Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 29 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XXVIII

Sólo quienes han combatido en la montaña se pueden hacer una idea de lo duro que es. Todo cuanto necesitas debes llevarlo encima. La mochila, las armas, el odre, la manta. Dejas atrás todo lo que no sea imprescindible y, cuando te echas la carga a la espalda, las correas te llagan los hombros, el peso te oprime el cuello… y comienzas a caminar, apoyado en la lanza.

Después del primer paso, Fruela se percató de que jamás podría cruzar el monte Vindio. Dio un segundo paso, y luego un tercero. Agotado por el combate, sin tan siquiera pensar en otra cosa, continuó caminando, concentrado en dar una zancada más. Con cada inspiración, sentía un dolor lacerante en el torso. El maldito caballo le había destrozado el pecho. Quiso aparentar que nada ocurría, pero su primo no le quitaba el ojo de encima.

Recorrieron la cresta de la sierra, siguiendo un atajo, para adelantar a la hueste sarracena que había tomado el camino que ascendía a los lagos.

Fruela contempló a los montañeses que le acompañaban remontar la senda a un ritmo implacable. A duras penas podía sostener la marcha, tuvo que apoyarse en una encina. Descubrió que Munio estaba a su lado. Su boca se movía.

—Deberíamos hacer un alto —repitió su primo, examinando su lamentable estado.

El espatario asintió y se dejó caer en el suelo, junto a Ramiro y Munio.

—Tienen un guía —masculló Fruela, y echó mano al odre para beber un trago.

—Guzmán, de Argandenes —declaró el joven arquero—. Conoce bien las montañas.

El espatario arrugó la frente, perlada en sudor. Aquello complicaba la misión.

—¿Qué crees que hará Alqama? —Formuló en voz alta la pregunta que resonaba en su mente.

—En cuanto pueda, tratará de marchar al norte —respondió Munio—. A los pies de los lagos, hay una llanura y, desde ella, podría tomar una senda hacia la costa.

—Elacio lo impedirá —dijo el espatario—. Confiad en él. ¿A dónde crees que se dirigirá entonces?

—Ascenderán por el camino, más allá de los lagos —replicó Munio—. Hay pasto para los caballos y un buen número de brañas donde pasar la noche.

—¿Qué vamos a hacer? —inquirió Ramiro, y Fruela alzó la vista, hacia el cielo encapotado. Un fuerte viento soplaba desde los picos, el frío cortante le llegaba hasta los huesos. Estimó un par de horas antes de que anocheciera y se desatara una tormenta.

Hacia el crepúsculo, observaron a la columna sarracena avanzar por una inmensa vega. Una enorme explanada entre las montañas, surcada por un arroyo. Unos destellos surgieron del bosque que cubría una elevación más al norte.

—Elacio…, viejo zorro —masculló Fruela, sonriendo.

El veterano bucelario había dispersado a sus hombres en la arboleda del collado que separaba la explanada del valle que conducía a la costa. Con las armas pulidas, orientadas hacia el sol poniente, para arrancarle destellos y confundir a los sarracenos. En ese momento, la columna de Alqama se detuvo, y pudo intuir sus temores: aquel angosto puerto de montaña suponía el lugar idóneo para una emboscada. Aunque la hueste de Elacio fuera demasiado reducida como para siquiera planteárselo, era algo que su enemigo ignoraba.

Acomodado entre las rocas, Fruela aguardó paciente. Hasta que, al fin, la columna agarena comenzó a ascender por la senda que conducía a poniente y atravesaba las montañas.

—Enviad un mensajero a Elacio —ordenó el espatario—. Que siga hostigándolos por el norte.

—¿Nosotros qué debemos hacer? —dijo Munio.

—Quemadlo todo.

Una hora después, las cabañas y los cobertizos de pastores refulgían en la noche, engullidos por las llamas, iluminando los pastizales. El fuego rugía y siseaba al contacto con la lluvia que empapaba los riscos. No sería una noche agradable para la hueste de Alqama.

Los norteños se refugiaron en las brañas que rodeaban los lagos mientras aún jarreaba. Fruela extendió la manta en una angosta cabaña de mampuestos y techumbre pajiza. Hallaron leña seca junto a los hogares, encendieron un fuego, se prepararon unas friegas para los agarrotados músculos. Apenas contaban con provisiones, aunque al menos pudieron cenar caliente. El espatario devoró unas gachas con los dedos y se los chupó al terminar, tras lo cual apuró el contenido del odre.

