Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 15 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XIV

La comitiva cabalgaba en silencio. Fruela encabezaba la marcha junto a Munio, seguidos de Hilduara con la niña y una veintena de cántabros.

Mantos oscuros, túnicas zurcidas, rostros cuarteados por la intemperie, armas a la cintura y el perenne olor del ganado con el que convivían. Gente austera, con la que se podía compartir el silencio y a la que podías confiar tu vida.

De nuevo, Fruela se hizo una pregunta, sencilla sólo en apariencia: «¿Qué soy?». A pesar de haber reclamado su linaje godo durante toda su vida, en su fuero interno asociaba aquellas montañas y a aquellas gentes con el hogar.

Un requiebro de la senda y rebasaron el collado.

—La señal —ordenó Munio.

Uno de los montañeses hizo sonar un cuerno y la bruma vomitó una respuesta. Sobre una cresta, al otro lado del nuevo valle, una fortaleza de troncos vigilaba la garganta del Deva a mil doscientos pies sobre el río.

Una vez rebasado el picacho donde se alzaba el baluarte roquero, descendieron por una sinuosa senda hasta la aldea de Flebenia, en un vallejo surcado por un arroyo tributario del Deva. El río de la diosa fluía entre dos murallones de roca que se perdían entre la bruma a cientos de pasos sobre sus cabezas. La comitiva cabalgó en silencio por una senda orillada a la ribera, un laberinto de piedra esculpido por el agua creando afiladas crestas, cuevas y gargantas, ventisqueros y canchales. Aquel desfiladero de trece millas, una angosta hendidura entre las montañas, suponía el mejor acceso a Libana, la comarca de su familia materna.

—En Libana estaréis a salvo —les dijo Munio—. Ningún sarraceno osará cruzar el desfiladero.

—Tarde o temprano lo harán —masculló Fruela—. El tipo al que incrustaste el hacha trabajaba para Opas.

Munio arrugó la frente.

—No habría estado de más interrogarle.

—Poco importa ya. Wilfredo quería ganarse el favor del obispo metropolitano llevándonos a Gegione encadenados. También le oí decir que Munuza pretende capturar a Pelayo… Hay un traidor entre sus hombres.

—Desde su regreso —dijo el cántabro— Pelayo ha andado en tratos con Munuza para que le devuelva a su hermana.

—¿No ha organizado una revuelta?

—Prefiere recurrir a la diplomacia: el moro tiene a la moza como rehén. —

Después añadió—: Las haciendas de Pelayo se hallan en Veranius y Tentiana, no muy lejos de Gegione.

—Demasiado expuestas en caso de guerra.

—Aun así, se ha convertido en una molestia —señaló Munio—. Como hijo del antiguo duque de Gallaecia, aún cuenta con apoyos entre los astures.

—¿Su esposa, Gaudiosa, aún está en el valle?

—En su hacienda de Bores —declaró el montañés.

La mujer de Pelayo había nacido en Libana, por ello supuso que habría buscado la seguridad del valle.

—Debo advertirle de la encerrona —dijo Fruela—, para que informe a Pelayo.

Las colosales paredes de roca se abrieron a ambos lados del camino, como la puerta a otro mundo. Libana suponía una gran hoya entre colosales peñas de roca caliza. Las morrenas del monte Vindio protegían del cierzo los campos de cultivo, el Deva regaba aquella aislada comarca y sus afluentes

creaban un tridente de valles, poblado de viñas y campos de cereal, desconocido en cualquier otro lugar del cantábrico.

—Llegaremos a Causegaudia al anochecer —anunció Munio.

Cabalgaron hacia el sur. El monte la Viorna se erguía ante ellos, imponente, y a sus pies el Deva se unía con sus dos tributarios. En la aldea de Pautes hallaron cabañas adornadas con ramas de laurel para atraer la fortuna y conjurar a los espíritus del bosque. Hachas de piedra sobre los dinteles para alejar al trueno, símbolos astrales tallados en las jambas. Observaron las tortas y el vino depositados en las fuentes, para ofensa de Jesús y los santos mártires.

En una senda de la Viorna, una pareja de monjes descendía del monasterio de San Martín de Turieno. El abad caminaba con el ánimo sombrío: tan sólo ocho lugareños habían acudido a la eucaristía y no contaba con más ayuda que el novicio de dieciséis años.

—Hay cosas terribles en el bosque —le dijo Jerónimo en el camino.

El abad contempló el ermitorio rupestre perdido en el inmenso robledal.

