Cova Dónnica
Capítulo II
El montañés cabalgó por un paraje berroqueño donde el sol languidecía entre brumas grises y los árboles muertos no daban sombra. Hacia el mediodía, el cielo mudó a oscuridad y las tinieblas vomitaron una gélida llovizna sobre la desolada llanura. El nevazo había sepultado el camino y, por dos veces, el norteño fue incapaz de encontrarlo. Un miliario, desgastado hasta resultar ilegible, le permitió retomar la calzada.
Los graznidos de los cuervos le dieron la bienvenida a Toletum, la ciudad de los reyes. En la vega baja, cientos de cadáveres colgaban en una hilera de postes ante la basílica de Santa Leocadia. El cierzo arrastraba un miasma pútrido; unos moros de rostro huraño conducían a una columna de cautivos encadenados, mientras una mujer protegía a un chiquillo con su cuerpo escuálido. La carita del mocoso asomaba, pálida, entre pliegues de ropa ajada. Por un momento la mujer prestó atención al espatario, a su caballo, a las armas, a los símbolos de rango, y luego escupió a sus pies.
Al paso del norteño, los lugareños le maldecían con la mirada. Las matronas despotricaban contra los nobles por arrebatarles a sus hijos para llevarlos a la guerra. Los hombres farfullaban sobre cuál habría sido la mejor estrategia que seguir. Hacía tiempo que él había dejado de ser un noble. Sólo era un vagabundo, unido por un juramento de lealtad a un rey muerto.
Tomó la senda del lado siniestro y cabalgó ante las murallas de la antigua urbs regia. Sobre un cerro bordeado por un meandro del Tagus, la antigua capital goda era una ciudad fantasma y una nueva sociedad se fraguaba entre las ruinas, a medida que la ciudad de los reyes se convertía en la sede de la Tagr al-Awsat, la Marca media de al-Ándalus.
Una aguanieve caía sobre la ciudadela; el viento nordeste azotaba las lonas y dispersaba el humo de las hogueras. Encorvados ante la mordedura del frío, una decena de moros hacía guardia en la entrada oriental del pretorio.
Al ver llegar al norteño, el sarraceno que lideraba la guardia le dijo algo en árabe y él se limitó a negar con la testa.
—¿Quién eres? —tradujo un baranis, de las cabilas moras que habían abjurado de Cristo una década antes.
—Me llamo Fruela. Soy hijo de Pedro de Cantabria. —El norteño les entregó una placa de plomo con una inscripción en cúfico. El ismaelita examinó el salvoconducto y escupió unas palabras.
—Quiere saber adónde vas y por qué no conoces el árabe —dijo el baranis.
—Me dirijo a Corduba —respondió el montañés—. Debo presentarme ante el nuevo gobernador de Spania.
El sarraceno arrugó la frente al observar el crucifijo del norteño y le habló de nuevo, con la mirada prendida en la funda de la espada baylamānī.
—Los dimmíes no podéis llevar armas —le tradujo el moro—. Son órdenes del califa.
Las armas convertían al niño en adulto, distinguían al hombre libre del esclavo y encumbraban al guerrero por encima del resto. Aquel desolado puente suponía un cuello de ánfora por el que viajeros de todas partes se veían obligados a pasar. Más allá de someter a los dimmíes a un estado de indefensión, aquellas leyes tenían un claro propósito.
—¿Y cómo me defenderé de los muslimes? —le preguntó Fruela—. En los márgenes del camino había docenas de cadáveres.
—El Corán prohíbe maltratar a los dimmíes —dijo el traductor—, esos malhechores no pueden ser musulmanes.
—Soy hijo de un duque —declaró con orgullo—. El valí al-Hurr me ha concedido amān para cruzar esta tierra. ¿Vais a despojarme de la espada?
Una decena de guardias se le acercó con las armas dispuestas, y el sarraceno fue tan necio de hacerlo por la diestra. Mimung abandonaría la
funda como un relámpago: el árabe era ya un muerto en vida. Con suerte, acabaría con un par de moros antes de que le ensartaran.
Un estruendo de herraduras resonó sobre el camino enlosado, y un heraldo se presentó ante el jefe de la guardia, que asintió con desgana. El recién llegado se dirigió a Fruela:
—Debes acompañarme.
