Orión
Intermedio
La diosa de ojos grises que se daba a sí misma el nombre de Anya adoptó su forma humana y se detuvo en lo alto de un peñasco helado, envuelto su cuerpo en una invisible burbuja de energía que la protegía de la glacial atmósfera de aquel mundo helado.
Allá abajo, a sus pies, se veía un ejército de seres humanos y robots, que pululaban como hormigas por la llanura trabajando afanosamente en la construcción de las frágiles torres que se levantaban contra un negro cielo.
Se volvió y contempló, suspendida sobre su cabeza, la gigantesca masa de Saturno que resplandecía con vivos colores y mostraba sus característicos y hermosos anillos. El cielo estaba tan despejado como el prístino vacío del propio espacio y se distinguían perfectamente tres lunas menores de Saturno recortándose contra el firmamento salpicado de estrellas.
Presintió la presencia del Áureo antes de que se materializase junto a ella en su forma humana. Contuvo su ardiente ira hasta que Ormuzd se hubo transformado totalmente, revelándose en carne y hueso en el borde de la roca, ataviado con una túnica dorada y resplandeciente, decorada con ráfagas de estrellas que titilaban al menor movimiento con todos los colores del arco iris.
—Me mantuviste separada de él —dijo Anya sin poder contenerse por más tiempo.
El Áureo no la miró. Estaba observando el trabajo que realizaban los constructores a sus pies.
—Mis criaturas han aprendido a crear seres iguales a ellos —murmuró como si hablara consigo mismo—, pero sus robots son aún muy torpes y limitados.
Aunque sabía que no podía tocarle, Anya se adelantó frente a él.
—Me obligaste a mantenerme apartada de él. He vivido toda una existencia con aquellos salvajes.
—¿Lo pasaste bien?
Anya suspiró profundamente en la fría noche.
—Dijiste que amabas a esas criaturas, que deseabas vivir cientos de vidas con ellas —repuso Ormuzd sonriente.
—¡Quería vivir a su lado!
—No es posible —repuso Ormuzd—, te habías aficionado en exceso a él y él a ti. Ya te advertí que le estabas debilitando. No podía permitirlo.
—Fuiste muy cruel —siguió ella, bajando el tono de voz—. ¡Estar tan cerca de él sin poder amarle! Te ensañaste tratándole de este modo.
—Tenía una misión que cumplir. Le había creado para ese fin: no podía permitir que se desviase influido por las hormonas que circulan por el cuerpo que le di.
Anya se disponía a replicar, pero dudó un instante y guardó silencio. El Áureo se volvió a contemplar el trabajo que se desarrollaba en la llanura.
—Ese mundo se llama Titán y, según se cree, es un desierto glacial, sombrío y peligroso. Si no vistieran esos trajes y cascos ridículos, morirían al instante.
—Pero has sido tú quien los ha traído aquí y quien los ha obligado a levantar esas torres.
—Sí, y cuando hayan concluido su tarea alteraré la atmósfera hasta tal punto que resultará opaca para sus instrumentos de sondeo espacial. No deben descubrir esas construcciones demasiado pronto.
Anya fijó en él una mirada de asombro.
—Las criaturas que se encuentran ahí abajo pertenecen a una época mucho más próxima al Fin —le explicó Ormuzd—, son los lejanos antepasados de los seres humanos que descubrirán las torres y se devanarán los sesos tratando de imaginar su significado.
—¿Qué son? ¿Con qué finalidad se levantan?
—Para mi satisfacción, naturalmente.
Ella le miró, enojada.
—Tu ego crece por momentos. Te crees realmente un dios, ¿verdad, poderoso Ormuzd?
Su sonrisa se desvaneció ligeramente.
—La maquinaria que encierran producirá sutiles alteraciones en el clima terrestre y el planeta sufrirá lo que esas criaturas califican de período glacial. Todo ello forma parte de mi plan. El Oscuro podrá maniobrar en ríos y volcanes, pero yo manipularé la energía solar y el clima de la Tierra durante centenares de miles de años.
—¿Y ocultarás esos conocimientos a tus propias criaturas? —le preguntó Anya.
—Sí, no están preparadas para aprender.
—Eres tú quien no les ha preparado.
—Mira —dijo señalando a algún punto de la llanura—. La marea está comenzando a subir.
Anya intuyó que cambiaba intencionadamente de tema para eludir cualquier posible discusión pero, a su pesar, fijó fascinada su mirada en el mar de amoníaco que se remontaba como un animal vivo y se precipitaba por la ancha y helada llanura impulsado por la inmensa atracción gravitatoria de Saturno. La enorme ola se deslizaba parcialmente en torno a Titán a cada giro que efectuaba en tomo al planeta de los anillos. En aquellos momentos se extendía por la parte superior y avanzaba espumeante hacia el lugar donde los humanos y sus robots se esforzaban frenéticamente por construir las torres.
Ormuzd observaba fascinado junto a Anya el rápido avance de aquel mar de amoníaco por la llanura levemente inclinada y también su brusca detención, como si estuviera agotado, poco antes de llegar al muro circular que protegía la zona de construcción. Aquella masa líquida pareció encogerse mientras sus tentáculos lamían el pie del muro circular de piedra detrás del cual trabajaban incesantemente los humanos y sus robots.
—Iré con él —dijo Anya por fin rompiendo su silencio—. No podrás impedir que vaya a su lado.
—No permitiré que le debilites —dijo el Áureo—. Su misión consiste en malar al Oscuro.
—Le ayudaré —prometió ella.
—¿Cómo? ¿Atrayéndolo hacia algún paraíso incompleto donde podáis solazaros como seres primitivos mientras el Oscuro nos destruye a lodos?
Anya se irguió con firmeza ante el Áureo apretando los puños con centelleante mirada.
—Le ayudaré a encontrar al Oscuro y a darle muerte. No le has hecho bastante fuerte para que pueda conseguirlo por sí solo, pero los dos juntos lo lograremos.
El Áureo la miró largamente, con aire pensativo.
—Iré con él tanto si quieres como si no —le desafió Anya.
—Aunque así lo hagas, conseguiré manteneros separados.
Ella pareció deponer un tanto su actitud.
—¡Déjame ayudarle! ¡Déjame estar a su lado! —rogó.
—No me agrada la inclinación que sientes hacia Orión.
—Sí lo deseas, cuando hayamos acabado con el Oscuro volveré contigo —le aseguró ella dulcemente.
—Así lo exijo.
—Entonces tendrá que ser así, no me queda otra alternativa, ¿verdad?
—No, no la hay.
—¡Déjame estar con él una vez más, una vida más! —rogó Anya con voz tan tenue que sonó casi como un susurro.
—Únicamente te lo permitiré para que puedas ayudarle a vencer al Oscuro.
—Así lo haremos los dos juntos.
—Y luego regresarás conmigo.
Ella asintió en silencio.
Ormuzd cruzó los brazos en el pecho, su túnica ondeó haciendo fulgurar y resplandecer las ráfagas estelares contra la oscuridad y ambos desaparecieron titilantes como luciérnagas en una noche de verano. Abajo, en la llanura, vestidos con sus trajes espaciales, los seres humanos y sus robots seguían trabajando más afanosamente que nunca, apremiados por necesidades que estaban muy lejos de comprender.