Orión

Ben Bova · Capítulo 32 de 52

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Orión

Capítulo XXIX

El grano estaba ya tan crecido que me llegaba a los hombros; entre los componentes de todos los clanes aumentaba día a día la expectación y la impaciencia por cosecharlo.

Yo me mantenía distante: les había enseñado todo cuanto podía y estaba tan a la expectativa como ellos. Pero no porque aguardase el momento de cosechar, sino porque esperaba a Ahrimán. Sabía que él volvería, que estaba planeando atacar a aquellas gentes, a mí, a toda la futura existencia de la humanidad, y aguardaba con creciente impaciencia.

Registré minuciosamente todo el valle, busqué por las cuevas que se formaban entre los escabrosos peñascos tratando de encontrar al Oscuro, pero sólo logré descubrir culebras, murciélagos, frío, humedad y goteras. En una de las cuevas tropecé con un oso, que estuvo a punto de aplastarme el cráneo de un zarpazo con sus poderosas garras si no me hubiera agachado a tiempo saliendo a gatas de su guarida antes de que pudiera alcanzarme.

Sabía que él se encontraba allí, en algún lugar, aguardando a que llegara el momento oportuno, escogiendo el punto de ataque. Mi única alternativa era esperar. Ormuzd no volvió a aparecérseme para facilitarme más información, ni siquiera el insignificante consuelo de demostrarme que seguía existiendo y preocupándose de mi existencia. Me encontraba solo, instalado allí como una bomba de relojería escondida bajo tierra, aguardando a entrar en funcionamiento.

Ava se mantenía distante y cuanto menos coincidía con ella más veía a Dal, que acudía casi diariamente a mi cabaña. Al principio creí que estaba armándose de valor para provocar un enfrentamiento conmigo, pero paulatinamente, viendo cómo trataba de entablar conversación con aire vacilante e indeciso, comprendí que intentaba cobrar ánimos para abordar un tema que le resultaba mucho más difícil que emprender una simple lucha.

—El grano estará pronto en condiciones de ser cosechado —dijo un día, a última hora de la tarde.

Yo estaba sentado en el suelo, frente a mi cabaña, adaptando una nueva hoja de sílex a la empuñadura de piedra de mi cuchillo. Uno de los ancianos del clan, artista consumado, fabricaba instrumentos afilados de sílex, por lo que se le permitía seguir con el clan, aunque ya era demasiado viejo y lento para cazar.

Dal se sentó en el suelo, a mi lado, con una sonrisa forzada.

—Si durante dos días no llueve podremos cortar el grano.

—Tiene muy buen aspecto —dije.

—Sí.

Le observé inquisitivo.

—¿Qué te preocupa, Dal?

—¿A mí? ¡Nada! —repuso tan bruscamente que comprendí que estaba muy preocupado.

—¿He hecho algo malo? —le pregunté.

—¿Tú? ¡No! ¡Claro que no!

—Entonces ¿de qué se trata?

Trazó unas señales en el polvo con el dedo, como un escolar avergonzado.

—¿Se trata de Ava? —me interesé.

Me observó un instante, indeciso, y luego volvió a fijar la mirada en el suelo. Me puse en guardia.

—Se trata de ella y de las cosas que le has estado contando —repuso—. Ava opina que podríamos quedamos en este valle para siempre.

No respondí.

—Según dice, tú le has asegurado que deberíamos estabular los animales contra las rocas y quedamos aquí cuando vengan las nieves. —Se había expresado rápidamente, como si temiera interrumpirse—. Y también dice que la próxima primavera podríamos plantar las semillas del grano por todo el valle y conseguir unas cosechas tan abundantes como jamás se han visto.

Me dirigió una mirada acusadora.

—También te he explicado esas cosas a ti —repuse—. Os las dije a los dos.

Dal movió afirmativamente la cabeza.

—Pero ella te ha creído.

—¿Y tú no?

—Yo no sé qué creer.

Estaba sinceramente confundido.

