Cuando Lisboa tembló
Capítulo 7
7
De los diferentes personajes que conocí durante aquellos días, el niño fue, curiosamente, el primero al que vi. Nuestro destino se cruzó justo la primera mañana y cuando hablé con él, yo ya sabía lo que había hecho, el valor que demostró tener. Hoy me da pena no haberlo elogiado. Puede que las cosas hubiesen sido distintas, puede que me hubiese mirado con otros ojos. Pero no fue así y no se puede hacer nada para cambiar la historia.
El niño todavía estaba cerca de la iglesia de San Vicente de Fora en ruinas cuando se produjo el tercer temblor de tierra. Aunque seguía decidido a buscar a su hermana, no le resultó fácil atravesar aquel descalabro. Ya no quedaban calles, ni casas, ni edificios donde antes se erguían. Cuando la nube de polvo se disipó, pudo vislumbrar el castillo de San Jorge en medio de aquella irrespirable bruma y, más abajo, la catedral, y así fue como se orientó para llegar a su casa, cerca de la iglesia de la Magdalena.
Era difícil caminar en aquellas circunstancias: había grietas inesperadas y hondos precipicios en el terreno; era imposible atravesar las calles atestadas de piedras. Tardó en acercarse al castillo y a sus murallas. Los muertos, que alfombraban el suelo en posiciones complicadas, parecían estatuas esculpidas por desquiciados. La gente corría despavorida, cual criaturas perdidas, dando alaridos.
El chico siguió caminando con determinación. Cerca del barrio de Graça, una pequeña multitud observaba, más abajo, la plaza del Rossio y la colina opuesta, como si esta se hubiera tumbado en el suelo. Ni siquiera sus edificios más simbólicos se habían salvado. En la plaza, el Hospital de Todos los Santos era el único que se mantenía intacto, pero a su lado, tanto el convento de Santo Domingo como el Palacio de la Inquisición resultaron fuertemente dañados.
En la cuesta del castillo de San Jorge, y hasta en la Alfama, el niño no vio más que desolación y se preguntó a sí mismo qué mal habrían hecho para merecer semejante castigo, pero no halló razones. Por eso dejó de buscar motivos y siguió bajando hacia la catedral, junto a muchas personas que habían subido a las fiestas de San Vicente de Fora y que en ese momento regresaban a sus casas convertidas en personas distintas, transformadas para siempre, resquebrajadas por dentro, llenas de dolor, de desesperación y de miedo al futuro. Subieron para encontrarse con Dios aquel día festivo y acabaron masacradas de una forma inimaginable.
Al pasar junto a la catedral, el niño oyó unos disparos. «Los prisioneros del Limoeiro deben de haberse escapado y los soldados intentan abatirlos», esa fue su conclusión. Así que decidió ser precavido por miedo a que el fuego cruzado del enfrentamiento lo alcanzase. Algunas casas estaban intactas, así como la catedral que, orgullosa, solo mostraba daños en los flancos.
Fue entonces cuando, justo enfrente de donde se hallaba, vio a tres hombres saliendo de una casa. Arrastraban a un pobre desgraciado, probablemente el propietario. Lo tendieron en el suelo y le dispararon, causándole la muerte. Uno de los hombres, más alto que los otros dos, parecía ser el jefe. Tenía el pelo y la barba negros, y sus ojos y sus gestos irradiaban una energía maligna. Registró los bolsillos del propietario y extrajo un reloj. Después, los tres bandidos volvieron a entrar en la casa y se oyeron más gritos, seguidos de un silencio aún más aterrador que el vocerío.
El niño aprovechó el momento para echar a andar, pero lo sorprendió el regreso inesperado del hombre más alto, que se dirigía nuevamente hacia el cadáver. Sintió miedo. El grandullón vio al muchacho mientras registraba la ropa del difunto. Sonrió cuando encontró una llave, y le preguntó:
—¿Qué pasa?
El chaval no respondió, pero adivinó que el ladrón era español. Uno de sus compañeros también salió de la casa arrastrando del pelo a una mujer que imploraba:
—¡No, no, por favor, no!
El hombre enorme miró al niño y se echó a reír. Después, le preguntó:
—¿Has visto alguna vez morir a una mujer?
