Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 8 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo VII

La lluvia había invocado un manto de niebla que lo envolvía todo, un rebaño de ovejas ascendía por las colinas en busca de pasto y el lejano repique de los cencerros transmitía una agradable sensación de sosiego.

Dosinda se recogió el vestido para examinar los primeros brotes de mijo en la mies. Una figura, surgida de entre la bruma, la sobresaltó, y cruzó los brazos sin poder evitarlo. Se trataba de Pablo, más allá de la tapia derruida, con un gorro de fieltro en las manos. En aquellos tiempos, cualquier imprevisto se sentía amenaza, y, aunque su hermano Pelayo le había rogado que abandonase la hacienda, su respuesta fue una obstinada negativa.

La muerte de su esposo la había dejado afligida. Afligida y cortejada, a pesar de la falta de hombres. Muchos habían marchado a la guerra, muy pocos regresaron y aquellos que lo hicieron llegaron lisiados en cuerpo y alma. Dosinda no quería pasar de nuevo por el mismo trance.

—Álvaro está en la puerta —dijo el criado, con la preocupación plasmada en el rostro—. Acompañado de sarracenos.

La vista de Dosinda se deslizó por el suelo. Apenas contaba con una docena de bucelarios.

—Me reuniré con él —respondió, dirigiéndose a la cerca.

La villa de Veranius surgió entre la niebla como la morada de un titán. En el pasado había sido grandiosa, cuando al puerto de Gegione llegaba aceite de la Bética e incluso perfumes de Siria. Aquellos años de gloria habían quedado atrás. Una hilera de contrafuertes sostenía unos muros agrietados, con la cal deslucida, y la hiedra trepaba hasta el tejado. Caminaron entre ruinas, construcciones de zarzo, hornos, silos y lagares hasta la iglesia de San Pedro y Santa María, erigida sobre los restos del antiguo triclinio.

Una vez en el pórtico, Dosinda se despojó del delantal, se alisó el vestido con las manos, hizo un gesto a dos guerreros para que la siguieran y caminó

hacia el portón de entrada. Descubrió a un viejo amigo bajo la arcada, con el rostro pálido y ajado, cubierto con un grueso manto y una túnica talar que revelaban su rango de presbítero.

—Álvaro de Tirasona.

—Dosinda.

La viuda miró más allá de la puerta y vio al menos cincuenta jinetes con adargas colgando de las ancas de las monturas y las espadas al hombro. Sin duda habría más en la puerta trasera.

Dosinda aguardó, envarada, obligándole a romper el silencio.

—Tu hermano está en Corduba —le dijo Álvaro—. No puedes evitarlo.

Ella arqueó las cejas, sarcástica, le dirigió un ademán para que la acompañara al interior y comenzaron a pasear por el huerto.

—¿Has venido a amenazarme? —le interrogó en voz baja.

—Me envían a ofreceros una salida —manifestó el religioso, y Dosinda parpadeó sorprendida—. Munuza no arrasará vuestras tierras, ni matará a vuestros hombres.

—¿Y qué desea a cambio de tanta benevolencia?

—Debes acudir a Gegione como su invitada.

Ambos sabían que «prisionera» sería la voz apropiada. La furia le nubló el juicio. Dosinda hizo un gesto a los hombres que custodiaban la puerta, y la cerraron para atrancarla.

—¿Qué te ha prometido Munuza? —Ante aquella pregunta el anciano se encogió de hombros.

—No me ha hecho ninguna promesa, sólo hago lo que creo mejor para todos.

La viuda escrutó aquel rostro marchito con atención; poseía talento para evaluar a la gente y saber si había verdad en sus palabras.

—Te haré dos preguntas que deberás responder con sinceridad —le dijo Dosinda, los ojos pardos clavados en él—. Si mientes, si creo que mientes, haré que mis hombres te corten el cuello. Júralo por Cristo nuestro Señor.

—Lo juro. —El semblante severo del sacerdote le reveló que mantenía algo oculto, algo que temía que le preguntara. Después, la expresión se tornó opaca, y le hizo pensar que lo había imaginado.

—Si voy contigo —dijo con cautela—, ¿podré negociar en nombre de mi gente?

Álvaro asintió con un lento parpadeo, y ella dejó escapar el aliento. Suponía un mísero triunfo, pero aún quedaba lo importante.

—Si te acompaño, ¿me será posible regresar?

El clérigo sacudió la cabeza con genuino pesar y ella sintió una punzada de dolor en las entrañas. Al menos, pensó, había descubierto aquello que le que ocultaba.

Días después, cuando era demasiado tarde, supo que había formulado la pregunta equivocada.

