Cova Dónnica
Capítulo XI
Frío. Un viento gélido, húmedo, penetrando hasta los huesos. Fruela inspiró hondo y contempló aquel paisaje pardo y montuoso al que consideraba su hogar. Para los sureños, aquel inmenso bosque era una tierra salvaje. Para los salvajes era la morada de los dioses, el hogar del verraco y el ciervo que les daban alimento. La lluvia susurraba entre los brezos de la Vía del Escudo, la cima del cordal montañoso que atravesaba la cordillera.
Entre la niebla Fruela vislumbró las claustrae. Dos líneas de fosos, terraplén y empalizadas cortaban el paso hacia el norte por la Vía del Escudo. Unos sayones montaban guardia junto a la almenara, listos para prender fuego a la pira de troncos ante la presencia de una hueste enemiga, o si alguno de los castros del sur enviaba la señal.
Los bucelarios le vieron atravesar las puertas en dirección a la choza que les servía de refugio. Descabalgó, ató las tiendas de la montura al poste y, una vez dentro, se sentó ante el fuego y extendió las manos. Unas mantas sucias yacían esparcidas por el suelo, el polvo flotaba entre el humo y tres guerreros le observaron atónitos mientras arrancaba un pedazo de carne del espetón.
—¿Ha llegado la noticia? —les preguntó Fruela.
Sintió los ojos incrédulos clavados en él mientras se sacudía el frío del cuerpo. Los sayones intercambiaron miradas.
—Sí —dijo el jefe de la guardia—. Tu hermano te espera.
El conde espatario asintió al tiempo que rumiaba el asado. Degustó el vino que le ofrecieron sumido en un silencio cómplice. Se limpió las manos, abandonó la choza y saltó sobre la silla del caballo. El jefe de la guardia se acercó para hablarle.
—Alfonso nos ha ordenado…
—Haced lo que debáis.
Cabalgó por la línea de cumbres hasta el monte que los lugareños llamaban Cildá. Desde allí contempló las ruinas de Aracillum sobre una angostura de la sierra. La nieve comenzaba a derretirse, revelando los restos de la muralla donde, siglos atrás, los cántabros se enfrentaron a las legiones en una decisiva batalla.
El norteño tomó una senda que descendía hacia el valle de Egunia. Dos horas después llegaba al poblado que sobresalía de la ladera, rodeado de una tosca muralla. Unas columnas de humo ascendían de las techumbres de escoba para deshacerse en un cielo gris agitado por el gélido viento norteño.
Un corro de criados se formó en torno al solitario jinete, los perros ladraron a su paso. Alfonso le vio llegar desde el porche y sintió que su corazón se agitaba en las entrañas. Tras descabalgar, Fruela caminó hacia él. «Estoy aquí», le dijo con la mirada; «imagina lo poco que me importa mi vida».
El puñetazo de Alfonso le derribó sobre el suelo embarrado. Fruela se llevó la mano a la boca, contempló su sangre y alzó la vista con una mueca mordaz. El meapilas no había perdido pegada.
—Quedas proscrito —le dijo Alfonso con una voz muerta.
Fruela se incorporó sobre el brazo izquierdo, se sacudió la nieve del manto y se secó el cabello con la manga. Dedicó una última mirada a su hermano, aferró las riendas que le ofrecían y se dispuso a marchar al destierro.
La ley goda castigaba el homicidio con la pena capital. En su lugar, Alfonso había recurrido a las viejas costumbres del norte. Si la autoridad decretaba una condena a muerte, el asesino era proscrito, se hallaba fuera de la ley, carecía de derechos, sus bienes podían ser confiscados, estaba prohibido darle cobijo y cualquiera podría matarle. No faltarían los que quisieran ganarse el favor de Opas.
El conde espatario maldijo a su hermano. Condenarle a morir sin llegar a matarle… Una decisión salomónica, con la que Alfonso se lavaba las manos, al igual que Pilatos. Nadie podría acusarle de no hacer justicia, ni tampoco de haber ejecutado a su propio hermano.
Cabalgó durante el resto del día, hacia poniente, cruzando la sierra hasta Caórnica, un hermoso valle rodeado de hayedos, con las vegas salpicadas de pequeñas haciendas. Era de noche cuando se presentó a la puerta de una granja y el perro comenzó a ladrar. Un rectángulo de luz se proyectó en la hierba cuando una figura abrió la puerta. Admiró el rostro sorprendido de la mujer que se hallaba bajo el dintel, con la ropa remendada y sucia, el cabello negro recogido en mechones descuidados.
—¿Fruela? —Hilduara contempló el cuchillo que sostenía en la mano.
Nunca lo había usado para otra cosa que no fuera cocinar o sanar, por lo que le resultó extraño amenazar con él a su esposo. Tres corpulentas figuras se alzaban tras ella, sombras sobre un resplandor.
El norteño descabalgó ante el umbral y ella le cruzó el rostro de una bofetada. Después, los brazos de la mujer se colgaron de su cuello con una fuerza insólita y una disculpa murió en los labios de Fruela, sofocada por un beso.
Las brasas relucían en la penumbra mientras el humo se enroscaba en la abertura del techo pajizo mezclado con el acre olor a estiércol. La carne ahumada de la matanza de noviembre aún colgaba de las vigas. Las figuras cobraron forma ante la luz del hogar: una pareja de montañeses con dos recios muchachos.
—Me alegro de veros, señor —dijo el hombretón, Bricio.
—Buena la habéis liado —añadió Paula.
