Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 17 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XVI

Doce siglos antes, el rey Jerjes de Persia invadió Grecia para vengar la derrota sufrida por su padre en Maratón. Decían que su hueste estaba formada por cinco millones de guerreros de cuarenta naciones distintas, y que los ríos se secaban cuando se detenían a beber. Temístocles, el estratego ateniense, envió unos espías a Sardes para averiguar su verdadero número.

Los persas los capturaron, pero Jerjes, no solo les dejó ir con vida, sino que, además, les permitió visitar su campamento para que informaran a los griegos de la magnitud de su ejército.

La primera vez que Teófilo leyó a Heródoto, el relato se le antojó imposible. Sin embargo, al contemplar la campiña de Masalaion bajo el inmenso arrabal de tiendas de campaña, el logoteta comprendió los motivos de Jerjes. Entre aquella urbe de carpas y toldos reconoció los estandartes de los cinco ejércitos del Ahl al-Shām, las tropas sirias acantonadas en Homs, Damasco, Jordán, Palestina y Qinnasrin. Millares de mutatawwi‘a’, voluntarios del ŷihād, procedentes de toda Arabia, beduinos armados con lanzas y adargas. Mercenarios persas sobre caballos revestidos de hierro y bronce; feroces jinetes turcos con caftanes de piel y arcos compuestos al cinto; cientos de esclavos negros sudani; ingenieros coptos reparando las máquinas de asedio… En el corazón de aquel bullicioso mar de toldos, en torno a la jaima de Maslama ibn ‘Abd al-Malik, habían acampado la clientela de los omeyas, junto con maulas de una veintena de pueblos.

Teófilo retuvo a la montura y dejó que abrevase, mientras su mente bullía, repitiendo las palabras que debía pronunciar. Aguardó ante la hilera de peticionarios que hacían cola ante la puerta del hombre más poderoso del imperio islámico después del propio califa. Maslama había sido nombrado valí de Armenia y Azerbaiyán, a lo cual se sumaba su cargo de gobernador del norte de Siria. El mando conjunto de estas provincias le otorgaba el control de la frontera del califato con el Imperio romano.

Una pareja de eunucos condujo a Teófilo hasta el umbral de la improvisada sala de audiencias. La luz irrumpía en el lugar por las claraboyas cubiertas por celosías, trazando patrones geométricos en los tapices del suelo. Una delegación de Capadocia rendía pleitesía al emir sarraceno.

—¿Sois vasallos de Konon? —les interrogó Maslama.

—Sí —respondieron.

—¿Haríais cualquier cosa que él os dijera?

—Ciertamente.

—Entonces regresad a vuestras ciudades y no temáis ningún mal.

Los eunucos condujeron a los capadocios hacia el exterior de la tienda, e hicieron un gesto perentorio a Teófilo, que caminó sobre las alfombras hasta detenerse ante el general árabe. El antiguo logoteta se envaró al sentir la mirada del guerrero del desierto revestido con los símbolos de su condición de sahābah, descendiente de los primeros discípulos de Mahoma. Sentado en un diván ornado con pan de oro, bajo un toldo de seda china, sobre un mar de tapices del Jorasán, envuelto en perfumes de incienso.

—Reclamo la seguridad del heraldo —declaró Teófilo.

—¿Quién eres? —le preguntó el mayordomo.

—Mi nombre es Teófilo, emisario y consejero del estratego Konon —

declaró, escrutando al traductor.

—Tu petición es aceptada. Se te concede el amán. —Maslama le habló en griego.

—Os doy gracias.

Por un instante, hubo en la tienda un silencio ensordecedor.

—Pareces timorato —comentó el general árabe—. ¿Qué es lo que más temes, emisario?

—Tu desaprobación, mi señor —afirmó Teófilo.

La egregia figura sentada en el trono no dijo nada durante largo tiempo.

Entonces Maslama le habló de nuevo.

—En ese caso, tus temores se han cumplido.

—Tu perdón, señor, te lo suplico —dijo Teófilo, dejando que el temor aflorase a su rostro—. Imploro misericordia.

—¿Misericordia? —Maslama le miró con una expresión extrañada—.

¿Acaso no la he mostrado siempre?

—Sea como dice mi señor.

—Las acciones de tu amo me han agraviado. ¿Por qué motivos huyó Konon? —Ante el restallido autoritario de la voz del árabe, Teófilo contuvo el aliento.

—Mi señor quería reunirse contigo, pero Sulaymān trató de capturarlo.

Ahora teme hacerlo.

—Konon está jugando conmigo; bien sabe que no he dañado su provincia.

—No es cierto —insistió Teófilo de forma afectada—, te estoy diciendo la verdad.

—Mi apocado emisario… Deja de gimotear y dime: ¿cuál es la situación en Amorion?

—Todo está en orden y bajo control —respondió el emisario—. Konon envió un turmarca con mil soldados a Amorion y ha evacuado a la población civil. Está decidido a reclamar el trono imperial con tu apoyo y después convertirse en tu maula.

