Cova Dónnica
Capítulo XXVII
Jamás te acostumbrabas del todo. Cabalgas por una senda, entre prados y mieses, bajo la calidez del sol primaveral, y, en un instante, todo cambiaba.
Tras un recodo del camino, ahí está la guerra, esperándote. La tierra se torna ceniza, las cosechas desaparecen, el hedor de la carne abrasada te golpea en el rostro. Y el silencio. Ese desolador silencio apenas interrumpido por el graznido de los cuervos, los lamentos y los gritos.
La lluvia había cesado, el cielo aún permanecía gris y la embarrada vereda se ensanchó lo bastante como para que dos caballos trotasen a la par. En la vanguardia de los cincuenta jinetes, Fruela tiró de las riendas para detenerse ante la aldea de Argandenes, una pesadilla de ruinas calcinadas. El espectro de la guerra había convertido el valle del Pialonia en un aterrador páramo, y una cortina de lluvia se deslizaba más allá de las montañas, bajo un tenebroso cúmulo de nubes negras.
La partida de batidores regresaba.
—¿Cuántos? —les interrogó Pelayo.
—Trescientos muqātila árabes —dijo el jefe de los exploradores—, tal vez el doble de moros a pie y doscientos maulas hispanos con fustíbalos y azconas.
Una cifra mayor de la supuesta; todos contuvieron el aliento. El ejército sarraceno abarrotaba la vía de Lucus Asturum, una serpiente oscura reptaba por un paisaje esmeralda. El princeps astur se detuvo, con el rostro pálido desprovisto de emoción. Observó a sus dos subalternos; Asterio parecía más taciturno que de costumbre. Ceñidos los yelmos y puestas las lorigas, todos los guerreros llevaban los escudos a la espalda.
—Munuza se habrá visto obligado a mantener la guarnición de Gegione —
dijo Fruela—. Teme que los nobles se sumen a la revuelta.
—Y ellos se mantienen a la expectativa; apostarán por el caballo ganador
—concluyó Pelayo—. ¿Qué hay de tu hermano?
—A la espera de una embajada, de la guarnición de Amaya.
—Con las exigencias del nuevo valí de al-Ándalus. ¿Aceptará someterse?
—murmuró el princeps, y el interpelado dejó la pregunta sin responder. Sin duda, al-Hurr deseaba garantizar la lealtad de los señores del norte, que nadie se sumara a la rebelión, o, de lo contrario, podría extenderse por la piel de toro.
—¿Marchó ya Ermesinda? —dijo Fruela, tratando de cambiar de tema.
—Ayer, hecha una furia —confirmó Pelayo—. Se reunirá con mi esposa en Libana. Allí estará segura… Mi hija… No quiso entenderlo.
La mirada de Fruela vagó por encima de su propio hombro, más allá de las colosales moles de piedra albina, hacia el valle donde se hallaba su propia hija, junto a su esposa, Hilduara.
—Una comitiva de agarenos se ha adelantado al grueso de las tropas —
añadió el jefe de los batidores—. Llevan ramas de palma.
Al parecer, Alqama deseaba parlamentar.
—Iremos Fruela y yo, y hablaremos en tu nombre —dijo Asterio, y el cántabro parecía conforme, no así Pelayo:
—Debo parlamentar con el jefe sarraceno —declaró—. Conocí a Alqama en Corduba, ya sé qué clase de hombre es. Ignoro qué relación tiene con Opas, y debo averiguarlo.
—Después de nuestra emboscada a Munuza, tal vez no se sienta muy obligado a jugar limpio —le advirtió Asterio—. No debes arriesgarte.
—Ya veremos —comentó el princeps astur, girándose hacia el resto de jinetes, muy seguro de sí. Tras mirarle a los ojos, Fruela supo que en absoluto lo estaba.
Un buen comandante ha de mostrarse confiando ante sus hombres. Debe parecer ajeno a la duda, seguro de la victoria. Ha de estar dispuesto a decirles aquello que debían saber, ocultarles lo que debían ignorar. Sin escrúpulos, ni tampoco remordimientos, de enviar a cientos de jóvenes a la matanza. Siempre solo en el desolado páramo de su conciencia. Fruela observó a la decena de cántabros que le acompañaban; campesinos, artesanos, pescadores. Gente humilde, endurecida por aquella tierra áspera, sin más porvenir a su alcance que arrancarle un mísero sustento y ver crecer a sus hijos. Su máscara de mando se había hundido en una ciénaga, tras librar una batalla en el otro confín de un reino perdido para siempre. Y
debía ponérsela de nuevo.
—¡En marcha! —les ordenó Pelayo.
