Cova Dónnica
Capítulo XXIII
Una rosa silvestre brotaba de una grieta del muro, con los pétalos cubiertos de escarcha, afilada como las espinas del tallo. El cielo acerado se había llenado de cuervos. Pelayo apenas sentía el azote del viento. Contempló cómo aquellos pétalos albinos se teñían con la sangre del cadáver ensartado en la empalizada. Las llamas rugían por encima del muro, la nieve fundida manaba en regueros. Anochecía y las sombras se adherían a los rincones del fuerte incendiado; los astures remataban a los heridos para saquear a los cadáveres. Hombres muertos, bestias calcinadas, rostros ausentes, voces perdidas en los hilos del tiempo. La muerte pendía rancia en el aire.
La guerra nunca cambia, sólo el enemigo lo hace. Con plomo inyectado en brazos y piernas y un vacío alojado en el pecho, la rabia del combate se iba extinguido. Tras meses de lucha, nuevas cicatrices en la piel y algunos huesos rotos; todo un invierno deambulando ante las puertas de la muerte y la victoria aún se sentía lejos.
Vio huellas hendidas en la nieve. Pisadas leves, como el rastro de un fantasma. Encontró a la chica en un recodo de la cerca, con el cabello oscuro ocultándole el rostro. Indefensa, acurrucada en la esquina de una jaula. Examinó sus ojos a través de la bruma que impregnaba el aire y oyó el siseo de su propia espada al entrar en la funda. Aquellos ojos verdes no mostraron emoción alguna. Pelayo se acuclilló ante ella.
—Soy amigo. Cristiano —le dijo, y ella le miró como si no significara nada. Pelayo extrajo un mendrugo de la escarcela y se lo ofreció—. Toma
—le dijo—. ¿Dónde está tu aldea?
—Al oeste —masculló la muchacha—. Destruida.
Una lengua de fuego entibió el aire helado.
—¿Y tu familia?
—Muertos. Él… me habló de ellos, en mi noche de bodas. —Se estremeció de un escalofrío, apretó los dientes—. Fueron quince… Los conté. Después, tuve que lavarme con nieve. —Agitó la cabeza—. Dejaron los cuerpos tirados, pasto de los cuervos. Como ellos ahora.
Llegó una decena de bucelarios. Pelayo se incorporó, exhausto, apoyándose en la rodilla. Aferrada a la jaula, la chica se negó a salir, alejándose de las manos extendidas.
—Quédate ahí o ven conmigo —declaró el astur, impaciente—. La decisión es tuya.
En ese instante la chica no se movió, parecía sopesar sus palabras, y finalmente se arrastró al exterior, manteniéndose alejada de los hombres. La nieve se derretía en su cabello, en las pecas sonrosadas bajo un sudario de hollín.
—Quemadlo todo —ordenó Pelayo a sus hombres—, y liberad a los prisioneros. Quien les cause daño será ejecutado… por mi propia mano.
Aunque la orden pareciera una ocurrencia tardía, poseía un indudable significado.
—Señor —dijo Asterio.
El princeps astur frunció el ceño. Su amigo sólo le llamaba así ante extraños.
Le llevaron ante un sarraceno maniatado, arrodillado en el fango, con un hematoma en el rostro y la túnica hecha jirones. Los dientes apretados relucían sobre su piel oscura.
—¿Cómo se llamaba este lugar? —le preguntó Pelayo, y él entornó la vista, extrañado de que un bárbaro le hablase en árabe.
—Qal’a Hakim —respondió.
—Entonces tú eres Hakim.
El agareno asintió, confundido, con la barbilla bien alta. Los labios de Pelayo formaron una delgada línea, su mirada gris vagaba por las colinas nevadas. Habló casi para sí, abstraído:
—Cuando vi por primera vez al ejército de Tāriq —prosiguió en árabe—, a esas bestias con una joroba a la espalda…, me di cuenta de lo poco que sabía de vosotros.