Más allá de los gruesos muros de piedra, resonó un trueno lejano. La pernocta no sería agradable para los agarenos, sin más techo que los toldos tendidos entre las peñas.

—Debemos elegir un lugar para la emboscada —le dijo a Munio.

—Tienen caballos —le advirtió Ramiro.

—No por mucho tiempo —declaró el lebaniego—. Deberán descender a la garganta del Cares y, desde allí, recorrer el curso del río hacia el mar.

Incluso con la agradable proximidad de la hoguera, aun abrumado por el cansancio, pasó tiempo antes de que Fruela pudiera dormir. Se revolvía bajo la manta andrajosa, deseando que su mente se sintiera tan derrotada como el cuerpo. Los temores sobre Nuñabella e Hilduara le atormentaban. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, contra el muro, para sofocar tales pensamientos. Hacía rato que los demás estaban dormidos, acurrucados en el suelo, y se sentó para escrutar las llamas.

El amanecer asomó sobre un horizonte aserrado, proyectando lúgubres sombras entre los picos, a través de un cielo nublado. Sintió a Munio a su lado, calentando un mendrugo ante el fuego.

—¿Sanan bien tus heridas? —le dijo su primo, y él se llevó la mano al pecho. Aún le dolía al respirar.

—Lo hacen —mintió, con voz ronca, consciente de su lamentable aspecto.

El desayuno fue un trago de agua y la oportunidad de estirar las piernas.

Aquella persecución no sería una prueba de fondo, sino la suma de carreras cortas. Tras reunir a todos los hombres dispersos por las brañas, se echaron los petates a la espalda para reanudar la marcha antes de que despuntase el alba.

—¿Cuándo prepararemos la emboscada? —le preguntó Ramiro.

—A mediodía, cuando lleguemos al lugar —respondió Fruela, y después añadió—: Tengo una misión para ti. Necesito un buen arquero.

El muchacho echó mano a la pieza de tejo que llevaba en una funda de cuero a la espalda.

La lluvia, arrastrada por el vendaval, les azotaba el rostro mientras trotaban entre las peñas. Atravesaron un laberinto de brezos y roca quebrada, para comenzar una dura ascensión remontando un collado tras otro. El sudor empapaba el cabello pajizo de Fruela y corría por su rostro, cegándole. Un cuchillo mellado se hundía entre sus costillas cada vez que inspiraba. Debía seguir adelante, mantener ese ritmo implacable, bajo el repiqueteo constante de la impedimenta, a cada zancada, con las correas del petate y el tiracol del escudo llagándole los hombros.

Los batidores regresaron de vanguardia. Rebasado el último collado, ante ellos un vallejo descendía a través de lomas y prados. Fruela apretó el paso hasta que un abismo se abrió ante él.

El aguacero castigaba a la columna de moros que ascendía por la senda de montaña, convertida en un arroyo embarrado, a medida que los caballos batían la tierra. Sujetando al suyo por la brida, Alqama se detuvo bajo el resguardo que le ofrecía una cresta. Escudriñó el valle que se abría ante él, y después al centenar de jinetes. Las bestias avanzaban penosamente, con las cabezas gachas. Guzmán se sacudió el agua del manto para presentarse ante el caíd.

—¿Qué hay de nuevo? —le preguntó Alqama.

—Estamos cerca… He visto pisadas recientes, casi ocultas. Sin duda, montañeses. —El guía nativo fruncía el ceño, y escrutó las cumbres circundantes—. ¿Regresaron ya los exploradores?

El comandante sarraceno negó con la testa. Habían perdido media docena de hombres desde que iniciaron aquella descabellada huida a través de las montañas. El enemigo parecía apostado en todas partes, los muqātila temían abandonar la columna de marcha. A ese ritmo, en tres jornadas habría perdido a la mitad de su hueste.

El caballo de Alqama resopló y se detuvo, con las orejas alzadas, cuando el guía los condujo hacia la pendiente en la que desembocaba una depresión entre paredes rocosas.

—Maldita sea —masculló el caíd.

Una vez alcanzada la otra vertiente, el valle descendía abruptamente hacia una profunda garganta hendida entre las colosales peñas.