—Es cierto que aquí estamos bien y que podríamos resguardamos en las cuevas cuando llegue la nieve. Mientras tuviéramos fuego encendido, podríamos refugiamos en ellas y mantenemos calientes y secos.

—Así es —repuse.

—Pero nuestros padres nunca hicieron algo semejante. ¿Por qué hemos de abandonar la existencia que ellos llevaron?

—Tus padres no siempre vivieron de ese modo —le dije—. Hace mucho tiempo tus antepasados vivían lejos de aquí, en un país donde siempre hacía calor y podían recoger los frutos de los árboles y llevar una existencia cómoda y feliz durante todo el año.

Su mirada revelaba claramente que no quería creerme.

—Entonces me pregunto por qué dejaron semejante paraíso.

—Fueron arrojados de allí por un cambio de clima —respondí—. Los árboles se secaron; el país cambió. Tuvieron que desplazarse a otro lugar y comenzaron a vagabundear como hacéis vosotros, en pos de los rebaños de animales.

—Pero su número es cada vez más reducido —dijo Dal centrando su mente en el presente y desechando antiguas leyendas que no creía del todo—. Cada año debemos desplazarnos más lejos y nos resulta más difícil cazar.

Hice un gesto señalando los campos.

—Aquí crece el grano espléndidamente y hay suficientes animales para alimentaros a todos vosotros si los estabuláis y aprovecháis sus crías. Si aprendéis a cuidar de ellos, suministrarán toda la carne, leche y lana que necesitan los clanes que se reúnen en el valle.

Estaba realmente perplejo. Era un problema demasiado arduo para él.

—El grano es bueno —admitió lentamente—, conseguimos excelentes alimentos de él y una bebida que te produce la sensación de estar volando.

Pan y cerveza, los dos elementos básicos de la agricultura. Me pregunté qué ofrecería mayor aliciente para Dal y llegué rápidamente a la conclusión de que la cerveza le parecería más importante que el pan.

—Entonces ¿por qué no quedarse aquí donde se cultiva tan excelente grano? Podéis almacenarlo en las cuevas una vez cortado. Y si lo cultiváis en bastante cantidad, incluso podréis alimentar con él a los animales que criéis.

Dal frunció profundamente el entrecejo y se preguntó en voz alta:

—Pero ¿qué harían los espíritus de nuestros padres si dejásemos de seguir las huellas de la caza? ¿Qué pensarían si renunciásemos a sus modos de vida?

Me encogí de hombros.

—Probablemente se alegrarían de que hubieseis encontrado un mejor modo de vida.

—Los ancianos dicen que si nos quedamos aquí todo el año el grano no crecerá.

—¿Por qué?

—Su espíritu se agostará si vigilamos constantemente los campos.

Me pregunté si los ancianos estarían intuyendo oscuramente la idea de contaminación ambiental.

—El grano crece con tal de que brille el sol y caiga la lluvia. Todo es completamente natural y sucederá lo mismo tanto si estáis aquí vigilándolo como si no.

—Cazar es bueno —murmuró Dal—, constituye nuestro modo de vida.

«Y yo voy a destruir ese modo de vida y convertiros en granjeros». En el fondo de mi corazón comprendía que su instinto le impulsara a apartarse de las nuevas ideas que yo había infiltrado en su mente. Durante miles y miles de generaciones los seres humanos habían sido cazadores: su mente y su cuerpo estaban conformados para la caza y habían constituido sus sociedades en torno a ella. Y, de pronto, yo les proponía que vivieran existencias más cómodas renunciando a su medio de vida, dedicándose a la agricultura y a la ganadería. Evidentemente la agricultura sería el primer paso que daría la humanidad hacia el absoluto dominio del planeta, pero tendrían que renunciar a la existencia «natural» que llevaban, tendrían que perder su libertad, la rudimentaria democracia en la que todos los miembros del clan tenían iguales derechos y obligaciones.

