Cova Dónnica
Capítulo XIII
Dormitó un par de horas, vigilando la entrada. Al despertar los ojos le lagrimeaban a causa del humo; hacía horas que el fuego se había extinguido y no pudieron encenderlo de nuevo. Hilduara abrazaba a la niña, que dormía a su lado. Un rayo de sol se deslizó por la boca de la cueva tiñendo las paredes de ámbar. Mordisquearon algo de pan mohoso y unos pedazos de cecina antes de cargar la mula y los caballos. Restaban menos de dos jornadas de marcha. Si intentaban cruzar el puente, los estarían esperando.
No les quedaba más remedio que acceder al valle atravesando la montaña.
Bajo tierra.
—Estoy cansada, papá —protestó la niña.
—Lo sé —dijo Fruela.
—Y tengo mucho frío.
—Caminando entraremos en calor. —Le acarició la frente y hundió los dedos en los mechones del cabello azabache heredado de su madre.
Prepararon los bagajes con los miembros entumecidos; a duras penas lograron prender un par de candiles. Fruela tomó a la montura de la brida; dedicó una mirada a su esposa y se adentraron en la gruta.
—¿Estamos lejos? —preguntó Nuñabella escrutando, asustada, la oscuridad.
—Llegaremos pronto —respondió su padre—, te lo prometo.
—¿Al lugar donde están tus amigos?
—Sí.
—Papá, ¿cuántos amigos tienes?
—Tenía muchos —le dijo—. Vamos.
Ante el fulgor de las lucernas surgió un bosque de estalactitas que pendían del techo. Creaban fauces, columnas de nácar, velos de roca traslúcida, copos irisados, sombras danzantes en un mundo feérico que Nuñabella admiró fascinada. Las leyendas decían que la raza de Deva, la diosa madre, antaño habitó en Cantabria, cuando el mundo aún era joven y no existían palabras para nombrar a cada arroyo y a cada peña. La existencia de este pueblo transcurría en banquetes, ajena a fatigas y dolores, al abrigo de todo mal, hasta que fueron derrotados por los primeros hombres y se refugiaron en palacios subterráneos, cuya entrada se hallaba en las cavernas donde los antiguos pintaron símbolos arcanos y bestias ignotas de un realismo inquietante.
Sujetando el candil con la zurda y la brida con la diestra, Fruela escrutaba aquella cavidad que ya conocía, como si de las tinieblas fuera a surgir un ejército de elfos. Se adentraron entre columnas de roca albina, el sonido de sus pasos se hizo más claro. Una gran bóveda, tan alta que apenas atisbaban el techo, se abrió sobre sus cabezas. El avance se volvía arduo a medida que la galería resultaba más angosta. Los cascos de las bestias resbalaban por el suelo encharcado.
La luz solar al fin apareció por una abertura en la roca, el exterior les deslumbró tras dos horas sumidos en la oscuridad. Ante ellos se abría un angosto valle, en cuyo fondo fluía un hilo de plata. El Namnasa y, hacia mediodía, una imponente sierra.
—Peña Sagra —dijo Fruela—, la montaña sagrada.
Más allá del río una garganta se abría en el cordal montañoso y conducía al desfiladero del Deva. Descendieron por la ladera rocosa a través de un denso robledal, un firmamento plomizo los empapaba, hilos de humo gris surgían de las cabañas apiñadas en las vegas. Una vez en el bosque de ribera, escrutaron la orilla cubierta de chopos y avellanos.
—Wilfredo esperará que crucemos el Namnasa por el puente —dijo Hilduara.
—Hacia el sur —declaró Fruela—. Conozco un vado.
Cabalgaron junto al río hasta un recodo pedregoso. A causa de las lluvias, el vado era un torrente de agua que arrastraba ramas y troncos. Una decena de jinetes había desmontado más allá de la alameda, los enormes perros husmeaban en la orilla. La niña temblaba en los brazos de su madre.
—Podemos abandonar el oro —murmuró Fruela—, y después cruzar.
—No cambiaría nada —dijo Hilduara—. Te buscan a ti.
Bajaron por la resbaladiza pendiente, dejando marcas en la nieve, expuestas a ojos vista, y se detuvieron junto a la orilla. Fruela debía atravesarlo a pie para tirar de la mula. Comenzó a desnudarse.
—Te vas a helar —le advirtió la mujer.
—Estaré bien —respondió—. Después buscaremos algún lugar seco.
Aguardó a que Hilduara saltase al caballo y la niña se subiera a la grupa, y se sumergió hasta el pecho en el agua helada. El frio le despojó del aliento.