Medio centenar de norteños cabalgó hacia poniente y se detuvo en lo alto de un promontorio que dominaba el valle. Los pálidos estandartes omeyas flameaban en lo alto de la cima, y, al contemplarlos, las anillas de la loriga oprimieron la garganta de Fruela como la soga del verdugo. Durante años, había fantaseado con encontrarse frente a Opas en el campo de batalla, vengar la muerte de Rodrigo, la tortura de Teodolf, la traición en el lago.
Ese afán había dado paso a una ambición más serena y decidida, aunque, cuando se toparon con el obispo y los mandos sarracenos, la duda le atenazaba.
Bajo el turbante escarlata, Alqama lucía un rostro sombrío; difícilmente pudo imaginarle de otro modo. A modo de saludo, el caíd les sonrió revelando dos hileras de dientes blancos y perfectos. La sonrisa de un lobo hambriento, se dijo Fruela. Cuatro guerreros le escoltaban, todos con lorigas bajo la qabā’ abierta y adargas de piel de antílope con adornos de bronce, espadas damascenas colgando de tahalíes repujados, dignas de la panoplia de un príncipe. Fijó su atención en Opas, que en ese momento le escrutaba con los ojillos oscuros llenos de rabia y la promesa de un ajuste de cuentas.
Nada bueno saldría de aquel parlamento. Sintió que se le secaba la boca como si hubiera engullido un puñado de sal.
—Sed bienvenidos. —Opas había forzado una alegría antinatural en su voz
—. ¿Habéis venido a rendiros?
—No. —Pelayo se inclinó hacia delante en la silla, hacia Alqama, encontrándose ante una mirada muerta. Observó al corpulento montañés que le acompañaba, quien sin duda les servía de guía.
El obispo metropolitano hizo que su montura se adelantara:
—Creo que no se te oculta, Pelayo, cómo antaño toda Spania estuvo gobernada por una sola ley, bajo el gobierno de los godos, y cuando su formidable ejército se congregó no fue capaz de resistir el embate de los ismaelitas. ¡Cuánto menos podrás tú defenderte con un puñado de hombres!
Escucha mi consejo y apea tu ánimo de tal empeño, para que disfrutes de los muchos goces que ofrece la amistad con los mahometanos.
—¿Traes otra costilla de san Acisclo? —le respondió el astur.
Aquella muestra de arrogancia irritó aún más al mitrado. A su lado, Alqama aguardaba en silencio. Fruela pudo sentir la frialdad que irradiaba su mismo ser, como una ráfaga de brisa invernal.
—¿Quién manda aquí? —les preguntó—. Soy Alqama, heraldo de al-Hurr
‘Abd al-Rahmān al-Taqafī, valí de al-Ándalus por mandato del califa Sulaymān ibn ‘Abd al-Malik, príncipe de los creyentes.
—Yo soy Pelayo.
—¿De verdad pretendes enfrentarte a nosotros? —declaró el sarraceno—.
Entre tus hombres veo muchos pastores, pero pocos guerreros. ¿Habéis conocido la desolación del desierto, allá donde el sol abrasa, las aguas son salobres, las noches hielan y sólo los fuertes sobreviven? Mi tierra ha engendrado a los guerreros más despiadados que el mundo jamás ha visto.
Muqātila, lobos en un mundo de corderos. ¿Crees que un puñado de asnos salvajes puede enfrentarse a los ejércitos del califato?
—Esto no es un puto desierto: es mi montaña —afirmó Pelayo—. Marchaos o, de lo contrario, ninguno de vosotros saldrá de ella con vida.
—No es de sabios enfrentarse a los hijos de Agar, Pelayo —intervino Opas
—. Entrégame al asesino de mi hermano, devuelve a Munuza tu hermana
Dosinda y lograré que el valí de al-Ándalus te perdone la vida. Te doy mi palabra.
—¿Y qué hay de las granjas y aldeas que habéis devastado? —inquirió Fruela—. ¿Qué garantías tenemos de que no se repita?
—Sería un chiste que la conducta del vencedor tuviera que justificarse ante el vencido —declaró Alqama.
—Tú —le espetó Opas—. Mataste a mi hermano.
—A tus dos hermanos —respondió el cántabro, impávido, y se remangó para mostrarle las cicatrices del antebrazo—. Witiza murió berreando como un puerco cuando le ahogué; Sisberto chilló como una cría cuando le rebané el cuello; y tú acabarás igual. Ya no estás en Toletum, obispo perjuro, traidor a tu rey, enemigo de los tuyos, aniquilador de tu reino. Esta es mi tierra, e impone sus leyes. Ríndete y tus hombres podrán abandonarla. A cambio, recibirás el regalo de una muerte rápida. Te doy mi palabra.
Los ojos de Opas irradiaban fuego. Desde joven, Fruela había depurado la disciplina de desquiciar a sus enemigos, sondeando la armadura de sus mentes hasta hallar alguna debilidad. No había dos hombres iguales, y ahí radicaba el desafío, aunque, en el caso de Opas, resultase obvio.
