Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 13 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XII

Al amanecer, los jinetes cabalgaron de granja en aldea para convocar a los cabezas de familia al concejo. Los vecinos comenzaron a reunirse a mediodía, bajo la fronda de un enorme tejo que se alzaba junto al camposanto, repleto de discos de piedra con símbolos astrales tallados.

Vestidos con paño oscuro, portando lanzas y azconas, los vecinos depositaron las armas junto al tronco antes de tomar asiento en un roquedo.

Los cántabros no conocían más señor que sus leyes. En los días antiguos se agrupaban en tribus; con el tiempo los lazos de vecindad se habían impuesto al parentesco. Los concejos de valle y aldea se reunían al menos una vez al año, durante el solsticio de verano, y estaban abiertos a cualquier hombre libre, que en aquella tierra inhóspita eran todos. Allí se escuchaban quejas, se alcanzaban decisiones, se aprobaban leyes y se gestionaban las tierras comunales.

Fruela aguardaba en pie, desarmado, ante el afloramiento rocoso, y escrutaba el rostro de los hombres que acudían. Manos encallecidas, ropas zurcidas, zuecos de madera y pies desnudos. Saludó a Casio, el recitador de leyes, depositario del conocimiento jurídico de un pueblo que ignoraba la escritura. Junto a él se hallaba Pentio, uno de los «hombres buenos» del valle, a quienes se acudía ante cualquier disputa. También era vate, el responsable del culto pagano, y en ese momento observaba el crucifijo que pendía del cuello de Fruela, llegado a Caórnica cinco años antes.

¿Qué soy?, se preguntó Fruela. Su madre, muerta antes de que él cumpliera seis años, había sido cántabra. Y después de cuatro siglos deambulando por Europa, mezclándose con sármatas y alanos, fugitivos romanos, aristócratas galos e hispanos, su linaje paterno apenas tenía sangre de Escandia en las venas. La identidad goda sólo era un fantasma.

Los montañeses esperaban en silencio a que expusiera el motivo de la asamblea.

—Mi padre me ha desterrado y debo abandonar el valle —expuso sin miramientos—. He entregado a Bricio y Paula la granja y las tierras que lindan con el bosque. Deseo vender el resto.

Acomodado a la diestra del sacerdote se hallaba Verna, el propietario de la granja más próxima a la suya, un tipo enjuto, de barba luenga, con una brizna de hierba siempre en la comisura de los labios.

—¿Por qué deberíamos socorrerte? —preguntó, huraño—. La ley lo prohíbe, y todos sabemos que trajiste oro del sur y lo enterraste en algún lado.

—¿Qué te preocupa, la ley o mi oro? —inquirió Fruela.

—Mataste a un hombre —insistió el montañés—. Debes pagar por ello.

—Maté a quien traicionó a mi rey, a mi reino y a mis camaradas que aún se pudren bajo el sol de la Bética —le espetó Fruela—. Si alzas tu mano contra mi familia, te abriré en canal como a un puerco.

Hubo protestas ante la brusquedad de la respuesta. Uno de los vecinos, llamado Luba, se levantó del asiento.

—Fruela ha sido un buen vecino —declaró—. Su esposa, Hilduara, asistió a mi mujer en el parto y él me ayudó a construir el corral. Sostuvo a las viudas del valle, sin importarle a qué dioses veneran.

—Está prohibido auxiliar a quien ha sido proscrito —declaró Casio, el recitador de leyes—. La ley ha de ser igual para todos. Si cada uno la ignorase según lo que él considera justo, ¿qué justicia habría?

La mayoría asentía en silencio; para Fruela aquella declaración suponía una sentencia de muerte. El vate Pentio, que no dejaba de escrutarle, alzó la mano para pedir palabra. Todo el valle enmudeció.

—Ningún heraldo ha llegado a Caórnica para anunciar que Fruela sufre destierro —dijo tras ponerse en pie—. ¿Cierto?

—Cierto —declaró Casio.

—Por tanto —prosiguió el vate—, este hombre aún no es, en justicia, un proscrito.

—No. Aún no.

Un murmullo recorrió los improvisados escaños.

—Así que nada me impide comprarle sus tierras de la ribera norte por trescientos sueldos —señaló Pentio.

