Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 7 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo VI

El sol fijaba su tórrida mirada sobre la Propóntide e irrumpía en el palacio de Nicomedia a través del artesonado recubierto con pan de oro. Sentado sobre un escabel de cedro labrado, ante una mesa abarrotada de burócratas y eunucos, el joven Teodosio trataba de ocultar el profundo desdén que sentía hacia el mundo. Con dos adorables hoyuelos y la dentadura más hermosa que el dinero pudiera comprar, sus rasgos finamente cincelados irradiaban confianza. Ocho soldados montaban guardia a su espalda, proclamando su recién estrenado cargo de conde de los excubitores, jefe de la guardia personal del emperador de Constantinopla.

—Mi padre se halla recluido en palacio —declaró—, ocupado en los asuntos de Estado.

Una veintena de burócratas opsicios y constantinopolitanos, dos miembros del clero y tres militares de alto rango asintieron solemnes, a sabiendas del peculiar significado de «recluido» para referirse al gran Teodosio III.

—Los sarracenos han reunido el mayor ejército desde que Jerjes cruzó el Helesponto para invadir Grecia doce siglos atrás —prosiguió el joven Teodosio—. Durante diez años, los astilleros de Túnez, Alejandría y Tiro han trabajado sin descanso para construir una gigantesca flota. Hace tres días, Maslama ibn ‘Abd al-Malik atravesó las Puertas Cilicias. Mil ochocientas naves de guerra y ciento veinte mil muqātila avanzan, como una marea de fuego, hacia Constantinopla. —Ante semejante noticia, todos contuvieron el aliento—. Es hora de tomar medidas osadas.

—¿Y qué medidas son esas? —inquirió el gran logoteta.

—He enviado un emisario para negociar la retirada del ejército califal a cambio del pago de un rescate. —Los miembros del consejo imperial, tanto eunucos como barbados, intercambiaron unas miradas aprensivas, hasta que alguien se atrevió a preguntar:

—¿Cuánto?

—Cinco millones de nomismata. Nicolás, el nuevo tesorero, os expondrá el estado de las cuentas. —El muchacho se recostó en el asiento con un gesto de suficiencia.

Apenas un año antes, su padre, el gran Teodosio III, trabajaba como recaudador de impuestos en los arrabales de Adramitio. Cuando los soldados del thema opsicio se sublevaron contra Anastasio II, no tuvieron mejor ocurrencia que proclamarle emperador. Al saber de sus intenciones, el futuro autocrátor, sebastos, kaisar y basileos trató de esconderse en un bosque. De nada le sirvió. Tres meses después, un oscuro burócrata fue coronado en Constantinopla y su consentido vástago comenzó a repartir cargos. Una legión de adolescentes malcriados y arribistas de todo pelaje, clientes asiduos de un lupanar de Lesbos, había irrumpido en la administración imperial.

—Muchas gracias, Teo. Es decir, kyrios —farfulló el tesorero—. A ver…

En lo tocante a los gastos, el ejército consume seiscientos mil nomismata al año; la burocracia imperial, cuatrocientos mil; los fastos religiosos y los espectáculos del hipódromo, otros cien mil. Respecto a los ingresos… los impuestos nos aportaban un millón y medio de nomismata al año; los aranceles y las tasas al mercadeo, doscientos mil. Aun así, el comercio está arruinado por las incursiones árabes, y varias provincias no nos envían lo recaudado. Los themata anatólico y armenio no reconocen la autoridad de Teodosio, y el estratego del thema cibirreota pretende negociar por su cuenta con el califato, apelando al hecho diferencial de la antigua Panfilia.

El joven Teodosio pareció recordar algo:

—¿Han acudido los estrategos del thema armenio y del anatólico?

—Aguardan en la sala de recepciones, kyrios —respondió el ostiario—.

Creímos conveniente darles un baño de humildad, obligándolos a esperar.

—Bien pensado —dijo Teodosio, satisfecho, y se giró hacia el logoteta del Tesoro—: ¿Has preparado los nuevos impuestos para sufragar el rescate a los árabes?

—Hace días, kyrios. Está previsto duplicar la tributación por familia, junto al impuesto a las tierras de regadío y secano. Debo advertiros que tales medidas podrían generar descontento.

—Habida cuenta de su servicio al Imperio —señaló el heredero—, por supuesto estarán excluidos del pago los miembros del Senado y la cancillería imperial.

—Por supuesto. —El logoteta del Tesoro se encogió de hombros—. En fin.

«La ley es dura, pero es la ley», que decían los antiguos…

—Deseo manifestar mi más enérgica repulsa —dijo el guardián del Tintero imperial—. El pueblo ha sufrido demasiado los estragos de la guerra. Estos impuestos los sumirán en la miseria.

