Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 11 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo X

Amanecía. El sol era un tenue resplandor tras un horizonte sombrío.

Amorion estaba defendida por una soberbia muralla con cuarenta torres y una ciudadela sobre la colina. El viento etesio gemía en aquel desolado páramo de la meseta anatólica. Veranos tórridos, muy secos; inviernos gélidos y eternos. Un inhóspito clima que reducía la duración de las algaradas sarracenas en busca de botín y esclavos. Aunque, esta vez, el ejército que había acampado a sólo una milla de su capital no había acudido por el pillaje.

El semental se sacudió el pelaje empapado cuando Konon tiró de las riendas para contemplar las fogatas del campamento árabe, un mar de estrellas bajo un firmamento en tinieblas.

—Quince mil, todo caballería —le dijo el turmarca Nikaias—. Unos cincuenta katā’ib, a juzgar por los estandartes.

—¿Han causado muchos daños? —Konon escrutó a los trescientos jinetes que le acompañaban.

—Ninguno. Sulaymān no ha saqueado ni una sola aldea desde que cruzó las Puertas Cilicias.

Tras la conquista árabe de Siria, la frontera entre el Dār al-Islam y la Romania quedó establecida en los montes Tauro. Un desfiladero, conocido como las Puertas Cilicias, permitía atravesar esta cordillera cerca de la costa. Más al norte, la ciudad de Melitene dominaba los pasos centrales de esta línea de cumbres cuyas últimas estribaciones se fundían con el Cáucaso. Ante la abrumadora superioridad árabe, la estrategia romana se basaba en una defensa en profundidad: una serie de guarniciones defendían los puertos de montaña. Si los sarracenos sobrepasaban esta línea defensiva, los romanos se refugiaban en la red de fortalezas de la meseta anatólica y atacaban a los ejércitos en marcha, a sabiendas de que la dureza del clima jugaba a su favor.

—Apenas trae acémilas —dijo Konon—. Sulaymān desea avanzar lo más rápido posible hacia Constantinopla.

—Aun así, necesitará alimentos —señaló Nikaias—. Tarde o temprano, los árabes tendrán que abastecerse sobre el terreno… saqueando todo lo que encuentren.

—Lo cual significa que no podrán permanecer en un lugar durante mucho tiempo.

—Amorion carece de guarnición.

Díez días antes, Konon había enviado al turmarca Nikaias hacia el norte con la tourma amoriense. Cuando las tropas abandonaron la capital del thema anatólico, la ciudad les cerró las puertas y se declaró leal a Teodosio. La vanguardia árabe carecía de máquinas de asedio, pero el grueso del ejército sin duda contaba con un buen número. En ese momento, Maslama se adentraba en Capadocia con más de cien mil muqātila y un tren de bagajes formado por seis mil camellos y otros tantos asnos. Como estratego de thema anatólico, Konon sólo contaba con tres tourmai. Si lograba movilizar a las tres divisiones, con suerte podría reunir unos doce mil hombres.

—Nueve mil —le dijo Nikaias al interpretar su expresión—. No cuentes con más… Y habrá que dejar guarniciones en las ciudades.

—Si Maslama cruzó las Puertas Cilicias hace cinco días —razonó el estratego—, aún contamos con seis días.

—¿Seis días para negociar un armisticio? —dijo Teófilo, y él prefirió no responder. Examinó la cumbre de aquella colina, a media milla del campamento agareno, no muy lejos de la calzada de Akroinon…, una posible vía de escape.

—Acamparemos aquí.

Los trescientos soldados descabalgaron para montar las tiendas de tipo ávaro; desolados, sin esperanza. Los últimos restos del Imperio romano se hundían en una espiral de guerra y conspiraciones. Constantinopla, cuyos

dominios antaño se extendieron desde las Columnas de Hércules hasta las montañas del Cáucaso, apenas gobernaba sobre Asia Menor. Los árabes le habían despojado de Siria y Egipto, sus dos provincias más prósperas, lo cual redujo a una quinta parte el tesoro imperial. Los themata supusieron un postrero intento de adaptar la administración imperial a esta nueva realidad.

