Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 23 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XXII

La luz medraba lentamente en la Propóntide, como si los bancos de nubes frenaran el avance del sol. Arrastradas por los etesios, las olas salpicaban la cubierta del Cychreides. A resguardo en el castillo de popa, León III permanecía inmóvil. El recién coronado emperador no dejaba de observar las mangas de tela que señalaban la dirección del viento.

Un leve soplo de brisa. Hacia el norte, más allá del Bósforo, los relámpagos se deslizaban entre las nubes de hierro, tan distantes que apenas se oían los truenos. Tampoco se escuchaban los habituales sonidos de a bordo. Ni gritos de los marinos, ni siquiera un murmullo entre el centenar de remeros que ocupaba los bancos, ni los crujidos de las tablas sueltas, o el gemido de las cuerdas de cáñamo. El viento póntico, llegado del norte, hacía flamear las velas de los cargueros atracados en el puerto de Neorion. Eso era todo.

—Pronto cambiará —dijo, casi para sí mismo.

León III, antes llamado Konon, percibía la preocupación en el rostro del capitán de la nave. Tanto por la inminencia del combate como por la inusual presencia del emperador en la nave. Muchas cosas habían cambiado desde que Konon derrotó al joven Teodosio. Tras apresar al vástago del usurpador, marchó a Crisópolis y, en lugar de someter la ciudad a un asedio, prefirió negociar con el Senado y el patriarca de Constantinopla. Ninguno de los más altos cargos del Imperio debía albergar dudas sobre cuál de los dos hombres que se disputaban el trono estaba más capacitado para defender la Romania ante la amenaza islámica. Teodosio III tuvo que abdicar y se recluyó en un monasterio, el mismo día en que León cruzaba las murallas Teodosianas por la Puerta Dorada para ser coronado en Hagia Sofia.

Sólo tres meses después, Maslama ibn ‘Abd al-Malik cruzaba el estrecho del Helesponto. Una vez en suelo europeo, el comandante árabe sufrió un ataque nocturno de los búlgaros cuando se hallaba en retaguardia con cuatro mil jinetes. Los nómadas aniquilaron a la hueste de caballería y Maslama salvó la vida de milagro.

—Esto no va a salir bien —dijo Teófilo.

Sentado bajo el toldo de popa, su amigo y consejero tomaba notas en unas tablillas de cera. La espera suponía la peor parte en la guerra, y el antiguo funcionario imperial no acababa de asumirlo.

—Todo va bien. —León quiso mostrarse confiado—. Maslama sigue creyendo que cumpliré mi promesa de abrirle las puertas de Constantinopla.

—Por ahora —precisó Teófilo—. No sé durante cuánto tiempo podremos mantener la farsa. Maslama no sospecha de nuestra alianza con Tervel, fingí sorpresa de una forma muy convincente. —Su amigo sonreía, como el granuja de siempre—. Cuando le expliqué que el pueblo romano no aceptaría una rendición, que te veías forzado a mantener la defensa…, parecía sospechar.

León había empleado las últimas reservas del Tesoro imperial para negociar con el kan de los búlgaros. No había sido una tarea fácil. El nuevo emperador de la Romania explicó a Tervel por qué le resultaría más provechoso tener como vecino a un imperio que le entregaba un tributo anual antes que a un belicoso califato en perpetua expansión. Tales razones debieron de persuadirle, ya que, una vez iniciado el asedio, los ismaelitas habían llegado a temer más a los jinetes de las estepas que a los propios romanos.

La situación se agravó cuando, a principios de septiembre, una gigantesca flota agarena de mil ochocientos cargueros y naves de guerra, al mando de Sulaymān, irrumpió en la Propóntide. En previsión al asedio, León había ordenado forjar una colosal cadena de hierro de media milla que, fijada a dos torres en ambas orillas, cerraba el Cuerno de Oro, el fondeadero de la Nueva Roma, donde se hallaba el puerto de Neorion. Tras esta formidable defensa, aguardaba una escuadra de noventa dromōnes.

El emperador romano no quiso salir con las naves al encuentro de la escuadra árabe, fondeada en Hebdomon a la espera del fatídico viento sur.

