Orión

Ben Bova · Capítulo 42 de 52

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Orión

Capítulo XXXVIII

 

No llegamos a saber si mi plan funcionaba porque los brutos nos atacaron sin que tuviésemos ocasión de ponerlo en práctica.

Adena escogió dos soldados para que nos acompañasen: Ogún, el fornido armero que mantenía constantemente el entrecejo fruncido, y Lissa, una hermosa muchacha, alta, esbelta y de cabellos negros, especialista en explosivos.

—Si sorprendemos dormidos a los brutos —me explicó Adena—, Lissa preparará sus granadas para acabar con ellos en el primer asalto.

El sol poniente se había ocultado tras la roca en la que se encontraba nuestra cueva sumiendo en profundas sombras el campo que se extendía ante nuestra vista con los despojos de la batalla. Adena nos ordenó que nos acostásemos puesto que debíamos emprender la marcha en cuanto fuera de noche.

Nunca había necesitado dormir muchas horas, pero me tendí en una de las hamacas flotantes y traté de relajarme. Cerré los ojos; al cabo de unos minutos, estaba adormecido.

No recuerdo si llegué a dormirme; me sobresaltó un olor extraño y empalagoso que perturbó mi olfato y me produjo sensación de ahogo. Abrí los ojos y traté de incorporarme. La hamaca se ladeó bajo mi peso y me deslicé al suelo con un sordo golpe.

Adena yacía dormida a mi lado, con los miembros inertes y el rostro vuelto hacia mí profundamente relajado. Aquel extraño olor comenzaba a producirme náuseas: era como si tuviese la cabeza hundida en un cubo lleno de exóticas flores tropicales.

Me puse en pie tambaleándome y descubrí que todos mis compañeros estaban dormidos y que no había nadie montando guardia. Comprendí que se habrían valido de algún medio para llenar la cueva de un gas que nos había sumido a todos en la inconsciencia. El único sonido que se percibía era el suave zumbido de las baterías que mantenían encendidas las luces.

Avancé dando tumbos, respirando dificultosamente, y me abrí paso entre los cuerpos tendidos de los soldados hasta conseguir respirar el aire fresco del exterior. Era noche cerrada, clara y fría y las estrellas brillaban en el firmamento. Respiré profundamente para llenar mis pulmones de oxígeno y se me aclaró la cabeza.

Comprendí que se proponían atacamos en breve, a menos que se tratase de un gas letal.

Volví a entrar en nuestro refugio conteniendo el aliento y me precipité contra mi hamaca para recoger el casco que había depositado debajo. Me lo puse rápidamente, bajé el visor y pulsé el botón que llevaba en la cintura, que activaba el sistema de respiración del traje. Un diminuto ventilador se puso en funcionamiento y sentí en el rostro el impacto del aire fresco, que aspiré profundamente.

Sin pérdida de tiempo y sin perder de vista un instante la entrada de la cueva, le coloqué el casco a Adena y puse en marcha su dispositivo respiratorio. Seguidamente fui a la entrada a montar guardia.

La voz de Adena llegó a mis oídos, insegura y confusa.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó.

Me volvía hacia ella disponiéndome a explicarle lo sucedido cuando, entre las sombras más profundas de la cueva, vi aparecer a uno de los brutos apuntando a la espalda de la muchacha con una larga y aguzada lanza de cristal.

—¡Cuidado! —exclamé mientras desenfundaba la pistola que llevaba en el cinto.

Adena se encogió instintivamente al tiempo que el bruto se abalanzaba sobre ella. Mi disparo le alcanzó en el rostro. Lanzó un grito espantoso y se desplomó haciendo añicos su lanza.

No podíamos perder el tiempo en explicaciones. Seguían atacándonos otros enemigos que surgían entre la oscuridad del fondo de la cueva. Adena recogió su fusil y los obligó a retroceder mientras yo la cubría con mi pistola; entre ambos los mantuvimos a raya durante un tiempo que nos pareció una eternidad, pero que en realidad sólo fueron algunos minutos.

De pronto interrumpieron su ataque y desaparecieron entre las sombras. Cuatro enormes brutos yacían muertos a nuestros pies.

—Han encontrado algún modo de entrar en la cueva por la parte posterior —dije esforzándome por regularizar mi respiración y los latidos del corazón.

—O han conseguido practicar un nuevo acceso —repuso Adena—. ¡No hay tiempo que perder! ¡Regresarán en seguida!

Me sentí atrapado y engañado. El enemigo nos había rodeado y la cueva había dejado de ser un refugio para convertirse en una celda angosta y limitada, de sólida roca, de la que nos sería imposible movemos ni huir. Me parecía que las paredes estaban a punto de derrumbarse sobre mí. Comenzaban a temblarme las manos.

