Cova Dónnica
Capítulo XXIX
La docena de estrategos se acomodó en torno a la mesa de la sala del Crisotriclinio para estudiar detenidamente los mapas y documentos depositados sobre el nogal pulido. Resultaba inusual ver a tantos oficiales de alto rango reunidos en el gran palacio de Constantinopla, llegados de todos los rincones de la Romania, todos circunspectos, a la espera de que diera comienzo el consejo imperial.
—Empecemos por las buenas noticias. —Sin más preámbulo, León rompió el silencio de la estancia octogonal.
El estratego de los karabisianoi se puso de pie, alisando su indumentaria de gala, los brazos decorados con torques, brazaletes e insignias. Se aclaró la garganta y depositó un rollo de papiro ante el emperador.
—Los espías nos han informado de que Maslama ha perdido prácticamente todas las naves que trajo consigo el verano pasado —declaró Manuel—.
Aunque permanecieron en dique seco, cargueros y galeras quedaron sepultados bajo la nieve. La madera se pudrió. Los muqātila desmontaron las naves para alimentar las hogueras, ya que no se atrevían a abandonar los campamentos.
—Mil ochocientos buques transformados en leña —murmuró León con incredulidad. El califato tardaría años en construir tal cantidad de naves.
Aquel invierno había sido excepcionalmente duro. El campamento musulmán se vio azotado por un gélido viento norteño y la nieve cubrió la costa de la Propóntide durante cien días. Alojados en tiendas de campaña, los soldados sarracenos tuvieron que construir chozas para refugiarse y, cuando se les agotó la leña, desmantelaron las naves para alimentar las hogueras. Tras haber incendiado los almacenes de víveres a instancias del propio León, los árabes tuvieron que alimentarse con bestias de carga, pieles, cortezas y raíces de árboles. Con el hambre llegaron las enfermedades, y miles de muqātila fallecieron por las epidemias. León
decidió pasar a la ofensiva y organizó diversos ataques al amparo de la niebla. Acosados por los jinetes búlgaros y los soldados romanos, los sitiadores se convirtieron en sitiados, la moral del ejército omeya se desmoronó.
—Al dejar de estar aislados por vía terrestre y marítima, empezamos a recibir suministros —aseguró el gran logoteta—. Hemos repuesto el contenido de los graneros.
—Ante la falta de noticias, el nuevo califa ‘Umar II envió un emisario con instrucciones de no regresar hasta conocer la situación en Constantinopla —
añadió Teófilo—. Nuestros espías aseguran que, en su carta, Maslama no ha sido del todo sincero: «El ejército se halla en perfectas condiciones y la ciudad está a punto de caer».
Funcionarios y militares romanos sofocaron la risa, todos salvo León III.
—Ahora las malas noticias —intervino el emperador.
—Es primavera —prosiguió Manuel—. Los árabes han cosechado el trigo sembrado el pasado otoño.
—¿Qué hay de las flotas de refuerzo?
—Las patrullas del Egeo nos advirtieron de que, desde Alejandría, han enviado una flota de cuatrocientas naves, tanto buques de guerra como de transporte —declaró el estratego de los karabisianoi.
—Los astilleros egipcios han tenido que trabajar a destajo.
—No sólo eso —comentó Manuel—. Otros trescientos sesenta barcos han llegado de Túnez.
Los astilleros de Ifrīqiya, cuya flota habían empleado contra Cerdeña y Sicilia, también habían trabajado sin descanso. Todas las galeras musulmanas se habían reunido en la Propóntide, no debía quedar una sola nave de más de cincuenta pies de eslora en el resto del Mediterráneo. El califato no sólo acometía un esfuerzo supremo por decapitar al Imperio
romano y, con ello, a la cristiandad, sino que también se jugaba su propio destino. Incluso un gobernante tan cauto como el califa ‘Umar se habría visto forzado a subir la apuesta.
—Además de la flota egipcia y la tunecina —concluyó León—, un ejército de refuerzo al mando de Mardasan ha cruzado las Puertas Cilicias hace diez días. ¿Podemos interceptar las naves enemigas?
Apesadumbrado, Manuel negó con la testa.