—La derrota en el lago fue la sentencia de un juicio de Dios —rugió el obispo—. El dominio musulmán es un dictado de la providencia divina.
Lucháis por un mundo que agoniza, contra el imperio más poderoso que jamás ha existido, contra Dios, y contra el propio destino. Sé lo que pretendes, Pelayo. Deseas construir una epopeya que inspire a otros a seguir tu ejemplo. Nadie hablará de vosotros, nadie recordará que existes.
—Entre tus hombres veo muchos mercenarios, pero pocos guerreros. —
Esta vez Pelayo se dirigía, impasible, al sarraceno—. Tienen muy poco que ganar aquí, y los míos lo perderán todo si flaquean. Regresa a Corduba y dile a tu señor que aquí, en el norte, habitan hombres libres.
La mirada del astur se clavó en los ojos de Alqama. Supo que su adversario era consciente de que aquellos barbar, esclavos manumitidos, forzados a
luchar en virtud de los pactos, tenían pocos motivos para arriesgar la vida.
Al igual que sabía que, si aceptaban aquel desafío, combatirían en un terreno que les era desfavorable. El árabe entreabrió los labios, y el obispo le acalló con un gesto airado.
—No… sois… esclavos. Aún. Pronto lo seréis —le espetó Opas—.
Vuestros hijos serán castrados, vuestras mujeres engrosarán los burdeles.
Quien os recuerde, será para maldeciros. Al caer la noche, ambos colgaréis de una cruz y estos desharrapados estarán muertos —concluyó, con la atención fija en el muchacho que sostenía el estandarte de Pelayo, rematado por la cruz que Rodrigo portaba en la batalla del lago.
—Es mejor morir por algo que vivir por nada. —El joven tomó el crucifijo de boj que llevaba al cuello y lo besó ante el mitrado.
La guerra enseña a los niños a hablar como hombres, se dijo Fruela.
Contempló la furibunda expresión de la cabeza doctrinal de la Iglesia hispana cuando un campesino osó desafiarle. La convivencia de Opas sólo era una enrevesada farsa para justificar su arribismo, y para ello empleaba evangelios, misales, oracionales y salterios como armas. La fe de la gente común era sencilla, diáfana. Auténtica. Una persona instruida puede fraguar refinadas dialécticas para justificar lo injustificable. La gente común es incapaz de negar lo obvio.
Opas y Alqama se observaron, y Pelayo musitó un «Ahora idos a la mierda», antes de hacer girar al caballo. Cuando los agarenos desaparecieron de la vista, su sonrisa se desvaneció.
—Ha mordido el anzuelo —comentó el princeps astur, taciturno, mientras cabalgaban de regreso al valle—. ¿Qué te ha parecido?
—Opas está al mando —dijo Fruela—. El valí ha ordenado a Alqama que siga sus órdenes.
—Lo cual no ha sentado bien al orgullo de un caíd del más rancio linaje árabe —convino el princeps.
—Te tienen miedo —añadió Asterio—. Temen que esta rebelión sea el germen de algo. —Pelayo eludió su mirada, reflexivo ante tales palabras—.
Lo cual significa que al-Hurr también te teme.
—Los rumores sobre rebeliones por todo el califato han de ser ciertos —
dijo Fruela.
—Duplicar los impuestos, para sostener el ŷihād, tiene un precio…, y hoy mismo pueden pagarlo —murmuró Pelayo—. ¿Os habéis fijado en la expresión de los maulas?
—Opas ni siquiera lo percibe —masculló el cántabro.
El botín que podía ofrecer a los barbar aquella abrupta y desolada tierra resultaba mísero, la lealtad obtenida por el miedo siempre tenía un precio.
Bastaba con que los maulas temieran más a las lanzas del enemigo que al látigo de su amo para que abandonasen la lucha. Opas estaba convencido de que no tenía ante sí a un ejército de verdad, de que su líder, al que Alqama literalmente había meado encima, suponía ser un necio y un patán.
—Fruela. —La voz del jefe astur le sacó de tales reflexiones.
—¿Sí? —El cántabro alzó la vista, hacia el valle del Gueña. Un centenar de jinetes escoltaba a una columna de mujeres, niños y ancianos que, junto con los carros y los rebaños, ascendía hacia el monte Auseva.
—No eres el único con derecho a venganza —dijo Pelayo.
—Lo sé.
—Lo sabes, pero te da igual —dedujo el astur—. Si, por algún capricho del azar, Opas se encuentra al alcance de mi espada, no te interpongas. Es una orden.
Espolearon a las monturas para reunirse con los lugareños que transportaban las reses desde los invernales del valle hacia los puertos de montaña. Aquella senda conducía hacia las quebradas cumbres del Vindio,
los últimos vestigios de nieve aún blanqueaban su mole caliza. Una decena de jinetes se reunió con ellos.
