Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 16 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XV

La hora gris que precede al amanecer acabó despertándole. El sueño aún no se había desvanecido, la oscuridad de la vigilia se asemejaba a un sueño.

Fruela miró más allá de la puerta entreabierta, los improvisados lechos en torno al hogar de la casa larga. La sensación de sosiego, la calidez de las mantas y el cuerpo femenino pegado al suyo le mantenían en un estado de placidez. Al fin su voluntad derrotó al instinto y se dispuso a levantarse.

Una mano le detuvo.

—No te vayas.

Se perdió en los ojos negros de Hilduara, y supo que no se refería al lecho.

Permanecer en esa tierra defendida por peñas, donde los cereales trepaban hacia las cumbres y los bosques se adentraban entre los picachos. Fruela cabeceó una negativa y la expresión de su mujer le abrasó por dentro.

Fuera, el cielo seguía encapotado, el aire se sentía gélido. Se vistió en silencio. Quiso asegurarse que su hija no tuviera fiebre, y una calidez le invadió al ver a Nuñabella dormida con el juguete que le había entregado.

Los paganos creían en genios y daemon, espíritus presentes en cada lugar y en cada objeto. Incluso un pedazo de madera adquiere un alma si es apreciado del mismo modo en que una niña ama a su muñeca.

Se acercó al fuego y calentó un cuenco de leche, luego abandonó el salón para asearse. Allá donde se alzaban las montañas y los robles exhibían los primeros brotes, reinaba un manto espectral. El sol proyectaba un mar de sombras sobre el colosal muro de peñas. En aquel recóndito valle, el poder de Damasco se le antojaba irreal.

Ensilló el semental tordo para tomar una senda que serpenteaba por la sierra del pico Jano, en dirección a la aldea de Bores.

Ermesinda regresó a la cabaña, desaliñada, con el arco a la espalda, cargada con un corzo, envuelta en un manto deshilachado. El bueno de Tello quiso ayudarla, y su rostro ajado se crispó cuando la artrosis le laceró la espalda.

A duras penas consiguieron colgar al animal de la viga del porche. La muchacha se apoyó en la pared, jadeando, con la vista perdida en el robledal.

—Voy por el cuchillo —dijo el anciano.

—Siéntate, lo haré yo. —Con el rostro aún sofocado, Ermesinda le pidió que se sentara. Las manos le temblaban como ramas agitadas por la galerna.

Apenas logró quitarse los zuecos en el umbral. Entró en la casa y se sentó junto al hogar, tratando de calentarse los dedos. Avivó el fuego con las ramas que aún quedaban y aguardó a que sus manos revivieran.

Tomó un cuchillo de cocina, decidida a continuar su labor. El sonido de unos pasos en la puerta la detuvo.

Una dama no se ensucia.

—¿De dónde sacaste eso? —le preguntó Gaudiosa.

Su madre le observaba desde el umbral con el semblante severo, las manos sobre el regazo. Sonriendo, incluso cuando resultaba siniestra.

—¿Tú qué crees? —La voz de Ermesinda habría sonado firme si no hubiera estado tan cansada. Miró a su madre, esperando, inútilmente, que percibiera el estado de sus manos.

—¿Partiste tú la leña? —dijo la matrona. Su hija había salido temprano a cazar mientras ella se trenzaba el cabello, incapaz de reunir la motivación necesaria para atender el fuego. O partir leña. O cocinar—. La próxima vez, ordénaselo a Tello.

—¿Y cómo pretendes que use el hacha? —le espetó la muchacha—. ¡No puede ni atarse las botas!

Una dama jamás levanta la voz.

—Cazar no es propio de señoras —dijo Gaudiosa, y en verdad predicaba con el ejemplo. Siempre había sido difícil lidiar con las tiránicas expectativas de su madre, aunque, en ese momento, pugnaban con la aún más tiránica realidad.

—Podremos comer carne fresca y ahumar el resto —respondió Ermesinda, sosteniéndole la mirada.