—Fuiste rehén en Qurtuba —le espetó Hakim, dirigiéndole una expresión que dejaba muy pocas dudas sobre lo que pensaba de él.
—Me pasé horas allí sentado, admirando a los muqātila. —El astur tomó la espada yemení para desnudar la hoja unas cuatro pulgadas—. Su destreza con las armas, al montar a caballo. Les vi practicar, escuché cómo charlaban… hasta que aprendí su lengua. Su religión. Sus costumbres. Su forma de luchar.
Desenfundó el arma por entero y la clavó en el suelo ante el sarraceno.
—Soy Pelayo, el señor de esta tierra.
—Conozco tu nombre —dijo el ismaelita, desafiante—. No eres más que un bandido.
A su lado, la joven cautiva se balanceaba en cuclillas, tarareaba entre dientes. Los escrutaba, afilando un cuchillo ante el fuego.
—¿Cuántos hombres tiene Munuza en Gegione? —le dijo Pelayo con voz pausada.
—No temo a la muerte.
Con un gesto brusco, el astur se puso en pie.
—«A quien combate por la causa de Alá, tanto si muere como si vence, le daremos una inmensa recompensa» —recitó en árabe—. La Yanna. Jardines perfumados con mirra y alcanfor, donde brotan ríos de miel y todo deseo se satisface. Festejando por siempre en lechos de oro, servidos por setenta y dos huríes, doncellas tan hermosas que su piel es traslúcida…, voluptuosas,
de grandes senos, que jamás menstrúan. Un vergel donde la erección es eterna. —Pelayo clavó su mirada en el rostro del agareno, que se descompuso a ojos vista—. Dime, Hakim… ¿Qué será de ti si mueres a manos de una mujer, de rodillas y maniatado?
—No temo a…
—Dime cuántos hombres tiene Munuza en Genione y cortaré las cuerdas —
dijo Pelayo, y él comprendió que la promesa no iba más allá. Su atención se dirigió hacia la espada, clavada a dos pasos de él, y luego al caudillo astur con su propia arma enfundada en el regazo. Dándole la oportunidad de una muerte honrosa, antes de partir a la Yanna. La alternativa, acabar degollado, de rodillas, desangrándose como un puerco.
—Quinientos —masculló—, incluidos los maulas hispanos.
Estaba dicho, y, a un gesto del astur, le cortaron las ataduras. Ambos observaron fijamente la espada clavada en el suelo. Unidas por un cordel invisible, sus miradas se encontraron. «Sé lo que harás», le dijo Pelayo sin tan siquiera abrir los labios. El sarraceno saltó como accionado por un resorte. El astur desenvainó a una velocidad inhumana y su hoja segó el cuello del árabe, en el preciso instante en que sus dedos aferraban la empuñadura.
El cadáver aún se retorcía sobre el nevazo como una lombriz de tierra cuando el princeps negó con la testa.
—Ma‘a s-salāma —murmuró.
Alzó la vista. Veinte guerreros los rodeaban, fatigados, sosteniendo las armas. En la bruma, un caballo de guerra herido coceaba a cualquiera lo bastante chalado como para acercarse.
—Sacrificadlo —ordenó Pelayo—. Necesitaremos su carne.
No halló más palabras que decir y permaneció en pie durante un instante, temblando bajo la aguanieve. La escaramuza había dejado más muertos que heridos, apenas hubo botín que repartir y ninguno sintió que hubieran
ganado nada, salvo un día más con vida. Poco después, la maltrecha hueste regresaba al campamento, con una veintena de mujeres siguiéndolos. Más bocas que alimentar. Junto al princeps cabalgaba Asterio, con una mueca interrogante.
Eligió ignorarle. De momento, no tenía respuestas.
