Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 20 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XIX

En el campamento de Dorylaion, la tourma amoriense se preparaba en silencio. La noche traía voces, relinchos, órdenes resonando en la quietud, herraduras batiendo el césped, entrechocar de metal. Una niebla engullía la colina, prendida en las tiendas de tipo ávaro. Konon llegó a los establos, palmeó las ancas del caballo, revisó los cascos, le dejó una saca de cebada, acarició las crines… para calmar a ambos.

Un gesto casual que le hizo rememorar un infierno, visible a millas de distancia, un faro ardiente en el abismo de la noche. Recordó el rugido de las llamas, los gritos y el estallido de la madera al derrumbarse, convertidos en murmullo más allá del valle. Edificios que se consumían en una tormenta de fuego, el mármol iridiscente reflejando aquella vorágine de destrucción.

Aquella noche, seis días antes, Konon también había acariciado al caballo, incapaz de apartar los ojos de la ciudad incendiada.

«Nada más cruzar el thema anatólico, comenzaron los saqueos», le había informado el drongario, y él asintió con un vago sentimiento de culpa.

Aquella destrucción se repetiría en Constantinopla si él no hacía nada para evitarlo. Había enviado a Teófilo a Teodosiana, con un mensaje dirigido a Maslama: «Estoy en camino, pero, como sabes, debo llevar mi oro y plata conmigo. Envíame un salvoconducto. Si cumples con tu parte, podré regresar sin asumir riesgos».

No parecía un argumento muy convincente, y, sin embargo, de algún modo, el hombrecillo logró convencerle. Teófilo besó el crucifijo que llevaba al cuello, juró y perjuró que cumplirían con lo acordado. Maslama dejó atrás Akroinon en dirección al thema tracesiano, asolando Sardis y Pérgamo a su paso. Mientras la flota de Umar retornaba a Cilicia para invernar, el príncipe omeya avanzaba hacia la costa para poder cruzar el Helesponto y llegar a Constantinopla en cuanto se reabriera la temporada de navegación.

Con la amenaza árabe relegada hasta la primavera, Konon pudo centrarse en su reclamación al trono. Rememoró el avance de aquella tourma de

cuatro mil jinetes, tres días antes, mientras avanzaba por la antigua vía de Amorion, hacia Kaborkion. Dispuestos a iniciar aquella locura.

El aire de la mañana se sentía gélido en las mejillas, los soldados forcejeaban con las monturas rebeldes, los oficiales gritaban órdenes. Tras una hora de marcha, se detuvieron ante el río Sangarios, la frontera con el thema opsicio, su Rubicón. A partir de ese momento no había vuelta atrás.

La tourma amoriense consiguió tomar las ciudades de Kaborkion y Malagina sin hallar resistencia. Nicea estaba defendida por una gran muralla con un centenar de torres y un doble foso que llegaba hasta el lago Ascanión. La guarnición, de apenas doscientos soldados, se mostró incapaz de defender una cerca de tres millas y las tropas de Konon desfilaron triunfantes por el decumano. Las calles comenzaron a llenarse de curiosos, nadie esperaba un ataque. El estratego Miguel había enviado una hueste a Adramitio, para contener a Maslama, mientras aguardaba junto al ejército imperial en Nicomedia.

Konon reunió a sus oficiales en la residencia del gobernador opsicio antes de proseguir la marcha.

—No contamos con máquinas de asedio —objetó Manuel—. Si Miguel se hace fuerte en Nicomedia…

—Hemos tomado Nicea, la capital del thema opsicio —razonó Konon—. Si renuncia a librar una batalla a campo abierto contra nosotros, su reputación se echará a perder.

—Deberíamos esperar —masculló Teófilo—. Aún no ha llegado Artavasdo con las tropas armenias. Aceptó casarse con tu hija Anna para sellar la alianza. Parecía muy convencido, no creo que pretenda echarse atrás.

—Lo más importante ahora es la celeridad —declaró el estratego—. Si le damos tiempo, Miguel reunirá a las tropas dispersas en guarniciones y podría cortarnos la retirada hacia Anatolia. Estaríamos atrapados.

