Cuando Lisboa tembló
Capítulo 47
47
Hasta que no nos reunimos por última vez, no supe que Margarida y el niño habían permanecido ocultos en la casa en ruinas, y que presenciaron el ataque de los soldados, la muerte de Mohamed y mi fuga por el río. Margarida, al principio, no pudo contener un grito, el que yo oí antes de la primera ráfaga de balas de los soldados. El niño logró callarla tapándole la boca para que su desesperación no los delatara.
En silencio, presenciaron el fusilamiento, el traslado del cuerpo del árabe y la marcha de los soldados acompañados por un hombre de chaqueta azul — no sabían que era Bernardino—, mientras otros diez soldados se quedaban allí, de guardia, custodiando el edificio y el oro.
El grupo que partió se alejó, y el grupo que se quedó entró en el patio de la Casa de la Moneda. Sintiéndose ya más seguro, el niño propuso:
—Vamos a Mocambo, como dijo Santamaria.
—¡No! —gritó Margarida.
La joven justificó su negativa argumentando que no quería pedirle ayuda a la esclava. El niño percibió que estaba celosa y le dijo:
—No tiene sentido, no pienses así. Santamaria dijo que iría allí, tienes que ir a reunirte con él.
Margarida se mostró indignada, pero acabó cediendo, y los dos salieron de las ruinas y echaron a andar hacia Madragoa, junto al río. Con todo, al cabo de un rato se toparon con una barrera de soldados que les dio el alto y les impidió seguir en aquella dirección.
—Nadie puede pasar por aquí —dijo uno de los Dragones de Évora—. Id al Terreiro do Paço y quedaos allí.
Así que tuvieron que volver atrás sin saber qué hacer, y cuando pasaban por Remolares decidieron subir la cuesta al Bairro Alto, pues tenían miedo de los bandidos del Terreiro do Paço.
—Los dos solos no sobreviviremos —dijo le niño.
Margarida estaba de acuerdo, pero se toparon con una nueva barrera de soldados que les impedía avanzar y que los obligó a dirigirse al Rossio. A Margarida le asustaba volver a aquella plaza, pero el niño le dijo que nadie la reconocería así vestida. Siguieron caminando junto a un destacamento de soldados que al niño le parecieron los mismos que por la mañana habían defendido la Casa de la Moneda.
—El jefe es el mismo —le dijo a Margarida.
La hermosa joven se encogió de hombros: el capitán no los había visto, no podría hacerles ningún daño, y el hombre de la chaqueta azul ya no los acompañaba. De manera que caminaron a su lado sin preocuparse. El muchacho sintió curiosidad por un saco que el capitán llevaba en bandolera y del que chorreaba sangre. Pero en cuanto llegaron al Rossio pudo comprobar que la bolsa contenía la cabeza de un hombre. El oficial se dirigió al centro de la plaza, donde había más de diez estacas que exhibían cabezas cortadas para que todo el mundo las viese.
Entonces, el capitán abrió el saco, extrajo la cabeza y la clavó en uno de los palos. El niño oyó que Margarida exclamaba:
—¡Oh, Dios mío!
La cabeza que el oficial colgó era la de Mohamed. A su lado, algunas personas aplaudían la idea, pues gracias a aquella medida los demás bandidos acabarían con los asaltos y las matanzas. Margarida no pudo volver a mirar el centro de la plaza, así que eligieron seguir por el lateral más cercano a la casa del niño. Pero allí también había un grupo de soldados que no los autorizó a subir hacia la catedral. El niño intentó explicarles que tenía que ayudar a su hermana que estaba sepultada bajo los escombros, pero no le sirvió de nada.
Desilusionados por no poder cumplir su objetivo, estuvieron toda la tarde sentados en el suelo. Al atardecer, unos frailes pasaron por allí repartiendo comida y agua. Oyeron que anunciaban una procesión para la mañana siguiente, y cuando llegó la noche se acostaron debajo de una carreta abandonada y se taparon con unas colchas que alguien había olvidado.
La noche era fría, pero aun así solo los despertó de madrugada un potente temblor de tierra que hizo gritar a la gente. Después la tierra se calmó, y volvieron a dormirse. Margarida soñó con una tierra extraña en la que había gente rezando muy alto. Un niño más pequeño que el que la acompañaba, quizá de unos siete u ocho años, se acercó a ella muerto de frío, con el torso desnudo y un sayo y unas sandalias por toda vestimenta. Llevaba dos alas blancas en la espalda y parecía un ángel. El «niño con alas» le tendía la mano derecha, invitándola a acompañarlo. De pronto, Margarida tuvo la sensación de que no estaba soñando y se frotó los ojos.
Frente a ella había un «niño con alas» de verdad que la llamaba:
—Ven, ven con nosotros a la procesión, tengo unas alas para ti.
Margarida comprendió entonces que «el niño con alas» no se dirigía a ella, sino al otro niño, que seguía durmiendo. Era a él a quien el «niño con alas» estaba invitando a participar en la procesión.
