Orión
Capítulo XIII
Karakorum era una extraña mezcla de miseria y esplendor, de sencillez bárbara y complejidad bizantina, como jamás existiera algo semejante sobre la faz de la Tierra.
Durante el reinado de Gengis Kan, aquella ciudad de tiendas y yurtas se había convertido en la capital del mundo. En ella los nobles sometidos de China y del islam servían como esclavos a los mongoles, y los tesoros de Asia fluían en abundancia por las manos de hombres cuyos orígenes se remontaban a las tribus nómadas.
Mientras vivió, Gengis Kan impuso la prohibición de construir edificios en su capital. Las tiendas, carros y yurtas de los viejos tiempos le parecían más que suficientes en aquel campamento establecido junto a un río sereno donde crecían excelentes pastos para alimentar su más importante tesoro: las manadas de caballos que transportaban a sus guerreros a los más remotos confines del mundo.
Los caballos marcaban los límites de Karakorum. Enormes caballerizas rodeaban la capital mongola, acogiendo en ellas a decenas de miles de los pequeños y resistentes potros del Gobi cuyos relinchos se oían en varios kilómetros a la redonda. Los inquietos animales levantaban nubes de polvo que podían distinguirse a dos jornadas de distancia a caballo. Aquella fresca mañana en que nos acercábamos a la capital la nube me recordó el humo y la niebla característicos de las ciudades industriales del siglo XX.
Ogotai, el Gran Kan, confiaba la administración del país a los mandarines chinos, expertos escribas y cronistas. Cuando nos acercábamos a la ciudad, Agía y yo vimos que, en tomo al ordu, pabellón de tiendas que señalaban el cuartel general del Gran Kan, se levantaban edificios de adobe e incluso de piedra, la mayoría de los cuales, según supe después, eran iglesias o templos. Los mongoles se mostraban tolerantes con todas las religiones, y sacerdotes de múltiples confesiones deambulaban por las calles rebosantes de actividad: monjes budistas con sus túnicas de color azafrán, imanes con turbantes procedentes de tierras musulmanas, sacerdotes de la Iglesia cristiana nestoriana, taoístas chinos luciendo sedas y brocados y otros muchos que no lograba identificar.
Cuando llegamos al punto en que la carretera se fundía en el laberinto de edificios que se extendían por las afueras de Karakorum, fuimos detenidos por los centinelas que estaban de servicio. Un chino ataviado con túnica de seda examinó el documento que Subotai me había dado, redactado por uno de sus ayudantes, y ordenó a un guerrero que nos buscase alojamiento. El guerrero montó a caballo y, sin decir palabra, nos condujo por las bulliciosas calles de Karakorum: hombres y mujeres pululaban por doquier y ricas caravanas descargaban sus tesoros. No se había seguido ningún orden en la disposición de los edificios ni en el trazado de las calles, que consistían en sinuosos caminos de tierra batida entre edificios construidos al azar. Allí se oían todos los idiomas del mundo, con frecuencia entre gritos e imprecaciones, mientras los mercaderes regateaban sus precios u ofrecían mercancías tan diversas como granadas de China y espadas de Damasco, cuyas hojas eran de acero tan fino que podían doblarse por la mitad sin que se partieran.
Fuimos instalados en una casita de adobe de dos plantas cuya puerta daba a la vasta explanada que rodeaba el ordu del Gran Kan. Desde la angosta ventana de la habitación principal podíamos ver el pabellón de blancas tiendas adornadas con sedas y tisú de oro y a los guerreros que montaban guardia en las entradas. Al igual que en el campamento de Hulagu, a cuarenta grados de longitud al oeste mantenían dos grandes hogueras encendidas frente a la entrada principal de la tienda del Gran Kan para alejar a los malos espíritus.
Pero en aquella ciudad ya existía la presencia de un espíritu maligno puesto que Ahrimán debía habernos precedido. ¿Se habría ganado la confianza del Gran Kan? ¿Volvería yo a ser víctima de otro intento de asesinato en cuanto me presentara a Ogotai?
Pero ni siquiera tales inquietudes me quitaron el sueño. Después de tantos días de agotadora cabalgada, Agía y yo nos desplomamos en el lecho de plumas y dormimos durante casi veinticuatro horas seguidas.
Me despertó una sensación de peligro.
Abrí bruscamente los ojos con todos mis sentidos en tensión. Agía yacía a mi lado profundamente dormida, con la cabeza apoyada en mi hombro. Sin mover la cabeza escudriñé la habitación. No había ventanas: una puerta cubierta con una cortina de cuentas, a unos sesenta centímetros a la izquierda del lecho, constituía el único acceso al exterior. Comprendí que me había despertado el leve tintineo de las cuentas.
