Cova Dónnica
Capítulo VIII
Al despuntar el alba, los martillos resonaban en la armería del palacio de al-Hurr. Decenas de herreros se afanaban en los yunques para dar forma al acero. Fruela observaba las espadas de hoja recta y doble filo cuando se topó el sāhib al-shurta. Un moro espigado, de nombre impronunciable, con la piel azulada donde los tatuajes le adornaban el rostro, le salió al paso.
—Necesito mi scrama —le dijo Fruela.
—No puedes ir armado.
—El qumis de Qurtuba me ha invitado a la cacería. ¿Cómo podré cazar sin armas?
De mala gana le entregaron el cuchillo, un arco de fresno y un carcaj con media docena de flechas ajadas. Los mozos de cuadra le devolvieron la montura, después se reunió con Sisberto y su cortejo de aduladores en la entrada del palacio. Cincuenta jinetes atestaban las calles junto a la legión de monteros que conducía una jauría de sabuesos y alanos. Al verle llegar armado de esta suerte, los sarracenos le señalaron entre chanzas. La reputación se obtenía abatiendo fieras a caballo con armas enastadas, el arco se empleaba para abatir presas apostado. Algo propio de pecheros.
—Hace un día espléndido —le dijo el witizano—. ¿No te encanta el olor de la tierra húmeda?
—Mi tierra siempre está húmeda —comentó el norteño.
Un agareno comentó algo y el resto estalló en carcajadas.
—¿Que ha dicho? —inquirió Fruela.
—«Igual que vuestras mujeres» —respondió Sisberto, y al escuchar el soplido del cuerno, añadió—: Debemos partir.
Los monteros tomaron las lanzas, el cuero gimió cuando cincuenta hombres saltaron sobre las sillas de montar. Recorrieron las calles de Qurtuba en una columna hasta cruzar la puerta norte y atravesar las feraces haciendas de la aristocracia árabe. Fruela admiró la maestría con la que los sarracenos guiaban sus monturas, y reconoció el cuidado que todo guerrero confiere a las armas y los atalajes.
La columna de jinetes ascendió por la sierra a través de una senda perdida entre quejigos. Al percibir un rastro, los perros que encabezaban la marcha tensaron las correas para ladrar hacia el robledal. A una orden del valí, soltaron los sabuesos en la entrada a la espesura. Los monteros empuñaron las lanzas y picaron espuelas para cabalgar tras ellos.
—Buena suerte, norteño —se despidió un muladí—. ¡A ver si atrapas alguna liebre!
Sisberto marchó al galope junto al resto de nobles, y Fruela descabalgó y ató la montura bajo la sombra de una encina. Oteó la sierra y comenzó a trepar por aquel terreno bravío y boscoso, inaccesible a caballo. Se detuvo para contemplar el paisaje una vez que alcanzó el collado.
Después de las últimas lluvias, los animales dejaban un rastro visible. En la cresta descubrió una sucesión de pisadas, las pezuñas hendidas y alargadas de un ciervo. Las huellas delanteras de los machos son más grandes que las posteriores, y están muy separadas…, aunque también sucede cuando el animal corre. No, los dedos laterales sólo se marcan si el venado trota o en terreno blando, y no era el caso. A juzgar por el tamaño, se trataba de un ciervo de al menos quince puntas, un trofeo digno de un príncipe.
Siguió el rastro con la mirada hasta tan lejos como pudo: hierba aplastada, heces, tierra removida, salpicaduras de barro… Luego caminó en silencio, deteniéndose, de vez en cuando, para escrutar la espesura. Tarde o temprano, el ciervo tendría que recostarse.
Una hora después halló un lecho donde el animal había sesteado bajo una encina. Examinó el despuntado de los brotes tiernos de las ramas bajas, el estiércol del suelo, y se acomodó para almorzar. Le daría tiempo a su presa para que se olvidara de él. Estiró las piernas cansadas, engulló un
mendrugo, tomó un puñado de tierra empapada en orina de ciervo y se embadurnó la túnica. Tras revisar las saetas, encordó el arco. No era fácil acechar a un ciervo encamado, sorprenderlo mediante rastreo lo era aún menos, y debía acercarse a menos de treinta pies, el alcance efectivo del arco.
A mediodía reanudó la marcha. El rastro era visible, aunque ignoraba cuándo y dónde se detendría la bestia. Escaló un risco, buscando alguna fuente de agua en la otra vertiente, a sabiendas de que el venado tendría que abrevar.
Unas rocas sobresalían sobre el canchal y, desde allí, contempló el minúsculo valle. Vio un arroyo a un centenar de pasos, y, junto a él, pastaba un venado. Aún no había llegado el desmogue y las cuernas tenían al menos quince puntas. Apareció una cierva, y el macho trotó para olisquearle los cuartos traseros. La hembra no se mostró receptiva, saltó entre los matorrales y el venado siguió bebiendo.
El norteño depositó una saeta en el arco y descendió por la ladera.
Caminaba con cautela: cualquier gesto resultaría fatal. El viento soplaba hacia el norte, arrastrando su olor a la montaña. Escrutó la posible vía de escape del animal. Las flechas no matan de inmediato, hay que esperar a que la presa se desangre. Si un novato hiere a un venado y lo persigue, la bestia puede trotar durante una milla y acabar como carroña para los lobos.
Fruela tensó el arco y estudió el temblor de las ramas. El viento venía de frente, y la pendiente acortaba aún más el alcance. Alzó aún más la zurda para corregir el disparo. Admiró por última vez la belleza del animal y pisó algo blando. Bajó la vista y descubrió heces, varias huellas en el suelo, enormes, inconfundibles. Recientes. Siguió el rastro con la mirada hasta llegar a la arboleda. La brisa aún soplaba del norte, alejando su olor del encinar.