Tiró de las riendas para conducir a la mula a través del torrente del deshielo.
Resbaló en las rocas, y cayó de bruces en un torbellino de espuma. Apenas sentía las manos. La corriente le arrastraba río abajo. Con los dientes castañeteando, logró hacer pie y dio un nuevo paso. Los pulmones sufrían a cada inspiración; miró a la otra orilla sin verla mientras trataba de alcanzarla. Empezaron a ascender por la ladera con todas las fuerzas que les quedaban. Hilduara picó espuelas para forzar a la montura a avanzar, aferrando a la niña empapada entre un caos de espuma.
Al fin alcanzaron la otra orilla y Fruela cayó de rodillas, con las manos entumecidas, los dedos ardiendo, el cabello húmedo pegado al rostro.
Tiritando hasta casi convulsionar. Hilduara y la niña estaban a salvo, el torrente de agua haría que los perros perdieran el rastro. Tiró de las riendas y comenzaron a ascender por la ladera. Una vez en el bosque, remontaron un arroyo tributario del Namnasa hacia poniente y, una vez rebasado el collado, dio comienzo un abrupto descenso hacia la angosta sima que creaba el valle.
—Debemos parar —objetó Hilduara—. Tienes que secarte.
—No —respondió él—. Están demasiado cerca.
Una aguanieve caía cuando atravesaron el arroyo que fluía por el vallejo.
Apenas pudieron probar bocado antes de tomar otra empinada senda. Por encima de la loma unas peñas albinas asomaban, las últimas estribaciones del monte Vindio. El viento traía el eco apagado de los ladridos.
Trataron de avivar el paso, pero las monturas estaban agotadas tres horas después de cruzar el Namnasa. Fruela aún trataba de controlar su propia respiración cuando llegaron los temblores. Cayó al suelo. A duras penas su esposa logró arrastrarlo hacia un margen del camino, entre la arboleda, hasta un abrigo rocoso a los pies de un picacho.
—¿Papá? ¿Estás bien? —le preguntó Nuñabella.
Incapaz de responder, Fruela sintió que su esposa le despojaba de la ropa empapada y lo envolvía en una manta. Vio a Hilduara extender la lona para construir un refugio y encender un fuego mientras el caballo tordo se sacudía el pelaje. El cielo, veteado de rojo, suponía el único vestigio de color en un paisaje albino. Hilduara le aplicó unos paños calientes antes de que él perdiera el sentido.
Despertó. Vio el toldo tendido sobre el abrigo rocoso, la hoguera crepitando y un muro de ramas cerrando el único acceso. El firmamento se había vuelto plomizo y estaba en tinieblas, la noche les traía el soplo helado del océano. A través de la mortaja del frío, el guerrero tomó el caldo que su esposa le ofrecía, apenas logró balbucir unas palabras. La mujer había preparado un guiso de rúcula y borraja, recogidos a los pies del farallón rocoso. Después de perder dos preciadas horas de marcha.
—Vamos. —Hilduara le instó a sentarse junto a las llamas—. Acércate.
Fruela pudo abrazar a su hija y mesó su cabello húmedo.
—El fuego llamará su atención.
—Nuñabella arde de fiebre, tú estás congelado —le dijo Hilduara—. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Guardó silencio, estaba en lo cierto. Aun así, nevaba demasiado para que los perseguidores trataran de encontrarlos. Aquel clima hostil, a pesar de todo, jugaba a su favor. Al menos de momento.
Abrazó con fuerza el frágil cuerpo de la niña, los mechones cayendo como ríos de tinta sobre la frente pálida. Las lágrimas se deslizaban bajo las enormes pestañas, humedeciendo unas mejillas que ardían de fiebre. Apoyó el mentón contra el cabello húmedo mientras la galerna se estrellaba en el toldo. El fuego, alimentado con los últimos restos de leña seca, humeaba.
Hilduara le obligó a beber una infusión de corteza de sauce.
—Te bajará la fiebre.
Escucharon ladridos en la lluvia, un alma en pena que gemía entre los brezos. El enemigo había acampado cerca. Estarían a salvo hasta el amanecer, entonces los perros captarían su olor. Fruela se tumbó en las pieles para que la niña yaciera sobre él, aislada del suelo embarrado, gélido, que le empapaba las ropas y laceraba su espalda.
—¿Vamos a morir? —le preguntó Nuñabella.
Los ojos de Fruela se entrecerraron.
—Algún día. Hoy no.
—Podremos huir de los malos.
