Cova Dónnica
Capítulo XXI
Barcinona, antigua sede regia, antes de que se trasladara a Spali y, después, a Toletum. Un laberinto de toscas viviendas se había adueñado del foro y los viales públicos, testigos de un glorioso pasado cubiertos de ropas secándose al sol y mercancías de los tenderos. Quien atravesara el cardo máximo, hacia el noreste del recinto amurallado, se toparía con la residencia condal, adosada a la catedral provista de un camposanto. Ante ella, se alzaba, imponente, el palacio episcopal, unido por un pasaje porticado a la basílica y el baptisterio. Los lugareños conocían este centro de poder como los Edificios Altos, la sede administrativa de la Tarraconense marítima y, durante los últimos seis años, el palacio del «rey oriental».
A pesar del tumulto en las calles, el complejo palatino constituía un remanso de paz. Sentado ante su escritorio, Ardo casi podía ignorar la inminente catástrofe. Durante meses, había experimentado una creciente ansiedad, a medida que las columnas de refugiados abarrotaban la Vía Augusta. Alzó la copa, los dedos le temblaron y unas gotas rojizas se deslizaron por el borde. La mirada del rey oriental se oscureció al sentir la bilis en la garganta y, después, una presencia familiar a su espalda. Un pesado silencio se alzó entre ambos, cada uno a la espera de que el otro lo rompiese.
—Pareces preocupado —le dijo, al fin, una voz femenina.
—Estoy preocupado —admitió él en voz baja, y se llevó la copa a los labios, sin llegar a girarse. Los vapores que emanaban del caldo ahuyentaban los malos recuerdos, al menos durante unos instantes. Ardo se giró hacia una grácil figura delineada en la penumbra, con las manos entrelazadas en el regazo.
—Vino de Ilerda —murmuró Bauda, y él no halló emoción en su rostro, salvo una sonrisa quebradiza y amarga—. ¿Te ayuda a calmar los nervios?
—Lo hace —confirmó Ardo con una voz marchita y distante—. No debería abusar de él, pero…
Su esposa emitió un ruido sordo, una posible confirmación al aserto.
Frunció levemente el ceño cuando él la escrutó con atención. De niña, Bauda había sido todo huesos y rizos alborotados, una criatura pecosa que jugaba descalza con las criadas. Mucho había llovido desde entonces, y la matrona que le observaba lucía unos notables encantos y se desenvolvía con refinamiento, conocía bien su lugar en el mundo y obraba en consecuencia.
En sus ojos verdes acechaba un anhelo, implacable a veces, y cuando hablaba hasta los hombres más poderosos callaban para escuchar.
El rey se inclinó sobre los documentos amontonados en la mesa. Mapas, informes, misivas; súplicas plasmadas en tinta. No sabía por dónde empezar.
—Debimos luchar junto a Rodrigo —comentó, casi para sí mismo.
—Nuestro linaje es demasiado ilustre para estar a la sombra de otros —
susurró la mujer en su oído—. Lamentar las decisiones pasadas carece ya de sentido.
Los ojos de Ardo se alzaron, y pudo verse reflejado en el vidrio que aún sostenía. Parecía cansado. Su cabello rizado lucía más canas que cuando asumió el cargo, el rostro se mostraba pálido, los ojos hundidos reflejaban largas noches de insomnio. Recordó el día en que su esposa le leyó una historia sobre Julio César: mientras servía como cuestor en Hispania, el futuro dictador contempló, melancólico, una estatua de Alejandro Magno en el templo de Hércules. Él no había hecho nada digno de mención a la edad en la que el rey macedonio ya había conquistado el orbe.
La historia de mi vida, concluyó Ardo, fatalista. Tras la muerte del rey Witiza, su primo Agila había tratado de restaurar el poder de los Amalos en la Tarraconense y la Septimania: se alzó en armas contra Rodrigo tras proclamarse rey oriental. Una vez muerto su pariente dos años antes, Ardo se vio forzado a ocupar el trono, que estaba a punto de perder.
—Aún podemos vencer —le recordó Bauda—. Tus comandantes y consejeros te aguardan.
—Lo sé. —Apuró la copa de un solo trago y se dirigió a grandes zancadas hacia la sala del consejo. La luz del mediodía irrumpía en la estancia a través de las ventanas, trayendo una agradable calidez a la funesta reunión.