Resonaron unos ladridos, y el ciervo desapareció entre la espesura al paso de Sisberto y un par de criados. Desde lo alto, Fruela agitó las manos y señaló las jaras. Echó correr antes de que fuera tarde. En ese preciso instante, sintió el frescor de la brisa en la nuca, y casi pudo percibir cómo su olor era arrastrado hacia el bosque.
—¡Cuidado! —gritó.
Una bestia surgió de entre la maleza y cargó contra el primer caballo. La lanza del jinete se partió al clavarse en el lomo del animal, la montura se encabritó ante los rugidos. Sólo había algo más peligroso que un oso acorralado: un oso acorralado y herido.
El norteño disparó. La alimaña reaccionó como si le hubiese picado un tábano. Atrapó la pierna del jinete con las fauces y le descabalgó. De una dentellada, le arrancó la cabeza de cuajo. Sisberto trató de rejonear al animal. Los rugidos hicieron que el caballo se encabritara. El oso le dio un zarpazo y el witizano cayó desarzonado.
Fruela recogió la lanza. El oso bramó, colérico, cuando le hirió la moharra.
El montañés caminó hacia atrás. Sabía que, si le daba la espalda, estaría muerto. La bestia se alzó ante él, sobre las patas traseras, amenazador, mostrando los órganos vitales. Fruela arrojó el arma enastada con todas sus fuerzas. El hierro atravesó el pecho del oso, que cayó de bruces al suelo.
El norteño desenfundó el scrama, sin perder de vista al animal. Tendido sobre la hierba, Sisberto se aferraba una pierna. Un cadáver yacía junto al otro criado, que aún permanecía en pie, jadeante.
—Busca a los demás —le ordenó Sisberto—. Que traigan un galeno.
El montero se apresuró a obedecer. Fruela apoyó la espada en la roca. Los dos godos se observaron.
—Gracias —dijo el witizano—. Estoy… perdiendo facultades.
—El vino.
—Sí, bebo demasiado. —El pánico había despojado a Sisberto de su máscara de carisma impostado y, tras una larga pausa, avergonzado, añadió
—: Aquel día… en el lago. No me enorgullezco de lo que hice. Creíamos…
Mi hermano creía que, una vez muerto Rodrigo, los moros se marcharían tras saquear el reino.
La primera disculpa sincera desde el día en que se conocieron.
—Todos hemos cambiado. —El norteño asintió—. Hace seis años, habría ido a tu casa a matarte.
—Mis guardias habrían acabado contigo antes de que te acercaras diez pasos.
—Lo sé —dijo sonriendo.
Sisberto rio, el montañés ensanchó su sonrisa, y ambos estallaron en carcajadas. Las risas se fueron apagando hasta convertirse en un silencio inhóspito.
—Ayer dijiste que nunca fui altruista —masculló Fruela—. Tienes razón.
Creo que el hombre es por naturaleza egoísta y la caridad cristiana, sólo una elección. El verdadero altruismo supone que otro sea el protagonista de tu egoísmo, que tu instinto de supervivencia recaiga sobre otra persona. Y eso no es algo que se elija: sucede cuando tienes hijos.
El witizano bajó la vista y descubrió que Fruela aún sostenía el scrama. Sus ojos se encontraron, y Sisberto se dio cuenta de que estaba solo, en un paraje desolado, ante un demente con un cuchillo de caza.
La sonrisa de Sisberto se había esfumado. La de Fruela era la que se dedica a un pedazo de carne podrida.
—Tengo cientos de motivos por los que luchar —concluyó—. Casi tantos como para haber esperado seis años.
Las tinieblas habían devorado el bosque y un dosel de hojas muertas cubría los pies de los quejigos. Entre las sombras del ocaso, la anciana rebuscaba en los hierbajos agostados por la sequía. Su rostro, arrugado como una nuez, se iluminó al encontrar una rama reseca. La guardó bajo el brazo, y continuó recogiendo leña hasta llegar a un pedregal salpicado de arrayanes.
Hacía frío en los montes Marianos, la ubérrima sierra de Corduba.
Caminó hacia el menhir con un haz de leña a la espalda. Allí descubrió a cinco jinetes armados con ropas de viaje, dos de ellos con loriga de malla.
El cabecilla, de cabello oscuro y barba poblada, desenvainó el arma al verla.
La anciana no pasó por alto la sangre en su túnica, el brillo del acero a la luz del ocaso; el bosque había enmudecido salvo por el lamento de un grillo solitario.
—Acompáñame —le dijo—. Iba a preparar un caldo.
El forastero hizo un gesto a sus hombres, y la siguió hasta una covacha oculta por un muro de mampuestos. Ató las riendas del caballo a las raíces de un acebuche. La vieja retiró el cuero que cubría la entrada y se despojó del manto. Lucía un vestido teñido de índigo junto con un tocado con hilo dorado en el borde, los cabellos blancos trenzados en un moño. Decenas de ídolos colgaban del techo rocoso.
—Por favor, siéntate.
El único lugar donde hacerlo era el suelo. La anfitriona descolgó la perola del lar y le llenó un cuenco con caldo. Una mueca afloró en la boca desdentada cuando contempló las manos del hombre.
—Has vertido sangre.
—Sí —respondió con acento norteño.
—Y pretendes verter más.
El visitante recordó a los tres centinelas a los que habían matado aquella misma tarde y tuvo que asentir. La anciana observó el crucifijo que llevaba al cuello.
—Soy cristiano, pero guardo rencor —admitió el norteño—. Estoy trabajando en ello. Mi nombre es Pelayo. ¿Quién eres?
—¿Quién estaría aquí, en este lugar desolado, recogiendo leña a medianoche?
El forastero centró su atención en el cayado que la mujer sostenía en la diestra, los anillos de plata en sus dedos, el escaño labrado con símbolos arcanos. El aire estaba cargado de humo de adormidera, y, en los cuencos de cobre, reconoció albayalde y semillas de beleño. Suficiente ponzoña como para acabar con toda una aldea.
