Cova Dónnica
Capítulo XXV
Las algaradas se repetían cada primavera. En la mezquita aljama de Qurtuba, el valí realizaba un solemne llamamiento y miles de guerreros acudían al ŷihād: muqātila, soldados de la más pura estirpe árabe; maulas barbar, forzados a combatir en virtud de los pactos; voluntarios atraídos por el hedor del saqueo. El ejército califal abandonaba Qurtuba en primavera, imparable. Una inmensa columna de jinetes y peones atravesaba las sierras de la Bética hacia el norte, llevando consigo cientos de mulas y dromedarios con enseres y provisiones. Una vez en Caesaraugusta, marcharon hacia levante, a través de la vetusta calzada romana.
A partir de ese momento, nada era respetado. Los guerreros podían saquear el territorio a su antojo. Capturaban a los campesinos, violaban a las mujeres, cargaban en las mulas los objetos de valor, aherrojaban a los cautivos, torturaban a los magnates para averiguar dónde ocultaban el oro.
El ganado se reunía en acémilas o se sacrificaba. Sólo entonces daba comienzo la labor de destrucción. Se incendiaban los graneros, los hórreos, las cabañas, las iglesias, los establos. Las columnas de humo, visibles a decenas de millas, señalaban la ruta de invasión y los aterrados lugareños huían en masa hacia las montañas, abarrotaban los caminos presos de pánico, buscaban refugio tras los muros de las ciudades. Incapaces de alimentar a las oleadas de refugiados, condes y obispos se veían forzados a capitular.
Tras detener el caballo, Alqama alzó la vista hacia las puertas de Gerunda.
Flanqueadas por una pareja de torreones, la entrada fortificada se mostraba inexpugnable a cien pasos de distancia.
—Que preparen las armas —ordenó el caíd.
Ibn Ja‘far tiró de las riendas para volver grupas y el abanderado agitó la enseña; un lienzo de seda con el distintivo blanco de los omeyas.
—Allahu akbar!
El takbir resonó en la vanguardia del ejército y se propagó por toda la columna, apagándose en la distancia, a medida que la exaltación a Dios era repetida por cada hombre. Los muqātila tomaron los yelmos colgados de los arzones, revisaron los correajes de las armaduras, retiraron las fundas de las moharras y empuñaron las adargas.
—Preparad la ‘arrāda —ordenó Alqama.
Los carpinteros coptos comenzaron a montar la catapulta que cargaban los carros mientras los soldados erigían las jaimas en un cerro próximo a la confluencia entre los ríos. Apenas dos horas después, una gigantesca honda accionada por poleas, sobre un trípode articulado, se alzaba a cien pasos de la puerta oeste de la ciudad. A una orden, el primer proyectil salió despedido cuando una treintena de auxiliares egipcios tiró de las cuerdas e impactó con un estruendo contra las defensas erigidas en los días antiguos.
Durante toda la noche los artilleros castigaron las torres que custodiaban el portalón de roble.
El amanecer se mostraba gris, una espesa niebla se aferraba al maltrecho paisaje, dejando un frío legado de gotas nacaradas sobre soldados y armas.
A medida que avanzaba la mañana, entre el chirrido de la máquina de guerra y el rugido de las rocas castigando las torres, la niebla se fue despejando y pudieron distinguir las murallas. Los árabes aguardaron inmóviles, pacientes como estatuas. Sitiadores y sitiados parecían resignados a lo inevitable. La mayor parte de lugareños jamás había empuñado un arma, y la leva condal haría reír a un perro. Entre las almenas descollaban yelmos cubiertos de herrumbre, lanzas torcidas, escudos ajados.
Los arqueros, incapaces de acertar a un granero a veinte pasos, les disparaban flechas de puntas barbadas, más útiles para cazar ciervos.
Alqama sonreía confiado. Hacía siglos que los romanos pagaban a otros para que lucharan por ellos, y, una vez aniquilada la exigua guarnición de cada ciudad, los muqātila se convertían en una manada de zorros asaltando un gallinero.
—Que disparen los arqueros —ordenó Alqama.
Un nuevo Allahu akbar, un resoplido de cuernos y los ismaelitas desataron un aguacero de saetas sobre las mal defendidas murallas. El cielo gemía con silbidos de muerte, la lluvia de astiles arreciaba con furia, los cristianos se derrumbaban sobre un empedrado teñido de sangre. Una nueva orden y la tempestad amainó; los cadáveres yacían por decenas, el resto gimoteaba para no romper el silencio.