Aquella noche habían creído escuchar el susurro de las brujas en la abertura de su celda, y recitó un padrenuestro para exorcizar la morada excavada en la roca. En la sede episcopal de Astorga se pensaba que las gentes de Libana eran poco mejores que las bestias, pues vivían rodeados de poderes arcanos que acechaban en los bosques, donde las hechiceras recogían beleño para sus artes impías.

—Somos cristianos, vivimos bajo la gracia y la protección del Altísimo —

respondió el abad—. No debemos temer a ningún espíritu del bosque, ni a las janas, ni a las lamias. Dios nos protege.

—No sé si su poder llegará hasta el bosque —comentó el muchacho—. Tal vez fue allí adonde desterró a los demonios y hoy aguardan al día del Juicio Final. El día del horror, de la amargura… Disculpad, padre.

El monje sonrió restándole importancia. El muchacho había huido de Recópolis con sus padres dejando atrás atrocidades sin cuento y ciudades

devastadas. Se decía que el Juicio final era casi inminente, ya que tendría lugar ochocientos años después de la natividad de Cristo.

La pareja de monjes vio llegar a una columna de jinetes. En vanguardia cabalgaba un guerrero de cabello blondo y con una horrenda cicatriz en el rostro. Sonrió al verlos y frenó al semental tordo; tintineó la brida y crujió el atalaje. A su lado, un montañés corpulento tiró de las riendas. La comitiva se detuvo. El jinete entornó la cabeza y sus ojos grises se clavaron en el abad. La sonrisa se hizo más amplia.

—Baldomero… Qué sorpresa verte con hábitos.

—¿Fruela? —respondió el abad.

El aludido descabalgó y se plantó ante él con los brazos en jarras, y ambos se abrazaron.

—¡Hilduara! —exclamó el clérigo—. Tenéis una hija preciosa… Gracias a Dios se parece a la madre.

—Nos dirigimos a Causegaudia —le dijo Munio—. Vente con nosotros a festejarlo.

El abad aceptó la invitación, encantado, y envió a Jerónimo de regreso al cenobio para informar de su ausencia. Baldomero procedía de una familia cristiana que había huido de Siria tras la conquista islámica. A pesar de su decidida vocación religiosa, su padre le había buscado acomodo en la corte, y acabó en la guardia de los reyes godos. Junto a Fruela había luchado en la batalla del lago, y después le acompañó al norte, para salvaguardar un puñado de códices que logró salvar de la biblioteca palatina de Toletum.

Tras vestir los hábitos, se había hecho cargo de aquel monasterio en un valle abandonado de la mano de Dios.

Fruela admiró su aspecto mientras cabalgaban hacia el fondo del valle.

—La guerra te ha tratado bien.

—Sólo algo mejor que a ti. —El monje escrutaba las heridas del espatario

—. Este es un buen sitio para vivir. Hay quien dice que, si bien Dios nos expulsó del paraíso, al menos nos dejó Libana.

Baldomero dirigió una mirada diáfana a la cicatriz que le desfiguraba el rostro. «Sé lo que hiciste», le dijo sin palabras: «matar a Sisberto». Fruela no respondió. Tampoco era necesario, no le quedaban más silencios que decir.

—La guerra no trata bien a nadie —masculló al cabo.

—Cuando la civilización se desmorona y no existen leyes —opinó el clérigo—, muchos hacen lo que antes no se atrevían a hacer por miedo al castigo. Otros se comportan como el héroe que siempre desearon ser.

—¿Y cuál es nuestro yo verdadero? —reflexionó el espatario—. ¿Ese que permanecía oculto o el que decidimos ser?

El abad sonrió ante las inquietudes de su antiguo amo.

—Sólo cuando los actos se entrelazan con ilusiones surgen los héroes —

dijo Baldomero—. Pero no dejes que los ideales te confundan. A veces son sólo una excusa para coquetear con la muerte, o para cortejarla de forma abierta.

A la izquierda se alzaba el monte Subiedes, con las laderas teñidas de esmeralda por un enorme bosque de encinas, robles, tilos y fresnos.

Siguieron remontando el Deva hasta alcanzar un recodo a los pies del pico Jano, en cuya falda se hallaba una aldea de techos de paja pútrida, cubiertos de musgo y hiedra. Causegaudia no contaba con murallas de piedra, ni siquiera con una empalizada; su mejor y única defensa eran las colosales montañas que rodeaban al valle.