—¿Una seeress?
—A veces me han llamado así. —Asintió solemne—. Yo soy el mito. Soy la mentira que dice la verdad.
—Cuentas historias.
—Relatos sobre lo que ha sido y lo que será —declaró la anciana—. Son la penúltima verdad, pues la que existe más allá no puede expresarse con palabras.
El viento silbó tras la puerta, avivando las llamas.
—¿Acaso el poder reside en las fábulas? —le espetó el norteño.
—Tu guerra contra el califato no se librará con espadas —dijo la vidente, como si se compadeciera de su incredulidad—. Necesitarás un relato que pase de boca en boca y convenza por sí solo.
El norteño cabeceó una negativa.
—Hay trescientos mil muqātila en el Imperio islámico. No existe mayor poder sobre la tierra.
—Sí que lo hay —afirmó la vidente—. Establecer qué es verdad y qué es mentira, quién es amigo y quién enemigo. Ese poder reside en las palabras.
—Ese poder desafía a la razón.
—Antes de que Mahoma predicara su fe, los árabes sólo eran nómadas del desierto. Nada les servía de morada salvo la tierra desnuda. Hasta que Él les mostró la religión verdadera. Desde entonces, su destino ha sido gobernar el
mundo y convertir a todos los hombres en siervos de Alá. ¿Puedes concebir una historia más poderosa que esta?
El norteño asintió al entender su argumento.
—Un mito fundacional.
—Para derrotar al imperio más poderoso de la tierra y desafiar al pueblo elegido por Dios, debes construir una epopeya. Cualquier historia que revele que vuestro destino es reconquistar Spania resultará más cierta que el saberse indefensos ante trescientos mil hombres armados. —La profetisa arrojó un puñado de huesecillos al suelo—. Pero el precio que deberás pagar será muy alto.
El montañés rebuscó en la alforja.
—No hablo de oro —le advirtió la anciana.
—¿Mi alma?
La seeress observó con tristeza el semblante de su invitado.
—Últimamente no trato con almas. Son cosas baratas que a nadie le importan. Tú ni siquiera crees tener una, ¿verdad?
—No. —El guerrero se encogió de hombros—. Pero eso no es asunto mío, sino tuyo.
—¿Ves a qué me refiero? Si tu alma significa tan poco para ti, ¿qué haría yo con ella? —La anciana sonrió, luego sacudió la testa—. No. En estos días, las almas no valen gran cosa. Se lo dije al caudillo moro de ojos zarcos.
—¿Conociste a Tāriq?
—En la sierra de Julia Traducta —dijo la anciana—. Predije su victoria gracias a un lunar en el hombro. Puedo hacer lo mismo por ti…, pero requiere un sacrificio humano.
El guerrero sintió un nudo en el pecho, el aire viciado le impedía pensar con claridad.
—¿Debo matar a alguien?
—Un sacrificio supone darles algo a los dioses para que te otorguen otra cosa a cambio. Esa ofrenda puede ser una vida, pero sólo se sacrifica aquello que se posee.
—¿La vida de un esclavo?
—No, la tuya. —La mirada de la anciana parecía atravesarle—. Un héroe ha de entregar su vida por algo más grande que él mismo.
—No soy ningún héroe. Ya fui derrotado en el pasado.
—El remordimiento es sólo una revelación que llega tarde. La valía de un hombre depende de cuánta verdad es capaz de soportar.
—¿Qué debo hacer para construir ese relato?
—Debes tomar la senda del héroe —replicó la anciana—. Toda gesta comienza con una llamada, y cuando creas que te encaminas hacia otro lugar, descubrirás que sólo has llegado al interior de ti mismo.
—¿Cómo hallaré mi camino?
—Si ves una senda ante tus ojos, sabrás que no lo es. —La sonrisa de la seeress mostró unas encías gastadas—. Tu camino lo crearás tú mismo a cada paso que des. Es momento de que empieces.
El norteño se levantó y retiró la piel de la entrada. El caballo pastaba entre la maleza, la senda apenas era visible entre la sierra.
—Pelayo… —le dijo la anciana—. Tener fe consiste en obrar como si Dios existiera, y ningún dios existe en un mundo de seres sin alma. Tarde o temprano, tu razón aceptará que es la razón, en sí misma, lo que atrofia tu voluntad.
El guerrero se reunió con sus hombres, extrañado ante aquel encuentro.
Había otra figura a la sombra del monolito, con la montura atada a las jaras, excavando en el suelo con un cuchillo. De la tierra extrajo un fardo alargado, apartó los pliegues del cuero para extraer una espada de empuñadura áurea que se ciñó a la cintura. Al girarse lucía una horrenda cicatriz en la mejilla izquierda.
—¿Y bien? —le preguntó Pelayo, tras saltar sobre el caballo.
—Y bien ¿qué? —dijo Fruela mientras montaba el semental tordo.
—¿Pudiste matar a ese bastardo? —El otro espatario tiró de las riendas, y Pelayo añadió—: Me encantaría estar ahí cuando Opas vea el rostro sin vida de su hermano.
—No podrá.
El astur bajó la vista hacia la saca que el otro llevaba colgada del arzón.
—Estás chalado —le espetó—. ¿Pretendes que crucemos Spania con eso?
—No, lo arrojaré en algún pantano.
—Señor —intervino Asterio—, estamos perdiendo un tiempo preciado…
Pelayo asintió y picaron espuelas, la noche los cubrió con su mortaja oscura.
Sahar hizo sonar el laúd, y sintió la suave vibración en lo más profundo de su pecho, discordante con los acelerados latidos de su corazón. Apoyó la espalda sobre el muro del zaguán y cerró los ojos, recreándose en el efímero sosiego que le transmitía el acorde. Hasta que una voz inquietantemente familiar le hizo abrirlos:
—Así que aquí es donde te escondes.