—Tenemos dinero.

—Nos cobran una fortuna por el grano. No podemos vivir siempre a costa del abuelo.

La matrona entrecerró los ojos y alzó el mentón, la afilaba nariz silueteada sobre el resplandor del umbral.

—Señora. —Tello les señalaba el camino. Los criados abandonaban sus labores cuando un jinete pasaba ante ellos.

—Sonríe —le recordó Gaudiosa—. Recuerda que eres una dama.

Aquella sedosa ironía hizo que la muchacha se ruborizara. Desde el porche, vieron a un forastero detenerse ante ellas. El caballo sacudió el pelaje formando un halo de escarcha.

—Buenos días —dijo la matrona—. Qué agradable sorpresa.

—Señoras…

Fruela observó a las dos mujeres. La esposa de Pelayo se mostraba tan serena como distante; la joven, intrigada. Con dieciséis veranos, parecía bonita, y podría haber sido hermosa si se hubiese tomado la molestia. Tenía los ojos grises, como su padre, pero la piel pálida, como su familia materna.

La sonrisa que brillaba en el rostro pecoso era toda suya, cordial y serena.

La vista del espatario recorrió la astrosa monotonía del cobertizo hasta toparse con la pieza de caza.

—Un disparo certero —dijo, buscando a algún varón con la mirada.

—Ha de serlo —admitió la muchacha—. No tengo perros para seguir el rastro.

—Hija.

Mas Fruela asintió con respeto, admirando el corzo con la flecha aún clavada en las costillas, a la altura del corazón.

—¿Puedo ofreceros algo? —dijo Gaudiosa, y el recién llegado sacudió la testa, tratando de encontrar las palabras.

Sin haber sido invitado a entrar en la casa, no quiso descabalgar.

—Acompañé a Pelayo en su regreso de Corduba.

—Lo sé —afirmó la matrona—. Agradezco que le entregaras la carta que envié a mi prima Guidemar. Mi esposo me explicó cuán valiosa resultó tu ayuda. ¿Cuál es el motivo de tu visita?

—Entre los hombres de Pelayo hay un traidor —manifestó sin rodeos—.

Gracias a él, Munuza pretende capturarle. Debéis advertirle del peligro.

El gesto afable de Fruela se estrelló contra un muro de hielo.

—Por desgracia, no tengo con quién —se lamentó Gaudiosa—. Mi esposo se llevó a todos los hombres. Entre ellos, a mi hijo Favila.

Las palabras, breves y afiladas, sirvieron de vestidura a una emponzoñada amalgama de sarcasmo, apatía y desolación.

—Iré yo —dijo Ermesinda.

—No digas tonterías.

La joven se encaró a su madre, que seguía envarada ante el mensajero.

—No os preocupéis —les dijo Fruela—, yo me encargaré.

—Que Dios te lo pague —respondió Gaudiosa, con la monotonía de quien recita el décimo padrenuestro en las exequias de su peor enemigo, y, aturdido ante unos ojos muertos, el espatario tiró de rienda para darse la vuelta. Los cascos de la montura aún chapoteaban en el camino cuando Ermesinda abandonó el porche.

—Fruela… —dijo, y él se giró—. ¡Gracias!

El guerrero dedicó a la joven un gesto de despedida.

El regreso le resultó arduo, las alternativas se le agotaban. Ascendió por la sinuosa senda de la sierra de Bores y, una vez en Causegaudia, llevó el caballo al abrevadero, se lavó el rostro, cerró los ojos y escuchó el murmullo del bosque. El viento que arrastraba el frío de las montañas.

—¿En qué piensas? —le interrogó Munio.

Su primo quería saber si estaba dispuesto a luchar de nuevo. Rememoró aquel nefasto día. El polvo de la batalla, la lucha desesperada. El olor a cosas muertas del pantano, mezclado con la sangre, el sudor y el miedo, los gritos de los moribundos y el estruendo de las armas. Hasta que, al fin, llegó el silencio.