Cabalgaron por el patio del antiguo palacio de los reyes godos. El Aula Regia, donde antaño se reunía el oficio palatino, se había convertido en establo. La cruz de la iglesia de los apóstoles Pedro y Pablo, el corazón espiritual del reino, había sido demolida. La cámara del Tesoro se había convertido en mezquita y ambos templos, casa de Dios y oratorio islámico, se hallaban pared con pared. Fruela se detuvo ante la basílica donde fue coronado Rodrigo, y le asaltó una miríada de recuerdos. Se detuvo ante el avance de una columna de individuos ataviados con ropajes de cáñamo.
—He pecado, he obrado mal, ten piedad de mí, Señor —entonaban con voz lastimera, azotándose la espalda con sarmientos, los pies desnudos sobre la aguanieve. Una amalgama de pústulas sanguinolentas asomaba entre jirones de paño.
El ordo de los penitentes se adentró en la basílica mientras un coro de diáconos entonaba una letanía monocorde. El heraldo condujo a Fruela hasta el sombrío interior, decorado con frescos, relieves y celosías, atestado de nobles con ornato extranjero. Escribas, hacendados, eruditos, hombres de Dios…, todos se habían acomodado en el nuevo orden. La mayoría había abrazado el Islam por puro interés y el resto entregaba sus hijas para emparentar con los árabes.
—Mi propio hermano, el rey Witiza, fue un libertino —clamaba el clérigo desde el altar—. Su depravación llegó a oídos de Dios, que vio cómo el clero se contagiaba de su lujuria. Rodrigo no fue mejor que él. Pecó de orgullo y en vano quiso evitar el castigo que Dios nos impuso. Nada volverá a ser como antes. Nuestros señores traerán consigo su lengua, leyes y costumbres. Debemos ver en nuestros pecados el origen de todos los males.
«He pecado, he obrado mal, ten piedad de mí, Señor», repitieron los penitentes, y el resto de fieles comenzó a depositar las ofrendas.
El Apocalipsis se recita el Día de Todos los Santos, cuando se realizan las donaciones a la Iglesia. Al oficiar la misa, el sacerdote enumera los castigos que nos aguardan el Día del Juicio Final, y después explica el modo de hallar la absolución. Una minuciosa descripción de Satanás y su cortejo de ángeles caídos, desde Belcebú, el señor de las moscas, hasta Asmodeo, el príncipe de los infiernos a lomos de su dragón, bastará para propiciar una fructífera catarsis de pago. La culpa es el más férreo acicate de la voluntad humana. Si alguien está convencido de que ha cometido algo execrable, hará cualquier cosa para librarse de su hedor. Y para asegurarse de que nadie pudiera evadirse, Dios se encargó de que el hombre comiera del fruto prohibido. Nacimos manchados por el pecado al salir del vientre materno.
El obispo repetía la acostumbrada letanía… Ama a tu enemigo, arrepiéntete de tus pecados, ofrece la otra mejilla, no te quejes, son sus costumbres, y paga, serás mejor persona. Paga a la Iglesia, paga la yizia. Desde sus palacios y púlpitos catedralicios, el alto clero recitaba el acostumbrado sermón mientras ignoraba los abusos y vejaciones que jamás afeaban sus opulentas vidas.
Concluida la misa, el heraldo dedicó un gesto al norteño. La sacristía se hallaba en penumbra; sólo una pareja de candiles alumbraba el interior. El obispo metropolitano de Toletum, cabeza doctrinal de la Iglesia hispana, sonrió al verlos llegar. Bajo y de hechuras fuertes, no había un ápice de rudeza en él. Moreno de piel y de cabello crespo, su mandíbula cuadrada enmarcaba una sonrisa cauta. Los ojillos astutos estudiaron a Fruela.
—Hacía tiempo que no nos veíamos —le dijo Opas, con el cáliz aún en las manos. Lucía un semblante despreocupado, casi jovial.
—Así es. —Fruela a punto estuvo de llevarse la mano a la mejilla abrasada.
