Cova Dónnica

Yeyo Balbas · Capítulo 25 de 34

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Cova Dónnica

Capítulo XXIV

—¡Solapad los escudos! —gritó Munio y, tras comprobar el resultado, añadió—: ¡A ver, destripaterrones! Puesto que ya sabéis formar el muro de escudos como niños lisiados de seis años, ahora os explicaré para qué lo hacéis. Vosotros tres, venid. —Dispuso a Ramiro, Elacio y al enclenque pelirrojo en una línea, junto a él mismo.

—Ad testudinem!

Resonó un estruendo cuando los cuatro escudos se solaparon, como las escamas de una serpiente multicolor. El resto de montañeses los escrutaba con curiosidad, apoyados en lanzas y azonas.

—Tú, follaovejas. —Fruela señaló al más corpulento de todos, el de cara partida, y le entregó su propio escudo—. Tumba a ese enclenque y te daré esto.

Depositó un par de tremises de oro sobre una roca y le desafió con un gesto.

El gigante sopesó la rodela y contempló al muchacho pelirrojo, al que sacaba cabeza y media. Se había burlado de él desde el primer día, con la espontánea autoridad que le otorgaba su corpulencia. Caminó hacia atrás para tomar carrera y embistió como un toro enfurecido.

—Aguanta —masculló Munio, al ver la aterrada expresión del taheño—.

¡Ahora!

Los cuatro guerreros cargaron peso al tiempo, justo en el momento en que el escudo del hombretón impactaba contra el enclenque. El matasiete salió despedido hacia atrás. Aturdido, aferró su escudo con renovados ánimos, buscó un nuevo punto donde embestir, aulló como un verraco y, al chocar, obtuvo un resultado idéntico.

—¿Qué te pasa, florecilla? —se burló Munio—. ¿Andas flojo de fuelle?

El hombretón cargó contra el noble cántabro con todas sus fuerzas, Munio cargó el peso del cuerpo sobre la pierna izquierda y su adversario acabó revolcándose por el barro. Su escudo llegó rodando hasta los pies de Fruela.

El pelirrojo escuchimizado se miró a sí mismo, incrédulo, y después al bruto que se incorporaba, avergonzado.

—Este cazurro embiste mejor que la mayoría de niñas de nueve años —

admitió Munio—, y se mueve más rápido que una vieja con sarna. Pero ya lo habéis visto: en el muro de escudos, a la fuerza de cada hombre se suma la del resto. ¡Juntos sois más fuertes!

Apoyados en las azconas, los reclutas observaban la minúscula formación y asentían, con un respeto compartido. Una seguridad en sus propias fuerzas desconocida hasta entonces.

«Juntos podemos», murmuró alguien, y Fruela pensó en Urbano, el conde de Septem, quien puso los barcos para traer a los muslimes a Spania. En los witizanos, quienes abandonaron a Rodrigo a su suerte en la batalla del lago y fueron derrotados después en Astigi. En Agila, que se negó a reconocer a Rodrigo como rey y murió en Caesaraugusta, ante los árabes, al igual que pronto haría Ardo, su sucesor.

Juntos podemos.

Si todas las facciones del reino hubiesen permanecido unidas, jamás habría acaecido el desastre.

Había empezado a jarrear cuando Fruela entró en la tienda del consejo.

Desde su asiento de nogal tallado, Pelayo examinó su aspecto desastrado, con el cabello pajizo, indómito, ocultándole buena parte del rostro. Al sentarse, manoseó la empuñadura de la endiablada espada con la hoja de alinde. El princeps había oído leyendas sobre la remota isla de la que procedía aquel acero y se preguntó cómo la había conseguido. Rara vez había algo que pudiera considerarse apropiado en la conducta de Fruela, y ese pensamiento le arrancó una sonrisa, malentendida por aquellos que le observaban.

El princeps se tomó su tiempo para escrutar a los miembros de la asamblea; su atención se detuvo en el sereno semblante de su hija Ermesinda. A su diestra, Favila picoteaba del plato con un rostro tan severo que nadie se atrevía a charlar con él. La mirada de Pelayo recorrió la mesa de nogal, vio a Munio murmurar algo sobre su copa de cristal. Paulo replicó la chanza y echó la cabeza hacia atrás en una carcajada. Hubo una breve pausa cuando ambos se volvieron para mirar a Pentio, quien se hizo eco de la risa. La hilaridad resultaba estridente, la tensión y el desasosiego habitaban en todas partes.

