Orión

Ben Bova · Capítulo 21 de 52

Páginas del PDF

Orión

Capítulo XIX

 

Para los mongoles la caza era casi como una campaña militar que emprendían contra los animales en lugar de enfrentarse a los seres humanos. Los mongoles nunca habían oído hablar de deportividad ni ecología. Salían de caza buscando provisiones para el duro, frío y largo invierno, y se organizaban con gran minuciosidad y eficacia.

Jóvenes oficiales exploraban cientos de kilómetros de terreno y sometían sus informes al ordu a fin de que los ancianos pudieran escoger la mejor ubicación de la caza. Una vez se había decidido el lugar, emprendían la marcha en sus caballos en formación militar, reuniéndose en un círculo inmenso, en ocasiones una circunferencia de más de cien kilómetros, dentro de la cual eran sacrificadas todas las bestias sin excepción ni piedad.

La expedición duraba más de una semana y no se permitía que comenzara la matanza hasta que el Gran Kan daba la señal. Éste aguardaba hasta que el cerco de jinetes armados se estrechaba al máximo en torno a las sentenciadas víctimas.

Entre los jinetes avanzaban los batidores a pie haciendo sonar las espadas en los escudos, gritando y sacudiendo la maleza durante todo el día, impulsando constantemente a los animales hacia el interior del círculo. De noche encendían hogueras que mantenían a las bestias en la trampa; de día, cabalgábamos sin descanso acercándonos cada vez más unos a otros a medida que se estrechaba el círculo.

Al principio no logré descubrir a ningún animal, con excepción de nuestros propios caballos. En toda la extensión del horizonte únicamente se distinguía la ondulante hierba y la maleza, diseminada por doquier, que nos llegaba a la cintura. Hacia el tercer día comencé a divisar pequeños ciervos, conejos y lobos que corrían veloces entre las altas hierbas. Entre los animales reinaba un creciente pánico mientras depredador y presa huían uno junto al otro de los aterradores ruidos y olores de los seres humanos.

Cabalgaba a la izquierda del Gran Kan, de quien me separaban otros dos jinetes, sobrinos suyos. Ye Liu Chutsai no había sido invitado ni se hubiera sentido a gusto en aquellas estepas. Descubrí que a Ogotai le encantaba, aunque parecía resentirse de semejante esfuerzo físico. Se sentaba en su montura al despertar el alba como todos los demás, pero al avanzar el día se volvía cada vez más taciturno y silencioso. Entonces abandonaba nuestras filas y se pasaba la tarde descansando. Por la noche se retiraba temprano, renunciando a las largas sesiones de bebida que celebraba en Karakorum. Pero aunque su cuerpo parecía anquilosado por la edad y el dolor, seguía estando muy animado: se sentía liberado del lujo y las preocupaciones de la corte, respirando aire fresco y limpio, sin verse obligado a asumir las decisiones que pesaban sobre él en la ciudad.

Y yo también me sentía libre. Apenas recordaba a Ahrimán. Pensaba en Agía, especialmente de noche, mientras me adormecía en el duro suelo, cubierto con una maloliente manta de caballo. Pero todo aquello podía esperar. Ellos aún estarían en Karakorum cuando volviésemos. Los problemas nunca desaparecen: aguardan o empeoran hasta que uno regresa. Por el momento disfrutaba enormemente y recordaba que la palabra persa paradiso significó en un principio «terreno de caza».

Toda la estrategia de la expedición se perdería si los animales rompieran el asfixiante cerco que formaban los jinetes. Durante los primeros días nuestras víctimas se limitaban a huir de nosotros, pero a medida que se cerraba la trampa en torno a ellas, algunas bestias aterradas trataban de romper nuestras filas. No había otra alternativa que matarlas: se hubiera considerado una desgracia que alguna consiguiera escapar.

Una mañana cabalgaba con el huraño Kassar a mi izquierda, cuando un lobo se lanzó sobre nosotros babeando de odio y temor. Kassar le ensartó con su lanza mientras yo seguía indeciso en mi caballo, sin ayudarle a rematar a la bestia. El lobo aullaba de dolor y se revolvía tratando de arrancarse la lanza con los dientes hasta que acudieron tres batidores que lo remataron a golpes.

Kassar reía y agitaba la ensangrentada lanza por encima de su cabeza en tanto que yo reflexionaba en lo extraño que era que siendo capaz de matar a un hombre sin vacilar hubiera permitido que Kassar se me adelantara con aquella bestia.