Por un instante me pregunté si les estaría haciendo algún bien, pero luego comprendí que no se trataba de elegir entre distintos estilos de vida: la alternativa radicaba en dedicarse a la agricultura o abocar en la posible extinción de la especie. Tendrían que pagar un duro precio por su supervivencia, pero se trataba de pagar aquel precio o morir.

Me preguntaba si aquello formaría parte de los designios de Ormuzd. ¿Tendría algún plan formado o habría decidido simplemente mantenerse a salvo del Oscuro a costa de lo que fuese? Mientras seguía allí sentado estudiando el rostro de Dal, intensamente concentrado por las dudas y la preocupación, me sentí impulsado a decirle que olvidase el asunto y siguiera viviendo como siempre lo había hecho. Pero entonces recordé al muchacho que había muerto de una simple infección, pensé en cuán delgados y harapientos estaban mientras perseguían las piezas de caza y vivían de cuanto podían capturar en cada jornada. Recordé que la mayoría se consideraban ancianos a una edad en que aún serían jóvenes en épocas posteriores y comprendí que su existencia cazadora les permitía simplemente mantenerse en un estado que rozaba constantemente los límites del exterminio. Ahrimán no tendría que esforzarse mucho para acabar con la raza humana.

—Es cierto que la caza ha constituido vuestro modo de vida —dije a Dal —, y es un sistema muy conveniente para vuestro clan, pero no es el único ni el mejor.

No parecía convencido y sí muy preocupado. Dal era un hombre honrado y sincero. No sabía qué creer y era demasiado responsable para tomar una decisión sin estar totalmente convencido.

—Ava desea quedarse —murmuró—, pero los ancianos dicen que no debemos hacerlo.

Apoyé una mano en su hombro.

—Habla con el clan, dirígete a toda la gente que ha venido al valle y explícales lo que os he dicho. Si quieres, también yo les hablaré informándolos de cómo crece el grano. Los espíritus de vuestros padres no se enfadarán con vosotros: se sentirán muy satisfechos de que hayáis mejorado vuestro sistema de vida.

Sonrió débilmente.

—¿De verdad crees que estarán contentos?

—Estoy seguro de ello.

Se levantó y estiró sus agarrotadas piernas. Hizo una señal de asentimiento con la cabeza y me dijo:

—Hablaré a los clanes y les contaré lo que me has dicho.

Se sentía aliviado por no tener que tomar aquella decisión. Sometería el asunto a votación y se liberaría de la carga que pesaba sobre sus hombros, o por lo menos así lo creía.

Pese a que aquellos reducidos grupos neolíticos contaban con menos de cien adultos, hubieron de transcurrir tres noches antes de que Dal lograra reunirlos a todos para dirigirles su exposición.

Yo me quedé fascinado viendo funcionar aquella primitiva burocracia. Los miembros de cada clan tuvieron que discutir entre ellos la idea de tal reunión, mientras que los ancianos se extendían detallando minuciosamente cómo se habían desarrollado semejantes conferencias en el pasado, qué lugar debían ocupar sus clanes en relación con los restantes, quién sería el responsable de encender el fuego y quiénes hablarían y en qué orden.

Para aquella gente al parecer tan sencilla, la ocasión de reunirse con sus semejantes era un acontecimiento, un espectáculo, así como el importante momento de tomar decisiones, y disfrutaban con los detalles y los preparativos preocupándose por el protocolo por el mero deleite y excitación de tener algo en que ocuparse.

Al final todos se reunieron en torno a una enorme hoguera central que había sido dispuesta en las proximidades del lugar donde estaba instalado el clan de la Cabra. Los ancianos de cada grupo pasaron las primeras horas de la noche relatando una vez más sus anécdotas más importantes, estableciendo cada uno de ellos la historia de su clan y su importancia mediante monótonas leyendas que cuantos se habían reunido en lomo al fuego conocían de memoria, palabra por palabra, pero todos permanecieron inmóviles escuchando pacientemente aquellas historias de monstruos, héroes, dioses, doncellas, valor y astucia, y parecían disfrutar enormemente, por lo menos como cualquier familia del siglo XX disfrutaría pasando una velada ante el televisor.