A contraluz, una figura de piel olivácea, de cabello negro y rostro severo, despiadado; la mirada desapasionada, el rostro afilado desprovisto de emoción. Un hombre hecho de sombras, un fantasma de saya negra y turbante escarlata sobre el cabello azabache. Sólo había un motivo por el que estaría allí, y ambos lo conocían.
—Por favor…, por favor —murmuró la chica, al ver cómo se acuclillaba ante ella. Los ojos de Alqama brillaron cuando se clavaron en los suyos, como dos fragmentos de hielo negro. El guerrero le acarició la mejilla y observó sus lágrimas. Sahar gimió, sorprendida, y él alzó los dedos, haciéndola callar con un gesto, y se lamió las yemas, para saborear su humedad.
—Deja de llorar. No son reales. ¿Lo ves? —dijo Alqama, y ella miró a través de las lágrimas—. No contienen miedo, desesperación. No me insultes con tus lágrimas falsas.
—¿Te ha enviado Bishr?
—Tu misión era vigilarle. Ganarte su confianza, informarnos si trataba de huir… —Alqama se acomodó en el suelo, sobre la estera, con las piernas cruzadas. La joven se obligó a permanecer inmóvil mientras él se despojaba del burnus y acomodaba sobre el regazo la espada que pendía del tahalí.
Una hoja mushrafī perversamente afilada.
—Ganarme su confianza —respondió Sahar con melancolía—. Dicen que no deberías hacer esto, a menos que puedas encontrar algo bueno en cualquier hombre. Yo siempre pude hacerlo… Todo hombre tiene su lado bueno.
—Excepto yo —murmuró Alqama.
—Tú no tienes compasión —dijo la yariya.
—Me gustan las mujeres como tú —replicó el caíd—. Las odian porque son mentirosas, de la peor clase. Permiten que un hombre crea que comparten algo íntimo con ellas. Son expertas en ese juego. En realidad, nadie es dueño de vuestro corazón, una piedra fría yace en vuestra alma. Una mujer
así es capaz de cualquier cosa. De cualquier engaño, de cualquier traición.
Ningún hombre está a salvo… Por eso me gustáis.
—Te gusta usar nuestro cuerpo. Es diferente.
—Eres demasiado lista, ¿lo sabes? —El guerrero sonreía—. Haces que disfrute de tu compañía.
—Como Sherezade.
—Sherezade, la gran superviviente. —Alqama extrajo el cuchillo de la funda—. Las palabras no te servirán conmigo. Cuando charlamos, sé que eres una persona. Escucho lo que dices y sé que hay un alma que forma las palabras; oigo el aire entrar y salir de tus pulmones, pero sólo veo carne.
Piel sobre músculo y huesos. Carne con la que jugar, darle forma con mi cuchillo. Reconoceré el lenguaje del dolor en tus gritos, mucho más real que tus palabras. Hablarás una lengua que comprendo y, entonces, tus lágrimas serán reales.
—Si me dejas vivir, haré lo que me pidas —suplicó la joven—. ¡Cualquier cosa!
—Pídeme que te mate.
—¿Qué…?
—Pídeme que te mate. —Alqama sonrió al repetir el acostumbrado ritual y, al saborear la desesperación de sus ojos, supo que accedería.
Retomaron la calzada que conducía a Emérita a través de Mellaria. Fruela, Pelayo y sus hombres cabalgaron a rienda suelta durante dos días, entre sierras y montañas, sin detenerse ni siquiera para dormir, hasta agotar a las monturas.
Al fin hicieron un alto al dejar atrás Metellinum, en un lugar apartado entre arbustos marchitos, y después marcharon al trote. El polvo del camino les cortaba el aliento, Carpetania se había convertido en un erial. Al devastar la
meseta, los sarracenos recorrieron los cursos fluviales, jalonados de aldeas y granjas, atraídos por la caza de hembras y el contenido de las iglesias. Los lugareños abandonaron sus hogares para buscar refugio en los montes, y después los vagabundos saquearon las ruinas. A su paso los jinetes sólo hallaron escombros. Los labriegos se alejaban en cuanto los veían, dejando sus enseres en los márgenes del camino.
—Nos temen —masculló Pelayo—, y de qué modo.
En los buenos tiempos, los aldeanos siempre mostraban desconfianza ante la presencia de guerreros, acostumbrados a los abusos de las tropas. Tras la conquista esa cautela se había transformado en pánico.
El camino daba un giro hacia poniente y se adentraba en un paisaje sin vida junto la ribera sur del Anas. Por más tentados que estuvieron de desmontar y empaparse el rostro, Pelayo insistía en seguir cabalgando.
—Reventaremos a los caballos —protestó Asterio.
—Al-Hurr habrá enviado emisarios a todas las guarniciones al norte del Betis —dijo Pelayo—. Ellos tienen caballos de refresco y sólo contamos con un día de ventaja. Si hacemos un alto, nos alcanzarán.
Para afianzar la conquista, los agarenos habían acuartelado tropas en enclaves fortificados llamados qilā, la mayoría antiguos castella o torres de vigilancia godos que dominaban calzadas, vados y pasos de montaña.
—Debemos abandonar el camino y marchar a campo través —dijo Fruela.
—Nos haría perder mucho tiempo —insistió el jefe astur—. Nuestra única baza es ser más veloces que los mensajeros que al-Hurr.
Al fin se detuvieron hacia la puesta de sol, en una granja abandonada junto al río. Los músculos de las piernas apenas respondieron cuando pisaron el suelo. Retiraron las sillas y los jaeces a las agotadas bestias, e incluso se atrevieron a encender un fuego. Pelayo ordenó repartir el grano entre los caballos, ya que lo necesitaban más que ellos. Pronto la ruinosa cabaña apestaba a leña, vino rancio y sudor. Los cinco guerreros se acomodaron en
el suelo, sobre las mantas, para mascar unas tiras de cecina sin pronunciar palabra. El caudillo astur extrajo una arqueta forrada de cuero rojo de entre sus pertenencias, y la acariciaba como si fuera una reliquia sagrada. Fruela bebía del odre con terca determinación.