—¿Todo en orden? —les preguntó Pelayo.
—Hemos reunido a las gentes del valle, la mayoría ya está en el monte Auseva —respondió Galacieso, y el princeps percibió su vacilante incredulidad—. Alqama no se atreverá a seguirnos.
—Entonces, ¿qué hará Opas? —dijo Pelayo—. ¿Regresar a Toletum con las manos vacías, después de reunir más de mil hombres?
Disparate o no, jamás habían contado con la iniciativa en una acción militar, ni habían impuesto al enemigo sus propias reglas. La lucha ancestral en la piel de toro. Todos los pueblos combaten en el terreno, pero algunos luchan con él, convirtiendo a su propia tierra en un aliado. No podían repetir el mismo error de siempre y enfrentarse a los sarracenos a campo abierto.
A medida que escalaban, la senda se adentraba en una vaguada dominada por un escarpe, coronado por un muro de piedra y una empalizada que servía de baluarte. Allí se reunieron con medio millar de guerreros. Más allá del camino por el que los campesinos conducían a sus rebaños, se alzaba el monte Auseva, en cuya pared rocosa se hallaba la cueva sagrada. Los vallejos que rodeaban la cumbre proveerían de pasto al ganado. En caso de que fueran derrotados, las mujeres y los niños podrían dirigirse hacia los puertos de montaña y refugiarse en lo más escarpado del Vindio.
—¡Señor! —Asterio señalaba una almenara que ardía sobre la cumbre que dominaba el valle, anunciando la llegada de la hueste agarena.
El princeps astur sonreía, sus ojos grises recorrieron el serpenteante camino.
Inquieto, aunque decidido, con los ojos brillantes, ajenos al miedo, lo cual otorgaba al resto la fuerza necesaria para ignorar su propio temor.
—Opas y Alqama han aceptado el desafío —dijo Pelayo, y gritó al grueso de la columna—: ¡Daos prisa! ¡Continuad!
Superado el collado, el camino deambulaba entre lomas cubiertas de hierba y brezo, hasta rebasar una cresta. Los agarenos estaban a dos millas de distancia, pisándoles los talones. Pelayo detuvo al caballo, puso pies en tierra e hizo sonar el cuerno.
—¡Desplegaos! —ordenó el princeps.
Quinientos guerreros descabalgaron al escuchar la orden, hincaron clavijas de hierro en el suelo para atar las riendas y tomaron los escudos de las ancas de los caballos. Todos se apresuraron a crear una, dos, tres líneas, codo con codo, cerrando el paso por el collado hacia el Auseva. Entre un barranco que defendía su flanco izquierdo y una sierra boscosa que defendía el derecho.
Tras empuñar el escudo, Fruela descabalgó y palmeó las ancas de la montura, que galopó hacia la montaña. Caminó ante la formación, escrutando un bosque de miradas inquietas, para ocupar un lugar entre sus hombres. Con aquel gesto, renunciaba a cualquier posibilidad de huida y mostraba su voluntad de compartir el destino de sus hombres. Se detuvo ante el arquero que le había acompañado desde Libana; la palidez del rostro le hacía parecer aún más joven.
—Ramiro.
El interpelado dio un respingo, haciendo que se deslizara sobre los ojos la montera de fieltro. A su lado, Elacio, como buen veterano, sonreía confiado.
—Ramiro, hijo de Álvaro… —prosiguió Fruela—. En el muro de escudos, todo guerrero protege el costado de su compañero situado a la izquierda. Tu deber será mantenerte hombro con hombro junto al resto. Si abandonas tu puesto, me dejarás desprotegido. Te estoy confiando mi vida, y, si yo caigo, la formación correrá el riesgo de romperse. ¿Me he equivocado de lugar?
Por un momento, un nuevo temor asomó en el escuálido rostro del muchacho, aunque al fin respondió:
—No —dijo, relamiéndose los labios resecos—. En absoluto.
Aferró con fuerza la lanza, con el extremo inferior hendido en tierra. Fruela había alzado la voz lo bastante como para que todos pudieran oírle, y contempló el valle, más allá de los estandartes que ondeaban en primera línea. La tormenta ya estaba casi sobre ellos, los hombres comenzaban a murmurar. Los enemigos se encontraban a trescientos pasos, en tenso silencio observaron cómo se aproximaba la columna. El sonido profundo de los tambores de guerra parecía un trueno lejano.
—¡Guerreros! —rugió Fruela—. ¡Escuchad al princeps!
Los cántabros le miraron desconcertados. Guerreros. Nada de bastardos, garrulos, paletos, cazurros, bastardos endógamos, follaovejas, bastardos eunucos —cualquier derivado de «bastardo» podía servir— u otro apelativo denigrante. Los había llamado «guerreros».
