Cuando Lisboa tembló

Domingos Freitas do Amaral · Capítulo 39 de 52

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Cuando Lisboa tembló

Capítulo 38

38

 

La confusión reinó durante el ataque de la banda de Perro Negro y cada uno intentó escapar de allí como pudo. Mohamed y Ester lucharon por su vida y resultaron heridos, en especial el árabe. Sin embargo, consiguieron huir a trompicones escabulléndose entre las grietas.

En cuanto a Margarida y el inglés, la fortuna les sonrió. Cuando Perro Negro me disparó, estaban justo delante de mí en un lugar que contaba con un pasaje lateral en medio de las grietas de las paredes, una especie de túnel que se había formado bajo los escombros. El inglés se introdujo de inmediato por la grieta y llamó a Margarida, que lo siguió. Como una parte de la banda estaba detrás de nosotros y la otra delante, los laterales quedaban libres. Así que corrieron tan rápido como aquel suelo inestable les permitía y se esfumaron del lugar.

Cuando nos reencontramos más tarde, reconocieron haber dejado de correr solo cuando el terreno empezó a subir en dirección a la catedral. Sin aliento, se escondieron detrás de un montón de maderas. Al contrario de lo que imaginaban, nadie los persiguió. A lo lejos pudieron oír gritos de celebración.

—¡Dios mío! —dijo Margarida, aterrada—. ¿Crees que van a morir?

Ante todo, el inglés intentó recobrar el aliento. El aire estaba cargado de humo y tosió varias veces.

—¡Good lord, yes, van a morir! ¿You saw the negros, las heads cortadas?

Como yo le había ahorrado aquella visión, Margarida escuchó impresionada la descripción que Hugh Gold le hizo de aquel diabólico cementerio.

—Hell, son monsters, will kill piratas…

La joven se entristeció súbitamente.

—Reza, pray por su soul. ¡It will be horrible! —insistió Gold.

Margarida rompió a llorar, conmovida. El capitán inglés la dejó desahogarse y después le pasó la mano por encima del hombro para tratar de consolarla.

—Poor Margarida, I know que él te gustaba, but… The spanish monstruo is an asesino, very bad hombre. He kills negros, mujeres, whites… I was lucky, mucha suerte, yo escapé yesterday… But, ¿the pirata? No lo creo… He was shot en la cabeza, I saw, vi blood…

Margarida se llevó las manos a la cara y lloró convulsivamente. Después, entre sollozos, lanzó al aire la duda que la atormentaba:

—¿Cuándo se va a acabar este horror?

Oportuno y amable, el inglés la estrechó un poco más e intentó animarla:

—Maggie, got be fuerte. You has pasado a lot and has sobrevivido… You escape the hoguera, the Inquisición guards… ¡And now, good lord, tú atacada y estás viva, here, sana y salva! ¡Others no, others dead!

Ella gimoteó una vez más, convencida ya de mi muerte.

—En el fondo, era un hombre bueno, sé que lo era.

El inglés siguió consolándola:

—It’s hell, estos días. I saw mucha muerte, also. My wife ha muerto, my criada ha muerto… A women y one bebe died a mi lado… In Terreiro do Paço, I saw decenas de dead… Death is around nuestro, but… we continuar, we are vivos. ¡Me and tú, Margarida, we are vivos!

Todavía inmune a sus sugerentes llamamientos, Margarida lo miró con los ojos anegados en lágrimas y le preguntó:

—¿Le van a cortar la cabeza y la colgarán en una estaca?

La idea de ver mi cara mutilada, de verme decapitado con la cabeza clavada en una estaca la aterraba. El inglés cerró los ojos forzando una mueca estudiada, como si también rechazase aquella horripilante visión, y dijo:

—Good lord, no think así… You continuar, you viva, not muerta. No more muerte… ¡Muertos have to leave you, olvídate de los muertos! If they stay dentro de ti, they kill you también. Don’t think en muertos, forget the pirata… you continuar, you viva, pirata is dead…

Margarida, con la mirada perdida, trastornada por el dolor, parecía desorientada a ojos del inglés. Con todo, poco a poco Gold se fue percatando de que no era solo eso. Los ojos de la joven se contrajeron y empezó a parpadear.