Pero no me alteraba el temor, sino la ira. Mientras miraba en torno a los desnudos muros de la cueva comprendía que aquello podía convertirse fácilmente en una tumba para todos nosotros y me sentía furioso conmigo mismo. ¿Cómo había podido ser tan necio? La cámara subterránea que Ahrimán había creado en el siglo XX, el recóndito templo de oscura piedra construido en Karakorum, las cuevas donde había residido en el período neolítico… las cavernas y la oscuridad constituían sus guaridas, sus núcleos más poderosos. ¿Cómo no lo había previsto oportunamente? ¿Por qué había consentido que aquellos pobres soldados cayeran en su trampa? Debía haberlo imaginado.

Increpándome mentalmente, ayudé a Adena a reanimar a nuestros compañeros. Ella los puso al corriente de lo sucedido con breves palabras.

—Creían que nos encontrarían inconscientes y que podrían eliminarnos fácilmente. Ahora ya han comprobado que la situación es muy distinta. Pero en cualquier momento pueden atacamos por delante y por detrás.

Los sensores instalados en la entrada de la cueva denunciaron la presencia de animales que se movían en la oscuridad de la noche. Adena apuntó con el cañón hacia el exterior, a la inmensa extensión de hielo y nieve.

—Orión —ordenó—, Ogún, Lissa y tú cubriréis la parte posterior de la cueva. Tratad de descubrir por dónde se introduce el enemigo. Se diría que por ese punto no pueden infiltrarse en gran número al mismo tiempo. Si no os bastáis los tres para mantenerlos a raya, pedid ayuda.

No podía ver el rostro de Ogún tras el visor, pero no me costaba nada imaginar su amarga expresión. Lissa transportaba una caja de granadas, remolcándola con una correa atada a la muñeca, que flotaba sobre su disco antigravedad a pocos centímetros del suelo.

—Puedo facilitaros fuerzas explosivas de leve alcance o de hasta un kilotón de potencia —dijo.

Su voz sonaba casi alegre en mis audífonos.

—Este lugar parece demasiado angosto para instalar explosivos — comenté a medida que nos adentrábamos por el estrecho pasillo de la cueva.

—Sí, me temo que tienes razón —respondió Lissa taciturna.

Dejamos atrás los cadáveres de los brutos e inspeccionamos el túnel alumbrándonos con las luces que llevábamos en los cascos. Al poco rato el camino resultó demasiado estrecho para poder avanzar uno junto a otro. Ogún se puso al frente y yo le seguía; Lissa venía en último lugar, a pocos pasos.

—Cuando llegamos aquí comprobamos esta zona —gruñó Ogún—. No existe ningún acceso…

Se interrumpió bruscamente. Miré por encima de su hombro y comprobé que se había detenido frente a una abertura practicada en el suelo.

—Esto no estaba así ayer —murmuró. Se agachó y recogió algunas piedras sueltas—. Este agujero es reciente: deben de haberlo excavado mientras nos atacaban.

—¿Por qué no están vigilando este hueco? —se preguntó Lissa—. ¿Por qué lo han abandonado?

Examiné el hueco y la luz de nuestros cascos se perdió en un pozo que parecía insondable.

—Se proponen volver —observó Ogún—. Cuando estén dispuestos a reanudar el ataque acudirán en tropel por aquí.

Pero algo en aquel hueco me resultaba preocupante. Lissa tenía razón: si aquél era su punto de acceso para atacamos desde el fondo, ¿por qué lo habían abandonado?

—Regresemos con los demás —dije.

—¿Con los demás? —Ogún parecía sorprendido—. ¿Por qué?

—Puedo instalar una trampa —sugirió Lissa—. Y si intentan usarlo de nuevo saltarán en pedazos.

No pude por menos de advertir con qué alegría se expresaba cuando proponía exterminar a la gente.

—Es un señuelo —respondí tan sorprendido como ellos al oír mis palabras—. Un ardid. Quizá hayan utilizado anteriormente este conducto, pero es probable que estén excavando otro nuevo en estos momentos entre esa zona y la cámara principal de la cueva.

—En tal caso nos quedaremos aislados —dijo Ogún.

—Y sorprenderán a los demás por la espalda —añadió Lissa.

Hice una señal afirmativa, pero comprendí que no podían verme por el visor del casco.

—¡Vamos! ¡Rápido! —exclamé.

Regresamos lo más rápidamente posible hasta el lugar donde yacían los cadáveres de los brutos. Una vez allí, con las luces a nuestra espalda y dejando atrás la actividad de los restantes soldados, me quité el casco y al acercar el oído contra el muro de la roca, pude distinguir unos ruidos leves y continuados: alguien estaba excavando en algún lugar.

