Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 10 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo IX

Un mediodía grisáceo se derramaba sobre las chozas apiladas en un espolón rocoso en el paso entre los valles de Ciessa y Egunia. La vista de Gausinda se perdió más allá del castro para admirar la línea de cumbres nevadas, y, por instinto, se llevó la mano al vientre. El holgado vestido de sarga azul apenas ocultaba su estado. Percibió la preocupación de Teudis, que cabalgaba junto al carro, seguido por una docena de bucelarios. Aquel trayecto entre peñas y bosques le resultaba penoso a causa del embarazo, y su esposo se lo recordó con la mirada.

—Ahora todo es peligroso —dijo Gausinda—. Debemos acostumbrarnos.

Inspiró hondo, inhalando el helado soplo del océano. Aquel frío bastaba para cubrir la ropa de escarcha, convertir el aliento en cristales de hielo y congelar la sangre en las venas.

En la senda se cruzaron con un par de cántabros que guiaba la junta de bueyes cargada de heno. Caminaban apoyados en azconas, con un cuchillo largo colgado del cinto y un amuleto del cuello como protección contra el rayo. Ante la docena de jinetes armados, miradas turbias, desconfiadas. En aquella tierra agreste, la única ley se obtenía a punta de espada. Ni siquiera la de Dios existía. Los manantiales de las janas se habían consagrado a la Virgen, los genios de la tormenta se convirtieron en san Elías y, aun así, las mujeres aún invocaban a Minerva al tejer y los brujos realizaban sacrificios en lo más profundo del bosque.

Gausinda observó a su marido, encorvado sobre el arzón, su escaso cabello alborotado por la ventisca inmisericorde, la expresión decidida ante la reunión que iba a tener lugar. Remontaron la vertiente sur del cerro hasta un muro de lajas de arenisca. El crujido del portón al abrirse se le antojó familiar, el bramido del cuerno suponía la voz de un viejo amigo.

Cabalgaron entre cabañas cubiertas de musgo, tablazones mohosas y muros de zarzo. La ropa tendida flameaba bajo los aleros, Dios sabía para qué, pues no iba a secarse.

Los aldeanos los vieron atravesar el barrizal en dirección a la casa larga.

Gausinda examinó el viejo telar, apoyado en la pared del porche, donde su madre solía pasar las tardes de invierno. Saboreó ese dolor que no quería dejar de sentir, pues era su único recuerdo de ella, propio de un tiempo en el que la guerra sólo eran canciones junto a la hoguera.

A duras penas consiguió apearse del carro. Teudis entregó la montura a los criados y se apresuró a ayudarla.

—Estoy bien —le dijo.

Guidemar los aguardaba en la entrada.

—Entrad. —Su madrastra les indicó con los ojos perdidos en un mar de apatía—. Tu padre os espera.

La joven halló la sala atestada y en penumbra. La escasa luz provenía del fuego que apenas lograba caldear el interior y rugía y menguaba según los caprichos del viento. Habían retirado los muebles para dejar espacio libre a los bancos donde se habían sentado una veintena de señores del norte.

Nobles godos, de los antiguos linajes de la provincia, junto a algunos llegados del sur tras la invasión agarena. El duque Pedro se había acomodado en el sitial y Alfonso estaba a su diestra, rodeado de consejeros.

Alzó la vista al ver llegar a su hermana y la promesa de una sonrisa se insinuó en sus labios. Un gesto raro en aquellos tiempos. Gausinda agradeció a la aya que le llevara un escaño.

—Ya están aquí —murmuró alguien.

Tres hombres irrumpieron en la estancia por la puerta junto a una ráfaga de aire helado. Reconoció a Wilfredo cuando se despojó de la clámide para acercarse a los bancos. Gruesas ondas de cabello oscuro enmarcaban un rostro cuadrado de ojos grises que jamás parpadeaban. El antiguo conde de Cauca lideraba la facción que no ocultaba su hostilidad hacia la familia ducal. La tensión pesaba en la cabaña atestada como si todos contuvieran el aliento. Incluso el viento pareció amainar.