Empuñando su escudo escarlata, Pelayo se plantó ante sus hombres. Resonó un retumbar de cascos herrados. Un millar de muqātila árabes, maulas bereberes y mercenarios hispanos cabalgaba hacia ellos, haciendo vibrar el suelo, con un murmullo creciente.
—¡Ya lo veis! ¡Nos superan en número! —gritó el princeps—. Y esta lucha es demasiado noble como para dejársela a los nobles, así que tendremos que apañárnoslas solos. —Pelayo escuchó complacido las risas—. ¡Sólo son siervos! Mercenarios que luchan por un depravado paraíso que desean recrear a nuestra costa. Para ello, convertirán a nuestra progenie en rameras y eunucos. ¡Nosotros somos hombres libres que defienden a los suyos!
¿Quién creéis que vencerá?
Le respondió el golpear de los escudos y un ancestral grito de guerra en una lengua olvidada. «Orgen! Orgen!». Los norteños desataron una rabia apenas contenida.
—De nuestro reino sólo queda esta montaña —prosiguió Pelayo—. Esta será nuestra fortaleza. ¡Donde obtendremos nuestra primera victoria!
Recordad bien este día, porque será vuestro para siempre. Ab testudinem!
Con un ensordecedor estruendo, quinientos pastores solaparon los escudos, hasta formar una empalizada multicolor. Dispuestos a olvidarse de las
escaramuzas, para actuar como una infantería de línea. Para vindicar la derrota en el lago, la aniquilación de todo un reino, las humillaciones sin cuento.
Destellos de luz cegadora en el horizonte, bajo un océano de nubes negras seguido del furioso rugir del firmamento. Los gritos de enemigos sin rostro se hicieron más fuertes. Pudieron verlos desplegarse, con la caballería en vanguardia. Jinetes revestidos de metal, yelmos, lorigas de malla y armaduras de láminas.
—Contamos con una posición ventajosa —les recordó Fruela a sus hombres, y Ramiro asintió con firmeza, deseoso de creer sus palabras.
Un grito solitario surgió de entre las filas ismaelitas. El entrechocar de miles de armas golpeando contra los escudos los hizo envararse. Secándose el sudor del rostro, Fruela miró hacia la montaña que se alzaba a su diestra.
Nervioso aunque expectante. Incapaz de decidir si afrontaba la situación con calma o, simplemente, ocultaba su miedo. La única respuesta fue un continuo martillear en el pecho.
El princeps astur profirió un grito de guerra y levantó la espada. Su rugido se perdió en la cacofonía imperante y se sumaron los cuernos, pregonando por las montañas el coraje de los guerreros del norte.
—¡Preparaos!
La primera fila hincó la rodilla en tierra, con los regatones de las lanzas clavados en el pedregal, las moharras apuntando al enemigo. Los de la segunda fila los cubrieron con los escudos y el resto de filas se fue sumando a la techumbre, dispuestos a recibir el aguacero de saetas y la carga de la caballería. No sólo pondría a prueba su coraje, sino también su disciplina.
Arrodillado en vanguardia, Fruela se santiguó sin tan siquiera darse cuenta.
A su lado, Ramiro extrajo el amuleto que llevaba colgado del cuello, una punta de pedernal tallada milenios atrás. Una protección contra el rayo, los espíritus de la tormenta. Como si fuera una señal, un trueno rugió en la lejanía.
El rumor de los cascos herrados y el entrechocar del metal al galope se volvió atronador. Afianzados en el muro de escudos, los norteños se escrutaban entre sí, manoseaban las armas. En retaguardia, los escaramuzadores depositaron guijarros en los senos de las hondas y los fustíbalos.
—¡Esperad! —les ordenó Pelayo.
Una gota cayó sobre el hombro de Fruela, adhiriéndose a los anillos de la loriga. Sintió otra en la mejilla, y después otra más. El viento cubría las armas con un rocío helado. Un destello de luz sobre el aserrado horizonte y el cielo bramó de nuevo, como si, con su gesto, Ramiro hubiese invocado al Nubero. Jarreaba, el agua resonaba sobre escudos y yelmos, y después se desató la tempestad. Los norteños reían. Lluvia, bosque y montaña; su nubosa tierra acudía en su auxilio.
A una veintena de pasos, los jinetes sarracenos cargaban; ya casi podían distinguir los rostros.
—¡Disparad! —ordenó Pelayo.
En respuesta al cuerno de guerra, un enjambre de saetas nubló el cielo y cayó sobre la formación enemiga, causando más confusión que muerte. Los cascos herrados rugieron al remontar la pedregosa loma, los norteños ocultaron el rostro tras los escudos. De repente se desató el caos. Una brutal embestida. Sangre ajena salpicó el rostro de Fruela como lluvia escarlata.