No había mucho más que decir, y el ejército anatólico prosiguió su marcha en dirección a Nicomedia. Poco antes del anochecer, los batidores

regresaron desde vanguardia junto a los mensores, que habían elegido un lugar de acampada.

—El cuartel enemigo está a cuatro millas, sobre una loma —le informaron

—. Hay que vadear un río, y desde allí se accede a un valle rodeado de colinas.

Desde entonces la situación se había complicado, Artavasdo no llegó con las tropas prometidas, y, sin retirada posible, no les quedaba más remedio que luchar. El estratego confiaba en que el asalto nocturno les otorgase cierta ventaja.

Dos vías unían las cuatro puertas del campamento amoriense en Dorylaion, delimitando cuatro áreas donde montaron las tiendas de cada contubernio.

Ensimismado, el estratego recorrió la senda embarrada que conducía al pretorio. El interior de su tienda estaba frío, aquella noche la leña escaseaba. Sentado en el suelo, Teófilo examinaba un escritorio repleto de plumas y tintas como si fuera su mayor tesoro. A su lado, el hypostrategos Manuel afilaba la espada.

—Sólo tenemos una tourma —le dijo al verle entrar—. Para derrotar a Teodosio nos harían falta dos.

—Aun sin la ayuda de Artavasdo, podemos derrotar a las tropas opsicias, a los federados y a la guardia imperial. La sorpresa estará de nuestro lado.

Konon mostró su mejor sonrisa y el hypostrategos abandonó la tienda, confiado. La mueca confiada se esfumó en cuanto el oficial se perdió en la oscuridad. Prefirió dedicar su atención al odre de vino. Teófilo era alguien con quien uno podía emborracharse sin pronunciar una sola palabra, lo cual, dadas las circunstancias, suponía una inapreciable virtud. Fuera llovía. La noche sería larga.

—Aceptar el trono para convertirte en un títere del califa… —murmuró Teófilo—. ¿Crees que es una buena idea?

—Es el único modo de que Roma sobreviva —dijo Konon—. Igual que nuestras creencias.

—Las religiones han coexistido durante siglos.

—El ŷihād es un estado de guerra perpetuo para someter al mundo entero.

La palabra de Alá sólo son dogmas que rigen todos los aspectos de la vida.

El Islam es una esclavitud sin amo.

—Pero estás de acuerdo en su rechazo a las imágenes —señaló su consejero.

—Quien no se sienta deudor de su enemigo está negando una parte de sí mismo.

Agotado, el estratego se tumbó en el camastro y cerró los ojos. Su capacidad para dormir en cualquier momento y lugar era legendaria entre sus hombres.

Despertó tres horas más tarde, se puso la armadura, tomó la espada, salió de la tienda y se acercó al terraplén para orinar. Había dejado de llover; escrutó el horizonte sombrío y volvió a la hoguera donde se hallaban los oficiales.

—Que todos se preparen para el combate —les ordenó.

Los militares dispusieron las armas en silencio. En los establos, Konon ajustó la silla y los jaeces al semental, que relinchó al sentir su peso, revolviéndose con vigor. Regresó montado al pretorio, donde descubrió a Teófilo con una coraza que le caía grande y un yelmo relleno de esparto para poder ajustárselo.

—¿Qué se supone que haces? —le preguntó.

—Si tus hombres ven que hasta yo lucho, no habrá nadie que se niegue a hacerlo.

Parecía razonable, aunque Konon no las tenía todas consigo.

Vestidos con túnicas de tipo ávaro, los soldados colocaban la barda y la testera de hierro a los caballos. Los oficiales revisaban las armas, las herraduras, y en el pretorio los mapas se enrollaban cuando los capitanes partían con las órdenes. Las estrellas se diluían en una promesa de

amanecer mientras desmantelaban el campamento en silencio, se apagaban las hogueras y el ejército anatolio formaba en la explanada con las monturas sujetas por la brida.

El caballo de Konon pifiaba. Tiró de las riendas y una gota de lluvia cayó en su mejilla. Húmeda, cálida, reconfortante. El estratego cabalgó hacia Bardanes, el hijo del hypostrategos Manuel.