—¿Deseáis vetar la resolución? —le preguntó el joven Teodosio.

—En modo alguno. Sólo quiero que conste en acta.

—Que así sea. —El muchacho hizo un gesto al escriba.

—Incluso con este aumento fiscal —comentó el tesorero—, no podremos cubrir el rescate a los árabes, el tributo anual a los búlgaros y el préstamo del jan de los jázaros. Sólo la burocracia imperial consume cuatrocientos mil nomismata al año.

—Mi padre ha creado una oficina de control presupuestario —señaló Teodosio, desconcertado.

Como jefe de la cancillería, el gran logoteta creyó oportuno intervenir:

—Y antes Justiniano II fundó una oficina de control financiero, el usurpador Leoncio una auditoría general, el usurpador Filípico una escribanía para el mantenimiento de las murallas y el usurpador Anastasio una oficina para el control arancelario.

—¿Nadie despidió a esos funcionarios?

—En realidad sí: fueron decapitados en el hipódromo…, pero se conservaron los cargos. En veinte años la diadema imperial ha cambiado siete veces de manos, y cada nuevo dueño hizo una purga para repartir las vacantes entre sus allegados. —El jefe de la cancillería contempló con satisfacción cómo el joven tesorero se encogía en el asiento.

—Son sólo cinco despachos —razonó el heredero imperial.

—A decir verdad, treinta y cinco —precisó el gran logoteta—. Cada oficina cuenta con una delegación provincial. Propongo suprimirlas y centralizar sus tareas en una cuestura metropolitana bajo mi mando.

—Me opongo —protestó el protonotario del thema opsicio—. La descentralización flexibiliza la gestión sin aumentar la burocracia.

—Eso es muy discutible —objetó el gran logoteta—. Por ejemplo, ¿es realmente necesario un coordinador local de la auditoría general y la oficina de control presupuestario? Dudo que en el thema opsicio esa persona exista.

—Estáis equivocado —respondió el aludido—. Enviadme una solicitud por escrito y con mucho gusto os mandaré los informes.

—Ya lo hice. ¿No la leísteis?

—¿Y por qué debiera? —respondió, airado—. Tengo quince secretarios.

—Un momento —intervino Teodosio—. Yo no he convocado al coordinador de las delegaciones de la auditoría general y la oficina de control presupuestario.

—Es que también soy el protonotario de Nicomedia, kyrios. —Y al saberse el centro de atención, añadió—: Si suprimiéramos los fastos religiosos…

—¡Para vencer al enemigo necesitaremos la ayuda de Dios! —rugió el obispo de Nicomedia.

Sentado a la diestra del joven Teodosio, el estratego del thema opsicio escuchaba aquella afectada dialéctica con el ceño fruncido.

—Kyrios… —Aquella palabra restalló como un látigo—. Hemos acudido a Nicomedia con diez mil soldados para forzar al estratego del thema anatólico a que reconozca la autoridad de vuestro padre. Haríais bien en preocuparos por el estado de las tropas.

El muchacho tragó saliva y se apresuró a asentir.

—Por supuesto. ¿Cuál es el estado de las Escolas palatinas? —preguntó al jefe de la guardia imperial—. ¿Están dispuestos para el combate?

—Hace dos siglos que las Escolas sólo se encargan del ceremonial cortesano —le informó el oficial al mando—. Mis hombres son de rancio abolengo, kyrios. No podemos someterlos a la indignidad de obligarlos a luchar.

Asaltado por una repentina epifanía, el logoteta del Tesoro intervino:

—¿No ha dicho el tesorero que el ejército consume seiscientos mil nomismata al año? Tal vez si redujéramos…

La grave voz del estratego opsicio resonó de nuevo en la sala, y, esta vez, hasta el vidrio de las ventanas pareció temblar.

—Tras el fracaso de Filípico, las tropas del thema opsicio se rebelaron y pusieron a Anastasio en el trono. Cuando Anastasio trató de imponerles medidas disciplinarias, las tropas del thema opsicio se sublevaron para coronar a Teodosio. Os aconsejo que no importunéis a los soldados o, de lo contrario, podría suceder algo que ninguno de nosotros desea.

Movido por un resorte oculto, el joven Teodosio se levantó del escaño.

—Es hora de atender a nuestros invitados.

En la sala de recepciones, Konon aguardaba desde hacía una hora ante un trono vacío. Apenas había cruzado un par de palabras con Artavasdo, el estratego del thema armenio. Ni siquiera prestaba atención a su amigo y consejero Teófilo, que afrontaba la espera con su acostumbrada sorna. Los

tres permanecían de pie ante una puerta cerrada, en una estancia vacía, salvo por media docena de soldados de la guardia imperial.