Por fin tuvo Dal ocasión de formular su propuesta a la multitud allí reunida. Había oscurecido totalmente y la noche estaba muy avanzada. Pese al resplandor del fuego podían distinguirse en el firmamento las estrellas que anunciaban el otoño. Mi constelación homónima, Orión, ascendía sobre un horizonte que se recortaba como los dientes de una sierra, mirando hacia mí. Me parecía distinta de como la había visto en otras épocas, aunque fácilmente reconocible. Estaba algo ladeada y eran cuatro las estrellas que brillaban en su cinturón en lugar de tres.

Aunque Dal no era orador, expresó en términos claros y sencillos la propuesta de permanecer en el valle durante todo el invierno, algo vacilante e indeciso, pero exponiendo la idea básica de estabular los animales contra las rocas y sacrificarlos de acuerdo con las necesidades en lugar de darles caza, y alimentarse con el grano que crecía en el valle e incluso cultivarlo más extensamente de como crecía de modo natural.

Los allí reunidos le escucharon pacientemente sin interrumpirle, aunque advertí que muchos ancianos movían dubitativamente la cabeza haciendo oscilar al unísono sus grises barbas.

—Y si queréis más información —dijo Dal finalmente—, Orión os la dará con mucho gusto. Ante todo debo haceros constar que todo ha sido idea suya.

Un coetáneo de Dal que pertenecía al clan del Lobo se puso en pie bruscamente.

—No tenemos intención de instalamos en un lugar de modo definitivo. Los espíritus de nuestros padres proveen por nosotros cada año. ¿Cómo podrán preparamos el grano si nos quedamos vigilando constantemente? Los espíritus se marcharán y el grano morirá.

Dal, incómodo, se volvió hacia mí. Yo estaba sentado en un extremo de la zona ocupada por el clan de la Cabra, en un lugar casi aislado entre varios clanes. Me levanté y di un paso adelante acercándome al fuego para que todos pudieran verme. Quería que comprobaran por sí mismos que, aunque fuese un extraño, era un hombre y no uno de los monstruos armados hasta los dientes que los ancianos habían mencionado anteriormente.

—Soy Orión —dije—, un recién llegado a esta parte del mundo. Cazar me gusta tanto como a cualquiera de vosotros, pero sé que existe un mejor sistema de vida, un modo que nos aportará a todos mayor placer y comodidad y que nos permitirá alimentamos durante todo el año. Los niños estarán sanos y robustos incluso entre la nieve y los fríos del invierno. Todos seremos capaces de…

Repentinamente me vi interrumpido por unos alaridos espeluznantes que interrumpieron el silencio nocturno mientras que a nuestro alrededor comenzaban a brotar llamaradas.

Los presentes huyeron en desbandada. Una lanza chocó en el suelo, cerca de mis pies. Gritos y alaridos brotaban por doquier mientras hombres y mujeres caían al suelo atravesados por las lanzas. La hoguera silbaba a causa de las salpicaduras de sangre. Aterrados, corrieron todos a refugiarse en sus cabañas. Pero Dal no se dejó arrastrar por el terror.

—¡Están quemando el grano! —rugió—. ¡Coged vuestras armas!

Entre las vacilantes llamas distinguí a unos hombres desnudos, con los cuerpos horriblemente pintados, que se abalanzaban hacia las cabañas. Algunos empuñaban antorchas encendidas; otros enarbolaban lanzas.

—¡Son demonios! —gritó Ava.

Realmente, tal como iban pintados y con los reflejos que producían las llamaradas en sus brillantes cuerpos, no parecían seres humanos.

Dal arrancó una lanza del cuerpo de un compañero caído y corrió hacia uno de aquellos guerreros. Ava se lanzó tras él, recogió otra lanza del suelo y acudió a su lado. Otro proyectil pasó silbando sobre mi cabeza. Tres de aquellos extraños guerreros irrumpieron en una de las cabañas y desde ella nos llegaron alaridos de terror.