—¿Llevarás mi estandarte? —le dijo, solemne.

A su diestra, un bandoforo sostenía el bandum, un enorme pendón con el águila romana sobre un fondo escarlata y rematado por ocho serpentinas.

Aquellas banderas de cola de golondrina, tomadas de los ávaros, habían reemplazado al águila, el vexillum y el lábaro.

—Será un honor, kyrios —dijo Bardanes.

En efecto, lo era. Una demostración de confianza, hacia él y su padre. Sólo podía recompensar diez años de lealtad de aquel modo.

El ejército romano se había desplegado en tagmata, cuadros de entre doscientos a cuatrocientos hombres, para que el enemigo no pudiera estimar su número contando los estandartes, con diez soldados de fondo en una formación lo bastante abierta como para que el caballo pudiera girar en redondo. Un tercio eran cursores, arqueros montados que harían labores ofensivas, y las dos terceras partes restantes defensores, lanceros con escudo. Dos tagmata de guardaflancos protegían el ala izquierda, donde cabía esperar las acciones envolventes, y otros dos de flanqueadores en la diestra.

El estratego trotó ante la hilera de jinetes recortada sobre la hierba, curtidos en las interminables disputas fronterizas e incursiones árabes.

—Milites! —les gritó—. Esta noche no os hablaré de las bondades del emperador. Ni tampoco de sus victorias pasadas…, ya que no posee ninguna. Tampoco puedo exhortaros, como es costumbre, a luchar contra los enemigos de Dios. Sin embargo, esta vez, más que nunca, pelearéis por nuestra patria común, la Rhomaiōn politeia, y tendremos al Señor de

nuestro lado. ¡Porque si hoy somos derrotados, nuestra civilización perecerá, y con ella toda la cristiandad! —Teófilo observaba fijamente al estratego—. Atacaremos el campamento enemigo dos horas antes del alba.

Será decisivo el daño que les inflijan nuestros arcos. Quiero velocidad aun a costa de precisión. No será una competición de tiro. Dispararéis a ciegas, sin comprobar la dirección del viento. ¡Al menos diez disparos por giro y tres giros antes de la retirada! Si lo logramos, la victoria será nuestra. Kyrie Eleison!

—Kyrie Eleison! —rugieron los jinetes al unísono.

Los soldados se despojaron del manto oscuro que ocultaba el brillo del klibanion; los defensores retiraron los banderines a las lanzas, los cursores encordaron los arcos. Un heraldo recorrió a caballo el frente de batalla:

—Silentium. Nemo demittat, nemo antecedat bandum, si venias…

Los kantatores traducían del latín unas antiguas órdenes que la mayoría de soldados era incapaz de entender:

—Que nadie retroceda, que nadie rebase el estandarte. Marchad al ritmo de la línea anterior. Así es como actúa un soldado valiente. Si abandonáis al estandarte, seréis derrotados. Soldado, mantén tu posición asignada…

Apoyado en el arzón, Konon examinaba a sus hombres. A causa de sus armas, Escipión, César o Trajano no los habrían reconocido como romanos, pero aquellas palabras los hacían partícipes de una tradición militar milenaria.

—Silentium! —El heraldo voceó la consigna.

Un silencio absoluto, salvo el viento siseando en la hierba. Un sonido apacible. Un sonido frágil.

Frágil, porque una sola palabra podía romperlo.

—Move! —Konon gritó la orden de marcha.

Cabalgaron en orden abierto a través de la oscuridad, bajo la luna llena, durante dos millas que se antojaron eternas. Vieron el contorno del paso entre las colinas, casi imperceptible en las tinieblas. El cuerpo de reserva del hypostrategos Manuel se separó para desplegarse. Rebasaron la vaguada y, ante ellos, miles de hogueras surgieron en el horizonte, como parte de un cielo estrellado que, poco a poco, cedía al alba. El viento etesio comenzaba a soplar, arrastrando el sonido de los cascos. También reduciría el alcance de las flechas. A una milla del enemigo, Konon bramó una consigna y los extremos de la tourma pasaron a un orden cerrado.

