Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 19 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XVIII

Fue en la segunda jornada de viaje cuando Beraquisio comenzó a sentirse observado. Al principio fue solo una intuición, que le hizo mirar a la espalda más de una vez. Espoleó a la montura hacia levante, en dirección a los picachos aún cubiertos de nieve. Aquella inquietante sensación no desapareció al día siguiente, y, esa misma noche, colocó ramas secas en torno al campamento. Decidió no encender un fuego y se mantuvo bajo las sombras de un afloramiento rocoso. Se echó a dormir con un scrama oculto bajo el manto, atento a los sonidos del bosque. A medida que transcurrían las horas, dejó de pensar que alguien le estuviera acechando.

Al amanecer, Beraquisio se despertó con una punta de lanza en la garganta.

Abrió los ojos, no se atrevía a alzar el rostro. Los primeros rayos de sol se adentraban entre las rocas que ocultaban la entrada. Su scrama seguía oculto bajo el manto que, plegado, le había servido de almohada.

—Mi bolsa está junto al fardo —dijo, tratando de que no le temblara la voz.

—Si quisiera tu dinero, ya lo habría tomado.

Miró más allá del arma enastada y vio a un joven montaraz de ojos salvajes, ataviado con ropajes de invierno. Beraquisio tanteó el suelo, buscando el cuchillo.

—Déjalo, Favila —ordenó una voz conocida.

Beraquisio entornó la mirada; otro corpulento montañés sostenía una espada al hombro. Se quitó con los dientes una astilla clavada en el pulgar.

—¿Qué diablos ocurre? —Beraquisio se humedeció los labios con una expresión de cautela.

—Te encomendé una misión —le dijo Pelayo—, y no hemos sabido nada de ti desde hace seis días.

El jefe astur escudriñó el arbolado en busca de compañía y Favila se sentó a su vera. Con apenas dieciocho años, el primogénito de Pelayo había heredado su robustez, mas no la prudencia. En ese instante fruncía el ceño, rascándose la barba incipiente, como si sopesara unas complejas operaciones de aritmética.

—No fue fácil burlar a los sarracenos —se excusó Beraquisio—. Me hice pasar por arriero y logré reunirme con tu hermana… Me entregó esta carta.

Pelayo se levantó de súbito y tomó el pliego de pergamino. Leyó con detenimiento y entrecerró los ojos; su rostro se endureció aún más.

—Debemos marchar —declaró—. A Brece.

Dirigió un gesto a Beraquisio, que se apresuró a recoger sus cosas para acompañarlos. El campamento rebelde era un conglomerado de tiendas y chozas entre un triste arbolado que mostraba la desnudez de una primavera incumplida. Apenas había una decena de hombres, todos bien armados.

Montaraces cubiertos de pies a cabeza con ropa de invierno que no combinaba, ojos nerviosos, salvajes, reunidos alrededor de pequeñas fogatas ante chozas de ramas. Llevaban casi un mes lejos de sus hogares, acosando a las guarniciones sarracenas, haciendo la Vía de la Mesa intransitable. Un tábano picando aquí y allá el lomo de un buey. Lo bastante molesto como para que, llegado el momento, pudieran forzar a Munuza a que liberase a su hermana.

Los astures apagaron las hogueras, enrollaron las mantas, se ciñeron las armas y saltaron sobre los asturcones. Favila examinaba el arca roja que su padre guardó en las alforjas.

—Todos creen que trajiste un tesoro del sur —comentó.

—No se equivocan —señaló Pelayo.

Pasaron el día cabalgando por un boscoso paisaje de lomas y vallejos a través de sendas ocultas entre la maleza, evitando los caminos más transitados. El mediodía se mostraba grisáceo, una gasa sucia cubría el sol.

El jefe astur encabezaba la marcha cuando Asterio se colocó a su lado.

—No me fío de él. —El bucelario observaba a Beraquisio—. El oro sarraceno llega a todas partes.

—Es la letra de Dosinda —respondió Pelayo—. Está lacrada con su sello y el encabezado es el acordado para estos casos. Ella jamás ayudaría a Munuza.

—Los hombres están dispersos, aquí sólo somos diez. En un par de días podríamos reunir a ochenta.

—No hay tiempo —insistió Pelayo—. Mi hermana partirá mañana.