La esperanza y el coraje se desvanecieron cuando los gritos de muerte recorrieron el frente de batalla. En un instante, la cuarta parte de hombres yacía en el suelo. Una docena de caballos sin jinete coceaba, con las entrañas desperdigadas por el pedregal. Los enemigos se replegaban.
—¡Recomponed filas! —gritó Fruela.
Los ojos de Ramiro se abrieron como platos. Entre los escudos, distinguió algo. Logró hurtar el cuerpo a una lanzada. Alguien no tuvo tanta suerte.
Enemigos y aliados cayeron, arrastrándose por el campo teñido de sangre.
Las bestias relinchaban.
Quienes perdieron las armas enastadas, desenvainaban los scramas para recomponer el muro de escudos. Silbidos en el aire, los arqueros disparaban en tiro tenso. Las órdenes de Fruela salieron un instante antes de que cayeran más flechas. Parpadeó cuando un proyectil le alcanzó el escudo.
Sintió un dolor ardiente en el antebrazo, vio el asta atravesando el cuero y la madera quebrada.
Buscó a tientas la herida y se arrancó la saeta. Alzó la vista, más allá del entrechocar de las armas. Vislumbró a la caballería agarena dispuesta a una nueva carga, bajo el mando de Alqama. Rodeado por su guardia personal, el obispo metropolitano aguardaba en el cuadro de infantería a que el árabe consumara la matanza. El caíd, en efecto, se disponía a soplar el cuerno cuando un gemido ronco surgió desde la niebla que engullía las peñas.
Otro tañido de bocina, replicado por el eco de las peñas, dio paso a un griterío salvaje. A su diestra, la bruma vomitó una multitud de hombres armados. Al fin. Desde los peñascos, hondas y fustíbalos lanzaron sobre los sarracenos otra lluvia, esta vez letal. Los muslimes recompusieron filas y quisieron devolver el castigo. Los fustíbalos moros arrojaron piedras hacia lo alto, que chocaron entre las peñas y cayeron sobre sus compañeros que trataban de trepar por la pendiente.
La voz de Munio resonó en todo el valle:
—Ad ultionem!
Cientos de montañeses descendieron por la cresta, en respuesta a su comandante. Otra masa de guerreros, bajo los estandartes de Galacieso, Egila y Pentio, surgió del camino, cerrando la retirada a los musulmanes.
Habían caído en la trampa.
Los muslimes se percataron de las tropas ocultas y comenzaron a desplegarse en filas. A una orden de Alqama, la caballería agarena tiró de riendas para volver grupas hacia la vaguada. Con la infantería mora dispuesta en falange, los jinetes se replegaron tras su formación para descabalgar.
—¡Cargad! —gritó Fruela—. Ad ultionem!
Desenfundó Mimung y corrió hacia los arqueros. Trescientos guerreros cargaron hombro con hombro. Pudo ver el terror de uno de los árabes, al rebuscar en su aljaba. Depositó una saeta en el arma y apuntó al pecho de Fruela. La flecha salió disparada cuando se hallaba a seis pasos. Sin fuerza, chocó en la malla; otro proyectil rebotó en el yelmo.
Dilatada la madera por el aguacero, los arcos resultaban tan inútiles como el juguete de un niño. El muro de escudos norteño arrolló a los arqueros islámicos, las dos falanges chocaron con un estruendo de tilo y corambre.
Los montañeses se estrellaron contra la línea de adargas como un golpe de mar contra las rocas, empujando a los moros, cuyas botas no encontraron agarre en el barro. Los chasquidos de las cuerdas de los arcos y el zumbido de los fundíbulos llenaron el aire, entre los gritos de los moribundos. La batalla rugió, ninguno de los bandos esperaba misericordia.
—¡Empujadlos al barranco! —gritó Fruela.
«Juntos podemos», murmuró uno de los norteños. «Juntos podemos», repitió su compañero, y la consigna se repitió por el muro de escudos, hombre tras hombre. «Juntos podemos». Hombro con hombro, empujaron.
Un paso adelante, dos pies de tierra ganados, y empujar.
Juntos podemos.
El escudo cada vez más pesado, como fundido en plomo. Sobre el entrechocar del metal y los gritos de los moribundos, repitió la orden:
—¡Empujad!
La lucha estalló con renovada furia, alentada por los gritos de guerra y el relincho de los caballos enloquecidos por el hedor de la sangre. Los dos bandos quedaron atrapados en un cuerpo a cuerpo brutal, la sangre se mezclaba con el barro. Fruela perdió la cuenta de a cuántos enemigos acuchilló. Sentía los brazos entumecidos por la fatiga.
En toda batalla llega un momento fatídico en el que las fuerzas fallan y ambos bandos se consideran vencidos. Es entonces cuando quien continúa luchando se alzará con la victoria.
—¡Empujad! —gritó.
