Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 27 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XXVI

Sentado en el esquife, Teófilo se adecentó la túnica mientras contemplaba el Hebdomon. Manchas de pálidas nubes se deslizaban sobre el lujoso barrio residencial, a sólo siete millas del foro de Constantinopla. La Propóntide reflejaba aquella soberbia imagen como un colosal espejo. Los estandartes de los omeyas ondeaban por todas partes.

Teófilo arrugó el entrecejo. No sabía mucho sobre los árabes, y los años sirviendo en la burocracia imperial no le habían preparado para aquello.

Ningún diplomático de alto rango se había ofrecido para la misión, y León sólo confiaba en él para semejante tarea. El corazón del hombrecillo se aceleró cuando la nave se aproximó al muelle del palacio de verano de los emperadores romanos. La nueva residencia de Maslama, el valí de Armenia y Azerbaiyán, además del gobernador del ŷund de Qinnasrin en Siria, hijo del gran califa ‘Abd al-Malik ibn Marwān, medio hermano de los difuntos califas al-Walīd y Sulaymān, además de otras dignidades que, en ese momento, no recordaba.

El hombre más poderoso del Imperio islámico tras el propio ‘Umar, príncipe de los creyentes.

El califa Sulaymān había fallecido en septiembre del año anterior y el ascenso de ‘Umar había supuesto el triunfo de una facción cortesana opuesta al bando belicista liderado por Maslama. Las tensiones entre el príncipe de los creyentes y el comandante de aquella expedición militar resultaban, a esas alturas, palmarias. El desenlace del asedio no sólo decidiría el destino del Imperio romano, sino también del califato.

Los marinos amarraron el esquife al suntuoso embarcadero. Por un instante, Teófilo admiró las colosales obras de circunvalación construidas para aislar la capital de la Romania. En torno a las murallas teodosianas, los árabes habían excavado fosos y erigido un gran muro de piedra, además de otra línea de contravalación que protegía la retaguardia de los ataques búlgaros.

—Antes de entrar, el emperador León desea transmitirte algunas indicaciones —le dijo el traductor—. Sobre el modo de tratar con los árabes.

Con el semblante severo, Teófilo escuchó, atento, al funcionario, sin pasar por alto la ironía de la situación. Su buen amigo el autocrátor, sebastos y basileos delegaba tales consejos a un pobre diablo que había enviado, junto a él mismo, al matadero. A causa de la estructura jerárquica de la sociedad árabe, no debía mantener contacto visual con ningún noble, ya que el gesto podría interpretarse como desafío. Tampoco debía bromear, ni siquiera de un modo que pareciera amistoso a un romano. León le aconsejaba evitar el contacto con cualquier mujer, aunque fuera una criada. «No intentes discutir», insistía el traductor: «si surge un desacuerdo, habla con algún superior». En general, Teófilo debía mostrarse lo más débil y menos amenazador posible.

Este último consejo le hizo pensar en los verdaderos motivos de la elección de su augusta persona para aquella misión, ya que no rebasaba la altura del hombro de casi nadie. Furioso y aterrado, la sangre de Teófilo hervía al mismo tiempo. Decidió centrarse en su tarea: ya encontraría el momento de decirle unas cuantas verdades al engreído de León III.

O tal vez no.

Los soberbios edificios de ladrillo y caliza con techos abovedados se alineaban en las estrechas calles del puerto. Sobre ellos se alzaba una estructura imponente, el palacio imperial; más pálido aún que las fastuosas construcciones que lo rodeaban, reflejaba la luz solar como un faro. Dos enormes puertas de cedro con adornos broncíneos se abrieron tras recorrer unos escalones marmóreos, una imponente figura surgió por el resquicio.

Un eunuco, a juzgar por su flácida contextura. Vestía una dalmática de seda azul que acentuaba su oronda figura y contrastaba con la palidez de su rostro lampiño. Habló a Teófilo en un griego fluido, aunque el acento le resultase extraño:

—¡Embajador! —exclamó—. Hemos esperado vuestra llegada con impaciencia.

El castrado le escrutaba con unos llamativos ojos de color ámbar, que parecieran brillar en la lóbrega arcada. Teófilo quiso erguirse y estrecharle la mano, aunque recordó los consejos de su estimado amigo, al que maldijo mentalmente por meterle en aquel entuerto. Ascendió por los últimos escalones, maldiciéndose, esta vez a sí mismo, por aceptar la tarea, y se apresuró a contestar:

—Muchas gracias por el recibimiento —dijo, lacónico. No tenía sentido preguntar al eunuco por su nombre, pues sin duda sería incapaz de pronunciarlo.