—Las dos flotas árabes fueron advertidas de los peligros del fuego marino
—se excusó, abochornado—. Navegaron hacia Constantinopla siguiendo la costa de Bitinia, evitando nuestras galeras de reconocimiento. Han fondeado en los puertos del litoral asiático de la Propóntide, a unas decenas de millas de la capital.
—Setecientas setenta naves en total —dijo León—. Pronto estaremos de nuevo bloqueados por vía marítima, como en el verano pasado. A no ser…
que tengan éxito las tropas de los basilikoi que envié con el thema opsicio, para emboscar a Mardasan en Nicomedia.
—Si vencen, el thema opsicio podría recuperar los puertos del litoral asiático —razonó Manuel—, pero Maslama seguiría contando con una base naval en Hebdomon, además del dominio de los mares.
Un silencio circunspecto se impuso en la sala del trono. A una señal del emperador, los militares y los funcionarios imperiales se retiraron.
León regresó al despacho y comenzó a ojear los informes, para mantener la mente ocupada. Incapaz de cambiar la situación, sentía que su destino le había sido impuesto. Al alzar la vista del papiro, María estaba observándole. Debía de haber pasado un buen rato en el umbral.
—Roma resistirá —le dijo su esposa con una convicción que le conmovió
—. Siempre lo ha hecho.
—Resistir no es vencer —objetó León—. Sólo sobrevive el que vence.
Debemos destruir el poder militar del califato o, de lo contrario, sólo
habremos ganado tiempo.
—Cuando deseas decir algo y callas, el silencio supone una mentira —
replicó su esposa—. ¿Qué ocurre de verdad, Konon?
—Soy el emperador —murmuró—. Se supone que puedo hacer lo que quiera y jamás me he visto tan impotente.
—El deber —dijo María, mesándole la sien—. Empezamos a ser libres el día en que dejamos de creer que podemos serlo.
De forma imperceptible, León se giró hacia el Crisotriclinio. Uno de los motivos de su frustración eran los órganos de gobierno. Cualquier reforma ofendía a los intereses de alguna facción nobiliaria, o atentaba contra alguna tradición. El verdadero problema, no obstante, residía en otra parte.
—Quieren su cabeza —masculló—. El gran logoteta, el guardián del Tintero imperial… Me han pedido la cabeza de Manuel…, dicen que desconoce la guerra naval.
—Cinco escuadrones, en el Helesponto, habrían bastado para impedir la llegada de las flotas tunecina y egipcia. O eso dicen —añadió su esposa—.
¿Le entregaste a Manuel los karabisianoi por su experiencia o en pago por la vida de su hijo?
Las preguntas de María siempre se antojaban dolorosamente certeras y, por ese mismo motivo, imprescindibles.
«El estandarte no tocó el suelo, kyrios».
León quiso conjurar aquel amargo recuerdo, y le resultó imposible. La muerte de Bardanes, el primogénito de Manuel, le había enseñado que tratar de olvidar supone recordar dos veces, y que también somos parte de lo que hemos perdido.
—Necesitaba alguien de confianza al mando de la flota imperial —se excusó.
—Alguien de baja cuna —murmuró la mujer—, que ha despertado la hostilidad de la rancia aristocracia senatorial.
El emperador asintió, consternado. El komēs Damiano no había desaprovechado la oportunidad de activar los resortes políticos de su linaje.
El intelecto aconsejaba a León que apartara del almirantazgo a quien le había robado su hijo, el corazón le imploraba que no lo hiciera.
La puerta se entreabrió para dar paso a un soldado. Jadeaba, había acudido corriendo. Era uno de los capitanes de las galeras de reconocimiento.
—Lamento interrumpir, kyrios —dijo el recién llegado—. Es importante.
León abandonó el palacio a toda prisa, acompañado de un cortejo de funcionarios y soldados, para dirigirse a las murallas que defendían el complejo áulico por el sur. Desde lo alto de las defensas, pudieron admirar el soberbio paisaje. Justo a sus pies, el puerto de Juliano languidecía bajo el menguante sol del atardecer. Resonaba el silencio, salvo el zumbido de las cigarras y el chillar de las gaviotas. El soldado señaló hacia levante, a la orilla asiática de la Propóntide. León creyó distinguir unos tenues puntos de luz en el horizonte. A medida que la claridad del astro rey se extinguía, la mar se fue sumiendo en penumbra y miles de puntos de luz se hicieron nítidos, como una plaga de luciérnagas.
