Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 34 de 34

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Cova Dónnica

Apuntes históricos

Hubo un héroe que luchó contra un león y limpió los establos de un rey.

Dioses que se burlaban de nuestra vanidad desde la cima de una montaña; un titán que les robó el fuego para nosotros y un muchacho que quiso volar cerca del sol. Relatos surgidos para explicar lo inexplicable, aunque no de una manera lógica. Un mito no sólo demuestra, sino que también expresa.

Es una consciencia hecha tangible. Una metáfora que encarna valores e ideales, y, en su misma esencia, hallamos nuestro ser atemporal y nuestra concepción del destino. Desde muy temprano, la victoria de Pelayo en Covadonga adoptó la forma de «mito de origen», el germen del reino de Asturias y, siglos después, de la nación española. La cosmología de todo mito fundacional puede dividirse en cuatro etapas: una época dorada, una caída o destrucción, una era de tribulaciones y la restauración del estado primigenio. De este modo, se fragua un bucle nostálgico hacia un pasado imaginado, una tensión constante entre lo que es y lo que debería ser. No es difícil trasladar este paradigma a ese proceso llamado Reconquista.

Desde los tiempos de Heródoto, la historia se ha confrontado con el mito, del mismo modo en que se distingue entre realidad y ficción, o verdad y mentira. Esta creencia alcanzó el paroxismo con el positivismo decimonónico que quiso aupar a la historia a la categoría de «verdadera ciencia». La comprobación de la veracidad de los hechos supondría el primer paso de un proceso analítico que culminaría con el descubrimiento de las leyes que rigen los fenómenos históricos, ya que, en palabras de Augusto Comte, «no se deberá nunca confundir la ciencia real con esa vana erudición que acumula hechos maquinalmente sin aspirar a deducirlos unos de otros». Este ingenuo antecedente del fact-checking de la era digital puede servir para verificar una noticia, lo cual no impide que su interpretación, destinada a elaborar un discurso histórico, resulte totalmente errada. Y a la inversa. En su Poética, Aristóteles ya señaló que la literatura aborda lo universal y la historia, lo particular, y que la ficción puede ser una mentira que nos permita alcanzar una verdad superior.

Para el mitólogo Mircea Eliade, un mito supone una historia sagrada que describe el modo en que, gracias a las hazañas de un héroe, una realidad ha cobrado existencia. Cualquier cosa se vuelve sagrada en la medida en que incorpora —es decir, revela— algo que va más allá de sí misma. Lo que define al mito, por tanto, no es su carácter ficticio, sino la función que desempeña dentro de un sistema ideológico capaz de ofrecer a la sociedad que lo conforma una representación global de su devenir histórico. Una batalla puede ser real y, con el paso de los siglos, mitificarse, dado que la realidad humana posee una naturaleza dual: todo es algo y, al mismo tiempo, significa algo.

La «idea controladora» de este libro reside, precisamente, en la compleja relación entre mito e historia. El lector interesado en mi interpretación

«científica» de la conquista islámica de Spania y el surgimiento del reino de Asturias podrá encontrarla en Espada, hambre y cautiverio, una monografía editada recientemente por Desperta Ferro. En la trama de Cova Dónnica hallará, por el contrario, una evocación del «periplo del héroe» de Joseph Campbell; reflejos y sombras de los arquetipos de Carl Jung; ecos de la hermenéutica de lo sagrado de Mircea Eliade; y el inevitable ajuste de cuentas del autor con el mundo. Mi rey Rodrigo es sólo una carcasa concebida para ahondar en la fragilidad del bien. El conflicto interior de Fruela resulta deudor de la Máscara de mando de John Keegan, y tanto Pelayo como Maslama sirven para plasmar las múltiples paradojas del liderazgo.

Lo cual nos lleva a la inevitable pregunta de «Sí, pero ¿qué ocurrió realmente?».

