Cuando Lisboa tembló
Capítulo 14
14
-¿Cómo sabes que tu hermana está viva? —le preguntó la hermana Alice al niño.
—Lo sé. Presiento que lo está.
La monja anciana esbozó una sonrisa de menosprecio, poniéndolo en duda.
—¿Acaso tienes poderes de adivino? ¡Ten cuidado, que en esta tierra eso es peligroso! —le advirtió la hermana Alice.
El niño estaba de pie frente a ellas, con la cara sucia, el pelo desgreñado y el perro sentado a sus pies, aguardando instrucciones. Lo que más le impresionó a la hermana Margarida fue su mirada de determinación y la convicción con la que hablaba. Minutos después de que nosotros escapáramos corriendo de Perro Negro, ellas se cruzaron con el niño cuando subían hacia la catedral, en una calle donde se erguía la ahora destruida iglesia de la Magdalena. La hermana Alice se sentía dolorida y fatigada por el esfuerzo de caminar huyendo de los guardias que las buscaban en el Rossio, pero no quería parar. Sin embargo, la hermana Margarida la convenció. Y fue entonces cuando vieron al perro, que se acercó a ellas y se refregó en las piernas de la chica. La monja de más edad intentó ahuyentarlo enseguida, como si el chucho fuese un impedimento, pero el animal la ignoró, pues la hermana Margarida le hacía carantoñas.
—¿No te gustan los perros? —le preguntó.
—No. En Lisboa hay demasiados, ladran la noche entera y no dejan descansar a nadie —dijo la hermana Alice—. Son unos cerdos. Se comen las heces y orinan en las puertas de las casas…
—Este parece muy cariñoso —afirmó la hermana Margarida.
—Deberíamos matarlo y comérnoslo —propuso la monja—. ¿No tienes hambre?
La monja joven se escandalizó:
—¿Comer perro? ¡Ni pensarlo! ¡No sería capaz!
La más vieja se echó a reír:
—En China se comen a los perros… Espero que de aquí a unas horas no te arrepientas de lo que acabas de decir. Con los guardias pisándonos los talones, si no comemos nada…
—¡No estamos en China! —exclamó la hermana Margarida.
—¡Pero estamos hambrientas! —respondió la vieja monja.
Sin que se hubieran dado cuenta, el niño las estaba escuchando y decidió intervenir.
—El perro es mío y nadie se lo va a comer.
Las monjas lo miraron y la más joven le sonrió, pero la vieja se puso nerviosa, como si la aparición del muchacho no le hubiese gustado. El perro se levantó y corrió hacia su dueño, frotándose en sus pantalones. El niño le acarició el hocico sin apartar la vista de las dos mujeres.
—¿Qué quieres? —preguntó la hermana Alice.
—Nada —respondió el chico—. ¿Vosotras queréis algo…?
La vieja monja esbozó una sonrisa y le preguntó:
—¿Qué crees que queremos?
—Huir.
La hermana Margarida bajó la mirada. La hermana Alice, lejos de inquietarse, siguió preguntando:
—¿De quién?
—Te he oído decir que los guardias os están persiguiendo —dijo el niño, estableciendo contacto visual con la monja—. ¿Os habéis escapado de la cárcel?
La hermana Margarida se mordió el labio. La hermana Alice aguantó la mirada del chiquillo y le dijo:
—Eres muy descarado para ser tan joven. ¿Por qué te metes donde no te llaman?
Ahora le tocaba sonreír al niño:
—Eso debería decirlo yo, estáis sentadas en mi casa.
Las monjas se sorprendieron con aquella afirmación y miraron a su alrededor, como intentando adivinar dónde estaba la casa, pero nada se asemejaba a una vivienda, solo había una amalgama de materiales desorganizados que por la mañana habían sido una morada y que en ese momento no eran más que un recuerdo en la cabeza del niño.
—¿Aquí estaba tu casa? —preguntó la hermana Margarida.
El niño describió un vago círculo con la mano, delimitando la vivienda.
—¿Y cómo es que no te has muerto? —preguntó la monja joven.
—No estaba aquí.
—Has tenido suerte.
De repente, la expresión de la cara del niño cambió, entristeciéndose.
—No. Mi madre ha muerto en mis brazos.
—¿Aquí? —preguntó la hermana Margarida, impresionada.
El niño le explicó que había sido en la iglesia de San Vicente de Fora, donde también había muerto mucha gente cuando se derrumbó.
—Yo me he salvado porque salí de la iglesia un poco antes…
La hermana Alice comentó, sarcástica:
—Le diste la espalda a Dios… y te ha castigado.
El niño entornó los ojos y la hermana Margarida percibió que no empatizaba en absoluto con la hermana Alice; conmovida, intercedió en su favor:
—Hermana, no le digas eso, la culpa no es suya. Fue la tierra la que tembló.
La hermana Alice sonrió con desdén:
—¡Todo esto es un castigo de Dios para todos nosotros! ¡Esta tierra de locos ha sido por fin castigada!
La hermana Margarida se encogió de hombros. El niño siguió mirando a la hermana Alice y le replicó:
—No me interesan los designios divinos. Solo quiero encontrar a mi hermana.
La hermana Margarida le preguntó dónde estaba su hermana y él le contó que se había quedado en casa y que ya había encontrado a su padrastro muerto dentro, pero a ella no, aunque presentía que la niña estaba viva. La hermana Alice lo acusó de tener poderes de adivino y el niño arguyó:
—No tengo poderes de esos, pero sé que está viva. Mi corazón lo sabe. Y mi perro también.
