Cova Dónnica
Capítulo III
El valí al-Hurr había trasladado la sede de gobierno a Corduba, la antigua capital de la Bética, punto de encuentro entre el eje fluvial que atravesaba la provincia y la Vía Augusta, la principal calzada de la piel de toro. Más allá del río se extendía una inmensa campiña, y, en torno a su cauce, las vegas se hallaban cubiertas por bosques de ribera. Fruela tiró de la rienda para descender por la calzada. En la serranía los arroyos bajaban crecidos para verter aguas en el Río Grande y, en el piedemonte, canales y acequias irrigaban los vergeles de la nueva aristocracia árabe.
Descabalgó ante la puerta norte de la muralla romana para preguntar a los guardias por la residencia del valí de al-Ándalus:
—Balāt al-Hurr?
—Le —respondieron con sorna—. Dār al-rahā’in. —«La casa de los rehenes», así llamaban a la residencia de al-Hurr.
El norteño recorrió con la vista el laberinto de zaguanes y adarves que comenzaba a desdibujar la maltrecha cuadrícula romana. Buena parte del interior de la antigua cerca romana seguía deshabitada, y la basura se amontonaba en los camposantos y fertilizaba los huertos donde las vecinas tendían la ropa zurdida. Joyeros, tallistas y tejedores exhibían su mercancía en los tenderetes; los mendigos imploraban limosna y escarbaban entre los desechos. En apenas seis años, Corduba había cambiado. El norteño ignoraba cómo llegar a su destino, y su dominio de la algarabía dejaba mucho que desear.
—Por un par de follis puedo guiarte.
Un crío desharrapado, de unos doce años, le hablaba. Lucía calvas por la tiña, y el rostro macilento no mostraba mejor aspecto.
—¿Eres hebreo? —le preguntó Fruela.
—Aquí todos lo somos —respondió el zagal—. Los musulmanes nos entregaron este barrio tras la conquista de la ciudad. —Y se apresuró a añadir—: No debíamos ninguna lealtad a los reyes godos.
—Lo entiendo.
Se hallaban ante la Bāb al-Yahud, la puerta de los judíos. Nadie podía culpar a los hebreos de tal retribución hacia unos reyes que, al igual que los faraones de antaño, habían sometido al pueblo de Israel a la más abyecta servidumbre. El rey Égica decidió castigar la perfidia iudaica con la esclavitud, y les arrebataron a sus hijos, para ser educados en familias cristianas.
El norteño tomó a la montura de la brida y siguió al muchacho entre las viviendas recién construidas, con las estancias dispuestas en torno a un patio. Sobrias fachadas con las ventanas cubiertas por celosías y ajimeces; cárceles para que las hembras preservaran su honra, baluartes para ocultar al exterior el ornato. Deambularon entre matronas cubiertas con velos y ropavejeros cargados con fardos hasta la basílica de San Vicente, que se alzaba, imponente, ante el palacio episcopal. Junto a la catedral, el valí había ordenado construir una mezquita con tribunas de madera para ampliar el aforo. Los gorriones anidaban en la techumbre del haram y los mendigos se agolpaban en las puertas, donde los magnates exhibían su oropel.
El estandarte blanco de los omeyas ondeaba, desafiante, sobre el antiguo palacio ducal. Junto al complejo áulico, en la esquina sudoeste de la cerca, el castellum defendía el embarcadero y el puente. Era mediados de abril; pronto comenzarían las aceifas, y el alcázar mostraba una actividad frenética. Fruela tuvo que apartarse al paso de una columna de soldados que exhibían suntuosas armas y la arrogancia del veterano. Resonaron las voces de los arrieros y el chirriar de los carros. Una hilera de carromatos atravesaba el puente romano y se dirigía hacia el embarcadero, agitando su gimoteante carga de cautivas apiñadas en jaulas, cuya voluntad se desvanecía ante el restallido del látigo. Los curiosos se agolparon para verlas pasar, cubiertas de mugre y parásitos.
—El año pasado llegaron seis mil norteñas de Gallaecia —comentó el zagal judío—. Dicen que la guerra contra Ardo traerá muchas más.