Y luego, la emoción de sobrevivir al desastre, sentida como fortuna y vergüenza al mismo tiempo. Esa sensación aplastante de ser testigo de una realidad imposible de cambiar. Condenado a revivir una y otra vez aquel día fatídico, como Sísifo, atrapado en un bucle eterno.

—¿Vendrías conmigo? —dijo Fruela.

—¿Hace falta preguntarlo?

Por un instante observó a Munio, con la afinidad de quienes han compartido el horror absoluto y la certidumbre de que sólo él era capaz de entenderle.

—¿Echas algo en falta de la guerra? —inquirió Fruela.

—Todo.

Escrutó aquellos ojos negros. No eran los de un lunático, ni tampoco los de quien disfruta matando. Sabía lo que echaba en falta, porque él mismo lo añoraba: la fraternidad de los compañeros de armas. Una existencia más pura, junto a un grupo de hombres. Tal vez su vida sólo adquiriese sentido cuando las vidas de quienes le rodeaban dependían de él.

Enfrentarse al imperio más colosal que había conocido el hombre, cuyos dominios se extendían desde la India hasta aquellos picos. Con un puñado de montaraces. Una locura, sumada a la convicción, cada vez mayor, de que la aristocracia y el clero habían traicionado a un pueblo dispuesto a defender su modo de vida. Quizá la nostalgia por los vínculos forjados entre un puñado de hombres creaba esa necesidad de librar una guerra imposible de ganar.

—Partiremos mañana —concluyó Fruela.

Había mucha gente con la que hablar. Encontró a Baldomero sentado bajo el alero de la cabaña y se sentó junto a él para contemplar cómo la oscuridad se desvanecía en la bruma.

—Tan madrugador como siempre —le dijo al joven abad.

—No supone una virtud si no tienes con quién compartir lecho. ¿Deseas confesarte?

Tras negar con la testa, Fruela tomó un sorbo de leche mezclada con migas de pan de la víspera.

—Nos sumaremos a la rebelión de Pelayo —respondió con cautela—.

Quiero que vengas para atender a las necesidades espirituales de la tropa.

—No me jodas, Fruela. Que no nací ayer.

—Necesito a alguien que hable árabe y conozca bien al enemigo —se vio forzado a admitir—. Alguien que sepa de milicia y pueda llevar un libro de cuentas.

El clérigo, ensimismado, introdujo las manos en las mangas.

—Durante la confesión, a veces percibes que el sentimiento de culpa no es la consecuencia del pecado, sino la causa. Atormentado por el pesar, hay quien busca una expiación. Y esa emoción se vuelve tan insoportable que hará cualquier cosa para propiciar un castigo. ¿Sabes a qué me refiero?

—Tal vez —admitió Fruela, y pudo leer la expresión de su amigo. No me pidas que vuelva a creer en ti porque lo haré de nuevo aunque me arrepienta.

—El clero no os apoyará —dijo Baldomero—. Para que sea una «guerra justa» ha de ser declarada por alguien cuya autoridad esté sancionada por Dios.

El derecho canónico prohibía a los religiosos participar en la lucha. Con aquella decisión, su viejo amigo no sólo se jugaría la vida, sino también su alma inmortal.

—¿Vendrás con nosotros?

Baldomero alzó la vista. Los primeros rayos de sol asomaban por las crestas de los Picos, y descendían por los montes cubiertos de hayas.

—Sí —susurró—, lucharé a tu lado.

Juntos atravesaron la aldea. El sonido de sus pasos en la cuadra, seguido del gemido de la portilla, trasladó a Maurano del estado de vigilia al de resaca.

—Sé a lo que vienes —le dijo Maurano sentado en el tajo de ordeñe.

Examinó las ubres de una de las vacas y le acarició el pelaje grisáceo—.

Llévate a mi hijo y a quien quiera seguiros. Sin una amenaza clara, no puedo obligar al resto a combatir.