Las corrientes marinas de la Propóntide y el Bósforo fluían de norte a sur, impidiendo navegar hacia septentrión. Los etesios, los vientos dominantes, soplaban en esa misma dirección en verano. Las naves a vela de Sulaymān

esperaban a que llegaran los anhelados vientos del sur, para levar anclas, navegar ante Constantinopla y tomar los puertos que controlaban el Bósforo, la ruta que abastecía a la capital romana.

—¿Qué haremos si fracasas? —preguntó Teófilo.

—Tendréis que elegir a un nuevo emperador —respondió León.

—No faltarán candidatos —consideró Teófilo—. Aunque se trataría del último emperador romano…, y aquel con el reinado más breve. ¿De verdad es necesario arriesgarse de este modo?

—Mi presencia aquí eleva la moral —razonó León—. No tenemos más opciones.

Y existen otras buenas razones, reflexionó, mientras observaba a Manuel discutir. Había ascendido a su viejo subordinado a estratego de los karabisianoi, el comandante de la flota imperial, pero Manuel no era de noble cuna, y su tono perentorio al entregar las órdenes había enfurecido al komēs Damiano.

Esto no va a salir bien, se dijo León.

Aunque impertinente, el desdén del antiguo hypostrategos estaba justificado. Ni el komēs Damiano ni su acicalado cuñado, Demetrio, merecían dirigir ni siquiera una banda de monos de circo, y mucho menos un escuadrón de dromōnes. Sin embargo, un ejército clasista y corrupto, en el que primaba el linaje sobre el mérito, les había concedido ese rango, y León no podía actuar sin arriesgarse a una rebelión en el Senado.

El emperador echó un vistazo más allá de la borda. No había señales de viento, y una gélida neblina convertía el mar en un fantasmagórico piélago.

Las olas mecían el buque insignia de la flota romana, el Cychreides, donde aguardaba, paciente, el emperador de la Romania, atracado en el dique que protegía el Kleidion. Las casas enjalbegadas bordeaban el puerto y las callejuelas empedradas ascendían por la colina. La orilla opuesta del Cuerno de Oro estaba salpicada de haciendas y villas, con huertos y viñedos.

El cielo se hizo más diáfano, la mañana avanzaba lentamente y los primeros soplos de brisa llegados del sur agitaron la manga de viento. León se incorporó del asiento.

—¡Soltad amarras! —gritó con fuerza, mientras su corazón latía desbocado.

La llamada de los cuernos se propagó por los diques del Kleidion, uno tras otro los dromōnes zarparon y el Cychreides, bautizado en honor al mítico dragón marino, se puso en marcha al ritmo de sus cincuenta pares de remos.

Tal y como habían convenido, las noventa naves de guerra de los karabisianoi se desplegaron en dos líneas, tras la cadena que defendía el Cuerno de Oro. El emperador corrió hacia la proa de la nave capitana para contemplar la entrada del Bósforo. Un súbito golpe de mar y tuvo que secarse el rostro. Sí, ahí estaban, podía verlos claramente: un millar de velas asomaban lentamente de la Propóntide, impulsadas por el viento sureño. El Cuerno de Oro resplandecía bajo el sol. Maslama había ordenado que una parte de su flota ocupara los puertos de la costa asiática del Bósforo. Otra escuadra, más numerosa, navegaba ante Constantinopla para adentrarse en el estrecho y tomar las ciudades portuarias de este paso marítimo, para confinar a la flota imperial. Las pesadas naves de carga traídas de los puertos de Siria, Egipto e Ifrīqiya avanzaron lentamente, escoltadas por los shalandiyyāt, tripulaciones forzadas entre los cristianos sirios y egipcios, además de un contingente de infantería árabe.

—Maldita sea. —León cerró los ojos, impotente, con la frente apoyada en la roda. A punto estuvo de maldecir… o de comenzar una oración.

Superados en una proporción de diez a uno, se veían obligados a observar cómo el enemigo pasaba ante ellos, por el turbulento Bósforo. En unas horas, el cerco naval se habría completado.

En ese instante, León alzó la vista cuando dejó de escuchar el gemido de la manga al flamear. La brisa había cesado. La retaguardia de pesadas naves de carga, dependientes por entero de los caprichos del viento y las corrientes, se había detenido ante ellos. Movidos a remos, los shalandiyyāt los habían dejado atrás.

Sin dudar un instante, el emperador arrebató el cuerno a uno de los marinos y lo hizo sonar con todas sus fuerzas. Al escuchar la orden, los operarios de las torres del Cuerno de Oro hicieron descender la enorme cadena, al tiempo que los resoplidos de las cornetas se propagaron por las galeras romanas.