—Maggie, what? ¿Qué te pasa? —le preguntó el inglés.

Parecía en trance, confundida y lúcida a la vez, como si estuviese en el mismo lugar pero en otro tiempo, en el pasado.

—Esta calle, este sitio… —murmuró.

Se levantó.

—¡Aquí fue donde a la hermana Alice y a mí nos sorprendió la ola que vino del río! ¡Aquí fue donde vi al fantasma de negro!

Hugh Gold no la entendía:

—¿What fantasma?

Margarida no le dio explicaciones. Dio una lenta vuelta sobre sí misma, como la bailarina de una caja de música.

—Sí… fue aquí y, más arriba, está la casa del niño.

Gold seguía sin entender nada:

—What niño, ¿the pirata?

—No.

Margarida dejó de rodar sobre sí misma y miró al inglés con los ojos aún anegados en lágrimas, pero ya con la mente al mando de sus emociones.

—Un niño que busca a su hermana —le explicó—, que se ha quedado enterrada debajo de su casa y a la que ha podido escuchar. ¡Está viva!

El capitán inglés le pidió que se lo contase mejor y Margarida así lo hizo. De inmediato, Hugh Gold se declaró muy impresionado por la historia e insistió en que, ya que estaban cerca, debían ir a ver qué pasaba. El inglés sabía cómo llegar al corazón de una mujer y se concentró en la joven y en sus preocupaciones.

Media hora más tarde vieron al perro del niño, que no paraba de ladrar a los incendios, los cuales, a pesar de estar todavía cerca, ya empezaban a alejarse y habían perdido gran parte de su anterior fulgor. La altura y la voracidad de las llamas eran mucho menores debido a la falta de nuevo material que alimentase la combustión. Dondequiera que mirasen, solo se veía un terreno negro, un rescoldo de brasas humeantes, pero sin la impetuosidad de los días anteriores.

Margarida manifestó su nerviosismo por la cercanía de las llamas, pero la presencia del inglés la tranquilizó, así como sus palabras. Llamaron al perro y el animal acudió corriendo, meneando el rabo. El inglés, habilidoso, le hizo unas cuantas carantoñas, jugueteó con él, le lanzó trocitos de madera para que se los trajera de vuelta corriendo. Sin que se dieran cuenta, el niño se acercó a ellos, sorprendido por la presencia del hombre.

Margarida le sonrió, lo abrazó y le preguntó:

—¿Y tu hermana?

Se encogió de hombros. No había vuelto a oírla desde el día anterior. Habían pasado más de veinticuatro horas sin un gemido, un grito, una tos. Con todo, los ojos del chico y sus palabras seguían demostrando una fe inquebrantable.

—Presiento que está viva. Debe de haber sufrido mucho ayer y hoy con el humo y con el calor, pero no ha muerto. Es muy fuerte, es de buena cepa.

En un gesto de amabilidad, Hugh Gold le contó una historia para animarlo:

—Well, you know, en Londres, in the Great Fuego, lots of personas survived, muchos days… ¡A man survived seis días! And a child survived seven días, under the fuego… Hell, it’s muy duro, very difficult, but posible… You believe, ¡créelo!

El niño empatizó enseguida con el capitán inglés. Era la primera persona, desde el terremoto, que creía posible salvar a su hermana y que lo animaba a seguir la búsqueda.

—El perro también está convencido —añadió el niño.

—¡Good lord, that’s fantástico! ¡Great señal! —exclamó entusiasmado Gold—. ¡Dogs know si personas alive, dogs saben!

Acarició al perro y prosiguió:

—¡This tunante knows! ¡Your hermana alive, dog lo sabe!

Sonrieron los tres y Margarida sintió una nueva esperanza en su corazón.

—¿Eres inglés? —preguntó el chico.

