Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 18 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XVII

Los secretos están mal guardados en cualquier pueblo, y Gegione no suponía una excepción. Un mercader comentó algo a un marino, este se lo dijo a uno de los soldados y una criada escuchó, casualmente, la charla. No pasó mucho tiempo antes de que Dosinda supiera que su hermano Pelayo había huido de Qurtuba.

Esa mañana aullaba el viento galaico en los muros de la sala de audiencias y, de algún modo, aquel clima, gélido e inestable, reflejaba su propio estado de ánimo. Los astures acostumbraban a presentar sus demandas cuando Munuza se ausentaba, para que ella se ocupara. Cuando Antonio vio cómo iba vestida, tras haber adoptado el hiyab, y acompañada de un alfaquí, se dieron cuenta de que tales expectativas eran vanas.

Antonio era un hombre mayor, lo bastante como para haber participado en la rebelión contra Wamba. En ese momento se frotaba las manos, nervioso, con la espalda encorvada.

—Tengo unas tierras cerca de Olalíes, junto al camino de la Mesa. Allí vivo con mi familia. Hace seis días ese moro violó a mi hija. —Antonio señaló a un soldado africano de aspecto altivo, en pie junto a un caíd sarraceno—.

Cuando iba de paso se bajó del caballo, se la llevó a rastras y la forzó. Una vez lo supe, reuní a mi familia y siervos e intentamos apresarle, pero logró escapar.

—Para el rapto de una mujer, el Liber iudiciorum establece como pena la esclavitud del criminal y la confiscación de todos sus bienes —intervino Dosinda—. Sin embargo, nuestro pacto de capitulación establece que, en un pleito entre miembros de distintos credos, impera la ley islámica.

El caíd intervino cuando las protestas de los astures se extinguieron.

—«Quien alce su mano contra un musulmán sufrirá represalias» son palabras de Munuza, tu esposo. —El militar puso especial énfasis en la

última palabra: no le agradaba dar explicaciones a una mujer—. Me provocó con su cuerpo. Las astures andan por ahí sin cubrirse el rostro.

Dosinda se envaró ante tales palabras, y trató de serenarse. El alfaquí decidió intervenir:

—Si alguien acusa a una mujer de zinā, ha de presentar cuatro testigos varones. De este modo se la protege contra la calumnia. ¿Acaso tienes cuatro testigos?

—No, estábamos solos —dijo el moro.

—En ese caso, se te acusa de obligarla a cometer zinā en contra de su voluntad —prosiguió el juez musulmán—. La mayoría de los juristas defienden la pena de lapidación hasta la muerte si está casado, o cien latigazos y el destierro en caso de ser soltero. Otros ulemas consideran la violación como un tipo de crimen violento llamado fasad, cuyo castigo puede ser la crucifixión, el corte de manos o el exilio. ¿Qué testigos aporta la acusación?

—La palabra de mi hija —respondió Antonio.

—El Corán establece que, en un juicio, la palabra de una mujer vale la mitad que la de un varón —dijo el doctor en ley islámica—. Y el testimonio de un dimmí no es admisible si un musulmán es una de las partes, ya que su obstinación en no reconocer la verdad del Islam evidencia una moral defectuosa que le incapacita para testificar.

—¿Quién necesita testigos? —rugió el padre ultrajado—. ¡Mi hija aún tiene la cara amoratada!

Los astures comenzaron a gritar mientras los muslimes se regodeaban en su indignación. Dosinda alzó la mano para hacerlos callar.

—Dado que se considera aprobada la agresión —dictaminó—, impera la ley del talión. La familia de la víctima podrá golpear al acusado de igual modo, o exigir una compensación monetaria en su lugar.

Una tormenta de protestas estalló ante la sentencia, tanto por cristianos como agarenos. Nadie parecía contento con la decisión, así que Dosinda alzó las manos y los guardias aporrearon el suelo con las lanzas para restablecer el orden. En la salida de la sala de audiencias se hallaba Álvaro de Tirasona, a quien Munuza había designado para que le asistiera.

—No había otra decisión posible —murmuró el anciano.

—Lo sé. —Dosinda suspiró abatida—. De poco le servirá a la muchacha.

—Hay alguien que desea charlar contigo. —El religioso señaló a un individuo con un discreto ademán.

La matrona reconoció un rostro entre los asistentes al juicio y se retiró para que la acompañara hasta los soportales. Después se detuvieron para admirar los jardines. El bucelario le habló con los ojos fijos en el horizonte, donde el cielo se encontraba con el océano, ambos igualmente grises.

—¿Qué noticias traes de mi hermano? —le preguntó Dosinda.

—Mi señor Pelayo ha regresado a Asturia y desea que te reúnas con él —

dijo Beraquisio, y ella se sobresaltó.