—Podríamos usar los prisioneros para un intercambio. —Asterio quiso alcanzar un compromiso.

—Munuza sería un idiota si canjeara a mi hermana por un puñado de moros.

—Pelayo…, no dejes que las emociones te empañen el juicio —insistió su amigo y subordinado, y, por un instante, le sostuvo la mirada—. No tienes la culpa de que la apresaran.

—Lo sé. —Pelayo apartó la vista.

—Lo sabes. Ahora debes creértelo.

—Esto —dijo Pelayo, alzando la misiva— lo cambia todo. No podemos ignorar la ocasión de rescatarla sin derramar sangre.

Asterio sondeó su expresión, evaluando hasta qué punto él mismo creía en sus palabras. El hijo de Pelayo decidió intervenir:

—El rapto de mi tía Dosinda nos otorga simpatías —dijo Favila—. Muchos señores temen que les ocurra lo mismo.

—La mayoría prefiere fingir que la boda es legal —objetó Pelayo—. Eso les permite acatar la autoridad de Munuza con la conciencia tranquila. El gobernador musulmán pretende erigirse como garante del orden… Una rebelión armada ha de ser nuestro último recurso.

—Todos saben que nuestra causa es justa —insistió el muchacho.

—Una vez iniciada una guerra, ya no existen causas justas o injustas —dijo Pelayo—. Sólo hay guerra.

Siguieron cabalgando, los ecos de los animales resonaban en el vacío del bosque. Al anochecer, les dolía cada músculo. Una hacienda emergió del bosque, mampuestos amontonados formaban una casa ante un cementerio, con un mausoleo medio derruido entre una nebulosa de estelas hincadas.

—¿Cómo se llama esta aldea? —preguntó Pelayo.

—Argandenes —aseguró uno de sus hombres.

La puerta emitió un chirrido, y una grácil figura se silueteó en la claridad.

—¿Qué queréis? —les dijo una voz femenina.

—Un lugar seco donde pasar la noche —respondió el caudillo astur—. Te pagaremos.

La dueña de la casa los examinó con unos impasibles ojos negros. Aún joven, mostraba el aspecto de una mujer que ha olvidado que es hermosa.

Pelayo bajó la vista, y después la miró a los ojos: «Sé que no puedo pediros esto. No tengo elección».

—Pasad —decidió la mujer—. Preparaba un guiso.

El norteño descabalgó y dejó la montura atada en el porche. Ella le sostuvo la mirada más de lo necesario y se dispuso a recoger los cubos de agua.

Pelayo los tomó del suelo para ayudarla.

—¿Sois viuda? —Ante su pregunta, ella asintió.

Entraron en un sombrío vestíbulo que aún conservaba el techo, el resto convertido en lodazal. El portalón de roble era incapaz de detener el viento y las ventanas tapiadas hacían el aire irrespirable. Un fuego alimentado con matorrales secos proyectaba una mísera luz sobre los muros en ruinas.

Había dos niños sentados en el enlosado, y Pelayo enseguida percibió la hostilidad del mayor.

—Por favor, sentaos —dijo la mujer.

La docena de guerreros se acomodó en torno al fuego. Su anfitriona apartó las gallinas que picoteaban entre las lajas del suelo, descolgó la perola del lar y les ofreció unos cuencos de cocido. El muchacho mayor se limpió los mocos con el dorso de la mano. Rostro ovalado, ojos enormes de largas pestañas. El astur pudo intuir aquello que ocultaba.

—¿Matarás a algún moro? —le preguntó el pequeño, prestando atención a la espada.

—Tal vez —dijo Pelayo.

El crío sonrió, y él rebuscó en la alforja para ofrecerles unas tortas con miel.

Observó cómo el mayor partía la suya y le entregaba la mitad al otro, que se la llevó con cautela a la boca. Más allá de la puerta, resonó un aullido lejano.

—Hay lobos allá fuera —dijo el niño, y luego miró a su huésped—: ¿No os dan miedo?

—¿Sabes que los lobos no temen a la tormenta? —respondió Pelayo.

—¿En serio?

—Los lobos cazan bajo la lluvia. Contemplan el cielo oscuro y aúllan a la luna. —La mirada gris del antiguo espatario se dirigió hacia el mastín que custodiaba la entrada—. A un perro domesticado le asustan los truenos, necesita un refugio para sentirse a salvo. Nosotros se lo ofrecemos a cambio de su servidumbre.