No había nada grato en ser una de las seis mujeres de un castillo con trescientos hombres, ni siquiera para la hija de un princeps. Ermesinda se había criado entre guerreros, por lo que disfrutó de una libertad mayor de la que suele otorgarse a la hija de un noble. Le sirvió para adquirir la educación que solía ser coto del varón con vocación por los hábitos, y ahora, para llevar las cuentas de un ejército, en lajas de pizarra. Aquella mañana, habían acudido tres familias con seis sacas de mijo. Se sentó bajo un toldo, para actualizar el registro, y echó un afligido vistazo al arca.
—Nos estamos quedando sin oro —dijo Baldomero—. Deberíamos requisar parte de los víveres.
—El apoyo de los campesinos resulta esencial; no podemos dejarles sin sustento —respondió Ermesinda—. Muchas familias dependen de nuestro oro y nos informan de las patrullas ismaelitas.
—Se hará como dices —murmuró el monje.
La muchacha asintió abstraída. Le dolía la espalda de dormir al raso, una sensación distinta a cualquier malestar que hubiera experimentado antes.
Al oír un tumulto más allá de la carpa, la muchacha se preguntó si regresaba su padre. El alboroto ganaba intensidad, procedía del centro del campamento. Algo inusual sucedía. Caminó a grandes zancadas por el camino de guijarros sueltos, hasta que un muro de espaldas le impidió ver qué ocurría. Unos guerreros se hicieron a un lado nada más verla.
Abriéndose paso entre la multitud se topó con Elacio, y le gritó por encima del alboroto:
—¿Qué ocurre?
Al descubrir a la hija de Pelayo, el veterano bucelario sonrió.
—Compruébalo tú misma —dijo, y empujó a un hombretón para que pudiera verlo.
Rodeados por un centenar de guerreros, Fruela y su hermano Favila sopesaban sus armas, dispuestos a batirse en un duelo.
—¡No! —Ermesinda pretendía interponerse entre los dos guerreros, pero Elacio la sujetó del brazo. A pesar de su fuerza, no resultó una tarea fácil.
—Es una locura —exclamó Ermesinda—. No podéis dejarles.
—Cálmate, chica. —Elacio la interrumpió—. No es la primera vez, ni será la última.
A duras penas, la joven logró serenarse.
—¿Por qué?
—Demasiados gallos en un mismo corral. —Elacio agitó la testa y se encogió de hombros—. No te preocupes, Fruela no matará a tu hermano.
—¿Y qué pasa si resulta malherido? —dijo, aturdida.
—Entonces ambos morirán —replicó Elacio, resignado—: uno de gangrena y el otro a manos de tu padre.
La muchacha observó el inminente combate. Favila había heredado las robustas facciones paternas y las escaramuzas de los últimos meses habían convertido su rostro en un bloque de acero tallado a cincel. A su lado, Fruela se mantenía tan sereno como siempre:
—Si tanto cuestionas mi autoridad —le decía el cántabro—, ¿por qué no hablas con tu padre?
—Lo importante es tomar la decisión correcta a tiempo —respondió Favila, con la sangre joven hirviéndole en el cuerpo.
—No reconoces la sensatez cuando la tienes ante ti. —El espatario se plantó ante el muchacho, dejando que aflorase la sonrisa que escondía tras una mueca de enfado.
Desenvainó la hoja sarracena y su mente se adentró en aquel lugar sombrío y desolado, donde su adversario sólo era un pedazo de carne y tanto la moral como el honor estaban ausentes. No deseaba dañar a Favila, pero nadie podía cruzar esa línea y salir indemne.
Los sentidos de Fruela se agudizaron por el instinto fraguado tras miles de horas de práctica. Forzó a su cuerpo a relajarse, como lo había hecho tantas veces. La mente concentrada, las facciones muertas, sopesó Mimung, alzó el escudo y relajó la tensión de los hombros, cuerpo y voluntad doblegados hacia un solo propósito.