—No —dictaminó el portavoz de la ley—. Nada.

Una viuda de unos cuarenta años se levantó. Orgullosa y distante, les habló con una gracia altiva, casi regia:

—Yo puedo darle ciento cincuenta sueldos por la braña del collado.

—Y yo, cien sueldos por la mies al sur del río… —dijo Luba, y su esposa le fulminó con la vista—. Cien sueldos y ocho vacas. No puedo permitirme más.

—Cien serán suficientes —dijo Fruela—. Me es imposible llevarme el ganado.

—Entonces te pagaré doscientos sueldos por el rebaño y esas ocho vacas —

dijo Pentio—, y quedamos en paz.

—Sea.

Se pusieron en pie para estrecharse las manos, un gesto que sellaba el trato sin requerir nada más. Fruela no sólo había obtenido seiscientos sueldos, sino también salvado la vida. Observó cómo Verna cabalgaba hacia el bosque.

Tomó la pala y comenzó a excavar a los pies del nogal. Bajo el manto de nieve, el suelo se mostraba húmedo y blando. No tardó en encontrar el arca.

Retiró la tierra que la cubría con las manos y la abrió para comprobar el

contenido. Quince mil sueldos. Bastaba para comprar una nueva vida.

Bastaba para que quisieran quitarle la que tenía.

A él y a su familia.

Fruela era un guerrero, había alimentado a los cuervos desde hacía más de una década. Después de participar en más peleas de las que podía contar, el dolor era un viejo conocido. También conocía el dolor de la pérdida: su maestro de armas —el padre que quiso tener y nunca tuvo— y mejor amigo. Mas, en ese momento, sentía un temor atávico, el de fallar en su deber de proteger a los suyos. Cuando el miedo a la muerte es menor que el miedo al fracaso.

Las manos callosas de Hilduara abrieron el arcón que había traído consigo de Toletum. El contenido se le antojaba inútil; ropajes más concebidos para lucir en banquetes que como abrigo. Los bienes suntuarios se habían convertido en recuerdos de otra época. Cuando salió de la cabaña, su esposo ya se había armado. Ensillaba los caballos y la mula con el oro, las armas y los útiles de acampada. Un demonio sombrío, con la mejilla izquierda abrasada, la cota de malla pavonada por el óxido y aquella enigmática espada al cinto. El guerrero sobre el que los escaldos aún contaban historias junto al juego.

—Estás cambiado —le dijo sin pensar.

—La guerra te cambia —murmuró Fruela.

—Lo sé.

Un recuerdo súbito ensombreció las facciones femeninas, y él pudo imaginarlo. Nunca hablaban de eso. Hablar sobre ello lo haría real. No necesitaban palabras, sólo se necesitaban el uno al otro. Fruela extendió la mano y le acarició la mejilla.

—Soy tuya… —dijo Hilduara, y Fruela la sintió inclinarse hacia su caricia, con los ojos cerrados—. Y tú eres mío. —Respiró hondo, abrió los ojos y sonrió. Fruela contempló las montañas que rodeaban al valle. Bosques sombríos agrisados por la escarcha y, más allá de la sierra, la presencia

fantasmal de las cumbres bajo una perenne cortina de niebla. Un cielo plomizo, empapado de humedad, que vertía un calabobos eterno.

Teodolf le había enseñado que, cada mañana, todo guerrero ha de convencerse de que su destino es morir. Ha de verse a sí mismo herido por la espada, ensartado en flechas, abrasado por el fuego. Una vez que abandonas los muros del hogar, estarás rodeado de muerte. Observó a madre e hija montadas en la yegua gris. Ellas cambiaban la situación por entero.

Se despidieron de Bricio y Paula para tomar el camino que conducía al puente. Fruela abría la marcha tirando de la mula, su esposa llevaba a la niña en la silla. La lluvia se congelaba en el camino embarrado entre álamos y sauces desnudos, como manos huesudas extendidas al cielo. Retuvo a la montura en la encrucijada. Debía elegir entre llevar a su familia por la senda que discurría hacia septentrión, junto a la ribera, y luego avanzar por la llanura costera, o atravesar la sierra que separaba Caórnica del valle del Namnasa para seguir hacia poniente, a través de un nuevo cordal, hasta llegar a Libana. Tres implacables jornadas entre peñas nevadas, territorio de caza de bandidos y lobos. Sin ningún techo sobre sus cabezas, sólo noches sin luna bajo un manto de nubes perpetuo.