Ascendieron por la senda embarrada y los vecinos les abrieron paso hacia la casa larga. En la puerta los aguardaba un grueso montañés entrado en años, con el rostro oculto por una barba grisácea.

—Dicen que la cabeza de Fruela vale su peso en oro —gruñó el anciano al verlos llegar.

—Está hueca —le espetó Munio—, no vale nada.

El viejo estalló en carcajadas.

—Dame un abrazo, hijo de puta.

Las costillas del conde rechinaron cuando Maurano le estrujó como un oso, y una punzada de dolor afloró en la herida del costado. Sintió su fétido aliento en el rostro, rancio como el de una bodega. Su tío había pasado la tarde empinando el codo, como de costumbre, y sin duda buena parte de la mañana.

—¿Está herido? —Eusebia, la esposa de Maurano, había salido a recibirlos.

Menuda, de manos gráciles y los miembros delgados como varas de avellano. El cabello castaño, encanecido, colgaba en rizos en torno a un rostro severo.

El espatario miró hacia abajo y se percató de su deplorable aspecto, la herida del costado toscamente vendada, los nudillos magullados, la sangre mezclada con barro en los cortes de las calzas.

—Una lanzada —respondió.

La matrona se acercó al guerrero y, al contemplar el pálido rostro de Nuñabella, le apartó a un lado.

—Entrad —dijo Eusebia—, debemos acostarla.

La dueña de la casa los condujo a un interior de muros pintados con símbolos paganos, bajo una techumbre de centeno. El cuarto se hallaba tras un tabique de madera y tapial. Desnudaron a la niña, que aferraba con fuerza su muñeca, y le dieron de beber una infusión de corteza de sauce.

Exprimieron un trapo húmedo sobre la rojez de su frente, que goteó por las mejillas como si fueran lágrimas. Aquella imagen era más de lo que Fruela podía soportar, y tuvo que retirarse.

Sólo cuando la niña quedó dormida la matrona le prestó atención.

—Siéntate —murmuró Eusebia, y, sin esperar una respuesta, le despojó de la túnica y la camisa de lino. Descubrió un cerco de sangre en torno a la herida.

—No es profunda —dijo Hilduara—. Apenas una pulgada.

—¿Te duele al respirar?

Él sacudió la cabeza y escuchó el tintineo de una palangana sobre la mesa.

El agua se derramó por el costado cuando su esposa le pasó un paño.

—Eso es bueno —dijo la anciana mientras le palpaba el pecho—. No tienes ninguna costilla rota.

El espatario aguardó paciente mientras las dos mujeres le cosían la brecha del cráneo y la herida en el costado. Aplicaron ungüentos en la mordedura del antebrazo y, después, Fruela se incorporó con dificultad para vestirse, mientras ellas recogían el instrumental médico.

—Debe de ser duro ver peligrar la vida de tu esposo —murmuró Eusebia.

—Querían llevarnos a Corduba. A las dos.

Una tensión en la mandíbula de la matrona, que después se giró hacia la niña, que abrazaba a su muñeca en el lecho.

—Aquí estaréis a salvo.

Maurano quiso organizar una fiesta en su honor, a la que acudieron las gentes del valle. Engalanaron la casa larga con hiedra y muérdago sobre las hileras de escudos, y los tapices relucían con bordados argénteos que narraban antiguas gestas.

Al anochecer llegaron los invitados, y las lanzas de fresno se apilaron en la puerta. Acomodaron a Fruela e Hilduara junto a los asientos de honor, sobre una tarima en el extremo opuesto, flanqueando a Maurano y a su esposa Eusebia.

—Esta es mi esposa, Monnia —les presentó Munio—. No quieras saber cómo pude convencerla para que se casara conmigo…, ni yo mismo lo sé.

La muchacha sonrió; en verdad era una belleza. Caía la noche y la atmósfera estaba impregnada de olor a leña y cordero asado. La velada dio comienzo con una ofrenda a Lug y libaciones a Dana. Baldomero entonó una oración a Cristo y bendijo la mesa. Huésped e invitados intercambiaron regalos. Antes de acomodarse en su escaño, el espatario entregó a su tío materno una copa de oro rojizo con una hilera de amatistas. Aquella reliquia del tesoro regio de los godos despertó la admiración de todos.

—¿Cómo está tu padre? —le preguntó Maurano.

—Senil —declaró Fruela—. Igual que tú.

—¡Bobadas! El vino desinfecta; he sobrevivido a dos rebrotes de peste.