Cuando Pelayo se aseguró de que todos ocupasen su puesto en la mesa, les formuló una pregunta difícil, aunque sencilla:

—Pronto estarán abiertos los pasos de montaña. ¿Qué vamos a hacer? —La luz de la hoguera proyectaba sombras en sus pómulos marcados y en la espesa barba.

—Morder y huir —dictaminó Galacieso.

—Exacto —confirmó Flaino—. Muerde, huye, acecha, vuelve a morder y a huir, sin darle a tu enemigo descanso. Como siempre hemos hecho en el norte.

Su opinión fue refrendada por el estruendo de las tablas de nogal.

—Seis meses llevamos asaltando guarniciones —dijo Favila, tras golpear la mesa—. Seis meses refugiándonos en las montañas cada vez que la hueste de Gegione marchaba contra nosotros. Hemos reunido tropas suficientes para desafiar a Munuza. ¡Ha llegado el momento de librar una batalla!

—¿Como en el Lago, o como en Astigi? —intervino Fruela—. Hemos perdido todas las batallas que hemos librado contra sarracenos y moros.

El robusto joven observó al antiguo espatario de la cabeza a los pies.

—A veces, la experiencia no te hace más sabio —le espetó Favila—. A veces sólo te vuelve cobarde.

—Tienes huevos, chaval —admitió Fruela—. Los necesitarás cuando te patee el culo otra vez y llores llamando a tu madre.

Resonaron risas bajo la carpa y Favila bajó la vista, con las facciones crispadas.

—Aprende de los errores ajenos —aconsejó Pelayo a su hijo—. No vivirás lo suficiente como para cometerlos todos tú solo.

—Retirarse ya no es una opción —intervino Paulo—. Si lo hacemos, nadie nos tomará en serio. Munuza ha perdido el control del Camino de la Mesa y ha reunido a todas sus tropas en Gegione. Resultaban demasiado vulnerables dispersas en guarniciones. Ahora su autoridad no llega más allá del puerto.

—No hemos obtenido el apoyo de un solo noble —terció Flaino.

—Los nobles tienen haciendas —declaró Galacieso—; muchas se encuentran a una jornada de Gegione, y, al contrario que nosotros, no pueden huir a las montañas. Si la guerra se recrudece, tendrán que elegir un bando.

—Exacto. Debemos forzar a Munuza a librar una batalla —dijo Asterio—.

Si acorralas a una bestia, la bestia atacará. No porque quiera hacerlo, sino porque no le quedará otra opción.

—La tendrá —opinó Egila—. Gegione se asienta en una península aislada en la pleamar, y su único acceso está defendido por una antigua muralla de media milla de largo y quince pies de grosor, reforzada por treinta torres.

Carecemos de máquinas de asedio, y Gegione está a seis jornadas de Astúrica Augusta. Una vez que se funda la nieve y el Camino de la Mesa esté abierto, el valí podría enviar contra nosotros un ejército, incluso desde Qurtuba. Para Munuza, esperar a los refuerzos supone la decisión más sensata.

Una sombría inquietud se percibía entre aquellos rostros ajados por la intemperie. Qurtuba se había convertido en el punto de partida de las campañas estivales. Los norteños comenzaban a temer a la ciudad del Betis

como si estuviera maldita y poblada por demonios. Fruela recordó las palabras de su padre, ¿o tal vez de su hermano? «La gente suele ser cauta por naturaleza, y siempre exagera el peligro. En un concejo, las opiniones concurren para crear una falsa impresión sobre la fortaleza del enemigo».

Sí, lo había dicho Alfonso, la memoria se le estaba enturbiando.

—Munuza tiene quinientos hombres —dijo Munio—. Los duplicamos en número, y los lugareños están de nuestra parte. Podemos organizar partidas para incendiar las cosechas en quince millas en torno a Gegione. No podemos privarlos de agua mientras tengan aljibes, pero sí negarles alimento, acudir a la ciudad y sondear su voluntad de lucha. Si Munuza decide abandonar los muros y logramos atraerle al bosque, contaríamos con ventaja. Si por estupidez o arrogancia nuestro enemigo accede a luchar en tales condiciones, podremos derrotarle.