Eligió la montaña.

El único modo de acceder a Libana desde la costa era un angosto desfiladero, en cuya entrada cualquiera podría emboscarlos. Dejaron atrás las vegas, para cabalgar por el sendero que serpenteaba entre un robledal desnudo, bajo un continuo calabobos, hasta que el lomo de las monturas desprendía vapor. A lo lejos, resonó un estruendo.

—¿Es un ojáncano? —preguntó Nuñabella.

—No —dijo Fruela—, sólo un derrumbe.

El único modo de describir al ojáncano es imaginar que un dios demente ha apareado a un cíclope con una ogra bermeja, con el resultado de una bestia brutal, cuyos hombros son un amasijo de músculos donde se posan dos cuervos que le sirven de confidentes. Un gran ojo reluce entre ajados

pliegues de piel, barbas rojizas afloran de una mandíbula de dos hileras de dientes y un hocico chato como el de un verraco.

Comenzó a jarrear, y, al girarse, vieron una hilera de jinetes ascendiendo por el camino que habían dejado atrás. El viento arrastraba los ladridos de una jauría de perros.

—Nos siguen —dijo Hilduara.

Picaron espuelas, avivaron el trote, las bestias obedecieron de mala gana.

Una veintena de jinetes los seguía a un par de horas de distancia. Fruela se preguntó quiénes eran y, sobre todo, quién los había informado. Rebasaron el collado y cabalgaron por la otra vertiente. La senda reptaba entre los cerros en dirección al Namnasa.

Anochecía tras el contorno aserrado de los montes. No había ningún astro, sólo una tenue luz diluyéndose en un firmamento acerado. Fruela buscó a la niña con la vista, su frágil cuerpo oculto bajo el manto materno, la coleta negra caída hacia un lado y un rubor sobre la piel pálida y brillante. Los labios rojos, trémulos, tiritaban.

Necesitaban un refugio.

—Ya casi estamos en Carmo —le dijo a Hilduara.

Un par de años antes, había entregado plata a Eldemira, la viuda de su amigo Argebald, para que desposara con el señor del minúsculo valle que se abría ante ellos. La senda los condujo hasta una empalizada de troncos sobre un terraplén que dominaba una colina. Desfilaron ante las estacas punzantes que defendían la cerca, bajo los restos de una pasarela de madera envuelta en bruma. Hallaron las puertas cerradas a cal y canto. Fruela gritó al cadalso que coronaba la entrada.

—¡Dalmiro!

Un individuo recio, de rostro bermejo, asomó por encima de las tablas.

—¿Qué quieres, Fruela?

—Refugio. —Extendió los brazos para abarcarlo todo—. Un lugar donde pasar la noche.

—Sabes que la ley lo prohíbe. Me buscaría la ruina si accediera.

—Te ofrecí una dote para tu esposa —le espetó con furia—, me juraste amistad. ¿Así lo demuestras?

—Lo demuestro dejándote marchar —respondió Dalmiro—. Opas me pagaría una fortuna por tu cabeza.

El espatario bajó la vista, conteniendo una blasfemia, y prestó atención a la niña, que los escrutaba con temor. Hilduara aflojó las riendas para volver grupas y él azuzó a la montura que tiraba de la mula de reata.

—¿Qué hacemos ahora? —Ni en el peor infierno Hilduara perdía la serenidad.

—Continuar antes de que sea noche cerrada —dijo Fruela—.

Encontraremos algún abrigo para acampar.

Cabalgaron junto a un arroyo que vertía aguas en el Namnasa. Un sol intangible agonizaba entre una calígine gris cuando atravesaban una de las vegas. La lluvia había hundido la techumbre pajiza del corral de muros desvanecidos bajo manchas de moho esmeralda. Al abrir la puerta los goznes ajados chirriaron. Dentro, una vaca, escuálida y tambaleante, los observaba. Fruela extrajo un puchero del macuto, comenzó a ordeñarla y un humor blanquecino brotó entre sus dedos rociando el suelo de estiércol.