—Amossa —le indicó Guzmán, señalando una inmensa mole de roca ajada, más allá de la hendidura por la que, dos mil pies más abajo, fluía el río, invisible desde aquellas alturas. Más allá de una terraza rocosa, el descenso por la canal libraba un desnivel con una fuerte pendiente, a través de un sinuoso sendero de piedras sueltas, tierra y roca firme, que desaparecía de la vista.

—¿Y los caballos? —inquirió Ibn Ja‘far, boquiabierto.

Alqama saltó del suyo, extrajo la espada de la funda y, tras dedicar un vistazo a su subalterno, descargó un tajo en el cuello de la bestia. La montura de guerra comenzó a revolverse y a cocear, aterrado por el dolor, y el hedor de su propia sangre. El caudillo sarraceno tiró de las riendas con violencia, el bocado se clavó en el paladar del espantado animal y le forzó a doblegarse. Cuando la vida se derramó sobre la hierba, permaneció inmóvil, y Alqama recogió el escudo y la saca atada a la silla de montar.

—Los dejaremos aquí.

Árabes y barbar protestaron al escuchar la orden de sacrificar sus valiosas monturas.

—Mi caballo me ha acompañado desde que era un potro —declaró un jefe barbar.

—En tal caso, puedes quedarte con él —le espetó Alqama—. Sin duda, nuestros enemigos serán indulgentes contigo.

Por un instante, la lealtad pendió de un hilo. Ante la incontestable amenaza de sus perseguidores, de mala gana los guerreros hicieron de tripas corazón y degollaron a sus purasangres. La atención del caíd no abandonaba al barbar descontento.

—Vigila a Gwafa —dijo a Ibn Ja‘far, y él asintió.

Antes de iniciar el descenso por la abrupta senda, hacia las mismísimas entrañas de la tierra, Alqama se giró hacia atrás, para dirigir una última mirada a los cadáveres de las bestias. Aquella decisión suponía una derrota.

Otra más, que se sumaba a la emboscada en el Auseva. Debían abandonar las montañas, llegar a la antigua vía que recorría la costa y refugiarse tras los muros de Gegione, antes de que la rebelión se propagase por el norte.

La lluvia helada hacía del sendero una torrentera. Los muqātila ignoraron el vértigo, centrándose en el angosto camino, ocupados en dar la siguiente zancada al borde del abismo. Un paso en falso y rodarían por la abrupta pendiente hasta despeñarse.

Después de dos horas de denodados esfuerzos, los muslimes alcanzaron un camino de tierra batida que dominaba el curso del río, entre dos colosales murallones de roca. Engullidos por la tierra, el cielo se había convertido en una estrecha franja de claridad sobre sus cabezas. Una manada de rebecos huyó ante la irrupción de los moros, entre encinas, brezos y el río agitado en un caos de espuma blanca.

—¿Qué encontraremos río abajo? —preguntó Alqama.

—Una confluencia con otros dos valles, en forma de tridente —respondió Guzmán—. Un par de arroyos llegan del este y conducen a una depresión que desciende hacia Libana. Debemos marchar junto a este río hacia la costa.

Alqama envió a media docena de hombres para que reconocieran el terreno.

En aquella garganta, se hallaban ante el peligro constante de emboscada, el adusto semblante de Ibn Ja‘far resultaba elocuente.

—Pronto estaremos de regreso en Gegione —le dijo el caíd—. ¿Te espera la pelirroja de esa aldea…?

—Me temo que no —replicó el subalterno—. En Flavionavia… empezamos a empalar los cuerpos, a amputar las manos y, bueno…, una cosa llevó a la otra.

—¿Le cortaste las manos y la violaste?

—Debería haberlo hecho en ese orden —comentó Ibn Ja‘far—. La muy zorra me arañó. ¿Ves esa cicatriz sobre el ojo? Es obra suya.

Los batidores los aguardaban en un vado, frente a la confluencia con el angosto valle que ascendía hacia poniente. Una tosca hilera de rocas permitía acceder a la otra orilla, después de una decena de pasos y sumergirse hasta la cintura. Alqama hizo un gesto a sus hombres. Dirigidos por Ibn Ja‘far, los maulas comenzaron a vadear el cauce, mientras los muqātila aguardaban su turno. Antes de que el grueso de la columna pudiera alcanzar el lado opuesto, el sonido de un cuerno resonó entre las peñas.

Una hueste de norteños surgió de la espesura.

—¡Replegaos! —gritó Alqama con voz ronca, y Guzmán, siempre vigilante, obedeció sin demora.