La mujer se acomodó a su lado sosteniendo una escudilla humeante.

—¿Puedo preguntaros vuestro nombre?

—Me llamo Pelayo. Soy hijo de Favila, antiguo duque de Gallaecia.

Ella asintió. Sin duda lo había imaginado.

—Me temo que no podemos ofreceros demasiados lujos —se lamentó—.

Nuestros siervos huyeron hace años, y antes saquearon la casa.

Le dedicó un ademán cansado, una fuerza perdida en un mar de resignación y apatía.

—¿No os ayuda la parroquia? —le preguntó Pelayo.

—Mi esposo murió en Astúrica, luchando contra el hijo de Mūsà —afirmó en voz queda—. Nuestros vecinos nos retiraron la palabra.

—¿En verdad luchasteis junto a Rodrigo? —preguntó el menor de los niños.

El guerrero observó al mocoso, que no perdía de vista su espada.

—Sí, y también estuve en Astúrica —declaró, sombrío—. Eran hombres valientes que murieron defendiendo a los suyos.

—Mi padre no está para defendernos —dijo el mayor de los hermanos, con una expresión tan gélida como el bosque.

—¡Él no tuvo la culpa! —le espetó el pequeño, y Pelayo sintió una insólita piedad. Se dedicaron a escuchar el silencio, hasta que el jefe astur depositó unas monedas junto al hogar.

—¿Qué es esto? —preguntó la viuda.

—Oro.

—¿Todo esto a cambio de una cena y un techo?

—Debéis marchar a las montañas.

—Esta hacienda ha pertenecido a nuestra familia desde hace generaciones

—dijo el mayor de los hermanos.

—¿Qué edad tienes? —le preguntó Pelayo.

—Catorce.

—No pasarás por varón durante mucho más tiempo.

Los ojos de largas pestañas se mostraron alerta. Se cubrió el pecho con una manta. Pelayo se puso en pie y caminó hacia el corral.

—Es hora de dormir —les dijo a los suyos—. Gracias por la cena.

Apenas durmieron. Se levantaron tres horas antes del amanecer. El desayuno fue una apresurada mezcla de incomodidad y silencio. Se ciñeron las armas, envolviéndolas con trapos para que el sonido no los delatara, y dejaron atrás Argandenes por una senda que serpenteaba en la montaña.

Pelayo podía sentir el peso de la malla sobre los hombros, el cuero chirriar con cada sacudida del caballo, el sudor que empapaba la túnica en su espalda. Beraquisio se había adelantado, y reapareció entre los árboles.

—Brece se halla sobre una loma en el siguiente valle —anunció.

—En su carta, mi hermana dice que estará escoltada. —Pelayo miró por encima del hombro a tiempo de verle asentir.

—Seis soldados, ni uno más —insistió Beraquisio.

—¿Moros o árabes? —preguntó Asterio.

—En Gegione sólo vi maulas moros e hispanos.

Cristianos renegados, con el cráneo rapado y los dientes limados, oportunistas que servían al califa y adoptaban sus paganas costumbres.

Asterio escupió sobre el barrizal. Ya fueran moros o muqātila, los duplicaban en número, se dijo Pelayo. Con eso debía bastar.

La noche los envolvía. La luna brillaba como una bestia albina agazapada entre tinieblas. Avanzaron por la senda, con el sonido de las pisadas amortiguado por el camino, alfombrado de hojas muertas. Escucharon un

relincho lejano. En lo alto de una loma, perdida entre el follaje, un conglomerado de cabañas mostraba sus tejados pajizos. Pelayo reflexionó un instante, descabalgó y los pies se le hundieron en el cieno. Avanzó oculto tras una cortina de avellanos. La luz de los hogares recortaba unas figuras surgidas del porche. Nada parecía fuera de lugar. El huerto tenía buen aspecto, las coles crecían en ordenadas filas. El instinto fraguado en la antesala de mil combates le envió una sensación de alarma. No sabía qué, pero algo iba mal.

—No os mováis —siseó entre dientes.

Hasta entonces no se dio cuenta de que había contenido el aliento.

—Me adelantaré a reconocer el terreno —murmuró Beraquisio.