Al oírlo, Maslama se mostró furioso. La capital del thema anatólico ya no estaba indefensa, y montar las máquinas de guerra para expugnar la ciudad le haría perder un tiempo preciado. A un gesto solemne del general, un clérigo cristiano trajo un códice y lo extendió hacia el consejero romano.

—Demuéstralo —le dijo, y Teófilo depositó la diestra sobre la cubierta enjoyada.

—Todo cuanto he dicho es cierto —declaró solemne—. El turmarca Nikaias se encuentra en Amorion con mil soldados. Mi señor vació la ciudad, y te abrirá las puertas de Constantinopla si le ayudas en su reclamación al trono.

Una vez concluido el juramento, el emir parecía satisfecho.

—Levántate y besa mi mano.

Aturdido, Teófilo se puso en pie y besó el anillo que le ofrecía. Se postró ante él y retrocedió sin darle la espalda:

—Mi gratitud hacia ti, gran señor, por tu comprensión y bondad.

—Dile a tu amo que se reúna conmigo —concluyó el emir—. Haremos las paces y accederé a cualquier petición que me haga. Soy magnánimo, sabré recompensarle.

El consejero se apresuró a marcharse y Maslama sonrió complacido.

Durante años, había urdido los planes para conquistar a su más odiada enemiga. Envió emisarios a decenas de pueblos. Una vez supieron de su generosidad con el oro, acudieron a millares para servir bajo su estandarte, hechizados por las legendarias riquezas de Constantinopla. Aquel hombrecillo vacilante y adulador encarnaba la fastuosa decadencia del Imperio romano.

—¡Ya habéis visto a nuestro enemigo! —dijo Maslama a sus hombres—. La victoria es inevitable. Vuestras ambiciones serán satisfechas y vuestras tribus os rendirán cumplido homenaje. Los romanos os entregarán a sus más hermosas hijas, tomaréis de entre ellas infinidad de esposas y esclavas para engrosar vuestros tálamos. En el futuro, tribus enteras dirán que vuestra sangre corre por sus venas. Recibiréis ricos presentes, enormes haciendas, hermosos caballos, y mucho más, una vez que hayamos destruido a la Nueva Roma.

Resonaron los vítores en la colosal tienda.

—Dicen que el estratego es distinto, que posee una voluntad de hierro —

murmuró uno de los eunucos.

—Konon es el paradigma de quien prefiere aliarse con su enemigo, pues no concibe la derrota —dijo Maslama.

Teófilo no respiró tranquilo hasta que pudo reunirse con su escolta, a una decena de millas del campamento agareno. Cabalgaron hacia Apamea en silencio. La meseta anatólica se mostraba desierta, incluso el firmamento carecía de aves; la veintena de jinetes romanos era lo único que se movía aquel paisaje pardo.

Cuando Konon despertó, el mundo se había vuelto más ceniciento más allá de la ventana. Comenzó a prepararse para el día aciago que le aguardaba. A su lado, María seguía dormida: observó el constante ascenso y descenso del pecho, acarició los mechones de su cabello dorado. Aún conservaba la suavidad adolescente, aunque el brillo se hubiera apagado con los años. La besó en la frente y comenzó a vestirse. Aún no había amanecido; disponía de un par de horas antes de que se levantaran sus hombres, así que se sentó ante su escritorio de nogal. Apenas dos horas para leer la enorme pila de informes y correspondencia atrasada.

—Come. —En algún momento, María se había levantado para ir a la cocina, y depositó un cuenco de estofado ante su esposo.

El estratego trató de sonreír, tomó la cuchara y obedeció.

—Está muy bueno —comentó—. ¿Lo hiciste tú?

—Anoche, durante tu reunión. Me quedé dormida esperándote.

Él asintió, y vio cómo se sentaba a su lado, acostumbrado a la agradable quietud de su esposa y a la comodidad del silencio compartido.

—He tenido un sueño —le dijo María.

—Supongo que debo preguntar sobre qué.

—Vi un gallo desplegando sus alas en nuestro palacio, y todos los gallos de la Romania le respondieron.

Médicos y filósofos pensaban que nuestra alma abandona el cuerpo durante el sueño, para visitar un mundo sobrenatural, donde se revelaban augurios que podían interpretarse. No hacía falta mucho ingenio para descifrar la visión de un ave que anuncia la llegada del nuevo día.

—Mantenlo en secreto y que nadie se entere. —Konon mostró el ceño fruncido, como si muchas cosas le inquietaran al tiempo y fuera incapaz de decidir a cuál enfrentarse.

—¿En qué piensas? —le dijo María.

—En los dos años.

—¿Qué?

—La duración media del reinado de un emperador romano, desde la muerte de Justiniano II —le explicó—. Dos años, antes de ser depuesto o asesinado. Y en el improbable caso de que logre sentarme en el trono,

¿merecerá la pena?

—Esa no es la cuestión.

—Entonces haré otra —repuso Konon—. ¿Crees que merezco ser el emperador de la Romania?

—Creo que la Romania merece un emperador como tú.