Adena nos vio y se acercó a preguntarnos por qué no nos habíamos quedado en el fondo de la cueva como nos había ordenado.

—Están practicando otro acceso a la cueva —le expliqué—. Nos atacarán en cuanto se abran camino.

Ella me observó con escepticismo hasta que la invité a escuchar el rumor que se percibía. Asintió convencida.

—Estaremos dispuestos para recibirlos —dijo amenazadora.

La espera resultaba insoportable. Pese a la oscuridad nocturna, los sensores situados en la boca de la cueva demostraban muy claramente los movimientos de las bestias. Marek instaló sensores sísmicos en las paredes que habíamos inspeccionado y el destello de sus luces evidenciaron muy claramente los golpes que propinaban los brutos contra la roca. A medida que se iban aproximando, aquellos detectores comenzaron a triangular su localización y pronto supimos el lugar por donde aparecerían, aunque no teníamos medio de averiguar en qué instante se produciría tal hecho.

Seguíamos llevando los cascos y cubriéndonos con los visores. Empuñamos las armas y nos mantuvimos a la expectativa.

Teníamos los nervios en tensión. Dábamos golpecitos en las culatas de los fusiles o manoseábamos el equipo. Agucé la vista sobre el muro, como si a través de él pudiera ver al enemigo trabajando paciente y laboriosamente para alcanzamos. Imaginé cuánto debían odiamos, cómo concentraban hasta el último átomo sus fuerzas y su odio contra nosotros, aquellos dieciséis hombres y mujeres abandonados, atrapados en un tiempo y lugar desplazado del que nos correspondía, esperando librar una batalla que sólo podía concluir con el exterminio de uno de los bandos.

Las luces de los sensores quedaron en blanco. Calculé que habían dejado de excavar. ¿Por qué sería?

—¡Ahí vienen! —gritó alguien desde la boca de la cueva; instintivamente me volví a mirar en aquella dirección…

La pared que tenía enfrente estalló y todos caímos al suelo. Rodé con el fusil en las manos al tiempo que media docena de brutos cargaban contra nosotros entre el humo y los escombros. Eran grandes, corpulentos, de anchos hombros y ojos enrojecidos y gruñían furiosos empuñando sus lanzas de cristal.

Disparé a bocajarro. Mis rayos atravesaron a los dos primeros por la cintura, pero su ímpetu les impulsó hacia delante y cayeron a mi lado mientras yo me apoyaba sobre una rodilla y volvía a disparar. Ogún también se enfrentaba a ellos con su fusil, pero uno de sus enemigos le alcanzó con una de sus lanzas. El arma apenas le rozó el casco, aunque provocó una lluvia de chispas. Oí los chillidos de Ogún por mis audífonos, su cuerpo sufrió violentas sacudidas, se arqueó y cayó muerto.

Me agaché a tiempo para evitar un proyectil y hundí el cañón de mi arma en la cintura del bruto al tiempo que oprimía el gatillo. Salió despedido a lo lejos entre llamaradas y gritos espantosos cayendo con el cuerpo destrozado sobre aquellos que le seguían.

Lissa ya había recobrado el conocimiento y mantenía a raya a cuantos aparecían por el recién excavado túnel. Perdí la cuenta de su número: disparamos, esquivamos sus ataques y volvimos a disparar derribándoles a derecha e izquierda hasta que sus cuerpos se amontonaron en la entrada que habían practicado en la roca.

Lissa saltó junto a la barricada de carne y lanzó una granada por el túnel. La explosión conmovió toda la cueva, se desprendieron algunas piedras del techo y el recinto se llenó de humo.

Retrocedí unos pasos tambaleándome. Me volví y miré hacia delante. Un inmenso oso gris se levantaba sobre sus patas traseras, gruñendo y agitando las zarpas ante los soldados que le rodeaban, que junto a él parecían enanos. Una docena de fusiles dispararon contra el animal, pero el oso siguió avanzando, adentrándose en la cueva, mientras los soldados caían de espaldas. Detrás de él apareció una manada de lobos y sinuosos gatos salvajes de amenazadores colmillos.

El cañón proyectó su abrasador rayo de energía pura en el pecho del oso y dividió a la bestia en dos partes. Huesos, carne y sangre salpicaron en todas direcciones mientras caía en el suelo de la cueva, resbaladizo por causa de la sangre. Los soldados concentraron su fuego en los lobos y los felinos.

Me volví hacia la boca del túnel que estábamos custodiando. Lissa se había sentado en el suelo y con la espalda apoyada contra la barricada de cadáveres y el fusil en el suelo preparaba cargas explosivas.

Me acerqué a ella y traté de descubrir alguna presencia entre la lóbrega oscuridad del túnel.