Vio a Favila gesticular ante los suyos, confiado por la ansiosa expectativa de victoria. Aguardó en silencio a que el improvisado heraldo les señalara el círculo de estacas de avellano. Caminaron hacia él, empuñando las armas, Favila extendió el brazo para chocar las hojas aceradas, y comenzaron a tantearse. Fruela le estudió al moverse como un oso encerrado en una jaula.
Fue él quien inició el combate, tan fuerte como pensaba.
El tajo de espada astur resonó en el escudo. Fruela no quiso castigar la madera y dejó que cediera hacia un lado. Una buena técnica, Pelayo le había enseñado bien. Favila se movía con la despreocupada ambición que otorga la mocedad. Más rápido de lo esperado para alguien de su corpulencia.
Los primeros compases fueron tanteos. Permitió que Favila le pusiera a prueba, cedió terreno para que confiara en sus fuerzas y se embriagara de un triunfo inútil. El joven astur embistió con el escudo, y él rehuyó el contacto, alejándose. Favila dio dos pasos al frente, exultante, tan pagado en sí mismo que no se daba cuenta del juego de su adversario. Cargó de nuevo contra el espatario. Tras fingir un tajo alto, trató de buscarle el costado.
Fruela tuvo que contener la risa ante la finta. Las caderas nunca mienten, ni tampoco los ojos.
Aun así, el muchacho sonreía, convencido de que estaba presionándole. Un nuevo tajo y las espadas chocaron. Fruela hizo que la suya oscilara y, haciéndose un lado, atacó con el pomo a través de la abertura recién creada.
Favila trastabilló al sentir el sabor de su propia sangre. En un instante, la sorpresa mudó en confianza. Creyó que eso era todo cuanto su enemigo podía dar, la sed de sangre asomaba en sus ojos.
Fruela inspiró aún más hondo y el muchacho hizo una mueca, al creer que su adversario se quedaba sin aliento. Cargó de nuevo, incapaz de asumir su error. Había llegado el momento. El espatario decidió contar hasta treinta, ni un solo instante más.
Alzó el escudo para detener la acometida, se desgarró el revestimiento de cuero. Veinte. Dos tajos sucesivos astillaron la parte alta de la rodela. Favila tajaba como un leñador enfurecido. Diez. Las hojas chocaron, la espada de Fruela hizo una melladura de media pulgada. Cinco. El joven descargó una última cuchillada y, en lugar de detenerla, Fruela se hizo a un lado, dejó que el filo pasara a tres pulgadas de su rostro y descargó un despiadado golpe en el yelmo del muchacho.
Vio a su adversario caer al suelo. Asumió el control de sus propias emociones, de la piedad, de la lástima, las encerró en esa minúscula arca que había construido en el pasado y pateó al muchacho en las costillas mientras este gateaba por el barro. Le atizó una y otra vez, con un propósito desalmado, hasta la derrota y luego más allá, hasta hacer añicos su voluntad. Sólo entonces, cuando Favila se derrumbó, se detuvo. Le dejó ahogado en sollozos, con la ardiente sensación de las lágrimas en el rostro.
Intercambiaron una mirada. Si Favila le hubiese preguntado, el espatario le habría hablado de su infancia, de las palizas con bastones que hicieron del dolor una expresión de amor paterno. De los años de lucha viendo caer a un amigo tras otro, de las batallas, de las torturas, de las interminables jornadas de marcha. Aquellos golpes no le rompieron. Le volvieron más fuerte de lo que él jamás sería.
—Evita que tu orgullo se confunda con tus bravatas —le advirtió Fruela—, para que, cuando tus bravatas se vayan al carajo, como ahora, tu orgullo no las acompañe —Dio un paso atrás y permitió que Favila se pusiera en pie
—. En ausencia de tu padre, yo estoy al mando.
A duras penas el muchacho logró retirarse, los astures se apartaban ante él.
Algunos comentaban la lucha a grandes voces, otros tan sólo murmuraban.