Cada thema constituía una provincia y al mismo tiempo un ejército, y su nombre procedía de las haciendas cedidas a cambio de un servicio militar hereditario que les permitía contar con aquel cuerpo de soldados profesionales.

—Todavía estas a tiempo de reconocer a Teodosio III —le dijo Teófilo—.

Aunque tu lealtad hacia el egregio Anastasio resulte encomiable, tal vez no sea el mejor momento de mostrarla.

El estratego sonrió ante el emponzoñado sarcasmo de su consejero.

—Teodosio es un cretino, y lo sabes.

—Un cretino mayor que Anastasio, querrás decir —comentó el antiguo logoteta—. Justiniano, Filípico, Anastasio, Teodosio… De seguir con esta progresión, en dos años el Imperio romano estará gobernado por una lamprea.

—De seguir así, en dos años el Imperio romano habrá dejado de existir.

—No confías en ningún aspirante al trono. —Nikaias acababa de llegar.

—Con cierta edad, uno no puede ser optimista sin ser idiota —respondió Konon—. El despotismo de Justiniano hizo que las tropas comenzaran a entronar a emperadores títeres. Si el elegido resulta ser un necio, como Filípico, habrá que deponerle; si se muestra eficiente y trata de imponer disciplina, como Anastario, se rebelarán igual. Es un círculo imposible de quebrar.

—Pretendes alcanzar un acuerdo con los árabes.

—Sólo ellos pueden romperlo. —Konon señaló la otra colina—. Iremos Teófilo y yo con una decena de hombres. Si al anochecer no hemos

regresado, aprovechad la oscuridad para huir.

Los caballos se revolvían inquietos, como si percibieran el estado de ánimo de sus dueños. El estratego tiró del bocado y saltó sobre la silla, después de adecentar su aspecto sin abandonar el atuendo militar. Teófilo no tardó en lamentar el roce de la seda en los arreos del caballo.

—No declines ninguna invitación —le advirtió Konon mientras cabalgaban

—, no importa si es una infusión o un banquete de diez platos. Lávate las manos antes de comer y no uses la zurda, resulta impura. La hospitalidad árabe permite al huésped hacer casi lo que le venga en gana. No abuses de ese privilegio. Fíjate en el resto de comensales y actúa igual.

Llegaron al vivac sarraceno. Los muqātila montaban una jaima con la eficiencia de quien ha repetido la misma rutina durante años. La estructura de la enorme tienda se sostenía sobre un mástil central y varios postes a lo largo del perímetro, atirantados con cuerdas de esparto.

Sulaymān los aguardaba en la entrada. Se retiró el manto con capucha, y el viento mecía las trenzas de su cabellera bajo un turbante beduino.

—La paz sea contigo —les dijo.

—Y también contigo —respondió Konon en árabe.

El sarraceno los invitó a entrar. El interior mostraba una lujosa austeridad, tapices coptos colgaban de las paredes, alfombras jorasaníes cubrían el suelo y un brasero de incienso caldeaba el interior mitigando el olor a estiércol. Los esclavos les ofrecieron una jofaina de porcelana para lavarse las manos. Sulaymān les hizo un gesto para que se acomodaran en torno a un ataifor de cedro ricamente servido, y quiso que Konon hiciera los honores.

—En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso… —recitó el estratego tras sentarse con las piernas cruzadas.

El caudillo árabe sonrió al escuchar la Basmala. Konon tomó un pedazo de pan para rebañar en la ensalada de berenjenas y bebió un sorbo de agua.

Teófilo aún buscaba los cubiertos; desistió al verlos comer con los dedos.

—Dicen que eres natural de Mar‘ash —comentó Sulaymān en árabe.

—Nací en Germanicia —dijo Konon.

Se había criado en una ciudad del norte de Siria, con la voz del muecín marcando la rutina diaria, hasta que los cristianos fueron deportados a Romania y su familia tuvo que mudarse a Mesembria, en la costa tracia del Ponto Euxino.

—En ese caso —dijo Sulaymān—, ¿por qué te llaman «el isaurio»?

—Es una larga historia… Mi familia vivía en el barrio de los pergamineros, no muy lejos de la mezquita de al-‘Abbas.

—Soy de los Banū Zubayd; mi tío vivía en Mar‘ash. Su nombre era Uthman ibn Jalid al-Kindi.