Pelayo iba a pronunciar un «No» cuando el guerrero abatió unas ramas. La oscuridad comenzó a vomitar saetas, la morisma surgió de la espesura como un enjambre. Gritos de miedo, agonía y muerte rasgaron el aire. El olor de la sangre aterró a los caballos. Tuvo la espada en la mano antes de que se fraguara un pensamiento consciente. Una lanza buscó su rostro. La hoja del astur le amputó un brazo y le tiñó la mano de sangre.

—¡Descabalgad!

Los astures respondieron al mandato. Teotiste cayó abatido por una flecha.

Por la espalda. Pelayo rugió una nueva orden, y los guerreros formaron en cuadro. Una veintena de moros, con la cara tatuada y el cráneo rapado.

Flechas y azconas surgieron en respuesta, el canto de la espada resonó en la noche. Con un rugido salvaje, Favila acuchilló a un muslim.

Pelayo blandió la espada, y un enemigo alzó la adarga para bloquear el golpe. La espada goda impactó en su escudo, le hizo tropezar y cayó de espaldas. Una flecha se clavó en el hombro del jefe astur, un moro cayó sobre él con un feroz rugido. Pelayo le sujetó el antebrazo y ambos rodaron por el suelo.

Todo estaba perdido. Le habían herido, estaban rodeados, los africanos los triplicaban en número. Conquistadores, guerreros de oficio… Todo estaba

perdido.

En el combate, todo luchador ha de enfrentarse a una negación de sí mismo.

Todos sus errores y debilidades pueden interpretarse como aciertos y fortalezas del adversario. En ocasiones, eso te hace olvidar que el enemigo eres tú. Pelayo dio una dentellada a ciegas y echó el cuerpo hacia atrás.

Desgarró la carne. El moro se llevó las manos al rostro con un grito de dolor. Pelayo se arrancó la flecha del hombro y se la clavó al enemigo en la garganta. Este rugió, y Pelayo echó mano al scrama y le apuñaló en el pecho.

Al incorporarse, otro africano cayó abatido por una saeta ante él. En un recodo del camino, un muchacho desconocido sostenía un arco de olmo.

Escucharon un estruendo de herraduras.

—Ad ultionem!

Un jinete ensartó a otro enemigo de una lanzada. El cadáver quedó clavado en un sauce, y el caballo embistió a los moros. El cabello blondo flameaba bajo un yelmo oscuro. Resonó un ijujú cuando una decena de cántabros irrumpió en la explanada. Pelayo apenas pudo distinguir nada, salvo el fragor de la batalla. Todo era un caos borroso de rostros crispados, miembros cercenados, brillo de espadas y cadáveres. La lluvia arreciaba, nublándole la vista, volviendo el terreno resbaladizo, repiqueteando en las armas.

El silencio al fin colmó la noche. Pelayo sentía el rostro empapado, dudaba que fuera lluvia o sudor. Buscó a su hijo con la mirada y examinó a sus hombres. Favila parecía ileso. Incluso los más estoicos seguían aturdidos por el terror compartido. Halló a Teotiste encogido en el suelo. Pelayo se arrodilló junto al muchacho y depositó una mano ensangrentada sobre la herida. En los ojos verdes, fijos en los suyos, vio aceptación.

—Lo siento —sollozó al morir—, lo siento… mucho.

El caudillo astur le cerró los ojos. Algo muerto barrió su mente antes de volver a la realidad.

—¿Qué hacéis aquí? —le preguntó a Fruela sin alzar la vista.

—Es una trampa —dijo el espatario—. Cincuenta moros os aguardan en la casa, hay patrullas por todas partes.

—¿Cómo lo sabías? —inquirió el astur poniéndose en pie.

—Tienes un traidor entre tus hombres —dijo Fruela—. Se lo oí decir a los sicarios que Opas envió para matarme.

En el camino se amontonaban los cadáveres; seis amigos de la infancia yacían en la tierra embarrada. El jefe astur se plantó ante Beraquisio.

—Su hermano Alfonso lo ha desterrado —arguyó el bucelario, escrutando a Fruela—. Habrá pedido auxilio a Munuza.

—Hemos vigilado la hacienda —prosiguió Fruela—. Dos partidas de moros controlan los accesos al valle, otra más está en camino. No tardará en llegar.

Cuando Pelayo habló, su voz no traslucía ni un ápice de ira o disgusto.