—El vino no solucionará tus problemas —le dijo Pelayo.
—El agua tampoco.
Durmieron por turnos; la guardia de Fruela se hizo eterna. Los párpados le pesaban como losas de plomo y la noche resultaba incierta. En aquel páramo, la muerte podía esconderse tras el chasquido de una brizna de hierba seca. Una densa maraña de bruma cubría el río, la luna reflejada como un difuso disco de plata. El amanecer sólo les aseguraba el reanudar la marcha.
—Hoy llegaremos a Emérita y cruzaremos el puente —dijo Pelayo, al tiempo que ensillaba el caballo.
—Es una gran ciudad —razonó Fruela—. Habrá una guarnición para cobrar pontazgo. Con este aspecto no pasaremos desapercibidos. Si han llegado antes los emisarios de al-Hurr…
—¿De qué otro modo esperas cruzar el Anas?
Aún era primavera y los grandes ríos hispanos —el Anas, el Tagus, el Douros— bajaban crecidos. El castellum de Emérita controlaba el puente romano, y la ciudad se hallaba en el centro de una densa red de calzadas que confluían sobre él.
—Si el valí desea cortarnos la huida —dijo Fruela—, se habrá encargado de informar al gobernador de Emérita.
—Por eso debemos apresurarnos.
El sol lusitano comenzó a abrasar, el sudor les escocía en los ojos. Más allá del río, Emérita cobraba forma sobre el horizonte, la urbs regia del reino godo antes de que la capital se trasladara a Toletum. Podían distinguir el
enorme puente que cruzaba el Anas. En el camino descubrieron una lejana caravana de campesinos que transportaba sus enseres en mulas y carros, escoltada por jinetes armados. No tenían aspecto de moros o sarracenos, sino de bucelarios de algún magnate local.
—Se han detenido —dijo Asterio haciendo visera con la mano.
—Desconfían, creen que somos salteadores —murmuró Pelayo—. Quién puede culparlos.
Las sierras y los páramos estaban infestados de bandidos. Si tenías suerte, se trataba de campesinos y siervos armados con cuchillos; bucelarios y sayones sin señor, en el peor de los casos. Violadores. Asesinos. La única diferencia residía en las armas.
A medida que se acercaban, entre medio centenar de labriegos contaron hasta once hombres armados. Una parte de los guerreros se aproximó desde la zaga. Brazos fuertes, rostros barbados, ropa desteñida por el sol y panoplia bien engrasada.
Pelayo alzó la diestra para demostrar que no blandía ningún arma.
—Buenos días —les gritó—. Me llamo Balduino, y nos dirigimos al norte.
Les salió al encuentro un noble de mediana edad. Ojos porcinos, cabello rebelde, barba mal recortada. Lucía una elegante túnica que en su momento debió de ser púrpura, desvaída hacia un rosa pálido.
—Marcháis a paso vivo —les dijo—. Mi nombre es Turismundo y escolto a estos labriegos. ¿Qué os trae por aquí?
—Éramos bucelarios del obispo de Tucci… —mintió Pelayo—. Nuestro señor ya no requerirá nuestro servicio.
—Algo he oído —comentó Turismundo. Apenas un mes antes, el mitrado de la ciudad bética había sido crucificado por orden de al-Hurr tras negarse a facilitarle los censos.
—Regresamos a nuestra tierra —añadió el astur, y aquel noble menesteroso examinó su aspecto: seis hombres bien armados, de aspecto montaraz que cuadraba bien con la ralea de mercenario.
—Son malos tiempos para viajar solo —dijo al fin—, ya no hay ley en los caminos. Si no te acuchillan los bandidos, lo hará una partida de moros.
Nos dirigimos a Turgalium; cruzaremos el río por el puente de Emérita.
Podéis acompañarnos, si queréis.
—Aceptamos gustosos la oferta —dijo Pelayo.
Se unieron a la caravana de labriegos con los muebles, los enseres, los aperos de labranza a cuestas, todas sus posesiones andrajosas y ajadas. A su paso los niños los miraban como cervatillos asustados, y Pelayo les arrojó la última galleta que les quedaba. Turismundo no dejaba de observarlos.
—Desconfía de nosotros —protestó Fruela en voz queda.
—Es lo más sensato que puede hacer —murmuró Pelayo—. ¿No buscabas un modo de cruzar el puente? Ya lo tienes.
—Podrían delatarnos —insistió el cántabro—. Tu acento llama la atención.
—Yo no tengo ningún acento —gruñó el hombretón—, eres tú quien aspira las efes como un burro asmático. Aquí consideran norteños a todo el que vive más allá del Tagus. Sígueme la corriente y mantén la boca cerrada.
Trotaron por el margen de camino hasta la vanguardia, donde cabalgaba Turismundo.
—¿Cómo va todo por la Bética? —les preguntó con suspicacia.
—Los árabes se han apropiado de las mejores haciendas. No quedan señores cristianos a los que servir, sólo hay alquerías sarracenas. —Pelayo había pasado meses en Corduba, estaba bien informado; se percató de que el lusitano llevaba una mano de Fátima como amuleto—. ¿Sois mahometano?
—Siempre que convenga, lo cual significa que sólo cuando hay sarracenos
—respondió con sorna—. Me permite viajar sin necesidad de amán, mantener buenas relaciones en la corte… y tener tres esposas.
—Hay que adaptarse a la nueva situación —dijo Pelayo, decidido a darle la razón, aunque de su boca saliera un eructo—. Sois muy generoso al brindar vuestra protección a estos labriegos.
—Tengo una hacienda en Turgalium; allí estarán a salvo —comentó Turismundo—. Los moros recorren la campiña a su antojo, raptan a las mujeres y roban las cosechas con la excusa de tributos que jamás llegan a Qurtuba. Los campesinos sólo hallan seguridad tras los muros de las ciudades y en las haciendas de la nobleza.