La mirada del cántabro barrió la tienda, juzgando el efecto de sus palabras.

Halló algunos ceños fruncidos, pero también asentimientos entre aquellos que veían sensatez en ellas. Mi primo ha crecido, pensó Fruela, como guerrero, como líder y como persona. Sintió un profundo orgullo hacia él, aunque se le escapaba un detalle de vital importancia.

—¿Tú qué piensas, hija? —preguntó Pelayo—. Puesto que has acudido sin ser invitada, al menos hazte oír.

—Munuza debe responder ante el valí —dijo Ermesinda—. Solicitar refuerzos de Astúrica o Legione supondría admitir que ha perdido el control sobre el país. Si es pragmático o cauteloso, accederá a ello y nos negará el combate; si es orgulloso o teme empañar su reputación, librará una batalla con sus propias fuerzas.

—Todo depende, en definitiva, de su carácter —corroboró Pelayo, complacido ante aquella respuesta—, que ninguno de nosotros conoce. —El princeps astur observó al otro espatario con ojos interrogantes—. Habla de una vez, Fruela.

—Tu hermana Dosinda —respondió—. Munuza querrá usarla como baza.

Un pesado silencio se impuso en la tienda; todos escrutaron las lúgubres facciones de Pelayo.

Dos horas después, Fruela se dirigió, seguido de su primo, hacia las tiendas donde dormían sus hombres.

—¡Venid aquí, gurriatos! —gritó Munio.

Todos se pusieron de pie, salvo aquellos que aún se hallaban en el país de los sueños. A esos les dio la bienvenida a la realidad a estacazos.

—Ha llegado el momento que todos esperábamos —prosiguió el cántabro

—. No tengo ni idea de por qué aún no os habéis largado. No deberías ser guerreros, ni tampoco luchar a mi lado. ¡Ni siquiera sois dignos de tener cojones! Pero el designio de los dioses es inescrutable… ¡Mañana partiremos hacia Gegione!

Una vez en su carpa, Fruela se acomodó sobre el heno que le servía de lecho y, de una saca raída, extrajo un lienzo plegado. Lo desdobló sobre las mantas. Un estandarte, con un símbolo cruciforme bordado en plata, que, años atrás, había encontrado en la sala del Tesoro de Toletum. Un cantabrum, el emblema tomado por las legiones a los nativos de tu tierra y que, durante siglos, desfiló junto a las águilas hasta ser capturado por los godos y engrosar las reliquias de sus victorias.

El espatario alzó la vista, decidido.

—Necesito una lanza —le dijo a Ramiro—. La más lucida que encuentres.

El amanecer se antojaba un sueño sombrío sobre el horizonte, aunque en todas partes hubiera promesas de luz. Hilos plateados resplandecieron en el aliento de los caballos, sobre la nieve compactada y en las aristas de las armas. Cuando los haces de luz asomaban entre las lomas, los guerreros relucían con un aura espectral.

Habían acampado a seis millas de Gegione, con un millar de hombres, todo su ejército. La columna atestó el camino real hasta allá donde alcanzaba la vista y, con las primeras luces, se desplegó ante el Pilam, un riachuelo que creaba una marisma en el extremo oriental de la playa. A occidente, las puertas de la ciudad portuaria permanecían cerradas y, entre ambos, se alzaba un puente con pilares de aliso que los hombres de Fruela habían expugnado.

El espatario observó a sus guerreros. Les había permitido saquear los cadáveres de la guarnición que defendía el puente: un puñado de dinares, varias bolsas con feluses, carne ahumada, manzanas secas y, por supuesto, armas. Los muertos tampoco necesitarían ropa, así que arrojaron los cadáveres desnudos a las aguas del Pilam, oscuras y amenazantes.

—¿Por qué me miras así? —preguntó Fruela a su primo con una ceja alzada.

—Ten cuidado —le dijo Munio, burlón, con la mirada fija en la loriga de su primo—, no te vayas al fondo.

—Este hierro me ha salvado la vida más veces de las que recuerdo.

