Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 32 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XXXI

Agitados por la brisa, las partículas de ceniza bailaban entre los dedos de Alqama. Quiso atrapar una y se disolvió dejando un rastro gris en las yemas. La llovizna no podría extinguir las llamas que lamían los muros de la granja, como tampoco podía apagar el fuego que consumía su alma.

Apoyó la bota sobre el rostro del cadáver y sujetó con firmeza la oreja cuando comenzó a desgarrar la piel y el cartílago con el cuchillo para obtener un nuevo trofeo. Ninguno de ellos procedía del hombre al que ansiaba matar, y suponían ser malos sustitutos. En los huertos, los muqātila cargaban sacos de mijo en las dos mulas que habían requisado y despojaban a los cuerpos sin vida de cualquier cosa de valor.

—¡Señor! —El grito llegó del camino. Se giró para atender al jefe de los barbar.

Sus hombres mostraban la ropa ajada, cubierta de mugre y sangre, a causa de la batalla y la huida. Muchos habían abandonado sus preciadas armaduras para atravesar las montañas. Su propia qabā’, ornada en seda, estaba hecha jirones, la funda de la espada mushrafī se hallaba repleta de marcas. Habían abandonado Astúrica con más de mil hombres, y, en ese momento, tenía cincuenta consigo. Un ejército reducido a una banda de forrajeadores, con el aspecto de bandidos. El pensamiento avivó una llama de ira en su interior, y, antes de responder, se humedeció los labios:

—Decidme.

—Los hombres están exhaustos —dijo el barbar—. Hemos marchado de noche. ¿No podemos darles un descanso?

El caíd escrutó la expresión del africano: la fatiga parecía haberse adueñado de cada fibra de su cuerpo. Una breve ojeada a los hombres que le acompañaban constató el mismo aspecto. Ni tan siquiera consideró la solicitud. Alqama echó un vistazo más allá del camino, hacia el norte,

donde se alzaba un gigantesco muro de roca. Debían abandonar el valle cuanto antes, o estarían a merced de sus enemigos.

No sabían cómo.

—Descansaremos en cuanto salgamos de aquí —sentenció Alqama.

Aunque no podían demorarse, debían recuperar la moral perdida, y sólo había un modo de lograrlo. Una partida de forrajeadores le llevó una cautiva, con los brazos atados y un trapo grasiento en la boca. Examinó su impúdico aspecto, como el resto de cristianas. El rostro, aterrado, al descubierto. El cabello, recogido en una trenza, sin velar. Y bajo el vestido raído y la camisa de lino, siempre iban desnudas.

—¿Dónde la habéis encontrado? —preguntó Alqama.

—En una de las brañas —respondió el cabecilla—; recogía el rebaño.

Algunas reses estaban ocultas y se demoró buscándolas.

—Han sido advertidos de nuestra llegada. —El caíd manifestó sus temores en voz baja.

—Eso parece —le confirmó el batidor—. No creáis ni una sola palabra que diga.

—¿Tiene un nombre?

—No que yo sepa —dijo, encogiéndose de hombros—. Podéis preguntárselo a ella, aunque será mentira.

El caíd se palpó el antebrazo, asegurándose de que el cuchillo estuviera en su lugar, bajo la manga, y se plantó ante la prisionera. Tomó las mejillas entre sus manos, observó el cabello alborotado, la sangre que caía del labio.

La ropa andrajosa, hecha jirones; los batidores se habían divertido antes de traerla. La empujó contra la cerca del huerto, ella cayó de bruces, maniatada, y él se acuclilló para poner el rostro a su altura.

—Descríbeme el valle. —Tras escuchar las palabras de Alqama, la cautiva empleó la lengua para secarse los labios.

—¿Dañaréis a mi gente? —inquirió, ceñuda.

—Por supuesto.

—Entonces —dijo alzando el mentón—, ¿por qué debería deciros nada?

El sarraceno extrajo el arma oculta y empezó a escarbar en la tierra.

—Porque tú estás atada y yo tengo un cuchillo —declaró con parsimonia, y ella lo contempló durante lo que parecía un fragmento de eternidad.