—¡Favila! —Ermesinda salió al encuentro de su hermano, que aceleró las zancadas, furibundo, al verla llegar. No se atrevía a mirarla a los ojos en aquel estado. La chica le vio trastabillar en dirección a la tienda y su atención se centró en su adversario.
—Podíais haberos malherido —recriminó a Fruela, y él contempló su rostro juvenil, bañado por la luz mortecina, y la miró a los ojos brillantes.
—Estamos en guerra —respondió—. Cada día cualquiera de nosotros puede morir.
—No hay por qué hacerlo más fácil.
—Si un guerrero se equivoca, el guerrero muere —declaró Fruela—. Si su líder se equivoca, todos mueren. A tu hermano le preocupa más su orgullo que sus hombres.
—No es el único sobrado de vanidad —dijo Ermesinda.
El aludido se detuvo para encarar a la chica, que apenas contuvo el impulso de dar un paso atrás.
—¿Sabes por qué Pelayo dejó que vinieras?
—Quise alejarme de mi madre y él no puso objeción —dijo Ermesinda, y observó cómo el guerrero escrutaba su aspecto crudamente inocente, con el lustroso cabello castaño recogido bajo un tocado y una piel nívea como pétalos de rosa; y se vio forzada a añadir—: Si Pelayo permite que su propia hija acompañe a la hueste, significa que confía en la victoria. Eso eleva la moral de la tropa.
—¿Te lo ha dicho alguien? —preguntó Fruela, y ella negó con la testa—.
Tienes buen ojo, no sólo con el arco. Aplícate el cuento y asume cuál es tu tarea.
—Debemos permanecer unidos —respondió con obstinación.
—Eso díselo a tu hermano.
—No, díselo al tuyo —le espetó la joven—. Tu padre tiene guerreros, gobierna en Cantabria. Allí los árabes no tienen guarniciones. Habla con él para que se una a nosotros.
—Si crees que lograré persuadirle con palabras fraternas —masculló el espatario—, no sabes nada de Alfonso.
—Tal vez —balbució la chica—. Pero puedo percibir tu afecto hacia él.
—Mi hermano me proscribió —declaró, rotundo—, tuve que huir con mi familia. Los sicarios de Opas trataron de darnos caza. Echaron mi mujer e hija a los perros. No tengo nada que decirle a Alfonso.
La boca de Ermesinda se convirtió en una dura línea y Fruela se dirigió hacia la campa, entre empalizadas y terraplenes, con la mente hecha un revoltijo de recuerdos.
—¡Levantaos, palurdos! —rugió Munio al verle llegar.
Un centenar de muchachos robustos se volvió hacia ellos de mala gana.
Elacio acababa de regresar de Cantabria con una carta de su hermana Gausinda, víveres, una bolsa con oro y un centenar de jóvenes robustos, mal armados y peor encarados. Los rumores sobre el espatario del rey Rodrigo, superviviente de la batalla del Lago, que había huido de su hacienda y —tal vez lo más importante— con oro del tesoro regio de Toletum, circulaban por toda Cantabria y atraían a toda suerte de jóvenes ávidos de pelea.
En la apresurada misiva, su hermana le confirmaba la precaria salud de su padre, el duque, y su fracasado intento de persuadir a Alfonso de que se sumara a la rebelión. La guarnición ismaelita en Amaya suponía una espada
de Damocles pendida sobre la conciencia de su hermano. Sólo una victoria incontestable sobre los sarracenos le haría mudar de juicio.
—Acaban de presentarse —le informó Munio.
El espatario encaró a los recién llegados.
—Mi nombre es Fruela; estoy al mando este castillo y todo lo que hay en él.
Eso ahora os incluye. Este de aquí es mi primo Munio, y está al mando de los peones cántabros. Eso ahora os incluye. El otro es el padre Baldomero, quién os confesará o dará la extremaunción, según toque.
—¿Dónde está el resto? —preguntó uno de ellos.
—Bajo un pie de tierra —le contestó Munio.