—De acuerdo, he de preparar mis cosas —dijo, y al ver su reacción se percató de algo—: No me acompañará nadie.

—Un carro te espera más allá de la puerta.

Dosinda apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas de las manos. Alzó la barbilla, furiosa, para responder:

—¿Podré al menos llevar equipaje y despedirme?

Apenado, Álvaro asintió. La matrona guardó algunas ropas y útiles de aseo en un arca, ni siquiera pudo llevarse las joyas o el ajuar. Con pies plomizos, cruzó el portón y se subió al carro. Una pareja de guerreros se sentó a

ambos lados y el rostro del anciano se ensombreció al ver la expresión de la viuda.

—Perdonadme —se disculpó—. Debemos manteneros a salvo.

El carro se puso en marcha con un brusco traqueteo. Recorrieron la calzada que unía Gegione con Lucus Asturum a través de un paisaje teñido de esmeralda, salpicado de granjas y minúsculas aldeas. Al norte de la cordillera, sólo Gegione podía considerarse ciudad, motivo por el que había sido elegida sede del gobernador musulmán.

Gegione se asentaba en torno a una península rodeada de acantilados y cerrada en el istmo por una formidable muralla con treinta torres perimetrales. En la parte occidental se hallaba el embarcadero y, hacia levante, se extendía una hermosa playa repleta de embarcaciones varadas.

Cuando el carro pasó ante las antiguas termas y atravesó la doble puerta de la cerca romana, Dosinda percibió un cambio en el aspecto de los lugareños. Aljubas, turbantes, atuendos que emulaban la ropa de los conquistadores. En el soportal del palacio de Munuza, moros y sarracenos jugaban a las tabas o charlaban en una lengua extraña.

Los guardias escoltaron a Dosinda hasta el patio. Un temblor en las piernas le hacía difícil caminar. Una vez en el corredor, repitió en su mente las palabras que había preparado para el gobernador de Asturia, y en ese preciso instante descubrió que la conducían a un cuarto.

—Munuza está ocupado, os atenderá más tarde —le dijo uno de los guardias antes de cerrar la puerta.

Confundida, Dosinda examinó la estancia: una mesa, una cama y una ventana que no daba a ninguna parte. Llegó una criada con la ropa de cama y un vestido exótico.

—Bienvenida al harén de Munuza —le dijo—. Me llamo Leyla.

—Harén —murmuró Dosinda.

—Halal es lo permitido por Alá; haram, lo prohibido. El harén es donde el dueño de la casa aloja a sus esposas y concubinas, hijos y parientes.

—¿No te está permitido salir? —Dosinda señaló el patio y la joven negó con la testa.

—Es la voluntad de Alá —respondió, rotunda—. Debemos permanecer recluidas y ocultar nuestro cuerpo, para evitar que la fitna arrastre a los hombres al pecado. El harén es mucho más que unos muros. Cuando sabes lo que está prohibido y lo asumes, llevas el harén en la mente.

La criada se despidió antes de salir. Dosinda ignoró los ropajes que había dejado sobre la mesa y se vistió con una túnica parda que traía consigo.

Después de vestirse, decidió sentarse a esperar, y a punto estuvo de quedarse dormida. Dos horas más tarde, se sobresaltó al escuchar un golpe en la puerta.

—El emir te atenderá ahora —le dijo el guardia.

Dosinda hizo acopio de toda la dignidad que logró reunir y cruzó el umbral de la sala. Acomodado sobre un diván con las piernas cruzadas, las facciones de Munuza se mostraban serenas; nariz recta y pómulos altos, una mandíbula bien definida bajo la barba rizada.

Sé valiente, se dijo Dosinda, decidida a no inclinarse ante él, aunque quisiera doblegarla. Una vez más, Munuza le sorprendió:

—He aquí la proverbial belleza norteña que ha inspirado a tantos poetas de Qurtuba —dijo el árabe, y extendió el brazo para ofrecerle asiento. Dosinda se envaró y frunció el ceño ante semejante halago, desaforado hasta el extremo de parecer una burla.

—¿Bajo qué autoridad y bajo qué ley se me retiene aquí por la fuerza? —le espetó Dosinda.

—Por la autoridad del califa Sulaymān —replicó el árabe—, bajo la ley islámica y el derecho de guerra.

—Mi hermano Pelayo firmó un pacto de capitulación con Mūsà ibn Nusayr, en virtud del cual se respetarían nuestros bienes y a nuestras personas a cambio de tributo. Sois un bárbaro, carente de honor y de palabra. Soltadme antes de que el valí sepa de este atropello.