La primera mención a la rebelión pelagiana se encuentra en el Testamento de Alfonso II, un acta de donación fechada en el año 812 que, de forma lacónica, nos informa de que Pelayo «fue elevado al rango de príncipe y, luchando victoriosamente, abatió a los enemigos y defendió, vencedor, al pueblo cristiano y astur, dándoles gloria». Para un relato más detallado debemos recurrir a tres obras redactadas en Oviedo hacia la década de 880, la Crónica Albeldense y las dos versiones de la Crónica de Alfonso III. Al contrario de lo que muchas veces se afirma, no son fruto de la inventiva de tres autores sentados ante un pergamino en blanco. En las crónicas

altomedievales no existía el concepto de autoría, y suelen ser obra de sucesivas manos que fueron añadiendo información, en ocasiones transcribiendo pasajes enteros de manuscritos anteriores. Este proceso convierte a las fuentes en algo más parecido a una página de la Wikipedia que a un libro de historia, tal y como hoy lo entenderíamos. El relato de los sucesos de Covadonga resulta de mayor extensión en la versión Rotense de la Crónica de Alfonso III, y, en opinión de Miguel Stero, su versión más primitiva debió de elaborarse poco después de la muerte de Alfonso I en 757. Presenta infinidad de similitudes con un texto litúrgico llamado Missa de Hostibus, estudiado por Alexander Pierre Bronisch. Diversos clichés literarios y citas, plagios y alusiones al Antiguo Testamento convierten a los sucesos del monte Auseva en evocaciones de personajes y acontecimientos bíblicos que, en última instancia, trasmiten la idea de que la victoria cristiana sólo fue posible gracias al auxilio de Dios.

Contamos con una tradición árabe sobre los hechos de «la Roca de Pelayo»

que parece remontarse a Ahmad al-Rāzī, un historiador andalusí del siglo x.

Este relato se ha conservado en cuatro compilaciones históricas, aunque el número puede elevarse a diez, si contamos las que reproducen las primeras.

Las dos versiones más extensas proceden de su hijo ‘Īsà al-Rāzī y de Ibn Hayyān, transcritas en la obra de Mohamed al-Maqqarī, un historiador magrebí del siglo xviii. Ahmad al-Rāzī empleó fuentes latinas para elaborar un contrarrelato a la tradición asturiana en el que minimiza la importancia de los hechos de Covadonga, y, por ese motivo, incurre en la contradicción de negar la existencia de la batalla y, al mismo tiempo, de destacar su enorme trascendencia histórica. A pesar de los muchos problemas de las fuentes textuales, los avances arqueológicos de las últimas décadas esbozan un paisaje cada vez más nítido de Asturia y Cantabria a comienzos del siglo viii.

La rebelión de Pelayo debió de iniciarse en 718, ya que las crónicas asturianas sitúan su muerte en 737 tras un reinado de 19 años. La famosa fecha de 722 para la batalla de Covadonga responde a una hipótesis de Claudio Sánchez-Albornoz, basándose en una compilación biográfica que menciona un noble musulmán que murió en al-Ándalus a manos de los cristianos el 30 de mayo de 722, algo que, en su opinión, sólo pudo ocurrir en Asturia. Este argumento resulta muy cuestionable, ya que, por entonces,

debían de existir otros núcleos de resistencia en la Península y el califato aún realizaba campañas militares en Septimania, región del sur de la Galia comprendida en al-Ándalus. Sin embargo, esta datación resulta coherente con la mayoría de fuentes árabes, ya que sitúan los sucesos en el valiato de

‘Anbasa ibn Suhaym (reg. 721-725), un gobernador árabe que, según la Crónica Mozárabe, «duplicando los impuestos a los cristianos, los reprimió con dureza». La revuelta en Asturia y Cantabria, por consiguiente, podría estar relacionada con un aumento en la presión fiscal que desencadenó infinidad de conflictos por todo el califato.

Luis A. García Moreno ha propuesto trasladar la fecha de la batalla al año 737, tras identificarla con una oscura mención de la Crónica Mozárabe a una campaña en «las montañas pirenaicas». El principal escollo reside en que las crónicas alfonsíes fechan la muerte de Pelayo precisamente en el 737, lo que coincide con la fundación de la iglesia de la Santa Cruz en Cangas de Onís, promovida por Favila, el hijo y sucesor de Pelayo, el 27 de octubre de ese año. Julia Montenegro y Arcadio del Castillo han destacado que la narración alfonsí presenta el enfrentamiento en el Auseva justo después de que Pelayo fuera elegido princeps, por lo que proponen una fecha más próxima a 718. Para Cova Dónnica me he decantado de forma interesada por esta posibilidad, para desarrollar una trama carente de una elipsis de cuatro años, de modo que la acción progresara de un modo más orgánico.