—Dios está con nosotros —murmuró el capitán, ante semejante golpe de fortuna. León no osó contradecirle.

Con un implacable traqueteo metálico, los cabestrantes resonaron cuando las noventa naves de guerra levaron anclas. El Cychreides, la nave insignia de la flota, se puso en marcha al ritmo de sus cien remos, y los noventa birremes restantes la imitaron. Todas habían desmontado el mástil y la vela latina para entrar en combate, los remeros eran soldados y marinos al mismo tiempo. La escuadra de dromōnes cargó decidida contra la retaguardia enemiga, formada por cuatrocientos cargueros y treinta shalandiyyāt.

La madera gemía ante el esfuerzo de los remeros, la espuma del mar salpicaba la proa. Las dos líneas romanas cargaron en cuña, con el Cychreides en el vértice de la formación, y León justo en la proa. Ante él, los mástiles de velas blancas se elevaban como un bosque y, más allá, una nube de galeras sarracenas empezaba a virar, al descubrir sus intenciones.

Los dromōnes planeaban sobre las olas, arrancaban ráfagas de espuma sobre las cubiertas. León podía oír el crujido de las maderas torturadas a medida que embestían una nueva ola. Parecía una locura. Surgido de la misma tradición naval que el dromōn, el shalandī poseía una borda más alta para atacar a las naves enemigas desde una posición elevada. Los espolones de las galeras romanas se antojaban aguijones de un enjambre de avispas cargando contra una manada de bueyes. Cuando se hallaban a casi un centenar de pasos, León gritó:

—¡Virad a estribor!

Las trompas de guerra repitieron la orden y los dromōnes se adentraron en la flota de cargueros, inmóviles. Las colosales naves de carga se hacían más y más grandes ante sus ojos. Los muqātila preparaban arcos, fustíbalos y

catapultas. Dispararon una descarga a quemarropa. Los virotes silbaron, astillando madera, el sonido de los proyectiles al barrer la cubierta del dromōn fue indescriptible. León pronunció una sola palabra: «Pyros».

Entonces el Cychreides demostró por qué era un dragón.

Bajo el castillete de proa, una pareja de operarios accionó los émbolos del siphōn, que comenzó a escupir el líquido inflamable almacenado en un tanque de bronce. Un candil en la boca del tubo creó una lengua de fuego de cuarenta pies que ardía incluso sobre el agua.

Los dromōnes vomitaron fuego sobre la escuadra enemiga, un infierno marino que engulló, una tras otra, a las naves del califato. El calor resultaba insoportable incluso a cien pies de distancia. León caminó hacia babor, para escrutar el Bósforo: el grueso de las galeras musulmanas se hallaba a dos tiros de flecha.

—Dad la orden de retirada —ordenó al navarca.

Resonó la trompa de guerra de la nave capitana y los buques romanos viraron en redondo para regresar al Cuerno de Oro, antes de que los shalandiyyāt acudieran en auxilio de la maltrecha zaga.

Apoyado en la regala, León contemplaba el infierno que habían desatado.

Algunas naves en llamas se estrellaron en los acantilados del Bósforo, otras acabaron en el fondo del mar, el resto fueron arrastradas por la corriente hasta las islas de Oxeia y Plateia, a una decena de millas al sudeste de Constantinopla. La Romania no había perdido ni un solo barco.

Los noventa dromōnes retornaron al puerto de Kleidion triunfantes. La población de Constantinopla se había congregado en los muelles para aclamarlos. Dicen que sólo los buenos mueren jóvenes, y debía de ser cierto, ya que Damiano había salido ileso del combate, sin tan siquiera un rasguño.

—Habremos hundido unos veinte cargueros, con dos mil hombres —

declaró, eufórico, nada más pisar la cubierta del Cychreides, una vez que

atracaron. En las calles, los balcones y los tejados de las viviendas, el pueblo romano rugía de júbilo.

—El efecto moral ha sido formidable —comentó Teófilo, admirando el griterío de la multitud—. A partir de ahora, los árabes se mostrarán más cautos cuando bajemos las cadenas del Cuerno de Oro.

—Sí —dijo León—, y Maslama ha cercado nuestra capital por tierra y por mar.

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