Hacía tiempo que Fruela había renunciado a amonestar a la criada por sus continuas impertinencias. Se acercó al lecho donde yacía su hija Nuñabella y pasó los dedos por su cabello oscuro sin llegar a tocarlo, por miedo a despertarla. Vio el amuleto que llevaba al cuello como protección contra las lamias, mujeres con pies de ave que se alimentaban la sangre de los infantes. Hilduara había dejado de lado su rigor cristiano para aceptar cualquier fuerza sobrenatural que protegiera a su hija. Fruela observó el muro bajo el que yacía enterrada la criatura a la que se habían llevado las fiebres a los pocos meses. Antes de que se le pudiera considerar persona y mereciera un entierro cristiano.
Extrajo la talla de madera del zurrón y la depositó sobre el lecho de la niña.
El juguete que Opas le había entregado, después de que alguno de sus espías lo tomase en su propia casa.
Debían partir cuanto antes.
Todos se sentaron ante la mesa para cenar. Hilduara apartó las gallinas que picoteaban en el suelo terrizo, descolgó un puchero del lar y llenó unos cuencos. Fruela tomó la escudilla humeante y saboreó el guiso de lentejas y berza. A su lado, Bricio se limpiaba los labios con el dorso de la mano.
—¿Cómo andamos de heno? —le preguntó Fruela.
—Alcanzará hasta primavera —respondió el montañés—. La señora se ha hecho cargo.
Emparentada con el último rey godo, Hilduara procedía de uno de los más poderosos linajes de la Bética, y había sido educada para administrar palacios, no una granja con par de bueyes, una docena de vacas y una piara de puercos. Podría haber preservado su rango desposando con algún árabe, al igual que la viuda de Rodrigo. En su lugar, prefirió acompañar a Fruela en aquel destierro.
—¿Y qué hay del valle? —prosiguió el conde.
—Los señores se reunieron con tu hermano para decidir si habrá guerra —
masculló Bricio—. No convocaron a los concejos de los valles.
—Ya estamos en guerra —murmuró Fruela—. Sólo decidieron si luchar o no.
—Pues prefirieron no hacerlo.
—Y yo estoy proscrito. —Alzó la vista del plato al percibir la inquietud de su esposa—. Nos iremos mañana.
Lo dijo escrutando a Hilduara, que asintió con los párpados.
—Os acompañaremos —dijo Bricio.
—No.
—Necesitaréis ayuda.
—No —repitió Fruela.
El castigo por colaborar con un proscrito era la muerte.
—Entonces recogeremos nuestras cosas al alba —dijo el montañés— y buscaremos otro señor.
—No os iréis a ningún lado —dijo Fruela—. Os quedáis la casa y las tierras de la ribera norte. Mañana lo anunciaré en el concejo.
Una vez concluida la cena, todos se acostaron. Hilduara tomó el candil para entrar en la alcoba, un cuartucho con un lecho de madera ajada. Su esposo cerró la puerta al entrar, y ella le atrajo hacia sí hasta que estuvieron frente a frente.
—Tenía que hacerlo —dijo él a modo de disculpa.
—Usa el oro para comprar apoyos —susurró Hilduara—, pídele auxilio a tu hermana. Ella no se negará.
—No hay tiempo —respondió, sombrío—. Mañana mismo debemos marchar. Una vez estemos a salvo, decidiremos qué hacer.
—Me ocultas algo. —Las uñas de Hilduara se clavaban por instinto en los brazos cruzados.
—Opas tiene hombres en el valle —admitió Fruela—. Mañana, tras el concejo, sabrán que he llegado. Iremos a Libana, allí nos darán refugio.
La mujer asintió y se colocó unos mechones rebeldes tras la oreja. Sus ojos negros le buscaron en la oscuridad.
—¿Tienes miedo? —le preguntó.
Aterrado, Fruela sacudió la cabeza en silencio. La luz rojiza del brasero se extendió por el cuarto, como una mancha de sangre.
—Soy bueno con la espada —dijo al fin—. Estoy entrenado para ello.
—Lo sé —comentó Hilduara—. No me refería a eso.
—Lo imagino —dijo Fruela, sin querer escuchar la pregunta que ella hizo de todos modos:
—¿Tienes miedo por mí?
Tuvo que apretar la mandíbula. Miedo. Una palabra extraña. Observó a su esposa, la expresión de su rostro, ilegible en la oscuridad. Aun así, pudo distinguir sus rasgos: ojos negros, nariz afilada y labios breves, como los de Nuñabella.
—Os he puesto en peligro —declaró.
«Tengo cientos de motivos por los que luchar», le había dicho a Sisberto, y el más importante dormía al otro lado del muro. Hilduara bajó la vista y negó con la testa.
—Cuando marchaste a Corduba pensé que no volvería a verte —murmuró con la barbilla alzada—. No quiero que nos separemos de nuevo.
—Yo tampoco. —En las sombras del cuarto, Fruela recordó a una muchacha apodada «Verdelobo», y, como si leyera su mente, ella le regaló una sonrisa.
—Nunca lo dirás.
—¿El qué?
—Crees que debería haberme casado con otro —le dijo Hilduara, y, ante aquellas palabras, Fruela inspiró hondo.
—No se trata de lo que yo crea.
—No —convino Hilduara, y Fruela vio cómo apagaba el candil. Cuando sus ojos se habituaron a la oscuridad, ella se despojaba del vestido. Deslizó los hombros por la abertura del cuello hasta que la prenda se detuvo en las caderas, tiró de ella hacia abajo y caminó hacia él desnuda. Una pluma del corral había quedado prendida en su cabello azabache.
Algo permanecía prendido entre ambos, algo no dicho, no realizado. Fruela la empujó sobre el lecho y se tumbó sobre ella, hasta sentir el calor húmedo de las palabras susurradas en la piel. Al fin pudo respirar su aliento.
Fuera, las estrellas del crepúsculo se desvanecían en la nada.
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