Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 21 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XX

Fruela abrió los ojos poco antes del amanecer. En torno a una gran colina, coronada por un anillo de túmulos, sobre la encrucijada de la vía del Onna, el mundo se mostraba más gris y ceniciento que la jornada anterior. Alzó la testa de la alforja que le servía de almohada y descubrió a Pelayo sentado, con las piernas cruzadas, bajo el toldo que los cubría, con el rostro entornado hacia las montañas.

—¿Qué haces? —le preguntó.

—Escucha —dijo el astur, y él obedeció. No había nada que escuchar. El viento gemía en el valle.

—¿A qué te refieres?

—Un sueño me despertó —murmuró el astur, mas él sólo vio una sierra en tinieblas, sobre un firmamento oscuro—. ¿No puedes oírlo?

—La Diosa te está llamando —le dijo Munio, manoseando la punta de sílex que pendía del cuello.

Los heraldos habían cabalgado de valle en valle, a través de gargantas, collados y bosques. Las guarniciones prendieron fuego a las almenaras, la llamada al concejo se difundió por Asturia y Cantabria. Cientos de hombres y mujeres, llegados de todas partes, habían acampado en el antiguo cruce de caminos del Onna y erigido un bosque de tiendas. Pelayo había reunido todos sus efectivos y contaba con un séquito de ochenta guerreros, incluida la comitiva cántabra.

Astures y cántabros se levantaron de mala gana, para asearse con el agua de lluvia recogida en los toldos. La leña húmeda, que apenas ardía, al menos bastó para calentar el desayuno.

—Debo visitar el santuario —concluyó Pelayo.

—¿La cueva? —dijo Fruela, y se sacudió el agua del pelo como un perro.

Con un cuenco de leche en las manos, Baldomero se envaró al escuchar sus palabras.

—En su obra De correctione rusticorum —les expuso, intranquilo—, san Martín de Braga nos advierte sobre los demonios que habitan en los ríos y las fuentes haciéndose adorar como dioses. San Isidoro explica en sus Etimologías los muchos peligros de la hidromancia…

Podría haber mencionado la biblioteca de Alejandría al completo. Pelayo le ignoró y se secó la frente con el dorso de la mano, al tiempo que vislumbraba el contorno de las colosales montañas. Una hora después, los guerreros saltaron sobre las monturas, con la ropa adherida a la piel como un manto helado, para tomar la senda que se adentraba en la garganta del Deva.

—Pronto comenzará el concejo… —Fruela marchaba en vanguardia, junto a Pelayo.

—Hay algo que debo preguntar.

Dos horas después, llegaron al fondo del valle, cerrado por las estribaciones del monte Auseva. En el farallón rocoso de su ladera norte, a ochenta pies sobre sus cabezas, existía una cueva de la que surgía una cascada, que se precipitaba en el lago donde nacía el Deva. La roca verdosa, recubierta de musgos y líquenes, delimitaba un gran estanque que servía de puerta al Inframundo.

Alzaron la vista hacia Cova d’Onnica, la cueva de la fuente, el lugar más sagrado de toda la comarca. Se decía que la propia diosa, dadora de abundancia, habitaba en la caverna, y, desde tiempos remotos, los lugareños arrojaban ofrendas al lago que se hallaba a sus pies, acudían para beber de sus aguas en busca de sanación, y las mujeres se bañaban para quedar encinta.

—Esperadme aquí. —Pelayo descabalgó para ascender por la senda, empinada y estrecha, que conducía al santuario. Inapetente de cualquier ayuda espiritual, Fruela se sentó junto a la poza, para afilar la espada.

En la cavidad, el caudillo astur descubrió que las paredes de roca resplandecían por cientos de candiles, antorchas y cirios prendidos. Sobre un ara cubierta de musgo, una tosca escultura femenina parecía sepultaba por cientos de ofrendas: monedas y lingotes, piernas y brazos de arcilla, joyas de aspecto reluciente, reliquias de tiempos pasados, lucernas broncíneas de orfebres romanos junto a toscos cuchillos de pedernal.