—Un hombre sabio —afirmó Konon—. Solía recitar poemas de Imru ‘al-Qais.

A sabiendas de que a los árabes no les complacía ir directos al grano, el estratego comenzó a disertar sobre poesía muʻallaqāt. Consciente de que, para su anfitrión, aquella charla intrascendente suponía un modo de conocer a su enemigo y, por lo tanto, resultaba de lo más trascendente. Procuró disfrutar del cordero con baharat sin mostrar el menor interés por lo que le había llevado a ese lugar, como si aquellos hombres fueran compañeros de francachela y no la vanguardia del mayor ejército de conquista reunido desde hacía un siglo contra la Romania.

Sulaymān mostraba un verdadero fervor por las gestas de ‘Antara al-‘Absī.

—Dicen que tu señor Maslama también es un hajīn —dijo Konon, y el ceño del árabe se arrugó.

—‘Antara al-‘Absī era hijo de una esclava etíope. Al igual que mi señor, no pudo llevar el nombre de su tribu hasta ganarse ese derecho mediante grandes hazañas.

—Como enemigo suyo, doy fe de ello —respondió sincero—. No sabía que fuera un «cuervo árabe».

—Más bien un mirlo blanco. Su madre no era africana, sino del Cáucaso.

Pero, dime: ¿qué es lo que llama tu atención de mi tienda? —El caudillo sarraceno no había pasado por alto la mirada evaluadora de Konon.

—Este homenaje a la vida nómada, mezclado con lujos de medio mundo, me desconcierta.

En tiempos del Profeta, la aristocracia mecana entregaba sus hijos a niñeras beduinas para que se educaran entre los nómadas del desierto, a quienes admiraban por su honradez, austeridad y coraje. Konon se preguntaba si su anfitrión aún rendía culto a tales virtudes. El emir hizo un gesto a uno de los criados para que le sirviera pasteles de sémola con miel.

—Jesús era hijo de un carpintero… Él y sus discípulos vagaban medio desnudos. —Sulaymān había hecho de su rostro una máscara indescifrable

—. Muhammad procedía de un noble linaje y prometió a sus seguidores las riquezas de quienes se negasen a abrazar el Islam.

Aquella voz tajante suponía una sentencia inapelable; Konon no quiso dar por concluido el debate:

—Tras ser tentado por Satanás, el justo Job manifestó: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré. Jehová dio, y Jehová quitó. Bendito sea el nombre del Señor».

—A los cristianos os gusta mercadear con la palabra de Dios, aferrándoos a las Escrituras cuando os conviene. Como si todo en ellas fuera cierto.

—«¡Oh, gentes del Libro! Ha venido a vosotros nuestro mensajero mostrando lo que ocultabais y habéis suprimido de las Escrituras…» —

recitó Konon—. Sí, conozco la cuestión del tahrif. ¿De verdad crees que los hebreos alteraron la palabra de Dios?

El emir escrutó el rostro de su invitado. En boca de un cristiano aquella aleya resultaba casi blasfema.

—Está probada la costumbre de algunos judíos de Yathrib, quienes, cuando Muhammad les interrogaba acerca de la Torá, la traducían mal para burlarse de él. El Corán es más fidedigno que el canon judío: cada palabra del Profeta se ha cumplido.

—Abū Sa‘īd al-Judri relata: cuando un hombre le preguntó a Muhammad por un remedio para la diarrea de su hermano, Él le aconsejó que bebiera miel. Al día siguiente el hombre regresó para señalar que la diarrea había empeorado, y el Profeta le respondió: «Alá ha dicho la verdad, ha sido el vientre de tu hermano quien ha mentido». —Una vez concluido el hadiz, el estratego añadió—: Dime, Sulaymān…: si Jesús sanó a un leproso e hizo que Lázaro volviera de entre los muertos, ¿cómo voy a creer en la palabra de un profeta al que desmiente una cagalera?

Un proverbio árabe afirma que la lengua causa más muertos que la espada, y en aquel momento parecía una verdad incontestable. Teófilo, sin entender una sola palabra, se detuvo sosteniendo un pedazo de pastel en el aire. Sólo se escuchó el viento batiendo la lona…, hasta que el jerarca agareno estalló en carcajadas.