Horas después me encontraba cabalgando junto a Ogotai mientras que sus sobrinos se detenían para tomar un frugal refrigerio y cambiar de monturas. El sol de la tarde caía con fuerza, pero la brisa era fresca.

—¿Te gusta la caza, hombre del oeste? —me preguntó Ogotai.

—Nunca había visto nada semejante. Es como una campaña militar.

Ogotai asintió.

—Ciertamente: es la oportunidad de que los guerreros más jóvenes demuestren su valor y su habilidad en el cumplimiento de las órdenes que reciben. Muchos generales han sido entrenados para la batalla enfrentándose a las bestias del campo.

De modo que aquélla era la versión mongol de los campos de entrenamiento de Eton.

Un sirviente se acercó a nosotros y nos entregó un morral de cuero que contenía carne seca, frutas y un frasco de plata lleno de vino que Ogotai compartió conmigo sin interrumpir su marcha. Los animales se escabullían, saltaban y corrían ante nosotros formando círculos entre la hierba, y su confusión y terror iban en aumento con el inexorable avance de nuestros caballos.

Cuando Ogotai apuraba la última gota de vino sosteniendo en lo alto el frasco de plata y echando atrás la cabeza, surgió un jabalí detrás de un matorral que embistió ciegamente hacia nosotros. El Gran Kan no podía verlo, pero su caballo, que sí había advertido su presencia, relinchó salvajemente y se encabritó con riesgo de derribar de la silla al jinete, si no se hubiera tratado de un mongol.

Al Gran Kan se le soltaron las riendas, que apenas sostenía con la mano izquierda, y el frasco de vino voló por los aires, aunque logró asirse a las crines del caballo y mantener el equilibrio.

Distinguí todo aquello de reojo porque centraba toda mi atención en el jabalí. Sus ojos estaban enrojecidos por el odio, su boca entreabierta babeaba y los colmillos de la bestia brillaban como dagas gemelas respaldadas por su cuello fuerte y musculoso y su recio y sólido cuerpo erizado por la furia.

Mi caballo había girado en redondo alejándose de Ogotai y tratando de evitar la acometida del jabalí, lo que me impidió ensartarle con mi lanza en el momento en que arremetía contra la montura del Gran Kan.

Sin pensarlo un instante, salté de mi silla, desenvainé la daga que llevaba en el cinto y la clavé en el flanco del animal como un defensa de rugby tratando de detener violentamente a un delantero contrario. La bestia y yo rodamos por el suelo. El animal chilló y se retorció al sentir mi daga en el costado, al tiempo que yo le rodeaba el cuello con los brazos. A mi alrededor distinguía el ruido de cascos de caballo, pero ignoraba si se trataba del mío o del que montaba Ogotai. Recuerdo que mientras me revolcaba por el suelo luchando con el enloquecido jabalí pensaba en lo ridículo que sería perecer víctima de una coz.

Por fin la bestia se estremeció y quedó inerte. Arranqué con esfuerzo mi daga de su cuerpo, me puse en pie lenta y vacilantemente y me encontré rodeado por una docena de mongoles que empuñaban sus lanzas y espadas disponiéndose a atacar al animal ya muerto. Detrás de ellos se veían otros guerreros también a caballo que apuntaban con sus flechas al jabalí, entre los que descubrí a Ogotai.

Durante unos momentos nadie pronunció palabra. Estuve escupiendo hierbas y barro por la boca y la nariz. Me dolía el hombro pero, por lo demás, parecía encontrarme perfectamente.

—Hombre del oeste —dijo Ogotai desde su silla—. ¿De ese modo cazáis jabalíes en tu país?

Aquellas palabras provocaron las risas de todos y dieron Pin al momento de tensión. Yo me uní a ellos sintiéndome repentinamente ridículo: si hubiera sido mejor jinete habría alcanzado al animal desde mi montura. Ogotai tenía razón, me había enfrentado con él del modo más difícil.

Monté nuevamente en mi caballo, que me devolvió un criado. Kassar me sonrió sin alegría: el lobo que había matado estaba atado detrás de su silla de montar. Como los sobrinos de Ogotai ya habían regresado, me dirigí al lugar que había estado ocupando entre ellos y Kassar.

—No —dijo Ogotai—, quédate aquí, a mi lado. —Y cogiéndome del brazo añadió—: Cabalgarás junto a mí por si encontramos más jabalíes.