Hugh Gold contó su historia, dónde vivía, su boda, su venida a Lisboa, aunque omitió con astucia el motivo, seguro que porque estaba ante la presencia de Margarida. Relató lo que había vivido desde el terremoto: los paseos por la ciudad, el encuentro con la esclava, el incendio en el palacio, la ida en busca del cofre, el médico que lo curó en el Terreiro do Paço. Cuando lo escuchó hablar de Ester, Margarida se puso tensa. Se mordió una uña y le preguntó:

—¿No es prostituta? Pues habla como si lo fuera.

Gold se quedó pasmado, sorprendido:

—Good lord, ¿una whore? ¿En serio? To me dijo que era maid in the palacio, her mother was cocinera. Pero… Well, she talked mucho sobre dinero… She was conmigo por mi dinero. Hell, she hubiera podido huir, but se quedó, wanted my dinero…

Margarida guardó silencio unos segundos, y le preguntó:

—Habló de… del peso de tu barriga… ¿Eso es verdad?

El inglés sonrió y miró al niño:

—¡Hey, boy, close your oídos! ¡Eres muy young para estas things!

Fue la primera vez que Margarida vio sonreír al niño y eso la alegró. Entonces, Gold se exaltó y acusó a la esclava de ser una mentirosa.

—Hey, she es una esclava… Talks mucho y mal… Tongue afilada, you know? Nothing with me, nada conmigo. We just walk, likes tontos, running, huir… ¿My belly, mi barriga? ¡Mentira! She lies, she is mentirosa, big mentiras…

Suspiró y añadió:

—Well, some is verdad. My wife, my criada, dead, muertas en el terremoto… And yes, verdad, no love mi mujer… But ¿el resto? Resto big mentira, slave loca. ¡Fucking loca!

Margarida lo puso en duda, sin saber si podía confiar en sus palabras. Miró al suelo y murmuró:

—Podrías haberme buscado con más insistencia.

El inglés se mostró muy indignado:

—But, ¿cómo? In the convento they me dijeron you went fuera. ¡Never pensé you went to prisión!

De repente se calló, pues consideró que estaba hablando más de la cuenta delante del niño, pero este lo tranquilizó:

—No te preocupes. Sé de dónde ha huido. Y estate tranquilo, no voy a denunciarla.

Margarida sonrió al niño y este afirmó:

—No sabía que os conocierais de antes. De antes del terremoto, quiero decir.

Hugh Gold respondió pletórico:

—¡Good lord, sí!

Dio un paso al frente haciéndose el galante, hincó una rodilla en el suelo, le tendió una mano a Margarida, como un donjuán en el teatro, y dijo:

—Nos citamos algunas veces. I went to the convento with flores y little regalos, in the grade de los dulces, in Alcântara. La conocí allí, in the convento. ¡She was the más guapa woman in Lisbon!

Margarida se sintió ofendida y frunció el ceño:

—¿Solo en Lisboa?

—¡Oh, my God, in the mundo! —exageró Gold—. ¡She is guapa, these eyes bonitos, the hair maravilloso! ¡I was in love en cuanto la vi, mad de la cabeza! She, in the principio, me rehuía. Pretended no verme… But I was firme. And despacito, she open the doors.

Sacó pecho, ufano y contento:

—¡Well, it was the más feliz día of my vida!

Divertida y halagada con la representación, pero sin perder la lucidez, Margarida comentó entre risas:

—Eres un tonto.

Gold protestó:

—Me? ¡Lo juro! —gritó—. ¡Never my corazón felt like that!

Margarida lo dudaba:

—¿No?

Gold, juguetón, también frunció el ceño:

—Well, maybe, quizá… Yes, that día… We went to the almacén, in secret… we nos besamos… ¡Yes, that was fantástico!

Margarida se puso súbitamente triste al recordarlo:

—Fue por culpa de esa noche en el almacén por lo que acabé siendo arrestada y acusada de artes demoníacas.

El inglés se sorprendió:

—¿What, why me, why por mi culpa?

