema que se me presentaba de encontrar el acceso a la retícula cristalina de los átomos debía resolverse cuanto antes. Aquellos átomos de apagados reflejos vibraban aún lentamente, con una lentitud antinatural porque se habían visto despojados de la mayor parte de sus energías, pero seguían vibrando. Cuando todos ellos se hubieran desplazado hasta constituirse en determinada formación, alcanzarían la disposición necesaria que permitiría abrir la entrada del túnel. La mayor parte de tiempo se desplazaban de un modo desfasado, confusamente, sin alcanzar una perfecta disposición, como una multitud que anduviese por un centro comercial, pero en un instante concreto de cada segundo alcanzaban exactamente la disposición correcta que me permitiría acceder al túnel pudiendo así ponerme a salvo, y semejante disposición desaparecería en unos microsegundos.

Sólo durante aquel momento increíblemente reducido de tiempo se abriría el túnel y yo tenía que entrar en la retícula de cristal, atravesando el ardiente muro en aquel preciso instante o jamás lo lograría.

Me levanté e hice un esfuerzo por aproximarme a la pared. El calor era tan intenso que se me chamuscaron las cejas y el vello de las manos. Mantuve los ojos cerrados representándome con un hemisferio cerebral el sendero que debía tomar mientras con el otro calculaba simultáneamente el momento exacto en que la retícula se abriría para permitirme atravesarlo.

Con los ojos aún cerrados avancé otro paso. Por un instante sentí un calor casi abrasador, luego un frío que excedía el de los más glaciales bancos de hielo de la Antártida y después…

Abrí los ojos y descubrí que me encontraba en el oscuro sótano del edificio donde tenía su sede STOPP. Por vez primera desde lo que me parecía una eternidad, respiré libremente aspirando una doble bocanada de dulce aire fresco.

Encontré una puerta que daba a la parte posterior de la casa y salí a la calle. Mi coche de alquiler seguía aparcado en el mismo sitio donde lo había dejado y en su limpiaparabrisas aparecía el papel amarillo de una multa. La metí en el bolsillo de mi chaqueta y me senté ante el volante satisfecho de que la grúa no hubiera retirado el vehículo o me lo hubiesen robado.

Tardé diez minutos en llegar al laboratorio de fusión. En cuanto me encontré en el solitario vestíbulo del edificio telefoneé a Tom Dempsey, a Mangino, el jefe de seguridad, y al director de investigación del laboratorio. Era casi medianoche, pero mi tono apremiante debió convencerlos de que algo importante sucedía porque ninguno de ellos puso objeciones, aunque tuve que marcar tres números telefónicos distintos para conseguir localizar a Wilson, el director de investigación.

Comparecieron todos ellos antes de media hora y, entretanto, estuve interrogando personalmente a los guardias de seguridad, quienes me aseguraron que no habían observado ninguna anomalía: patrullaban constantemente dentro y fuera del laboratorio sin el menor incidente.

El doctor Wilson fue el primero en llegar. Era un inglés larguirucho, rubicundo y de cabellos alborotados que se expresaba con suavidad y parecía absolutamente imperturbable. Cuando le estaba explicando que alguien se proponía hacer estallar el reactor de fusión y me sonreía con aire indulgente ante tan ridícula idea, Dempsey y el jefe de seguridad entraron juntos en el vestíbulo. Dempsey parecía más perplejo que preocupado. Llevaba despeinados y enmarañados los negros cabellos: sin duda estaba durmiendo cuando le llamé y se había vestido atropelladamente. Mangino me dirigió una dura mirada mostrándose decididamente enojado.

—Todo esto es una sarta de desatinos —gruñó cuando le expliqué mis temores.

No les había mencionado a Ormuzd ni a Ahrimán y tampoco les había hablado de la cámara subterránea de la que acababa de escapar. Me bastaba con convencerlos de que existía un auténtico peligro: no quería que me llevasen apresuradamente a una clínica psiquiátrica.

El doctor Wilson intentó explicarme que era absolutamente imposible que estallase el reactor. Le dejé hablar sin interrumpirle: cuanto más se explicase, más tiempo permaneceríamos en escena obstaculizando así los movimientos de Ahrimán.

—La cantidad de deuterio que hay en el reactor es insuficiente para que en un momento dado se produzca una explosión —repetía Wilson con voz suave y amable.

Estaba sentado, arrellanado en un sofá de piel sintética del vestíbulo y yo me encontraba de pie a su lado, apoyado en la mesa de recepción. Dempsey se había tendido en otro sofá y parecía haberse dormido. Mangino estaba detrás de la mesa comunicándose con sus patrullas de seguridad por el monitor visual del teléfono.

—Supongamos —insistí de nuevo— que hubiera algún sistema de aumentar la potencia de los lásers…

—Se fundirían en un minuto —repuso Wilson—. En estos momentos los estamos haciendo funcionar a plena capacidad.

—… y que se introdujera en la cámara de reacción una cantidad extra de deuterio.

Wilson movió la cabeza dubitativo y cayó sobre sus ojos un mechón de cabellos rojizos que apartó con la mano.

—Eso es imposible que suceda —respondió—. Los dispositivos de seguridad lo impedirían y, aunque así fuera, lo máximo que podría producirse es una pequeña explosión, en modo alguno se crearía una bomba de hidrógeno.

—¿Por qué no una bomba de litio? —pregunté.

Por vez primera enarcó las cejas, al parecer preocupado.

—¿Qué quiere decir?