Le condujeron por el corredor hasta una puerta cerrada, donde se vio obligado a esperar. Los sarracenos habían redecorado del palacio imperial a su capricho, mutilando las estatuas de mármol de los emperadores romanos, ocultando con tapices las imágenes de Cristo. Le sorprendió la presencia de imágenes humanas y el estilo griego de los textiles.

—Este tapiz —comentó, señalando una escena bélica—. ¿Qué representa?

El eunuco se volvió para escrutarlo con aburrido detenimiento.

—La batalla de Sebastópolis —respondió, monótono—. Muestra al padre de mi señor Maslama, el califa ‘Abd al-Malik ibn Marwān, aplastando al ejército romano.

En las coloridas imágenes, Teófilo no halló rastro de los veinte mil eslavos cuya deserción había propiciado la victoria agarena, veinticinco años antes.

Tampoco tenía constancia de que el califa ‘Abd al-Malik hubiera liderado a las huestes sarracenas. Los artistas del califato no destacaban por ecuánimes, ni tampoco por su interés en lo real.

—Embajador…, mi señor Maslama ibn ‘Abd al-Malik os recibirá ahora —

anunció el castrado.

—Por supuesto. —Teófilo carraspeó y compuso su mejor sonrisa diplomática.

Una pareja de maulas de raza negra, con espadas yemeníes al hombro y ostentosas túnicas talares, abrió la puerta y el pequeño funcionario imperial se descubrió ante Maslama, sentado en un ostentoso diván de cedro labrado, examinando, hastiado, varios papiros con mapas y documentos. Junto a él, de pie, se hallaba Sulaymān, el almirante de la flota recién llegada unos meses antes. El embajador trató de que su rostro no mostrase ningún vestigio de inquietud cuando hincó la rodilla en el suelo para postrarse.

Entonces Maslama le habló y su retumbante voz reverberó en el espacio cerrado:

—Teófilo, al fin nos vemos de nuevo —dijo en un aceptable griego.

El aludido tiró de las mangas de su túnica talar mientras se ponía en pie, haciendo todo lo posible por mantener la compostura:

—Agradezco vuestra hospitalidad, mi señor.

—¿A qué se debe que, esta vez, León III se dirija a mí mediante un heraldo, y no a través de una carta? —Maslama inquirió con un empalagoso sarcasmo.

—Hay dos respuestas para esa pregunta —respondió Teófilo—. La primera es que León se encuentra en una difícil tesitura. Desea entregaros la ciudad, tal y como acordamos, pero si el Senado y la jerarquía eclesiástica lo descubren, el pueblo se amotinará. Él perdería su corona y vos una fácil conquista. Por tanto, debe aparentar que no se halla en tratos con vos y que pone todo su empeño en la defensa de la capital.

—A juzgar por las naves incendiadas y las continuas salidas de sus tropas, por Alá que lo aparenta bien —declaró Sulaymān.

—¿Y cuál es la segunda respuesta? —dijo Maslama, dedicándole una severa mirada al comandante. Teófilo dedujo que cualquier derrota agarena no era algo que, en su presencia, convenía mencionar.

—El segundo motivo de mi presencia es ese criminal desterrado, partidario del usurpador Anastasio, al que respaldáis como legítimo emperador de la Romania. Eso, como sin duda sabéis, menoscaba la posición de León en la

corte imperial. Y no beneficia a ninguno de los dos. —Teófilo forzó un quejumbroso tono de voz que trató de que fuera convincente.

—Seré igualmente honesto, mi buen embajador —dijo Maslama, recostándose sobre el diván—. Se trata de un modo de hacer que tu señor respete nuestro acuerdo. Encontrar un emperador romano resulta tan fácil como hallar una puta en el puerto de Tiro. Díselo a León III.

—Os aseguro que mi señor es dolorosamente consciente de que sólo conservará la corona si a vos os complace, Maslama ibn ‘Abd al-Malik.

Al valí sarraceno le complació la respuesta y rio de buena gana.

—Soy buen conocedor de la debilidad de los romanos —declaró, con su acostumbrada falta de complejos.

—Por desgracia —prosiguió el embajador, convenientemente apenado—, el pueblo de Constantinopla sigue imbuido de ilusiones y confía en una victoria a largo plazo.