Recordó la batalla del lago. Millares de guerreros acudiendo a la llamada del rey para enfrentarse a la peor amenaza que, en dos siglos, había conocido el reino. A medida que marchaban hacia el sur, se les fueron sumando más hombres. Durante siete jornadas la hueste de Rodrigo desafió
a la fatiga, al despiadado sol de la Bética, a un enemigo implacable que los aguardaba en lo alto de un cerro. Al octavo día entraron en liza y, cuando la victoria parecía al alcance de la mano, las tropas de Opas y Sisberto abandonaron la lucha. De saborear el triunfo pasaron al más amargo de los fracasos. Ciudades en ruinas, millares de mujeres y niños vendidos como ganado. Una pesadilla hecha realidad. La pesadilla en la que se había convertido su vida.
Sólo tenía una certeza: dos hombres se lo habían arrebatado todo, y uno de ellos se hallaba ante él.
—Espero que no me guardes rencor —añadió el clérigo, observando la cicatriz del norteño—. Se requiere mucho coraje para perdonar a quien te ha dañado. El ojo por ojo acabará cegando al mundo entero. «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra».
A su lado, el heraldo afilaba un cuchillo. La presencia de seis bucelarios con yelmo y espada en las dependencias eclesiásticas resultaba disonante.
Fruela reflexionó sobre lo fácil que era mostrarse pacífico rodeado de sicarios.
—La mansedumbre no hace a nadie virtuoso —contestó—, sólo le vuelve débil. Ser capaz de matar y negarse a ello… eso es virtud.
—Sobre los poderosos recae una responsabilidad enorme —convino el obispo mientras depositaba la mitra en la mesa—. Una charla como esta puede cambiar el destino de todo un reino.
—¿Una charla como la que tuvisteis con Basualdo, antes de que su diócesis fuera arrasada?
—El obispo de Pallantia se negó a cooperar. —Opas se despojó de la casulla—. Dijo que los censos habían desaparecido en un incendio.
—Y vos dijisteis que mentía —respondió el norteño. De las cincuenta sedes episcopales del reino apenas una veintena sobrevivía.
—No fue una decisión fácil —admitió el religioso—. Como primado de la Iglesia de Spania, a veces debo dejar de lado la moral en aras de la convivencia entre credos.
—¿Y con qué Opas estoy hablando ahora? —La mirada del norteño se clavó en sus ojos negros—. ¿Con el Opas amoral o con el inmoral?
—Ambos son una misma persona que, en ocasiones, ha de tomar decisiones difíciles. —El obispo guardó el cáliz en el interior de un relicario—. Pero marchas a Qurtuba, como leal súbdito del califa…
—Así es.
—Capitular ante Mūsà fue lo más sensato que pudiste hacer —señaló Opas
—. Debemos abrazar la paz del Islam. Los muslimes sólo quieren que respetemos a su profeta.
—El respeto obtenido por la fuerza se llama miedo.
Por un momento el heraldo alzó la vista del cuchillo al tiempo que daba los últimos retoques al filo.
—Tu hermano Alfonso siempre se mostró más razonable —dijo un Opas consternado—. No es de extrañar que tu padre prefiera sus consejos. —El clérigo esbozó una mueca ante su reacción—. Sí, aún tengo oídos en todas partes.
—Dicen que, tras la muerte de ‘Abd al-‘Azīz, vuestra posición no ha menguado.
—El hijo de Mūsà se dejó influir por la viuda de Rodrigo, ignorando mis consejos —declaró el religioso con infinita lástima—. Ahora disfruto de la confianza de al-Hurr; mi cometido es velar por la paz.
—¿Como en la vega baja? —Con un gesto, Fruela aludió a los cadáveres que adornaban la basílica de Santa Leocadia.
—El conde Laurente lideró una revuelta. Traté de interceder por él, pero el nuevo valí no se muestra inclinado a la misericordia. Las hijas de Laurente
fueron vendidas en Qayrawān y su primogénito acabó castrado en un harén damasceno. El linaje de Laurente se ha extinguido. —El obispo entrelazó las manos bajo el mentón para observar la espada que el cántabro llevaba a la cintura—. Teodomiro, Casio…, todos han hallado su sitio en al-Ándalus.
Si, por algún motivo, alguien organizase una rebelión en el norte, ningún señor le apoyaría. Por cierto, ¿sabes algo de Pelayo?
—Hace años que no le veo.
—Munuza ansía la mano de su hermana; sería un buen acuerdo entre ambos. Los enlaces mixtos contribuyen a la hermosa convivencia entre credos.