—Sé que habéis entrenado desde niños con la lanza, el arco y el scrama —
prosiguió Fruela—. Aprendisteis de vuestro padre o tío, practicasteis con los mozos de la aldea. Os enfrentasteis a pedradas con los críos de la aldea vecina, acuchillasteis a pastores de otros valles, os endurecisteis cazando de jabalíes y osos.
»Ahora vienen las malas noticias: nuestro enemigo no son jabalíes ni osos.
Sois unos patanes, incapaces de luchar en formación, y os enfrentaréis a la mayor potencia militar desde Roma. Los árabes son un pueblo guerrero, diestro en las armas, despiadado, endurecido por la implacable vida del desierto, al igual que los moros. Guerreros de oficio que, durante casi un siglo, no han dejado de pelear. Tienen los mejores caballos, las mejores armas…, espadas de un acero capaz de cortar el bronce. Han aplastado a los dos imperios más poderosos que jamás han existido, y, en estos momentos, asedian la ciudad más grande del orbe: Constantinopla, la capital de toda la cristiandad.
»Os enseñaremos disciplina y lucha en el muro de escudos. Trataremos de convertiros en guerreros. Moriréis en caso de no lograrlo, y lo más probable es que os maten de todas formas. Si alguien desea marcharse, aún está a tiempo. ¿Alguna pregunta?
—Sí —dijo un muchacho—. ¿Qué es un desierto?
—Una inmensa llanura, sin agua ni apenas vegetación, por la que puedes caminar durante semanas sin encontrar nada más que colinas, guijarros y arena.
—¿Dónde está Constantinopla? —inquirió otro.
—Al este, en el otro extremo del Mediterráneo. —Y al percibir su desconcierto, Fruela añadió—: El mar del centro del mundo.
Un joven robusto alzó la mano:
—¿El rancho incluye vino o sidra?
—Empezamos con los ejercicios de marcha —rugió Munio—. A ver cómo os portáis con cien libras a la espalda.
Los montañeses recogieron sus armas, tomaron los fardos que les entregaban y comenzaron a trotar por una senda que conducía a la sierra, como cabras montesas.
Resultaba inútil tratar de reunir una fuerza de caballería. Carecían de armaduras, de arcos compuestos y de caballos de guerra. Las razas equinas del norte sólo servían para trasladar guerreros a la batalla y, para que una unidad montada fuera efectiva, debía ser numerosa, estar bien instruida y montar bestias de gran alzada. Algo tan fuera de su alcance como la arena lunar.
—¡Muévete, granjero! —le espetó Munio a un muchacho pelirrojo y enclenque que se había quedado atrás.
Cuando alcanzaron la cima los reclutas jadeaban, exhaustos. Al cabo de un rato, vieron llegar al pelirrojo con las mejillas encendidas, agonizando por el esfuerzo.
—¡A ver, palurdos! —les gritó Munio—. Hemos comprobado que sabéis correr a la batalla. El problema es que, ahora mismo, no tenéis ni idea de cómo ganarla. Para lograrlo, debéis aprender a luchar como guerreros.
Tú…, déjame ver tu escudo. —El muchacho le cedió su rodela, de un pie y medio de diámetro—. Es muy bonito. ¿Se lo robaste a tu hermana pequeña?
Desconcertados, los jóvenes examinaron sus escudos ligeros, provistos de un tiracol para colgarlos a la espalda.
—Os daremos unas nuevas armas —dijo Fruela, y los reclutas intercambiaron sonrisas—. Su coste se os descontará de la soldada. —Las sonrisas se esfumaron—. Después, os enseñaremos a combatir en el muro de escudos.
Antes de que tuviesen tiempo de digerirlo, Munio les ordenó que formaran un cuadro de seis líneas de fondo. Tras recoger un gran escudo del suelo, los reclutas se agolparon en desorden, disputándose a codazos los puestos en vanguardia. El patético resultado hizo que Munio blasfemara sobre dos religiones distintas y los insultara en dos lenguas diferentes.