Escucharon cuernos lejanos, los exploradores enemigos daban la señal de alarma. El ejército de Anatolia entonó el Trisagion:

—¡Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, apiádate de nosotros!

A tres tiros de flecha, Konon gritó «Iunge!», y los tagmata cerraron filas para cargar en un cuadro compacto. Los defensores alzaron los escudos. En los extremos de la formación, los flanqueadores, a la derecha, y los guardaflancos, a la izquierda, mantenían los estandartes abatidos para no delatar su posición.

Los jinetes llegaron a la fosa con terraplén del campamento opsicio y giraron a la diestra. El estratego musitó una plegaria, rogándole a Dios que no hubieran sembrado el terreno de abrojos. Tomó una saeta de la aljaba, apuntó al firmamento y gritó la señal. Un trompeta repitió la orden.

Resonaron el gemir de los arcos y el siseo de las flechas, una nube gris ocultó el fulgor de las estrellas. La descarga cayó sobre el desorientado enemigo más allá del parapeto.

Escucharon gritos; el campamento se convirtió en un avispero, las tropas de Konon cabalgaron en torno al perímetro defensivo. Más allá del parapeto, los enemigos se ceñían las armaduras a toda prisa. Las Escolas palatinas, la guardia personal del emperador, pipiolos de buena familia que jamás habían entrado en combate, huyeron en desorden hacia el pretorio.

Un nuevo disparo, y otro, y otro más. Konon forzó los músculos de la espalda hasta el límite. «Más disparos, aun a costa de precisión», les había dicho. Los proyectiles sólo eran efectivos en grandes descargas. Deshacían

la formación enemiga, agotaban a los caballos, forzaban al enemigo a atender a los heridos, lo debilitaban. En un terreno quebrado, cuando el adversario no podía cubrir velozmente la distancia que los separaba, una lluvia de flechas resultaba letal. De noche, ante un enemigo desordenado, se trataba de una muerte invisible.

El fuego que abrasaba sus pulmones le sacó de tales pensamientos. Rugió una orden para hacer girar a los tagmata, y los cursores empezaron a disparar en tiro parto.

Los jinetes continuaron girando hasta encarar el campamento y cargaron de nuevo. El enemigo ensillaba los caballos, empezaba a reagruparse en cuadros, bajo la lluvia de saetas que, invisible, caía como el granizo. Konon se sentía exhausto. Los músculos del hombro le ardían, el sudor empapaba el forro interior del yelmo, la montura empezaba a dar muestras de fatiga.

El carcaj estaba casi vacío. Las puertas del campamento comenzaron a vomitar jinetes que se desplegaron por la ladera.

El estratego gritó una orden, el trompeta entonó una serie de toques cortos, los lanceros cargaron por el flanco izquierdo de los desorganizados jinetes opsicios. Resonó un estruendo cuando la formación de desmoronó ante el empuje del thema anatólico.

La batalla se volvió feroz, el aire se colmó de sonidos de guerra. La carga se convirtió en retirada cuando el enemigo, cada vez más numeroso, avanzó inexorable. Las flechas de la tourma anatólica se agotaban. Konon ordenó que los cursores se refugiaran tras los defensores. Escuchó aullidos en lengua extranjera, búlgaros y jázaros se sumaron a la lucha.

—Cede! —La ventaja de la sorpresa se había esfumado, y ordenó la retirada. El desenlace quedaría en manos del hypostrategos Manuel.

Cabalgaron hacia el vallejo que habían dejado atrás. Las bestias se mostraban fatigadas. La tourma opsicia los perseguía junto a jázaros y búlgaros; la distancia menguaba a cada paso. Resonó un cuerno y los enemigos hicieron uso del arco. Un jinete cayó abatido junto a Konon, con dos flechas en el cuello. Los defensores se echaron el escudo a la espalda.