—Mi padre solía decir que a los hombres se les puede perdonar lo que hacen, pero no lo que son.

Beraquisio dio un paso atrás, echó mano al scrama, lo pensó un instante y desabrochó la funda. Su rostro bullía de vergüenza.

—Dáselo a mi hijo —dijo, ofreciéndole el arma—, ¿lo harás?

—Sí.

—Dile… dile que me mataron los moros —balbució—. Te he servido diez años, me lo debes.

—Se lo diré.

Se oyó un crujido cuando el rostro de Beraquisio se encontró con el acero.

Un humor sanguinolento salpicó las rocas como rocío escarlata. Pelayo recogió el scrama y lo guardó en el petate.

El jefe cántabro buscó a sus hombres con la mirada. El cuerpo de Alanto yacía entre la hojarasca, sin vida, con el rostro hundido en el cenagal, y Baldomero le daba la extremaunción. Ramiro recogía flechas clavadas en el suelo, el viejo se hacía un apresurado vendaje. Con dos enemigos abatidos en la lista, Munio ni siquiera jadeaba. El resto rebuscaba entre los cadáveres, la mitad con una espada sarracena al cinto.

—Vámonos —dijo Pelayo.

Atravesaron la oscuridad con los demonios aullando a la espalda, con el único pensamiento de escapar. No supieron durante cuánto tiempo cabalgaron en pos de un amanecer que no llegaba. Los caballos trotaban con esfuerzo, las herraduras resbalaban por un terreno desigual. Huellas parcialmente borradas por la lluvia, aquí y allá, lo bastante visibles como para poder distinguirlas. De carro, botas y herraduras. El camino había sido transitado hacía poco.

—Tomaremos la otra senda.

Fruela se disponía a protestar, pero la seguridad que transmitía la voz de Pelayo le detuvo. Dieron un rodeo por veredas casi abandonadas. Los astures parecían conocer hasta la última piedra de la comarca. Desde lo alto de la sierra, divisaron una hueste apostada en la senda que habían dejado atrás.

Amanecía. El sol se abría paso entre la tupida fronda del robledal. Con los dientes Fruela quitó el tapón al odre y bebió un largo trago. Mientras se secaba la boca, se volvió hacia las huellas que dejaban atrás. Nada ostentoso, aunque visible para cualquier cazador. Pronto los moros descubrirían que habían burlado su emboscada y no tardarían en seguirles el rastro.

La niebla vespertina inundaba el valle, cubría el bosque, reflejaba la claridad del sol naciente. Pelayo entrecerró los ojos para mirar al sur, el viento azotaba su barba grisácea.

—El Pialonia está detrás de ese collado.

Una vez vadeado el río, las últimas estribaciones del Vindio les darían cobijo. Picaron espuelas, animados. La vereda descendía entre el arbolado, serpenteando por la ladera, para luego ascender hacia el paso de montaña.

El robledal parecía colmado de vida; los insectos zumbaban en la maleza, los pájaros trinaban en los árboles. Resonó un alarido ondulante seguido de un chillido estridente que todos habían aprendido a temer.

—Allahu akbar!

—¡Escapad! —gritó Pelayo—. ¡Hacia el sur!

Tomaron los escudos, azuzaron las monturas. Una formación de jinetes cargaba desde lo alto. Las mizraq de hierro aguzado atravesaban escudos, después se enfrentaron a una tormenta de lanzas. Un yelmo crujió cuando Mimung lo hizo pedazos, el dueño eructó un chorro de sangre. Siguieron adelante, abriéndose paso entre morisma y espesura. La fronda se agitó ante Fruela, alzó la vista justo a tiempo. Una lanza se deslizó por el costado, desgarrándole la malla. El primer tajo de Mimung le golpeó en el hombro; el segundo, en el cráneo.

—¡Seguidme! —Una rama azotó el rostro de Fruela y le dejó una línea de sangre. Los montañeses rebasaron el collado; habían perdido de vista a Pelayo. El aire ardía en los pulmones. Entre un laberinto de fresnos, descendieron por la ladera hasta alcanzar el río.

El Pialonia rugía, salpicándolos con estallidos de espuma helada. Una espesa niebla cubría la crecida que anegaba las vegas, los chopos brotaban del agua turbia como fantasmas.

—¡Descabalgad!