Contuve la respiración y escuché atentamente. Como la puerta estaba a mis espaldas, no podía verla a menos que volviese la cabeza, y no quería hacerlo por temor a alertar a quienquiera que se encontrase tras la cortina.
Volvieron a tintinear las cuentas y, a la escasa luz del amanecer, vi cómo se deslizaba una sombra gris contra la pared del lado opuesto de la habitación seguida de otra: dos hombres que llevaban el casco metálico de forma cónica característico de los mongoles. La primera sombra levantó el brazo y vi en su mano el destello de la delgada hoja de una daga.
Rodé por el blando lecho y alcancé a ambos al mismo tiempo con un cabezazo que les envió tambaleándose contra la pared. Me levanté del suelo sin darles tiempo a reaccionar, retorcí la mano del primero, que dejó caer la daga en el suelo, y me volví rápidamente asestando un golpe en la nuca de mi segundo asaltante con el canto de la mano. Agía lanzó un grito a mi espalda. Mi primer enemigo se levantaba en aquellos momentos y trataba de desenfundar la espada que llevaba en el cinto. Le asesté un directo al corazón que le fracturó las costillas. Mientras se doblaba en dos le proyecté hacia atrás de un rodillazo en el rostro que le hizo chocar contra la pared y resbalar en el suelo.
Me volví. Agía estaba de pie, desnuda, en el otro extremo del lecho, empuñando una daga con expresión feroz.
—¿Estás bien? —preguntamos ambos al mismo tiempo.
Profirió una nerviosa carcajada y yo aspiré profundamente y me esforcé por apaciguar los violentos latidos de mi corazón.
Mientras Agía se cubría con la colcha, me incliné para examinar a mis presuntos asesinos y comprobé que ambos estaban muertos. Uno de ellos tenía una astilla del hueso de la nariz clavada en el cerebro; el otro, el cuello roto.
Agía dio la vuelta al lecho y se arrodilló a mi lado con ojos desorbitados por el terror.
—¡Los has matado con las manos desnudas!
Asentí.
—No me proponía hacerlo: me hubiera gustado averiguar quién los había enviado.
—Yo te lo diré: ha sido el Oscuro.
—Sí, eso lo creo, pero sería conveniente saberlo con certeza.
Un guerrero irrumpió por la puerta armado de su espada.
—He oído un grito —exclamó.
Descubrió los dos cadáveres tendidos en el suelo, me miró y volvió a fijar en ellos sus atónitos ojos.
Supuse que se irritaría al ver a dos compañeros suyos muertos a manos de un extranjero y me puse en guardia disponiéndome a repeler otro ataque. En lugar de ello, balbució sorprendido:
—¿Tú has hecho esto?
Hice una señal de asentimiento.
—¿Solo? ¿Sin armas?
—Sí —repliqué—. Llévatelos de aquí.
En aquel momento intervino Agía, que seguía sosteniendo la colcha sobre sus hombros.
—Aguarda, querías asegurarte de quién había enviado a estos asesinos, ¿verdad?
Sin darme tiempo a responder, se arrodilló y levantó el párpado de uno de los guerreros, miró con fijeza su pupila y con un ligero estremecimiento le cerró el ojo. Seguidamente se volvió a su compañero e hizo lo mismo. En aquel momento me di cuenta de que me encontraba completamente desnudo: el ardor de la lucha y de mi cólera se iban aplacando y comenzaba a sentir frío.
Agía se levantó y se arrebujó en su colcha.
—Ha sido el Oscuro —dijo—. Lo he visto en sus ojos.
—¿Cómo puedes ver algo semejante en los ojos de los muertos? — exclamé asombrado. Semejante posibilidad me parecía ridícula.
—Puedo leer en sus ojos toda su existencia —repuso solemnemente—. Es un don de los dioses.
No di crédito a sus palabras: Agía veía lo que quería. Si hubiera creído que los asesinos habían sido enviados por Hulagu, el Gran Kan o el Hombre de la Luna, también lo habría visto.
Pero el guerrero la creyó. Con ojos desmesuradamente abiertos por el asombro, tanto ante mi habilidad en el combate como por los poderes psíquicos de Agía, se llevó a rastras los dos cadáveres y cerró la puerta ordenándonos que no nos moviésemos de allí hasta que viniese un oficial a hablar con nosotros.
Por muy bárbaros que fuesen, los mongoles se atenían a leyes muy estrictas y disponían de una organización policial similar a la de cualquier ciudad civilizada. En realidad, mucho más rápida y eficaz que la mayoría de ellas. Apenas habíamos acabado de vestirnos cuando un oficial del ejército llamó a nuestra puerta y entró sin esperar a ser invitado.
Me estuvo interrogando sin hacer caso de la presencia de Agía. Le dije exactamente lo que había sucedido y omití únicamente el «examen» realizado por Agía en los dos cadáveres.