Incliné la cabeza reconocido y me volví hacia Kassar con una sonrisa de suficiencia a lo que me respondió frunciendo el entrecejo.

Al igual que las amistades que se forjan en el ardor de la batalla, los lazos que nos unían a Ogotai y a mí se hicieron aquel día más firmes y perdurables. Cabalgamos juntos durante el resto de la jornada y, al final, en el terrible día de la carnicería, cuando matamos ininterrumpidamente a nuestras víctimas hasta que nos sentimos embriagados por el delirio de la sangre, no nos separamos ni un instante.

Al regresar a Karakorum marchábamos uno junto al otro. Detrás de nosotros se extendía una columna de más de un kilómetro de longitud formada por guerreros a caballo y carros tirados por bueyes cargados de caza, con toda clase de animales, desde ardillas a ciervos, jabalíes y lobos. Ansiaba ver a Agía, explicarle todo lo sucedido durante la expedición y estrecharla de nuevo entre mis brazos para sentir el contacto de su cuerpo.

A medida que nos acercábamos a Karakorum, Ogotai se volvía taciturno y sombrío. Parecía como si sufriera algún dolor, y cuando ya comenzaban a distinguirse las nubes de polvo de los corrales y caballerizas que anunciaban las proximidades de la ciudad, era evidente su estado pesimista y depresivo.

Comencé a pensar en Ahrimán y me sentí tan alicaído como él. Durante más de una semana ambos habíamos olvidado nuestros problemas escapando como niños que juegan a hacer novillos, pero cuando llegásemos a la ciudad tendríamos que enfrentarnos nuevamente a ellos.

—Mi señor —dije obligando a mi caballo a aproximarse tanto al suyo que casi se tocaron—, ha llegado el momento en que luche contra Ahrimán.

—¿Qué te propones? ¿Matarlo?

—Debo hacerlo.

Ogotai movió negativamente la cabeza.

—No, no permitiré que se derrame más sangre, ni siquiera en tu caso, amigo del oeste. Ahrimán tiene un lugar en Karakorum como todos los demás.

—¿Estás sometido a sus cuidados? —le pregunté.

No demostró ninguna sorpresa al verme enterado de los servicios que le dispensaba el Oscuro.

—Me facilita un somnífero, nada más.

—¿Has pensado que acaso se proponga ayudarte a dormir para siempre?

—¿Un veneno? —preguntó Ogotai volviéndose en su silla con los ojos desorbitados por la sorpresa.

Luego se echó a reír sin responder a mi pregunta, se rió simplemente como si le hubiera contado algo muy divertido.

Su reacción me dejó desconcertado. Intenté seguir insistiendo en el tema, pero él ya lo había dado por zanjado al decidir que Ahrimán y yo no nos enfrentaríamos. Nos había tomado a ambos bajo su protección, por lo que nos veríamos obligados a suspender nuestras diferencias.

Por lo menos así lo creía yo mientras nos dirigíamos a Karakorum.

Casi anochecía cuando desmontamos de nuestras cabalgaduras en la vasta explanada que separaba el pabellón del Gran Kan del resto de la ciudad para descargar las toneladas de carne que transportaban los carros. Una muchedumbre se había congregado para recibirnos y profería exclamaciones de asombro ante la importancia de las capturas que habíamos conseguido. Ye Liu Chutsai se aproximó en seguida para informar al Gran Kan de los asuntos de Estado que tenía anotados en un pergamino, pese a que Ogotai aún no se había sacudido de sus ropas el polvo del camino.

Escudriñé entre la multitud sin encontrar ni rastro de Agía, por lo que supuse que estaría esperándome en casa. Ogotai me había obsequiado con el jabalí al que yo había dado muerte y sus criados lo estaban acarreando para despellejarlo y conservarlo. Su carne nos serviría de alimento durante muchas semanas.

Ahrimán no se veía entre la multitud, pero tampoco esperaba encontrarlo codeándose con la gente. Era una criatura que actuaba entre sombras y silencios: se reuniría más tarde con Ogotai, cuando casi todos estuvieran durmiendo.

Por fin, cuando el Gran Kan autorizó a sus compañeros de caza a que se retirasen, me despedí casi corriendo.

Llegué a casa y abrí la puerta esperando que Agía me aguardaría en el umbral.

Pero ella no estaba. La busqué en vano por las dos pequeñas habitaciones y comprobé que, efectivamente, había desaparecido.