Cova Dónnica
Capítulo XXX
Desde el castellum de Egunia, la aldea se mostraba como un borroso enjambre de luces sobre una alfombra esmeralda. Alfonso aguardaba junto a la entrada de la casa larga. Ante la mordedura del viento galaico, se envolvió por instinto en la clámide, que aún conservaba el calor del fuego.
Los portalones de la cerca se abrieron ante media docena de jinetes árabes, ornados en sedas desde los pies a una testa envuelta en diez pies de brocado.
Apoyándose en el bastón de níspero, el hijo del duque trató de ignorar el dolor en la pierna lisiada cuando se plantó ante los recién llegados. La refinada decoración del tiraz en las mangas proclamaba, con una elegante caligrafía cúfica, el rango que ostentaba. Aunque bastaba la arrogante sonrisa de dientes perlados para deducir quién se hallaba al mando.
—La paz sea contigo, Ibn Abī Warrās. —Con un rígido asentimiento, Alfonso le saludó en árabe.
—Ibn Pedro —El embajador agareno le respondió con el mínimo respeto debido a alguien de su alcurnia. Por un instante, acarició las crines del caballo de la forma en la que, a veces, los hombres acarician a las hembras, antes de que sus ojos se detuvieran en el crucifijo de Alfonso.
—¿Por qué aún eres cristiano? —le preguntó, con la actitud de quien emplea la fe como excusa para la inquina.
—Porque creo que Jesús es el hijo de Dios —dijo Alfonso en su lengua materna. Si aquella falta de deferencia le había ofendido, lo ocultaba bien.
—Muhammad renovó el mensaje de ‘Īsā —farfulló el árabe, molesto al verse forzado a emplear el latín.
—No creo en tales enseñanzas.
—¿Insinúas que Muhammad fue un falso profeta? —le dijo con suspicacia, aunque después añadió, pausado—: Sé honesto, puedes hablar con entera libertad.
La mirada del maula que le acompañaba le dijo a Alfonso que eso era lo último que debía hacer.
—No, por supuesto —contestó—. Disculpa si te he ofendido.
Le indicó la entrada al palatium, una enorme choza de techumbre pajiza y muros de zarzo, con la cal erosionada, muy alejada, a tenor de sus ademanes, de las expectativas de sus invitados. Un par de docenas de magnates aguardaba en la casa larga, la mayoría junto al humeante hogar donde se asaba una ternera. Una celebración en la que nada se celebraba y que la provincia apenas podía permitirse, por muy necesaria que fuese.
El emisario árabe avanzó, pavoneándose, hacia el trono ducal, y Alfonso caminó a su lado. Sentado en el sitial, con el rostro marchito y pálido, el duque Pedro lucía marcas rojizas en cuello, brazos y piernas, allá donde las sanguijuelas le vaciaban de humores cada pocos días, tratando de atenuar el carácter sanguíneo que le embalsamaba en vida.
Ibn Abī Warrās se acomodó en un escaño frente al duque, separado por unas tablas de nogal, y Alfonso se sentó a su lado.
—Mi padre, el duque, solicita al valí otro aplazamiento —dijo Alfonso, deslizando un pergamino sobre la mesa.
—El joven vástago ducal, celoso protector de las reservas de oro paternas, para quien cualquier gasto siempre resulta frívolo… —declaró el emisario, ignorando el documento—. Sólo habéis satisfecho la mitad de lo que adeudabais el último año.
—Las tierras del sur aún no se han recuperado de la sequía —razonó Alfonso—. Los campos siguen en barbecho, sólo los ancianos trabajan en ellos. El resto busca la protección de los grandes señores y de los muros de las ciudades. Los moros asaltan a los campesinos por todas partes.
—Si tu linaje es incapaz de administrar esta tierra, tal vez otro deba asumir la tarea. —El noble árabe observaba al duque Pedro. La clámide ribeteada en pieles de armiño le envolvía, y miraba a las dos figuras sin ver—. Te lo advierto —añadió el emisario con brusquedad—: aquellos que no estén sometidos al Dār al-Islam no estarán protegidos por la Dhimma.