—Munuza no me permite abandonar la casa.

—Busca algún modo —insistió el bucelario—. Recogeré tu carta mañana al amanecer, en la cuadra.

La matrona se retiró sin despedirse y caminó hacia el cuarto del harén.

Sentada en la cama, contempló absorta un viejo y decaído sauce frente a la ventana, las ramas acariciaban el suelo en una cascada de hojas amarillentas. Tomó los útiles de costura y pasó el resto del día bordando.

Aquel acto tan familiar le parecía un consuelo, lo único extraño era el hacerlo sola. Atrapada. No había barrotes en las ventanas, tampoco hacían falta. Todas las estancias daban al patio interior, con una sola puerta de entrada, custodiada por soldados.

Unas voces hicieron que levantara la vista. Fuera, su esposo discutía con Leyla. La puerta se abrió de golpe y abandonó la costura con el rostro sereno. El gobernador árabe irrumpió en la estancia con pasos suaves y una expresión inescrutable.

—Confío en no molestarte —dijo en tono formal.

—En absoluto —replicó ella, sardónica—. De hecho, agradezco el escaso tiempo que me dedicas.

—Para mí eres especial.

Dosinda sonrió ante semejante declaración y trató de eludir su mirada; no quería que supiera la importancia que atribuía a un simple comentario. Su marido hizo un gesto al eunuco que aguardaba en la puerta para que se retirase. Después, se acomodó en el diván y extendió la mano.

—¿Te importa…? —le preguntó, y ella le entregó el bordado, que él examinó con detenimiento. Dosinda había imitado los diseños de una aljuba persa de su esposo. El resultado no parecía digno de la Dār al-tirāz de Damasco, pero aun así se antojaba hermoso.

—Tienes talento. —Munuza le devolvió el tejido—. Sin duda, necesitarás distracciones.

—Dudo que hayas venido a hablar sobre mi costura.

—No te equivocas —afirmó el agareno, y, tras una larga pausa, añadió—: Me han contado lo que hiciste hoy.

—¿Desapruebas mi decisión? —respondió ella, a sabiendas de que los soldados habrían protestado ante el castigo a un compañero.

—No importan las circunstancias: un lugareño no puede alzar la mano contra uno de mis hombres —manifestó Munuza con el ceño fruncido—.

Sólo así impera el orden.

—En ese caso, diles a tus hombres que respeten a las aldeanas.

—Las mujeres debéis permanecer en casa y ocultar vuestro cuerpo, para evitar que la fitna, el poder femenino de seducción, nos arrastre al pecado.

—Munuza le acarició el cabello, siempre amable.

—Necesito visitar mi hacienda —dijo Dosinda, decidida a cambiar de tema.

—Álvaro se ha hecho cargo de Veranius.

—Tengo otras tierras en Brece, hace meses que no las visito… No confío en mis siervos.

Un muro invisible se alzó entre ambos. Dosinda adoptó una postura erguida mientras el árabe escrutaba su rostro. La mujer se preguntó si él sabía, o acaso podía intuir, que estaba al corriente del regreso de su hermano.

—No puedes abandonar este lugar —declaró Munuza, inapelable—. Te lo dije el primer día.

—Dijiste muchas cosas…, la mayoría mentira.

Él trató de acariciarle de nuevo, y ella se apartó de inmediato. El árabe retiró la mano, convertida en un puño, y le mostró una sonrisa traviesa y burlona.

—Si estalla una revuelta, no podré protegerte fuera de estos muros. Este es el lugar más seguro para ti.

Con una mirada de desdén, Dosinda se levantó del diván.

—Quédate. —La voz de Munuza sonó áspera, la expresión de su rostro oscilaba entre la irritación y algo indefinido—. No te gustará si debo obligarte.

—No te atreverás.

No esperó una respuesta. Él la empujó sobre el lecho, boca abajo contra el jergón. Ella intentó escapar, pero él logró someterla. Deslizó su mano bajo la camisa y alzó la prenda, dejando expuesta la piel al aire fresco del anochecer, haciéndola jadear cuando pasó los dedos por los pliegues de

carne húmeda. La cabeza de Dosinda colgaba del borde cuando lo sintió dentro. Un gemido se le escapó de los labios, las caderas se alzaron anhelando la invasión. A la mujer le sorprendió la repentina ferocidad de sus ojos cuando gimió de forma involuntaria.

Sudor, lujuria y vergüenza. Para Dosinda, la única forma de sobrellevarlo era sentirse forzada, así podía ceder a sus deseos. Una mascarada aún necesaria ante la falta de culpa. Al terminar, se arrastró hacia donde él yacía y se tumbó a su lado. Depositó la cabeza en su regazo, mientras él le acariciaba el cabello.