Sus hombres respondieron con bramidos, los agarenos comenzaron a despeñarse por el barranco. A su diestra, Ramiro se unió al griterío, con una chispa de demencia en los ojos. Fruela percibió una ráfaga en la mejilla cuando una lanza buscó su rostro. Vio una abertura y acuchilló un vientre.
No tuvo tiempo de preocuparse por lo que acababa de hacer. El instinto fraguado en las prácticas asumió el mando.
Los norteños siguieron embistiendo, escudo con escudo, sobre un barrizal rojizo, pisando cadáveres y charcos de sangre. Juntos podemos. Bajo el continuo aguacero, los arroyos se volvieron torrenteras que vertían aguas en la vaguada. Bajo el batir de las pisadas, la vaguada se convirtió en barrizal.
Si todo iba bien, se dijo Fruela, habrían embolsado a la formación sarracena. Los tratados insistían en no rodear al enemigo, en dejarle siempre una vía de escape. De lo contrario, luchará hasta el último aliento. A esas alturas, ya daba igual. Apiñados, los agarenos se hundían en el fango por el peso de sus armas, cada paso se hacía extenuante. Los norteños saltaban sobre ellos como lobos, pisoteaban a los moribundos. Cubiertos de lodo de pies a cabeza, seguían avanzando.
—¡Empujad!
Dicen que el hombre civilizado es aquel que ha descubierto algo más placentero que la lucha. Aquel día, los «asnos salvajes» hicieron honor a su nombre. Sin apenas espacio para luchar, Fruela enfundó la espada y buscó a tientas el scrama. Lanzó una estocada a ciegas y otro enemigo se desplomó, chorreando sangre. El espatario dejó escapar un gruñido cuando otro moro le clavó una daga en el hombro. Un dolor profundo, palpitando bajo la piel como un cristal dentado. Fruela le apuñaló en el pecho.
Tosió y farfulló mientras su visión oscilaba. Cuando se llevó la mano al hombro, vio sangre y sintió que le empapaba la barba. Gruñendo, a duras
penas logró incorporarse. Vio a Opas, montado en su semental retinto, y trató de abrirse paso. No tuvo tiempo. Pelayo aferró los ropajes del obispo para arrojarle sobre el fango. El princeps montó a horcajadas sobre el mitrado y comenzó a aporrearle, con los puños, con la testa, dejando un rastro de sangre a cada golpe. Luego le aferró del cabello y hundió su rostro en el lodo; el religioso pataleaba, ahogándose en el fango, hasta que su cuerpo yació inerte.
Exhausto, Pelayo alzó la vista entre el tumulto; los dos espatarios canjearon miradas. La agotada expresión del astur se descompuso al ver algo y señaló el flanco izquierdo.
—¡Fruela! —clamó con urgencia.
El aludido miró por encima del hombro. Un centenar de jinetes sarracenos pretendía seguir avanzando por el camino. Alqama intentaba escapar. Tras recoger el escudo, Fruela retrocedió tras la deshecha formación norteña.
—¡Venid conmigo! —ordenó a sus hombres.
Treinta guerreros norteños abandonaron la masa de combatientes para reforzar el centro del maltrecho muro de escudos. Alqama desenfundó la mortífera espada mushrafī que llevaba colgada al hombro. Gritó una orden.
El tronar de los cascos resonó sobre el lodazal.
—Ab testudinem! —dijo Fruela.
Los norteños hincaron la rodilla en tierra y abatieron las lanzas, para crear una muralla erizada. Otros apoyaron el hombro en las espaldas de la primera fila. Resultó inútil. Huesos y madera crujieron cuando el muro de escudos se derrumbó ante los caballos.
Una bestia corcoveó y relinchó, aterrada, cuando media docena de lanzas se le clavaron en el pecho. Fruela cayó al suelo, aplastado. Ni siquiera pudo gritar, carecía de aliento. Atrapado bajo en el enorme peso del bruto, luchó por obtener una bocanada de aire. En su lugar, engulló fango. Arrastró la zurda por el lodo y aferró la espada. Todo era barro. Una negrura viscosa se tragaba su mundo, hasta que, al fin, pudo vislumbrar una grieta de luz. La
presión en su pecho cesó, alguien tiró de su brazo. Comenzó a toser, vomitó lodo y, al fin, consiguió respirar.
Apoyó la diestra en la tierra y abrió los ojos. El cadáver del caballo yacía sobre un cenagal, su sangre aún manaba de una lanzada en el cuello. Fruela a duras penas pudo enderezarse, el dolor en las costillas se lo impedía. A su lado, Ramiro se giró hacia el sudeste, en dirección al monte Vindio. La vanguardia de la columna sarracena había logrado atravesar el muro de escudos, y tomó la senda que ascendía hacia los lagos.
Del resto de la hueste agarena, ninguno quedaba en pie. Eran cadáveres, o agonizaban en un cenagal rojizo, sembrado de flechas y astas quebradas.