—Y quedarán sometidos de nuevo a las leyes del ŷihād.
—Tu hermana entre ellos —le espetó Ibn Abī Warrās.
—¿Acaso ha hecho algo reprobable?
—Tenemos informes de que Gausinda ha enviado hombres, dinero y víveres a Pelayo, a través de Fruela. No finjas ignorarlo.
—Los pecados de mis hermanos no son obra mía —declaró Alfonso—, aunque yo sea quien pague por ellos.
—Como gesto de lealtad, el valí exige una ofrenda simbólica. —Los ojos del agareno recorrían la estancia, deteniéndose en una de las criadas.
—¿Qué clase de ofrenda?
—Cien doncellas —respondió Ibn Abī Warrās—. Cien jóvenes, para satisfacer vuestra deuda.
—Nuestras mujeres no son ganado para ser entregadas como tributo —
aseguró Alfonso.
—Ahora lo serán —insistió el árabe—. Alá ha querido dividir el mundo entre el Dār al-Islam, «la casa del Islam», y Dār al-Harb, «la casa de la guerra». El ŷihād sólo se verá interrumpido por treguas, la paz verdadera solo podrá alcanzarse cuando el enemigo acepte la fe verdadera o se avenga a pagar tributo.
—Son los fuertes quienes imponen su poder, y a los débiles les corresponde padecerlo —murmuró el vástago del duque.
—Lo has resumido bien. —La madera gimió cuando Ibn Abī Warrās se recostó en el escaño.
—Son palabras de Tucídides, en el Diálogo de los melios —replicó Alfonso
—. Hace un milenio, una delegación ateniense acudió a la isla de Melos para conminar a sus gobernantes a tomar una decisión: formar parte del Imperio ateniense o ser aniquilados.
—Una exposición muy franca —masculló el sarraceno, siempre avaro en los elogios—. ¿Y cuál fue la respuesta?
—Los melios ofrecieron ser neutrales en la disputa entre Atenas y Esparta.
Sin embargo, los atenienses se negaron, ya que «vuestra enemistad no nos perjudica tanto como vuestra amistad». Para los pueblos que se hallaban bajo su dominio, aceptar la neutralidad de Melos sería una muestra de debilidad, mientras que su odio se interpretaría como una constatación de su fuerza.
—O estáis conmigo o contra mí —concluyó el agareno.
—No obstante —añadió Alfonso—, los melios adujeron que, para ellos, sería vergonzoso someterse sin luchar.
—¿Y qué ocurrió?
—La isla de Melos fue arrasada a sangre y fuego: los hombres fueron masacrados, y las mujeres y los niños, esclavizados.
El silencio sólo fue interrumpido por el chirrido de la vieja puerta.
Ermesinda emergió de la oscuridad y las antorchas del corredor parpadearon a su paso, como si reconocieran su presencia. La hija de Pelayo se había atusado el cabello con agua perfumada y relucía bajo el fulgor de las teas. Sobre una camisa de lino albino, lucía una dalmática granate adornada con tapicería de seda. La joven se detuvo ante los dignatarios, con la cabeza en alto, esbelta como una lanza, flanqueada por Baldomero y un anciano con un scrama al cinto por toda escolta.
—Ermesinda —murmuró Alfonso—. Qué sorpresa.
La muchacha tomó el asiento que le ofrecían, flexionando las delgadas piernas bajo el vestido, antes de fijarse en Alfonso con expresión serena.
—Puedes dirigirte a mí como «señora» —replicó—. Soy hija de un princeps.
Pudo ver al hijo del duque sonreír. Acomodada tan cerca como permitía la cortesía, Alfonso percibió su delicado aroma: aceite de prímula con almizcle, rosas y lavanda impregnados en la piel.
—La hija de Pelayo —declaró Ibn Abī Warrās, sorprendido y satisfecho—.
Entrégamela y se la enviaré al valí de al-Ándalus. La hija del rebelde ingresará en una mancebía y su núbil cuerpo servirá para el disfrute de las tropas de Qurtuba. Una metáfora del destino que aguarda a su tierra, hollada por los conquistadores.