Consiguió llenar el caldero a la mitad y dio de beber a la niña, un bálsamo para su cuerpecillo aterido.

—Ambrosía —dijo Nuñabella, y él sonrió ante aquella palabra, preguntándose dónde la habría aprendido. Hilduara depositó una moneda sobre el pesebre antes de cerrar la puerta.

La vega se adentraba en el valle bajo un edredón de nieve sucia. Desde la cobertura de la arboleda, Fruela escrutó el triángulo de tierra diáfana, intranquilo por cabalgar a campo abierto en una depresión cada vez más

angosta. Sus perseguidores no debían de andar lejos, contaban con perros para seguirles el rastro y aquella explanada suponía un cuello de ánfora en el camino al Namnasa. Decidieron rodear el claro remontando la sierra. Les haría perder un tiempo preciado, pero, desde la cresta, un batidor podría distinguirlos a una milla de distancia.

—Voy a reconocer el terreno —dijo Fruela.

Ató el caballo y la mula a un castaño y avanzó por la linde del bosque en dirección al cerro. Poco antes de alcanzar la cumbre, distinguió unas figuras recortadas sobre un cielo manchado de nubes negras. Logró esconderse tras un roble caído y retirarse a favor del viento para que los perros no captaran su olor.

Inspiró hondo mientras evaluaba la situación. Habían hallado un atajo; quien quiera que liderase la hueste contaba con guías locales. Corrió a toda prisa hasta la vega donde había dejado a su familia. Escuchó voces y tuvo que ocultarse tras un terraplén, apoyando la espalda contra la tierra helada.

Al mirar sobre el borde, descubrió a una decena de hombres armados.

—Opas lo quiere vivo.

Reconoció la voz de Wilfredo, el antiguo conde de Cauca.

—No será fácil —comentó alguien—. ¿Debemos enviarle a Toletum?

Esta vez se trataba de Verna, su vecino en Caórnica. Lo cual explicaba la celeridad con la que el noble godo había acudido… y quién había entregado a Opas el juguete de su hija.

—No, a Gegione —dijo Wilfredo—. Munuza pretende capturar a Pelayo, y los enviará a los dos a Corduba, encadenados. El astur tiene un traidor entre sus hombres.

Wilfredo se hallaba a sueldo de los sarracenos. Nada que no sospechara.

Existía una traición en ciernes contra Pelayo, y, de tener éxito, cualquier rebelión en el norte habría fracasado antes de comenzar. Fruela apretó los dientes, la ira se había vuelto una emoción demasiado familiar.

Los hombres se dirigían hacia donde se ocultaban Hilduara y la niña.

Escuchó el murmullo de sus voces cuando el viento soplaba del noreste.

Oculto tras el terraplén, Fruela arrastró el cuerpo por el fango. Las voces se hacían más claras, hasta volverse inteligibles. Se tumbó sobre el barrizal de aguanieve y hojas muertas cuando pasaron a su lado. Permaneció inmóvil, hasta se impuso el silencio.

Corrió dando tumbos por el bosque. Las ramas le azotaron el rostro, los pies se engancharon en cada raíz y en cada roca. Gritó el nombre de la mujer y la niña, sin importarle que pudieran oírle. El silencio del bosque le recordó que todo ocurría por su culpa.

—¡Fruela!

Hilduara había ocultado los caballos tras unas rocas. No había querido atraer a los perseguidores. Más sensata que él. Abrazó a su mujer y después a la criatura, un movimiento atrajo de inmediato su atención, y entonces pudo verlos.

—¡Están aquí! —Tres hombres emergieron del bosque, armados con diversa fortuna. Lanzas, hachas y scramas, una sola espada. El primero era alto y calvo, otro lucía facciones de comadreja. El tercero no tendría más de quince años; flaco, desgarbado, con el cabello rubio y lacio bajo un gorro de fieltro. Fruela era lo único que se interponía entre ellos y su familia.