La columna de carros se dirigía a la explanada del alcázar, donde los esclavistas examinaban dentaduras, manos encallecidas, orejas para comprobar si lucieron joyas, y separaban el quinto reservado al califa. Las gabarras surcaban día y noche el Betis hasta el puerto de Spali, donde la mercancía humana embarcaba hacia Tiro y Alejandría. Las más preciadas, las cantoras de cabello blondo y tez clara, podían superar los diez mil dinares. Los najjās empleaban ungüentos para blanquearles la piel y las sumergían en cal para dorarles el cabello. El joven guía condujo a Fruela por el tumultuoso mercado y se topó con una muchacha de apenas quince veranos; de pie sobre una manta, desnuda y untada en aceites; su pálida piel relucía, y un collar de hierro le ulceraba la garganta. El najjās le habló al montañés en árabe.
—Trescientos dinares —le tradujo el muchacho—. Calentará tu cama y te dará hijos fuertes.
El subastador tiró de la cadena para mostrarle la mercancía. La chica trató de liberarse y él la golpeó con el puño; las cadenas frenaron su caída y se llevó la mano a la boca. El najjās desanudó las correas que llevaba a la cintura y la joven chilló al sentir el castigo de la corambre. El norteño dejó atrás la casa de los esclavos, seguido por su joven guía. Unos estridentes chillidos inundaron la plaza cuando las puertas de las jaulas se abrieron y cientos de niños fueron arrancados de los brazos maternos.
Una azora prohíbe alterar la sagrada obra de Dios, y por eso los muslimes consideran la castración un acto infame. Para eso estaban los judíos de al-Yussana y su próspera industria de capones. Nada mejor que castrar al zagal cautivo, pues así se le amansaba el carácter. Cuanto más joven, mejor, pues más fácilmente se afemina si le aligeran de criadillas antes de los doce, que luego echa algo en falta y se vuelve resabiado. Guardianes de harén, putos, heraldos, pajes, burócratas y travestidos; tales futuros les aguardaban. Y a cambio del favor los radanitas se hacían de oro, pues el precio de un mozo bien capado superaba al de treinta enteros. La razón es que sólo uno de cada treinta sobrevivía: los unos morían desangrados, los otros de infección y el resto agonizaba entre atroces tormentos cuando las entrañas se les inundaban de orines.
—Si no lo hicieran los judíos, lo harían otros —le advirtió el muchacho, al interpretar su expresión.
—Lo entiendo.
El zagal le llevó por un callejón cada vez más angosto entre muros de ladrillo ocre. Desde el otro extremo, Fruela vio llegar a un tipo corpulento que eludió su mirada. Un manto le envolvía el cuerpo, fijado con un broche sobre el hombro derecho para dejar libre ese brazo. Fruela percibió un movimiento extraño en los ropajes. Bajo su propia clámide, depositó la diestra sobre el scrama.
Más vale matar sin motivo que morir sin remedio.
Cuando el hombretón trató de apuñalarle, Fruela sacó partido del arma oculta. Dio un paso atrás, con el antebrazo bloqueó el ataque, pivotó sobre el otro pie y lanzó una estocada al cuello. El sicario se llevó la zurda a la garganta para detener la hemorragia. Un grito de furia, cargó de nuevo. Una cuchillada en las costillas le dejó sin aliento, cayó al suelo como un saco terrero. El norteño se sentó a horcajadas sobre él y le acuchilló una, dos, tres veces más. Sólo se detuvo cuando su enemigo yacía inerte, con el cuello convertido en un amasijo de venas, músculo y tendones.
Entonces se giró hacia su joven guía.
—Me dieron dos dinares por traerte hasta aquí —balbució el muchacho—.
Soy huérfano; necesitaba el dinero.
—Lo entiendo —dijo Fruela, y le sujetó del cabello para degollarle.
El joven, un simple niño, emitió un siniestro gorjeo cuando inspiró a través de la garganta recién abierta y el aire se mezcló con la sangre que manaba a borbotones. Distraído, Fruela limpió el scrama con el manto y rebuscó entre los ropajes del matón. Un chisquero, una piedra de afilar, un collar de cuentas de vidrio… y una bolsa llena de dinares, más de cincuenta, recién acuñados. No se trataba de feluses, monedas de bronce, sino de un pecunio asociado al poder califal. Alguien en la administración le quería muerto, y
el sicario se había llevado a la tumba su identidad. O, mejor dicho, al vertedero donde iba a pudrirse. No sería él quien pagase su funeral.