—Y yo, a una guerra —replicó Fruela, sombrío—, y al cautiverio en Qurtuba.

—¿Es cierto que tu hermano…?

—Lo es. ¿Te supone una contrariedad?

El avejentado montañés cabeceó una furiosa negativa.

—Sabes que no soporto a tu padre, y Alfonso tiene un palo metido por el culo. Ambos me consideran un viejo borracho, los dioses sabrán por qué.

—¿Dónde está Flaino? —inquirió Fruela.

—¿El primo de Simpronio? —dijo Munio.

—Ese mismo, el que lleva una corneja pintada en el escudo. ¿Qué ha sido de él?

—Está muerto —respondió su tío—. Cayó luchando contra los moros.

Brindaron en cuernos con embocadura de plata, relataron anécdotas sobre la guerra y, cuando los recuerdos felices se agotaron, bebieron en silencio con la vista clavada en el fuego. Fruela conocía el destino de los muertos y ningún más allá se le antojaba deseable, ya fuera el de los gentiles o el de los cristianos. De repente, el vino le supo amargo.

—No debimos capitular —comentó Maurano de súbito.

—No tiene sentido hablar de ello —señaló el espatario.

—Así es —convino el anciano—. Que mi nuera cante algo para animarnos.

Los ojos grises de Monnia parpadearon, como joyas ante el resplandor de la hoguera. Cruzó la estancia y, tras sentarse ante el fuego, se desabrochó el manto. Una criada le entregó una pequeña arpa.

—¿Qué queréis escuchar? —dijo, a la espera de una respuesta que no llegó

—. Le pregunto a nuestro invitado.

—Fruela es torpe de lengua —se burló Munio.

—Sólo abro la boca si tengo algo que decir —declaró el aludido—. Tú no callas ni bajo el agua.

—¡Algo épico! —sugirió Maurano.

—¿Una historia de héroes? —Monnia acarició las cuerdas del arpa, hizo sonar un acorde y comenzó a recitar un poema sobre el reino perdido.

El proemio describía la corte del rey Witiza, un avispero de intrigas, y su muerte a causa de los excesos carnales. Las enemistades entre facciones afloraron en el interregno, hasta que Tāriq aprovechó la desunión para cruzar el Estrecho. Un canto melancólico relató la batalla del lago. A la octava jornada, las huestes de Rodrigo cargaron contra el ejército africano, por un instante, la victoria parecía al alcance de la mano… hasta que los witizanos abandonaron las alas y esa efímera esperanza se extinguió. El ejército hispano resultó aniquilado, sus estandartes pisoteados bajo el polvo, la sangre fluía en arroyos hasta el lago.

El reino godo se había convertido en un canto recitado junto a la hoguera, y Fruela recordó un fragmento de La Odisea en el que Ulises, como huésped del rey Alcínoo, escucha al rapsoda Demódoco entonar La Ilíada. Al saberse parte de una leyenda, Ulises ha de cubrirse el rostro con el manto para que no le vean llorar.

Por primera vez, Fruela comprendió el llanto de Ulises. Pensó en Rodrigo, cuyo cadáver se pudría en el pantano, al igual que Teodolf, Argebald y tantos otros compañeros perdidos. Sombras, recuerdos. Una lágrima se deslizó por su mejilla; pensó en ocultar la cara, pero se negó a hacerlo. Si hasta el propio Ulises lloró al escuchar su historia, ¿por qué debía avergonzarse?

Porque tú perdiste, maldito idiota. No sólo una batalla, sino todo un reino.

Y todo a causa de tu necedad.

El canto concluyó. Maurano ya estaba ebrio. El resto apuraba el vino sin mezclar, dejándose tragar por el olvido.

—Quienes han estado en la guerra siempre lloran cuando recito esta canción —dijo Monnia.

A Fruela le llevó tiempo reunir el coraje necesario para hablar:

—No merezco estar vivo. Ese día cayeron hombres mejores que yo.

—Mi esposo piensa de un modo distinto —respondió la cantora.

—Trescientos hombres bajo mi mando. Todos muertos, salvo ellos dos. —

Señaló a Munio y Baldomero—. Ansiaba renombre… Ahora sólo deseo olvidar.

Tomó un largo trago del cuerno y Monnia se despidió de él con una palmada en el hombro. Su esposa, Hilduara, se inclinó sobre él; pudo oler su piel, tan cerca que, cuando le susurró un «Ven conmigo», sus labios le rozaron.

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