Escogió a los menos mal armados para la primera fila; a los que no daban vergüenza ajena, para la segunda, y así sucesivamente. Después, les enseñó a solapar los escudos hasta crear una sólida empalizada y a volver a la posición de descanso. Una vez que memorizaron las órdenes y su puesto en la formación, los hizo marchar tratando de que mantuvieran el orden. A los diez pasos, Munio ordenó que se detuvieran y los colocó de nuevo en sus puestos a empujones.
Fruela observaba las prácticas ensimismado. «Con suerte, una quinta parte del muro de escudos participa activamente en la lucha», le había dicho Teodolf. «El resto se limita a permanecer en su lugar». Debía conseguir que aquellos pastores estuvieran dispuestos a arriesgar la vida por el resto, lo cual sólo podía lograrse fraguando un espíritu de cuerpo. Cuando los guerreros no temen tanto a la muerte como a defraudar a sus camaradas.
En lo alto de la empalizada, Ermesinda aguardaba de pie, tan silenciosa como la nieve que caía en los toldos. Desde allí vio regresar a los hombres de Pelayo; un centenar de jinetes cubiertos con mantos oscuros precedía a
los peones. Algunos cojeaban, otros arrastraban los pies por el fango, los más se movían como espectros.
La muchacha bajó del terraplén y repartió órdenes entre los criados.
Circularon cuencos de sopa, pan de centeno, y poco después los guerreros bebían y murmuraban bajo las carpas bruñidas de mugre. Recorrió las tiendas para atender a los heridos, con un odre de sidra en una mano y la otra bajo el manto. Los hombres la saludaban al verla llenando jarras, repartiendo ánimos.
Anochecía y, tras un bermejo manto de nubes, el cielo se iba oscureciendo.
Entre la multitud Ermesinda halló el rostro de su padre, sombrío y de ojos grises, con la nieve coronando su cabello oscuro. Acarició el cuello del semental sudoroso, las crines hechas una maraña, y se acomodó bajo el alero de una choza. La muchacha depositó el pellejo en una mesa para reunirse con él. Pelayo le sostuvo la mirada y sonrió ante el rubor de su pálido rostro.
—Siéntate —le pidió—. Por un momento, quiero dejar la guerra y la política de lado.
La joven se apoyó sobre el costado paterno en un banco del porche, y su mano le rozó el antebrazo, que halló helado. Habían pasado infinidad de tardes sentados bajo un cielo lluvioso, charlando, aunque esta vez su padre se mostraba apático.
—Eres princeps —dijo Ermesinda—. Todo lo que hagas es guerra o política.
—Fui nombrado princeps. —Pelayo se apoyó en la pared, sonriendo ante la agudeza de su hija, contempló la tarde gris y permaneció inmóvil—. Para que mi autoridad sea reconocida, debo ganarme su confianza, día tras día.
Esa es nuestra mayor debilidad.
Ermesinda suspiró. No tenía ni idea por dónde empezar con el sombrío guerrero que había reemplazado a su padre.
—Nuestra mayor debilidad son Fruela y mi hermano.
—¿Se han peleado? —preguntó Pelayo, alzando las cejas, y ella asintió—.
Me sorprende que todavía no se hayan matado.
—Hoy estuvieron cerca —dijo la chica, y tomó una robusta mano de su padre entre las suyas.
—Tal vez debiera enviar a Fruela con su hermano —reflexionó el princeps.
—Es nuestro único vínculo posible con el duque cántabro.
—No, no lo es —comentó Pelayo, con la voz convertida en susurro.
—Si te parecieras en algo a mi madre —comentó la muchacha—, diría que pronto ofrecerás mi mano a Alfonso. —El adusto hombretón eludió su mirada y ella se puso en pie—. Ya lo hiciste —concluyó Ermesinda—. ¿Y
qué respondió?