Consternado, Fruela asintió. Después acudió a la forja, un chamizo tiznado de hulla, repleto de útiles oxidados. El esfuerzo del herrero se hacía máscara de hollín mientras batía un hierro incandescente. Los golpes del mallo resonaban en todo el poblado.

—Necesito que me arregles esto. —Fruela le ofreció su yelmo hendido, y unas recias manos patinadas en mugre lo tomaron.

—No soy armero —dijo, escrutando el casco—. Fabrico herraduras, cuchillos, enseres de cocina. No sabría darle el temple adecuado.

—Haz lo que puedas.

A lo largo de la tarde comenzaron a llegar hombres. En total, no pasaban de veinte. Fruela los hizo formar en dos filas y revisó el aspecto de aquel un puñado de jóvenes, sin tierras ni rebaños, armados con lanzas y escudos junto con el inevitable scrama al cinto. Ninguno con yelmo y espada, salvo un tipo de unos sesenta años, con el cabello cano alborotado. Tenía un parche sobre el ojo izquierdo y una expresión ceñuda que se antojaba perenne, como si algo le hubiese cabreado nada más nacer.

—Eres viejo —le dijo Fruela.

—Lo bastante como para haberme follado a tu madre —respondió el aludido, y entonces vio a Baldomero—. Lo siento, padre.

—Y también pudiste follarte a mi abuela —murmuró el conde—. ¿Sabes utilizar esa espada o se la quitaste a un muerto?

—Se la quité a un muerto y sé cómo usarla. Me llamo Elacio, y fui bucelario del conde Suíntila de Segovia hasta que los moros le mandaron a criar malvas.

—Conocí a Suíntila en Toletum —dijo Fruela, atento a su reacción—.

Parecía un buen hombre.

—Si en verdad le conociste, sin duda sabrás que era el mayor cabrón en la faz de la tierra. Pero le serví bien, a pesar de todo.

—Este viejo es incapaz de aguantar una jornada a pie —dijo Munio.

—¡Para eso tengo un caballo, maldito gañán! —Y dicho esto, añadió—: Disculpe mi lenguaje, padre.

—Está bien —declaró Fruela—. Vendrás con nosotros, y si no puedes mantener la marcha, te dejaremos atrás.

Un muchacho desharrapado irrumpió en el prado.

—Me llamo Ramiro —manifestó—. Deseo a unirme a vos.

—¿Qué armas traes? —le dijo Fruela, y el montañés le enseñó un arco de olmo—. Muéstrame si sabes usarlo.

Le señaló una estaca al otro lado del prado. El cántabro besó el amuleto que colgaba de su cuello, montó una flecha y tensó el arco hasta apoyar el emplumado en la mejilla. La brisa agitaba los fresnos, y el joven se mantuvo concentrado en el tiro, inmóvil, y ceñudo.

—¿Vas a disparar hoy? —le preguntó Fruela.

Ramiro ignoró el comentario, la fronda de ribera quedó inmóvil y soltó la cuerda. La saeta serpenteó al abandonar el arma y atravesó la estaca de parte a parte. Tomó otra flecha, repitió el gesto y el astil clavado al tronco se partió. Otro tiro, con un resultado idéntico, y otro más. A ciento cincuenta pies, los cuatro proyectiles formaban un haz compacto.

El espatario asintió complacido y se giró hacia los ocho jóvenes que había escogido junto al avejentado guerrero.

—Cada hombre recibirá diez sueldos, y se repartirá todo lo capturado al enemigo —anunció—. Partiremos mañana al amanecer.

—Ni se te ocurra pagarles ahora —le dijo Munio al oído—. Dales el dinero justo antes de marchar.

Al anochecer, Fruela finalmente acudió a la forja. El herrero había desabollado el yelmo y remachado una lámina de hierro encima que, siguiendo la moda, contaba con un protector nasal. Un arreglo tosco que aumentaba el peso, y con un pulido que apenas lograba despojarlo de su pátina negra. Fruela le entregó diez tremises y abandonó el taller.