—Eres tal y como me habían contado.

—¿En qué sentido? —preguntó Konon.

—Te niegas a venerar las imágenes —dijo Sulaymān, atento a su reacción.

—La Ley de Moisés quiso desterrar ese error, pero ha sido ignorada —

replicó el estratego, y el emir asintió complacido.

—Nuestras creencias no son tan distintas como pretendes.

—Tal vez —admitió el estratego—. ¿Por qué me has hecho llamar?

—Ayer hice que mis hombres gritaran «¡Larga vida al emperador Konon!»

ante los muros de Amorion. Exigí a los amorienses que te reconocieran como el emperador…, a lo que accedieron sin abrirme las puertas.

El estratego fue incapaz de articular una sola frase. Por orden de Maslama había sido aclamado emperador en la capital del thema anatólico… después de que los árabes atravesaran su territorio sin causar ningún daño. Tarde o temprano, esto se sabría hasta en el último rincón de Romania, y nadie dudaría que ya había pactado con los sarracenos. Si rechazaba la oferta, su cabeza acabaría clavada en el hipódromo de Constantinopla o en la alcazaba de Damasco.

—Es inútil luchar, no podéis vencernos. —Sulaymān se llevó el vaso a los labios—. Vuestra capital pronto será arrasada y Hagia Sofia se convertirá en mezquita y vuestras mujeres e hijos, en nuestros esclavos. El mejor modo de evitarlo es aceptar la corona imperial; el califa sabe mostrarse generoso…

—Debo consultarlo con mis hombres.

—Lo entiendo —dijo el emir—. Tómate tu tiempo…, pero no demasiado.

Una hora después se marchaban. Al abandonar el vivac sarraceno, Konon tuvo que esforzarse en no mirar atrás.

—No sé qué dijiste —comentó Teófilo—, pero estuvieron a punto de matarnos. Por cierto, el cordero estaba delicioso.

—Si pronuncias verdades incómodas, aunque con ello te juegues la vida, te creerán alguien incapaz de mentir. Me he ganado su confianza.

—¿Hasta qué punto?

—Me han ofrecido la corona imperial —respondió en voz queda—. En realidad, me han obligado a aceptarla.

Konon jamás imaginó que su viejo amigo pudiera quedarse sin palabras dos veces en un mismo día.

—Un obsequio envenenado —dijo al cabo—. Si reclamas el trono, estallará una nueva guerra civil, y el Imperio terminará devastado. Y en el

improbable caso de que tuvieras éxito, te habrías convertido en un títere del califa.

—Anastasio debió de enviarle una petición de ayuda al califa para recuperar el trono —dijo el espatario—. Eso le habrá dado la idea.

—Eso y tu antigua condición de dimmí —señaló Teófilo—. ¿Qué hay de tu inquebrantable lealtad hacia quien te nombró estratego?

—Mi lealtad es hacia el Imperio.

—¿Qué hacemos ahora?

—Antes de nada, debo entrar en Amorion.

Entre la bruma nocturna, la muralla de Amorion se antojaba irreal, sombras proyectadas en la niebla, como una pesadilla dentro de un sueño. Un pesado silencio había caído sobre la ciudad y nada se podía oír excepto el oscilante viento. Escoltado por seis oficiales, Konon caminaba bajo el acueducto en ruinas, inútil desde hacía décadas, ya que cientos de pozos abastecían de agua a los lugareños durante los continuos asedios árabes.

El patriarca y una veintena de magnates amorienses le aguardaban bajo el pórtico de la plaza mayor, antigua ágora griega y foro romano. Reconoció el descuidado atuendo de los dignatarios, la angustia en aquellos rostros cansados. Aunque la capital del thema anatólico era muy distinta a su Germanicia natal, el temor que despertaban los muqātila resultaba idéntico.

—¿Por qué me habéis cerrado las puertas? —les dijo sin más preámbulo.

—No queremos que nos gobierne un árabe nabateo —respondió el patriarca amoriense—, y menos aún cuando los sarracenos están a las puertas. Por eso nos mostramos leales a Teodosio… No es el momento para otra guerra intestina.