—Unas palabras audaces para una dama sola, rodeada por quinientos guerreros. —Munuza sonreía—. Este atropello obedece a las órdenes del valí, y te pido disculpas por ello.

Derrotada, la mujer se acomodó al otro lado del diván. El sarraceno hizo un gesto a uno de los criados y ella tomó la copa que le ofrecía para dar un tímido sorbo. Le sorprendió que se tratara de vino.

—Álvaro me ha informado de que deseas negociar conmigo.

—Antes quisiera disfrutar de una conversación amigable —respondió Munuza, y ella le dirigió una mirada de hielo:

—Eso es algo que, en estas circunstancias, no puedo ofrecerte.

—El valí al-Hurr me ha ordenado elaborar censos para duplicar los impuestos. —Alqama enarcó las cejas; tales palabras parecieron divertirle.

—¿La yizia y el jaray? —preguntó Dosinda—. Un dinar y cuatro medidas de trigo, cebada, mosto y vinagre, además de dos de miel y dos de aceite, por cada hombre libre. Los siervos sólo pecharán una medida. Eso fue lo acordado.

La estrategia califal resultaba, a esas alturas, palmaria. Pactos benignos, fácilmente asumibles, en especial si la alternativa eran la esclavitud, el saqueo y la muerte. Una vez consolidado el dominio islámico sobre un territorio, se imponían condiciones más férreas de forma paulatina. Con cada nueva concesión se reducía su capacidad de presentar resistencia.

—Debemos redactar un censo —dijo Alqama—. Los señores de Asturia nos engañáis con el número de siervos; no sabemos cuánta gente puebla las montañas.

—El censo limita la movilidad de la población —razonó Dosinda—, los lugareños van y vienen con sus rebaños. El jaray resulta igual de inasumible, y supone una violación del pacto. Nuestra tierra no es la Bética; apenas produce lo suficiente para subsistir.

—Podríamos negociar la tasa por la tierra en caso de sequía o granizo. —El árabe trataba de mostrarse razonable.

—¿Y qué hay del impuesto de capitación? —inquirió Dosinda—. Asturia no produce aceite, ni trigo, y el vino escasea. Debemos satisfacerlo en metálico, y el coste es abrumador.

—Y, a cambio, obtenéis nuestra protección. —Los labios de Munuza se curvaron en una mueca sardónica—. Mi oferta es el pago de la yizia en especie y un jaray de un dinar por cada dos yugadas, negociable en caso de malas cosechas. Tendré que enviar emisarios a Qurtuba para que el valí ratifique semejante concesión.

—¿Y qué deseas a cambio de tanta generosidad…? —replicó Dosinda sarcástica.

—Quiero que seas mi esposa.

El criado de cabello blondo regresó con una fuente de sémola de trigo.

Dosinda tuvo que fruncir los labios, al percatarse de que seguía boquiabierta.

—¿Te interesa mi proverbial belleza o mi herencia? —dijo al cabo.

—Me seducen ambas cosas, además de la clientela de vuestro linaje —

admitió el sarraceno—. Pensadlo bien, sería un modo de estrechar los lazos entre nuestros pueblos.

—Sabes que mi hermano no lo aprobará.

—Pelayo ha marchado a Qurtuba como rehén —señaló el emir—. No está en condiciones de imponer nada.

—Ni yo tampoco, supongo.

El árabe sonrió de nuevo y Dosinda humilló la mirada. Aceptar aquel acuerdo suponía asumir la obligación de cubrirse la cabeza, esconder el cuerpo en la calle y compartir esposo con otras tres mujeres.

—Dado que, al fin y al cabo, se trata de mi herencia —razonó Dosinda—, no veo necesario que compartamos lecho. Tenéis tres esposas y una docena de esclavas con las que engendrar vástagos…

—Ya no eres una niña, Dosinda —le interrumpió Munuza—. El imán requerirá pruebas de la consumación.

En otras circunstancias el comentario se le hubiera antojado grosero; en boca de Munuza resultaba tan carnal que la hizo sonrojarse.

—Soy consciente de ello —dijo la mujer.

—Bien —respondió él, satisfecho—. Llevará unos días preparar la ceremonia.

La cena prosiguió con una desconcertante cordialidad, como si nadie hubiera enviado cincuenta hombres armados a su casa aquella misma tarde.

Charlaron hasta casi medianoche. El sarraceno le preguntó por la hacienda de Veranius y se mostró atento a las respuestas; su astuta mente, dispuesta a enredarla en su red. A veces, Dosinda olvidaba de que se había convertido en su prisionera.

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