Todo sucedió en pocos segundos. Corrí hacia mi cabaña, derribando a dos enemigos que trataban de detenerme y tomé mi arco y un puñado de flechas. En el exterior seguían oyéndose gritos y sollozos y la voz de Dal clara y dominante, que sobresalía entre el estrépito y la confusión de la batalla.

Cuando me agachaba para salir de mi cabaña, un guerrero con el cuerpo pintado se abalanzó sobre mí apuntando contra mi pecho con su lanza. Me aparté a un lado y le asesté un golpe mortal en la nuca que lo derribó en el suelo. Salté sobre su cuerpo, salí al exterior y me encontré entre el ardor de la batalla, multiplicados mis reflejos por la excitación, despiertos y aguzados todos mis sentidos en su más alto grado. Sentía una salvaje alegría: la espera había concluido, se había iniciado la batalla.

Dispuse una flecha en mi arco y la disparé contra el cráneo de un enemigo. Dal y Ava estaban a mi derecha y se valían de sus lanzas para repeler la agresión de cuatro guerreros. Derribé a uno de ellos mientras Dal destripaba a otro. Ava hincó la rodilla en tierra enfrentándose a otro enemigo, a quien ensartó por debajo. El hombre se derrumbó sobre ella, pero la muchacha logró liberarse inmediatamente de su carga, arrancó su lanza y se sumó nuevamente a la lucha. Por entonces yo había atravesado con una flecha el cuello del cuarto guerrero.

A la luz del fuego provocado en los graneros, pude comprobar que muchos miembros del clan yacían en el suelo, pero éramos muchos más los que seguíamos en pie, luchando. Los guerreros invasores estaban retrocediendo, arrojándonos sus antorchas para repeler nuestra persecución.

Preso de ciega ira me abalancé hacia ellos. Los perseguí rugiendo furioso y disparándoles mis flechas y, cuando las agoté, así una lanza de un enemigo caído y cargué contra ellos desahogando toda la furia que se había acumulado en mí. Derribé al primero que se interpuso en mi camino de un lanzazo oblicuo contra su cráneo, usando el arma como una barra. A mi lado surgió otro guerrero, al que clavé el arma en los intestinos. Se la arranqué del cuerpo entre sus alaridos de dolor y acuchillé a un tercero en el rostro.

Me había parecido que transcurría más tiempo, pero al cabo de unos segundos mi lanza estaba totalmente ensangrentada y me resbalaba de la mano aunque que yo seguía utilizándola contra todo aquel que quedaba a mi alcance. Los restantes guerreros huyeron con ojos desorbitados por el terror, pero seguí persiguiéndolos, matando a uno tras otro a medida que les iba dando alcance. A mi espalda se oían los gritos de Dal y sus compañeros.

Estuve persiguiéndolos en su retirada hacia las distantes rocas: sin duda trataban de guarecerse en las cuevas allí existentes. Uno de ellos tropezó y cayó delante de mí, le atravesé con la lanza y le hice morder el polvo. Mientras exhalaba su último suspiro, arranqué el arma de un fuerte tirón y reanudé la persecución.

Los invasores se habían diseminado en todas direcciones arrojando sus lanzas por el camino, en un intento desesperado de escapar de mi sangrienta ira. Reduje la marcha y me volví. A lo lejos, Dal y los nuestros habían concentrado sus esfuerzos en el fuego que los invasores habían provocado en los campos de trigo. Descubrí que Ava, sucia de sangre de sus enemigos, agitaba triunfante los brazos sobre su cabeza instándome a regresar.

Pero seguí adelante, dirigiéndome hacia aquellas cuevas en las que sabía acechaba Ahrimán. Era él, nadie más que el Oscuro, quien había organizado aquella incursión. Sabía que él tenía que estar allí y avanzaba inexorable en su busca, con las manos ya empapadas en la sangre de sus cohortes. Corría como un autómata, locamente, acosando al Oscuro, ansiando con todas las fibras de mi ser sumar su sangre a aquella que ya oscurecía mi lanza.