Contempló el deprimente repertorio de rostros hastiados. La dignidad ducal suponía una prerrogativa regia, y su primo Agila había otorgado ese rango a sus allegados como un niño reparte papeles entre compañeros de juegos. Él se había visto forzado a reducir su número para que las reuniones no parecieran un mercado.
El duque Wiliulfo le observaba desde el otro extremo de la mesa. Un lustroso rubor cubría las mejillas de su rostro cuadrado, enmarcado por el cabello corto, gris acerado. A su lado, Lucrecio apretaba la mandíbula bajo la barba encanecida, y, al verle llegar, se puso de pie, sosteniendo aún las tablillas de cera. Junto a él descollaba el obispo Próspero, recién llegado de Tarraco, envarado bajo una dalmática constantinopolitana. Su cabello plateado refulgía en la oscuridad, unos dedos escuálidos brotaban de las mangas bordadas con hilos de oro.
En sus ojos, Ardo pudo percibir el amargo residuo del miedo.
—¿Y bien…? —dijo el rey oriental.
—Las tropas de al-Hurr asedian Tarraco —anunció el mitrado—. El conde se ha refugiado en la ciudadela, y hemos perdido el arrabal portuario. He venido para poner a salvo los restos de los santos Augurio y Elogio, junto a otras reliquias del obispado.
—¿Con qué fuerzas contamos en Barcinona? —preguntó Ardo.
—Hemos logrado reunir cinco mil hombres —aseguró Wiliulfo—, la mayoría sayones y bucelarios. Están repartidos por la ciudad.
—¿Y la flota de Tarraco?
—Anoche atracó la última nave. Los barcos agarenos llegaron casi al mismo tiempo, y los avistamientos no han cesado desde entonces —
concluyó el duque, encogiéndose de hombros—. Si no nos marchamos ahora, pronto será imposible.
Cinco años antes, el duque Teodomiro había pactado con los sarracenos y, desde el puerto de Valentia, una escuadra de shalandiyyāt avanzaba por la costa para iniciar un bloqueo naval.
—¿Podemos enviarles víveres? —La pregunta de Ardo iba dirigida al secretario.
—Narbo aún nos envía suministros, pero… —comenzó a decir Lucrecio, examinando sus notas y después un mapa extendido sobre las tablas de nogal. Ardo siguió su mirada hacia los guijarros rojizos que marcaban las ciudades tomadas por los agarenos. Durante seis largos años, Osca había resistido sus incursiones, y había capitulado un mes antes. Acto seguido, el ejército de al-Hurr sometió Ilerda e irrumpió en la vía Augusta como una lengua de fuego, arrasando todo a su paso. Los grandes enclaves del maltrecho reino oriental —Dertosa, Tarraco, Barcinona, Gerunda, Narbo, Nemausus— se hallaban a lo largo de esta calzada y de la Vía Domitia, engarzadas como un collar de perlas.
—Debemos salir a su encuentro —concluyó Ardo—, buscar una batalla campal.
—La hueste de al-Hurr nos triplica en número, son tropas veteranas —
objetó Wiliulfo—. Árabes y moros llevan un siglo guerreando sin descanso.
—Si no hacemos nada —repuso el rey—, los agarenos conquistarán una urbe tras otra.
—Podríamos hacernos fuertes en el Pirineo —señaló el duque.
—Supondría dar por perdidas las principales ciudades del reino.
Un reino que menguaba, a ojos vista, sobre aquel mapa. En los pasos pirenaicos, los antiguos romanos habían erigido una línea de fuertes
precedidos por torres de vigilancia, que después sirvieron a los godos como defensa ante los francos. En un desfiladero de la Vía Augusta se alzaban dos castella y un doble muro, las clausurae. Sin embargo, este formidable complejo defensivo estaba concebido para defender Spania de cualquier amenaza desde más allá del Pirineo, y la invasión musulmana procedía de occidente.
—Si no enviamos auxilio, ¿Tarraco caerá? —preguntó el obispo, señalando en el mapa la antigua capital provincial, que contaba con las mejores murallas del menguado reino.
—No podemos fingir lo contrario —declaró Ardo.
Un gemido colectivo en torno a la mesa, un agónico murmullo de acuerdo.
«Pueden porque creen que pueden», escribió Virgilio. El rey oriental trató de restaurar la moral.