—Disculpa, señora —dijo Alfonso, alzando la diestra para acallar al sarraceno—. La última vez que te vi, eras una niña flacucha que jugaba con un desastrado arco de fresno.
—Han sucedido muchas cosas desde entonces.
Sin duda, Ermesinda ya no era la muchacha que conoció en el pasado.
Había cambiado, y Alfonso se recreó en los cambios. El espeso cabello castaño, ingeniosamente trenzado, revelaba unos mechones dorados que jugueteaban sensualmente en la nuca, atrayendo su mirada. Había algo ingenuamente perverso en su sonrisa; una tensión imperceptible que se suavizó cuando fue percibida por Alfonso.
—Parece que los años han sido más amables contigo que con mi persona —
concluyó tras el escrutinio—, y me alegro de ello. ¿A qué has venido, señora?
—A hacer las paces —replicó con calma—. A proponerte una alianza entre linajes.
—En tal caso, has elegido el peor momento. —Alfonso la escrutó, impasible, y ella apenas sonrió.
—Disculpa. Soy sólo una mujer, irreflexiva y voluble.
—Lo dudo mucho —declaró el vástago del duque. Al presentarse en aquella reunión, la joven sin duda deseaba forzarle a tomar partido.
—Te agradezco el cumplido.
—No pretendía serlo. ¿Cómo estás tan segura de que no te entregaré a los sarracenos? —declaró Alfonso, implacable, y ella a duras penas logró sostenerle la mirada.
—Porque eres mucho mejor que eso. —Las palabras se le quedaron, pegajosas, en la garganta, la madera de su asiento gimió.
—Hablas como si pudieras juzgarme.
—Sé que, durante la guerra, acogiste a cientos de refugiados del sur, a los que entregaste tierras —dijo Ermesinda—. Sé que, después, mantuviste a las viudas y los huérfanos de quienes lucharon por Rodrigo. Sé que refrenas a tus señores, para que no abusen de sus privilegios. Sé que, durante el último año, eximiste de los tributos a los campesinos sin recursos, y que satisfaces las demandas de los agarenos con tu propio pecunio. Perdón. Con el de tu señor padre.
—Así que me has estado espiando —concluyó Alfonso con la expresión serena y la voz peligrosamente tranquila.
—Te he observado, con la misma constancia con la que me desdeñabas.
—Soy el hijo de un duque. Mis responsabilidades van más allá de apaciguar un corazón despechado.
—No es eso lo que ahora me dicen tus ojos. —La flecha emponzoñada voló certera, y, por un instante, pudo ver cómo el veneno se extendía por sus venas. Una mandíbula apretada bajo la barba, unos ojos verdes que miraban sin ver, una voz tan fría y muerta como las criptas del cementerio.
—No es este un buen modo de hacer las paces —respondió Alfonso.
—Un duque…, el hijo de un duque, no debería preferir las lisonjas a las palabras honestas.
—¿Acaso permites que una hembra opine por ti? —intervino Ibn Abī
Warrās, sin dejar de observarla. Alfonso rechinó los dientes bajo las mejillas, antes de que confiara lo suficiente en sí mismo para hablar.
—Permíteme desengañar tales preocupaciones, señora. Eres y serás libre de marcharte de esta casa en cualquier momento. Tienes mi palabra.
—¿La tuya o la del duque?
—La de mi padre. Por supuesto —dijo Alfonso, y, cuando ella le miró, la luz de las teas y el hogar proyectaban sombras sobre los ángulos de sus pómulos y la protuberancia de la barba.
—En sus Comentarios, César acostumbra a referirse a sí mismo en tercera persona. —Ermesinda se mostró divertida—. No eres tan cínico como para actuar de igual modo.
—Pareces versada en los escritos de militares antiguos —prosiguió Alfonso
—. ¿Qué opinión te merece la rebelión de Pelayo? Dicen que Alqama ha irrumpido en su feudo con más de mil hombres.
—Sin duda, mi padre vencerá —respondió sin dudar.