—Que ataquen los barbar —dijo Alqama.
—¿Tan pronto? —respondió Ibn Ja‘far, y al reconocer la expresión decidida, añadió—: Como desees.
El asalto fue brutal, había que dar un escarmiento. Si todas las ciudades de la Tarraconense ofrecían resistencia, la campaña se haría interminable. Los barbar tomaron el tronco de encina que habían hecho ariete y, bajo la cubierta de las adargas, embistieron las puertas. Los defensores les arrojaron piedras y pez hirviente, esta vez las flechas no erraron el blanco y en el umbral de la ciudad fortificada se amontonaron los cadáveres.
Al fin se impuso lo inevitable y el postigo cedió a los embates. Los africanos aullaron de júbilo. Asaltaron la entrada como gusanos en una herida infectada, los siervos arrojaron las armas y solicitaron cuartel, enloquecidos por el miedo. Los bucelarios, guerreros de oficio, resistieron el tiempo suficiente para satisfacer su honor y se mostraron dispuestos a rendirse a cambio de que respetaran sus vidas. Los barbar los alancearon con saña, degollaron a los heridos, mutilaron los cadáveres y comenzaron a matar a quienes hallaron a su paso.
Al darse cuenta de que no respetarían la tregua, los gerundenses retomaron las armas. Una feroz carnicería se desató en torno a la entrada.
Manoseando el puño de la espada mushrafī, Alqama fruncía el ceño. Al desenfundar resonó un siseo siniestro. Hizo una señal al heraldo, que realizó una llamada de cuerno. Los muqātila se lanzaron al ataque, el estruendo de mil cascos herrados ahogó cualquier otro sonido, los gritos de guerra acobardaron al enemigo. La caballería árabe barrió el tumulto formado ante la puerta, como una guadaña en un campo estival. Alqama se sumó a la carga, con la espada convertida en su mano en una ráfaga mortal.
—Allahu akbar! —Aulló hasta que su voz se tornó áspera, hasta que la sangre salpicó su rostro, hasta que les arrancó la vida a todos quienes osaron acercarse. El relincho de los caballos aterrados le ofendía los oídos, el denso hedor de la muerte impregnaba el aire. Una flecha silbó ante su rostro, y se giró hacia un muchacho delgado armado con un arco. Picó espuelas para embestirle y fue arrollado por la bestia.
Alqama descabalgó, dispuesto a arrebatarle la vida, y descubrió unos mechones rubios cayendo sobre un rostro femenino, aterrado. La chica trataba de protegerse con el ajado arco de fresno.
—Apresadla —dijo a sus hombres.
Al final se impuso el silencio y la agonía de los moribundos, los árabes se alzaban victoriosos sobre la montaña de cadáveres. El caíd se dirigió al jefe de los barbar, que empleaba un cuchillo para despojar de orejas a los muertos.
—La guarnición había capitulado —le dijo Alqama.
Las leyes del ŷihād establecían que, si una ciudad se rendía sin luchar, se respetarían sus vidas y posesiones. Sólo si ofrecían resistencia, el saqueo y la rapiña estarían justificados.
—Unos lugareños nos atacaron —replicó el barbar.
En la frente de Alqama se formó una marea de pliegues.
—Ese puñado de viejos y niños no se hubiera atrevido ni a limpiarse el culo sin pedir permiso. Prendedle —ordenó Alqama—. Que reciba cien azotes.
La guardia de la shurta se llevó al caudillo moro. Nómadas del Atlas, movilizados ante la perspectiva de saqueo fácil, huyendo del yermo pedregal en el que malvivían, atraídos por los legendarios tesoros de al-Ándalus: la mesa de Salomón, iglesias con los muros revestidos de plata, las veinte coronas de Toletum, tapices tejidos en hilos de oro y plata.
Hermosas muchachas ataviadas con vestidos ornados de perlas y coral.
Tesoros ocultos, bastaría con excavar un muro para que cayera un torrente
de rubíes y esmeraldas. De regreso a Damasco, Mūsà ibn Nusayr había dejado asombrados a los habitantes de las ciudades africanas con el botín de la conquista hispana.