—Odón cumplirá con su parte del acuerdo —dijo Ardo—. Nos enviará un ejército desde Pompaelo. Entonces, al-Hurr se verá atrapado en una tenaza y no tendrá más remedio que replegarse a Caesaraugusta.
El ducado de Aquitania y el de Vasconia estaban gobernados por Odón el Grande, cuyos dominios abarcaban un amplio territorio entre los Pirineos y el río Liger. Pese a hallarse bajo la autoridad nominal de los reyes merovingios, el viejo duque no rendía cuentas ante nadie.
—De ser así —dijo el duque Wiliulfo—, más vale que se dé prisa.
—El duque de Aquitania nos ayudará —aseguró Ardo, rotundo—. Si al-Hurr rebasa las defensas del Pirineo oriental, tomará la Vía Aquitana hasta presentarse ante las murallas de Tolosa, su capital. Si tiene algo de seso, Odón nos ayudará.
—¿Algún otro posible aliado? —El obispo introdujo las manos en las mangas de la dalmática.
—Hay noticias de una rebelión en las Primorias, entre Cantabria y Asturia, liderada por un tal Pelayo, un antiguo espatario de Rodrigo —dijo Lucrecio.
—Un desterrado, al mando de un puñado de montaraces paganos —le espetó Próspero—. No podemos considerarle un aliado. ¿Qué hay del duque Pedro de Cantabria? ¿Qué hace Casio en Calagurris?
—Las tropas de Casio forman la vanguardia del ejército de al-Hurr —
murmuró Ardo—. Pedro está senil, y es su primogénito quien ostenta una autoridad que mengua a ojos vista. No parece dispuesto a luchar.
En el patio, una campana anunció la hora del admordium. El bullicio de las cocinas resonó entre los arcos al tiempo que un criado irrumpía en la sala:
—Ha llegado un emisario de Odón —anunció.
Las puertas se abrieron y unos guardias les llevaron a tres vascones barbados, cuyos ricos ropajes, tiznados de polvo y barro, apenas atenuaban su rudo aspecto. El más corpulento al parecer los lideraba; una cinta en la frente ceñía su cabello oscuro y, detrás de las orejas, afloraban recios mechones como astas de venado.
—Soy Ardo de los Amalos, heredero de Agila, rey oriental —declaró el anfitrión—. Sed bienvenidos.
—Mi nombre es Oxson, hijo de Belex. Agradecemos tu hospitalidad —
declaró el jefe de la embajada, y sus dos hombres se hicieron eco de la cortesía.
—Venid, estaréis cansados —declaró la reina Bauda—. He ordenado que os preparen un almuerzo.
Les sirvieron potaje de frutos secos, trucha con lentejas y cordero guisado con hidromiel de romero. Mientras Oxson cortaba una rebanada de pan, Ardo tomó la jarra y él mismo escanció a sus invitados. El jefe vascón sumergió los bigotes en el vino con avidez.
—Una excelente añada. —El acento pirenaico, refinado por los muchos años al servicio de Tolosa, se hizo presente.
—De Nemausus. No hallarás otro mejor.
Su rústico invitado depositó la copa en la mesa, el ruido de la plata sobre el nogal resonó en el vacío y acalló los susurros. Comenzaron a devorar el cordero. Ardo ojeó por encima de su hombro, a tiempo de ver asentir a su esposa.
—Si bien esta charla me resulta agradable —dijo el rey oriental—, deberíamos ir al grano. Nuestro tiempo es escaso.
—Supongo que sí. —Oxson frunció el ceño al verse forzado a responder.
—¿Cuándo llegará el ejército de Odón desde Pompaelo? —le pregunto Ardo.
El vascón jugueteó con la rebanada de pan a medio roer que tenía entre las manos.
—Mi señor… no vendrá.
—Entonces —intervino Wiliulfo—, ¿quién dirigirá la hueste en su nombre?
—La hueste no irá a la Tarraconense —dijo el emisario vascón.
—¿Atacará a al-Hurr por occidente? —inquirió Lucrecio.
—El ejército de Odón marchará en auxilio de Chilperico de Neustria y de su mayordomo Ragenfrido —declaró Oxson—. Luchará contra Carlos, el bastardo de Pippino de Herstal.
Por un momento, lo único que se escuchó en el palacio de Barcinona fue su entrecortada respiración.
—A cambio de que le reconozcan como rey de Aquitania —intervino Bauda.