Picaron espuelas para adentrarse en la vaguada. Escucharon varias trompas de guerra. Algo iba mal. Caballos sin jinete trotaban despavoridos, los dueños eran pisoteados por los jázaros. Las flechas silbaban por todas partes. A una orden de Konon, los tagmata giraron en redondo para encarar al enemigo. El orden de batalla estaba deshecho, por lo que trataron de formar en cuadro. El enemigo se aproximaba al galope. Algo iba mal. Con un temor renovado, Konon vio a la vanguardia enemiga cargar. Un bosque de lanzas alzadas, escudos pintados, laminares bruñidas, lorigas de malla gris. Avanzaban por el campo de batalla como una ola argéntea, la pálida luz reflejada en las armas. Konon sintió que la victoria se le escapaba de las manos.

Desde la izquierda, llegó el sonido apagado de los cuernos de guerra; como un eco, más toques cortos surgieron del otro costado. El cuerpo de reserva de Manuel se sumaba al combate.

La noche vomitó una nueva descarga de flechas, con gritos feroces los lanceros cargaron. El angosto paso entre las dos colinas impedía al enemigo desplegarse. Los flanqueadores y guardaflancos le atenazaron, y el cuerpo de reserva pudo atacarlos por la espalda. Los tagmata opsicios se veían acosados por todas partes. Algo iba mal. La lucha estalló con una furia renovada, alimentada por los gritos de los hombres, el relincho de las bestias y el rugido de las trompas de guerra.

Los jinetes se reunieron en torno al bandon. Con un rápido gesto, Konon apartó una lanza y clavó la suya en un delgado cuerpo. El asta de fresno se quebró al desplomarse el cadáver. Ya no tenía flechas, así que desenfundó la espada. Segó la garganta de un jinete y la sangre le salpicó en el rostro.

Escuchó otra señal, más profunda, lejana, venida de oriente. Conocía bien el quejido ronco de los cuernos de las estepas. Alzándose en los estribos, Konon dejó escapar un exabrupto. Una horda de búlgaros surgió tras la otra colina, desdibujados por la niebla, irreales. El estratego escrutó a través del caos, hacia su campamento, más allá del río. A un mundo de distancia.

—¡Volved a formar! —La voz de Nikaias le trajo de regreso a la realidad.

Bardanes sostenía el estandarte, los soldados se reagrupaban en torno al bandon. Las monturas estaban exhaustas, se desató un nuevo caos. Konon tenía la boca tan seca como el esparto. Los bárbaros cargaron contra la desordenada tourma anatólica, alentados por el anticipo de la victoria. En las alas del ejército opsicio se desplegaron flanqueadores y guardaflancos.

Sobre la pálida hierba, dibujaban una tenaza oscura que acabaría atrapándolos.

—Cede!

No había dónde retirarse. El estratego hizo un nuevo gesto a Bardanes, que agitó el bandon señalando a la otra colina de poniente. Seguido de sus hombres, Konon cabalgó hacia el terreno elevado. Su caballo relinchó al recibir un flechazo, y saltó de la montura antes de que se revolcara sobre la hierba. Recogió una lanza y vio a sus hombres girarse para encarar al enemigo. El estandarte estuvo a punto estuvo de caer y, por un instante, el ejército anatólico contuvo el aliento.

Un búlgaro había alanceado a Bardanes para arrebatarle el bandon. El muchacho logró asestarle un golpe mortal antes de caer de rodillas, apoyado en el asta del preciado estandarte, que flameaba sobre el cielo estrellado.

Una sonrisa afloró en los labios del muchacho cuando Konon se arrodilló a su lado.

—El estandarte no tocó el suelo, kyrios.

El estratego asintió. Sólo pudo susurrarle un «Adiós, amigo» antes de que se desvaneciera el brillo de sus ojos. Konon dejó el cadáver en el campo y se incorporó con la bandera en la mano.

—¡Descabalgad!

Los soldados obedecieron, las monturas estaban extenuadas. El estandarte ondeaba hecho jirones entre una formación deshecha. Los restos de la tourma ocuparon la suave pendiente. A sus espaldas, el río. Sin escapatoria.

Los rhomaioi formaron ante los bárbaros de las estepas. Los ancianos aún contaban relatos en griego sobre centauros y amazonas; historias narradas

junto al fuego que habían pasado de boca en boca desde la noche de los tiempos.