—Sí, y también te arrastró al fondo otra vez.

Al fin amaneció. La marea gemía en la playa, vestigios de espuma blanca se disolvían en la arena. Las gaviotas graznaban sinfonías inconexas en un firmamento gris. Por encima del murmullo del océano, los cascos herrados resonaron con fuerza cuando Pelayo y su comitiva se presentaron ante el puente.

—Desplegad a los hombres —les ordenó en voz queda.

Un millar de guerreros hizo gemir las maderas del puente antes de desplegarse frente a la ciudad con el arroyo a la espalda. Yarmūk, Qādisiya, pensó Fruela, y pasó los dedos por las crines del caballo, rememorando la muerte de Rodrigo. Nunca era una buena idea desplegarse ante los muslimes con un cauce a la espalda.

Los astures formaron en silencio, codo con codo, una tosca falange con cinco líneas de fondo. El muro de escudos suponía la táctica idónea para aquella hueste engrosada con pastores y granjeros que jamás habían combatido juntos, sólo tendrían que permanecer en el sitio y aguantar.

—Las reglas son simples —les recordó Fruela—: el yelmo protege tu cabeza, la loriga protege tu cuerpo. El escudo te protege a ti y a tu compañero. Mantened la línea. Siempre. El escudo no es vuestro: pertenece a la unidad.

Sus propias palabras le arrancaron recuerdos ocultos en lo más turbio de su mente. Cabalgó ante una colorida empalizada creada por hombres, lanzas y tablas, sobre la que ondeaba, desafiante, el estandarte que traían consigo.

Pelayo le hizo un gesto y picó espuelas para reunirse con la comitiva que cabalgó adelantándose a trescientos pasos de la formación, hacia Gegione.

La docena de jinetes se detuvo, los gruesos mantos flamearon, el firmamento se cubría de espesas nubes. Una inspiración profunda inundó los pulmones de Fruela con un aire helado. Todos aguardaban a que llegase Munuza.

—Tranquilos, todo irá bien —les dijo la voz firme de Pelayo. Su caballo se revolvía en la marisma, tan inquieto como el dueño. Los ojos del astur exploraban la campiña.

Un ruido sordo emergió de la distancia, una veintena de cascos herrados sobre la hierba húmeda. Munuza cabalgaba al frente, flanqueado por Álvaro de Tirasona y un caíd, adelantándose al resto de árabes. Bajo la mitra, el cabello del religioso se mostraba pardo y escaso, como la hierba muerta en invierno.

—Vamos. —El princeps astur dedicó un ademán a Fruela y Asterio, para reunirse con los tres jinetes.

Munuza lucía un tono tostado de tez, el cabello largo y oscuro, la nariz afilada, un colgante áureo en un pecho cubierto con las más finas sedas, y los ojos grises, pálidos, como dos pedazos de hielo sucio. Una siniestra sonrisa curvó sus labios cuando se detuvo ante ellos.

—Mi querido cuñado —les saludó, con una voz melosa bañada en sarcasmo

—. Cuánto tiempo sin verte.

—Munuza… —Pelayo apretó la mandíbula hasta dolerle.

Álvaro de Tirasona quiso mediar entre ambos:

—Opas, obispo metropolitano de Toletum y cabeza de la Iglesia hispana, me ha investido como emisario, bajo el auspicio celestial, como portador de la sagrada costilla de san Acisclo —declaró, exhibiendo un ostentoso relicario revestido de marfiles labrados—. Te conmina a que atiendas la petición de Munuza, el legítimo gobernador de Asturia.

—Os agradezco a todos la cortesía —prosiguió el árabe tras el piadoso proemio—. Ahora, hincad la rodilla para rendir pleitesía, tú y tus hombres.

Entregadnos las armas, entregad rehenes y vuestras familias salvarán la vida… o, de lo contrario, arrasaré esta tierra, aldea tras aldea, hasta esa infecta montaña que os sirve de guarida.

Una mueca asqueada afloró en su rostro atezado cuando se topó con un muro de silencio.

—Mi oferta es la siguiente —respondió Pelayo—: devuélveme a mi hermana, abandona Gegione y no regreséis a Asturia. De lo contrario, ninguno de vosotros saldrá con vida de esta tierra.