El cielo se había despejado. Los prados se extendían hasta la linde del bosque. Buscando soledad, Fruela caminó hasta un gran roble, se sentó con la espalda apoyada en el tronco y cerró los ojos, para disfrutar de la tibieza del sol. La distancia convertía las voces del poblado en susurros. Unos pasos resonaron en la hierba. Hilduara llegó con una cesta de mimbre.

—¿Cómo me has encontrado? —preguntó Fruela.

—No fue difícil, dejaste un buen rastro —respondió, señalando la hierba pisoteada—. No creo que a tu tío le agrade ver que no fuiste por lo segado.

Desnúdate.

—¿No tuviste bastante con lo de anoche?

Ella sonrió mientras le despojaba de la túnica para examinar la herida del costado; aplicó un empaste de hierbas y le vendó con tiras de lino recién hervido. Después, le palpó la frente con el ceño fruncido.

—Necesita puntos —comentó, y extrajo una pequeña caja del cesto—.

Túmbate.

Estaban solos, y cuando Fruela depositó la cabeza en el regazo de su mujer, deseó que el mundo se detuviera para siempre.

La primera punzada le sacó del ensueño.

—Anoche soñé contigo —murmuró Hilduara—. Sonreías.

—¿Y qué más?

—Nada, sólo eso. Antes solías hacerlo. —Puso la mano en su mejilla; los dedos se hundieron en la barba, recorriendo la mandíbula. Le retiró un mechón de la mejilla abrasada y le miró a los ojos.

—Debo hacerlo —le dijo Fruela.

Las manos de Hilduara estaban temblando, encontró su piel desnuda, percibió el calor que irradiaba.

—Tienes que acabar con esto —dijo, con una voz desgarradoramente frágil.

—Lo haré —respondió él, apretando su mano como a la de un moribundo

—. Después.

—Tu deber es proteger a tu familia.

—Por eso debo marchar.

La conversación murió, sin sentido, breve, postergada. El rostro de Hilduara permanecía sereno al morder el hilo:

—Ya estás listo.

En la casa larga, escucharon las risas de los niños, el olor a primavera se mezclaba con el fuerte aroma del cuajo. Las aldeanas vertían calderos de leche de vaca y oveja en una cuba colgada sobre el fuego y rellenaban los moldes con el coágulo sin prensar. Aquel queso azulado, madurado en cuevas, se empleaba como moneda.

La esposa del herrero le esperaba en la entrada.

—¿Cuánto le pagaste a mi marido? —le espetó, furibunda.

—Él hizo el trabajo, no tú. —Fruela hizo un requiebro en dirección a la puerta.

—¿Seguro que le diste seis tremises? —insistió ella—. Es muy capaz de gastarse el resto en vino.

El espatario tomó a su hija en brazos, ignorándola, y ella resopló indignada.

Despuntaba el alba, con el sol convertido en un tenue resplandor sobre un brumoso horizonte aserrado. La hueste de Fruela se congregó ante la casa larga, sosteniendo las monturas por la brida, apoyados en las lanzas.

Hilduara aguardaba en el porche, con la niña de la mano. Se despidió de él con un beso, ya no les quedaban palabras. La criatura le dio el yelmo

mirándole con unos enormes ojos de largas pestañas. Había escarcha en su pelo, en las mejillas enrojecidas bajo una costra de hollín.

—¿Vas a hacerle daño a alguien? —le dijo, observando la espada.

—Puede que tenga que hacerlo.

—Sólo a los malos, ¿vale?

—Vale.

—¿Y qué pasa si no vuelves?

Hay cosas que se pueden posponer, pero nunca evitar. Temía a ese momento más que a nada. El instante en el que la mentira se confunde con la esperanza, y lo que debe decirse es lo que el otro necesita escuchar.

—Volveré —le dijo, acariciándole el rostro—. Te lo prometo.

Pasó revista a los hombres. Caballos rústicos, de grupa empinada, que tenían por silla pieles de carnero y por riendas ronzales de cuerda.

Descubrió a un nuevo voluntario.

