Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 33 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XXXII

Baldomero permanecía erguido aún bajo la lluvia, sosteniendo la biblia en la mano, mientras leía los pasajes que le habían solicitado. Su voz se mostraba sombría y colmada de una caprichosa empatía, aunque, a pesar de sus palabras amables, Fruela halló escaso consuelo en ellas.

—Y Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». —El monje cerró el libro toscamente encuadernado y miró a su alrededor. Fruela percibió una tristeza que emulaba la suya, lo cual le resultaba extraño, ya que apenas conocía a Pedro.

Y jamás lo hará.

La lluvia amainaba. El ataúd, tallado en nogal, descendió al fondo de la fosa y las plañideras iniciaron la preceptiva sinfonía de lloros, sollozos y lamentos. Guidemar cayó de rodillas y se cubrió el rostro con unas manos que parecían zarpas de oso. Una muestra tan cruda de emoción que Alfonso no pudo soportarlo, a pesar de que, en todo momento, mostraba su regia dignidad.

El duque ha muerto, se dijo Fruela. Larga vida al duque.

Uno tras otro, los magnates se acercaron a la tumba del duque Pedro, entre estelas paganas cubiertas de musgo. Presentaron por última vez sus respetos y arrojaron flores sobre el féretro. Hilduara deslizó una mano en la de Fruela para conducirle lejos del camposanto.

—Vámonos —le susurró al oído.

Una vez finalizado el sepelio, en el firmamento surgió un arcoíris de todos los colores concebidos por el ojo humano. Una señal celeste, inapropiada para la afligida ceremonia de aquella mañana gris, aunque oportuna para la oficiada al día siguiente.

La boda se celebró en Canicas, en una ermita de troncos sobre un antiguo dolmen.

—Aquí mismo construiré una iglesia dedicada a la Santa Cruz —les dijo Favila, el hijo de Pelayo—. Una de piedra, bien canteada.

Aquel día nadie le creyó.

Para esta ocasión, Baldomero vestía una hermosa casulla esmeralda sobre el alba. Durante la velación, Ermesinda y Alfonso se arrodillaron ante el altar y el diácono depositó un velo blanco con dos franjas rojas sobre la cabeza de ella y los hombros de él, como símbolo del vínculo que los unía. Tanto a ellos como a sus súbditos.

—Y ahora, Señor, te pedimos también que estos hijos tuyos permanezcan en la fe y amen tus preceptos —recitó el monje—; que, unidos en matrimonio, sean ejemplo por la integridad de sus costumbres; que su unión sea fecunda y, después de una feliz ancianidad, lleguen a la vida de los bienaventurados en el reino celestial. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

De este modo, el primogénito de Pedro, nuevo duque de Cantabria, desposaba a Ermesinda, la hija del princeps de Asturia. La unión de los pueblos del norte. Tras la victoria en el Auseva, la nobilitas astur al fin había reconocido la jefatura de Pelayo.

Sentada entre los invitados, Gausinda contemplaba la ceremonia y amamantaba a su nuevo vástago, junto a Teudis el Tartaja. Concluidos los esponsales, vio a sus dos hermanos hacer algo que jamás había presenciado: actuar como hermanos. Los vio bromear con la novia, en un tácito reconocimiento de una infancia compartida. Siempre distantes, actuando como rivales antes que como hermanos. Tan diferentes, tan iguales.

Observó sus gestos, un lenguaje compartido de experiencias comunes. Y, al fin, los vio reír juntos.

Antes del banquete nupcial, Baldomero recitó un fragmento de la Missa de hostibus que él mismo había compuesto. Guerreros que han de enfrentarse a un enemigo implacable que los supera en armas y número, pero la fe y la confianza en el Señor los conducirán a la victoria. El himno rememoraba a

Moisés y la destrucción del ejército del faraón; la aniquilación de los ciento ochenta y cinco mil asirios de Senaquerib por el Ángel del Señor. Una enrevesada sucesión de citas bíblicas y metáforas veterotestamentarias convertía a Pelayo en un nuevo Judas Macabeo.

Al igual que en la batalla de Cova d’Onnica.

Antes de que el monje sumergiera por primera vez la pluma en tinta, las historias ya pasaban de boca en boca: en el monte Auseva, junto a la cueva sagrada, Dios había hecho que los proyectiles de los fustíbalos cayeran sobre los propios musulmanes. Después, una montaña se derrumbó en Causegaudia para aniquilar a los restos de la hueste de Alqama. Y cuando Munuza trató de escapar hacia Astúrica, Pelayo le emboscó en Olalíes, aniquilando a todos los sarracenos de aguas al mar. Las batallas de Waddi Laka y Cova d’Onnica componían una historia de castigo y redención, de muerte y renacimiento.

Dios está con nosotros.

La victoria en el Auseva suponía el principio del fin del castigo divino.

Escuchando aquella osada homilía, Fruela recordó las palabras de su hermano: «Resulta imposible no ser derrotado cuando te enfrentas a un enemigo cuyos dioses le han otorgado una moral más firme». Jenofonte, discípulo de Sócrates y estratego de los Diez mil, no se equivocaba. Pelayo les había otorgado esa epopeya que tanto necesitaban.

Porque el mito es más fuerte que la Historia y la voluntad es más poderosa que el miedo.

«Tras la muerte de Pelayo, Favila ocupó el puesto de su padre. Edificó, en una obra admirable, una basílica en honor de la Santa Cruz. Vivió breve tiempo. Se sabe que a causa de una ligereza fue muerto por un oso en el segundo año de su reinado, en la era 739.

Muerto él, es elegido como rey por todo el pueblo Alfonso, que con la gracia divina asumió el cetro del reino. La osadía de los enemigos fue siempre aplastada por él. Este, en compañía de su hermano Fruela, haciendo avanzar a menudo su ejército, tomó por la guerra muchas ciudades, a saber: Lugo, Tuy, Oporto, Anegia, Braga la metropolitana, Viseo, Chaves, Ledesma, Salamanca, Numancia —que ahora se llama Zamora—, Ávila, Astorga, León, Simancas, Saldaña, Amaya, Revenga, Carborárica, Abeica, Cenicero, y Alesanco, y los castillos con sus villas y aldeas, mató a los árabes con la espada, y se llevó consigo a los cristianos a la patria.

Por este tiempo se pueblan Asturias, Primorias, Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza, las Vardulias, que ahora se llaman Castilla, y la parte marítima de Galicia. Fue un varón grande, querido por Dios y por todos.

Construyó muchas basílicas. Vivió en el trono dieciocho años. Falleció de muerte natural».

Crónica de Alfonso III, versión Rotense

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