Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 5 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo IV

El valí había dilapidado una fortuna en reformar aquel enorme palacio, construido siglos atrás, cuando Corduba aún se hallaba bajo la autoridad de Constantinopla. En la puerta, los maulas montaban guardia luciendo turbantes teñidos de cúrcuma, lanzas bruñidas y lorigas ribeteadas con aros de plata. Grandes arcadas pétreas sostenían la segunda planta y delimitaban un patio de fuentes cantarinas y rosales fragantes. Difusos cortinajes separaban las estancias interiores y una hilera de braseros de bronce protegía del frío a los soportales, donde una veintena de nobles engalanados trataba de codearse con los más altos dignatarios y comentaba los rumores que circulaban por los zocos.

Fruela se mantuvo alejado del resto de invitados. Incluso vestido con sus mejores ropajes, una túnica de lana con ribetes de seda, cualquiera de los criados lucía mejor que él. Uno de los eunucos se le acercó con discreción.

—Acompañadme —le dijo con suficiencia.

Cuanto más grande la casa, más soberbios los criados. El castrado le mostró un sombrío pasillo sumido en la quietud; sólo se escuchaba el lejano rumor de una fuente y el murmullo de su aljuba de seda. Le señaló una estancia.

Más allá de una celosía de cedro aguardaba una figura cubierta por una tela oscura, recortada sobre la palidez de los muros marmóreos, como la sombra de un espectro.

—Te he puesto en peligro al reunirnos sin la autorización de mi esposo —le advirtió una inconfundible voz femenina.

—Jamás he pedido permiso para hablar con nadie.

—Me alegro de verte —añadió Imelda, y él no pudo decir lo mismo.

El hiyab supone una barrera tridimensional. La primera, visual, pues sustrae el cuerpo a la mirada; la segunda, física, dado que marca una frontera; la

más importante es la moral, ya que oculta lo prohibido.

—Yo también —respondió, masticando las palabras, lo que fraguó un silencio inhóspito. No tenían nada más que decirse, salvo lo evidente: el abrupto final de su matrimonio, la despedida que nunca tuvo lugar. La hija a la que él jamás había visto. Tras la derrota en el lago, Fruela rogó a su esposa que se reuniera con él en Toletum, junto a la criatura que aún llevaba en el vientre, y ella se negó a abandonar su hacienda. No le guardaba rencor, sólo le importaba la niña. El tiempo no cura nada, pero lo mata todo.

—Cuando una mujer rebasa los cuarenta —dijo Imelda—, la posibilidad de hallar un buen marido mengua. Ismāʽīl ibn ‘Ubayd es un hombre influyente.

Soy afortunada de que me eligiera como esposa.

—Como tercera esposa.

—La poligamia asegura que todas las mujeres tengan un protector, y todos los niños un padre. —Imelda trató de hallar un asiento en la estancia, y al final desistió.

—Adela ya tenía un padre.

—Ahora tiene otro.

Por un instante Fruela percibió en ella toda la obstinación de antaño.

—Mírate —le dijo—. ¿Eso quieres para tu hija?

—¿Y qué puede ofrecerle un montaraz harapiento?

—Algo de libertad.

—Debemos acatar los deseos de Alá. Eso es lo que el Islam significa: sumisión a Dios. No es una tarea fácil —admitió—, pero Alá conoce nuestros pesares. Alá conoce nuestros miedos. Alá conoce nuestras dudas, y el día en que termine de probarnos se fundirá en nosotras con la suavidad de una gota de rocío que se desliza sobre un pétalo de rosa.

La fe de Imelda había mutado de un modo profundo. Una religión que ofrece normas hasta para la más nimia rutina diaria y respuestas a todos los interrogantes también permite librarse de la pesada carga de tomar decisiones y aceptar cualquier destino impuesto. La piedad se vuelve una forma de escapismo.

—Si no es por Adela —dijo Fruela—, ¿para qué me has hecho llamar?