—¿Y a qué se debe semejante insensatez? —Maslama se mostraba incrédulo ante cualquier interferencia a su voluntad, así que el embajador le respondió con cautela.

—Dudan que tengáis la intención de asaltar las murallas teodosianas y confían en que el asedio se prolongue sin que obtengáis ningún fruto.

—¿Y por qué creen semejante majadería? —rugió Maslama.

—Cuando vieron que acumuláis tantas provisiones, un acopio de trigo que alcanza la altura de montañas, nobleza y plebe concluyeron que habéis asumido vuestra incapacidad de tomar la ciudad al asalto.

—No pueden ser más ilusos —le espetó el valí—. Podría aplastar a la Nueva Roma como a un juguete de arcilla.

—Sin embargo… —razonó Teófilo, engullendo un río de saliva—, si ordenáis que esas provisiones sean quemadas, perderán toda esperanza en un largo asedio y los convenceréis de que estáis dispuesto a luchar. Así

cundirá el desánimo y León podrá justificar su capitulación ante el gran Maslama ibn ‘Abd al-Malik. Mi señor os entregará el tesoro imperial y se convertirá en vuestro siervo.

—Hemos cortado el suministro de agua a Constantinopla —declaró Sulaymān, ceñudo ante la descabellada propuesta—. El acueducto de Valente fue destruido, hace casi un siglo. Hemos derruido el otro que aún suministraba agua.

—Mi señor… —replicó Teófilo— La capital romana cuenta con más de doscientas cisternas subterráneas que almacenan el agua de lluvia. El emperador Anastasio reparó las defensas e hizo marchar a toda la población que no contase con alimentos para tres años. Ese es el tiempo que debéis esperar si vuestro objetivo es rendir la ciudad por hambre.

A juzgar por las expresiones de los sarracenos, había puesto el dedo en la llaga. La estrategia romana se basaba en una defensa en profundidad: una serie de guarniciones custodiaban los pasos de los montes Tauro y, si los árabes sobrepasaban esa línea, se topaban con una red de kastron cuyas guarniciones hostigaban sus líneas de suministros. Las dificultades para abastecer a un ejército tan colosal, alejado más de seiscientas millas de sus bases en Siria, siempre amenazado por la flota romana y los jinetes búlgaros, debía de suponer un quebradero de cabeza.

Una debilidad que, sin embargo, Maslama no parecía dispuesto a admitir.

Cuanto más autoritario el mando, tanto más las decisiones dependen del carácter del líder. Maslama ibn ‘Abd al-Malik. Astuto, implacable, carente de cualquier límite a su voluntad. Rodeado de un cortejo de aduladores, cínicos o adictos que no osaban contradecirle. El ascenso entre ellos no obedecía al mérito, sino a una lealtad ciega.

La debilidad del déspota.

Un mando despótico como Maslama tomaba todas las decisiones por sí mismo. ¿Recibía informes sinceros de los subordinados? Seguramente no.

¿Le ocultaban aquello que no deseaba escuchar? Parecía probable.

¿Prestaría atención a la opinión de Sulaymān? Sólo si coincidía con la suya.

¿Se creía superior a su enemigo? Sin lugar a dudas. ¿Era consciente de sus propias debilidades? Obviamente no.

El déspota, todopoderoso y frágil al mismo tiempo. El temor al líder le aísla en un mundo aparte. La realidad se corrompe. Los aduladores aumentan en número. Las decisiones se supeditan al ego. Los errores se vuelven fatales.

—Constantinopla se halla cercada por tierra y por mar. —Teófilo lanzó su última flecha envenenada—. Vos sabéis, como el gran general que sois, que en la moral de la población reside la clave de la victoria. La seguridad y grandeza que demostraréis con este gesto aniquilará por completo cualquier esperanza en la victoria. Demostraréis, además, que sois un digno vástago del grandísimo ‘Abd al-Malik ibn Marwān.

Los ojos del hijo ilegítimo del califa ‘Abd al-Malik, marginado de la sucesión al haber nacido de una concubina extranjera, brillaron de excitación al escuchar aquellas palabras, una epifanía para su maltrecho ego.

—Haré más que eso —declaró, ante el estupor de Sulaymān—. Ordenaré que incendien los graneros y repartiré una parte del trigo a los constantinopolitanos, para que aprecien mis buenas intenciones. Así sabrán no sólo que cualquier resistencia es fútil, sino también que tendrán misericordia si se rinden.