Tanto los relatos árabes como las tres crónicas alfonsíes presentan a Pelayo como un aristócrata godo. Según la versión Rotense, habría sido espatario de Witiza y Rodrigo, mientras que la A Sebastián eleva su rango al presentarle como «hijo de Favila, de ascendencia regia». Esta reescritura sirve para presentar al reino de Asturias como sucesor del visigodo. La condición de Pelayo como hijo de un duque provincial no es incompatible con la de comes spatharius, uno de los jefes de la guardia palatina de los reyes visigodos. Ignoramos la relación de Pelayo con el territorio astur; si su familia tenía bases fundiarias en la región o si, como tantos nobles hispanogodos, buscó refugio en las montañas. En un precepto real, Alfonso III dona la iglesia y las haciendas de Santa María de Tentiana, la actual Tiñana de Siero, que habían sido propiedad de su bisabuelo Pelayo. Esta propiedad pudo pertenecer la familia del caudillo astur o ser adquirida tras

la victoria en Covadonga. El duque Favila, padre de Pelayo, pudo estar a cargo de la provincia visigoda de Gallaecia, o bien de una posible provincia de Asturia, mencionada por Valerio del Bierzo y el cosmógrafo de Rávena.

La Crónica Albeldense asegura que, cuando el futuro rey Witiza residía en Tuy, asesinó al duque Favila de un estacazo en la cabeza «por causa de su esposa» y, más tarde, cuando ocupaba el trono, expulsó a su hijo de Toledo.

La hostilidad de las fuentes alfonsíes hacia Witiza y su linaje, unida al hecho de que en época de Alfonso III estallara una rebelión liderada por un dux Witiza en Tuy, hace cuestionar la veracidad del relato.

Según la versión Rotense de la Crónica de Alfonso III, el estallido de la revuelta de Pelayo se produjo después de que Munuza, el gobernador musulmán de Asturia, le enviase a Córdoba con la excusa de una comisión, para desposar a su hermana aprovechando su ausencia. Al-Maqqarī incluye una anécdota según la cual Pelayo habría permanecido como rehén en Córdoba «para asegurar la obediencia de las gentes del país» durante el valiato de al-Hurr (reg. 716-719) y logró escapar en el año 717. En Espada, hambre y cautiverio he propuesto que esta tradición responda al hecho de que el palacio de al-Hurr (Balāt al-Hurr) en Córdoba sería conocido, un siglo después, como «la Casa de los rehenes» (Dār al-rahāin), ya que se convirtió en la residencia forzada para jóvenes aristócratas muladíes.

Aunque, en ocasiones, la boda de la hermana de Pelayo con Munuza ha sido despreciada como un novelesco «lío de faldas», los enlaces entre conquistadores y nobles hispanogodas supusieron un fenómeno muy común tras la conquista, gracias a lo cual los linajes árabes consolidaron su poder y la aristocracia indígena preservaba una cierta posición en el nuevo régimen.

En 1976, Pierre Guichard destacó que la organización agnática de los árabes

—un férreo patriarcado que ignoraba el linaje materno—, unida a la poligamia y el concubinato islámicos, hizo que esta «unión» sólo fuera ventajosa para una de las partes. Un musulmán podía desposar a cuatro cristianas, pero un cristiano no podía casarse con una musulmana. Estos factores, junto con su posición socialmente hegemónica, hicieron que las haciendas de las élites indígenas acabaran integrándose en los linajes árabes, sin posibilidad de retorno; junto con los abusos propios de toda élite conquistadora y la creciente opresión fiscal, debieron de suponer una continua fuente de conflictos.