—¿Las autoridades no hacen nada? —preguntó Pelayo.
—Los arrabales de Toletum, Emérita y Olisipo se están poblando gracias a ello. A los valíes les interesa, ya que asegura pecheros para la yizia.
—Vos también salís beneficiado —señaló Fruela, y el astur le dirigió una furibunda mirada.
—No hay mal que por bien no venga. —Turismundo se encogió de hombros—. La invasión agarena nos está proveyendo de braceros. Y
también necesito hombres que sepan usar las armas.
En la agonía del Imperio, la gente abandonó las ciudades para encontrar refugio en las grandes haciendas de la nobleza. Con el tiempo, aquellas suntuosas villas, decoradas con frescos y mosaicos, acabaron convertidas en ruinas; los peristilos en cuadras, los colosales triclinios en iglesias, las dependencias en cementerios. Los antiguos siervos se desperdigaron por granjas y aldeas en torno a los ríos y las antiguas calzadas. Esas comunidades rurales habían sido arrasadas y la gente, de nuevo, buscaba la protección de la aristocracia fundiaria.
—Os agradecemos la oferta —dijo Pelayo—. Debemos consultarlo con nuestras esposas, que nos aguardan en Pallantia. Supongo que lo entenderéis.
—No, yo nunca hago tal cosa. Con ninguna de las tres.
Desfilaron ante el miliario derruido que les daba la bienvenida a Emérita, por una calzada cada vez más transitada. Una guarnición mora controlaba el paso por el puente y un castellum adosado a la cerca de la ciudad lo hacía en la otra orilla. Junto a él se hallaba el puerto fluvial, por el que antaño llegaban mercancías de Oriente. Emérita preservaba buena parte de su pretérito esplendor; nuevas arcadas se añadieron al puente, dañado por las crecidas, y el acueducto había sido reparado. El rey Eurico y el obispo Zenón reforzaron las murallas romanas, se tapió un buen número de puertas para facilitar la defensa y, junto al río, un inmenso dique les servía de cimientos y protegía a la ciudad de las crecidas.
Durante seis meses Mūsà ibn Nusayr asedió la capital lusitana. La formidable cerca, de treinta pies de altura, permitió al duque Witérico organizar una obstinada defensa. Libró una batalla campal a una milla hacia el sur, después lideró una salida para tratar de romper el cerco. Ambas acciones fracasaron, y los árabes sufrieron un duro golpe moral cuando quisieron minar una de las torres y se hundió el entibado. La ciudad del Anas se vio forzada a capitular, no sin antes negociar un ventajoso acuerdo.
—Esconded los crucifijos bajo la túnica —masculló Pelayo a sus hombres.
A Fruela le pareció sensato imitarlos.
Viajeros, campesinos y urbanitas hacían cola para atravesar el puente después de entregar unos feluses al jefe de la guardia. Al ver a los soldados, Pelayo envolvió la arqueta roja con la manta y la ató firmemente a la silla.
Hizo un gesto a Fruela para que mantuviera la calma, y cabalgó a la par del noble lusitano.
—¿Cuánto es el pontazgo? —le preguntó.
—Venís conmigo —dijo Turismundo—, no tendréis que pagar.
El astur vio un centinela acercarse con paso autoritario, reconoció a un hawwāra y apretó los dientes. Conocía el modo en que los rangos intoxicaban el buen juicio, incluso a los pastores de cabras de la Tripolitania.
—As-salamu aláikum wa rahmatul-lah, habibi —dijo Turismundo.
—Cuida tu lengua, nazareno —le contestó el moro—. Si vas a rebuznar, hazlo en latín.
El aristócrata prefirió fingir que era una chanza. Aunque los maulas sólo fueran musulmanes de segunda, la posición de la nobleza andalusí dependía de su pertenencia a la nueva religión, y esta, a su vez, de abrazar la cultura árabe.
—Sin duda debo mejorar mi árabe. Aunque no soy cristiano, sino muslim, al igual que tú. Mi nombre es Turismundo, soy maula de los Banū Ru’ayn y tengo derecho de paso junto a mis hombres.
Ante la jactancia de incluirlos en su comitiva, Fruela comprendió la invitación del lusitano, quien deseaba presentarse ante los mahometanos con una escolta lucida. Algo que, en otras circunstancias, habrían rechazado, aunque en ese momento les convenía.
El hawwāra examinó la placa de plomo que le había entregado Turismundo, y observó uno tras otro a los bucelarios que le acompañaban, prestando especial atención a los norteños. Pelayo bajó la testa con humildad.
—Podéis cruzar.
Azuzaron a las monturas para cruzar el río. Las herraduras y el estridente chirriar de la madera seca resonaban en el empedrado del puente. Con una longitud de quinientos pasos, sostenido por sesenta arcos, había sido el más largo de todo el Imperio; la anchura bastaba para que dos carros se cruzaran.
—A este paso llegaremos a la otra orilla al anochecer —gruñó Fruela.
—Paciencia —le dijo Pelayo—. Todo va bien.
Se detuvieron en la isla fluvial, donde una construcción de sillares servía de tajamar, y tomaron el segundo tramo del puente. El fortín que defendía el
acceso por la ciudad estaba cada vez más cerca. Habría una veintena de hombres armados. En ese momento, la columna de marcha se detuvo.
—¿Qué ocurre? —dijo Pelayo.
—Durante el asedio de Mūsà —le explicó Turismundo—, los emeritenses derruyeron dos arcos del puente para impedir el avance de los árabes.
Para salvar el tramo derruido habían construido una plataforma de madera, sostenida sobre el basamento romano, que angostaba el paso, y había que hacer turnos para que cruzaran los carros. Un carruaje de madera fina con obra de mimbre había comenzado a avanzar lentamente por la precaria estructura. La frustración del noble lusitano, apenas contenida, se convirtió en ira al reconocer los símbolos en los adornos de plata.