Sentada junto al altar, una mujer se atusaba el cabello con un peine de oro; el vestido blanco, adherido al cuerpo por la humedad. Pelayo caminó hacia ella con cautela, y, cuando levantó la vista, le sorprendió con unos ojos de gata.

—¿Eres una jana? —inquirió el conde astur.

Ella alzó una ceja, intrigada.

—Pensé que sería obvio —dijo, mirándole por encima del hombro. Era menuda, de miembros delgados y una edad indefinida. Depositó el peine en el suelo y comenzó a trenzarse el cabello, que casi le llegaba a la cintura, con unos dedos adornados con anillos de plata.

—¿Puedo? —Pelayo señaló el escabel situado frente al altar.

—Debes. —Con un rubor tenue en las mejillas, la jana le examinó con interés.

Él tomó asiento mientras observaba las tres figuras que presidían el ara.

—¿Las Matres? —preguntó.

—La triple Diosa Madre —dijo la ninfa—: Deva en la tierra, Nabia Orebia en el Inframundo y la diosa innominada en el cielo. Las hilanderas de tu destino. La existencia de un héroe carecería de sentido sin el poder de la feminidad.

Se decía que la Diosa Madre hablaba a través de sus hijas. En la mente de Pelayo, impregnando todos y cada uno de sus pensamientos, subsistía una

sensación extraña. El frío que mordía sus pulmones le sacó de tales recuerdos.

—No soy un héroe.

—El hombre que querías ser nunca llegó a existir —comentó la vidente—,

¿por qué?

—No logré desenmascarar a unos traidores cuando estuve a tiempo.

—No te atormentes. Ningún pasado es ideal, pero del pasado surgen los ideales. Eres la suma de tus victorias y derrotas, tanto tuyas como las de tus antepasados.

—¿Y quiénes son mis antepasados? ¿Astures o godos?

La ninfa sonrió de nuevo.

—Es una buena cuestión —admitió—. La sabiduría no reside en conocer todas las respuestas, sino en saber qué preguntas has de hacerte. ¿Cuál de ellas te ha traído a este lugar?

—Deseo conocer mi destino —respondió Pelayo, y, a un gesto de la vidente, sacó una corona votiva del manto y la depositó a los pies del ara.

—Tu destino es fraguar un reino —respondió la jana, y admiró su desconcierto—. Si aun así no te consideras un héroe, ¿qué otra cosa crees ser?

—Un guerrero.

—¿Y por qué causa lucha ese guerrero? —dijo la jana, poniéndose en pie

—. Cuando debas pedirles a otros que mueran por ti, ¿qué les dirás?

—Que defiendan la vida de los suyos.

—Sobrevivir es un instinto, no un ideal, y el modo más fácil de hacerlo es someterse al poderoso.

—La libertad.

—La búsqueda de libertad es la ocupación de las almas vacías. Nadie vive la vida que ha elegido. Somos lo que somos, no hay escapatoria.

—Preservar nuestros bienes.

—El materialista es incapaz de luchar. Cuando el sentido de trascendencia se vuelve imposible, la voluntad rechaza el conflicto.

—No sé qué decir —admitió el astur—. Supongo que soy estúpido.

—En absoluto. Sólo eres demasiado complejo como para entenderte a ti mismo. —La voz de la ninfa se hizo más profunda—: Así obraron los dioses, así actúan los hombres. Un acto sólo adquiere sentido si reproduce lo sucedido en la noche de los tiempos.

La jana deslizó los pies sobre la roca húmeda y arrojó un puñado de carbones al fuego. Inhaló el humo y depositó unos hongos en un mortero de plata. Se extrajo una aguja del cabello y se pinchó el pulgar. La sangre se derramó sobre el cuenco. Bebió el contenido y le miró sin ver. Los ojos grises menguaron ante la visión inducida por el hongo sagrado. Cuando habló, Pelayo apenas pudo reconocer su voz:

—Yo estuve allí. El día en que el pueblo de Deva llegó a esta tierra montuosa, yo estuve allí.