—Polibio —murmuró Konon.

—Qué va —dijo Teófilo—. Será Heródoto.

—Hannibal ad portas.

—Emplear a Jerjes resulta más pomposo, y ese niñato lo es hasta la náusea.

Konon sofocó la incipiente sonrisa, con una mueca que acentuó su aspecto de ave de presa. La piel olivácea del estratego del thema anatólico resaltaba sobre el zôstarion blanco ceñido con un cíngulo militar del que colgaba una espada, al estilo persa.

Los silentiarios irrumpieron en la estancia e impusieron silencio. El joven Teodosio surgió de la puerta rodeado por un enjambre de eunucos envueltos en sedas. En la corte, la lealtad resultaba un bien tan efímero y volátil como la propia corona imperial, se dijo Teófilo. El poder corrompe más a quien lo codicia que a quien lo ejerce, las amistades surgen con el único propósito de mantenerse con vida. Y cuando eres un hombrecillo de rostro aniñado y voz chillona, nacido en un arrabal de Tesalónica, debes hacer demasiados amigos para sobrevivir… y cada uno supone una cuenta pendiente que, en caso de no retribuirla, te llevará al cadalso. Teófilo se alegraba de haber escapado sin apenas deudas del palacio imperial.

—Los sarracenos han reunido el mayor ejército desde que Jerjes cruzó el Helesponto para invadir Grecia doce siglos atrás —clamó el joven Teodosio

—. Durante diez años, los astilleros de Túnez, Alejandría y Tiro han trabajado sin descanso para construir una enorme flota. Hace tres días, Maslama ibn ‘Abd al-Malik atravesó las Puertas Cilicias. Mil ochocientas naves de guerra y ciento veinte mil muqātila avanzan, como una marea de fuego, hacia Constantinopla…

—Es hora de estar unidos —murmuró Teófilo.

—Es hora de estar unidos —declaró el heredero imperial—. De lo contrario caerá la Nueva Roma y, con ella, toda la cristiandad.

—Estoy de acuerdo —dijo Konon—: uníos a mí.

—¡No! —le espetó el muchacho—. ¡Debes rechazar al usurpador!

—Lo hice desde el primer día.

—No has jurado lealtad al emperador Teodosio.

—Juré lealtad a Anastasio, el segundo de su nombre, cuando me nombró estratego del thema anatólico.

—Anastasio es el usurpador —le espetó el joven—. ¡Usurpó el trono al emperador Filípico!

—Y tu padre, Teodosio, se lo usurpó a él.

La apresurada respuesta del joven fue poco más que un balbuceo:

—Anastasio renunció a la púrpura; se ha recluido en un monasterio de Salónica.

—Con un cuchillo en la garganta —replicó Konon—, ¿qué otra cosa podía hacer? —Desplazó su mirada hacia el responsable de que tal cosa sucediera, y el estratego opsicio aceptó el desafío:

—Teodosio cuenta con la guardia imperial, los federados, el thema opsicio, el thema tracio y la flota —declaró Miguel—. La ciudad de Amorion se declaró leal a Teodosio y te ha cerrado las puertas, los árabes invadieron tu provincia y se disponen a asediar tu capital. No tienes elección; hinca la rodilla en tierra y salvarás la vida. Artavasdo hará bien si te imita…

El aludido, el estratego armenio, los observaba impávido, como si todo aquello no fuera con él.

—Tenéis dos días para decidir —declaró el heredero imperial.

Antes de que concluyera, Konon le había dado la espalda, y su consejero hizo una apresurada reverencia antes de seguirle. Medio centenar de excubitores los aguardaba en la entrada al palacio, junto a la decena de hombres que formaban su escolta. Los setenta jinetes desfilaron por el laberinto de calles bruñidas con mugre, entre el tumulto de los curiosos y el galanteo procaz de las rameras.

—Podría haber sido peor —opinó Teófilo—. Al menos no hemos discutido sobre el monofisismo, el diofisismo y el monotelismo. Las disputas cristológicas son lo más cainita que nos ha ocurrido desde la fundación de Constantinopla. ¿Cuántos hombres crees que tiene Teodosio en Nicomedia?

Antes de contestar, Konon echó un vistazo más allá de las casas de adobe y madera añeja.

—Trescientos excubitores, quinientos escolares, la tourma de Nicomedia, seis tagmata del thema tracio y cuatro mil mercenarios búlgaros, jázaros y eslavos.