Vio una bandera pisoteada en el barro, con el blanco de los omeyas apenas reconocible.
La batalla ha terminado. Hemos vencido. Un pensamiento engañoso, impregnado de un falso alivio.
Cuando se topó con Munio, aún temblaba de rabia, cubierto de pies a cabeza de sangre y mugre. Sus ojos mostraban esa mirada salvaje que había visto por vez primera quince años atrás. Ambos se abrazaron, jadeantes.
—¿Por qué habéis tardado tanto? —dijo Fruela.
—Dijiste que esperásemos al momento preciso.
Caminaron por el campo de batalla, con los pies hundiéndose en el fango.
Los supervivientes atendían a los heridos. Los gemidos y las súplicas de los moros, abandonados a su suerte, resonaban en la vaguada, y Fruela se sintió aliviado cuando los callaron para siempre. Entonces se descubrió ante una imagen que jamás pensó que vería, y que no deseaba ver.
Munio se inclinó sobre el cuerpo mutilado de su padre. Tendido en el suelo, un gorgoteo salió de su boca, la sangre manaba de entre los dedos que se aferraban la garganta.
—Padre… ¿Padre?
Maurano le respondió con una tos áspera, mezclada con grumos de sangre.
Apretó la mano de su hijo con tanta fuerza que los nudillos se blanquearon.
Cabeceó una negativa.
—Está bien —murmuró Munio—. Te llevaremos al pueblo, allí te sanarán.
—Estoy… bien. —Maurano se atragantó, luchaba ferozmente por respirar.
La sangre no dejaba de manar—. Todo termina aquí… para mí.
La voz de Maurano murió con él. Munio presionó su frente contra la suya, cerrando los ojos. El cuerpo de su padre quedó inmóvil para siempre.
—Hoy habrás muerto por algo —le dijo Pelayo.
El princeps astur parecía cubierto con la sangre de un centenar de hombres; si era metafórico o real, poco importaba. Los ojos de Fruela le ardían por la mugre en el rostro. Trató de limpiarse y sólo logró extender la suciedad.
Contempló el monte Vindio, sintiendo una puñalada en el pecho a cada inspiración.
—Pretenden cruzar las montañas —masculló Pelayo, leyendo su expresión
—. Llegarán al valle de Libana.
Donde estaban Hilduara y su hija, todo cuanto amaba.
—¿Qué crees que hará? —preguntó Fruela.
—Los lobos no son crueles por capricho —murmuró el princeps—. Pero son lobos.
Alqama y sus hombres suponían una bestia herida. Moribunda, letal.
Arrasarían todo cuando hallaran a su paso.
—Nosotros los perseguiremos —dijo Fruela—. Tú debes marchar a Gegione. En cuanto llegue la noticia…
—Los nobles se sumarán a la revuelta —aseguró Pelayo—, y Munuza intentará huir hacia Astúrica…, atravesar la cordillera por el camino de la Mesa. Allí le emboscaremos.
El día era suyo. No había un momento de descanso.
—¡Dejad que las mujeres y los ancianos se ocupen de los muertos! —gritó Fruela a sus hombres—. ¡Tenemos que marchar tras Alqama!
Apenas un centenar de hombres, para aniquilar a la hueste de Alqama antes de que llegase a Libana. Vio a Elacio vendarse con jirones del manto.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó.
—Sólo he perdido una oreja —dijo el veterano—. No es nada.
Mis hombres, por razones del todo insondables, confían en mí. A pesar de aquella victoria pírrica, Elacio y el resto le miraban con una fe inquebrantable. Fruela comenzó a despojarse de la loriga y, en ese instante, sintió como una lanzada en la sien. Cerró los ojos, trató de serenarse. Casi vomitó de nuevo…, mas no tenía con qué. Tragó saliva y luchó por controlar su cuerpo. Munio tiró suavemente de él:
—¿Estás…?
—Estoy bien —dijo Fruela, con el cráneo aún palpitándole.
—Tus malditos dolores de cabeza —masculló su primo—. ¿Crees que puedes engañarme?
—Estoy… Estaré bien —repitió el espatario. Dejaron de lado la diatriba cuando regresó Elacio.
—Un tercio ha muerto —les informó el veterano—. Otro tercio, heridos.
Contamos con ochenta hombres.
—Alqama nos supera en número —masculló el espatario, y se dirigió a Elacio—: Llévate veinte; debes hostigar la retaguardia.
—Para que crean que los persigue el grueso de nuestra hueste —prosiguió el avejentado bucelario.
—Cortadles el paso hacia la costa —añadió Fruela, despojándose del yelmo
—. Nosotros marcharemos por lo alto de la sierra, para adelantarnos al enemigo.
—No podremos ir a caballo —le advirtió Munio.
—No. Lo haremos a pie.
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