Por toda respuesta, Munuza dejó escapar una aviesa carcajada.

—Deja de fingir que tu hermana te importa —le espetó al astur—. Bien sabe ella lo que le conviene, por eso te escribió esa carta. No puedes cambiar lo inevitable, Pelayo: no tienes recursos para mantener un asedio, y vuestras hembras nos prefieren. Arrodíllate ante mí, ahora que puedes, y júrame lealtad.

El princeps sondeó sus ojos, en busca de respuestas. Aquel egregio pomposo sólo era sincero si la verdad servía a su propósito, y sabía que no era el caso.

—Has apresado a mi hermana y has amenazado a mi gente —declaró—. Y

ahora estás aquí, sin el amparo de tu ejército, al alcance de mi espada.

¿Crees que soy tan necio como para dejarte marchar?

Los ismaelitas, indignados, observaron a Pelayo, y el caudillo sarraceno escupió al suelo, a pesar de que la arrogancia había abandonado su rostro.

—No te atreverás a profanar una tregua —intervino el religioso, esgrimiendo el relicario—. ¡Este heraldo se halla bajo el amparo de Dios y de su cabeza en Spania!

—Dios no me ha ayudado mucho hasta ahora —terció Pelayo—; por mí puede irse al carajo.

Dicho esto, tomó el arca de las manos del clérigo y la arrojó a la ciénaga.

Una ráfaga de viento agitó los pendones. Un velo de miedo y silencio ocultó semejante blasfemia. Munuza echó la vista atrás, sobre el hombro, antes de afirmar:

—Mis hombres estarán aquí antes de que cuente hasta diez.

—Tiempo más que de sobra para matarte. —Pelayo hizo sonar el cuerno y, de la arena, comenzaron a surgir montañeses que habían estado ocultos bajo lienzos de cuero. Uno de los árabes echó mano a la espada y cayó con una flecha atravesada en el cuello. Ramiro, aún cubierto de tierra, depositó otro proyectil en su arco.

—Esto es lo que harás. —Pelayo rompió el silencio—. Dejarás marchar a Dosinda y, a cambio, no te mataré, aquí y ahora. Mañana podrás resarcirte, si tienes lo que hay que tener, en una batalla a campo abierto.

La vista de Munuza barrió a los norteños y halló los ojos de Fruela vacíos.

Hizo un gesto a su heraldo, que tiró de riendas para girarse hacia Gegione, trotando como si hubieran prendido fuego a la cola del caballo. Munuza guardó silencio durante la espera, con el rostro crispado, y poco después una partida de jinetes llegó con Dosinda. Los moros abandonaron la celada cuando Pelayo cumplió su promesa.

Se reunieron con el grueso de la hueste, y resonó un rugido atronador.

Pelayo ayudó a su hermana a apearse de la montura.

—¡Tía! —Ermesinda acudió a abrazar a la hermana de su padre.

—Madre mía, qué grande estás —exclamó Dosinda, incrédula.

Los norteños celebraron el rescate de Dosinda, ya que les había dado esa victoria que tanto anhelaban. El princeps astur cabalgó a través de la hueste, que se agolpaba a su paso para ovacionarle. Se había ganado la lealtad de sus hombres, que acudían en masa hacia él, alzando los rostros, con los ojos brillantes; sus cánticos y vítores resonaban en sus oídos.

Le seguirían. Morirían por él.

Había algo que Pelayo no parecía dispuesto a expresar. Apenas sonreía, como si careciese de motivos para permitirse una simple mueca, ni siquiera por un instante. Había recuperado a su hermana, ya conocía a su enemigo y había muy poco que celebrar.

—Munuza no luchará mañana —le dijo Fruela cabalgando a su lado.

—No —afirmó el astur—. No lo hará.

—Enviará emisarios a las guarniciones de Astúrica y Legione.

—Así es. Acudirán cientos de moros.

—Y Opas vendrá con ellos —concluyó el cántabro.

Pelayo asintió. El escarnio al emisario del obispo toledano correría de boca en boca por todo el reino. El witizano jamás perdonaría semejante menoscabo a su autoridad. Con aquella deliberada provocación, Opas se había convertido en su peor enemigo.

Y tenían muchos entre los que elegir.

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