—¿Tú qué piensas, Ranulfo? —inquirió Alfonso a su consejero, que permanecía sentado ante un escritorio de nogal abarrotado de pergaminos, plumas de oca y tinteros. Había una astucia en él apenas oculta, a pesar de su carácter apacible y gentil. Vestido con hábitos oscuros, se había ganado la reputación de ser piadoso y aburrido en sus pasiones, sin más ataduras carnales que la vigilia en cuaresma.
—Una doncella sin duda versada en el trivium —declaró, con una frialdad que rayaba el desdén—, no así en el quadrivium.
Existían siete materias universales, divididas en dos ámbitos de estudio. El trivium incluía la gramática, la lógica y la retórica; la mecánica del
lenguaje, palabras que expresaban pensamientos. El quadrivium, por el contrario, abarcaba la aritmética, la geometría, la astronomía y la armonía; las leyes que regían el universo.
—En su Epitoma rei militaris —prosiguió Ranulfo—, Flavio Vegecio desaconseja enfrentarse a un ejército en batalla, en especial si es superior en número. Una confrontación abierta se dirime en dos horas de combate, tras lo cual se esfuman las esperanzas del bando vencido. Por ello, es preferible doblegar al enemigo mediante una lucha de desgaste, antes que en una batalla donde el azar influye más que el coraje. En la guerra sólo existe un arma importante: que tengas recursos suficientes y que a tu enemigo le abata la indigencia.
»Aun si Alqama fuera derrotado por una fuerza inferior, tanto en número como en armas, Munuza aún cuenta con cuatrocientos guerreros en Gegione. La guarnición de Amaya está formada por quinientos, y el valí podía movilizar a treinta mil de las cabilas de la meseta. Los muslimes dominan todas las tierras desde la India hasta el Atlántico y cuentan con los recursos de las tierras más fértiles de Spania. La fe en tu padre es encomiable, mi estimada señora, pero resulta matemáticamente imposible vencer al califato.
—Mi padre ya habrá vencido a Alqama —respondió Ermesinda—, y su victoria será el germen de algo mucho más grande.
—Entrégame a esta hembra —exigió el emisario—, y me encargaré de que el valí te rebaje el tributo anual y te confirme en el cargo. —Su tono era duro. Observó de nuevo a Ermesinda—. No te preocupes, mi señora: a las mujeres de noble cuna siempre se os ofrece la oportunidad de escapar de la muerte abriendo las piernas —añadió, condescendiente.
Ermesinda se giró hacia el hijo del duque, que se había puesto en pie; sus rasgos parecían esculpidos en la oscuridad. Sólo la frente, la nariz y los pómulos reflejaban la tenue luz de los candiles mientras caminaba hacia la estantería, repleta de pergaminos. Sus dedos se deslizaron por la superficie de los preciados códices.
—Leucipo de Mileto pensaba que, si dividimos la materia en partes cada vez más pequeñas, al final obtendríamos unas partículas indivisibles, a las que Demócrito llamó átomos —dijo Alfonso—. Empédocles de Agrigento, por el contrario, creía que la materia está formada por cuatro elementos y que los seres vivos habrían surgido como el resultado de las combinaciones más viables.
»Cuando me hirieron en la pierna, me descubrí al filo de la muerte y decidí leer a los sabios. Comprendí que, para la ciencia, todo es reducible a la aritmética y a la física. Sus entidades no están vivas, no tienen espíritu, carecen de cualquier propósito. Sin Dios, todo es mecánico. La realidad está muerta, carece de sentido, no va a ninguna parte…
»En ese momento, sentí que deseaba ser cristiano. La ciencia nos aporta datos, conocimiento, y, para gobernar a un pueblo, se necesita mucho más que eso. Es necesario un propósito, algo que le otorgue sentido. Es necesario tener fe.
Caminó, cojeando, hacia la puerta y, contempló, a través del resquicio, las claustrae de Aracillum. Al girarse, mostraba una expresión tan áspera como el paisaje que acababa de contemplar. Piedra muerta bajo tierra helada.
—Matad a este hijo de puta.
Una veintena de guerreros desenfundó las armas con un siseo mortal.
Mientras los gritos de Ibn Abī Warrās resonaban en la casa larga de Egunia, Alfonso tomó la espada que pendía sobre el sitial de un duque moribundo.
Tenían una guerra que librar.
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