Tomó al caballo de la brida y recorrió el callejón hasta una vía más transitada junto al puente del Betis. Su vista quedó prendida en la fachada del palacio que se alzaba tras un imponente muro de sillares, que suponía el límite del mundo en el que, a partir de entonces, viviría recluido. Una decena de moros montaba guardia ante una pesada puerta revestida de hierro, rematada con púas. La shurta. La guardia de libertos del gobernador, armados con espadas y bastones. Al verle llegar, el cabecilla clavó en él unos ojos inertes, y, en su rostro curtido, afloró una sonrisa aviesa que mostraba unos dientes limados según la costumbre mora. Hizo un gesto para que sus hombres le impidieran el paso:
—¿Qué buscas, desharrapado?
—Soy Fruela, hijo de Pedro de Cantabria —dijo, entregándole la placa de plomo—. Debo presentarme ante el gobernador de Spania.
El maula examinó sus ropas de viaje, repletas de zurcidos y salpicaduras de barro. Murmuró algo a sus hombres, que sonrieron de forma petulante.
—Las armas os están prohibidas —respondió, señalando el scrama del norteño, y este tuvo que dárselo de mala gana. Después confió la montura al mozo de cuadra, y le condujeron hasta un atrio adosado al palacio.
Entre rosales y almendros, un estanque pintado en ocre refrescaba el patio.
Las alcobas daban al pórtico y, a juzgar por el olor, las cocinas se hallaban junto al zaguán. El cántabro se topó con un viejo conocido que salía de las letrinas y escrutaba la nada con la ensimismada abstracción que sólo otorga una soberbia resaca.
—¿Fruela?
—Atanagildo —declaró, sorprendido—. Hacía tiempo que no nos veíamos.
Siete largos años, en una mugrienta celda de Astigi, poco después de la batalla del Lago.
—Me alegro de verte —sonrió Atanagildo.
—Veo que has tenido una noche… complicada —comentó Fruela, y, al seguir la dirección de su mirada, el otro joven se descubrió en cueros.
Atanagildo quiso taparse las vergüenzas al escuchar el sonido de voces y pasos. Un grupo de sarracenos le rodearon, y cuando el joven balbució algo ininteligible, se despidieron de él con empujones y chanzas.
El norteño le ofreció su manto, y él se lo agradeció con un gesto y se arropó con él.
—¿Aquí nadie habla en cristiano? —preguntó Fruela mientras caminaban hacia el soportal.
—Ya aprenderás árabe. Es una lengua hermosa. Muy útil para evitar collejas y esputos.
Una vez en los aposentos de Atanagildo, un criado le llevó una túnica. Tras adecentar su aspecto, el muchacho ofreció asiento a su invitado y una joven de extraordinaria belleza les sirvió un par de copas de vino.
—Dicen que tu padre pudo conservar los feudos —comentó Fruela tras sentarse en la estera.
—Firmó un tratado con ‘Abd al-‘Azīz —dijo el hijo de Teodomiro—. Ese será mi cometido cuando le suceda: esquilmar a destripaterrones. Y si para ello hay que hincar la rodilla, pues se hinca. La alternativa era vestir hábitos. No, todavía tengo unos restos de vergüenza. Me considero íntegro, no soporto meterme en las vidas ajenas, aborrezco los sermones y soy un putero. En un altar quedaría fatal.
—Trabajaste para el hijo de Mūsà —señaló el norteño—. Me alegro de que no compartieras su destino.
—Bueno, eso de «trabajar» tal vez sea algo exagerado. ‘Abd al-‘Azīz me nombró su consejero, aunque comencé a recelar cuando descubrí que, en la corte, nadie me pedía consejo sobre nada. Después me dijeron que me
rebanarían el cuello si trataba de huir. —El cartaginense exhaló un profundo suspiro—. El hijo de Mūsà no era un mal tipo, las cosas como son. Sólo le reprocho que se dejara sorber el seso por Egilo. Aunque ya se sabe que tira más pelo de coño que maroma de barco. Dicen que ‘Abd al-‘Azīz estaba rezando en la mezquita de Spali, a cuatro patas y con el culo en pompa, cuando le apuñalaron en la espalda. O eso prefiero creer, que fue en la espalda. El sicario fue el propio Habīb al-Fihrī, a quien Mūsà había nombrado consejero de su hijo. Fíate de los árabes. Los baladíes sabían que Mūsà había caído en desgracia y quisieron adelantarse a la llegada del sustituto.
—El valí al-Hurr —concluyó Fruela—. Aquí nos aguarda un espléndido porvenir. Imagino que encontraré a otros viejos conocidos en esta jaula dorada.