—Sólo quería advertirte —comentó Imelda—. Los muslimes desprecian a los cristianos. Entre los árabes, qaysíes y yemeníes se disputan el poder. El descontento entre los moros crece, en la guerra los árabes los usan como carnaza y les entregan las peores tierras a cambio. Los muladíes como Casio se han convertido en reyezuelos y apenas ejercen influencia en Qurtuba. No puedes confiar en ninguno de ellos.

El montañés recordó los vínculos familiares de su antigua esposa antes de contestar:

—Opas y Sisberto son distintos.

—La Iglesia aún ostenta poder, los tentáculos del obispo metropolitano llegan a todas partes. Su hermano Sisberto, el qumis de Qurtuba, aún controla las tres mil haciendas de la realeza goda. El valí de al-Ándalus cuenta con escasos apoyos entre los sarracenos. Depende de la Iglesia para recaudar tributos y considera a los witizanos la llave para aherrojar a los dimmíes. Ellos son los únicos en los que puedes confiar… Para sobrevivir en la corte debes hacer las paces con Sisberto.

Hacer las paces con el hombre que había traicionado al reino, e hizo matar a su mentor poco antes de desfigurarle el rostro. Quiso atribuir unas emociones a aquella trémula voz surgida de entre las sombras. No lo consiguió.

—Los muslimes respetarán nuestras costumbres —añadió Imelda—. Sólo desean vivir en paz.

Lo decía en serio. La fe no es creer en algo imposible de ver, se dijo Fruela.

La verdadera fe consiste en no creer en lo que está ante tus ojos.

—Te agradezco el consejo —dijo Fruela.

El criado le mostró la puerta que conducía a la sala de banquetes, una estancia abierta al patio ajardinado, paralela al pórtico de entrada, con alhanías en ambos extremos separadas mediante arcos de herradura. Ante el comedor, en torno a una fuente de alabastro, una red de albercas, arriates y acequias evocaba el paraíso islámico.

—Quítate los zapatos —le indicó el eunuco.

Unos pilares marmóreos sustentaban el artesonado de la sala, y el suelo estaba cubierto de alfombras sobre un embaldosado púrpura. La atmósfera se sentía cálida y perfumada con incienso. En la estancia resonaba una vibrante música, y vio poemas tallados en las puertas de cedro y bordados con hilo de oro en las cortinas. Las esclavas que decoraban la estancia yacían indolentes junto a los invitados, con aljubas traslúcidas y los cabellos perfumados con mirra. Agitaban los flabelos de plumas de pavo real y se observaban mutuamente, valorando su atuendo, mientras los coperos deambulaban a su alrededor.

Se hizo el silencio cuando Bishr condujo al norteño hacia el centro de la estancia.

—Él es al-Hurr ‘Abd al-Rahmān al-Taqafī —anunció el eunuco—, el nuevo valí de al-Ándalus por mandato del califa Sulaymān ibn ‘Abd al-Malik, príncipe de los creyentes.

Sobre un diván elevado, entre cojines de brocado persa, al-Hurr se complacía ante la indisimulada fascinación que provocaba la suntuosa puesta en escena. Bajo una exuberante barba teñida de alheña, su sonrisa indulgente mostraba unos dientes deslumbrantes. Hizo un gesto para que Fruela se postrara y uno de los guardias le empujó por la espalda; tropezó con la tarima y acabó arrodillado ante el sarraceno. Resonaron risas, apenas sofocadas.

—Así que tú eres Fruela ibn Pedro —le dijo al-Hurr—. Bienvenido a Qurtuba.

—Gracias. Mi padre te envía sus respetos.

—Puedes sentarte. —El caudillo árabe señaló a su izquierda, donde Atanagildo y varios nobles hispanos se habían acomodado sobre esteras.

Reconoció a uno de ellos.

—Pelayo… —comentó Fruela—, dichosos los ojos.