—Deseo unirme a vosotros —dijo el herrero.

—Existen mejores modos de escapar de tu esposa.

—Ninguno que sea legal —respondió, sardónico—. Ella me animó a acompañarte: ha oído hablar de tu oro.

Taciturno, Fruela echó mano a la bolsa para entregarle diez tremises.

—Repartid los víveres entre los hombres —ordenó a Baldomero—. No podemos llevar más de tres mulas de carga.

Poco después, la docena de jinetes tomó la embarrada senda que marchaba hacia poniente entre prados de hierba mecida por la brisa.

—¡Munio! —dijo Maurano.

—¿Sí, padre?

—Id por lo segado.

Cabalgaron hacia el fondo del valle, remontando el río, para después ascender a través de una senda engullida por un bosque de abedules, robles y hayas, hasta una brecha entre los montes. Una vez rebasado el puerto, se adentraron en una extensa pradera donde parecía imposible cualquier vegetación.

—Los puertos de Áliva —dijo Munio.

El monte Vindio estaba dividido en tres grandes macizos rocosos, y aquella depresión separaba el más oriental. Grupos de jinetes armados conducían a los rebaños durante los meses de estío, entre túmulos de piedra erigidos milenios atrás para reclamar los pastos. Más allá de un altozano, la senda descendía junto al arroyo, que iba ganando cauce con cada torrentera.

Fruela contempló un collado al este del valle que, hacia el norte, siguiendo el curso del río, se angostaba. La columna de jinetes se detuvo, a la espera de que les indicara el camino que seguir.

—Haremos un descanso para comer —ordenó Fruela—. Rellenad los odres.

Los hombres desmontaron para estirar las piernas y preparar el almuerzo.

Seguido de Munio, el espatario llevó al caballo a abrevar y admiró aquel bárbaro paisaje. Todo en él era rudo, desigual, imponente.

—Munio…

—¿Sí?

—No tengo ni idea de dónde estamos.

—Ya me parecía —dijo su primo—. Hacia poniente, más allá de ese collado, hay un angosto valle y después el puerto de Amossa. El mejor modo de llegar al valle de Onna es tomar un camino río abajo que asciende por la sierra que se alza al norte.

Aquella senda rebasaba un cordal montañoso salvando un gran desnivel.

Después recorrieron la línea de cumbres por un laberinto de piedra caliza y descendieron, dejando atrás las peñas ciclópeas, para acceder al valle de Onna. Las verdes pendientes arboladas contrastaban con los bloques de roca gris y la montaña se adueñaba del paisaje, las aldeas se antojaban granos de trigo esparcidos por la monstruosa piel esmeralda.

Los últimos rayos de sol se hundían tras las crestas de los peñascos cuando decidieron acampar. Encendieron un par de hogueras para preparar la cena y tendieron los toldos en lo alto de un minúsculo cerro que dominaba el valle. La luna asomó entre las nubes para derramar su fría luz sobre el resplandor del fuego.

—Los caballos están cansados —dijo Munio—. Si seguimos a este ritmo…

—Hay que llegar cuanto antes —masculló Fruela—. No deben capturar a Pelayo.

Se recostaron bajo el toldo, exhaustos, mientras el fuego se convertía en brasas y los caballos dormitaban en la pradera. A pesar de la fatiga, Fruela no podía pegar ojo. Al guerrero la muerte le acecha en cualquier recodo.

Dejar de existir aterra. Pero lo que de verdad le asustaba era fallar a sus compañeros de armas.

Y Fruela les había fallado a todos.

El Deva vertía aguas en el Onna, que atravesaba el valle de Canicas entre fértiles vegas, caseríos y aldeas. Cabalgaron por la antigua vía romana, junto a la ribera norte, sobre la que confluía una red de sendas de montaña, creadas por los pastores desde hacía milenios. Piedras hincadas en las colinas delimitaban las tierras de pasto; se decía que en ellas habitaban sombras malignas atadas mediante maldiciones, espectros de antiguos reyes enterrados con armas de bronce. Sobre una pradera, rodeada de lomas, un antiguo dolmen se alzaba junto a un tejo centenario.