Desenfundó la espada y los tres guerreros se desplegaron. Trataban de rodearle, atacarle por los flancos. La familiaridad del combate hizo que Fruela se olvidara de su inquietud. Avanzó a la derecha, entró en distancia y lanzó un tajo horizontal. El bucelario inició una parada de rutina. Detener la hoja con el asta, alzar la parte posterior y ensartarle con la moharra. Una acción sencilla, letal. Ante cualquier otro enemigo, ante cualquier otra arma.

La hoja baylamānī partió el fresno, se hundió en la garganta, seccionó una vértebra y decapitó al guerrero. La testa quedó colgando hacia atrás, unida al tronco por un jirón de carne. El cadáver se derrumbó sobre el nevazo.

El segundo bucelario cargó con la espada. A una velocidad imposible, Mimung barrió el espacio entre ambos, segó el brazo extendido y el arma cayó entre la hojarasca con la mano aún aferrándola. El tercero descargó un hachazo. Fruela lanzó un tajo en respuesta y corrigió la trayectoria.

Arrastrado por la inercia del arma, su enemigo carecía de respuesta.

Mimung le hendió el cráneo hasta la mandíbula. Los gritos de los moribundos resonaron en el valle.

—Vámonos.

Fruela tomó en volandas a la niña para sentarla en la silla. Hilduara saltó sobre el caballo y azotó las ancas de la bestia para huir hacia el sur. En la espesura Fruela descabalgó. Halló el oeste gracias al musgo que reptaba por las hayas. Tras ellos las voces se desvanecían, filtradas por la niebla. Los perros habrían captado su olor, así que aceleraron el trote mientras el día se desangraba en un difuso crepúsculo. Llegaron hasta un roquedo cuando oscurecía.

Ante ellos las fauces de una gruta se abrían en un aullido silencioso y eterno. Decidieron montar el campamento. Luchando contra el viento galaico, Fruela fijó las esquinas de la lona al pedregal y ató un extremo de la cuerda a una roca. Logró cubrir la entrada de la cueva y a tientas comprobó la firmeza del nudo. La familia halló refugio en la cavidad rocosa y, agotados, desenrollaron las mantas. Encender una hoguera en el interior de una gruta húmeda, con las manos temblorosas y la leña empapada, resultó una quimera. Cuando al fin obtuvo una lengua de fuego pudo descansar. Más allá de la entrada, la cavidad se adentraba en la montaña y se perdía de vista en tinieblas.

—Tengo hambre. —La niña hacía garabatos con un palo sobre el suelo terrizo y los miraba como un perro abandonado.

—Prepararé algo —dijo Hilduara.

El espatario se despojó de la loriga mientras su mujer calentaba un pedazo de tocino en la mísera lumbre.

—Es Wilfredo —dijo Fruela, y ella alzó la vista.

—La guerra saca lo peor de todos —concluyó Hilduara—. Cuando las leyes desaparecen…

—Cada cual se muestra tal y como es.

La mujer reflexionó un instante con la mirada puesta en el fuego.

—Wilfredo es un cobarde —concluyó.

—Si crees que los malvados son peligrosos, espera a ver de qué son capaces los cobardes.

Hilduara cubrió a la niña con una manta, dispuesta a compartir el calor, al igual que el alimento. A medianoche se desató un temporal. Viento, nieve y truenos resonaban apagados en la quietud de la cueva. Fruela desnudó la espada y se sentó junto a la entrada para engrasarla. La hoja baylamānī

brillaba a la luz de los relámpagos. La niña no apartaba la vista de ella.

—¿Papá?

—Dime, hija.

—Si haces daño a la gente… luego tengo pesadillas.

—Lo siento. —Enfundó el arma y arropó a la criatura antes de regresar a su puesto.

En su infancia, Fruela había tenido una noción muy difusa del mal. Llegó a sentir cierta simpatía por el Diablo, en especial cuando le tentaba a realizar cosas placenteras. De niño había conjurado las pesadillas tapándose la cabeza con las mantas. El mal era algo relativo, y el infierno resultaba difícil de evocar. No había visto demonios, así que jamás pudo imaginar el infierno.

Ahora sí podía.

Hubo un desgarro en las nubes y, por un breve instante, asomó el pálido rostro de la luna. Contempló a su hija dormida. Por primera vez en mucho tiempo, la guerra que libraba no estaba en su interior.

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