—¿Quién podría enviar asesinos contra ti? —preguntó el oficial, al parecer realmente preocupado. Aquellas cosas no solían suceder en la capital mongola.
Me reservé la opinión.
—No puedo imaginarlo —le dije—. Estamos aquí desde ayer.
—¿Tienes enemigos?
Moví negativamente la cabeza.
—Soy extranjero. Procedo de una tierra muy lejana y no conozco a nadie aquí. Quizá me confundiesen con otro.
—Quizá —repuso no muy convencido—. No salgas de la casa hasta que seas autorizado. Estarás custodiado por mis hombres.
Aquello significaba un arresto domiciliario. A los mongoles no les gustaba encontrarse con problemas y se proponían llegar al fondo de la cuestión.
Apostaron permanentemente dos guerreros en nuestra puerta y encargaron a unos criados que nos trajesen comida y ropa limpia. Como de costumbre, no pudieron encontrar botas apropiadas para mí y seguí calzando mis sandalias, que me habían sido muy útiles todas aquellas semanas, aunque tuve que envolverlas con pieles para atravesar los altos desfiladeros de Tien Shan.
—Es el Oscuro —murmuró tristemente Agía cuando nos quedamos solos —. Se ha propuesto acabar contigo.
Insistió en probar la comida que nos traían los criados antes de que yo la comiera. Incluso examinó las ropas en busca de hechizos o pócimas ocultas.
—Se puede envenenar a una persona por la piel —me advirtió—. Conozco un emplasto que puede matar al guerrero más fuerte cuando ha estado en contacto con su cuerpo unos momentos.
¿Sería posible la existencia de venenos neurálgicos en el siglo XIII? Respeté su superior conocimiento de la época y centré mi atención en otro punto. Estaba de acuerdo con Agía en que, a excepción de Ahrimán, nadie podía desear mi muerte. Pero ¿por qué? ¿Qué hacíamos los dos allí? Sabía que mi misión era matarle. ¿Estaba él también obligado a acabar conmigo? ¿Acaso nuestro destino consistía en perseguirnos mutuamente en el transcurso de los tiempos, en un juego eterno de presa y perseguidor, para diversión de Ormuzd y todos los dioses existentes?
Me resistía a creer que yo no era más que un complicado juguete. Ahrimán no trataba de matarme por simple deporte, sino para evitar que yo desbaratara sus planes. Se proponía nada menos que aniquilar absoluta y perpetuamente la especie humana en todo tiempo y espacio, aunque ello significase destruir la propia estructura del continuo y acabar con todo el universo de espacio-tiempo. Mi inalterable misión consistía en evitar que consiguiera sus fines y el único modo en que podía lograrlo de modo infalible y permanente era dando muerte a Ahrimán.
Me repetía a mí mismo que yo no era un asesino, sino un soldado que luchaba por la supervivencia de la humanidad contra un ser implacable que gustosamente nos extinguiría como la llama de una vela: tenía que matar a Ahrimán porque sólo de ese modo aseguraría la existencia de nuestra especie.
Pero, aun así, estaba preocupado. Por mucho que intentara autoconvencerme, todavía bullía en mi cerebro lo que Ormuzd me había dicho hacía tanto tiempo, en una época futura: mi misión consistía en encontrar a Ahrimán y quitarle la vida.
De pronto me pregunté en cuántas ocasiones tendría que repetirse tal hecho, cuándo podía considerarse que un hombre está definitiva e indiscutiblemente muerto. Ahrimán mató a Aretha en el siglo XX y sin embargo en aquellos momentos ella vivía conmigo. También yo había perecido, pero aún respiraba, me movía y amaba. ¿Sería aquél un ciclo infinito?
Me dejé caer en el mullido lecho, sintiéndome casi anonadado al imaginar la perspectiva de vivir una eternidad persiguiendo a Ahrimán, muriendo y dando muerte una y otra vez. Agía, comprendiendo la desesperación que sentía, intentó consolarme.
En aquel momento llamaron a la puerta con un discreto aunque firme golpecito que se repitió claramente tres veces.
Acudí a abrir: era ya de noche y el recinto interior del ordu estaba iluminado por las crepitantes llamaradas de las dos hogueras. La tienda de seda de Ogotai oscilaba a impulsos de la brisa, que no se veía detenida por colinas ni árboles en centenares de kilómetros.
Ante mí se encontraba un anciano chino, esbelto y elegantemente ataviado con una túnica celeste y plateada, que con su alto y puntiagudo sombrero era casi de mi misma estatura. Me resultaba difícil distinguir sus rasgos porque estaba iluminado por detrás con la luz de las hogueras.
—Soy Ye Liu Chutsai, consejero del Gran Kan —dijo con el tono agudo y suave propio de un anciano—. ¿Puedo pasar?