Margarida se lo explicó:

—Por ir a encontrarme contigo causé aquel alboroto en el convento, porque le puse a la madre superiora una cabeza de pollo en la almohada. Tú fuiste el que me la dio, ¿no te acuerdas?

Se rieron. El niño los escuchaba entretenido, y los tres parecían haber recuperado cierta normalidad con aquella conversación que les hacía olvidar la monstruosidad del entorno. La tarde fue pasando y el niño recuperó las fuerzas. Después, les informó de que regresaría a su casa, a su túnel, a buscar a su hermana gemela. Gold y Margarida lo acompañaron y el inglés también se metió en el agujero y cavó tierra y retiró escombros mientras Margarida, a la entrada del túnel, los ayudaba recogiendo los cascotes que sacaban de allí abajo y que después tiraba más lejos.

Cuando cayó la noche, estaban muertos de hambre. El perro también, y se mostraba nervioso, pegando el hocico al suelo en busca de algo que llevarse a la boca. Lo oyeron ladrar en un cobertizo cercano y el inglés descubrió al animal engullendo trozos de fruta seca. Examinó el espacio carbonizado y encontró unas piedras de granito que debieron de servir de fogón. Rebuscó debajo y tuvo suerte. Encontró tres tarros de barro intactos. Dentro había trozos de carne salada de cerdo. Los olió y concluyó que estaban en condiciones de comerse. Regresó a la casa del niño, donde fue recibido como un héroe por parte de Margarida.

—Así pasaremos la noche sin hambre.

Se sentía contenta, orgullosa de él, y lo abrazó. Hugh Gold comentó:

—Well, we need agua. Carne very salada.

El niño les habló de una fuente que había cerca de allí y se desplazaron hasta el lugar. Junto a la fuente había dos mujeres y un hombre que al verlos se alejaron atemorizados.

—Hell, no need tener miedo… We don’t hacer daño —anunció Gold.

Las dos mujeres se detuvieron, pero el hombre no. Una de ellas les advirtió:

—Por ahí anda mucha gente mala. Aquí ya han matado a unos cuantos. Yo que vosotros me iría.

Las mujeres también desaparecieron. El niño y el inglés llenaron las vasijas que habían llevado y Margarida aprovechó para lavarse. Se echó agua en la cara, en el pelo, se lavó las axilas y a continuación les pidió que se apartaran. El inglés y el niño se sentaron dándole la espalda, a unos diez metros.

—Hey boy, ¿you conoces a Santamaria, the pirata? —le preguntó Gold.

—Lo he visto dos o tres veces —dijo el niño—. Es un mentiroso y nunca me ha ayudado en nada.

El inglés se quedó pensativo y después le preguntó:

—Well, he and Margarida, ya sabes… they were juntos, at night?

El niño negó con la cabeza:

—No he visto nada. Solo sé que decidieron ir juntos porque querían huir de la ciudad, además del árabe y otra monja.

—Who?

El niño le describió a la hermana Alice y Gold murmuró:

—Oh, right, the one que le gustaban las women…

En ese momento, Margarida regresó y aún parecía más guapa con la cara lavada y los ojos que le brillaban en la oscuridad, con el cuerpo limpio y los contornos de la piel bien dibujados, sin el polvo y la suciedad de los últimos días.

—Wow! ¡You are realmente guapa! —comentó el inglés.

Ella sonrió:

—¿Y qué tal si vosotros también os laváis? ¡Parecéis cerdos salidos de una pocilga!

El niño y el capitán se rieron, se acercaron a la fuente y se asearon lo mejor que pudieron. Cuando volvían, el niño le preguntó al inglés:

—¿Crees que Santamaria ha muerto?

—Yes, ha muerto —dijo Gold convencido—. He was shot, un tiro en la cabeza, head… And then cayó en una grieta, and the hombre enorme shot the pistola… Many tiros… No man survives a tantos disparos.

Los tres se agruparon de nuevo para buscar un sitio donde pernoctar. En una calle cercana a la fuente quedaban unas cuantas casas en pie. Una de ellas era la misma en la que el niño presenció, justo el primer día, la violación de una mujer a manos de Perro Negro, seguido del asesinato a tiros de su marido.