El niño respondió:
—Sí. A mi madre.
El energúmeno soltó una nueva carcajada y volvió a preguntarle:
—¿Y cómo murió tu madre?
—Ha muerto ahí arriba, en San Vicente de Fora, en la iglesia.
El bisonte se santiguó con gestos burlones y murmuró:
—Que su alma descanse en paz… Esta mujer, sin embargo, va a disfrutar mucho más que tu madre…
Se acercó a la mujer, la agarró de la nuca y acto seguido ordenó a su subordinado:
—¡Llévatela!
El otro se rio y acató la orden, pero antes, señalando al niño, le aconsejó:
—¡Mátalo! Los muertos no hablan con los soldados…
El hombre más alto soltó una nueva carcajada, se acercó al niño y le preguntó:
—Muchacho, ¿quieres morir?
El niño dijo que no. El mastodonte lo agarró del pescuezo, se llevó la mano a la cintura, empuñó un cuchillo y se lo acercó a la garganta.
—A mí me gustan los jóvenes…
A pesar del miedo, el niño dijo:
—Solo quiero agua…
El sinvergüenza, al oír hablar de agua, se quedó pensativo unos segundos.
—¿Sabes dónde hay agua?
—Hay una fuente en una calle, allí, por detrás de aquellas casas…
Esbozando una mueca sobrecogedora, el canalla lo amenazó de nuevo:
—Si me mientes, te arranco el corazón con los dientes…
—No —gimió el niño—, es la pura verdad, allí hay agua.
Perro Negro lo soltó y le ordenó:
—Ven.
Ambos entraron en la casa. En medio del salón, encima de un sofá, la mujer estaba tendida boca arriba con la falda levantada y uno de los españoles, con los pantalones ya por las rodillas, se preparaba para penetrarla.
—¡Eh, cabrón! —gritó Perro Negro.
El compañero dio media vuelta, afligido, y se rio con nerviosismo.
—Oye, Perro Negro, que nosotros también tenemos derecho…
El jefe levantó el puño y le preguntó:
—¿Quién manda aquí?
—Tú.
—Entonces, a mí me toca primero.
Perro Negro se bajó los pantalones mientras el otro se apartaba un poco. El niño presenció sus actos. La mujer lloraba; después del jefe, le tocó el turno al hombre que se había apartado y, luego, el tercer hombre practicó el mismo acto sin que la mujer dejara de llorar. El niño no podía hacer nada, y cuando todo acabó, temió que quisieran lo mismo de él, pero ninguno de los tres se metió con él. Perro Negro proclamó que la mujer todavía aguantaría otra ronda general y todos se echaron a reír a carcajadas. Solo después repararon en el niño, y entonces Perro Negro lo mandó a buscar agua a la fuente con una jarra y una olla, acompañado por uno de los españoles.
Se dirigieron a la fuente pública, y cuando llegaron se percataron de que muchas otras personas habían tenido la misma idea: la gente se agolpaba en torno a la fuente, incluidos los guardias de la prisión. De inmediato, a voz en grito, el niño delató al bandido diciendo que era un fugitivo de la prisión del Limoeiro. Al oírlo, el forajido salió huyendo y dejó caer al suelo la jarra y la olla. El niño les contó a los soldados lo que acababa de suceder y estos echaron a correr en dirección a la casa donde estaba Perro Negro.
Fue en ese momento cuando vi al niño por primera vez. Mohamed y yo, escondidos detrás de un cobertizo, presenciamos lo que pasó a continuación. Junto a la fuente, el niño esperaba su turno para beber agua. Entretanto, se oyó un tiroteo y aparecieron Perro Negro y sus dos hombres, que hubieran dado buena cuenta de él si el niño no llega a escapar. Solo volví a verlo horas más tarde, aunque la hermana Margarida me contó que aquellos acontecimientos obligaron al chiquillo a llegar más tarde de lo previsto a lo que quedaba de su casa. Se sintió afligido y alarmado a la vez. La casa ya no existía. No sabía dónde buscar a su hermana, y una gran tristeza se apoderó de su alma al pensar que lo más probable era que hubiese muerto.