El caos se había adueñado de las calles de Gerunda, los guerreros irrumpían en iglesias y palacios para llevarse los objetos de valor y sacar a las mujeres a rastras. Alqama desensilló el caballo, le dejó beber del pilón y anudó las riendas a la hiedra de la muralla.
—Haceos cargo del botín —gruñó el caíd.
A punta de espada, los africanos entregaron el pillaje obtenido de forma ilícita. Imanes y alarifes precintaron las sacas con sellos de plomo con la inscripción «Botín lícito» y el nombre del valí al-Hurr. La primera decisión de Alqama fue nombrar delegado a un magnate judío. Ambicioso, corrupto, venal, indigno de toda confianza y, por lo tanto, ideal para el cargo. Al ser viudo y sin hermanos, no tendría una horda de parientes a los que beneficiar, y, mientras el temor doblegase a la avaricia, serviría a su propósito.
A medianoche, Alqama se sentó al calor del fuego en el antiguo palacio condal, tan inmóvil como la noche velada que reinaba allá arriba. Un brasero broncíneo asaba un pedazo de carne. A través del portillo echó un vistazo al patio porticado, a los cepos y jaulas que contenían a cientos de hombres, mujeres y niños. Muy pocos mostraban algún vestigio de desafío en los rostros. Pronto serían conducidos a Qurtuba para conocer su destino.
El trabajo en la mina, en los campos, en las mancebías consumiría sus fuerzas, sus esperanzas, sus vidas.
—Traedme a la cautiva —ordenó a sus hombres.
La primera reacción al ver a la arquera fue decepción. El alarife la forzó a entrar en la exedra de un recio empujón y la joven llegó trastabillando y cayó de bruces al suelo. Al cerrarse, la puerta resonó con un estruendo.
Alqama se sentó para examinarla y habituarse a su rostro.
—¿Tienes hambre? —le dijo.
Ella sacudió la cabeza con la mejilla aplastada en el empedrado. El caíd le arrojó un pedazo de carne asada.
—Come.
La joven se acomodó en el empedrado, sin llegar a recoger la comida.
Durante unos instantes permanecieron en silencio, y, al fin, ella se atrevió a mirarle a la cara.
—Te odio —le espetó.
—Lo imaginé cuando quisiste matarme.
—No —replicó la chica—, quise matarte porque eras mi enemigo. Ahora te odio.
Le escrutaba con ojos alerta. El sarraceno se sentó con las piernas cruzadas y comenzó a rumiar el asado.
—Llevaba dos años en al-Ándalus cuando llegué a Ishbiliya —murmuró Alqama—. Estaba solo; visité uno de los burdeles y conocí a una ramera llamada Bera. La mujer más hermosa que jamás había visto: senos breves, piel de marfil, el cabello rubio recogido en una trenza. El najjās me pidió una fortuna por su compañía, pero accedí a pagar. Cuando estuvimos a solas, descubrí las cicatrices en su espalda. Algunas eran marcas de látigo, otras parecían cortes, y otras quemaduras. Le interrogué sobre ellas.
Después de ser capturada, los barbar la retuvieron durante meses, torturándola para divertirse. La vendieron al najjās, una vez se cansaron de ella. Me encapriché de ella, me gustaban sus cicatrices, y pagué por añadirle más. Dos días antes de marcharme, quise convertirla en mi yariya. Le dije que deseaba comprarla y me respondió: «Haz otra cosa por mí». Abrió una caja y sacó una navaja de afeitar. «Córtame el cuello», me rogó, «prometo morir en silencio; cuando empiecen a hacer preguntas por una puta muerta, tú estarás lejos». Dejé el cuchillo en la mesa y decidí marcharme. No he vuelto a verla.
—Deberías haberla matado —murmuró la muchacha.
—Lo sé.
—Y ahora me vas a matar —concluyó—. Me harás lo que Bera te pidió que hicieras.
—Sí —dijo Alqama al cabo—. Pídemelo.
La joven permaneció en silencio con el rostro oculto entre las sombras.
—¿Puedo verlo? —susurró al cabo—. El cuchillo que vas a usar.
Él lo extrajo de la funda y lo sostuvo en alto para que ella pudiera observarlo.
—¿A cuántas? —El rostro de la muchacha había perdido el rubor.