Cuando el silencio comenzaba a ser insoportable, Alfonso intervino:

—Tan pronto lo supimos, os hice llamar.

Un escaño raspó el suelo terrizo cuando Wilfredo se puso de pie.

—¿Ordenaste a tu hermano matar a Sisberto? —preguntó al primogénito del duque, y los murmullos resonaron de inmediato.

—Envié a Fruela a Qurtuba como rehén, para proteger nuestra tierra —

replicó Alfonso.

—Valiente modo de protegernos —le espetó Wilfredo—. Pronto la guarnición de Amaya cruzará la sierra para arrasar nuestros hogares. O

enviaste a tu hermano a Qurtuba, a sabiendas de que desencadenaría una guerra…, o ignorabas que iba a hacerlo. Eso te convierte en un chalado o en un ingenuo. En ninguno de los dos casos estás capacitado para gobernar.

Alfonso alzó la voz por encima de las protestas.

—Mi padre…

—Todos sabemos que tu padre ya no pinta nada.

—¡Yo soy el duque! —rugió Pedro, golpeando con furia el sitial.

—El duque de una provincia que ya no existe —dijo Wilfredo—.

Necesitamos a alguien que nos guíe con los pies en la tierra.

—¿Alguien como tú? —La voz de Gausinda se mostraba plácida, y al tiempo distante.

—Mi hermano debió de obrar así por un buen motivo —intervino Alfonso

—. Debemos permanecer unidos.

—En Transmera no tenemos nada que ver en la muerte de Sisberto —

exclamó uno de los nobles—. Nuestra única baza posible es entregarles a Fruela.

—E implorar clemencia al valí de al-Ándalus —añadió Wilfredo— y también a Opas, ya que Fruela mató a su hermano.

Por un instante reinó el silencio. Una brisa avivó el fuego e inundó la habitación de un soplo de calor.

—Po-podemos luchar —dijo Teudis.

—¿A quién le interesa la opinión de un tarado? —declaró Wilfredo.

Alfonso examinó la expresión de su cuñado Teudis, para evaluar sus intenciones. La conquista islámica le había despojado del cargo de annonario, aunque no de su pecunio. Seguía siendo uno de los magnates más influyentes de Cantabria.

—Luchar —repitió Alfonso—. ¿Bajo el estandarte de qué rey?

—A-Ardo —dijo el aludido—. Cu-cuenta co-con Odón de Aquitania como-mo aliado. Pe-Pelayo no tardará en re-rebelarse.

Proponía una alianza imposible, con Ardo de la Tarraconense y Odón de Aquitania, a quienes antaño habían combatido por orden de Rodrigo, junto a los vascones, sus ancestrales enemigos del Pirineo.

—Ardo no ha sido elegido por el Aula Regia —replicó el hijo del duque—, ni ungido por el obispo metropolitano. En este momento, Chilperico y Ragenfrido de Neustria se enfrentan a Carlos, el mayordomo de Austrasia, por la hegemonía entre los francos. Cuando los sarracenos marchen contra la Tarraconense, Odón de Aquitania no podrá prestarle ayuda a Ardo. Si nos sumamos a él, al-Hurr enviaría la guarnición de Amaya contra nosotros, junto con una hueste de masmūdas, awrabas y zanātas de la meseta.

—Po-podemos defender las claustrae de Aracillum —declaró Teudis—.

Pelayo po-podrá hacer lo mi-mismo en el ca-camino de la Mesa.

Alfonso reflexionó ante la obstinada expresión de su cuñado. Los principales poblados cántabros se hallaban en torno al camino que atravesaba la cordillera a través de Amaya, Julióbrica y Aracillum hasta a Portus Blendium. En Asturia, otra calzada atravesaba las montañas hacia el norte, siguiendo la Vía de la Mesa, y unía Astúrica con el puerto de Gegione.