El vascón se miró las manos por un instante, antes de centrar su atención sobre ella y responder con voz tranquila y ojos grises y apagados, como las cenizas de un fuego extinto:
—Eso dicen las malas lenguas.
El rey oriental apenas contuvo un furibundo golpe en la mesa. Estúpido.
Tendría que haberlo previsto. ¿Cómo he podido ser tan idiota?
Los reinos y ducados francos sólo se mantenían unidos bajo la férrea mano de «hombres fuertes», que asumían la autoridad suprema tras deshacerse de sus competidores. En tales disputas, no sólo participaban los reyes, sino también los mayordomos de palacio, cuyo poder se había incrementado a costa de la autoridad regia. Pipino de Herstal había sido uno de ellos. Poco antes de morir, tres años antes, a instancias de su esposa Plectruda, había nombrado heredero a su nieto Teodoaldo, de tan sólo ocho años de edad.
Tras el funeral de su esposo, Plectruda hizo encarcelar a Carlos, el bastardo de Pippino, pues podía disputarle el trono a su nieto. Lo cual no impidió una nueva guerra fratricida entre Ragenfrido, el mayordomo de Neustria, el jovencísimo Teodoaldo y el propio Carlos, quien, para entonces, había logrado escapar y se convirtió en mayordomo de Austrasia.
Ardo cerró los ojos, como si aquellas inquietudes pudieran desvanecerse si se concentraba lo bastante. La maldición de Caín volvía a repetirse, al igual que con el reino visigodo. Sumidos en una guerra a tres bandas, los francos difícilmente podrían hacer frente a los ejércitos del califato. Aquitania, Neustria, Austrasia, Burgundia, Frisia, Baviera, Alemannia… caerían una tras otra.
—Si tu señor te ha enviado para anunciar su traición —concluyó Ardo—, en poco valora tu vida.
—Puede ser —admitió el vascón—. Le fallé en el pasado, y, desde entonces, me tiene ojeriza.
El rey oriental se puso en pie, solemne, y habló a su guardia.
—Llevadlos a una alcoba y que descansen. Al alba, entregadles caballos y provisiones para que regresen a Tolosa. —Ardo encaró a su esposa—: No.
No le haré un favor a Odón matando a este hombre.
Apuró la copa de un solo trago, tomó la espada de la mesa y se la ciñó a la cintura.
—¿Adónde vas? —le preguntó Bauda.
—A Tarraco —respondió con la mirada perdida—. Debemos librar una batalla.
—Tenemos un barco listo para zarpar —objetó su esposa.
—Tómalo cuanto antes —le dijo el rey—. Antes de que la flota sarracena ultime el bloqueo. Los francos no os negarán asilo.
Miró a su esposa con esos ojos muertos que veía todas las mañanas al afeitarse y percibió el estupor desfigurando su exquisita compostura. En otras circunstancias, habría sentido lástima por ella.
—Yo… la acompañaré —declaró Próspero—. Debo partir a Roma, para informar al Sumo pontífice. Conmigo estará segura.
—Haced lo que os plazca —masculló el rey oriental.
A esas alturas, morir era lo único honorable a su alcance. Un cuerno chapado en plata resonó en el palacio y los gardingos se congregaron en el pórtico, llamando a sus hombres:
—¡A las armas! ¡A las armas!
Los mozos de cuadra ensillaron los caballos. Ardo deambuló entre el ejército que se preparaba para el combate, observó el formidable aspecto de sus guerreros, los escudos con el cuero recién pintado, los yelmos reluciendo bajo el sol, espuelas y herraduras rechinando sobre el empedrado.
Si no podía gobernar sobre el fantasma de un reino, al menos podría morir con la dignidad de un rey.
—Debimos luchar junto a Rodrigo —musitó en voz baja.
En ese momento, los adoquines comenzaron a oscurecerse, el patio se sumió en tinieblas. El rey alzó la vista hacia el firmamento y vio cómo un astro ocultaba el sol hasta convertirlo en un disco negro rodeado por una
corona de fuego. Durante unos instantes, se hizo de noche; hombres y bestias contemplaron el cielo aterrados, hasta que se hizo de día otra vez.
El 7 de junio del 718, anno Domini, el sol se eclipsó en la piel de toro y, a mediodía, los hispanos pudieron contemplar las estrellas. Aquella señal celeste marcaba el ocaso del Regnum gothorum Spaniae y coincidía con el año cien de la Hégira.
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