—Nos atacan —dijo Manuel—. La flota egipcia.
—No encenderían antorchas —replicó el emperador—. Quieren que los veamos. ¡Enviad las naves de guerra! ¡Todos los hombres a las murallas!
Las trompas de guerra se escucharon en toda la capital del imperio, los habitantes inundaron las calles, dispuestos a auxiliar a los defensores o empuñar las armas. Una hora después, vestido con la armadura, León III irrumpía en el puerto de Neorion, abriéndose paso entre una multitud de soldados, pescadores y curiosos. Sobre la plataforma del muelle principal, uno de los dromōnes había regresado y una multitud de marinos, cansados y ateridos de frío, cruzaba la plataforma para desembarcar.
Un drongario condujo a León hasta uno de los refugiados. El cabello del marino, aún espeso, era una mata de ondas plateadas sobre un rostro bronceado y marcado con profundas arrugas, testigos de sus muchos años en la mar.
—Me llamo Basilio —dijo, con un exótico acento—. Gracias por todo.
—¿De dónde venís? —le preguntó León.
—De Afrodito —respondió, antes de sufrir un repentino ataque de tos, y ante el desconcierto del emperador, añadió—: Somos cristianos de Egipto.
Los sarracenos nos enrolaron a la fuerza, hace tres meses.
—¿Habéis huido? —El emperador de la Romania se inclinó sobre él, depositando la diestra en su hombro.
—Sí —corroboró—. Cuando llegamos al fondeadero de Bryas, nos amotinamos. Redujimos a los muqātila que llevábamos a bordo y abandonamos las naves en botes.
—¿Cuántos? —inquirió León, esperanzado—. ¿Cinco, seis, diez barcos?
—Kyrios —dijo el copto, al darse cuenta de que no le entendía—. Hemos desertado toda la flota.
El Cychreides atravesó la noche como una saeta, y una docena de naves de apoyo le acompañaba como una manada de delfines siguiendo una estela de espuma. La flota de los karabisianoi, dividida en escuadras de cinco dromōnes, reforzados con galeras mercantes, e incluso botes de pesca.
Cualquier buque, incluso capitaneado por civiles, servía para asaltar a unas naves que se suponía indefensas.
En una noche de luna llena, los etesios arreciaban, cincelando cabrillas en el mar. Aves marinas revoloteaban y emitían ásperos graznidos en las tinieblas. León se dirigió a la proa y miró hacia el frente, forzando los ojos en busca de cualquier señal de las naves egipcias. Iluminada por los
candiles, cuya llama flameaba por la ventisca, la cubierta de la nave capitana se hallaba abarrotada de marinos, con el castillo de proa y los costados erizados de armamento, ballistrai con enormes virotes. A tales ballestas de torsión se sumaban las catapultas y, por encima del espolón de proa, el amenazante surtidor de fuego griego.
—Estamos forzando a los remeros —dijo el navarca, consternado.
León pasó revista al centenar de remeros que bogaba en las dos cubiertas inferiores, dejándose la piel en los bancos, y después al capitán de la nave.
Su rostro, ancho con ojos oscuros y hundidos, arrugado por la preocupación. A mayor presteza, aumentaba la resistencia ofrecida por el agua al avance de la nave. Si mantenían la velocidad de crucero, podrían mantener el ritmo de boga una jornada entera; forzando la travesía de aquel modo, tan sólo un par de horas. Con los remeros exhaustos, la capacidad de la flota romana se vería mermada.
—Debemos actuar antes de que la noticia llegue a oídos de Maslama —
razonó León—. Cuando sepa que la flota egipcia se encuentra a la deriva ante los puertos de Satyros, Bryas y Kartalimenos, enviará el resto de las naves de guerra. La flota tunecina que está fondeada ante Cio, a veinte millas al sur, y el puñado de shalandiyyāt que aún tiene operativos en Hebdomon, en la orilla europea.