»El pueblo de Deva estudiaba las ciencias ocultas, superó a los más sabios en la hechicería. Hasta el día del infortunio, cuando Erudino perdió la diestra en una refriega y tuvieron que elegir a un nuevo rey. Reunidos en concejo, decidieron entronar a Vaelico, el rey de los fomoré, los demonios del caos, llegados de más allá del océano.

»Los fomoré impusieron tributo al pueblo de Deva. Como maestros en la nigromancia, habían sacado provecho de la plaga que los precedía, para esclavizar a las gentes e imponerles su dominio. Hasta que los herreros de la Madre forjaron una mano de plata para Erudino y, de nuevo, pudo ceñir la corona. Vaelico convocó a los fomoré y Sucellus respondió a su llamada.

Ambos reunieron una enorme hueste, la corneja y el cuervo anunciaron su llegada.

»Al saber de la execrable tiranía que amenazaba nuestro mundo, Lug, maestro en todas las artes, se ofreció a acaudillar el ejército de la Madre Tierra. Grande fue la matanza en la explanada de las torres, abundante la sangre derramada sobre la hierba. Muchos perecieron aquel día… Erudino cayó bajo la maza de Sucellus, pero Lug le atravesó el ojo con su honda. El pueblo de Deva venció en el combate y Nabia Orebia proclamó su victoria.

»Yo estuve allí. Cuando Vaelico, el rey de los fomoré, se convirtió en el Señor de los muertos, desterrado para siempre en la morada pútrida del Hades, yo estuve allí.

La jana se sentó de nuevo, con las piernas cruzadas, los codos en las rodillas, las manos trémulas como ramas al viento. Su pálida tez brillaba, gélida, bajo la luz del fuego. Pelayo negó con la testa.

—Esa batalla nunca tuvo lugar.

La vidente le clavó sus ojos de gata, poderosa e inquietante, como la Diosa.

—¿Acaso importa? —siseó entre dientes—. Todo es algo y, al mismo tiempo, significa algo. Los fomoré son los señores del caos, el estado primordial de las cosas. El héroe es el demiurgo: no lucha para defender vidas, libertad o riquezas, sino un modo de entender la existencia. Tu enemigo encarna aquello que no quieres ser —concluyó la adivina—. He ahí la solución a tu dilema, Pelayo, hijo de Favila. No tiene sentido formular una pregunta cuando tú eres la respuesta.

De regreso al valle del Onna, los caminos aún vomitaban viajeros, a caballo o a pie, que erigían refugios bajo una llovizna constante. Las aldeanas recorrían los entoldados ofreciéndoles queso fresco y pan recién horneado.

Munio se alegró al ver a su padre, con un nutrido séquito, en representación de Libana. El valle de Onna había elegido a Galacieso como su portavoz.

Flaino, del valle de Eigon, llegó desde el sur del Vindio. Otra comitiva acompañaba a Paulo, de los valles de Salia y Pialonia.

—Bricio y Paula te envían saludos. —Pentio, un viejo conocido, acudía en nombre del Namnasa y Caórnica, y Fruela se alegró de que sus antiguos criados no hubieran pagado por la muerte de Sisberto—. ¿Sabes algo de Verna?

—Trabajaba para Opas —dijo Fruela—. Condujo a Wilfredo para que apresara a mi familia. Está… muerto.

El cabuérnigo se había detenido en un camino embarrado, sujetando a la montura de la brida. Le escrutó fijamente y se despidió con un gesto. A Fruela le sobrevino un presagio de infortunio.

—Ni un solo noble. —Munio llegó cargado con un haz de leña.

—Tampoco mi hermano Alfonso —añadió Fruela—, ni ningún emisario del duque.

Ninguno de los señores del corazón de Asturia, ya fuera Lucus Asturum, Gauzone o Flavionavia, quienes contaban con ejércitos privados, formados por guerreros de oficio. En aquella aldea de carpas sólo había granjeros y pastores que lo arriesgarían todo si decidían luchar. Aunque no faltaban los miembros del clero. Entre las tiendas, vieron a un sacerdote encaramado en un dolmen, profiriendo una ardiente diatriba sobre los males de este mundo.