Todo sucedió en un instante. Los montañeses eran pocos, apenas podían mantener una lucha sostenida. Saltaron sobre la vanguardia agarena mientras cruzaban el río. Los scramas buscaron la carne desprotegida, obteniendo sangre y gritos hasta que el aire se impregnó con el hedor de la muerte. Había muchas cosas que Ibn Ja‘far había aprendido a controlar. La rabia no estaba entre ellas. Cargó contra el líder enemigo, un guerrero de cabello blondo bajo un yelmo pavonado, armado con una espada baylamānī

de empuñadura áurea.

Con el agua a la altura de las rodillas, ambos guerreros tajaron a una velocidad cegadora. Las dos espadas sarracenas eran un borrón oscuro.

Cada parada suponía un golpe; cada golpe, una parada. El espatario se llevó una mano al pecho al sentir una lacerante sensación al exhalar el aliento.

Evitó la hoja mortal del agareno, bloqueaba cortes y desviaba estocadas.

Ibn Ja‘far parecía disfrutar del combate. La sonrisa aviesa jamás abandonaba su rostro. Se abalanzó sobre su enemigo con una precisión letal. El líder cristiano trató de mantenerse alejado, de librar esa danza mortal fuera del alcance del acero de Damasco. No se deleitaba en la lucha, la afrontaba como una sombría necesidad. Cargó el peso en la pierna izquierda, fingiendo caer. Desde la otra orilla, Alqama pudo reconocer la finta. Alentado por la promesa del triunfo, Ibn Ja‘far cayó en la trampa. La hoja baylamānī segó el espacio entre ambos y le amputó el antebrazo.

El preámbulo de una estocada mortal.

Con un horrendo grito, Alqama instó a los muqātila a cargar. Cuando los árabes alcanzaron la otra orilla, los montañeses se retiraban. Un devastador golpe de mano contra la vanguardia musulmana, para después huir monte arriba. El espatario hizo sonar el cuerno, pero un joven arquero se negó a replegarse. Delgado, de complexión fibrosa, con la musculatura del pecho y los hombros como testigo de las muchas horas tensando el arco.

Alqama vio cómo apuntaba con su arma de tejo hacia él, ignorando a los sarracenos que se le echaban encima. El caíd se protegió con la adarga, en el preciso instante en que la flecha salía disparada. Apenas un latido para verla llegar, y pasar a unas pulgadas de su mejilla. Ha fallado, se dijo, justo antes de escuchar el grito. Al mirar por encima del hombro, descubrió a Guzmán, el guía, desplomándose con la saeta atravesada en la garganta.

Otro latido después, el arquero recibió una lanzada en el pecho. A través del caos del combate, Alqama dirigió una mirada al líder enemigo. El espatario respiraba con dificultad, sostenía una espada ensangrentada; le dedicó una expresión muerta y, a pesar de todo, decidida.

—¡A la derecha! —rugió Alqama, y los muslimes comenzaron a remontar el valle hacia poniente, abriéndose paso a punta de espada, bajo un aguacero de dardos. El caudillo sarraceno caminó hacia Ibn Ja‘far, tumbado sobre el pedregal, con el brazo amputado y una brecha en el pecho.

—Alqama —balbució, con el gorgoteo de un pulmón anegado en sangre—, date prisa.

El caíd besó la frente húmeda de quien había sido más que un compañero y, echándole la cabeza hacia atrás, murmuró una oración. Extrajo el cuchillo largo que siempre llevaba consigo y se lo clavó con mano firme en el corazón, liberando su alma a la Yanna.

Alzó la vista, para contemplar las colosales peñas que los rodeaban, cubiertas de encinares impenetrables. Con el camino hacia la costa cerrado, se habían quedado sin guía. A partir de entonces tendrían que marchar a ciegas.

El agotamiento finalmente le alcanzó. Las piernas ya no podían sostenerle, la vista se nublaba, y a punto estuvo de desplomarse. No llegó a caer: unos brazos le aferraron de los hombros, y Fruela logró apoyarse en una roca.

Habían remontado el angosto vallejo. Coscojas y encinas se volvían más densas a medida que ascendían, obligándolos a abrirse paso con los

scramas. Después, atravesaron un inmenso robledal, sin detenerse hasta mediada la tarde.

—¿Cuántos hombres hemos perdido? —preguntó el espatario.