Sea como fuere, Pelayo tuvo que regresar a Asturia en el año 718 y, poco después, inició la revuelta. Parece que, en un principio, trató de liberar a su hermana de una forma negociada. La Crónica de Alfonso III relata cómo las autoridades islámicas enviaron unos agentes para apresarle, por medio de engaños, en un lugar llamado Brece. Gracias a la advertencia de un amigo, logró escapar a uña de caballo, junto con su séquito armado, hasta toparse con el río Piloña «crecido y desbordado», por lo que tuvo que cruzarlo a nado, y después buscó refugio en los Picos de Europa.

Las crónicas afirman que la sede de Munuza, el gobernador musulmán de la Asturia transmontana, se hallaba en Gijón, un enclave portuario que suponía ser lo más parecido a un núcleo urbano en la vertiente costera de la cornisa cantábrica. Contaba con una muralla romana que cerraba el istmo y una cisterna lo abastecía de agua. Los materiales con los que esta última fue rellenada, en el último tercio del siglo viii, incluyen muebles y enseres de cierta riqueza, restos óseos de perros de caza y de una mangosta egipcia, un animal exótico importado del norte de África. Estos restos apuntan, en opinión de Alfonso Vigil-Escalera, a que Gijón se tratase de «la sede de un palatium y una guarnición desde donde se ejercería el control político y fiscal del territorio». Dado que, en Asturias, los yacimientos de época tardoantigua se concentran en torno a la actual «Y» formada por Gijón, Oviedo y Avilés, la guarnición gijonesa podía controlar la mayoría de haciendas y fortalezas de la aristocracia local. No obstante, esta privilegiada situación estratégica dependía de mantener una vía de comunicación abierta a través de la cordillera, ya fuera por el Camino de la Mesa, que conducía a Astorga, o bien por la Vía Carisa, que llevaba a León. Entre finales del siglo vii y principios del viii, cerrando ambas vías romanas, se construyeron dos defensas lineales de tipo claustrae, en Homón de Faro y El Muro, un hecho que parece relacionado con la invasión musulmana. Sabemos, gracias una fuente anónima árabe, los Ajbār Maŷmū‘a, de la existencia de un importante asentamiento militar islámico en Astorga hacia la primera mitad del siglo viii, y la arqueología sugiere que en León hubo una ocupación militar árabo-bereber, a causa de algunos restos cerámicos de la primera mitad de esa centuria. Todo ello sugiere un modelo de ocupación militar similar al desarrollado tras la conquista romana, con guarniciones en Astorga (Legio X Gemina), León (Legio VI Victrix) y Herrera de Pisuerga (Legio IV Macedonica) en el comienzo de las tres grandes calzadas que

atravesaban la cordillera cantábrica: el camino de la Mesa, la vía Carisa y la vía del Escudo.

El valle del Güeña, donde se encuentra Cangas de Onís, la futura capital del reino, supone el segundo territorio asturiano con mayor concentración de evidencias arqueológicas de época tardoantigua. Una antigua vía romana recorría la ribera norte del río Güeña, a través del vicus viarium de Corao y la aldea de Canicas, en torno a la cual confluía una red de sendas de montaña conformada por siglos de pastoreo. Más allá del macizo occidental y el central de los Picos de Europa, el Valle de Liébana, una de las comarcas más aisladas de España, contaba, al menos a finales del siglo viii, con un buen número de monasterios y aldeas. Fue en las proximidades de Cangas donde, según la Rotense, Pelayo «reunió a cuantos halló que iban a concejo» y le eligieron princeps. Aunque los términos habituales para referirse a los reyes en época visigoda y altomedieval son rex, dominus y princeps, este título, que le atribuyen las crónicas de la década de 880, no parecen emplearlo los sucesores de Pelayo de un modo habitual hasta Alfonso II (reg. 791-842). La inscripción fundacional de la iglesia de la Santa Cruz en Cangas, en el año 737 menciona a Favila, el hijo y sucesor de Pelayo, sin emplear ningún título asociado a la realeza.