El timonel aferraba, ceñudo, el brazo de la espadilla y los observaba con ansiedad. Su improvisado objetivo consistía en destruir las naves egipcias abandonadas antes de que la escuadra tunecina reaccionara. Para tal fin, la presteza resultaba esencial, ya que las fuerzas del califato los superaban en una proporción de cinco a uno.
—No existe plan de batalla que sobreviva al contacto con el enemigo —le había advertido Manuel, antes de separarse en los muelles.
—Los planes de batalla son inútiles —concedió León—; la planificación, indispensable. Habrá que improvisar.
Mil años antes, los atenienses visitaron al oráculo de Delfos, en busca de respuestas, ante la amenaza del Imperio persa. La pitia vaticinó a la polis
ateniense un gran desastre, ya que «Sólo la muralla de madera quedaría sin conquistar». Las minas de plata de Laurión permitieron a Temístocles construir esa muralla que les otorgó la victoria en Salamina: doscientos trirremes con los que dominar el océano.
La flota de los karabisianoi, armada con fuego griego, se había convertido en la nueva «muralla de madera» frente a las hordas de Asia. Con los ojos enrojecidos por el salitre, León divisó, sobre el tenebroso horizonte, las figuras de los cargueros egipcios entre las islas de Oxeia y Plateia y la costa asiática de la Propóntide. Aferró con fuerza el puño de la espada, como si esa arma pudiera protegerlos.
La luna y las estrellas asomaron a través de las nubes, creando sombras y parches de tenue luz que se deslizaban sobre las olas. Las cubiertas de los cargueros egipcios estaban desiertas. Sólo una decena de shalandiyyāt osó enfrentarse a la flota imperial.
—Pyros! —gritó León.
El rugido de las llamas supuso la sinfonía de toda la noche, los dromōnes vomitaron una muralla de fuego sobre las galeras que surgían de entre las naves de carga. Todos los muqātila, sin excepción, ansiaban la Yanna, el Más Allá islámico, pero ninguno deseaba morir para llegar a él. Los árabes se arrojaron al agua ante la irrupción de las lenguas de fuego.
El Cychreides se dirigió hacia los indefensos cargueros egipcios que vagaban a la deriva.
—¡Preparad el siphōn! —ordenó el navarca.
—No —ordenó León, alzando la mano—. Abordad las naves, saqueadlas y prendedles fuego.
—Es arriesgado, llevará tiempo —objetó el capitán—. Si la flota tunecina llega…
—Necesitaremos que los tanques de fuego marino estén llenos.
La operación requería presteza y sigilo, pero también potencia de fuego en caso de que las cosas se torcieran. Si la escuadra tunecina acudía, se verían obligados a replegarse al Cuerno de Oro y la misión mudaría a un «Sálvese quien pueda».
—¡Enviad a los esquifes!
El emperador asintió, aprobador, ante la orden del navarca. Las galeras de reconocimiento podrían advertirles de la llegada de las naves de Cio.
Tras el grito «Stauros Nika», la nave capitana lideró el abordaje. Los soldados arrojaron ganchos a la cubierta del shalandī que se clavaron en la madera y las maromas se tensaron. La nave se volvió un hervidero de actividad cuando las dos naves se hallaban a la par y los hombres abandonaron los remos. La tripulación del Cychreides abordó el buque a la deriva. No fue una batalla, sino una carnicería. Tras la deserción de los coptos, apenas quedaba un puñado de árabes con vida, y los romanos no hicieron prisioneros. Los muqātila habían devastado la Romania a placer durante décadas. Matando, saqueando, esclavizando. Había demasiadas cuentas por saldar.
La heterogénea escuadra romana asaltó las naves enemigas, y se llevó consigo cuanto hallaron de valor. Emplearon los recipientes de nafta almacenados en las bodegas para incendiarlas; pronto una cortina de fuego engullía a los barcos. Las columnas de humo se elevaron tan espesas que se hizo una noche sin luna, un mar en tinieblas salvo por el siniestro resplandor de las llamas. La tormenta ígnea había alterado los vientos, el tórrido aire ascendía y otro más frío fluía para ocupar su lugar. Entre velas, sogas y mástiles arrancados, los marinos enloquecieron de miedo, y saltaron al mar. Las olas sacudían las naves como juguetes de un niño caprichoso y arrastraban a los náufragos al fondo del océano.
