Orión
Capítulo XXIII
Al caer la noche llegué a la conclusión de que la causa de su irritación hacia mí se debía a mi alusión a los nombres. Las tribus primitivas se mostraban naturalmente cautelosas con los extranjeros y en aquel ámbito apenas poblado de seres humanos donde nos encontrábamos debía ser sumamente raro encontrarse con algún desconocido.
Los seres primitivos eran asimismo muy supersticiosos con los apelativos. Incluso en la época de los mongoles, nadie se atrevía a mencionar a Timujín, el Gran Kan.
Para aquellos cazadores de la Edad de Piedra el nombre de una persona contenía su alma y sus fuerzas y pronunciarlo ante un extranjero era correr un riesgo innecesario y provocar posibles maquinaciones mágicas, como si se entregaran voluntariamente las uñas cortadas o mechones de cabello a un sacerdote vudú.
Pasando revista mentalmente a los términos en que se había desarrollado nuestro encuentro, recordé cuánto los había sorprendido al darles a conocer voluntariamente no sólo mi nombre sino también su significado real, y cómo me atacaron cuando les pregunté los suyos: sin duda creyeron que se encontraban ante un demonio o hechicero y se sintieron aterrados y triplemente temerosos de mí.
Cuando el sol se puso tras la rocosa cordillera, al otro lado del río, y el cielo se encendió en hermosos tonos rojizos y púrpuras, escogí para dormir un espacio cubierto de musgo junto a un árbol. Por lo general me bastaba con una o dos horas de descanso, pero aquella noche me sentía físicamente cansado y aún más agotado mentalmente.
El lejano rugido de un león que salía de caza resonó entre las sombras del atardecer. Me levanté de mala gana del blando lecho que había improvisado y subí al árbol. Un par de ardillas protestaron enojadas ante mi presencia y se escabulleron rápidamente a su madriguera. Encontré un hueco resistente y me instalé en él. Aunque la corteza era áspera y dura, me quedé dormido casi inmediatamente pensando en Agía.
Pero fue Ormuzd quien se me apareció en sueños.
No se trataba de un sueño, sino de una comunicación útil. Su figura se recortaba radiante contra la oscuridad de la noche, sus dorados cabellos resplandecían luminosos y mostraba una expresión sonriente, aunque no parecía feliz ni satisfecho.
—Has encontrado la tribu.
No era una pregunta ni un reconocimiento de éxito, sino simplemente la manifestación de un hecho. Su áurea túnica refulgía y estaba sentado sobre algo que no pude distinguir.
—Sí, los he encontrado —le informé—, pero los he asustado y me han perseguido.
—Has de ganarte su confianza: debes hacerlo.
—Sí —repuse—, pero ¿cómo? ¿Qué es tan importante en esta banda de seres primitivos?
Su aspecto era tan espléndido como el de un dios griego, refulgente entre la oscuridad nocturna, pero cuando examiné más detenidamente su rostro descubrí que era un dios preocupado, cansado de las inútiles luchas y preguntas de los simples mortales.
—El Oscuro trata de destruir a esa banda de primitivos, como tú les llamas. Debes impedir que triunfe en su empeño.
Hubiera querido negarme, decirle que no pensaba seguir sus órdenes a menos que me diera sana y salva a la mujer que amaba, libre de las angustiosas separaciones de aquella infinita búsqueda a través del tiempo. Tenía aquel pensamiento en mi mente y el ruego a punto de brotar de mis labios.
Pero, en lugar de ello, le pregunté dócilmente:
—¿De qué le puede servir a Ahrimán la muerte de un reducido clan de cazadores de la Edad de Piedra? ¿Cómo puede afectar algo semejante a la historia de la humanidad?
Ormuzd me miró con desdén.
—¿Qué importa eso? La misión que te he asignado es matar a Ahrimán y ya has fallado dos veces en ese intento, aunque hayas conseguido frustrar sus designios. Ahora se encuentra acechando a ese clan de primitivos y, por consiguiente, los utilizarás a ellos como cebo para perseguirlo. ¿Hay algo más sencillo?
—Pero ¿por qué yo? —rogué—. ¿Por qué me he visto alejado de mi propio tiempo para perseguir a Ahrimán? Yo no poseo las fuerzas necesarias para matarle… lo sabes muy bien. ¿Por qué no te enfrentas tú mismo con él? ¿Por qué debo morir cuando ni siquiera comprendo…?
—¿Que no comprendes? —tronó repentinamente Ormuzd despidiendo un brillo cegador que apenas me permitió mirarlo directamente—. ¡Eres el instrumento escogido para la salvación de la humanidad! ¡No hagas preguntas inútiles y cumple con tu deber!
Tuve que protegerme los ojos formando visera con las manos, pero aún insistí:
—¡Tengo derecho a saber quién soy y por qué me obligas a hacer esto!
El calor que despedían los ojos de Ormuzd era más intenso que el fuego nuclear que me había aniquilado diez mil años en el futuro.
—¿Dudas de mí? —tronó en tono más amenazador que inquisitivo.
—Acepto lo que me dices, pero eso no significa que lo comprenda. En otro tiempo tenía una vida propia, ¿no es así? Si debo morir…
—¡Morirás y volverás a nacer tantas veces como sea necesario!
—¡No!
—¡Sí! ¡Debes morir para renacer, no tienes otro modo de trasladarte a través del tiempo, ni tú ni los seres de tu especie! Los mortales no tienen otra alternativa para desplazarse en el tiempo salvo por medio de la muerte.
—Pero aquella mujer. Agía… Aretha… ¿Qué ha sido de ella?
Ormuzd guardó silencio unos instantes con los labios tensos, formando una dura línea. Seguidamente se expresó con más suavidad.
—Ella está en peligro. Ahrimán, el Oscuro, trata de destruirla, a ella, a mí y a todo el continuo. Si deseas salvarla, debes matar a Ahrimán.
—¿Es cierto que tú y tu especie… —vacilé un momento y luego concluí con vehemencia— aniquilasteis a la gente de Ahrimán, a toda su especie, menos a él?
—¿Te lo ha dicho Ahrimán?
—Sí.
—Es el príncipe de las mentiras.
Comprendí que aquélla no era una respuesta, pero que sería la única que recibiría.
—Cuando tuvo lugar la Guerra… —pregunté—, ¿qué sucedió?
—Eso es algo que debes descubrir por ti mismo —repuso Ormuzd mientras su imagen comenzaba a oscilar y a desvanecerse ante mis ojos—. Y para mí —concluyó.
Me quedé sorprendido.
—¡Aguarda! ¿Quieres decir que también tú ignoras lo que sucedió? ¿No sabes lo que pasó en la Guerra? ¿Lo que hicieron los de tu especie a Ahrimán y los suyos?
Pero ya era sólo un punto de luz decreciente que se fundía en la oscuridad. Su voz llegó a mis oídos como si se encontrase muy lejos.
—¿Por qué crees que mi raza no es igual que la tuya, Orión? ¿Acaso no somos padre e hijo?
De pronto descubrí que fijaba mi mirada en el oscuro cielo. Las parpadeantes estrellas me devolvían su luz desde el profundo espacio en tanto que yo seguía asido a la áspera corteza del árbol examinando la extensión celeste y tratando de comprender, de encontrar allí algún significado. Intenté en vano localizar la constelación de Orión, que no se veía por ningún sitio.