—Disfruta mientras dure —le aconsejó Atanagildo—; nadie es tan necio como para creer que los agarenos respetarán los pactos. Pero al-Hurr reparte cancillerías, y hay mucho paniaguado que anhela más prebendas y finge lo contrario. Yo, como soy de gustos sencillos, sólo aspiro a vino y fulanas. En el fondo me divierten los esfuerzos de Opas por ocultar la traición de nuestros santos próceres. Algunas veces, pocas, porque los rezos no me interesan, voy a misa sólo porque, si te lo tomas todo a broma, al menos te ríes.
—Quién lo iba a decir —murmuró Fruela—. Los dos hermanos de Witiza siguen aferrados al poder.
—El obispo metropolitano siempre ha sido designado por la autoridad terrenal. Nada tiene de extraño que lo ocupe un fanático o un bobo, tanto da; lo único que se le pide es que sea rastrero. Aunque Opas tiene ideales, lo cual siempre resulta dañino. Si en lugar de dedicarte a la montería y a preñar mozas, como hacía su difunto hermano, te pasas la vida en una biblioteca catedralicia, al final te conviertes en un iluminado.
—He visto las tropas del alcázar. Parece que al-Hurr se dispone a concluir la conquista de Spania.
—¿La conquista de…? ¡Ya ha terminado! Los nobles sólo desean conservar sus tierras, aunque tengan que abjurar de Cristo. El reino de Toletum está muerto y sepultado. Lo único que queda de él es un reyezuelo con ínfulas, cuatro montaraces rebeldes y unos meapilas rezando para que Dios nos asista. Por mí pueden hacerlo hasta el fin de los tiempos. No seré yo quien arriesgue el pellejo por nada.
—Gracias por la charla —se excusó Fruela—. Te dejo en buena compañía…
—No te preocupes —le dijo Atanagildo—: al-Hurr te buscará alguna putilla para mantenerte ocupado.
Los criados le condujeron hasta un aposento, muy próximo, provisto de un atanor, un brasero, un par de arcones y un fogón de cocina. Varias esteras de esparto cubrían el suelo enlosado, y, sobre la tarima que servía de lecho, había una alfombra persa con almohadones.
La putilla llegó a mediodía. Una muchacha de cabello blondo y mirada huidiza que se desenvolvía con el sigilo de una gata.
—¿Te agrada? —le dijo a Fruela un individuo grueso de rostro lampiño que acababa de irrumpir en la estancia, sin que él lo hubiese percibido, una circunstancia que le inquietó.
—Es hermosa —admitió.
—Uno de los apodos con los que el Profeta se refería a Aixa, su esposa favorita, era «al-humayyira». Un elogio a su tez pálida. —El recién llegado cruzó el umbral y caminó hacia el norteño. Lucía una ostentosa aljuba de seda y desprendía un fuerte olor almizclado apenas enmascarado por perfumes de Oriente.
—Soy Fruela, el hijo menor del duque Pedro.
—Mi nombre es Bishr y soy el al-fatā al-kabīr, el mayordomo a cargo del harén del valí. —El eunuco lucía unos ojos grises como el invierno, junto con una voz profunda y tranquila que parecía hecha para susurrar y mentir.
—Os será difícil vivir entre tantas mujeres hermosas —ironizó Fruela.
—Soy un jasī. Sólo perdí mis criadillas: aún puedo mantener relaciones —
replicó Bishr sonriendo—. Pocos entienden la razón de nuestro género.
Fijaos en mí: raptado a los ocho años, educado en la casa de al-Hurr. No tengo pasado, ni vínculos familiares. La aristocracia árabe me considera un advenedizo, un esclavo que les arrebata los cargos que les corresponden por derecho. Mi destino está ligado al de mi señor.
—Al igual que el mío, supongo.
La sonrisa del castrado se ensanchó.
—Atended al consejo de este humilde criado —le dijo, tras depositar una mano sobre su hombro—. En esta corte abundan las intrigas; procurad manteneos al margen. No intiméis con el resto de invitados y, sobre todo, no tratéis de abandonar la ciudad. Este lugar no es tan malo como parece, y el valí sabe recompensar la lealtad. Vuestra estancia aquí no es un castigo, sino una oportunidad de medrar… Al-Hurr ha organizado una cena para esta noche a la que debéis acudir.
—Allí estaré.
El eunuco se despidió y le dejó a solas para recorrer su prisión y mentalizarse con su nueva vida. Fruela se acomodó en la tarima, preguntándose quién había contratado al sicario, y ordenó a la criada que le llevara vino. Era mejor ahogar tales pensamientos antes de que le mataran.
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