—He perdido la cuenta —respondió Alqama.
—Que sea rápido. —Cerró los ojos con fuerza y levantó la barbilla. Bajo la tenue luz de las lámparas de aceite, su pálida garganta se antojaba hermosa.
El guerrero se incorporó del suelo con una sonrisa apenas contenida, una mueca grotesca, y, al terminar con ella, abandonó su cuerpo en la estancia.
Hizo un gesto a sus hombres para que retirasen el cadáver.
—Los maulas desean hablar contigo —le informó Ibn Ja‘far—. Reuniré a la guardia.
—No —dijo Alqama—. No hará falta.
—Están a punto de rebelarse.
—Ya veremos.
El caíd se colocó la qabā’ que le cubría la cota de malla y se ciñó el turbante escarlata. En el atrio se reunió con dos caudillos moros. Descollaba Axom, un barbar de piel cuarteada, cabello y ojos negros, rostro llano, desprovisto de emoción. Lo bastante resuelto como para que cientos de moros callaran para escucharle, y, sin duda, aquella noche lo habían hecho.
—Has ordenado azotar a uno de nuestros jerifes.
El caíd le observó con fijeza poco antes de asentir. Podía reconocer a un asesino en cuanto lo tenía ante sí.
—Siguió luchando cuando los hispanos se habían rendido —declaró Alqama.
—Al contrario que los árabes, nosotros no cobramos un estipendio —
prosiguió Axom.
—Ningún maula lo hace —replicó el sarraceno, y bajó los ojos hacia el otro maula, con el cuerpo oculto bajo un burnus.
Primera regla de la lucha con cuchillos: si adviertes que alguien tiene uno, puedes considerarte afortunado. El arma puede ocultarse en la manga, bajo el manto, en cualquier parte. La conciencia del ataque suele llegar junto al dolor de la herida.
—Hace ocho años que abrazamos el Islam —prosiguió Axom—. El Profeta anunció que todos los musulmanes serían iguales.
—Hace ocho años fuisteis derrotados —le corrigió Alqama—. Lucháis para nosotros en virtud de un pacto de capitulación.
El árabe examinó el suelo, irregular, y después las paredes del atrio: había muy poco espacio.
—Mūsà dijo que podríamos quedarnos con lo saqueado…, y no se nos permite saquear —le reprochó Axom.
—Los hispanos capitularon…, como vosotros capitulasteis. Ahora se hallan bajo la protección del Islam.
El segundo barbar decidió intervenir:
—Nos usáis como carnaza. Nos encomendáis las tareas más penosas y arriesgadas. Ni siquiera cobramos soldada, y, a cambio de la sangre vertida, recibimos las peores tierras. —El moro lucía un cabello negro, ojos
ambarinos y piel morena en un rostro anguloso. Las manos ocultas bajo el manto con capucha.
—No sois árabes —dijo Alqama, como si con eso bastara.
La mano siempre es más rápida que la vista. Un parpadeo, y el barbar trató de apuñalarle. Resultaba imposible identificar la trayectoria, inmovilizar el brazo y responder. Alqama dio un paso atrás, extrajo el puñal de la manga y lanzó una puñalada a ciegas.
El barbar retrocedió; la hoja de Alqama le había segado los músculos del brazo. El segundo moro atacó, el árabe se hizo a un lado y le empujó contra la pared. Comenzó a coserle el vientre a puñaladas. Cuando sus hombres al fin llegaron, el caudillo árabe se revisaba el cuerpo en busca de heridas.
Tomó el turbante de uno de los cadáveres y lo usó para vendarse la zurda.
Su corazón aún resonaba como una tormenta en el pecho.
—Un emisario. —Ibn Ja‘far irrumpió en el claustro, acompañado por un dignatario. Ambos observaron los dos cuerpos sin vida. Las llamas iluminaron el rostro bisoño del recién llegado; los ojos, hundidos por la fatiga, brillaban con indiferencia ante la macabra escena.
—Traigo un mensaje del valí al-Hurr —anunció el heraldo—. Ha estallado una rebelión en las montañas de Cantabria y Asturia. Debes presentarte con tus hombres en Astúrica Augusta, donde te reunirás con Opas. Tu misión será sofocar la revuelta, desmembrar a los rebeldes y no dejar a nadie con vida.
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