—No parece acercarse nadie más por esa dirección —dije.

Distinguí una señal afirmativa debajo de su casco.

—Con esto cerraremos el túnel —comentó levantando con ambas manos un grupo de granadas que había unido—. Después podremos anular el otro acceso más alejado.

Su plan me pareció muy conveniente. Arrojó a continuación el paquete de explosivos y nos aplastamos contra el sólido muro. Transcurrieron cinco segundos. La explosión provocó una sacudida en mí que me hizo caer de rodillas, pero cuando se disipó el humo, Lissa se levantó riendo despreocupada mientras su casco brillaba entre las sombras del túnel.

—Tardarán bastante en volver a abrirse paso por ahí —dijo con acento triunfal.

Al cabo de unos minutos bloqueó el otro túnel con una nueva explosión y seguidamente nos reunimos con los demás en la parte delantera de la cueva.

Nos enfrentábamos a una oleada tras otra de animales en sangrienta lucha. Osos enormes y feroces, amenazadores lobos, perros y pumas de afilados dientes… Los exterminábamos a montones, a centenares. La oscura noche se iluminaba con el resplandor del fuego de nuestras armas, las estrellas palidecían en el cielo ante las rojas descargas de nuestros mortales rayos. Tras el refuerzo de mi casco y de mis audífonos podía oír los gritos, rugidos, aullidos y chillidos de furia y dolor de los animales que acudían hasta nosotros impulsados por los poderes diabólicos de Ahrimán para caer asesinados por la mortífera energía que proyectábamos.

A lo lejos, apenas visible entre las confusas sombras, distinguía de vez en cuando a alguno de los brutos ocultándose entre las pobres bestias salvajes que dirigían a nuestro encuentro, pero nunca se encontraban bastante próximos para que pudiéramos disparar sobre ellos. Se mantenían a distancia, como si supieran que iban a correr la misma suerte que sus camaradas del túnel.

Una voz interior me incitaba a desafiarlos, a provocarlos obligándolos a entablar la lucha con nosotros prescindiendo de aquellos pobres animales y asumiendo el combate directo, acudiendo a encontrar la muerte a la que entregaban tan despreocupadamente a los demás.

Pero ellos seguían manteniéndose atrás, ocultándose en la oscuridad.

Tras largas horas de lucha advertí que el cañón se había quedado silencioso y que las luces de la cueva estaban apagadas. En aquellos momentos luchábamos iluminados por el fuego de nuestras armas y las lámparas incorporadas a nuestros cascos. Por último, también mi propio fusil dejó de funcionar y me vi obligado a utilizar la pistola.

Cuando el amanecer teñía el cielo de un rosa grisáceo se interrumpieron los ataques. El terreno que anteriormente se extendía ante la cueva cubierto de blanca nieve, se había convertido en una espantosa confusión de animales muertos, de miembros despedazados, cuerpos desgarrados y carne destrozada.

Miré en torno. Cuatro soldados habían sido derribados: sus cascos y sus armaduras estaban rotos y aparecían cubiertos de sangre. Incluyendo a Ogún, que había sucumbido en el túnel, habíamos perdido a cinco soldados. Quedábamos únicamente once con vida y, de ellos, tres estaban heridos, entre los que se contaba Kedar, que se había roto la pierna cuando un oso arremetió contra él amenazando con derribar las baterías.

Lissa y algunos compañeros comenzaron a asistir a los heridos. Me acerqué a Adena, que inspeccionaba el campo de batalla con unos potentes prismáticos de funcionamiento electrónico.

—Se marchan —comentó como si adivinase que estaba detrás de ella—. Los brutos van hacia el sur.

—Hemos ganado —dije.

Me tendió los prismáticos.

—No será así hasta que hayamos acabado con el último de ellos.

Observé en aquella dirección. Gracias al extraordinario aumento de los prismáticos pude distinguir a ocho personas semejantes a Ahrimán que avanzaban dificultosamente por la nieve. No se veía ningún vestigio de animales entre ellas ni otras huellas que las suyas: ni siquiera los acompañaba un perro.

—Nos han lanzado todo cuanto tenían —dije—, y los hemos rechazado. Los hemos vencido.

Adena llevaba levantado el visor y comprobé que su rostro expresaba una fría determinación.

—No, Orión. Acaso hayamos ganado esta batalla, pero la guerra no ha concluido. Nuestra misión consiste en exterminarlos.

—Esos ocho…

Asintió.

—Esos últimos enemigos deben morir, Orión. Tenemos que perseguirlos.

—¿Es una orden de Ormuzd? —pregunté.

Curvó ligeramente las comisuras de la boca esbozando una sonrisa.

—Soy yo quien lo ordena, Orión. Y así se hará.