—Bienvenido a esta pocilga —masculló el aludido.

El astur, a punto de cumplir los cuarenta, se mostraba tan recio como de costumbre. Fruela se sentó con las piernas cruzadas entre Atanagildo y una de aquellas magníficas hembras, cuyo cabello rojizo, acicalado con aceites, resplandecía como el fuego. A su diestra un anciano de ropajes negros conversaba con un par de aristócratas sarracenos. Fruela no albergaba la menor duda de que el pagador del sicario que le asaltó se hallaba en esa misma sala, y su mirada recorrió un rostro tras otro, sondeando las reacciones. Al hacerlo, percibió la hostilidad de una camarilla de guerreros sentados ante él.

—Refrena tu orgullo —le advirtió Atanagildo en voz baja—. La hospitalidad árabe es proverbial, pero nadie garantiza tu seguridad una vez que cruces la puerta.

—¿Quién es el que me está mirando? —preguntó Fruela.

Un caudillo destacaba entre los muqātila, feroces guerreros de Arabia. Los yemeníes lucían turbantes amarillos, los qaysíes de color encarnado. Un tocado beduino envolvía su cráneo robusto y un rostro correoso de barba agrisada.

—Alqama al-‘Absī, caíd y mano derecha de al-Hurr —murmuró el cartaginense—. Dicen que se cree la reencarnación de Jālid ibn al-Walīd,

«la espada en manos de Alá». Es admirado por los guerreros más jóvenes, aunque sus enemigos dentro del ejército, cualquiera con un rango superior al de alarife, le consideran un lunático. No por extremada crueldad, sino por su obsesión con Jālid, al que imita en todo.

—Un hijo de puta —le resumió Pelayo.

Los modales del astur no estaban a la altura ni del momento ni del lugar.

Trasegó vino como un puerco asmático, rebañó la patena dorada con un pedazo de pan y se sirvió una generosa porción de asado. Las esclavas pronto se convirtieron en el alma de la fiesta, acaparando la atención de los aristócratas ávidos de carne lozana. Una de las muchachas tomó un laúd para recitar unos versos. Un árabe rechoncho, con una aljuba de brocado persa y el rostro sepultado bajo quince pies de seda enrollada, comentó con voz meliflua:

—Cuando era un zagal en Siria, si una romana se cruzaba en nuestro camino debíamos bajar la vista en señal de respeto. Miradlas ahora, ansiosas por agradar. —A su alrededor todos rieron.

—¿Quién es? —murmuró Fruela.

—Ismāʽīl ibn ‘Ubayd, más conocido como «el mercader de Alá» —dijo Atanagildo en voz baja—. Envía cautivas a Qayrawān y las instruye en una escuela de canto para venderlas en Oriente. El pipiolo que está a su lado se llama Teudiselo, otro ilustre rehén. Las malas lenguas, entre las que me incluyo, creen que se ha ganado el favor del valí tumbado en el lecho y con el rostro hundido en la almohada.

Ismāʽīl ibn ‘Ubayd, el nuevo padre de su hija, el nuevo marido de su antigua esposa. «Un hombre influyente», le había dicho Imelda. Las esclavas cantoras suponían un lucrativo negocio, cuyo precio podía alcanzar los diez mil dinares.

—Teudiselo… —dijo Ismāʽīl—. ¿Cuánto tiempo llevas en Qurtuba?

—Casi un año —respondió el muchacho.

—¿Fuiste requerido para ser educado en la corte?

—Tal y como ordenó el califa. —El joven se esforzaba por demostrar su parco dominio de la lengua árabe. En al-Ándalus no tenía cabida quien no adulase al poder. Ni sobrevivía ni prosperaba, ni por supuesto obtenía

cargos. Mostrar desprecio hacia lo latino y admiración por lo árabe se había convertido en una exhibición de buen gusto para aquellos que desearan medrar.