Resulta imposible precisar si, a partir de entonces, se sucedieron acciones violentas contra guarniciones de Munuza, o inmediatamente después, cuando el ejército de Alqama y Opas habría acudido desde Córdoba para sofocar la rebelión. Las crónicas asturianas presentan a Munuza como un

«compañero de Tāriq», una circunstancia improbable que, unida a la posterior presencia de Opas, y a que Pelayo sea espatario de Rodrigo, presentan al choque de Covadonga como una revancha de la derrota en la Janda, la mal llamada batalla de Guadalete. Resulta más probable que la hueste de refuerzo partiera de Astorga y llegase a la Asturia transmontana por el Camino de la Mesa, al tiempo que parece improbable que Opas acudiera al monte Auseva para intentar persuadir al líder de una rebelión de que se rindiera. El rol de Opas y los miembros del linaje de Witiza como

«colaboracionistas» de los árabes resulta dudoso. Tanto la Crónica Mozárabe del año 754 como, ya en el siglo x, las tradiciones de Ahmad al-Rāzī e ‘Arīb ibn Sa’īd, presentan a un sector de la nobleza hispanogoda traicionando a Rodrigo en la batalla que le enfrentó a Tāriq ibn Ziyad. El

anónimo mozárabe no precisa la identidad de los traidores, al tiempo que asegura que ellos también perdieron la vida. Según al-Rāzī e Ibn Sa’īd, los felones fueron Opas y Sisberto, los hermanos del rey Witiza, que abandonaron las alas del ejército hispanogodo una vez entablado el combate, al suponer que Tāriq regresaría a sus bases de África una vez finalizada una supuesta incursión de saqueo. La narración de Ibn Sa’īd confirma la versión del mozárabe de que los witizanos «también perecieron, no sirviéndoles de nada sus argucias». La creencia de que, poco después, Opas se convirtió en consejero y colaborador de las autoridades islámicas obedece a un pasaje de la Crónica Mozárabe (54):

«Después de arrasarla hasta Toledo, la capital del reino, y de azotar despiadadamente las regiones circundantes con una paz engañosa, [Mūsà]

condena a algunos nobles señores varones, que allí se habían quedado, al patíbulo, por haberse escapado de Toledo el hijo del rey Egica, Opas, y por esta causa los pasa a todos a espada».

Un equívoco en la expresión latina «per eius occasionem» («en esta circunstancia» o «por esta causa») hace que este pasaje se haya traducido de forma errónea como «[Mūsà] condena a muerte a algunos ancianos nobles que todavía quedaban en Toledo tras la fuga, y a todos los pasa por la espada; contó para ello con la complicidad de Opas, hijo del rey Egica».

Este error indujo a pensar que Opas se estaba librando de unos rodriguistas incómodos en connivencia con Mūsà, lo cual, a su vez, sirvió para reforzar la idea de que los witizanos colaboraban con los árabes. Una versión de los hechos armónica con la presentada por Ibn al-Qūtiyya, un descendiente de una nieta de Witiza llamada Sara, cuya crónica, redactada en el siglo x, describe cómo los tres hijos de Witiza recibieron las tres mil haciendas que habían pertenecido a la Corona a cambio de su traición. Al presentar la conquista del reino visigodo como un acuerdo entre sus antepasados y el califa, Ibn al-Qūtiyya defiende los derechos de su linaje sobre tales propiedades. El ya mencionado sesgo antiwitizano de las crónicas asturianas tal vez sea responsable de la presencia de Opas en Covadonga, encarnando a la nobleza hispanogoda que había pactado con los

musulmanes. Para esta novela, no he querido renunciar a un personaje tan emblemático, convertido en referente literario durante doce siglos, aunque es preciso reseñar que su presencia en los combates del Auseva resulta más que improbable.

Ante la irrupción de Alqama en el valle del Gueña, Pelayo y sus hombres pudieron tomar la senda que ascendía por la sierra de Covadonga hasta el monte Auseva, donde se encuentra la gruta de Covadonga. El camino empleado para tal fin, concebido para el traslado estacional de los rebaños, pudo estar controlado por el castillo altomedieval de La Porra (Següenco), y conducía hacia los puertos de los lagos Enol y Ercina. Parece poco probable que la cueva-santuario se utilizase como refugio durante un asedio; su cercanía física a una victoria relacionada con el auxilio divino debió de otorgarle esa relación con posterioridad.