El cuerpo de aquel hombre ya no estaba allí, seguramente lo habrían recogido los frailes de la catedral. El niño les informó de que aquella casa tenía el techo en condiciones y los tres entraron. Miró de inmediato el lugar donde violaron a la mujer, esperando encontrar su cuerpo, pero tampoco estaba. No sabía qué le habría pasado, si estaría viva o muerta.

—Well, one de nosotros can stay in the sofá —sugirió el inglés.

Margarida exploró la casa, intentando no pisar ningún objeto que pudiese lastimarle los pies. Unos minutos después, regresó.

—Hay una habitación en medio del pasillo con una cama grande. Las demás dependencias están llenas de cascotes y maderas, pues el techo se ha derrumbado. Y en la cocina no hay nada.

Se sentaron en el suelo del salón, comieron la carne salada y bebieron agua. Después, como estaban cansados, el inglés propuso ir a dormir.

—Well, I stay aquí, in the sofá —dijo—. You dormís en la bed.

Margarida se sintió un poco decepcionada, pero no protestó y les dio las buenas noches a ambos. El niño dejó que saliera del salón, y a continuación se tendió en el sofá y dijo:

—Inglés, Margarida quiere que pases la noche con ella.

Hugh Gold le sonrió. El perro se tumbó en el suelo al lado del niño, que le hizo una última pregunta:

—¿Crees que vamos a encontrar a mi hermana viva?

—Good lord, yes! I told you, in Londres…

El niño le devolvió la sonrisa y se lo agradeció.

—Gracias. Buenas noches.

El inglés le acarició la cabeza con cariño y le deseó buenas noches. Después fue a la habitación con Margarida. Se sentó a su lado en la cama y reparó en que se había quitado el abrigo y el vestido y que estaba casi desnuda bajo las sábanas. Gold se descalzó, se quitó la chaqueta y los pantalones en silencio, y se metió en la cama junto a la joven. Sintieron el calor de sus cuerpos y se abrazaron. El capitán inglés dijo:

—The árabe said you dormir with the pirata…

Ella le replicó indignada:

—¡Eso es mentira! El árabe es un sodomita embustero, asqueroso y malo. Ha intentado matarme varias veces. Es él quien querría dormir con el pirata, es de esos que…

Gold quiso saber:

—Do you think que ellos… ¿los dos are…?

—¡No lo sé! Son raros, parecen un matrimonio. El árabe es la mujer y Santamaria el hombre. El árabe siempre se pone nervioso cuando el otro está cerca de mujeres, y habla mal de ellas, como lo hizo de mí.

El inglés le sonrió:

—Well, then after me in the convento, ¿no more pretendientes?

Molesta, Margarida respondió:

—Aunque hubiese querido, ¡no hubiera podido! He estado prisionera, a punto de morir. En la cárcel no hay oportunidad para esas cosas.

El inglés seguía desconfiando:

—Well, and the carcelero and the hermana Alice?

—¡Ese árabe está loco! Es como la esclava, una persona horrible que solo el terremoto nos ha dado a conocer. ¡Espero no volver a verlos nunca más!

Hugh Gold la abrazó y Margarida se enroscó a él e hicieron el amor de una forma poderosa y tierna a la vez, pues aquel era un reencuentro deseado entre dos cuerpos que ya se habían unido antes. Con todo, Gold la notó distinta. La primera vez que la había amado, largos meses atrás, escondidos en el almacén del convento de Alcântara, perdió la virginidad con él y él le enseñó a gozar de los placeres del sexo hasta alcanzar la excitación. Ahora, ella se movía de otra forma, más suelta, más entregada, y Gold estaba seguro de que la joven le había mentido, de que ciertamente había estado con otro hombre. O en la prisión o, como decía el árabe, con Santamaria. Y se convenció aún más cuando ella, al final, rompió a llorar.

—¿What, girl, why lloras? —quiso saber el inglés.

—Por nada.