Apenas seis hombres: el resto se había dispersado por el bosque. Iban llegando los rezagados. Ramiro desmontó el arco y lo introdujo en la funda, guardó la cuerda en una bolsa de cuero encerado y la metió bajo la ropa.

Vieron aparecer a Pelayo sobre el caballo, ambos cubiertos de barro hasta el punto de no saber dónde empezaba la bestia y acababa el hombre. Después llegaron Asterio y Favila.

—Me quedaré atrás con Munio y el viejo para proteger la retirada —dijo Fruela—. Los detendremos todo el tiempo que podamos. —El conde astur no llegó a protestar: alguien debía dirigir la marcha—. ¡Vamos!

Uno tras otro, los jinetes cruzaron las aguas revueltas sobre un lecho de rocas resbaladizas, mientras la luz se desvanecía a ojos vista. A sus espaldas, voces ásperas en una lengua extraña. Unas ramas agitándose, Mimung segó a ciegas. Las entrañas de un moro quedaron colgando. Cargó contra Fruela, la pierna izquierda se le enredó en los intestinos y cayó de bruces al suelo.

—Ahora tú, viejo —ordenó Fruela.

—¿Bromeas? —jadeó Elacio.

El conde le empujó al río. Otro enemigo surgió de la espesura y una flecha le acertó en el rostro. Desde la otra orilla, Ramiro disparaba en tiro tenso.

Una nueva saeta se clavó en la adarga de un maula. Munio hincó la rodilla en tierra para segarle la pierna adelantada. Luego saltó al agua.

—¡Vámonos!

La vista de Ramiro parecía capaz de atravesar la niebla, los proyectiles caían sobre el enemigo con una precisión letal. Fruela comprobó que todos habían cruzado. Tras asegurarse de que nadie se rezagaba, tomó las riendas del semental y se sumergió hasta la cintura. El torrente de agua casi le arrastra, tuvo que aferrarse al animal. Una vez en la otra orilla, avanzó a trompicones hacia la espesura. Una flecha se clavó en un roble centenario.

A una orden perentoria, los norteños saltaron sobre las monturas para galopar hacia la loma. El cielo seguía gris, la lluvia había cesado. Las copas de los árboles susurraban y gemían. Cinco hombres habían quedado atrás.

—¡Vamos! —les gritó Pelayo—. ¡Aquí no estamos seguros!

Avanzaron por el piedemonte, hacia el este, a la vera del Pialonia. El camino subía y bajaba, franqueaba un puente, bordeaba pozas donde se remansaba el río. El bosque clareó y, por encima de los montes, un coloso

recortado sobre los rojos celajes del ocaso resplandecía con el fulgor de las nieves eternas. La presencia del Vindio les infundió ánimos, la huida había llegado a su fin. Tras vadear el Salia, Pelayo descabalgó para limpiarse de sangre, mugre y sudor.

Depositó una mano sobre Favila y le abrazó con orgullo. Era la primera vez que su hijo vertía sangre. Al girarse, se plantó ante los cántabros.

—Gracias —les dijo—. Vuestros muertos… ¿cómo se llamaban?

—Somna y Alanto —respondió Munio.

—Somna y Alanto —repitió el astur—. He ahí dos nombres que no olvidaré.

Exhausto, Fruela apoyó el escudo contra una roca y se despojó de la loriga.

Una expresión de alivio al liberarse del peso.

—¿Estáis bien? —les dijo a los hombres, y su primo puso una mano en su hombro.

—Lo estamos.

Decidieron acampar allí mismo, sobre la colina, sin encender ninguna hoguera. Retiraron las sillas a los caballos, cepillaron su pelaje embarrado, les dieron cebada y agua. Por un instante, los ojos de Fruela vagaron a la deriva. Habían perdido las mulas con la carga. Baldomero hacía recuento de víveres.

—Apenas nos queda alimento para dos días —se lamentó en voz baja—. Y

después, ¿qué?

—Comeremos lo que podamos encontrar —dijo Fruela.

—¿Y si no encontramos nada?

—Algo habrá.

El monje emitió un gruñido apagado y acudió para atender los heridos.

Pelayo extendió la manta sobre el suelo y se tumbó sobre ella. Munio echó un vistazo a los caballos y regresó al claro con un pequeño odre y un par de vasos de barro. Llenó uno y se lo ofreció a Fruela, que probó el vino y alzó la vista hacia el cielo nocturno mientras su primo bebía a su lado.