Las cifras de combatientes aportadas por las fuentes resultan irreales. Los 187.000 sarracenos mencionados por la Crónica de Alfonso III son una exageración de probable origen bíblico, y los 300 cristianos de los relatos árabes repiten otro número muy recurrente, ya empleado por Heródoto para los espartiatas de las Termópilas. A pesar de las exageraciones propias de la época, la historiografía militar moderna considera que la inmensa mayoría de choques armados de la Alta Edad Media debieron de estar protagonizados por centenares de hombres o unos pocos millares. La batalla librada cerca de Covadonga pudo consistir en un intercambio de proyectiles seguido de un ataque a la parte central o posterior de la columna islámica que avanzaba por la sierra, o un choque de formaciones en el que los musulmanes realizaron con éxito una maniobra de ruptura, lo que explicaría que la vanguardia huyera atravesando los Picos de Europa. Este itinerario desde el Auseva, pasando por el puerto de Amuesa hasta llegar a Cosgaya, fue reconstruido por Sánchez-Albornoz y hoy es conocido como «Ruta de la Reconquista» (GR-202).

Una vez que los supervivientes de Covadonga llegaron al valle de Liébana, se habría producido un alud que los sepultó muy cerca de la aldea de Cosgaya, junto al margen del río Deva, de modo que «cuando en tiempo invernal llena su cauce y cubre sus riberas, muestra de manera evidente indicios de armas y huesos de ellos». Una tradición cántabra, recogida

desde el siglo xviii, identifica al monte Subiedes con el lugar del derrumbe y, en 1924, Constantino Cabal confirmó que, según los vecinos, «para hallar monedas y osamentas en el lugar bastaban unos golpes de azadón». Los arqueólogos Javier Marcos y Lino Mantecón excavaron el castillo roquero situado en Subiedes, cuya construcción dataron a finales del siglo x. Este yacimiento confirma el valor estratégico de la cumbre para el control del paso por el valle y como posible lugar de refugio, al tiempo que los informes geológicos documentan dos violentos derrumbes en la margen derecha del Deva, acaecidos entre 500 y 5.000 años atrás. Sin duda los musulmanes hubieran tenido muy mala fortuna si esto sucedió justo cuando marchaban por el margen del río. Tal y como se recrea en esta novela, cabe la posibilidad de que los lebaniegos los emboscaran y la tradición oral magnificara las piedras que les arrojaron. Aunque otra posibilidad es que nos hallemos ante una leyenda etiológica, concebida para explicar la presencia de armas y restos óseos en un paraje conocido por sus argayos.

Al saber de la derrota en el Auseva, Munuza se apresuró a abandonar Gijón con los restos de la guarnición musulmana y, en su huida, sufrió una emboscada y pereció junto a sus hombres. Mientras que la versión Rotense de la Crónica de Alfonso III ubica este suceso «en el pueblo Clacliense», la A Sebastián presenta los hechos en el «lugar de Olalíes», identificado con la localidad de Proaza, próxima al Camino de la Mesa. Estas dos victorias afianzaron la jefatura de Pelayo e hicieron que los musulmanes perdieran el control de la sección central de la cornisa cantábrica. Sin embargo, para el surgimiento del reino de Asturias, resultó aún más decisiva la sucesión de conflictos internos y externos en la que se vio sumido el califato, iniciado con el fracasado asedio a Constantinopla de 717-718 y seguido de una treintena de catástrofes militares durante el gobierno de Hishām ibn ‘Abd al-Malik (reg. 724-743). La incapacidad para integrar a los maulas en el estado islámico desembocó en la gran revuelta bereber de 740, que hizo que las guarniciones norteafricanas abandonaran el valle del Duero. Esto, a su vez, posibilitó la ofensiva de Alfonso I de Asturias, hijo del duque Pedro de Cantabria, sobre la meseta norte en el año 133 de la Hégira (750-751). La sucesión de guerras entre bereberes, baladíes y sirios sólo concluyó después de que Abderramán I, el Emigrado, consolidara su autoridad sobre al-Ándalus. Será en 782 cuando se reinicien las campañas islámicas sobre el norte peninsular, primero en el valle del Ebro y después contra el reino

asturiano, ya en la década de 790. Setenta años que resultaron vitales para que los sucesores de Pelayo y Alfonso fraguaran un nuevo reino.

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