—No comparto tu generosa opinión sobre mí. —La risa franca del militar veterano resonó en la alcoba—. ¿Te has inventado el sueño para infundirme confianza?

—¿A qué se debe este repentino ataque de humildad? —inquirió María—.

¿Deseas eludir la responsabilidad de salvar a Constantinopla?

—¿Salvarla… o traicionarla? Tal vez pase a la historia como Konon el Desleal.

—Si no haces nada, no tendremos historia —murmuró su esposa—, y el precio del poder siempre es alto.

—Sólo es el primer peaje. —El estratego contempló el minúsculo retrato de su hija, una tabla casi oculta entre mapas, pergaminos y códices. Recordó las condiciones del acuerdo con Artabasdo: a cambio de su apoyo, obtendría el cargo de maestro del palacio y estratego del thema opsicio…

siempre y cuando tuvieran éxito.

—Anna ha sido educada para ello —declaró María—. Necesitas el respaldo del thema armenio, y el mejor… el único modo de forjar una alianza es el matrimonio. Además, es muy apuesto.

—¿Mucho?

—Bastante.

—Pasemos entonces al segundo peaje… He enviado a mi mejor y tal vez único amigo a una embajada suicida en la corte del segundo hombre más poderoso del orbe. Es muy posible que solo vuelva a ver la testuz, impregnada en resina de acacia.

—¿«El único»?

—Hablo de amigos, no de admiradores. Alguien capaz de mandarte al Diablo si te lo mereces.

—No subestimes la locuacidad de tu consejero: regresará —dijo María, y en el corral resonó el canto del gallo—. Ahora tienes asuntos que atender.

Los soldados se habían acomodado en un antiguo almacén, con la ropa tendida en las vigas. Tras asearse, Konon bajó al comedor; todos se pusieron en pie a su paso y él tomó asiento en un extremo de la mesa. La hija del posadero repartía platos con el estofado y Bardanes, el primogénito del hypostrategos Manuel, le ayudaba con el perol. Al despedirse de ella, el muchacho, de quince años, sonreía.

—¿La conoces? —le dijo Konon.

—No, kyrios —respondió Bardanes—. Ni siquiera sé su nombre.

—Entonces ha de ser su aspecto lo que te vuelve tan amable.

El muchacho se sonrojó ante las risas de los soldados. Chirriaron los goznes de la puerta y una brisa recorrió la estancia cuando Teófilo irrumpió en ella, despojándose del manto.

—¡Heme aquí, como Lázaro, retornando de entre los muertos! —declaró, y el estratego le hizo sitio en el banco.

—Me alegro de verte. —Konon contuvo el impulso de abrazarle. El emisario recibió una sucesión de efusivos saludos y, una vez en la mesa, probó un estofado de garbanzos con las sobras de la víspera. Rechazó la leche que le ofrecían y en su lugar se escanció un generoso vaso de vino.

—¿Qué clase de hombre es Maslama? —le preguntó el estratego.

—Digamos que no tiene problemas de autoestima —dijo Teófilo—. Lo que comenté, hace días, sobre enemas imperiales palidece ante su corte.

—¿Cómo fue todo? —Konon se mostró más serio.

—Me hizo jurar sobre las Sagradas Escrituras.

—¿Mentiste?

—Como un bellaco —declaró el consejero—. Tu mensaje le enfureció, pero se lo tragó hasta el fondo.

—Sin duda había planeado tomar Amorion, dejar allí una guarnición y regresar a Siria para el invierno. Ahora no le quedará más remedio que seguir adelante, hasta el Egeo, lejos de sus bases… Sin contar con una línea de suministros por vía terrestre y aislado por mar, en cuanto concluya la temporada de navegación —concluyó Konon—. Si ahora está en Masalaion, en cinco días su ejército habrá cruzado el thema anatólico.

—¿Pretendes seguir dándole largas? —Teófilo parecía consternado. Por cada día ganado tendría que idear una mentira aún mayor, y, con ello,

aumentaban las posibilidades de que su cabeza rodase por el suelo.

—Por muchos bagajes que traiga consigo —razonó el estratego—, un ejército tan grande sólo podrá abastecerse saqueando lo que encuentre a su paso. No se mantendrá en un mismo lugar durante mucho tiempo. Todo su poder, basado en el número, también supone su mayor debilidad.

—¿Y qué hay del joven Teodosio?

—Pronto el problema será suyo. —Konon sonreía—. Los árabes arrasarán el thema opsicio a sangre y fuego. El estratego Miguel tendrá que emplear una parte de las tropas que ahora retiene en Nicomedia para defender su provincia. Entonces le atacaremos.

Los militares alzaron el rostro del plato para escrutar el rostro de su superior, que aún sonreía, confiado. La ficción del liderazgo se basa en que todos los hechos relevantes son conocidos por una sola mente, capaz de construir, a partir de ese conocimiento, una estrategia que conduzca inevitablemente a la victoria. Este mito esquiva el problema crucial que supone la incapacidad de reunir, de forma abarcable, todos los factores que entran en juego en la guerra.

Konon no tenía ningún plan.

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