Fruela enmudeció ante la sola mención del gobernador de Asturia. Un ismaelita podía desposar a cuatro cristianas y sus hijos serían mahometanos por ley; los cristianos sólo se unían a una esposa, y esta no podía ser musulmana. De este modo las propiedades de la aristocracia hispana se incorporaban a la estricta herencia patrilineal árabe. Los sarracenos se estaban apoderando de las tierras que aún no habían conquistado gracias a la hermosa convivencia entre credos.
Opas le devolvió el salvoconducto de plomo.
—Puedes proseguir tu camino —dictaminó—. Por cierto…, me han dicho que Hilduara te ha dado una hija.
Por vez primera, el norteño dejó entrever una sombra de temor.
—Así es.
—¿Qué edad tiene?
—Cuatro años —respondió.
—Uno de mis hombres encontró esto; creo que le pertenece. —Opas extrajo del arca una figura de madera, y el norteño tomó el juguete de su hija—. Sé prudente. Sería una lástima que tu insensatez la condenase a la esclavitud.
El primado de la Iglesia hispana, hijo de reyes y asesor de califas, empleó el tono afectuoso que reservaba para tales ocasiones.
Fuera, el sol era un borrón carmesí sobre un cielo índigo sin estrellas.
Fruela dejó atrás el pretorio y deambuló por la urbs regia. Las puertas se cerraban a su paso; la mayoría lucía una menorá en las jambas. Los judíos habían sido perseguidos con saña por los reyes godos, y ningún muslim le daría cobijo. El vino, las heces, los perros, los cerdos y los infieles eran najis, resultaban impuros. La presencia de un kāfir contaminaría su hogar.
Atravesó el puente para abandonar la ciudad. En los márgenes de la calzada las aldeas se mostraban desiertas. El contorno de un edificio en ruinas se hizo visible entre la bruma. En el interior parecía imposible encender un fuego, el portalón de encima apenas lograba contener el viento. Se despojó de las botas, rebuscó en las alforjas para extraer un pedazo de cecina. Entre las galletas mohosas halló un pergamino lacrado.
La carta que debía entregar.
«Debes marchar a la Bética», le había dicho su hermano, en la casa larga del valle de Egunia, después de que un emisario les anunciara que al-Hurr requería la presencia de uno de ellos en la capital. Al otro lado de la mesa su padre comía en silencio. O, mejor dicho, comía sin hablar, pues engullía el asado como un puerco. La senectud le iba atrofiando el juicio, las disputas entre hermanos arreciaban, y Fruela se sabía perdedor.
—A besarle el culo a nuestro nuevo amo —respondió.
Extendió las manos hacia el fuego, se giró hacia su hermano y sólo vio un rostro bañado en sombras.
—¿Sabes por qué me ofrecí para acudir como rehén a Damasco junto a Mūsà? —Alfonso se había dejado barba para ocultar su mocedad y las sombras ocultaban cualquier expresión de su rostro.
—Porque, después de todo lo que padecí, deseabas librarme de esa humillación —contestó Fruela—. O eso dijiste.
—Quería conocer a nuestro enemigo. Aprender su lengua y su credo.
Aquella cínica respuesta no le sorprendió.
—¿Y qué descubriste?
—El Islam no es sólo una religión. Es un imperio, un conjunto de leyes, una forma de Estado. Una pléyade de normas que rigen la vida diaria del creyente, desde el modo de vestir hasta el aseo diario. Jesús dijo «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios»; San Agustín creía en una ciudad divina y en otra terrenal. Nuestro enemigo no hace tales distinciones, el califa es al mismo tiempo emperador y sumo pontífice. La convivencia que Opas defiende se basa en que tres credos puedan coexistir en un mismo reino; sin embargo, la mayor expresión de una cultura son las leyes e instituciones que conforman su Estado. A la larga, una religión se impondrá. —Alfonso bajó aún más la voz—. Nuestro padre cree que lo único que ha cambiado es que ahora nuestro señor reside en Damasco. No puede andar más errado.
El menor de los hermanos asintió. Aquella perorata al menos suponía admitir que la guerra era inevitable.
—El pueblo está harto de señores dispuestos a pactar a cualquier precio con tal de salvaguardar su posición —dijo Fruela—. En los momentos difíciles buscan a un líder. Alguien con convicciones. Alguien por quien luchar.