—Y, sin embargo, me habéis aclamado como emperador.

—¿Qué otra cosa podíamos hacer? —le espetó un anciano—. ¿Negarnos, para que Maslama saqueara la ciudad, esclavizara a nuestras familias y clavara nuestras cabezas en picas?

—No os gobernaré en contra de vuestros deseos —declaró el estratego—.

Sabéis de mi carácter y de mi valor. Maslama, el hijo de ‘Abd al-Malik, ha traído un gran ejército; la guerra civil es ya inevitable. ¿Confiaréis vuestras vidas a alguien como Teodosio? Dejad entrar a mis hombres y confiadme vuestro gobierno; si actúo en contra de vuestros deseos, podréis hacer conmigo lo que queráis.

Los magnates amorienses se miraron entre sí, desolados. Accedieron, ¿qué otra cosa podían hacer? De regreso al campamento, Konon envió un emisario al emir sarraceno para iniciar las negociaciones de los términos de la paz y su repliegue de Amorion, y después se dispuso a cenar con sus oficiales.

La lluvia tamborileaba sobre la lona, el vino se había mezclado con agua de lluvia y, aun así, transmitía una agradable calidez. Comieron de un mismo perol, en silencio. El estratego no quiso iniciar el cónclave, a la espera de que lo hiciera Teófilo. Sin embargo, Nikaias no pudo demorar la pregunta que todos se hacían:

—¿Y ahora qué?

—Hace cinco días Maslama cruzó los pasos del Tauro —dijo Konon—, y los hombres de Sulaymān no tardarán en rebelarse. Los muqātila son soldados a tiempo parcial, y reciben un estipendio anual por las conquistas pasadas. No están obligados a participar en ninguna campaña, y si lo hacen es por el botín que obtendrán en la expedición. Pronto, las tropas de Sulaymān querrán saber por qué aguardan ante unos muros en lugar de dedicarse al saqueo. Tendrán que levantar el campamento para proseguir la marcha.

—¿A qué otras conclusiones has llegado? —inquirió Teófilo.

—Sulaymān está fascinado con los antiguos relatos heroicos y muestra hacia su jefe la devoción de un perro a su dueño. Maslama es hijo del gran

califa ‘Abd al-Malik, medio hermano del actual príncipe de los creyentes, pero es ilegítimo y está excluido de la sucesión. No cuestionará la autoridad de su hermano…, aunque tiene que demostrar en todo momento su valía, lo cual supone una debilidad.

—¿Todo eso lo has deducido comiendo cordero?

—Aún quedará el grueso del ejército, liderado por Maslama —dijo Nikaias.

—Lo sé. En cuanto se marche la vanguardia, ocuparás Amorion con ochocientos hombres —replicó, y el turmarca asintió—; las mujeres y los niños deberán abandonar la ciudad.

—Antes Sulaymān tratará de apresarte —le advirtió Teófilo—. Lo sabes,

¿no?

—Por eso —dijo Konon—, en cuanto tengamos ocasión, nos iremos con la excusa de una cacería para acampar a diez millas al sur, sobre un cerro que domina la confluencia entre dos ríos, a salvo de cualquier treta y con una vía de escape.

El consejero comprendió que la estrategia de Konon se basaba en mantener al enemigo confundido, que nunca supiera a ciencia cierta cuáles eran sus intenciones, lo cual le impedía anticiparse a sus actos.

—Y después a Pisidia —adivinó.

—Todos salvo tú —le dijo su amigo y señor—. Tengo una misión para ti.

Antes de contestar, el hombrecillo sumergió un pedazo de pan en el perol.

—¿Adónde debo ir?

—Deberás reunirte con Maslama para negociar en mi nombre.

—Hablo en serio.

—Yo también.

—Soy un cobarde —el burócrata hizo un gesto aludiendo a los militares—, no sé nada de estrategia.

Konon se puso de pie, ahuecó las manos y las sumergió en una jofaina para asearse.

—Eso te convierte en el emisario idóneo.

—¿Eres consciente de que, si algo falla en tu plan, acabaremos crucificados por los musulmanes y excomulgados por los cristianos? —le pregunto Teófilo.

El estratego asintió, al tiempo que sopesaba la idea de ser coronado emperador.

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