La sangre fluía bajo su empapado vendaje del torso; se sentó encorvado en la roca. Munio se acomodó a su lado, escrutando el bosque más allá de la loma.

—Doce, entre muertos y heridos —respondió—. Ellos habrán perdido el doble.

—¿Y Alqama?

—De camino a Libana —aseguró Munio—. Ramiro pudo matar al guía, siguiendo tus órdenes. Tarde o temprano, los moros bajarán al valle. Hemos tomado un atajo.

—Si forzamos marchas, llegaremos antes y pondremos a nuestras familias a salvo —aseguró Fruela, poniéndose en pie.

Su primo entrecerró los ojos, con el escepticismo pintado en el rostro. Los pulmones de Fruela sufrían a cada inspiración, sentía los miembros débiles, desconectados del resto del cuerpo, demasiado cansados para sostenerle.

—Dilo de una vez —masculló Fruela.

—Tienes que quedarte aquí —le dijo Munio.

—No.

—Dejaré un par de hombres para que te atiendan.

—No.

—Marcharemos más rápido sin ti. Harás que nos retrasemos.

—No —insistió él—. Puedo seguir el ritmo.

—Tu elección… —respondió Munio, sombrío—. Ya sabes el dicho…

—La montaña se lleva a los débiles.

Devoraron, a toda prisa, los últimos restos de tocino que conservaban, y, al hacerlo, el hambre arañó sus entrañas. Comenzaron a trotar monte arriba, a un ritmo despiadado. El espatario tuvo un pensamiento para Ramiro.

A veces la mente decide por sí sola, ignora las emociones y deja que la parte racional asuma el mando. Un arma de doble filo. La guerra nos fuerza a tomar decisiones que, en otras circunstancias, nos destruirían, y ahí es cuando ese estado resulta necesario. Sin embargo, también acarrea un precio, una vez que las consecuencias te golpean en el rostro como un mazo. Fruela conocía bien el dolor y la culpa, eran viejos amigos. Había estado en más batallas de las que podía contar. Conocía bien la pérdida; la de su maestro de armas, ese verdadero padre que jamás tuvo, y también la de su mejor amigo. No estaba seguro de cuántas nuevas víctimas sería capaz de afrontar.

—Siempre lo has sabido —le dijo Munio—. Desde aquel día.

—¿Qué he sabido? —contestó, a sabiendas de que su primo era capaz de leer sus emociones.

—Que no habrá vida sin muerte, sin sacrificio, desde el Lago.

Sin dejar de trotar, Fruela se examinó las manos, todavía manchadas de sangre. Las uñas, llenas de mugre, clavadas en las palmas, tratando de sentir algo, cualquier cosa salvo el vacío. Algo dentro de sí había muerto. Desde que le trajeron de regreso de la muerte, tras sufrir una herida en el cráneo. A veces, desearía haberse quedado allí. Otras veces, su esposa le observaba con inquietud, y ni siquiera Munio le miraba a los ojos, como si temiese lo que encontraría allí. Pensó en su hija. Durante años, había buscado su alma, creyendo que no tenía, y descubrió que sí existía, aunque ya no era suya.

Pertenecía a una criatura nacida de él.

Un regalo de su mujer. Ambas eran lo único que, paso a paso, una agonía tras otra, le impulsaban a caminar.

Rebasada la loma, iniciaron un descenso hacia el fondo del valle, y después ascendieron por una nueva pendiente. Durante un breve descanso, encontraron un puñado de raíces que llevarse a la boca, y Fruela bebió del arroyo de montaña. El agua tan gélida que dañaba la lengua y más limpia que cualquier cosa que hubiera probado jamás.

Hacia la diestra, hacia poniente, distinguieron una hilera de figuras avanzar por el collado.

—Alqama —masculló Munio.

Retomaron la marcha, a través del sendero paralelo al río. Lo peor había pasado, le recordó su primo. Más allá del fondo del valle, cruzaron los puertos de Áliva, praderas entre dos macizos montañosos. Para entonces, Fruela apenas sentía el cuerpo, helado a pesar de la tibieza del sol, como si corriese desnudo en una tormenta de nieve. Casi lloró al contemplar a Libana: una colosal y frondosa olla surgió ante sus ojos cuando dos murallas de roca se abrieron ante él.

—Al fin en casa. —La voz de Munio se perdió como un suspiro en el viento.

Una senda descendía junto al arroyo, a través de un terreno boscoso.