—Defender los puertos de montaña… —murmuró Alfonso—. ¿Como hicieron los cántabros ante las legiones romanas? ¿Como hicieron, siglos después, contra los godos?

—Sin el co-control de los puertos, la guarnici-ción de Gegione quedará aislada. So-solo son quinientos hombres.

—Quinientos guerreros de oficio —le espetó uno de los nobles—. Hace dos años, luché en la rebelión del conde Servando de Salmántica. Nuestro ejército fue aplastado y el valí hizo clavar una pica en tierra, en torno a la cual amontonaron las cabezas de los caídos hasta cubrir la punta. Desde la cima, un almuédano llamó a la oración. Las mujeres y los niños fueron vendidos como esclavos. La ciudad es ahora un erial.

Nadie se atrevió a pronunciar una sola palabra.

—¿Ranulfo? —Alfonso preguntó a su consejero.

—En toda campaña militar sólo existe un arma definitiva: que a ti te sobre el alimento y que su escasez abata al contrario —recitó el aludido—. Los poblados del sur de la cordillera nos aportan la mayor parte del grano, por lo que si estalla una revuelta, nos encontraremos con miles de bocas que alimentar. Las guerras se ganan con cálculos, no con pasiones. ¿Cuántos hombres armados podríamos reunir? ¿Ochocientos?

—Llame-memos a los cántabros —dijo Teudis—. Que se reúna el co-concejo de los valles.

—¿Recurrir a los salvajes? —le preguntó Wilfredo.

—Con la ayuda de Pelayo podríamos vencer —intervino Guidemar.

El primogénito del duque sopesó los vínculos familiares de su madrastra con la esposa de Pelayo.

—Pelayo es un iluso —masculló Wilfredo—. No seguirá mucho tiempo con vida.

Por un instante, el rugido de la ventisca se hizo más intenso, y sólo se escuchó el traqueteo de las contraventanas.

—¿Qué quieres decir? —Alfonso se había puesto en pie, con las manos sobre las armas.

—Munuza pretende llevarle encadenado a Qurtuba —masculló Wilfredo.

—¿Y cómo lo sabes? —le espetó el joven conde.

Le respondió el silencio. Las aletas de la nariz al inspirar fue lo único que otorgaba vida al rostro de Wilfredo.

—Yo… —balbució el noble godo—. Me reuní con unos mercaderes. Ellos me lo contaron.

Ante una excusa tan endeble que no convencía a nadie, Alfonso no quiso darle tiempo para concebir otra respuesta:

—Marchaos.

—Debes entregarles a tu hermano —declaró Wilfredo—. De lo contrario…

—El concejo ha concluido —insistió el joven—; pronto sabréis la decisión de mi padre.

La mayor parte de nobles abandonó la casa larga para regresar a sus haciendas, y sólo un puñado quiso pasar la noche en la residencia ducal.

Preferían dormir una noche al raso a compartir mesa con su familia. No auguraba nada bueno.

Mientras Guidemar agasajaba a los invitados que se despedían del duque, Alfonso abandonó la estancia cojeando y se acomodó en el porche, al calor de la forja. Las chozas se desvanecían entre la niebla, jirones de sombras se deslizaban por las cumbres. Apoyó el bastón de níspero en la pared, tomó una jarra de vino y decidió dejarla de lado.

Recordó su viaje a Damasco, la inquietante imagen del ejército sirio desfilando ante la ciudadela. Los astilleros y las atarazanas de Tiro

trabajando sin descanso en una colosal flota para borrar de la faz de la tierra a los últimos vestigios del Imperio romano. Alfonso había visto demasiado.

El mundo era mucho más grande de lo que jamás había concebido, y pertenecía a los sarracenos.

En ese momento vio llegar a su hermana; cuando los ojos del conde se toparon con los suyos quedaron enganchados.