Una flecha se clavó a los pies de Konon, y, por instinto, alzó el escudo. Otra descarga de saetas los obligó a replegarse colina arriba. Amanecía, una mísera luz surgía de un infierno subterráneo. Konon empuñó una lanza y dispuso a sus hombres. Los más veteranos —los más cansados— formaron en primera línea. El estratego recorrió las filas y señaló a la horda de búlgaros.

—¡Prestaremos un nuevo servicio al Imperio! —gritó—. ¡Cien búlgaros muertos hoy serán cien búlgaros a los que el emperador no tendrá que pagar mañana!

La broma fue celebrada con risas. El estratego tomó un último sorbo de agua y arrojó la cantimplora vacía. A cien pasos la caballería nómada se disponía a cargar. Armaduras pavonadas, estandartes rojos, un bosque de lanzas. El descanso había terminado. Konon tomó el estandarte con la figura del águila y caminó hacia Teófilo.

—¿Deseas afrontar la muerte con dignidad?

El hombrecillo gruñó algo ininteligible.

—Hay pocas personas por las que actúo con dignidad, y tú no estás entre ellas —respondió su consejero.

Konon ignoró la pulla y le entregó la enseña. El rostro del consejero, pálido y demacrado, adoptó una determinación sombría. La tela cobró vida en sus manos, mecida por el viento etesio. El resto de banderas romanas se alzaron en señal de desafío. El estratego recogió un escudo y se situó junto a sus hombres. Morir ante unos bárbaros, y no ante otros romanos, resultaría mucho más fácil.

—Ad fulcum!

La bocina resonó bajo la pálida luz de la alborada, los soldados crearon un cuadro compacto. Los escudos se solaparon en el frente, el resto los levantó

sobre sus cabezas. Una nueva orden y las dos primeras filas clavaron el regatón de las lanzas en el suelo, apuntando con la moharra al exterior. Tras el fulcon, una variante del viejo testudo romano, los cursores dispararían las pocas flechas que les quedaban.

El heraldo de los federados volvió a tocar la bocina. Con gritos feroces los búlgaros cargaron.

—Nobiscum Deus! —gritó Konon, y los soldados comenzaron a entonar el barritus.

Con el borde del escudo ante la boca, emitieron un murmullo siniestro, haciendo vibrar la madera, y fue creciendo hasta convertirse en un aterrador rugido cuando los jinetes se les echaron encima. Konon bajó la vista, observó la hierba bajo sus pies, pisoteada y oscurecida por la sangre.

Escuchó su propio aliento. El tiempo se detuvo. Aferró la lanza mientras sentía el temblor de las manos.

—¡Aguantad!

El brutal impacto destrozó el escudo y le hizo caer de espaldas. Por un instante, se vio suspendido en el aire. Sintió un sabor cobrizo en la boca. El suelo pedregoso le golpeó en el costado. Una grieta en el tilo hacía inútil el escudo. Las filas posteriores ocuparon las brechas del fulcon. La fortaleza de lanzas se recompuso. Al mirar entre los escudos, Konon vio al caudillo enemigo pisoteando a cadáveres y heridos.

Abandonó la formación empuñando una espada dentada por los golpes. Vio la lanza llegar, la esquivó por instinto y utilizó el impulso para tajar la pierna del jinete. Escuchó un grito al amputar la extremidad, el metal chirrió cuando la moharra enemiga arañó las láminas de su klibanion. Los soldados romanos corrieron en su ayuda. Un número escaso, y, sin embargo, aparecieron entre la caballería nómada como un rayo de fuego.

Alancearon a los jinetes, desjarretaron las monturas, la carga fue rechazada.

Los rhomaioi se detuvieron cuando ya casi saboreaban el triunfo.

Quinientos excubitores, los jinetes de la guardia imperial, formaban ante ellos, imponentes, incólumes, bajo la sombra de los estandartes dorados. El

sudor corría por la frente de Konon mezclado con la sangre. No puedo más, se dijo. La respiración entrecortaba se hizo tos, las piernas le fallaron. Pensó en su esposa, María, en su hija Anna. Todas sus esperanzas se hacían añicos ante él. Las fuerzas le abandonaban, no tenía escapatoria. Sólo podían luchar.