Margarida se volvió, dándole la espalda a Gold, y él la abrazó por detrás, pegando su cuerpo al suyo; permanecieron así, en silencio, hasta que ella se quedó dormida. El inglés cerró los ojos. «Menos mal que el pirata ha muerto», fue su último pensamiento antes de caer en un sueño profundo.

La luz de la mañana que entraba en la habitación lo despertó y vio al niño en la puerta. Margarida estaba desnuda, tendida boca abajo, con sus redondas nalgas al aire matinal. Hugh Gold miró al niño y le preguntó:

—Boy, never has visto a una mujer desnuda?

El niño se puso nervioso, pero siguió mirando el cuerpo desnudo de Margarida y dijo:

—Tenemos que irnos. Deprisa.

—¿Por qué, why? —preguntó Gold, sentándose en la cama.

—Hay hombres malos por aquí cerca. Y los perros han vuelto.

—¿Dogs, perros? —preguntó Gold.

—Los perros de la ciudad.

En ese momento, Margarida se despertó, se sentó también en la cama y sus senos bonitos y redondos quedaron a la vista en todo su esplendor. Amodorrada aún, se restregó los ojos y fue entonces cuando se apercibió de que el niño estaba allí. Se tapó de inmediato y el chaval desapareció. Gold y ella se vistieron y salieron al salón.

—¡Mira por la ventana! —dijo el niño.

El inglés se acercó y miró hacia fuera. A veinte metros de la casa, unos cuantos hombres con muy mala pinta revolvían los escombros. Uno de ellos clavó un puñal en el suelo. Después se agachó y arrancó algo a cuchilladas, y cuando se levantó, a Gold se le hizo un nudo en el estómago. El hombre acababa de arrancar el brazo de un cuerpo y lo examinaba. Sin pensarlo dos veces, lo metió en un cesto donde había más partes de seres humanos.

Un perro vagabundo se arrimó al cesto para olisquearlo y ya se disponía a hincarle el diente cuando el hombre lo apartó de un puntapié. Entonces Gold vio otros perros, muchos. Los animales de Lisboa, los abandonados y sin dueño, los que habían huido la víspera del terremoto estaban de vuelta en la ciudad.

Con la tez pálida, Gold se volvió hacia Margarida y le dijo:

—Hell, we have to go por la parte de atrás. These fucking camels are peligrosos.

Los tres y el perro del niño salieron por una puerta que había al fondo del pasillo. Inspeccionaron los alrededores y echaron a andar. Vieron más perros. El del niño ladró, pero el resto de canes no respondieron, entretenidos como estaban en olisquear el suelo y en escarbarlo con las patas en busca de comida. Solo en los primeros cien metros, Gold contó más de veinte perros callejeros de diversos colores y razas, todos con aspecto agresivo y hambrientos. Se metían por los escombros, entre los cascotes de las ruinas de las pocas casas que todavía se mantenían en pie, buscando alimentos desesperadamente.

Los tres bajaron la cuesta y, cuando estaban casi a punto de llegar a la casa del niño, dos grandes perros marrones echaron a correr hacia el chucho del chiquillo, gruñendo y enseñando los dientes. El jovencito intentó retener a su perro sin éxito, y los otros dos se abalanzaron sobre él, mordiéndolo. El perro del niño no se quedó quieto, los tres animales lucharon y se mordieron con furia, ladraron y se gruñeron, enzarzándose en una pelea rabiosa. Gold y el chico cogieron maderas y piedras y lograron ahuyentar a los demás animales; con todo, el del niño resultó malherido, pues le sangraban la boca y el hocico. El niño lo limpió con la manga de la camisa. El inglés le hizo algunas caricias, le habló para tranquilizarlo, y comentó:

—Hell, dog valiente. Did not run de ellos, fight ellos…

Entretanto, Margarida divisó a los lejos a varios hombres que se acercaban y dio la voz de alarma. Hugh Gold reconoció entre ellos al caníbal que acababa de cortarle el brazo al cadáver. Y echaron a correr hacia el río seguidos por el perro.