—¿No deberíamos parar? —le preguntó un bucelario.
—¡No! —rugió Turismundo—. Seguid avanzando.
Espoleó al caballo; los labriegos y su séquito armado no tuvieron más remedio que seguirle, y las dos columnas se toparon en medio del tosco entarimado. El magnate lusitano hizo caracolear al caballo.
—¡Exijo que os retiréis del puente hasta que mi compañía lo haya cruzado!
El jinete que encabezaba la otra columna ignoró la orden, y una voz femenina surgió del interior del carruaje:
—¿Por qué nos hemos detenido?
—Disculpad, señora —dijo el bucelario—, unos hombres nos impiden el paso.
—Diles que se aparten.
El guerrero carraspeó, depositó la diestra en el pomo de la espada y se encaró a Turismundo.
—En nombre de Ragnahilda, la esposa del conde Waila, apartaos de nuestro camino.
El noble lusitano escupió a los cascos del caballo.
—Puede que sirvas a un conde —declaró con desdén—, pero yo soy musulmán y mi palabra está por encima de la de cualquier cristiano.
Contaré hasta veinte para que hagáis retroceder al carruaje. Si rehusáis, lo empujaremos al río.
El aludido calló, mirándole con ojos muertos. De nuevo escucharon la voz de mujer.
—¿Es que no se van a mover?
—Parece que no, señora.
La portezuela se abrió con brusquedad, y en el empedrado resonaron unos pasos airados. Vieron llegar a una dama, con una dalmática esmeralda y un velo de seda flameando a cada zancada. Pálida y hermosa, como si una estatua de los días antiguos hubiese cobrado vida.
—Bueno, bueno, bueno —dijo con sorna—. Si es Turismundo, mi antiguo pretendiente, ese tragavirotes que venía a cortejarme con un saco de higos y una mula vieja como dote… Venga, ya te hemos visto todos, cagalindes.
Apártate ante la condesa de Cauria.
El rostro del aristócrata enrojeció, nadie supo si de vergüenza o de furia.
Varios guerreros de ambos bandos se congregaron en torno a la pasarela.
—Muchas cosas han cambiado, Ragnahilda, lengua de víbora, la mayor meretriz de Lusitania. Ahora soy muslim y me he hecho un sitio en la corte de al-Hurr, el nuevo valí de al-Ándalus.
—El maula Turismundo, tercero en la fila para vaciar el orinal del nuevo valí de al-Ándalus. Siempre fuiste un donnadie rastrero, pero renegar de Cristo para cosechar mamandurrias es demasiado ruin incluso para ti.
—No sabes con quién hablas. —Turismundo hizo avanzar al caballo y los norteños miraron atrás: un grupo de jinetes árabes llegó al galope hasta el puesto de guardia y una aglomeración se formó en el puente.
—Pues nada, chirimbaina —exclamó Ragnahilda—. Llama a tus amigos los moros, esos que ahora hacen mofa a tu costa. Veamos si acceden a tus demandas.
—Señora —dijo su escolta—, por favor, serenaos.
La dama iba acompañada de una decena de sayones, que se veían superados en número por sus adversarios.
—Cierra esa letrina que tienes por boca —rugió Turismundo—, o yo mismo prenderé fuego a tu carro.
Advertidos por el tumulto, la guarnición mora trató de avanzar entre el atasco del puente.
—En este carruaje viajan mis cuatro hijos —declaró la condesa—. No permitiré que un mangurrián los amenace de este modo.
—Tus bastardos, querrás decir, oh, excelsa entre las putas. Dudo que haya dos que compartan padre.
La sonrisa de Ragnahilda se había desvanecido. Fruela se alzó sobre los estribos para mirar sobre la aglomeración en dirección a la orilla sur. A la cabeza de la guarnición mora distinguió el turbante rojizo de Alqama, su viejo conocido de Qurtuba. Los muqātila se abrían paso sin miramientos, arrojando al río a quien les estorbara.
—Este insulto no quedará impune —le espetó Ragnahilda con la voz emponzoñada—. Si no quieres retroceder, entonces Dios decidirá quién pasa por encima del otro.
—No… no me rebajaré a pelear con tus hombres —declaró Turismundo, con una sonrisa maníaca y confiada—. Mis manos estarán limpias de sangre.
A nadie le sorprendió aquella respuesta, ni que se girase hacia los norteños en busca de apoyo. Turismundo arrojó una bolsa de cuero al cántabro, que no hizo gesto de tomarla, y las monedas tintinearon por el suelo. Picó espuelas y se detuvo ante uno de los jinetes.
—Apártate. —El sayón percibió en la voz de Fruela la tranquilidad antinatural del guerrero veterano antes de matar, y tuvo el buen juicio de apartarse.
El cántabro hizo avanzar al caballo por el margen de la plataforma de troncos. Envalentonado ante la desunión de sus enemigos, el escolta de Ragnahilda tiró de rienda y extendió el brazo para sujetarlo. Un siseo metálico, un borrón oscuro y el bucelario se encogió de dolor donde antes estuvo su mano. Los estridentes chillidos sonaron a protesta, Mimung descendió de nuevo y el lamento quedó roto.
Después, se desató el infierno.
Pelayo casi fue derribado cuando otro bucelario le alanceó en el pecho. La cota de malla se hizo valer. La estampida de los caballos atronó en el entarimado e hizo vibrar el carruaje. Turismundo apuñaló al jinete que tenía ante él, los guerreros a sueldo comenzaron a acuchillarse. A sus espaldas, resonaban gritos en árabe. Una avalancha de labriegos aterrados impedía que Alqama pudiera avanzar. Los norteños cabalgaron a través del desorden, espolearon a las monturas, lograron superar el castellum cuando la guarnición se disponía a cerrar las puertas y galoparon por la calzada que discurría entre el río y la muralla de Emérita.