Él asintió y le acarició la sien hasta que se quedó dormida. Recordó a un niño de meses consumido por la fiebre y maldijo a Dios en voz baja. El sol se ocultaba tras el puerto de montaña. Contempló el ocaso hasta que la criatura despertó de súbito y tuvo que secarle las lágrimas.
—No es nada… ¿Otra pesadilla?
—Sí —dijo Nuñabella, y se abrigó con las pieles; el viento rugía en el bosque en tinieblas—. ¿Dónde está mi hermanito?
—En el cielo. —Una respuesta simple, impensada; se dio cuenta de que inculcaba a su hija una fe que no compartía.
—¿En el sol de los muertos?
De nuevo, Fruela asintió. En un pasado remoto, la raza de Deva se enfrentó a los demonios de la muerte, la oscuridad y la noche llegados del Inframundo, de allá donde muere el sol. Liderados por Lug, el pueblo de Deva derrotó a los demonios, cuyo líder se convirtió en el rey de aquella lúgubre región de más allá del océano. Leyendas cuyo eco aún perduraba incluso entre aquellos que se decían cristianos.
¿Qué debía decirle a su hija? El sol es una esfera de fuego cuya luz deambula por el vacío, tu hermano se pudre bajo dos pies de tierra, y no existe nada tras la muerte, sólo la nada. Los mitos al menos nos enseñan que la vida humana tiene un propósito.
—¿Puedo rezar contigo? —le preguntó Nuñabella, y él sonrió; la voz infantil se elevó por encima de la suya, serena, colmada de esperanza—: Benditos sean los muertos buenos y las almas arrepentidas; benditos sean nuestros difuntos y las almas del purgatorio que esperan la gracia de Dios.
Que el sol de los muertos aplaque sus tormentos y sus pesares.
El espatario experimentó una extraña placidez, parecida a la felicidad.
Durante años había sido una emoción olvidada, carente de sentido, tan lejana como el horizonte. Sintió una súbita opresión en el pecho cuando Nuñabella le habló:
—¿Qué harías si yo no estuviera?
—Preferiría estar muerto —dijo sin pensar.
—Entonces seguirías conmigo.
—Claro.
Al cabo, Nuñabella se quedó dormida, y él percibió su aliento, cálido e inestable, en la mejilla. Descubrió a Hilduara, sentada junto al fuego,
escrutándolos. Recordó la primera vez que la vio, en la corte de Toletum, con aquel exótico trenzado bajo un velo de seda y una dalmática escarlata bordada en oro. Antes de acompañarle hasta aquella desolación abandonada por Dios. Observó el vestido pardo de su esposa, las manos encallecidas, la palidez del rostro bajo una costra de mugre. Una telaraña de arrugas se formó en torno a unos ojos de ónice que, en ese momento, le escrutaban.
—Estoy aquí porque quiero —le dijo Hilduara.
El sol se había ocultado en la sierra, la niebla se arrastraba sobre el bosque como un manto espectral. Las nubes se desgarraban entre los picachos, el aire se sentía amargo, espeso y húmedo, bajo una nevisca eterna.
La mañana llegó sin amanecer, el astro rey apenas lograba atravesar el manto de niebla que engullía la montaña. Fruela abrió los párpados y se sintió mejor; las piernas, aunque débiles, al menos respondían. Descubrió a Nuñabella mirándole con los ojos vidriosos, la mejilla aún apoyada en su pecho. Dejó a la niña en brazos de su madre y revisó el interior de la saca: un pedazo de queso, varias tiras de tocino… Estaban cerca, tendrían bastante. Un vallejo se abría hacia poniente y, más allá de él, rebasando el collado, un angosto desfiladero conducía a Libana.
Resonaron los ladridos. Disponían de muy poco tiempo. Hilduara abrigó a la niña y recogió los enseres a toda prisa. Cuando terminó de doblar el toldo, Fruela ya se anudaba el barboquejo del yelmo. Con la loriga puesta, Mimung y el scrama pendían del tahalí, el escudo colgado a la espada.
—Marchaos —dijo el guerrero.
Hilduara le miró a los ojos, y supo que aquello era una despedida. La última. Intentaría ganar tiempo para que ellas pudieran escapar. Una vida perdida, dos salvadas, un trato justo. La mujer observó a su hija y asintió, los ojos negros llenos de pesar. Abrazó a Fruela y le besó en los labios.
Saltó sobre la silla y tomó a la criatura cuando él se la entregó. Nuñabella dirigió una mirada desolada a su padre cuando el caballo marchó al galope.