Corrieron junto a los márgenes del río, entre robledales y hayedos. Fruela tropezó con una roca, cayó de bruces al suelo, el aliento se le escapó de los pulmones y su corazón se encogió de terror. No me quedan fuerzas, se dijo, aterrado; no podré levantarme. Había una grieta en todo, incluso en su mente, y por ella habían entrado sus demonios.

—Levántate —le dijo Munio, con los dientes apretados. Arrojó la mochila, las armas, el escudo, y le tiró del brazo para cargar con él. El espatario recordó su promesa de proteger a su familia; a duras penas se puso en pie y logró dar un paso.

La esencia de la guerra no son grandes gestas, cargas de caballería, duelos heroicos. Todo reside en, llegado el momento, dar un nuevo paso. Dolor en los músculos al tensarse. Un paso. Dolor en las costillas, un humor sanguinolento entre los labios. Otro paso más. La imagen de Ramiro

ahogándose en su propia sangre. Un nuevo paso. Una punzada en el pulmón, el aliento arañándole la garganta. Un paso más.

En los poemas, los héroes luchan hasta el último aliento, extraen fuerzas de un caudal insondable. En el mundo real, las fuerzas te abandonan, hasta lo más profundo de los huesos. Olvídate de pensar. La mente se llena de lagunas, malvives en un recuerdo. A veces estás ahí, otras veces no. Una idea aflora en tu mente, no puede hallar el camino hacia otra y, simplemente, muere. Fruela creyó ver Causegaudia, las cabañas apiñadas a los pies del pico Jano. Cuervos alzando el vuelo, el sonido de sus pasos en los tablones del puente.

Y después, la nada.

Por un instante se sintió ahogado en humo, después se disipó, reemplazado por el hedor de las heridas repletas de gusanos. Unas manos heladas surgieron de la oscuridad, tratando de arrastrarle hacia una sima insoldable, donde se amontonaban los cadáveres. No podía abrir los ojos por más que lo intentara.

«Nos mataste», siseó una voz. «Por tu culpa estamos muertos».

Reconoció a Ramiro, con el rostro pálido, macilento. Los labios de Fruela no pudieron separarse para formar palabras. Alguien aulló de dolor, otro alguien sollozaba.

Deberías estar con nosotros.

Una nueva voz irrumpió en el vacío, como la luna nueva en una noche sin nubes. Quiso abrir los ojos, permanecían obstinadamente cerrados. Al fin gritó de terror, incapaz de zafarse de las manos pútridas que le atenazaban.

—¡Fruela!

Un jadeo abandonó su pecho al despertar. Parpadeó, una figura borrosa se formó ante él. Apenas pudo distinguir los labios moviéndose. Una dolorosa

bocanada de aire se adentró en sus pulmones.

—Cálmate —le dijo una voz de mujer, y le empujaron contra el lecho.

Una violenta tos le estremeció, surgida de su garganta reseca, un dolor ardiente le llagaba las costillas. Se descubrió en el interior de una choza, ante una hoguera. A través de los resquicios de la puerta entraba la luz del mediodía. Hilduara, sentada a su lado, le miraba con ojos vidriosos.

—Papá. —Nuñabella sonreía. Había perdido un diente. Pudo al fin abrazar a su hija, sentir la suavidad de su cabello en la mejilla. Cuando los brazos de la niña le apretaron el pecho, una nueva punzada de dolor le atravesó el torso.

—Tienes fisuradas dos costillas. —Hilduara fruncía el ceño sobre unos ojos negros, preocupados. Juntó las manos sobre su abultado vientre. Estaba encinta. Fruela gimió de dolor al incorporarse y extendió la mano para percibir la vida que latía en su interior. Apoyó la frente en la de su esposa, saboreando la dicha, y ella rio al llorar, o lloró al reír.

Permanecieron juntos una eternidad, los tres abrazados, hasta que Fruela se dio cuenta de que no estaban solos. De pie, junto al lecho, Monnia abrazaba a su marido y, junto a su primo, descubrió a Eusebia, la esposa de Maurano.

Los ojos grises de la matrona brillaron y el rostro del espatario se ensombreció, asaltado por el recuerdo de la muerte.

—Tu esposo… —dijo, y exhaló el aliento. Por un instante, el silencio fue la respuesta. Después, la viuda se envaró al contestar:

—¿Cómo?

Él sacudió la cabeza con vehemencia y la observó, con esa aciaga sensación que se había vuelto tan familiar alojada en el estómago.