—Haga lo que haga, me mataréis —concluyó la mujer, arrastrándose hacia atrás por el suelo.

—Sí —admitió Alqama—. Al final, me rogarás que te arranque la vida, y, entonces, sabré que eres real.

Quemaron todo lo que no podían llevar consigo. La conmoción y el terror suponían el mejor modo de atravesar el valle sin que los lugareños osaran enfrentarse a ellos. Las columnas de humo anunciaban su avance y su voluntad de sembrar la desolación. A la cabeza de la columna agarena que avanzaba por el áspero sendero, Alqama masticaba, pensativo, una brizna de hierba. Resonaba el entrechocar de las armas y los relinchos de un puñado de mulas. La cautiva los había informado de que Causegaudia se hallaba en el corazón del valle más occidental de los tres que conformaban Libana.

Media jornada junto a la vera del río y el bosque empezaba a clarear.

Alqama vislumbró la aldea a una milla, más allá del camino. Un enjambre de aldeanos abarrotaba la senda que conducía hacia el norte y, a pesar de la distancia, pudo reconocer su incredulidad cuando los vieron llegar.

—¡Daos prisa! —La orden fue obedecida de mala gana por la agotada hueste, que comenzó a trotar por el cauce pedregoso que atravesaba las vegas.

Los cántabros conducían carros y llevaban consigo enseres y rebaños, la marcha resultaba lenta por necesidad. Cuando se hallaban a doscientos pasos, Alqama pudo distinguir que la mayoría eran mujeres. Escucharon un cuerno y veinte, no, treinta lugareños armados se desplazaron hacia la retaguardia de la columna para proteger a sus familias.

Los ojos de Alqama se esforzaron en distinguir las figuras de los nativos a través del polvo. Los persiguieron, forzando marchas, durante casi tres millas. La distancia entre los dos grupos iba menguando bajo la imponente mole de una montaña a su diestra. A dos tiros de flecha, Alqama ordenó a los peones que avanzaran en tres líneas, con las armas enastadas al frente, los arqueros detrás. Los agarenos profirieron un grito de júbilo, ante la idea de resarcirse de quienes los habían hostigado durante tres infernales jornadas por las montañas.

—¡Avanzad en orden! —Alqama aulló una advertencia, en gran medida ignorada. Aferró su lanza, manteniéndola en alto sobre el escudo. Juntos crearon un muro, listos para devastar la frágil formación enemiga.

Resultaba difícil conservar el orden, los moros avanzaban con impaciencia.

A una treintena de pasos, los montañeses se detuvieron y arrojaron una irrisoria descarga de flechas. Componían un irregular cuadro, decididos a enfrentarse a los muslimes. Los proyectiles se clavaron ante las primeras filas, apenas ralentizaron su avance. Por cada tres pasos que los muslimes daban al frente, los cántabros retrocedían uno; la distancia entre ambos se reducía.

Alqama descorchó el odre con los dientes para dar un último trago. El agua, salobre y rancia, se le antojó dulce a su garganta reseca. Revisó la adarga, asegurándose de que la corambre estuviera en buen estado, y desenvainó la espada damascena.

—¡Arqueros! —gritó Alqama.

Resonó el chasquido de los arcos y fundíbulos al arrojar sus proyectiles, que impactaron sobre el tosco muro de escudos de los nativos. Los cántabros abatieron las lanzas, más concebidas para la caza que para la guerra. Los árabes percibieron su debilidad, podían oler su miedo.

—¡Mantened la línea! —Con un estandarte rojizo en alto, ondeando orgulloso, un espatario dirigía a los aldeanos. Una hueste de niños, lisiados y ancianos. Granjeros y pastores con ropas andrajosas y armas de caza—.

¡No miréis al frente, sino atrás!

Los montañeses echaron un vistazo por encima del hombro, a sus espaldas, más allá del muro de escudos: a sus madres, a sus nietos, a los rebaños que les daban sustento. A todo cuanto amaban. Cuando entornaron el rostro hacia el frente, su expresión era decidida.

—¡Sin cuartel! —gritó Alqama—. ¡No hay lugar en la Yanna para los cobardes!