El guerrero expulsó todo el aire de los pulmones. Su aliento se convertía en vaho a cada exhalación. Recogió la lanza y una azcona, y se dio cuenta de que no tenía frío. Podía sentirlo en la piel, en el cabello empapado, en el viento que le agitaba los ropajes. Podía sentir el frío, mas no tenía frío. Una sensación extraña y antinatural.
Atravesó un claro donde el sol resplandecía a través de la arboleda desnuda sobre un terreno de helechos y flores pálidas. Un chasquido de ramas y se topó cara a cara con un guerrero de hombros anchos, dientes grandes, hacha en mano. Fruela lanzó la azcona y le atravesó el pecho.
Otro bucelario cargó contra él. Joven, de unos quince años, una barba oscurecía un rostro infantil. Mimung le segó el cuello. Fruela se giró para comprobar que su mujer lograba escapar. Dos hombres irrumpieron en la senda; alancearon la montura de Hilduara y el caballo se encabritó. Madre e hija rodaron por el camino. Fruela corrió en su auxilio, pero uno de los guerreros se interpuso. La estocada fue tan veloz y certera que no pudo reaccionar. Cayó al suelo, aferrándose la garganta.
Hilduara tomó a la niña en brazos y comenzó a trepar por el roquedo. Una jauría de perros surgió del bosque; las fauces les buscaron las piernas, un sabueso le mordió el manto. Tiraron con saña de las ropas para derribar a la mujer, que se sujetaba a unas ramas sin soltar a la niña, colgada sobre los perros. Fruela tajó al bucelario en el rostro, recogió su lanza y rejoneó a una de las bestias. El resto saltó sobre él.
Unas fauces se clavaron en el muslo, trataban de desgarrar la cota de malla, y se descubrió gritando mientras lanzaba puñaladas a tientas. Las mandíbulas de un sabueso le aprisionaron el brazo, y el suelo se precipitó contra su rostro. Una dentellada en el abdomen buscando las entrañas.
Hundió el scrama en el cuello del animal, que se retorció en el barro. Pegó una patada al tercero, que huyó por el camino.
A duras penas se puso en pie. Trató de mover las piernas; la izquierda sin vida, la otra clavada en la tierra helada. Recibió un impacto en el cráneo.
Lanzó cuchilladas a ciegas, y Mimung segó una nueva vida. Esta vez el yelmo le había salvado. El dolor abrasaba en la frente, la sangre le cubría la
mejilla con una mortaja viscosa. Más hombres se aproximaban. Se giró hacia la niña, aún en brazos de Hilduara, aterrada.
—Nuñabella… Cierra los ojos.
La criatura hundió el rostro en el pecho de su madre y obedeció. Fruela percibió un movimiento a su izquierda y se giró a una velocidad endiablada.
Un fulgor de espada, otro cuerpo rodó por el suelo. Amapolas de sangre teñían la tierra albina. Dos bucelarios retrocedieron. Fruela sonreía, salvaje.
Entornó el rostro y descubrió a Wilfredo sobre un semental negro.
Tintinearon los jaeces del caballo, el cuero crujió al descabalgar.
Desenvainó la espada, rugió una orden y sus hombres rodearon al espatario.
Y ahí estaba Verna, su vecino de Caórnica, junto a nueve bucelarios.
Hasta entonces los enemigos habían llegado de forma escalonada; la suerte había terminado.
Invocó a las pocas fuerzas que le restaban, miró a su familia, recogió un escudo y adoptó una posición de guardia. Un bucelario perdió la paciencia.
Cargó tajando desde arriba con un grito de guerra. El espatario alzó la espada, se hizo a un lado y dejó que el tajo rebasara su guardia. Golpeó al enemigo con el pomo. Mimung silbó en el aire y otro cuerpo se derrumbó en el terrazo.
Percibió algo a un costado y se cubrió con el escudo por puro instinto. Una azcona perforó el tilo revestido de cuero. Una jauría hombres se le acercaba, rodeándole. Tomó tanto aire como sus pulmones podían contener.
Un nuevo dardo se clavó en el escudo. Demasiado pesado para sostenerlo, lo arrojó, inútil, al terreno nevado. A un gesto de Wilfredo un bucelario le alanceó en los riñones. Se encogió, doblado de dolor, la garganta reseca, incapaz de gritar. Lanzó un amplio tajo y los obligó a retroceder. Cerró los ojos sintiendo la sangre fluir en regueros tibios sobre la piel helada. La bilis aflorando a la garganta. Se giró hacia Wilfredo y no halló saliva para hablar.
Cogió un puñado de nieve del suelo y se la llevó a la boca.