—Como él habría querido —aseguró, y Eusebia asintió, complacida y desolada. Sin duda había llorado la pérdida de Maurano, mas la tristeza dio paso a la ira:

—Los moros llegarán en unas horas. Debemos reunir al concejo de los valles.

Poco después, Fruela aguardaba sentado en una estancia repleta de rostros cansados. La casa larga de Causegaudia estaba ocupada por mujeres, muchachos y ancianos, en representación de cada aldea o linaje. Algunos habían perdido un hermano, otros un marido o un hijo. Toda Libana guardaba luto por los caídos.

La sidra que sirvieron resultaba agria; al tomar un sorbo, Fruela hizo lo posible por evitar una mueca. Manzanas verdes, supuso, recogidas antes de las primeras heladas de invierno. Tan inmaduras que sólo servían como fermento, las provisiones de aquel funesto año habían sido enviadas a las huestes de Pelayo. Mientras los hombres combatían lejos, las mujeres habían liderado la supervivencia entre las ruinas de la civilización; una isla de cordura dentro del caos reinante.

El espatario alzó la vista cuando sintió la mano de Hilduara en el muslo.

Las llamas del hogar arrojaban una luz mortecina sobre las mujeres sentadas en torno al escaño del señor de Causegaudia, ocupado por su viuda. Rostros femeninos y avejentados ocultos entre las sombras. Entre ellos reconoció a Gaudiosa, la esposa del princeps astur.

—¿Dónde está Ermesinda? —le preguntó Fruela, al verla sola.

—Mi hija… marchó, acompañada por Baldomero.

—¿Adónde?

—Quería reunirse con tu hermano —contestó la matrona, encogiéndose de hombros, en un gesto fatalista.

Pelayo me va a matar, reflexionó Fruela, asaltado por otra repentina jaqueca.

—Os agradezco vuestra presencia. —Eusebia les dio la bienvenida—. Una hueste sarracena pronto irrumpirá en el valle. Por ese motivo mi hijo os ha convocado.

—¿Cuántos? —dijo alguien.

—Unos cincuenta —respondió Munio—. En Cova d’Onnica dejamos a la mitad de los hombres del valle, entre muertos y lisiados. Elacio se quedó atrás, al mando de una veintena. Del resto, una tercera parte están heridos o exhaustos. Apenas tenemos hombres en condiciones de empuñar armas.

Debemos refugiarnos en el pico Jano. Esperar a que los agarenos atraviesen el valle y se larguen. Se contentarán con devastar las granjas y aldeas, e incendiar nuestros campos.

Desde tiempos remotos, la mejor defensa ante una incursión hostil había sido reunir a la población dispersa para refugiarse con sus enseres y rebaños en alguna cumbre. En la sierra que dominaba Causegaudia había un antiguo castro, donde se construyó una torre de vigilancia. Siguiendo la línea de cumbres, se alzaba una atalaya en el monte Subiedes. Sin duda, los musulmanes tomarían el camino junto al margen del Deva, a los pies del Subiedes, en dirección a las aldeas de Pautes y Flevenia, antes de adentrarse en el desfiladero que conducía a la costa.

—No voy a consentir que los asesinos de mi esposo salgan con vida de Libana —declaró Eusebia.

El espatario a punto estuvo de romperse la crisma contra la viga cuando se levantó del escaño. Sentado a su diestra, Munio aferró el brazo de su madre.

—¡No te…! —comenzó a decir, y Eusebia le cruzó el rostro de una bofetada. El hombretón se llevó la mano a la mejilla, pasmado, y después se dejó caer sobre el asiento. Se impuso un silencio sepulcral en la casa larga.

—Todas hemos perdido a hijos, maridos y hermanos —dijo Eusebia, recorriendo el salón con la vista—. Ellos dieron su vida para defender esta tierra, para mantenernos a salvo. No me quedaré de brazos cruzados mientras devastan el valle que murieron por defender. No admitiré que, por haber nacido mujer, mi vida valga más o menos que las suyas.

—Nosotras tampoco —dijo Monnia mirando a su esposo.

Un muro de rostros sombríos asintió, uno tras otro; Eusebia inspiró hondo y se puso en pie:

—Reunid a los muchachos que ya se hayan afeitado y a los ancianos que puedan sostenerse sin ayuda de un bastón —ordenó la matrona—. Y ahora escuchadme…

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