Escuchó el viento. El viento que siseaba en la hierba, y traía un gemido distante. El gemido de las trompas de guerra. Una tourma, del thema armenio. Tres mil jinetes a media milla, tras la guardia imperial.

Había llegado Artavasdo.

Las trompas de guerra ordenaron a los excubitores girar en redondo, los estandartes dorados se agitaron. A duras penas pudieron descabalgar, para crear el fulcon. Konon bramó una orden. En la formación deshecha resonó el eco de la llamada a la guerra. Los soldados anatólicos se abalanzaron contra el enemigo.

—¡Roma eterna!

Los lanceros armenios barrieron el muro de escudos como una tormenta.

Incapaz de combatir en dos frentes, la guardia imperial quedó devastada.

Los bárbaros huyeron en desorden.

La alborada resultó deslumbrante tras una batalla en tinieblas. Exhausto, Konon dejó caer el arma. Sentía el hedor a muerte en el aire, irrespirable, cargado de humo y polvo. Pisaba un lodo oscuro, a base de sangre, tierra y ceniza. Una bandada de cuervos envolvía el cadáver de un excubitor, con el rostro oculto por una enmarañada mata de cabello rojizo. Reconoció al muchacho de Lázica con el que compartieron hoguera. Los pájaros de muerte se disputaban sus restos, batiendo alas, sus garras afiladas rasgaban la carne pálida.

Tomó una piedra y se la arrojó a las aves, que remontaron el vuelo. Cayó de rodillas junto al cuerpo sin vida y le cubrió el rostro con el manto.

—Descansa en paz, criador de cerdos.

Cuando concluyó su plegaria y levantó la vista, trescientos hombres le observaban; excubitores, soldados del thema anatólico y del thema opsicio.

Konon se giró desarmado hacia un oficial de la guardia imperial. Extendió la mano y el curtido oficial le entregó su espada; recogió un escudo del suelo y, cojeando, caminó hacia donde el estratego opsicio había dispuesto el fulcon.

—¡Miguel! —gritó Konon—. ¡Ya han muerto demasiados romanos!

Resolvámoslo entre nosotros en un duelo, y que sea Dios quien decida.

El estratego opsicio abandonó el cuadro y se retiró el yelmo.

—Estás hecho una mierda —le espetó Miguel—. Te han herido y apenas te tienes en pie. Eres un lunático nacido entre árabes que intenta demostrar su romanidad a cualquier precio. Ya he perdido la batalla; aquí tienes mi espada. —Arrojó el arma a sus pies—. Prefiero que me encadenes en una mazmorra a soportar más tu insufrible nobleza.

Konon recogió la espada de su adversario y se plantó ante el fulcon:

—Milites… Ite!

La tourma opsicia obedeció la orden y rompió la formación.

—¡Por el león de Anatolia! —gritó un drongario—. ¡Larga vida al León!

Las tropas de Anatolia alzaron las armas y corearon su nombre: «¡León, León, León!». Los soldados del thema armenio, los excubitores y los escolares se sumaron al clamor. El estratego se giró en redondo, desconcertado, para recrearse en la escena. Artavasdo había levantado la espada para ovacionarle.

—¡León, León, León!

Poco después le llevaron al joven Teodosio, seguido de un nutrido cortejo liderado por el gran logoteta y el resto de eunucos. El joven vástago imperial había palidecido, sus rodillas cedieron bajo el peso de su armadura, la espada resbaló entre sus dedos y repiqueteó en el suelo. Trató de

sacudirse el polvo del manto púrpura. Konon hizo un gesto para que se lo llevaran.

El estratego anatólico sintió una mano sobre la hombrera de la coraza. Se giró hacia unos ojos azules que brillaban sobre una costra de polvo. Teófilo aún sostenía el estandarte de la tourma anatólica que ondeaba por encima de los cadáveres.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó su amigo y consejero.

—Marchar a Constantinopla para reclamar el trono —dijo Konon—.

Tenemos que defender la capital de la Romania.

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