—Y Maslama marcha hacia Amorion, nuestra capital, que nos ha cerrado las puertas, y dicen que trae ciento veinte mil muqātila.

—Estamos entre el martillo y el yunque —afirmó el estratego—. Teodosio sólo nos ayudará si le reconocemos como emperador. Pretende usar la amenaza árabe en su provecho.

Una vez dejaron atrás Nicomedia, la calzada discurría junto al río Sangarios entre cerros y montes de suave relieve. Cabalgaron hacia el sur, por el valle de los Frigios, hasta caer la noche, y acamparon en un pequeño encinar. Los soldados anatólicos retiraron las sillas a las monturas y se acomodaron en torno a la hoguera. Sobre el horizonte las estrellas parpadeaban como tímidas velas al viento. Cuatro excubitores se sentaron junto a Konon, estirando las piernas cansadas junto al fuego.

—El mejor jamón de Romania —dijo un joven de cabello rojizo, que le ofreció un pedazo—. Mis padres me lo envían de Lázica.

El estratego sonrió ante aquel pueril desafío, degustó la carne de cerdo que le ofrecía y, a cambio, le entregó un pellejo de vino que fue pasando de mano en mano.

—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó Konon.

—Alexios, pero todos me llaman el Porquero —dijo el pelirrojo—, por la profesión de mis padres. No me avergüenzo de mis orígenes en Bedia.

—Conozco tu tierra —dijo Konon, y el rostro del muchacho se mostró animado:

—¿Es verdad que tomaste Sideron con sólo doscientos armenios y cincuenta alanos?

—Fue hace seis años —dijo Konon—. Justiniano me envió a Alania para forjar una alianza contra el califato, después de entregarme quince mil nomismata con los que ayudar a los alanos en su lucha contra los abjasos.

En cuanto crucé el Cáucaso, el emperador envió un emisario para se llevase el dinero que dejamos en Fasis. —Resonaron las risas—. No le resultó tan fácil librarse de mí. Crucé las montañas con raquetas de nieve, evitando las guarniciones que controlaban los pasos, y regresé a Lázica… después de que los abjasos ofrecieran seis mil nomismata por mi cabeza y los alanos fingieran entregarme. Allí me encontré con doscientos soldados que habían quedado atrás en una campaña fallida. Después de tomar Sideron embarcamos de regreso a Constantinopla. El basileos se alegró mucho de tenerme de nuevo ante sus doradas narices.

Los soldados estallaron en carcajadas, y Teófilo admiró el carisma que irradiaba su viejo amigo.

—Es un honor conocer al león de Anatolia —dijo un soldado, alzando su vaso.

Konon sonrió al escuchar el apodo. Disfrutaba de la compañía de aquellos soldados con los que le unía un vínculo intangible. Roma ya sólo era un montón de ruinas, y aun así todos se sentían rhomaioi, aunque su lengua materna fuera el griego. Roma ya no era un lugar, sino una idea que

vinculaba pasado, presente y futuro. Una Roma eterna… que pronto dejaría de serlo.

Un oficial de los excubitores interrumpió la charla.

—¡¿Qué se supone que estáis haciendo?! —gritó a sus hombres.

—Compartimos vino entre compañeros de armas —dijo Konon.

—Tú no eres mi compañero —repuso el oficial—, sino un bastardo nacido entre árabes. No dudaría en matarte si tuviera ocasión.

El oficial se marchó, los soldados se dispersaron. Junto a la hoguera, el estratego observaba a Teófilo:

—¿En qué piensas?

—En que me habría ido mejor en la corte como logoteta doméstico.

—Si por «mejor» te refieres a «muerto», sin duda —declaró el estratego—.

Al menos a mí no me tienes que lamer el culo.

—Lamer culos no es una labor tan ingrata —protestó Teófilo—. El segundo Justiniano se hacía enemas a diario. Es mejor servir a un sádico megalómano antes que al único idiota con un ápice de lealtad en toda Romania. Aunque, para mi desgracia, te he tomado afecto.