Los lugareños atendían fascinados al anciano espigado de tez pálida y ojos glaucos.

—Álvaro de Tirasona —murmuró Baldomero.

—¿Le conoces? —dijo Fruela.

—Eso me temo —replicó el monje—. No esperes tenerle como aliado: es uno de los perros falderos de Opas.

Regresaron a las chozas, llevando una carga de ramas consigo. La leña, tan empapada que siseó al contacto del fuego. El herrero de Causegaudia había

adquirido carbón de brezo y su martillo resonaba en la forja, reparando el filo de las armas. Fruela desenvainó su espada, para comprobar el estado de la hoja, y uno de los bucelarios se santiguó al contemplar el acero oscuro.

El gemido de los cuernos de uro llamaba al conventus publicus vicinorum.

—Preparaos —dijo Pelayo—, es la hora.

Los caballos ya estaban ensillados, los atalajes, recién engrasados. Una columna de jinetes envueltos en mantos oliváceos cabalgó hacia la loma y los niños abandonaron sus juegos para verlos pasar. Las mujeres asomaban por las puertas secándose las manos con los bajos del vestido. Se detuvieron junto a una fuente para que abrevaran las monturas, las botas chapotearon en el barro al desmontar. El jefe astur acarició el pelaje desgreñado del semental bayo.

—Galacieso nos ha ofrecido hospitalidad, pero no un techo —dijo en voz baja—. Es una mala señal.

—Nuestra presencia en el valle le compromete —comentó Fruela—. No podemos culparle.

Según una tradición ancestral, el concejo se reunió bajo un tejo milenario en una antigua necrópolis, dólmenes y menhires entre un bosque de estelas. El colosal árbol, corazón espiritual del valle, se alzaba en aquel lugar cuando las legiones conquistaron la comarca, siete siglos antes. Una procesión de monjes desfilaba hacia la cumbre arrojando agua bendita a su paso. Los antiguos habían levantado aquellos túmulos, y Álvaro de Tirasona aborrecía las piedras paganas.

—Aguardad aquí —dijo Pelayo a sus hombres.

El árbol estaba rodeado por un anillo de estacas de avellano hincadas en tierra, dentro del cual estaban proscritas las armas. La enorme fronda ofrecía refugio a ochenta hombres y mujeres, dispuestos en círculos concéntricos. Al contrario que los concilios de los seniores loci, para tener voz una persona debía ser libre, tener al menos quince años y un hogar asentado. Las decisiones se tomaban por mayoría, la pena por perjurio era

la muerte. No existían más normas en este derecho consuetudinario tan antiguo como la montaña.

La comitiva de Pelayo se despojó de las espadas. Caminó hacia el primer círculo de asientos y se acomodó junto al anciano recitador de leyes, responsable de la tradición jurídica y de otorgar la palabra. Una autoridad investida por una reputación de equidad y justicia ganada durante toda una vida.

Munio se reunió con su padre, al tiempo que Fruela ocupaba la diestra del caudillo astur, junto a Favila, entre los portavoces de cada valle. En el círculo interior se presentó un noble, que llegó acompañado por una docena de bucelarios, de rostro alargado y una nariz rota que le otorgaban un aire pendenciero. Descabalgó ante el magistrado y depositó su espada en el tronco del tejo.

—Me llamo Egila —dijo a la asamblea—. Me refugié con mi familia en el valle de Saliamne, hace cinco años, después de que cayera Salmántica.

Pelayo agradeció su presencia con un gesto y se puso en pie para que todos pudieran verle.

—¿Quién eres y por qué nos has convocado? —le preguntó el recitador de leyes—. ¿De dónde traes tu escudo y esa suerte de armas?

—Mi nombre es Pelayo. Por linaje soy godo, compañero de mesa del rey Rodrigo. Famoso entre nuestro pueblo era mi padre, el duque Favila.