Atravesaron el campo de estelas, cantos rodados hincados en tierra, donde los aguardaba un grupo de hombres armados. La piel bronceada del cabecilla resplandecía por el sudor.

—Munio. —Les dedicó un ademán solemne, a modo de saludo.

—Galacieso… —respondió el cántabro—. Él es mi primo Fruela.

Solicitamos paso libre por vuestra tierra.

—Dicen que el duque le ha proscrito —dijo Galacieso, y, durante medio latido, el espatario se perdió en su mirada.

—Así es —dijo Fruela—. Sólo deseamos cruzar el valle, no pedimos tu hospitalidad.

—Si Maurano te ha acogido como huésped, entonces serás nuestro huésped.

Y si alguien os causa daño, la deuda de sangre será nuestra. Así ha sido desde que alcanza la memoria. Sois bienvenidos.

Abamia era una hermosa aldea. Las ancianas chismearon a su paso, mientras hilaban en los porches. Galacieso los condujo a una gran cabaña, hecha de mampuestos trabados con arcilla, tablas delgadas y un techo de centeno. Los guerreros agradecieron la calidez del interior y se acomodaron en torno a la hoguera. Fruela se despojó de las botas y observó a un niño jugar con una espada de madera, la tez pálida como el alabastro. Una mujer, sin duda la madre, a juzgar por la palidez compartida, les llevó una fuente con asado y siguió su mirada.

—Es agradable ver jugar a los niños. —La esposa de Galacieso mostraba hoyuelos al sonreír.

—Me recordaba a mi hijo. Murió hace un año.

No podía dejar de pensar en aquella sonrisa traviesa, en los frágiles deditos tirando de su barba.

—Aún eres joven —le animó la mujer, y Fruela asintió. Había ceñido espada a los quince, matado por vez primera a los dieciséis y perdido un

reino a los diecinueve. Tenía toda una vida por delante.

—Canicas está muy transitada. —Galacieso se sentó a su lado con un cuenco humeante—. En cinco días se reunirá el concejo de los valles.

—Ya no enviáis el diezmo a mi padre.

—Si alguien no puede imponernos tributo por las armas, tampoco puede defendernos con las armas. Pagarle carece de sentido.

El menguado poder del duque se basaba en su capacidad para recaudar una parte de los míseros excedentes de aquella tierra montuosa y desolada. Sin una autoridad respetada, una provincia agreste de un reino extinto se desvanecía a ojos vista.

—¿Tampoco a los árabes? —preguntó Fruela.

El aludido apoyó la cabeza contra el tabique de madera y miró más allá de la puerta.

—Tampoco —respondió al cabo—. ¿A qué habéis venido?

—Busco a Pelayo. —Fruela siguió su mirada más allá de la puerta.

Anochecía, y sintió vértigo por el tiempo perdido.

—Pelayo vino a Canicas hace dos días en busca de provisiones —comentó Galacieso—. Anda enriscado en la montaña del Suevo.

Una sierra costera que marcaba el límite entre cántabros y astures. Antaño, los suevos la emplearon como atalaya fronteriza, antes de perder su reino ante Leovigildo. Un lugar agreste, con una vía de escape hacia el Vindio.

—Las tierras de Pelayo están en Tentiana y Veranius… —Munio les ofreció un odre y se acomodó junto al fuego.

—Demasiado cerca de Gegione —objetó Fruela, y agradeció el vino con un gesto.

—Su hermana tiene una hacienda en Brece, heredada de su difunto esposo

—dijo Galacieso—. ¿A qué se debe este interés por Pelayo?

—Hay un traidor entre sus hombres. —Munio habló en voz queda—.

Munuza pretende capturarle.

—Pelayo no se fía de nadie —dijo Galacieso—. Sólo abandonará la sierra si es para reunirse con su hermana.

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