Además de los «niños con alas» había muchos frailes con capuchas y túnicas, y otros muchos curas vestidos de blanco, todos ellos con cruces de madera en los brazos. Y también había penitentes arrodillados en el suelo y vestidos pobremente. Algunos, con látigos en la mano, se habían quitado la parte de arriba de la ropa para dejar el torso desnudo.
A la cabeza de todos iba un hombre ya anciano con un hábito blanco. El niño lo identificó:
—¡Es el padre Malagrida, el confesor del rey!
Lo había visto algunas veces en la catedral y en la iglesia de San Vicente de Fora, y había escuchado sus sermones, en los que siempre repetía que Lisboa era una ciudad de pecadores y que sería castigada.
—Tenía razón —comentó el chiquillo.
Margarida no conocía a aquel cura, pero había oído hablar mucho de él y de la influencia que ejercía sobre la Inquisición portuguesa. De alguna manera, ella había sido condenada por culpa de hombres como él. Irritada, ahuyentó al «niño con alas».
—Deberías servir a Dios —le espetó el «niño con alas»—. Nos ha castigado y ahora tenemos que arrepentirnos.
Margarida ignoró el comentario del querubín, y lo vieron partir para reunirse con los demás «niños con alas». Poco después, el padre Malagrida ordenó que la procesión avanzara y aparecieron dos andas cargadas por frailes que acarreaban, respectivamente, una imagen de la Virgen y otra de Jesucristo. La procesión empezó en el lado opuesto del Rossio y avanzó dando una vuelta a la plaza. Se oía el restallido de los látigos con que los hombres del torso desnudo se fustigaban la espalda. Cuando pasaron por delante de Margarida y del niño, muchos penitentes ya tenían los costados ensangrentados, pero seguían fustigándose cada vez más.
El padre Malagrida rezaba padrenuestros y avemarías sin parar, y cuando la procesión dio la primera vuelta a la plaza empezó a predicar una especie de homilía o sermón a voz en grito, acusando a los habitantes de Lisboa de ser pecadores, y a la ciudad de ser como Sodoma y Gomorra, las urbes que Dios transformó en sal, tal como estaba escrito en el Antiguo Testamento.
Entre constantes gritos de misericordia, de pronto el padre Malagrida avanzó con el dedo en ristre hacia las estacas en las que estaban clavadas las cabezas de los bandidos. Margarida y el niño se alarmaron, pues el padre señalaba justamente la cabeza del árabe:
—¡El castigo de Dios es mucho peor que unas cuantas cabezas cortadas! —gritó el padre Malagrida—. ¡No es cortando cabezas como se acaba con el pecado de la ciudad! Solo mediante el arrepentimiento, la entrega a Dios y el perdón a los pies de Cristo es como limpiaremos nuestras almas.
Entonces, el jesuita fulminó con la mirada la cabeza de Mohamed y bramó:
—¡Aquel que te cortó la cabeza no tiene temor de Dios!
Después dio media vuelta y exclamó a gritos:
—¡Arrepentíos! ¡Rezad, expiad vuestros pecados! ¡Dios es grande! ¡Dios no utiliza la espada sino la Biblia!
Y la multitud respondió a coro:
—¡Perdona, Señor, nuestros pecados! ¡Perdónanos, Señor!
Los gritos subieron de tono en una espiral de fervor, y los niños querubines empezaron a batir sus alas y a cantar, mientras los penitentes multiplicaban los latigazos, cada vez más violentos. Margarida no sabía qué pensar de aquella exhibición absurda de fe, inútil ante la destrucción que reinaba alrededor. Miró al cielo. El día nacía y no sabía qué hacer, adónde ir. De repente oyó una voz:
—¡Te dije que Jesús llegaría! ¡Te lo dije!
¡A su lado estaba el Profeta! Iba vestido como un excéntrico, con un abrigo de mangas anchas que le confería el aspecto de un payaso, y seguía teniendo los mismos ojos inyectados en sangre que cuando estaba en prisión.
—¿Dónde has estado? —le preguntó Margarida.
—Buscando a Jesús —respondió el brasileño.
El niño frunció el ceño sin dejar de mirar a Margarida, y esta le explicó:
—Es un hombre que conocí hace unos días.
El Profeta sonrió al niño y le preguntó:
—¿Tú ya has encontrado a Jesús? ¿Ya has encontrado a Jesús?
El niño negó con la cabeza.
—¿Y lo has buscado?
El niño no dijo nada ni hizo gesto alguno, y el otro prosiguió:
—Jesús está a punto de llegar… Yo lo vi ayer paseando por el centro de la plaza…
Margarida se percató de que el Profeta estaba todavía más alucinado que antes, tal vez debido al hambre, al frío, a la sed o a cualquiera sabía qué otras dificultades que hubiera pasado aquellos días.
—¡El fin del mundo está ante nosotros y Jesús está a punto de llegar, yo lo he visto! —repitió.
Margarida, llena de curiosidad, le preguntó:
—¿Por qué le diste mi cadena al carcelero?
El Profeta la miró, asombrado, y respondió:
—¿Tú también has visto a Jesús? ¿Dónde? Yo lo vi ayer…
No valía la pena conversar con él, de manera que Margarida y el niño se quedaron callados escuchando las diatribas del Profeta mientras observaban cómo la procesión daba una nueva vuelta a la plaza, siempre encabezada por el padre Malagrida.