—¿Podré visitar mi hacienda de Brece? —le dijo en voz baja.

—Ya lo veremos.

—Necesito nombrar a un nuevo capataz, lo antes posible. Las tierras se echarán a perder en mi ausencia. Tus hombres podrán escoltarme…

Los ojos de Munuza recobraron un brillo maligno.

—De acuerdo. ¿Qué clase de marido sería si le negara un capricho a mi tercera esposa? —Un leve roce recorrió la espalda femenina y el vello se le erizó allá donde pasaron los dedos.

Al amanecer, Dosinda despertó sintiendo el pelo áspero de su pecho en la mejilla, los brazos de Munuza abarcándola. Inspiró hondo, con los ojos aún cerrados. Consideró la idea de levantarse, pero supuso que él se despertaría y la retendría con el brazo. Así que permaneció inmóvil.

Abrió los ojos de súbito. Ni siquiera pensaba ya con libertad. Luchar contra él carecía de sentido. Dominaba su mente, dirigía sus pensamientos, incluso antes de que estos se formaran.

«Cuando sabes lo que está prohibido y lo asumes, llevas el harén en la mente».

Debía alejarse de él cuanto antes. Murmuró una excusa, bajó al cubículo, rebuscó en el arcón y extrajo un pedazo de pergamino arrugado. Tomó el

cálamo y redactó una carta dirigida a su hermano. Se reuniría con él en Brece en cinco días. Le advirtió de que acudiría escoltada por los hombres de Munuza. Plegó el documento, vertió el lacre y estampó el anillo, un monograma cruciforme con sus siglas.

Con aquel gesto, también sellaba su destino.

En las caballerizas la aguardaba Beraquisio, vestido como un arriero. El bucelario de su hermano lucía una sonrisa enigmática. Le entregó el documento y lo sostuvo en las manos. Una figura emergió de entre las sombras.

—¿Qué haces aquí? —La voz de Munuza sobresaltó a su mujer.

—Preparativos para mi viaje a Brece —respondió Dosinda, molesta por haberse mostrado asustada.

El sarraceno caminó hacia ella. A su paso, Beraquisio le cedió el pergamino.

—Me temo que no será posible —dijo el árabe, y alzó el documento—: ya tengo un modo de apresar a tu hermano.

Esbozó un ademán para que el astur se retirase. Dosinda quiso razonar con él, pero las palabras se atascaron en su garganta.

—Malnacido —le espetó al fin, y una bofetada le abrasó el rostro.

La mano ahora estaba en su cuello. Parpadeó, aturdida, sintiendo un sabor cobrizo en la boca.

—Insolente. —Munuza la aferró de la garganta y la empujó contra la pared

—. No tienes modales, te enseñaré cómo dirigirte a tu esposo.

Dosinda le sujetó la muñeca con ambas manos, intentando liberarse.

Apenas podía respirar.

—¡Suéltame!

—Háblame con respeto. —Pudo sentir el calor húmedo de las palabras del árabe en su rostro. Le faltaba el aire, y manoteó intentando soltar la garra que la atenazaba, pero le fallaron las fuerzas. El terror desfiguró su expresión y la sonrisa de Munuza se ensanchó.

—Suéltame, por favor —logró balbucir; un momento de pánico ciego mientras el corazón casi le explotaba en el pecho—. Te lo suplico.

Munuza aflojó la presión y al fin pudo respirar.

—¿Ibas a reunirte con tu hermano? —le preguntó. Dosinda apartó la vista, y él la forzó a mirarle—. ¡Contesta!

La palabra contenía una advertencia. No la percibió; la segunda bofetada llegó por sorpresa.

—¡Sí! —gritó casi con un sollozo, encogiéndose. No quiso anticipar la fuerza con que le golpearía de nuevo. El silencio se volvió denso, pesado, y cada vez que ella intentaba desviar los ojos, él aferraba su garganta para impedirlo. El resquicio de paz obtenido con la obediencia hizo que las preguntas acudieran en tropel.

—¿Qué le ocurrirá? —se aventuró a decir, temerosa de escuchar la respuesta.

—Tengo buenos verdugos —dijo Munuza, y vio cómo el rostro de Dosinda se crispaba—. Aunque tal vez no sea necesario.

—¡Juraste proteger a mi gente!

—Y eso hago, mi queridísima esposa —aseguró el agareno—. Porque, si no apreso a Pelayo, el valí enviará a Alqama al-‘Absī a sofocar la rebelión. Y

si tal cosa sucede, las cabezas de tus compatriotas decorarán el alcázar de Qurtuba y vuestras mujeres serán repartidas por los burdeles del califato.

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