Conocisteis a mi madre, de estirpe astur, y también a mi abuelo.

—Un proscrito al que acompaña otro proscrito —le espetó Álvaro de Tirasona, esgrimiendo un dedo acusador.

—Maté a Sisberto, por traicionar al reino —admitió Fruela—; persiguen a Pelayo por tratar de liberar a su hermana. ¿Acaso es reprochable?

—Los godos han vagado durante casi mil años, y allá donde fueron sembraron la discordia. —El religioso mostraba una sonrisa desdeñosa.

—¿Qué consejo nos traes, Pelayo? —dijo el recitador de leyes.

—Luchar, mientras podamos hacerlo —dijo el aludido—. Los sarracenos me han perseguido hasta aquí; pronto enviarán una hueste desde Gegione.

—Luchar —repitió el magistrado—. ¿Bajo tu jefatura?

—Sí.

—¿Crees que tenemos alguna posibilidad de vencer? —inquirió Egila.

—¿Acaso importa, si la causa es justa? —intervino Favila—. Tenemos el deber de proteger a nuestra gente.

—¿Protegerlos de qué? —clamó Álvaro—. ¡Tanto da pagar tributo a Toletum como a Damasco!

—En Corduba, el valí nos hizo saber que crearán censos para la yizia y el jaray —declaró Pelayo—. Nos duplicarán el tributo, y quienes no puedan satisfacerlo deberán entregar a sus hijas.

Varios murmullos de inquietud recorrieron los escaños.

—Amad a vuestros enemigos —recitó el clérigo—, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.

Y al que te hiriese en la mejilla diestra ofrécele también la otra.

—¿Violaste tus votos y has engendrado? —le preguntó Fruela.

—Por supuesto que no.

—Entonces, si no tienes hijas, cierra la boca —le espetó entre dientes, y el clérigo le respondió con una desquiciada burla.

—Cuando el Señor habló de ofrecer la otra mejilla —intervino Baldomero

—, sólo era una estrategia para humillar al ego. No puede emplearse como una filosofía de vida.

El magistrado alzó una mano, reclamando silencio.

—Pentio, tienes la palabra —dijo.

Pentio, el vate de Caórnica, se puso en pie para dirigirse al círculo de mujeres y hombres.

—Hace casi cuarenta años, los señores nos llamaron a luchar contra el rey Wamba —declaró—. «Os sangra a impuestos», nos decían. No les faltaba razón. Pero muchos hombres murieron, sólo para que los magnates negociaran sus privilegios con el rey godo. ¿En qué cambió nuestras vidas?

Yo os lo diré: en nada. Entonces yo era un niño, mas aún lo recuerdo.

—Pelayo… —añadió Paulo—. Cuando Witiza despojó a tu padre del rango ducal, nos pidió que le apoyáramos. Hicimos honor a nuestro voto de fidelidad y, una vez obtuvo la seguridad del rey, nos dejó en la estacada.

¿Cómo sabemos que no nos traicionarás tú también? Conoces a los agarenos, habéis hecho buenas migas en Corduba.

—Todos hemos oído hablar de tu coraje, Pelayo —declaró Egila—. Pero los sarracenos han derrotado a los dos imperios más poderosos de la tierra. Nos aplastaron junto al lago, y en casi un siglo no han perdido ni una sola guerra. ¿Qué pretendes alzándote en armas? ¿Acaso tienes algún plan?

—Sabes que no tengo nada contra ti, Pelayo —dijo Galacieso—. Quieres luchar por tu hermana, y eso puedo respetarlo. Pero un jefe ha de anteponer el bien común por encima de su interés personal. La vida de Dosinda no vale más que los cientos de mujeres y hombres que perecerán si nos rebelamos.

Suponía el último portavoz; había llegado el momento de que interviniera la Iglesia. Álvaro de Tirasona se aclaró la garganta.