Los muslimes arrojaron una descarga de saetas, y luego otra. Una eufórica confianza crecía dentro de sus pechos, la victoria se antojaba demasiado fácil.

—¡Alto! —gritó el caíd, alzando la mano.

La mayoría de barbar ignoró sus órdenes y corrió por el camino, bajo la sombra de los peñascos que asomaban sobre sus cabezas y dominaban el angosto paso.

Un resoplido de cuerno surgió de la montaña y se extendió por todo el valle.

En ese instante, un alud de rocas rodó por la pendiente, como una marea devastadora. Un temblor que les sacudió hasta los huesos.

El barbar que acompañaba al caíd gritó algo, no lo pudo escuchar. El yelmo retumbó como una campana cuando una piedra impactó en él. Dos flechas le alcanzaron el pecho, en rápida sucesión. Aturdido, se derrumbó de espaldas. A su alrededor, los moros caían aplastados por las peñas, empuñando las armas, feroces incluso en la muerte. Los supervivientes fueron abatidos por las saetas. Alqama se descubrió herido, en el suelo. El estruendo de las rocas rodando aún resonaba a su alrededor. Parpadeó por un instante al ver su sangre. Cerró los ojos, concentrado en su propia respiración. Quiso ponerse en pie, apretó los dientes, apenas consiguió respirar. Comenzó a gatear entre los pedruscos. El polvo se despejaba en el camino, convertido en pedregal. Los cuerpos sin vida esparcidos por el

pedregal, allá donde hallaron la muerte. Un grupo de mujeres descendió de la montaña, armadas con cuchillos y hachas de leñador, para rematar a los moribundos.

Alqama sintió cómo su corazón se ralentizaba, un frío pegajoso en las manos, la sangre reseca en la boca. Alzó la vista y los tendones del cuello protestaron, y se topó con un rostro femenino. Unos ojos enigmáticos, sobre piel sudorosa, pálida como el alabastro. Una máscara vacía de emoción, esa frialdad que reprime la ira.

—M-mátame —rogó Alqama, y aferró la empuñadura de la espada. Pronto estaría muerto, y el modo de hacerlo importaba.

La mujer, delgada, de cabello azabache, manoseaba un cuchillo. Parecía encinta. Había hecho trabajos sucios antes. Había atendido a leprosos, había limpiado cadáveres. Compartió una celda con ratas, caminó descalza por una ciudad en ruinas. Su cuerpo fue varias veces forzado por hombres como él, y, aun así, logró derrotar a la idea de que aquello definiera su valor y su propósito.

Tampoco dejaría que el odio definiera sus actos ese día.

—No. Te niego la muerte.

El aire se había vuelto denso como la miel de brezo, los cuerpos cansados deambulaban entre una nube de polvo, los grajos hacían círculos en el cielo, a la espera. Abrumada por el alivio y aturdida por la emoción, la mujer vio llegar a un guerrero. El resto de hombres se ponía de pie a su paso, mirándole con respeto. Cansado más allá de lo imaginable, él caminaba, aunque no estaba allí. No estaba en ninguna parte. A veces, tenía que detenerse y cerrar los ojos para no caer. La sangre se deslizaba lentamente bajo su ojo izquierdo.

—¿Has tenido ya suficiente heroísmo? —le preguntó la mujer, con una sonrisa cansada en los ojos.

—Eso creo. —Fruela apretó los dientes al sentarse sobre una roca y ella se acomodó a su lado. Trató de ser cuidadosa cuando le lavó los cortes y

examinó la herida bajo el ojo izquierdo. No lo consiguió y dio un respingo.

—Lo siento.

—Está bien. —Fruela cerró los ojos y ella sonrió. Sus manos temblaron cuando la aguja comenzó a perforar la carne—. Usar a mujeres como cebo…, demasiado arriesgado.

—Alqama ya había caído en dos emboscadas —dijo Hilduara.

Concluida su labor, comprobó las costuras. Se había concentrado tanto en la herida que no se dio cuenta de cómo la miraba.

—Debería sanar. —Dejó la aguja a un lado mientras él asentía, después le acarició la mejilla y apoyó la frente en su hombro.

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