—¿Cómo? —preguntó la monja anciana, escéptica.
El niño les explicó:
—El perro se metió un rato por entre los escombros y regresó meneando el rabo. Estoy seguro de que la ha visto o la ha olido. Está muy apegado a ella. Si estuviese muerta, no movería el rabo.
La hermana Alice desdeñó aquel disparate.
—¡He visto a mucha gente que creía en las estrellas, en las cartas, en la magia negra, pero nunca había visto a nadie creer en el rabo de un perro! ¡Chico, despierta! ¡Los perros siempre mueven la cola y eso no quiere decir nada!
El chico respondió con total naturalidad:
—Sé de lo que hablo. Está viva.
La hermana Margarida, impresionada por la fe de aquel chiquillo, le preguntó señalando los escombros:
—¿Crees que puede estar ahí debajo?
El niño se lo aclaró:
—Nuestra casa tiene un sótano. Puede que esté atrapada allí y que no pueda salir.
La monja de más edad seguía mostrándose escéptica.
—Vas a tardar días hasta que consigas retirar toda esa porquería y acceder al sótano. Y cuando lo hagas, ya estará muerta. Si es que no se murió cuando la casa se le cayó encima…
A la hermana Margarida no le gustaron aquellas palabras cargadas de pesimismo y se indignó:
—Hermana, ¡claro que puede estar viva! ¿Por qué tenemos que pensar en lo peor? Si consiguió refugiarse, ¡puede que haya sobrevivido!
La otra le replicó:
—¡No des falsas esperanzas a la gente! ¿Acaso no ves lo que estoy viendo yo? Aquí no hay ni una sola casa en pie. ¡Caminamos por encima de los muertos! ¿Y crees que alguien que estaba dentro puede haber sobrevivido? ¡Vámonos al río, que aquí no podemos quedarnos!
La hermana Alice hizo ademán de incorporarse, miró una vez más al niño y le preguntó:
—¿Sabes dónde podemos encontrar agua y comida?
El chiquillo se las quedó mirando, primero a ella y luego a la hermana Margarida.
—Aquí —dijo—. Yo tengo agua y comida.
Dio media vuelta, rodeó un montón de cascotes y desapareció de la vista de las monjas. El perro le fue a la zaga. Unos minutos más tarde regresaron los dos. El niño llevaba un cántaro en una mano y un poco de pan en la otra, se lo ofreció a las mujeres y estas se bebieron el agua y se comieron el pan. A continuación, la hermana Margarida dijo:
—Gracias. ¿Te vas a quedar aquí?
—Sí —dijo el chico.
—¿Por qué no buscas ayuda?
—La catedral es un pandemonio, hay decenas y decenas de moribundos y gente malherida. No hay nadie que se preste a venir…
—Deberíamos irnos —dijo la hermana Alice.
—¿Por qué no nos quedamos a ayudarlo? —le sugirió la joven monja.
El tono de voz de la otra puso en evidencia su irritación:
—Los soldados aparecerán… Cuanto antes nos vayamos de aquí, mejor. Y yo no puedo hacerlo sola, necesito tu ayuda.
El niño las informó:
—Los únicos soldados que he visto se han ido hacia el Limoeiro. Si vais al río, tened cuidado, que por allí hay muchos prisioneros sueltos.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó la hermana Alice, siempre escéptica.
—Me he cruzado con ellos.
El muchacho les contó que había sobrevivido a dos encuentros con la pandilla de Perro Negro y que no quería volver a tropezarse con ellos.
—Violaron a una mujer delante de mí después de haber matado al marido. Ahí arriba, cerca de la catedral, en una casa.
—¿Y también mataron a la mujer? —preguntó la hermana Margarida.
—Sí. Y en la fuente mataron a más gente. Son peligrosos. He tenido suerte. Unos hombres que también habían huido de la cárcel llamaron su atención y echaron a correr tras ellos. Todos desaparecieron por allí. —Señaló en dirección a la Alfama—. Yo que vosotras no tomaría ese camino —repitió.
—¡Ya sé lo que quieres! —exclamó la hermana Alice—. ¡Pretendes amilanarnos con tus historias para que nos quedemos contigo! Eres muy listo, pero no te va a servir de nada. ¡Vámonos!
La monja anciana echó a andar con determinación, aunque trastabillando, pero la hermana Margarida se quedó sentada, sin mostrar intenciones de seguirla.
—¿No vienes? —le preguntó la monja.
—Es peligroso. Deberíamos quedarnos aquí, ayudaremos al chico y evitaremos a los bandidos.
La monja de más edad le preguntó irritada:
—¿Quieres que te detengan? ¿Acaso no te das cuenta de que volverás a la cárcel y te quemarán viva?
Al escuchar aquellas palabras, el niño miró a la hermana Margarida, asustado. La joven monja bajó la mirada, avergonzada, mientras la otra proseguía:
—¡Mira hacia allá! ¿Ves las llamas, el humo de los incendios? ¡Hay varios fuegos, la única salida posible es el río!
La hermana Margarida vio las columnas de humo que cortaban el horizonte en rodajas. Si se quedaban allí, o el fuego o los guardias las atraparían. Entonces le preguntó al niño:
—¿No quieres venir con nosotras?
—No —respondió.
Mientras se iban, a la hermana Margarida se le encogió el corazón, le habría gustado quedarse. La hermana Alice se apoyó en ella y las dos caminaron en silencio un rato. Después, cuando ya se habían alejado, la monja vieja le dijo a la joven:
—Es un niño, pero parece un hombre. Los hombres solo piensan en sí mismos…