—Eso mostrará, más que cualquier otra cosa, vuestra grandeza, mi señor —

declaró Teófilo haciéndole una última reverencia.

Las llamas de los graneros de Hebdomon resplandecían en la noche, visibles desde las torres de la Puerta Dorada. Con un inmenso suspiro de triunfo, Teófilo apoyó la frente sobre una de las almenas y León III depositó la diestra sobre su hombro, en un mudo reconocimiento a su labor.

—Que se reúnan la corte y el consejo militar —ordenó el emperador de la Romania.

Dos horas después, las puertas doradas se abrieron con un agónico gemido y la fastuosa embajada califal, cien jinetes ornados en sedas, recorrió la avenida de Mesé hasta la enorme plaza del Augusteón, ante la colosal cúpula de Hagia Sofia. Atravesaron la imponente Puerta de Bronce, presidida por un busto de Cristo Pantócrator y decorada con retratos de filósofos y emperadores. En el inmenso complejo áulico, los majestuosos edificios se sucedían: el Aula Magna, el Triclinio de los Nueve Lechos, el Palacio Dafné… hasta que los emisarios llegaron al Crisotriclinio, el salón dorado del trono. Los árabes descabalgaron y tres magnates se presentaron ante los ostiarios que custodiaban las colosales puertas de plata cincelada.

El grupo de heraldos, liderado por Sulaymān, irrumpió con arrogancia en el salón octogonal revestido de mármoles. Coronado por una gran cúpula de ocho arcos, aquel suntuoso espacio constituía el corazón del Imperio romano, y, por consiguiente, de toda la cristiandad, que, al fin, se disponía a hincar la rodilla y someterse al yugo islámico.

Sin el menor gesto de consideración, Sulaymān caminó hacia baldaquín sostenido por cuatro columnas bajo el que se hallaba el trono. El emperador León aguardaba sentado, revestido con el loros y una diadema áurea decorada con esmaltes. Rodeado por los miembros de la cancillería, entre los que destacaba Teófilo, y un selecto grupo de militares del más alto rango.

—Mi señor ha cumplido con su parte —declaró, jactancioso, Sulaymān—.

Me envía para negociar los términos de la rendición.

El emperador romano escuchó, impasible, aquella declaración. Sus dedos tamborilearon sobre el apoyabrazos del trono, y esperó un instante, recreándose en el momento. Y, esta vez, se encontraron ante el verdadero León III:

—¿Creéis que os entregaré todo lo que mis antecesores construyeron en el pasado? Si lo hiciera, no tendría ni inteligencia ni religión. Os he dejado sin víveres, los habéis quemado por orden mía. Dentro de poco, pereceréis de hambre. No hallaréis ningún auxilio, no tenéis nadie a quien pedir ayuda.

Libráis una guerra contra todas las naciones y os negáis a negociar con ellas, salvo su rendición.

—¿Qué debo decirle a mi señor? —Sulaymān literalmente escupió aquellas palabras, como impregnadas en veneno.

—Si Maslama desea retornar a Siria, le concedo pasaje libre a través del territorio romano —declaró León, magnánimo—. Si no está dispuesto a levantar el sitio, se encontrará con una guerra real, muy distinta a la que ha librado hasta ahora. Los ejércitos del califato perecerán ante las murallas de Constantinopla… De nuevo.

Consternado, Sulaymān acariciaba su anillo con un rubí engarzado. Teófilo casi pudo leer su mente. Si la embajada regresaba con semejante respuesta, todas las culpas recaerían sobre él. Maslama necesitaría un culpable.

Imaginó el contenido de aquella joya, oculto tras el camafeo, y sintió lástima por el valeroso almirante.

Sulaymān se giró con un violento flamear de ropajes, las puertas doradas se cerraron a su espalda y la sala del trono al completo espiró un aliento apenas contenido.

—Todavía no me puedo creer que Maslama se haya tragado semejante embuste —comentó Teófilo, aliviado.

—El orgullo es el peor enemigo de cualquier líder, al igual que la vanidad para una mujer hermosa: basta con alentarla con lisonjas para que actúe según te convenga. Si Maslama hubiera sido una hembra y yo hubiera querido seducirla, lo habría hecho y él no me habría negado nada —declaró León III, y el consejo de militares estalló en carcajadas.

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