—Kyrios! —El capitán del Cychreides señalaba con el brazo hacia babor.
Un oscilante resplandor surgía desde Oxeia. Uno, dos, tres destellos.
Ocultos tras la isla, los esquifes les enviaban una señal de alarma. La escuadra tunecina se aproximaba.
—¡Abandonad las naves! —gritó León.
Los marinos romanos arrojaron teas en las bodegas de los barcos y se apresuraron a saltar a los dromōnes. Cuando el último soldado abandonó el buque incendiado, los marinos se sentaron en los bancos y emplearon los remos para separar las embarcaciones.
—¡Bogad! —gritó el navarca—. ¡Hacia las islas!
La proa del Cychreides tajaba las olas, salpicando la cubierta con un rocío helado. Resplandecía la luna llena, el Helesponto se hallaba en calma y, sobre el tenebroso horizonte, lograron distinguir las naves sarracenas.
Maslama enviaba contra ellos todo cuanto podía flotar. Al menos cincuenta shalandiyyāt. Una vez en el archipiélago, viraron a poniente sin acercarse los arrecifes, hasta que los buques de la vanguardia agarena estuvieron justo ante ellos.
—Stauros Nika!
Formando en cuña, los karabisianoi se abalanzaron sobre su desprevenida presa, adentrándose hasta una distancia de tiro. Ocultos tras la isla que eclipsaba el resplandor de las llamas, el Cychreides suponía un depredador silencioso que acechaba a una víctima desprevenida. Los brazos de las ballestas de torsión chocaron contra los respaldos, resonaron los impactos de la madera y el silbido de los virotes. Las ballistrai asestaron un golpe devastador a las naves sarracenas cuando una lluvia de saetas de hierro barrió las cubiertas. Justo antes de que los surtidores de fuego las engulleran en un Hades marino.
Los barcos árabes se hallaban atrapados entre el martillo y el yunque. Entre la cuña romana y las naves egipcias, convertidas en una escuadra de brulotes. Incluso a doscientos pasos, el calor abrasaba el rostro de León.
Escucharon los gritos de marinos y soldados agarenos sobre el rugir de las llamas. Nadie merece morir así. Los labios del emperador parecían sellados, una rigidez antinatural se había adueñado de su cuerpo.
Una vez destruida la armada egipcia y las galeras tunecinas, el regreso al puerto de Neorion supuso una triunfal pesadilla. Habían logrado enfrentarse
a las tres escuadras enemigas de forma sucesiva, una tras otra. El único modo a su alcance de vencer a un enemigo que los quintuplicaba en número.
El amanecer resultaba distinto en el mar. No hubo una transición gradual de la noche al día, no existían montañas que escondieran al sol. Un brillo dorado tiñó las nubes y el astro surgió del horizonte, arrancando un efímero destello esmeralda a la superficie marina. León alzó la mano para cubrirse los ojos, ante la imagen más hermosa que jamás había visto. Se sentía zarandeado entre el triunfo de la incursión nocturna y el abrumador cansancio tras dos días sin pegar ojo. Su mente le decía que debía sentirse dichoso, pero la fatiga le había despojado de cualquier emoción.
La cadena del Cuerno de Oro descendió a su paso y un coro de trompas de guerra atronó de júbilo. El boukinatōr de la nave capitana anunció la victoria en la capital de la Romania y el resto de las naves se hicieron eco del triunfo. Manuel le abrazó en cuanto cruzó la plataforma de madera y puso un pie en tierra. Marinos y soldados estrechaban sus cuerpos los unos a los otros, sin tan siquiera conocerse, entre palabras susurradas y risas en la penumbra.
—¡Alabada sea la Madre del Señor! —La voz del patriarca de Constantinopla se elevó sobre la multitud, los diáconos entonaban el Himno Acatisto a la Madre de Dios. Los soldados de los karabisianoi se vieron rodeados de rostros emocionados que reclamaban noticias y exigían un relato de la batalla. Taciturno, en ese momento León carecía de palabras, y se maldijo a sí mismo por su incapacidad para hablar con su propio pueblo.