—¡¿Pero tú estás loco?! —gritó Pelayo.
—Debimos cruzar el río por otro lado —dijo Fruela.
Atravesaron los arrabales de Emérita, abandonados siglos atrás, por la calzada del norte. Nadie les salió al paso. La población malvivía intramuros, entre huertos, corrales y descampados. La Vía de la Plata corría junto a un embalse que abastecía de agua a Emérita, creado por un enorme dique de mil cuatrocientos pies. A medida que los caballos se agotaban redujeron el trote hasta detenerse cerca de las ruinas de Norba.
Tras descabalgar, los norteños se dejaron caer en el polvoriento suelo.
Fruela se sentó, jadeando, con la cabeza hundida entre las piernas.
—Cuando Turismundo se tope con los emisarios —dijo—, les hablará de nosotros.
—Abandonaremos la Vía de la Plata antes de llegar a Salmántica —
comentó Pelayo—. Desde allí podremos marchar hacia Pallantia a campo través.
—Les dijiste que íbamos a Pallantia.
—Por eso no esperarán que vayamos allá.
Pudieron cabalgar tres horas más antes de que anocheciera. Nada habitaba en el páramo salvo ellos y el sonido de sus pasos sobre las hojas muertas.
Se detuvieron ante una granja rodeada de huertos invadidos por la mala hierba. El hedor a muerte aún flotaba en el corral incendiado, los ojos apenas podían distinguir un color más vivo que el opaco gris de la ceniza.
Los astures encendieron una fogata en el centro del establo y Pelayo se sentó a contemplar el trémulo oscilar de las llamas.
—¿Estás herido? —le dijo Fruela.
—No es nada.
Empezaba a refrescar, y se cubrió con el manto. El hambre que les arañaba las entrañas y las exiguas porciones de comida que racionaban apenas los mantenían al filo de la agonía.
—¿Qué piensas hacer cuando llegues a casa? —El murmullo de Fruela apenas perturbó el ominoso silencio de aquel universo gris.
—Pondré a salvo a mi esposa, Gausinda, y a mi hija en Libana. Mi hermana estará recluida en Gegione… —Pelayo cerró los ojos ante tal recuerdo—.
Una fortaleza rodeada por mar, con medio millar de moros.
—No será fácil sacarla de allí.
—No lo parece —admitió el jefe astur—. ¿Y tú qué harás?
—Hablaré con mi hermano —respondió, decidido—. Le convenceré para que luche con Agila.
Pelayo le miró a los ojos, con la pasión de una vaca al ver pasar una nube.
—En unos días —dijo—, el ejército de al-Hurr marchará desde Caesaraugusta hacia Ilerda y Tarraco.
—Osca lleva seis años resistiendo los ataques. —Fruela se mostraba obstinado—. Las ciudades de la Tarraconense marítima tienen buenas murallas.
—De poco le sirvieron a Paulo, hace nueve lustros, ante el rey Wamba —
manifestó Pelayo—. Esa línea defensiva está concebida para defender Spania de cualquier amenaza de más allá del Pirineo. No podrá contener el avance de al-Hurr.
—¿Crees que no convenceré a mi hermano?
Pelayo observó el modo en que la oscilante luz del fuego iluminaba las facciones del otro guerrero. Conocer la verdad y vivir con ella, pensó, suponían dos cosas distintas.
—Hace años, en un torneo en Toletum, vi combatir a tu hermano —dijo al cabo—. Parecía un dios de la guerra. Después de quedar lisiado, cambió. En Pompaelo demostró ser un gran estratega…
—¿Pero…?
—Quien actúa con tanta cautela es porque teme lo imprevisto. Desean tenerlo todo bajo control. La gente como tú les aterra.
—Es mi hermano —manifestó Fruela, como si con ello bastase—. La sangre es más espesa que el agua.
El otro conde eludió su mirada. Si estaba decepcionado, bien lo ocultaba.
—Esperas que acepte unos hechos consumados —concluyó el astur—.
Crees que, después de haber matado a Sisberto, no tendrá más remedio que sumarse a la guerra.
—Todos me respetan.
—¿Y eso qué tiene que ver? —Pelayo dejó escapar un bufido—. Matar a Sisberto no sólo compromete tu posición, sino también la de tu hermano.
Ha hecho peligrar la red de alianzas que ha estado fraguando durante años.
El cántabro no apartaba la vista del fuego, convencido de que Alfonso se vería forzado a apoyarle. Al menos tendría una oportunidad de hablar con él y explicarle los motivos por los que había matado a Sisberto. El porqué de su venganza. Aquella necesidad primordial significaba que, en el fondo, el modo en que su hermano le veía pesaba más que su propia conciencia.
Los astures llevaban largo tiempo dormidos. Pelayo se tumbó sobre una pared derruida para admirar las estrellas. Reanudaron la marcha con el balbuceo del amanecer y recorrieron trescientas millas entre sierras y valles por la Vía de la Plata. No fue un trayecto apacible. Por los caminos vagaban toda suerte de lunáticos anunciando la inminente llegada del fin del mundo, que creían ver en todas partes señales celestiales. Los lobos aullaban en las colinas, las cabilas de moros asolaban las aldeas y no dejaban iglesia sin profanar.
El paisaje apenas fue cambiando en su monotonía, hasta que abandonaron la calzada entre páramos desolados y las montañas del norte emergieron en la distancia. Tras detenerse en un cruce de caminos, Pelayo tiró de las riendas para refrenar al caballo.
—Nuestros caminos se separan aquí —dijo el astur.
Una tormenta se diluía en el cielo como una mancha de tinta en el agua.
—Eso parece.
—Si el reencuentro con tu hermano no resulta como esperas, puedes unirte a mi hueste. No te faltarán oportunidades de luchar.
—Gracias —dijo Fruela—, no será necesario.
—Buena suerte, amigo.
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