—Déjalas marchar —logró decir—. Ya tenéis el oro, entregaré las armas.
—Entregarás las armas —opinó Wilfredo— y ellas vendrán con nosotros.
Opas es compasivo; ríndete y disfrutarán de sus dones.
—Conozco a Opas —dijo Fruela—. No conoce la misericordia, y su único don es la mentira.
—Es la mejor opción que tienes —le dijo Wilfredo—. No, espera…, es la única, y al menos tu hija estará bien alimentada.
Los bucelarios rieron con sorna.
—No te asustes, preciosa —le dijo Verna a la niña—. Sólo bromeaba.
Los enemigos rodearon a Fruela, que contuvo la respiración justo antes de espirar. Una moharra le cortó la piel del hombro. Devolvió el golpe y un bucelario se desplomó convertido en cadáver. Caminó, jadeante, arrastrando la punta de Mimung por la escarcha. Un nuevo impacto y cayó de bruces.
Un humor sanguinolento salpicó el nevazo como rocío escarlata. Hojas muertas adheridas al rostro, apenas podía respirar. Alzó la vista, escupió tierra y se incorporó sobre el costado tiritando bajo la aguanieve. Verna se hallaba ante él con un cuchillo en la mano, dispuesto a degollarle.
En algún lugar entre el dolor y la parálisis, escuchó un grito de guerra llegado de la montaña. Un borrón a su izquierda, una leve brisa en la mejilla. Verna se derrumbó con un hacha incrustada en la cara. Resonó un ijujú estridente, seguido del grito «Orgen!». Una veintena de montañeses surgió de la arboleda.
Un hombretón con loriga de malla y yelmo empenachado se interpuso entre Fruela y los atacantes. Desjarretó a un bucelario con la espada y alcanzó al segundo con el pomo. Wilfredo se disponía a acuchillarle cuando le golpeó con el canto del escudo. El godo salió despedido, escupiendo dientes sobre el nevazo. Una patada en el pecho le robó el aliento. Al alzar la mirada, una moharra le amenazaba la garganta y sus diez hombres yacían sin vida.
Fruela se dejó caer sobre el roquedo y su mujer corrió para ayudarle.
Cuando logró retirarle el yelmo, descubrió una brecha de dos pulgadas en el cráneo.
Podría haber sido peor, se dijo Fruela. Un mordisco en el antebrazo, un montón de cortes y la lanzada en el costado que le desgarró la malla. La armadura le había salvado la piel. Hilduara le vendó la extremidad con un jirón del manto.
El corpulento montañés se retiró el casco y extrajo el hacha clavada en el rostro del muerto.
—Encender una hoguera fue estúpido —dijo, huraño.
—Captó tu atención —respondió Fruela—. Las locuras te hacen impredecible.
—El hecho de que estés chiflado no quita para que seas estúpido —le espetó el cántabro—, y tampoco excluye la posibilidad de que seas bujarrón. —Y se volvió hacia Hilduara—. ¿Cuándo vas a dejar a este idiota para buscarte un hombre de verdad?
—Munio. —La joven le abrazó con fuerza y él tomó a la niña en volandas para besarla en la frente.
—Cuando supe que te habían proscrito, imaginé que vendrías —dijo el tipo alto, barbado y montaraz—. ¿Qué otro iba a aguantarte?
Fruela abrazó a su primo, camarada en la guerra, compañero de juegos.
Siete años antes, le había acompañado a la corte de Toletum, y juntos se vieron sumidos en las disputas por el trono, el interregno y la batalla del lago. El espatario recogió a Mimung del suelo y se puso frente al prisionero.
—Puedo pagar un rescate —le dijo Wilfredo.
La mandíbula de Fruela se contrajo mientras sopesaba el arma que empuñaba en la diestra.
—Nos convendría tener un rehén —comentó Munio en voz baja.
Él no respondió, sólo cambió de agarre. Observó al aristócrata godo, refugiado en el norte tras la invasión agarena. El semblante aterrado, el cabello cubierto de hojarasca, toda su dignidad perdida, si es que alguna vez
la tuvo. Si crees que los malvados son peligrosos, espera a ver de qué son capaces los cobardes.
Los cobardes. Quienes sirven al enemigo, no para sobrevivir, ni siquiera por afán de medrar, sino por una vocación rastrera de servir al poder. Para mendigar el favor de Opas, el pater patriae vendido a los sarracenos, aquel bastardo había echado a su familia a los perros.
Como animales.
—Nuñabella.
—¿Sí, papá?
—Cierra los ojos.
OceanofPDF.com