Aguardó inerte, sin recibir respuesta, hasta que los dedos fríos paternos rozaron su mejilla, justo antes de marcharse, como un viento helado en un día de invierno.
Pelayo atravesó el lodazal congelado, con las puntas de las botas formando senderos húmedos en el lodo. Deambuló bajo un bosque de lienzos mohosos tendidos entre las chozas, hasta toparse con aquel a quien buscaba.
Sentado bajo uno de los toldos que rezumaba agua de lluvia, Fruela afilaba una reliquia de veinte pulgadas de largo.
—Un arma magnífica —comentó Pelayo. El patrón de la hoja baylamānī
resultaba hipnótico.
—Gracias —masculló, y el astur se acomodó a su vera, con el silencio solo interrumpido por el crepitar de la hoguera y el siseo de la piedra de amolar.
Las sombras del atardecer se desvanecían en el crepúsculo, y Fruela hizo una pausa en su labor para frotarse las manos.
Por muchos fuegos que encendieran, hacía meses que no entraba en calor.
—Dicen que no te llevas bien con Favila. —La voz de Pelayo se hizo tan profunda que sintió vibrar cada sílaba.
—No se te escapa una.
—Los hombres te temen y te admiran —comentó el princeps, taciturno—.
Creen que nadie puede derrotarte en un duelo. ¿Y sabes por qué? Porque luchas como si ya estuvieras muerto, como si tu alma se hubiera quedado en el fondo del lago.
—En tal caso, me matará una flecha perdida, la disentería o una pedrada. —
A Fruela no se le ocurrió otra cosa que encogerse de hombros, y Pelayo empleó los dientes para despojarse de los guantes.
—Pronto se fundirá la nieve de los puertos de montaña —comentó—.
Munuza podrá recibir refuerzos de Astúrica y Legione.
—La pregunta es: ¿empleará esa baza?
—El sharaf —le recordó el astur—. Hasta ahora Munuza ha sido predecible: le arrojabas una piedra y saltaba en respuesta. A estas alturas, ya habrá descubierto que, en esta tierra, las cosas no funcionan así… No sé qué hará. Debemos adelantarnos a sus decisiones.
—Los tratados militares aconsejan no buscar una batalla abierta —señaló Fruela—. Un caudillo astuto alcanza sus objetivos sin necesidad de luchar.
—Quien escribió esos libros no tuvo que construir un reino. No basta con expulsar a los agarenos del norte.
—¿Y qué otra cosa necesitamos?
—Esperanza —respondió el princeps—. Demostrar a todos, incluso a nosotros mismos, que podemos vencerlos.
«Para derrotar al imperio más poderoso de la tierra y desafiar al pueblo elegido por Dios, debes construir una epopeya», le había dicho la vidente, meses atrás. Tal vez fuera visión lo que los distinguía, pensó Fruela al intuir tales pensamientos, y observó a Pelayo. El primero en entablar el combate, el último en retirarse. Audaz para afrontar el peligro, prudente una vez en él. No había nada capaz de fatigar su cuerpo o doblegar su
ánimo. Comía el mismo pan de mijo que sus hombres y acostumbraba a dormir al raso. Su único exceso ocasional era la bebida, un vicio compartido por todos ellos, algo que fácilmente podían perdonar.
Percibía el carisma que su amigo irradiaba, el mismo que desprendía Rodrigo.
—¿Y si no podemos vencer? —le preguntó Fruela.
—A veces tengo la impresión de que no crees en la victoria —le dijo Pelayo—, que sólo luchas porque no sabes hacer otra cosa.
—Tal vez —admitió el otro espatario. Su pasado era una herida abierta por la que el viento podía aullar. Años atrás, había anhelado venganza, se hubiera bañado en un mar de sangre. Esa emoción había dado paso a una determinación sosegada, un innominado impulso de doblegar al enemigo—.
¿Qué piensas hacer ahora?
—Reunir al concejo.
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