—He vagado por este mundo durante toda mi vida; no tengo un sentido del hogar, de la nación o de la patria. Todos los hombres son iguales ante los ojos de Dios. —Con un semblante apacible, Álvaro era la viva imagen de la santidad—. Todos anhelamos una existencia pacífica. Es el miedo al otro, al que posee distintas costumbres, lo que nos hace pensar que la única salida son las armas.

»Dios quiso castigarnos por nuestros pecados y puso nuestro gobierno en manos de los sarracenos. Me niego a aceptar que sucediera por capricho. —

El clérigo señaló a los dos espatarios—. Por su consejo libramos aquella funesta batalla en el lago, y, si no lo impedimos, nos conducirán de nuevo al desastre. Sólo un necio se alzaría en armas contra el mayor imperio jamás creado. No tenemos ninguna posibilidad de vencer. Estoy convencido de que, con tolerancia y buena voluntad, podremos construir un nuevo y luminoso reino bajo la firme tutela de los sarracenos.

La sonrisa beatífica del clérigo se esfumó en cuanto se retiró al escaño, para dar paso a una mirada envenenada. Pelayo se levantó del asiento para plantarse en el centro de la multitud que abarrotaba la colina.

—Álvaro ha impregnado su lengua con miel —dijo el jefe astur—. Así pudo engañar a mi hermana para que me escribiera una carta con la que Munuza trató de apresarme. Y, a cambio de su felonía, recibió nuestra hacienda en Veranius. ¿Confiaréis el futuro de vuestros hijos en su palabra?

—Pelayo sonreía ante la palpable indignación—. Algunos me preguntáis:

«¿Por qué niegas tu hermana a los agarenos? ¿Por qué rebelarse contra aquellos que tan bien conoces?». Mi respuesta es: porque los conozco bien.

En Corduba he visto el futuro que nos aguarda. Si consentimos que rompan el pacto, nada nos salvará de la siguiente ignominia: nos arrebatarán a nuestra progenie en nombre de una falsa amistad. En Corduba he visto a magnates con cincuenta mujeres encerradas en su opulento palacio. Ni Oriente ni Occidente han logrado saciar su codicia.

»Esclavos, hijos de esclavos, nos llaman. No les faltan motivos. Spania compra la paz con sus hijas y así sustenta su propia servidumbre. Algunos vinisteis al norte para huir de la esclavitud. —Miró fijamente a Egila—. Ya no os queda lugar para retroceder salvo el mar. Otros me preguntáis: «¿Cuál es tu plan de batalla?». Os responderé con una sola palabra: luchar, hasta el último aliento. Porque, si fallamos, todo cuanto hemos conocido y amado perecerá.

»Nada es tan seductor como la mentira y nada tan difícil de aceptar como la verdad. Yo no tengo bellas palabras que ofreceros, sólo una guerra sin esperanza. Si aceptamos o no ese futuro impuesto es algo que decidiremos

hoy, en este concejo. Pensad en vuestros hijos y en vuestros antepasados, vosotros, los últimos hombres libres de Spania.

Un pesado silencio se impuso en la colina. Ninguno de los presentes se atrevió ni tan siquiera a susurrar.

—¿Fruela? —dijo el magistrado.

La atención de todos recayó sobre el conde espatario. Igual que en el consejo de guerra previo a la batalla del lago. Una vez más, su palabra podía ser decisiva, y la necesidad de demostrar su valor seguía latente. Algo que, en el pasado, había supuesto la ruina de todo un reino. Trató de que no le temblase la voz:

—Hace ocho siglos, nuestros antepasados se enfrentaron al ejército más poderoso que jamás ha existido. Desafiaron a Roma durante una década, creían que estas montañas les servirían de refugio. Augusto envió ocho legiones contra ellos. Tras diez años de guerra, lo perdieron todo.

»Siglos después, nuestros ancestros se enfrentaron al reino de Toletum.

Pensaban que las huestes de Leovigildo se quebrarían ante las peñas de Amaya como las olas del mar. Perecieron en aquella maldita montaña y lo perdieron todo.