—¿Qué piensas de los moros? —le preguntó Fruela.

—Son guerreros duros, pero no saben pelear en el bosque.

—Ni tampoco vadear un río —añadió Elacio—, ni seguir un rastro. Para eso dependen de los maulas hispanos.

—Por eso estamos con vida —dijo Fruela.

—Y también gracias a Ramiro —precisó el veterano, escrutando al muchacho que secaba su arco—. Se diría que puede ver en la oscuridad.

Munio le entregó un vaso a Fruela, que apuró de un solo trago, y se lo llenó de nuevo. Cuando el calor del vino invadió su cuerpo, la ansiedad se diluyó en él. Las conversaciones murieron, el campamento se llenó de sonidos ásperos, jadeos entrecortados. Se tumbaron en el suelo. El antiguo espatario quiso dormir, cerrar los ojos y olvidar, pero cada ruido del bosque, cada susurro del viento, le recordaba el horror de la batalla.

Extrajo el perol de la saca y comenzó a limpiarlo. Buscaba algo que hacer, algo que ahuyentase a los fantasmas. Vio a Pelayo sentado, con la espalda apoyada en la roca y el scrama de Beraquisio sobre el regazo.

—La otra noche tuve un sueño —murmuró el astur, manoseando el arma—.

Uno muy extraño.

—¿De qué iba?

—Anochecía, cabalgaba por una senda embarrada. A cada lado del camino había una fila de cruces y gente clavada en ellas. Vi a Fioncio, el que mató a su hermano, y al viejo Egila, que forzó a una cría de once años. A Walia, que ordenó arrasar un poblado entero. Me gritaban, querían que los

ayudase… Yo sabía que merecían estar ahí, no había redención posible a sus pecados. Así que ignoré las súplicas y seguí mi camino. Cuando llegué al final, encontré una cruz vacía. A su lado estaba el Diablo, esperando a clavarme.

Las aves habían dejado de trinar, el viento ya no susurraba entre los árboles.

—Haz que siga esperando —le dijo Fruela, y el astur asintió, meditabundo.

Le dolían las piernas.

—Cuando lucho, jamás pienso en la esgrima —declaró para sí—. Después, siempre me pregunto cómo pude vencer. ¿Qué aprendiste de la derrota en el lago?

Extrañado ante aquel interrogante, Fruela reflexionó durante un largo rato.

—Que no conocíamos a nuestro enemigo —dijo al cabo—. Y, para derrotarle, debes saber dónde residen su fortaleza y sus debilidades.

—Has de ver el mundo a través de sus ojos —declaró Pelayo—. Los árabes conciben dos tipos de honor. El ‘ird supone la honra femenina, vinculada a la modestia y castidad. Sólo se puede perder, y una vez que esto ocurre, resulta irrecuperable. Un linaje fuerte recibe mujeres, jamás las cede.

—Munuza quiso despojarte de tu renombre.

El jefe astur sonrió. Oculto tras una máscara de tosca reciedumbre, el tiempo pasado en Qurtuba había supuesto un meticuloso estudio de su oponente.

—El sharaf supone el honor masculino, que se puede adquirir, aumentar, perder o recuperar —prosiguió Pelayo—. Sufrir un rapto supone un menoscabo al sharaf que exige una retribución…, al igual que la muerte de tus hombres. Hemos vertido sangre agarena: ya no hay marcha atrás.

—Munuza verá comprometida su reputación —dijo el cántabro—, enviará un ejército contra nosotros.

—Exacto.

Fruela cerró los ojos, inspiró hondo, percibió el hedor a leña quemada, cuero y sudor. El cansancio de una noche de insomnio se apoderó de él.

—¿Qué piensas hacer? —dijo, y exhaló un trémulo suspiro.

—Convocaré al concejo de los valles.

—Envía emisarios a los nobles —le dijo el otro espatario—. Necesitamos a los potentiores, con sus castillos y ejércitos privados. Sin ellos no podemos vencer.

Pelayo escuchó el murmullo de un arroyo, y el ulular de un búho dedicado a la caza nocturna. Esbozó una sonrisa triste, desolada, y pese a ello sonrió.

—Lo haré.

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