—Ya no existen reyes en Toletum —replicó Alfonso—. Tampoco los hay en el norte.
—Aún queda uno, en la Tarraconense. Debemos apoyar a Ardo.
—El nuevo valí prepara una ofensiva contra él —declaró Alfonso—. No podemos rebelarnos contra un imperio que se extiende desde la India hasta el Atlántico.
Agila, el duque de la Tarraconense, se había proclamado rey tras la muerte de Witiza, y después le sucedió Ardo, quien, en esos momentos, reunía un ejército con el fin de defender los últimos restos del reino visigodo. Para enfrentarse a un imperio que abarcaba tres continentes, su único aliado era Odón, el duque de Aquitania.
—Los árabes han de combatir dispersos en guarniciones por un territorio cada vez más extenso —dijo Fruela—. El descontento entre los moros crece. Munuza no espera un ataque.
—No hay nada que Munuza espere más —replicó Alfonso—. La morisma desea que violemos el pacto. Así podrán apoderarse de nuestras tierras por la fuerza y esclavizar a nuestra gente. Cualquier torpeza les servirá de excusa.
Quince mil árabes se habían asentado en Spania. Al-Hurr había llegado el verano del año anterior acompañado de cuatrocientos nobles con sus familiares y maulas. Munuza contaba con quinientos guerreros en Gegione, otros tantos en Amaya, y el valí podía movilizar a treinta mil masmūdas, awrabas y zanātas de las cabilas de la meseta. Con suerte, la familia cántabra sería capaz de reunir ochocientos hombres mal armados, además de los salvajes de las montañas.
Someterse y aguardar. Fruela manoseaba el juguete que había labrado a su hija, y se fijó en la marca que le deformaba el pulgar. Tenía nueve años, deseaba ser adulto y tallar un caballo. El cuchillo parecía enorme en sus manos, pero la terquedad y el exceso de confianza hicieron el resto. Sólo al ver su sangre derramada en el suelo se dio cuenta del error. Aquella cicatriz le recordaba que la confianza ha de basarse en la realidad.
Rememoró su charla con Opas, palabra por palabra. Un proverbio agareno dice que quien pone nombre a las cosas se adueña de ellas. Spania comenzaba a llamarse al-Ándalus, los sometidos pasaron a ser «protegidos»
y el Islam se había convertido en la paz.
«Salām» es sinónimo de «paz», «islam», de «sumisión», y ambas derivan de «asalma», que significa «rendirse». La lengua de los conquistadores no sólo se hablaba, sino que también se pensaba y se vivía con ella. El
lenguaje suponía un campo de batalla donde conformar la realidad. Para los árabes «la paz» significaba su derecho de someter a otros pueblos, la Iglesia los apoyaba por que la paz preservara sus privilegios, y esa misma paz convertía a los señores muladíes en reyezuelos. Y una vez que se impuso «la paz del Islam», sólo existían dos bandos: los amantes de la paz y los belicistas que se oponían a ella.
Opas no dejaba de repetir que nada cambiaría. Con el tiempo, los árabes renegarían de su fe, igual que hicieron los godos arrianos. El discurso de la Iglesia fue mudando, a medida que cada mentira se desmoronaba y había que construir una nueva, hasta que ya nadie recordaba cuál había sido la inicial.
La sharía prohibía a «los protegidos» mostrar en público su credo, hacer proselitismo de su falsa religión y cuestionar al Islam. Y el Islam lo era todo. Movidos por la aceptación, la gente asumía verdades impuestas por el lenguaje que la experiencia les demostraba que eran mentira. Y allá donde no hay libertad de palabra no existe sociedad. Si un dimmí no deseaba problemas con un muslim, asentía o callaba. Si al hablar con amigos o familiares conversos asomaba la más mínima discordia, el amigo se volvía enemigo y el pariente te retiraba la palabra. Renunciar a las propias convicciones y abrazar el Islam suponía los últimos pasos del proceso.
Llegó un momento en el que quienes lo propiciaron ya no fueron necesarios. El clero cristiano, convencido de que iba a preservar su poder, descubrió que se había convertido en el nuevo enemigo. No pudo hacer nada. Los ulemas habían asumido el control. Spania se había transformado en al-Ándalus.
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