En un momento dado se formó un alboroto junto al convento de Santo Domingo y vieron aparecer un carruaje seguido de muchos soldados, algunos de ellos a caballo, que ignoró la procesión y se dirigió al centro de la plaza, justo al lado de las estacas con las cabezas cortadas.
Un hombre muy alto salió del vehículo. Margarida y el niño no sabían quién era, pero tras él también bajó el mismo hombre de la chaqueta azul que habían visto la víspera junto a la Casa de la Moneda y, un poco más atrás, apareció el capitán Hugh Gold.
—¡Ah! —exclamó Margarida.
El niño se llevó un dedo a la boca para indicarle que guardara silencio. Junto a ellos, el Profeta exclamó a voz en grito, señalando a Sebastião José de Carvalho e Melo:
—¡Ese no es Jesús! ¡Ese no es Jesús!
Echó a correr desmañado hacia el centro de la plaza, dando chillidos:
—¡Ese no es Jesús! ¡Ese no es Jesús!
Margarida y el niño se escondieron, pues en ese momento los tres ocupantes del carruaje miraban en su dirección. Pero los hombres solo estaban sorprendidos por los gritos del Profeta, que les pareció un loco. El más alto ordenó a los soldados que se libraran de él, cosa que hicieron, agarrándolo y apartándolo de allí mientras seguía repitiendo sin cesar su letanía a voz en grito.
Entonces, Hugh Gold se acercó a las estacas, señaló la cabeza de Mohamed y desveló los demás nombres. Margarida y el niño no pudieron oírlos, y menos aún cuando el padre Malagrida se acercó a ellos.
Una pequeña polémica estalló en mitad de la plaza y el hombre más alto del grupo discutió acaloradamente con el jesuita; por los gestos parecía estar ordenando la suspensión de la procesión. Margarida me dijo después que lo último que recordaba era haber visto a los «niños con alas» todos en fila, muy callados, observando la discusión entre el cura y el ministro del rey.
En ese momento se produjo otro colosal terremoto, el más grande desde el temblor del 1 de noviembre, y todo el mundo en la plaza empezó a gritar. La carreta tras la que se ocultaban volcó. Entonces, Margarida y el niño saltaron hacia un lado y este último vio que ya no había soldados en el lateral de la plaza que daba a la catedral. Así que echaron a correr aprovechando la enorme confusión que se había generado y salieron de la plaza rápidamente.
Cuando ya estaban casi llegando a la casa del niño, vieron una comitiva que avanzaba en sentido contrario. Eran cerca de quince personas encabezadas por monseñor Sampaio. El patriarca pasó por su lado y se detuvo. Reconoció al muchacho y dio un paso atrás. Sus acompañantes pararon también, unos metros por delante, para esperarlo.
Margarida se fijó en una de las mujeres, pero como se tapó la cara enseguida, no pudo confirmar si era quien creía que era: la hermana Alice.
Monseñor Sampaio preguntó:
—¿Eres el mismo chico que hace unos días vino a pedirme ayuda?
—Sí —dijo el niño.
—Buscabas a tu hermana, ¿no?
—Sí —respondió.
—¿Y la has encontrado?
—No. Vamos a seguir buscándola ahora. Estoy seguro de que aún está viva.
A monseñor Sampaio le sorprendió la perseverancia del muchacho.
—Sigue teniendo fe, a lo mejor Dios hace un nuevo milagro. Anteayer aún pudimos salvar a dos hombres más.
—¿Y ayer? —preguntó el niño.
Monseñor esbozó una sonrisa triste, pero no respondió.
—¿Dónde está tu casa? —le preguntó.
El niño señaló en dirección a su casa y añadió que se dirigían hacia allí. Monseñor Sampaio respondió:
—Tengo que ir al Rossio, el ministro del rey me está esperando. Pero cuando regrese, pasaremos por allí para ayudarte.
El niño sonrió y se lo agradeció:
—Gracias.
Monseñor Sampaio volvió junto a los suyos y todos se marcharon. La mujer que se había tapado la cara miró a Margarida y en ese momento no tuvo la menor duda de que era la hermana Alice.
—¿La has visto? —preguntó la hermosa joven, nerviosa.
—¿A quién? —preguntó el niño.
—A la hermana Alice.
El niño respondió sorprendido:
—No me he fijado.
—¿Crees que monseñor Sampaio sabe lo que pasó y la ha perdonado? — preguntó Margarida.
El niño se quedó pensativo y respondió:
—Eso sería bueno para ti.
Margarida no hizo ningún comentario.
—Vamos —concluyó el muchacho.
Al llegar, oyeron ladrar al perro y esperaban verlo salir del túnel. Sin embargo, eso no fue lo que pasó: el animal salió de otro lugar, junto a la parte trasera de la casa, y se acercó a ellos a todo correr meneando el rabo de contento. En cuanto el niño le hubo hecho unas cuantas carantoñas, dio media vuelta y salió disparado por donde había venido. Margarida y el chaval fueron tras él sin sospechar lo que se iban a encontrar.