Desde hacía un año, sólo se sentía cómodo entre los de su especie: militares, soldados, guerreros.
Se dejó caer en las escaleras del puerto y alguien le puso una clámide sobre los hombros. La prenda aún no se había secado, pero al menos le mantuvo caliente. Sentado en los escalones, con la cabeza gacha, espiró el aire que aún retenía en los pulmones. Percibió un agradable hedor a salitre y pescado, y vio unos pies detenerse ante él.
—Kyrios —dijo Teófilo—. Nuevas noticias.
—No pueden ser mejores que esta —respondió León, con una sonrisa fatigada.
—Lo son —le aseguró su amigo—. El thema opsicio ha aniquilado al ejército de Mardasan en la calzada entre Nicea y Nicomedia.
Atónito, exhausto y aturdido, el emperador León III se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar de júbilo.
En apenas diez días, los sitiadores se convirtieron de nuevo en sitiados, el hambre y las privaciones regresaron al campamento sarraceno. Obligados a devorar los cadáveres de sus compañeros, en incluso sus propias heces, una nueva epidemia se propagó entre los muqātila, lo que menguó aún más sus fuerzas.
Dos meses después, Ibn al-Jatib, un emisario del califa ‘Umar, atravesó las puertas de nogal con incrustaciones de ébano y marfil que cerraban el palacio de Hebdomon. La irritación parecía latir a través de sus venas. Los pasos decididos resonaron en la enorme sala, y se detuvo ante los arcos marmóreos que sostenían la cúpula. Un haz de rayos carmesíes y esmeraldas atravesaba la vidriera. El heraldo bajó la vista hacia el diván y los ojos grises de Maslama.
—La paz sea contigo, emisario —le dijo el emir con suficiencia—. ¿Cómo van las cosas por Damasco?
—Y también contigo, emir —replicó Ibn al-Jatib—. Ambos sabemos que el motivo de mi presencia es el estado del ejército y la flota que se os encomendó.
Maslama sonrió al acomodarse en el diván. Fue el eunuco quien ofreció una respuesta:
—Agradecemos al califa ‘Umar los suministros que nos envía y los refuerzos que nos trae. El asedio va bien. El desempeño de las tropas es normal. Estaremos ocupados durante todo el verano, hasta que conquistemos la capital romana… —hizo una pausa para enfatizar—, emisario.
—Los suministros vienen junto a una orden de abandonar el asedio, dirigida a Maslama ibn ‘Abd al-Malik —declaró, imperturbable, Ibn al-Jatib.
—Constantinopla está a punto de caer —razonó Maslama—, ¡es una cuestión de tiempo!
—Tu tiempo se ha agotado —le espetó el heraldo—. Has perdido dos mil barcos, y decenas de miles de hombres. Tus informes son un amasijo de embustes, ni siquiera conocemos la magnitud del desastre. ¡Las tropas deben regresar a Siria!
—Decidle al califa que me otorgue un solo día —dijo Maslama, poniéndose en pie—. ¡Sólo uno! Tomaré la ciudad al asalto, conozco una debilidad en las defensas…
—¡No, por Alá, ni una sola hora más!
La embajada puso fin al asedio. A pesar de que León III les permitió retirarse, Maslama incumplió su palabra y sus tropas continuaron saqueando la Romania en su retorno a Siria. Antes de cruzar el Helesponto, los búlgaros los atacaron de nuevo, y les causó veinte mil bajas, y en su marcha por Anatolia fueron acosados por los themata. Una vez que dejaron atrás los montes Tauro, el califa les envió nuevos refuerzos junto con caballos y mulas. En su itinerario marítimo, los restos de la flota árabe fueron dispersados por una tormenta, y, después, sufrieron otra más en el Egeo. De las dos mil quinientas naves enviadas por el califato, sólo cinco llegaron a sus puertos de origen.
Los muqātila levantaron el sitio a Constantinopla el 15 de agosto de 718
anno Domini, la fiesta de la Madre de Dios. El día trece de muharram, el primer mes del año cien de la Hégira. El primer siglo de la era islámica se había cumplido sin conquistar a la Nueva Roma.
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