Al pie de los peñascos reinaba la oscuridad, ni siquiera llegaba el resplandor que proyectaban las llamas del campo, pero entre el silencio y las tinieblas, donde ni siquiera se dejaban oír los insectos ni las bestias nocturnas asustadas por el estrépito de la lucha, percibí la respiración y el tenue rumor de pisadas sobre el duro suelo.

Comprobé que tenía tres enemigos a la izquierda que aguardaban para atacarme y otros dos a la derecha dispuestos a rodearme y hacerme caer en una trampa.

Avancé como si ignorara su presencia, pero en el instante en que saltaban hacia mí, giré en tomo y barrí sus piernas con mi lanza como si fuese una guadaña y derribé a tres de ellos. Mientras caían en confuso montón enarbolé la ensangrentada arma en la mano derecha y arremetí contra el más próximo de los otros dos que estaban a mi espalda. El impacto que produje en su pecho fue más sonoro que el breve gemido de agonía que profirió cuando caía mortalmente herido. Rematé apresuradamente a los tres que estaban en el suelo con las manos desnudas y el único guerrero superviviente huyó tratando de ponerse a salvo.

Me apoderé de tres lanzas de mis víctimas y me dirigí hacia la cueva más próxima. No podía adivinar si Ahrimán estaría allí, pero estaba seguro de que le encontraría.

La cueva estaba oscura como boca de lobo, ni un solo rescoldo iluminaba sus insondables tinieblas, mas, sin pensarlo un instante, me adentré en ella enardecido por una furia cegadora.

Me salvó la vida el gruñido del oso que allí moraba. Si la bestia hubiera estado tan resuelta a matar como yo, habría esperado a tenerme a su alcance y entonces me hubiera aplastado con sus poderosas garras, pero era sólo un animal que defendía su guarida; no tenía el maligno odio que alimentan los seres humanos. Antes de atacarme, lanzó un gruñido que me puso sobre aviso. Me abalancé contra él empuñando las tres lanzas y tuve la fortuna de alcanzarle el corazón o los pulmones. Una de las armas se quebró en mis manos, pero las otras dos se hundieron en su cuerpo y el animal murió lanzando un espantoso alarido de agonía.

De pronto se enfrió en mí el ansia asesina. Estaba empapado en sudor, cubierto de sangre de los pies a la cabeza, temblando por el agotamiento físico y las emociones experimentadas. Matar a otros seres humanos no había significado nada para mí, pero sacrificar a aquel oso había apagado toda mi furia. En la profunda oscuridad de aquella cueva, me dejé caer en el suelo con las manos en las rodillas, jadeando y casi llorando de vergüenza y pesar.

Durante varios minutos permanecí en aquella posición. Poco a poco recobré las fuerzas y con ellas mi resolución. Ahrimán estaba allí, lo sabía, podía sentirlo. Aquel oso debía de haber sido una de las defensas que utilizaba contra mí, como en otro tiempo había usado a las ratas en una cueva artificial para matar a la mujer que amaba.

Arranqué una de las lanzas del cuerpo inmóvil y aún caliente del oso y pasando sobre su cadáver avancé a tientas en las sombras cada vez más intensas de la húmeda cueva. Aunque en aquella negra sima resultaba inútil la visión, mis restantes sentidos estaban totalmente despiertos y aguzados hasta el límite de sus posibilidades.

Pero, al igual que no podía distinguir nada, tampoco percibía ningún sonido, salvo mi desacompasada respiración y el rumor casi imperceptible de mis pasos. Deslicé una mano por la áspera pared mientras con la otra seguía empuñando la lanza y avancé cautelosamente tanteando como un ciego en la oscuridad en busca del enemigo que, estaba seguro, me estaría acechando.

El repentino resplandor de una luz cegadora me dejó paralizado. Y seguidamente me sumí de nuevo en las sombras a consecuencia de un terrible impacto que recibí en la cabeza.