Sin duda, el emperador al que ambos sirvieron había sido un lunático. Su obsesión con unificar la Iglesia, y las atrocidades fruto de su paranoia, hicieron que las tropas ofrecieran la corona a un general armenio. Los logros del nuevo emperador, Filípico, fueron notorios: en apenas dos años, perdió Cilicia a manos de los árabes y los búlgaros se presentaron ante las murallas de Constantinopla. Las tropas del thema opsicio no tardaron en sublevarse, e irrumpieron en el palacio imperial para arrancarle los ojos. Le sucedió un oscuro funcionario imperial, Anastasio II. Cuando los heraldos le informaron de los preparativos árabes de una colosal campaña contra la capital romana, el nuevo emperador se preparó para lo inevitable: las murallas teodosianas fueron reparadas y provistas de artillería. Cuando trató

de reinstaurar la disciplina entre las tropas, los soldados del thema opsicio se amotinaron para entronar a un recaudador de impuestos llamado Teodosio. Mientras tanto, los ejércitos del califato se mostraban invencibles en todos los frentes y Sulaymān, el nuevo príncipe de los creyentes, había declarado que no cesaría en la lucha por la capital romana hasta que conquistase la ciudad o destruyera al Imperio árabe en el intento.

Acosado por tales pensamientos, a Konon le resultó difícil conciliar el sueño.

Al día siguiente, marcharon entre sotos de chopos y sauces adentrándose en una meseta de páramos, estepares y trigales salpicados de acerolos.

Convertido en arroyo, el Sangarios marcaba la frontera entre el thema opsicio y el anatólico. En la otra orilla los aguardaba un drongario con un centenar de jinetes. Antes de vadear el cauce, Konon se despidió de los excubitores.

—Ha llegado un emisario árabe —les informó el drongario.

El estratego asintió; la noticia no le resultaba inesperada. Había llegado el momento de escuchar la da’wà, la preceptiva exhortación para abrazar el Islam antes del combate. Una costumbre instaurada por el propio Mahoma.

Mucho había llovido desde entonces, y el pronunciamiento ritual de la da’wà bastaba para causar pavor incluso al más poderoso de los soberanos.

La meseta anatólica se extendía ante ellos, desolada, inabarcable, su población huida o capturada por los árabes. Bajo el graznido de las cornejas, un pesado silencio resonaba en aquel paisaje yermo. En los días antiguos Dorylaion había contado con termas, acueductos, templos y basílicas revestidas con mármoles del Egeo. Ahora sólo era una aldea defendida por una vetusta muralla y un minúsculo kastron donde los lugareños se refugiaban ante las algaradas islámicas. Salvo un puñado de urbes, como Nicea o Tesalónica, las antiguas ciudades romanas se habían transformado en modestas ciudadelas.

El emisario árabe los aguardaba en una sala del palacio, con la arrogancia propia del portavoz del señor más poderoso del orbe, y el oropel del nuevo

rico que desea remarcar su estatus. El estratego tomó asiento ante el sarraceno.

—La paz sea contigo. Soy Konon, estratego del thema anatólico —le dijo en perfecto árabe—. ¿Quién eres y qué motivo te ha traído a mi presencia?

El emisario separó los labios, pero dudó en su respuesta; Konon sonrió ante su desconcierto.

—Y también contigo —declaró al cabo—. Me llamo Zubayr ibn Muhammad. Mi señor Sulaymān, que se halla con su ejército ante Amorion, me envía como emisario.

—En tal caso, se te concede el amán.

—Sulaymān desea que te comunique lo siguiente —El heraldo asintió—:

«Reúnete conmigo en ‘Ammuriya y discutiremos los términos de la paz».

El estratego suspiró aliviado al no encontrarse ante la da’wà. En su lugar, el adelantado del poderoso general árabe se ofrecía a negociar, pese a que su vanguardia se hallaba a sólo setenta millas al este, asediando su capital, y el ejército que venía tras él podría aplastar a las tropas de Anatolia como una manada de uros a un ratón.

—Si tu señor desea la paz —respondió Konon—, ¿por qué asedia Amorion?

—Reúnete con él y nos marcharemos; no estoy autorizado a decirte más.

—En ese caso, puedes retirarte —le dijo el estratego—. Mis hombres te proveerán de víveres y forraje para el caballo.

—Hasta que nos encontremos de nuevo.

Zubayr se despidió, sin que sus ojos se hallasen a una altura inferior a los suyos, sin desearle la paz o la protección de Dios. No resultaba tan revelador lo que decía como aquello que sus actos y su mera presencia implicaban. Abū Ayyūb al-Ansārī, el abanderado del Profeta, había muerto durante el primer asedio árabe a la Nueva Roma, cuatro décadas atrás, y

quedó sepultado ante las murallas teodosianas, dando testimonio de un deber incumplido. Los califas jamás renunciarían a la conquista de la aborrecida y codiciada al-Qustantīniyya, una empresa increíblemente onerosa que llevaban proyectando desde hacía más de una década.

Konon permaneció un buen rato en silencio. Debía presentarse ante Sulaymān para negociar. Él y no el emperador Teodosio III. Por algún motivo, aquella situación no le produjo el alborozo que cabría esperar.

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