—¿Puedo ayudarte con tu añejo miedo a beber solo? —le dijo Gausinda, y tomó asiento con su gracia habitual. La feminidad es un asunto de todo o nada, se dijo Alfonso. Es una virtud que requiere disciplina y, como tal, supone un acto de voluntad.

Escanció dos copas y la joven entrecerró los ojos para saborear el caldo especiado.

—¿Se habrán tomado en serio tu reacción? —inquirió la muchacha.

—Tal vez —respondió él, ensimismado—. Ya sabía que Wilfredo es un confidente de Munuza. Decidí usarlo como baza… para ganar algo de tiempo.

—Si les entregas a nuestro hermano —dijo Gausinda—, dejarás claro que estás dispuesto a ceder en todo. Supone una debilidad que cualquier depredador puede oler incluso a sotavento.

—No podemos vencer en esta guerra —dijo Alfonso observando el bastón.

—Cuanto más poder cedas a los sarracenos, menos capacidad tendrás para librarnos de su yugo.

—Los nobles… Nunca conformes con lo que tienen, siempre satisfechos de lo que son —murmuró Alfonso—. No arriesgarán ni lo uno ni lo otro, sin la expectativa de que ambas cosas aumenten.

—Debes ejercer tu autoridad ahora que puedes.

—Si les ordeno luchar ahora, todos creerán que lo hago por Fruela —

contestó—. Pensarán que envío a sus hijos a la muerte… sólo para salvar a

mi hermano. Debemos aguardar al momento apropiado.

—Lo has estado esperando toda tu vida. Al igual que yo. Cuando me casé, aún jugaba con muñecas, ignoraba lo que estaba en juego. Ahora sí lo sé, y, una vez que comienzas el juego, ya no puedes abandonar la partida.

—Te casé demasiado joven.

—Mi boda es lo último de lo que me arrepiento —le dijo Gausinda con un genuino afecto—. El juego es despiadado… Tarde o temprano, sufriremos daño. Debemos hallar un motivo por el que eso merezca la pena.

—Llamar a los cántabros… —murmuró Alfonso, y negó con la testa—. Ni siquiera se consideran romanos.

La joven escrutó las montañas. El invierno le trajo recuerdos.

—Nuestra madre era cántabra —dijo Gausinda.

—Dudo que eso baste para ganarse su apoyo.

—Ahora tenemos un enemigo común —insistió la joven—, y Fruela puede ser la causa que nos una.

—¿Crees que se presentará ante nuestro padre?

—Sabes que lo hará.

—Si no se lo entrego a los sarracenos, Wilfredo tendrá la excusa para derrocarnos. Muchos le apoyarán —dijo Alfonso, y ella se giró hasta toparse con la mirada de un extraño—. Siempre te has puesto de parte de Fruela… Lo vi en tus ojos, cuando regresó de la batalla del lago.

La muchacha hizo una pausa para saborear el recuerdo y empezó a recitar:

—«Hijo, tú siempre has estado a mi lado, todo lo mío es tuyo. Pero tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida».

—El hijo pródigo —reflexionó Alfonso—. Desobediencia, arrepentimiento y perdón. ¿Crees que Fruela se arrepiente de algo?

—¿Y tú?

—A veces no soy lo que deseo y otras veces no deseo ser lo que soy —

admitió el conde—. La paradoja del poder. Cuantas más responsabilidades asumes, tanto más se limitan tus decisiones.

—¿Y qué has decidido? —preguntó la joven, y Alfonso escrutó su mirada.

Teudis y su hermana tenían el apoyo de casi un tercio de la nobleza provincial. Demasiado pocos para derrotar a los agarenos, suficientes para que Cantabria acabase devastada.

—Haré lo que deba hacer —dijo Alfonso.

—Y yo también.

Alfonso percibió el rubor de sus mejillas y se odió a sí mismo por el abismo que había creado. Una aguanieve cayó de la nada como hilos de plata y comenzó a cubrirlos con un rocío helado.

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