—Por cierto —prosiguió Teudiselo—. Mi padre cree que, tal vez, dado que mi hermana Goisvinda ha enviudado, podrías desposarte con ella.

—Comprar una esclava resulta más sencillo, y no hay que satisfacer los caprichos de una esposa consentida —le espetó Ismāʽīl—. Aunque, si me ofreces una buena dote, tal vez cambie de opinión. —El najjās jugueteaba con el cabello ensortijado de una esclava, pálida de tez, educada en un mundo donde la calle es sinónimo de pecado, y adiestrada para hacer del pecado su modo de vida.

—Haz caso al zagal. Este negocio exige contingencia —ironizó otro aristócrata—. Comerciar con mujeres puede corromper el alma.

—Es Rāmīn al-Hassam —susurró Atanagildo—, un muqayyin. Regenta mancebías donde disfrutar de la compañía de esclavas cantoras.

El anciano, de aspecto ascético, intervino, reprobador:

—En una ocasión, el Profeta dijo: «Eché una ojeada al paraíso y vi que la mayoría de los que allí estaban eran pobres. Eché una ojeada al infierno y la mayoría eran mujeres».

—En tal caso, deberías regalar tus bienes —le respondió una de las muchachas—. Nosotras no elegimos nuestro sexo.

El esclavista estalló en carcajadas.

—Tened cuidado. Mis gatitas tienen garras —dijo Ismāʽīl. La joven se dejaba acariciar mientras yacía indolente; jamás había apartado de su cuerpo la mano de un hombre—. ¿No te lo dije?

Se dirigía a Rāmīn, quien frunció el ceño cuando la joven se acomodó a su lado.

—Me gusta —admitió—. Pero no vale cinco mil dinares.

La muchacha se mostró apenada; el comentario había hecho mella en su ánimo.

—Es ardiente y está bien adiestrada —señaló el najjās.

—¿Puede recitar casidas en dialecto medinés? ¿Acaso conoce la ciencia de los hadices? —ironizó Rāmīn—. En al-Ándalus esta clase de chicas son muy corrientes. En el puerto de Spali cada año embarcan miles como ella…, todas ardientes como el fuego.

—¿Cuánto crees que vale? —inquirió Ismāʽīl.

—Como mucho, quinientos…

—Hemos regateado cientos de veces —señaló el esclavista—. Ambos sabemos el margen que obtienes con mi mercancía.

—Aun así… —Rāmīn al-Hassam sacudió la cabeza, obstinado, y el najjās rio como si aquello fuera un viejo juego.

—Está bien, puedes probarla —dijo Ismāʽīl, y la muchacha ahogó un grito cuando el otro agareno la aferró del brazo—. Pero ya conoces mi política…

—Si lo rompes, pagas.

Le vieron marchar hacia la alhanía con la joven del brazo y poco después resonó el traqueteo de un camastro sobre la vorágine de ritmos orientales.

—¿Qué nuevas hay de Damasco? —Esta vez Ismāʽīl se dirigía al valí al-Hurr—. ¿Alguna noticia sobre la campaña de Constantinopla?

—Ismāʽīl quiere saber si contará con nueva mercancía —señaló Sisberto con malicia—. El saqueo de la Nueva Roma supondrá un lucrativo negocio.

—No tanto como quisiera —respondió el aludido—. Sin duda el aumento de oferta afectará al precio de los esclavos.

El califa al-Walid aún planeaba la conquista de Constantinopla cuando falleció en Damasco. Su hermano y heredero Sulaymān se disponía a

retomar la empresa y, para ello, había reunido un colosal ejército y una inmensa flota.