—Si el funcionamiento normal se alterase, ¿podría desencadenar la detonación de deuterio el litio que se encuentra en el blindaje que rodea la cámara de reacción?

—No, no. Eso seria impo… —Se interrumpió, vaciló un instante y luego añadió lentamente—: Eso sería muy improbable, muy improbable. Como es natural tendría que efectuar algunos cálculos, pero las posibilidades en contra serían…

—Aguardo informe del veinticuatro.

La voz aguda de Mangino atrajo nuestra atención.

Me volví a mirar al jefe de seguridad, que fruncía el entrecejo con aire enojado ante el monitor telefónico.

—¡Maldita sea! ¡Respóndeme, veinticuatro!

Me miró como si fuese yo el responsable de aquella anomalía.

—Uno de los vigilantes del exterior no responde. Se trata del encargado de patrullar por las afueras del almacén de carga.

—¡El almacén de carga! —exclamó Wilson poniéndose en pie de un salto.

Advertí que estaba temblando.

Mangino le contuvo con un ademán.

—No se ponga nervioso. Ese lugar lo controlamos con un circuito de televisión y hasta ahora no ha aparecido ninguna anormalidad. Simplemente no se advierte la presencia del guardia. Acaso se esté tomando un descanso o algo parecido.

Me acerqué a él y observé la pantalla del televisor: la nave de carga estaba perfectamente iluminada y parecía reinaren ella una absoluta calma.

—De todos modos daremos una vuelta por allí —dije.

Despertamos a Dempsey y le indiqué que montara guardia ante el monitor visual del teléfono y la pantalla de televisión. Se restregó los ojos soñoliento e hizo una señal de conformidad. Seguidamente el doctor Wilson, Mangino y yo nos precipitamos hacia el pasillo central del edificio que conducía al almacén de carga. Mangino se metió la mano en la americana y desenfundó una pequeña pistola negra, quitó el seguro y se la metió en un bolsillo.

A medida que avanzábamos por el pasillo se encendían y apagaban automáticamente las luces a nuestro paso. La nave de carga era un almacén de reducidas dimensiones en el que se encontraban montones de cajas de cartón, tambores metálicos, cajas de embalaje y equipos de extraño aspecto envueltos con plásticos.

—Aquí podría esconderse un verdadero pelotón —gruñó Mangino.

—Pero todo parece estar en orden —repuso Wilson mirando en tomo.

Me disponía a darle la razón cuando sentí un leve soplo de aire en el rostro procedente de las puertas metálicas enrollables que estaban herméticamente cerradas. ¿Lo estaban realmente? Avancé con lentitud hacia aquellas puertas tan grandes que parecían propias de un hangar y descubrí que en una de ellas aparecía otra abertura de menor tamaño por la que hubiera podido introducirse un hombre sin necesidad de abrir totalmente el recinto. Aquel pequeño hueco no tenía ninguna ventanilla y parecía cerrado. Busqué la manija.

—Está cerrado —dijo Mangino—. Se cierra electrónicamente mediante un mecanismo programado. Si alguien tratase de forzarla…

Toqué la manija y la puerta se abrió sin esfuerzo. Mangino se quedó boquiabierto. Me arrodillé y comprobé que la zona que rodeaba la cerradura estaba ligeramente hundida, como si unas manos poderosas la hubieran forzado doblando el metal hasta hacerlo ceder. El soplo de aire que yo había percibido se filtraba por aquella hendidura.

—¿Por qué no se ha disparado la alarma? —se preguntó Mangino en voz alta.

—¡Qué importa eso! —exclamé—. Quienquiera que sea está dentro del laboratorio. ¡Rápido! ¡No hay tiempo que perder!

Entre las protestas de Wilson de que nadie podía manipular los lásers ni el reactor para provocar una explosión, corrimos hacia la zona donde se encontraba el reactor de fusión.

Las puertas de la sala de control del láser habían sido arrancadas de sus goznes. Tras una rápida ojeada por el interior comprobamos que allí no había nadie.

Los cuadros de control parecían intactos. Mientras Wilson los examinaba, Mangino llamó por su aparato de radio portátil.

—¡Todos los guardias de seguridad deben reunirse en la zona del reactor! ¡Capturen a cualquier desconocido que encuentren y si se resiste disparen contra él! ¡Avisen inmediatamente a la policía y al FBI!

Cruzamos las enormes puertas dobles que conducían a la alargada sala de muros de cemento donde se albergaban los lásers y de nuevo se encendieron y apagaron automáticamente las luces a nuestro paso cuando cruzamos la puerta.

—¡Esas puertas debían haber estado cerradas! —dijo Wilson con un timbre de alarma en la voz.

Los lásers eran unas barras de vidrio largas y delgadas que aparecían montadas en gran número sobre pesados soportes metálicos, uno encima del otro, como una serie de paralelas en un gimnasio. Aproximadamente cada tres metros las barras de vidrio estaban separadas por grupos de lupas, cilindros de Faraday y sensores de diagnóstico. La múltiple línea de lásers se extendía a todo lo largo de la gran sala y se concentraba en una estrecha rendija practicada en el grueso muro de cemento revestido de acero. Al otro lado de aquella pared se hallaba el propio reactor, en el que se concentraba la energía de los lásers en micropíldoras de combustible de deuterio.

Nos quedamos parados un instante sin saber qué hacer. De repente comenzó a vibrar en el aire un zumbido eléctrico. Capté un olorcillo a ozono y los tubos de láser irradiaron una luz verdosa, extraña y fantasmal.

—¡Se están encendiendo! —balbució Wilson.