»Y henos aquí de nuevo, astures y cántabros, viejos aliados, apenas capaces de reunir la décima parte de guerreros. Debatiendo si enfrentarnos o no a un imperio aún mayor. Pelayo nos exhorta a que empuñemos las armas, nos dice que, esta vez, las montañas nos defenderán. —Fruela bajó la vista por un instante—. Sí, yo vi morir a Rodrigo…, a mi rey, a mis amigos, a mis soldados. Lo perdí todo, y aquel día aprendí algo: el guerrero no es el que siempre vence, sino el que siempre lucha. No nos hemos reunido bajo este árbol para decidir qué hacer. Nos hemos reunido aquí para decidir qué somos.

La mirada de Fruela barrió la multitud, que le escrutaba absorta.

—Es tu turno, Maurano —dijo el recitador de leyes.

Justo antes de la votación, el portavoz de Libana balbució algo ininteligible y alzó la vista hacia el árbol sagrado. El viento agitó las ramas, arrastrando un aroma a estiércol y a hierba recién segada.

—Cuando yo era un rapaz, mi abuelo, que en paz descanse, plantó un tejo junto a nuestra cabaña —dijo, ensimismado—. Me explicó que aquel retoño tardaría toda una vida en crecer. Así que se me ocurrió preguntarle para qué se molestaba, si él estaba a punto de diñarla. «Porque me sale de los cojones», respondió. Puto viejo… Chocheaba. —Maurano bajó la vista—.

Mi abuelo murió poco después y hoy el tejo da sombra a la casa. Con una de sus ramas, le hice a Munio su primer arco.

—¿Qué quieres decir con eso? —murmuró alguien.

—Digo… —Maurano agitó la cabeza con furia—. Digo que… Que les den por el culo a todos. Lucharemos.

Los asistentes al concejo estallaron en carcajadas. Las risas se desvanecieron poco después, las sonrisas sin embargo perduraron.

—¿Flaino? —dijo el recitador de leyes.

—Lucharemos.

—¿Egila?

—Lucharemos.

—Lucharemos —dijo Pentio.

—Lucharemos —dijo Paulo.

La decisión debía ser unánime. La atención de todos recayó sobre Galacieso.

—¿Y por qué no? —concluyó—. No voy a ser el único cuerdo.

¡Lucharemos!

Los norteños se pusieron en pie. Pelayo abrió la arqueta roja que siempre llevaba consigo; en ella no había monedas, joyas o lingotes, sólo una ajada cruz de madera. El estandarte que Rodrigo perdió en la batalla del lago. El jefe astur insertó la preciada reliquia en un asta, e hincó la rodilla en tierra para ser consagrado.

El día en que se forjó un nuevo reino, Pelayo no fue ungido por el obispo metropolitano en la catedral de Toletum. Sólo recibió la bendición de un monje exiliado, en un prado próximo a un santuario pagano. El Campo de la Jura, lo llamaron.

Fruela depositó su escudo en el suelo, Pelayo se subió a él y ocho guerreros lo alzaron.

—Princeps Pelagius! —gritó el recitador de leyes.

El gemido de los cuernos de guerra resonó en una tierra cercada por murallas de piedra y barrancos.

—Princeps Pelagius! Princeps Pelagius! —Los norteños rugían su nombre, alzando las espadas al aire. Con una enigmática sonrisa, Fruela formó una muda palabra con los labios: «Rey».

En las montañas del Finisterre atlántico, los norteños alzaron sus armas para retar a un imperio que se extendía hasta los confines de China. A los pies del monte Vindio, donde antaño creyeron que antes llegarían las olas del mar que las armas de Roma.

Un pueblo traicionado de nuevo se disponía a luchar. Traicionado por condes y obispos que abrieron las puertas de sus ciudades a cambio de prebendas, por terratenientes deseosos de señorear sus feudos sin rendir cuentas a nadie. Por cortesanos que murmuraban lisonjas para obtener cargos, por eruditos que rubricaban patrañas para ocultar la tiranía. Élites de la deserción, la necedad y la mentira.

El día en que el pueblo decidió luchar, eligió a Pelayo, el rey de la montaña.

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