—Mejor hablemos de al-Ándalus —opinó el anciano—. ¿Cómo pretendes satisfacer las demandas de los barbar? En cualquier momento podría estallar una revuelta. Azotar a esos nobles no ha sido…

—Se habían apropiado de bienes de forma ilícita —respondió al-Hurr—. Es una medida imperativa para obtener ingresos. El califa impondrá un nuevo sistema fiscal, duplicar los impuestos, y de este modo podremos pagar a las tropas…

—Ya entregamos un dinar por cada hombre libre, y la mitad por cada siervo

—dijo Atanagildo—, además de trigo, cebada, vinagre, aceite… Si subimos los impuestos, nuestra autoridad sobre el pueblo se derrumbará.

—En tal caso —comentó el valí—, tendré que reconsiderar vuestro cargo en el dīwān al-jaráj.

Ante aquellas palabras, el muchacho enmudeció. Salía más a cuenta comprar a un noble que rebajar los tributos a dos mil labriegos. La rancia aristocracia hispana… Los primeros en abrazar a Cristo, los primeros en convertirse al Islam.

—Nuestra tierra es montañosa y estéril —protestó Pelayo—. No podremos satisfacer tales tributos.

—El califa siempre es razonable —dijo Ismāʽīl—. Las regiones que carezcan de recursos podrán tributar con esclavos.

—Sin duda, Ismāʽīl codicia esa concesión tanto como el botín de la guerra contra Ardo —señaló Sisberto.

El cántabro observó al nuevo qumis de Corduba, sentado sobre su diván dorado. El trono de un rey sin reino.

—No todas las hembras son iguales —replicó Ismāʽīl—. Las romanas son las de sexo más sano; las indias y chinas, las más sucias y necias; las

negras, deliciosas y obedientes; las sirias, las más afectuosas; las nubias tienen una vagina ardiente que otorga un gran placer. Cuanto más al norte, más pálidas de tez, aunque también más ignorantes. Las norteñas sólo sirven para la monta.

—Que le pregunten a la mujer de este montaraz. —Alqama escrutaba a Fruela al hablar—. Dicen que toda una guarnición disfrutó de ella.

Resonaron las risas y el norteño tomó un cuchillo del plato. Si el sarraceno abría de nuevo la boca, no dudaría en acabar con él. En su mente ya estaba muerto, y convertirlo en hecho sería un trámite.

—Basta —dijo al-Hurr—. Es mi invitado.

—En el pasado se cometieron errores… por ambas partes —intervino Sisberto, conciliador—. Rodrigo se apoderó del trono por la fuerza. Mi hermano y yo tratamos de disuadirle de que luchara contra Tāriq y que, en su lugar, alcanzara un acuerdo. No nos hizo caso y nuestra gente sufrió por ello.

—Y una mierda —le espetó Pelayo.

Sisberto sonreía con la boca, mas no con la mirada. La diferencia entre el witizano y el resto de invitados residía en que, si bien los demás mentían, en él todo era mentira.

—Hay quien considera a Ardo el legítimo rey de Spania —intervino al-Hurr

—. Dicen que vuestros reyes eran elegidos por los nobles en consejo. ¿Qué hace que, para vosotros, un rey sea digno de serlo, Fruela ibn Pedro?

—El principal requisito es la auctoritas —respondió el norteño, y, al percibir la curiosidad del valí, añadió—: La potestas es la capacidad de imponer la voluntad por ley; la auctoritas es el poder basado en el renombre.

—La ley exige que el monarca sea elegido por el Aula Regia y ungido por el obispo metropolitano de Toledo —señaló Sisberto.

El valí de al-Ándalus asintió y se dirigió a Fruela.

—¿Conoces a Ardo, de la Tarraconense?

—Compartimos mesa en una ocasión —dijo con cautela.

—¿Dirías que merece llamarse rey?

Ante tales palabras, Fruela pensó en un pueblo sometido a causa de sus pecados, señoreado por perros infames ansiosos de preservar sus mermados privilegios a costa de mercadear con lo más sagrado. Quiso ser honesto, consigo mismo y con el sarraceno. Pelayo había clavado sus ojos grises en él.

—No —concluyó—. Ninguna facción hispana cuenta con un líder que merezca llevar la corona.

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